Nathan Cross parece un hombre, pero es algo mucho más peligroso: una gárgola. Creados hace mucho tiempo para proteger a la humanidad del mal, Nathan y los de su especie viven en la oscuridad, conscientes de que su raza se está muriendo poco a poco




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títuloNathan Cross parece un hombre, pero es algo mucho más peligroso: una gárgola. Creados hace mucho tiempo para proteger a la humanidad del mal, Nathan y los de su especie viven en la oscuridad, conscientes de que su raza se está muriendo poco a poco
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VICKIE TAYLOR

Serie Gárgolas

1 DESEOS DE SANGRE

Para Kathy Baker, la mejor librera del mundo, por creer.

Para Cathy, Jen y Linda por su amistad y apoyo.

Y, como siempre, para mi madre y mi padre...por todo.

ARGUMENTO

Hace años, Rachel Vandermere fue testigo del brutal asesinato de sus padres a manos de una criatura demoníaca con alas, pero nadie creyó su historia. Ahora, como policía de la Interpol, Rachel sigue el rastro de sucesos extraños que puedan llevarla hacia los asesinos de sus padres. Mientras se encuentra en Chicago para proteger a un diplomático descubre a un hombre totalmente diferente a cualquiera de los que conoce: moreno, guapo e insólitamente solitario.

Nathan Cross parece un hombre, pero es algo mucho más peligroso: una gárgola. Creados hace mucho tiempo para proteger a la humanidad del mal, Nathan y los de su especie viven en la oscuridad, conscientes de que su raza se está muriendo poco a poco.

Cuando se cruza con Rachel, el deseo que siente se ve empañado por lo que pasará si se muestra a ella tal cual es.

Pero, mientras Rachel está dispuesta a descubrir la verdad sobre el enigmático Nathan, ambos deberán enfrentarse a una pesadilla del pasado que amenaza su amor, sus vidas... e incluso sus almas.



Prólogo

—¡Debajo de la cama, papá! ¡Mira debajo de la cama!

Rachel se abrazó al señor Mott, el conejo rosa al que le faltaba una oreja desde el pequeño accidente con las tijeras de coser de mamá del año pasado. Dobló los dedos de los pies en el suave parqué mientras daba golpecitos en el suelo con las puntas y los talones. El bajo de su camisón sin mangas se balanceaba por debajo de sus rodillas, y ella lo sujetó con un puño. Era una noche calurosa. El olor de la lluvia que papá había dicho que llegaba y el del romero que había plantado mamá fuera entraban por la ventana junto con una brisa pegajosa y dulce como el algodón de azúcar.

Papá cerró la puerta del armario, después de haber comprobado que, a pesar de estar desordenado, no había monstruos dentro. Luego, se arrodilló para inspeccionar el oscuro espacio bajo la cama.

Rachel reía. En realidad, no creía en los monstruos, pero desde que había nacido su hermano pequeño Levi, la hora de ir a la cama era el único momento del día en que tenía a papá para ella sola, y no estaba preparada todavía para devolverlo.

Sin embargo, si la dejaran, sí estaba preparada para devolver a Levi.

Papá levantó los faldones rosas de la cubierta de la cama e inclinó la cabeza.

—Aquí tampoco hay monstruos. —Se puso en pie, bajó la cubierta rosa, y dio unos golpecitos sobre la almohada rosa. Con seis años, Rachel estaba en un momento rosa. Tenía una bicicleta rosa y unos patines rosas. Pero todavía no quería irse a dormir, aunque fuera en una cama rosa.

En lugar de meterse en la cama, saltó sobre ella y aterrizó en cuclillas. Con los pies separados, las rodillas dobladas y ambos brazos extendidos, mientras el señor Mott se balanceaba colgando de su manita con su única oreja, señaló con un dedo acusador los pies de la cama.

—¡El baúl de los juguetes!

Papá la miró, pero luego levantó la tapa y echó un vistazo dentro. Rachel se mordió el labio y miró en derredor, preguntándose dónde más podrían esconderse los monstruos. Si existían los monstruos, pero no existían. A menos que...

—Papá, ¿pueden ser invisibles los monstruos?

—¿Invisibles? No, cielo, no existen los monstruos...—De repente, abrió los ojos como platos. Golpeó el aire, se agachó y volvió a golpearlo—. ¡No! ¡Vale ya!—Se lanzó contra nada, cayó sobre la cama y se volvió hacia Rachel, gritando—. ¡No! ¡Socorro! ¡No!

Rachel abrió tanto los ojos que pensó que se le iban a salir de las órbitas. Intentó gritar, pero se le había hecho un nudo en la garganta. Intentó correr, pero tenía los pies pegados al suelo. Papá se retorcía y se intentaba acercar a ella. Al final, la levantó, con la cara todavía desencajada y...

Empezó a hacerle cosquillas.

Riendo, la metió en la cama y la tapó hasta la barbilla.

Al final, Rachel reaccionó. Respiró hondo y le dio un golpe en el brazo.

—¡Papá!

Papá miró hacia atrás y gritó:

—Oídme todos los monstruos, invisibles y demás. Soy el mayor, el más malo y el único monstruo de la casa. El resto de las criaturas inferiores quedan expulsadas desde este mismo momento.

Rachel no estaba segura de lo que significaba la última parte, pero pensó que ojalá los monstruos lo oyeran.

Aunque no existieran.

Tras bostezar, se acomodó entre las frescas sábanas. Papá dejó al señor Mott a su lado y la besó en la frente antes de marcharse. Al llegar a la puerta, se detuvo y apagó la luz.

—Que tengas dulces sueños.

—Deja un poco abierto. —Rachel no tenía miedo de los monstruos, pero sí de la oscuridad. Sin embargo, no tenía de qué preocuparse. Papá siempre dejaba un poco abierta la puerta para que entrara la luz del pasillo.

Por eso, cuando despertó horas después, bostezó, se frotó un ojo con el puño y abrió los ojos para descubrir que no llegaba luz del pasillo, se quedó helada de miedo y un escalofrío le recorrió la espalda.

Se oían truenos. «Son las nubes que chocan», le había dicho papá un día. Pero esa noche también aullaba el viento. Los árboles arañaban la casa como si fueran unos dedos cadavéricos. La tormenta y la oscuridad la aterraban. Quería llorar y llamar a gritos a mamá o a papá, pero ya no era un bebé. Ya no era el bebé. Ahora tenían a Levi, y él ya lloraba por los dos. Además, se le había vuelto a hacer un nudo en la garganta. Le costaba respirar ese oscuro aire. Casi no podía emitir ningún sonido, y aún menos gritar.

Un rayo de luz entró en la habitación por la ventana, y oyó voces fuera, unas voces tan furiosas como la tormenta.

En el pasillo, oyó a mamá y a papá hablar con voz apagada.

—Tenemos que irnos.

—Es demasiado tarde.

—Los niños...

Rachel oyó unos pasos que se dirigían hacia su cuarto y se metió bajo las sábanas agarrando al señor Mott con tanta fuerza que lo habría estrangulado si fuera un conejito de verdad. Se abrió la puerta y apareció una oscura silueta en el umbral que la levantó de la cama con un rápido movimiento. Rachel tembló y gimió, hasta que olió un especiado aroma familiar y entonces se relajó entre esos fuertes brazos.

—Papá...—Se estiró para recuperar al señor Mott mientras papá la abrazaba, pero el conejo se le cayó. El pie de papá lo empujó debajo de la cama.

—No digas nada, cielo—dijo él.

Rachel se relajó adormilada en sus brazos mientras su padre recorría la casa. En el salón, la luz de las velas se reflejaba en las paredes.

Rachel pensó que la llevaba a la cama con él y mamá porque se había fundido la luz y sonrió porque no tenía muchas oportunidades de dormir con ellos desde que había nacido Levi. Pero entonces, papá se detuvo junto a la portezuela casi invisible situada bajo las escaleras. Era su sitio secreto, el lugar donde mamá escondía los regalos de cumpleaños.

La sonrisa de Rachel desapareció de sus labios cuando papá abrió la portezuela y la metió dentro. Ella alargó los brazos hacia él con los labios temblorosos.

—¡No, papá, no!

—Por favor, tesoro, haz lo que te digo.

Mamá se inclinó con Levi en los brazos. Miró a papá una vez con los ojos húmedos y luego le entregó el bebé a Rachel.

—Cuida de tu hermanito. Y, por favor, por favor, no hagas ningún ruido. Pase lo que pase.

Entonces, papá cerró la puerta y la dejó en el pequeño desván que olía a moho.

A oscuras.

Rachel tragó saliva muerta de miedo. Intentaba no llorar y trataba de recordar cómo acunar al bebé. Mamá nunca la había dejado sujetarlo sola. No quería romperlo.

Fuera, el ruido de los truenos se mezclaba con el de los golpes de puño que aporreaban la puerta principal. Se oían gritos, voces de hombres y luego madera rota. Papá le gritó a mamá que corriera. Hubo ruido de cristales rotos.

Rachel quería gritar, necesitaba gritar, pero mamá le había dicho que debía estar callada. Muy callada. Las lágrimas le aparecían en los ojos y le corrían por las mejillas. Se puso un puño en la boca y lo mordió con fuerza. La oscuridad la aterraba. No podía respirar. Necesitaba luz, aunque sólo fuera un poquito.

Moviéndose con el bebé sujeto con un brazo, se inclinó hacia delante y buscó la portezuela. Deslizó la mano por la madera sin pintar. Se mordió el labio. El corazón le latía a mil por hora. Las voces que había oído fuera, estaban ahora dentro. Decían cosas malas. Cosas que daban miedo.

Pero la oscuridad también le daba miedo. Con una temblorosa mano, empujó la madera. La portezuela se abrió unos centímetros y la luz de las velas entró por la rendija. Las sombras se movían como manchas de aceite por el fragmento de pared del salón que podía ver. Había tres siluetas, la de mamá era la más baja y dos siluetas más altas, una de ellas seguro que de su papá.

—¡Fuera de mi casa!—gritó papá.

Se oían muchas voces de fondo, murmurando y silbando como serpientes, pero Rachel sólo pudo entender unas palabras: «... éste no es tu sitio».

La sombra que no conocía levantó un brazo y señaló algo de la sombra de papá. La sombra de papá se abalanzó sobre él. Se enroscaron como unos animales luchando y cayeron al suelo.

Mamá gritó:

—¡No, por favor...!

Se oyó un gran ruido, como un petardo, que hizo que Rachel diera un respingo. La sombra de mamá cayó.

Durante unos instantes, todo quedó en silencio. Levi se inquietó en los brazos de Rachel, así que ella lo acunó y esperó a que mamá se levantara y le dijera que estaba bien, que la sombra mala se había marchado, que todo había sido una pesadilla. Pero no era una pesadilla porque mamá no se despertó.

Algo chilló como un gato que se hubiera pillado la cola con la puerta, pero más alto. En el lugar donde habían caído al suelo papá y el hombre malo, se alzó una nueva sombra. La oscura silueta tenía la forma de un hombre, pero era más grande que cualquiera que Rachel conociera. La luz de las velas hacía que pareciera tener dos cuernos a ambos lados de la cabeza, y sus dedos crecieron más y más hasta convertirse en una especie de garras. Cuando levantó los brazos, la sombra no era de brazos, sino de alas.

A Rachel le dio un vuelco el corazón. Quería cerrar los ojos, pero no podía. Lo único que podía hacer era acurrucarse más en el desván y temblar mientras la sombra del monstruo se alzaba hasta que sus pies—más bien, garras—dejaron de tocar el suelo. Entonces, salió volando con un lento y pesado aleteo.

Alguien a quien Rachel no podía ver gritó. Otros maldecían y gruñían. Oyó pasos en el suelo de madera. Algo pesado, como un mueble, cayó al suelo. Por un instante, la luz del salón se eclipsó, pero luego oyó un silbido y la habitación volvió a iluminarse. Rachel olía a humo, pero no era el ceroso olor de las velas, sino el penetrante olor de un incendio.

Se produjo un resplandor en la sala, y entonces es cuando Rachel lo vio... no la sombra del monstruo, sino la cosa en sí.

Dejó de respirar. El corazón le dejó de latir. No quería mirarlo, observar esos incandescentes ojos negros, pero no podía desviar la mirada. Una lengua bífida bailaba en un puntiagudo pico. La sangre manchaba los extremos grises de sus alas y resbaló por sus garras hasta gotear en el suelo cuando pasó por delante de su escondite y cerró de un golpe la portezuela con una garra de tres dedos.

Rachel se pegó a la pared del fondo de su escondite, acurrucándose en la esquina más oscura y lejana. Cerró con fuerza los ojos, mientras seguía oyendo los ecos de gente gritando y más ruidos como de petardos. Abrazó a Levi con fuerza y recitó la única oración que sabía, moviendo los labios pero incapaz de lograr emitir sonido alguno.

—Ahora me recostaré a dormir, le ruego al Señor que cuide mi alma. Si muero antes de que despierte...



Capítulo 1

Nada le recordaba tanto a Nathan que no era humano como una mujer atractiva controlando todos sus movimientos en una sala llena de gente. No era asidua a la gala de benefactores del Museo de Bellas Artes de Chicago; si hubiera asistido a otra gala, la recordaría. Una mujer como ella dejaba huella.

Incluso en un hombre que no era realmente un hombre.

Su cabello era del color del sol, tan claro como oscuro era el suyo, y lo llevaba recogido en un moño clásico que le confería un aire de elegancia antigua, pero con un toque de modernidad gracias a los mechones que había dejado sueltos cayendo en espiral alrededor de su rostro formando tirabuzones. Su vestido confería también una sensación de sofisticación moderna. Le acariciaba el cuerpo como si fueran esmeraldas líquidas, tenía el brillo justo para llamar la atención sin ser estridente y el suficiente escote para tentar sin enseñar demasiado.

Sin embargo, era la raja que se alzaba por encima de una de las rodillas, que dejaba ver unos zapatos de tacón de aguja sujetos a su tobillo por una delicada tira, y sus largas y formadas pantorrillas lo que le hacían hervir la sangre a Nathan mientras esperaba a que ella diera otro paso... y él tuviera otra oportunidad de entreverla.

Sujetando con tanta fuerza el frágil pie de la copa de vino que tuvo suerte de no romperla, le dio la espalda a esa mujer.

Maldijo su naturaleza pagana, que le hacía arder por algo que no podía tener. No buscaba una mujer esa noche, ninguna noche.

Nathan sólo había ido por el arte.

En el arte, en los cálidos pasteles y oscuros trazos de los óleos, la emoción primigenia, celebraba las mayores alegrías del hombre y sufría las profundidades de su desesperación.

En el arte, experimentaba la humanidad.

Y si el arte era una amante fría, al menos era fiel. Nathan había nacido, vivido y muerto catorce veces, y el arte siempre había permanecido a su lado. Le aportaba una paz que no encontraba en ninguna mujer.

En el arte, encontraba su consuelo. Encontraba su alma.

Tras negarse a volver a pensar en la tentación de verde de nuevo, se centró en el tapiz del siglo XII que colgaba ante él. Se encontraba leyendo el cartel con la historia detallada del tapiz, como si no conociera al dedillo sus orígenes, cuando le llegó una esencia de romero flotando por el aire. Sus sentidos extraordinariamente desarrollados identificaron la fragancia como la de ella entre los demás perfumes y aromas de las demás mujeres y las fuertes colonias de los hombres que invadían la galería.

Incapaz de controlarse, siguió observando la placa, más concentrado en la brillante superficie de la protección de plexiglás que en el texto en sí, hasta que se le nubló la vista. El cristal atraía el reflejo de la lámpara de cristal del techo. Cientos de gotas de cristal destellaban gracias a una única fuente, la luz del sol de mediodía.

El sol abría un canal a través del tiempo y el espacio. Nathan se balanceó mientras sus sentidos abandonaban su cuerpo, siguiendo la luz, desplegándose en el túnel del sexto sentido, un tipo de hipnosis autoinducida que le permitía ver cosas que sus ojos humanos no podían ver.

En segundos, la imagen de la mujer apareció en su ojo mental. La observó mientras ella paseaba por la sala a sus espaldas, abriéndose camino por la galería mientras sonreía y charlaba con los invitados, deteniéndose frente a un camarero uniformado para tomar una copa de champán de la bandeja que le ofrecía. Parecía pasear sin dirigirse a ninguna parte concreta, pero el taconeo de sus zapatos en el suelo de mármol la acercaba cada vez más.

A él.

Alta y delgada, se movía con una gracia inusitada. El colgante con una esmeralda que le acariciaba el cuello competía con unos ojos del mismo brillo y color... y perdía. Habría sido la imagen de la perfección femenina si no hubiera sido por un detalle: sobre sus perfectos ojos, la ceja izquierda se arqueaba en un ángulo ligeramente mayor que la derecha, lo que le confería al rostro un aspecto amable y travieso que le parecía de lo más cautivador.

En las mujeres, como en el arte, eran esas minúsculas imperfecciones lo que convertían un buen trabajo en una obra de arte.

—Magnífico, ¿no cree?

La voz que Nathan oyó a sus espaldas era curiosamente más grave, en comparación con la suave sofisticación de la mujer. El timbre ronco de la voz barrió la ficticia imagen que su sexto sentido había creado en su mente. Con dificultad, resistió la tentación de girar la cabeza y mirar la imagen real. En lugar de ello, se quedó observando Le Combat de Rouen, el tapiz medieval prestado por el Musée de Cluny que había ido a ver esa noche. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había puesto los ojos sobre el registro pictórico del nacimiento de su gente.

—Es increíble con cuánta claridad el artista representa el triunfo del cristianismo sobre el paganismo—prosiguió la mujer de verde.

Nathan rodeó el pie de la copa con los dedos.

—¿Es eso lo que representa?

—El simbolismo es obvio. El dragón es la representación de la creencia pagana en la magia y las criaturas míticas. El sacerdote arrodillado en medio usa la oración para matar al dragón. El cristianismo mata al paganismo.

—A mí, esos de los colmillos y picos y garras que están matando al dragón no me parecen oraciones. —No tenía que mirar el tapiz para imaginarse a las bestias luchando contra el dragón. Podía oír los rugidos, saborear la sangre. No había estado allí, pero la historia había ido pasando de generación en generación.

Sus antepasados querían asegurarse de que ninguno de los suyos la olvidaran.

No comentó a la mujer que el sacerdote estaba arrodillado dentro de un disimulado, pero visible, círculo pagano, que algunas de las bestias poseían rostro humano o que alrededor de los bordes de la escena de la lucha, sólo había figuras de mujeres y niños que observaban desde las calles de Rouen. Destacaba la ausencia de hombres.

La mujer movió sutilmente los hombros.

—Podríamos asumir que el sacerdote usaba la oración para convocar a las bestias para que hicieran su trabajo.

—Podríamos—dijo Nathan—. Si no supiéramos la verdad.

Romanus había decepcionado a los habitantes de Rouen. Usó su propia magia para engañarlos y su religión para maldecirlos.

Debido a la traición de ese miserable sacerdote, Nathan y los que eran como él habían sido condenados a cargar por siempre con un monstruo en su interior, latiente, pero siempre preparado para despertar.

Siempre hambriento.

Inconsciente de la ira que se despertaba en el interior de Nathan, la mujer le miró fijamente con unos fríos ojos verdes.

—El detalle es increíble. No hay ninguna obra más de este periodo con una gama de color así.

Nathan se tranquilizó respirando hondo. Romanus llevaba mucho tiempo muerto y él se sentía demasiado intrigado por una mujer que reconocía la gama de color en un tapiz medieval como para dejar que algo que había sucedido hacía mil años le arruinara la noche.

—Hay una—dijo, consciente del peligro que suponía entablar conversación con ella, pero incapaz de controlarse.

—No sé dónde.

Nathan se dio cuenta de que se había quedado con la mirada fija—y no en el tapiz—pero no podía apartar los ojos de esa mujer.

—En el Tíbet.

—Eso no cuenta. —Sus ojos resplandecían tanto como su sonrisa—. Los orientales tenían una ventaja injusta. El hilo de seda.

—Justa o no, establecieron un mínimo de calidad para el color y los motivos que los occidentales no pudieron igualar hasta dos siglos después.

—Tres, al menos.

—Puede.

Rachel alzó la copa en señal de admiración.

—Conoce el arte de los tapices.

—Y usted también. —Un hecho que hizo que esa mujer le gustara un poco más de lo que ya le atraía. Hoy en día, demasiadas mujeres se preocupaban sólo por su propia belleza. Al darse cuenta de que esa mujer no era una de ellas, sintió un deseo que le recorría el cuerpo y le dolía en el bajo vientre.

Empezó a respirar más fuerte y el excitante aroma de romero que la rodeaba lo envolvió, invadiéndolo. Además de ese aroma, sus sentidos de depredador captaron otra esencia más embriagadora: la excitación femenina. Ella estaba tan interesada en él como él en ella.

Dio media vuelta y se alejó hacia la siguiente obra, un resplandeciente sable con un mango dorado, antes de caer en una total estupidez y preguntarle el nombre.

Por desgracia, ella le siguió.

Se detuvo demasiado cerca junto a su hombro. Invadió su espacio. Su paz mental.

—¿Es usted coleccionista o tratante?—preguntó.

—Ninguna de las dos cosas. —Aunque, de vez en cuando, vendía alguna pieza para llegar a fin de mes.

—Debe de ser un gran amante del arte si viaja hasta el Tíbet para pasear por los museos y admirar tapices. ¿Viaja mucho?

—Cuando conviene. —No se molestó en corregir su suposición de que había ido de museos al Tíbet. El tapiz en el que estaba pensando colgaba en el salón de un gran maharajá; Nathan había estado presente cuando el príncipe desveló la obra de arte que había encargado especialmente para su princesa. Pero había sucedido hacía siglos. Literalmente.

—¿Y conviene a menudo?

—Lo bastante a menudo.

Ella frunció el ceño, y se formó un pequeño surco sobre el puente de su altiva nariz.

—¿Siempre es tan comunicativo?

—¿Y usted siempre pregunta tanto?—La curiosidad de la mujer enfrió un poco el calor que se había despertado anteriormente en él.

¿Por qué una mujer como ella—educada, equilibrada, extrovertida—se había fijado en un hombre como él entre todos los ricos y eruditos esnobs que se arremolinaban a su alrededor para llamar su atención esa noche? Su lenguaje corporal decía con claridad que no buscaba compañía.

—Sólo quería charlar un rato—dijo ella.

—No soy muy charlatán.

—No me diga.

El brillo del flirteo desapareció de los verdes ojos de ella, sustituido por un resplandor de desafío, lo que confirmó sus sospechas. Ella tenía algo en mente. Pero él no sabía qué era.

O qué hacer respecto a ello. Sobre todo, desde que descubrió que le atraía mucho más la fiereza de guerrera que mostraba que la fachada anterior de chica formal tras la que se escondía.

La tentación le atravesó como una espada. Los de su clase nacían con dos impulsos claros: proteger a los humanos del mal y procrear.

Y ahora mismo no veía a nadie que necesitara protección.

Sujetó con ambas manos el pie de la copa para ocuparlas con algo que no fuera enredarlas entre los tirabuzones dorados que caían alrededor del rostro de esa mujer. Mientras la miraba en silencio, la mujer dejó escapar un suspiro. El surco entre sus cejas desapareció y volvió a sonreír, un tanto disgustada. Arrugó la nariz con ingenuidad, y el cuerpo de Nathan se tensó como una barra de hierro.

La mujer se pasó la copa a la mano izquierda y extendió la derecha.

—Bueno, ahora que hemos tenido nuestra primera pelea, supongo que debería presentarme. Soy Rachel Vandermere.

Nathan no tocó esos delicados dedos, porque no se fiaba de qué pasaría si la tocaba. Siempre había sentido pasión por las cosas bellas, y sin duda esa mujer era una obra de arte con ese cabello de oro y los ojos como dos joyas. Pero, le atraía algo más que la belleza. Había algo familiar en esa mujer. Algo que reconocía en un nivel instintivo, igual que reconocía que ella—a diferencia de él—no estaba ahí sólo por el arte ni se interesaba por él sólo por su conocimiento sobre tapices antiguos.

Sentía una profunda conexión con ella, débil pero palpable. Una vibración sincronizada, como dos diapasones que tocan la misma nota. Casi sintió que podía tocarla con la mente y tocar sus pensamientos con tanta facilidad como hacía con los de su propia especie, pero eso era imposible.

No había nadie de su especie como ella. No había mujeres, ya fueran guapas o no.

La magia que convertía a Nathan en lo que era se pasaba sólo a los hijos varones. Su pueblo dependía de las mujeres humanas para tener a sus hijos, pero la descendencia femenina no poseía ninguna de las características únicas de su raza, y se consideraban intrascendentes, mientras que los niños varones eran muy apreciados, ya que producir un varón en esta vida garantizaba un renacimiento en la siguiente. En cuanto el niño nacía y tomaba leche por primera vez, los hombres de su raza dejaban a sus compañeras humanas, llevándose a sus hijos varones con ellos para criarlos en la congregación y enseñarles las costumbres de su gente.

Costumbres que no entenderían los humanos.

Nathan había vivido, muerto y vuelto a vivir muchas veces de esa manera, pero ya era suficiente. No se emparejaría en esta vida. No tendría ningún hijo varón, y el precio por negarse a contribuir a la supervivencia de su especie sería que su esencia no se reencarnaría.

Esta vida sería la última, y la iba a vivir solo.

Echó los hombros atrás, sintiendo todo el peso de la maldición que se había impuesto. El suicidio del alma.

La mujer de verde seguía con la mano extendida hacia él.

«Soy Rachel Vandermere».

No era un nombre que olvidaría con facilidad. No importa con cuánto empeño lo intentara.

Desviando la mirada de ella, acabó el champán de la copa de un trago.

—Y yo llego tarde a otro compromiso—dijo y se dirigió a grandes pasos hacia la salida.

—Vaya, menudo hijo de...—Rachel puso los brazos en jarras con los puños cerrados en una actitud muy poco elegante. Inclinó la cabeza como si ello la ayudara a oír más allá de las risitas burlonas que se filtraban a través del diminuto receptor que llevaba en la oreja, y se dio media vuelta para que los amantes del arte no la vieran hablando sola.

—¿Lo habéis oído, chicos?

Por cómo explotaron en risotadas todos, supuso que sí lo habían oído.

—¡Seguro que es gay!—dijo uno de los chicos de la furgoneta de vigilancia. Rachel no supo quién era con exactitud. No conocía al equipo de Chicago tanto como para reconocer las voces.

—O está muerto.

—O es un extraterrestre.

—Ningún humano pasaría de un bomboncito con un cuerpo como...

Rachel sospechó que el golpe y el grito apagado que oyó a continuación era Cárter Laisson, el jefe del equipo del grupo especial de operaciones, golpeando con el codo al que hablaba. Cárter trabajaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores, antiguo marine, agente del FBI y miembro de la CIA. Rachel no pensaba que fuera capaz de reír.

—Ya basta de decir payasadas—advirtió la profunda voz de Laisson—. Descubramos quién es ese hombre.

—Voy. —El ruido de una silla con ruedas y el sonido del tecleo delató al que hablaba como el especialista en tecnología. Rachel creía que su nombre era Otto. Había reunido una base de datos de información sobre los que habían atendido a la gala. Parecía que iba a resultar útil—. ¿Crees que el guaperas es nuestro hombre, Rachel?

—Podría.

—¿Qué?—Cárter Laisson parecía escéptico. Pensando en que eso era su trabajo, como jefe del equipo del grupo especial de operaciones multiagencia, Rachel intentó no llevarle la contraria—. ¿Es que los de la Interpol podéis descubrir a un asesino sólo con mirarlo?

—Echad un vistazo. —Giró 180 grados con lentitud, dejando que la diminuta cámara que llevaba en el colgante de esmeraldas tuviera una vista completa de la sala—. Tenemos hombres viejos y arrugados, mujeres rubias y políticos. ¿Veis a alguien más que pueda ser un hombre buscado en todo el mundo? Además, he notado unas vibraciones...

—¿Qué tipo de vibraciones?

—No sé. —No podía explicarlo, ni siquiera ella lo entendía—. Como un cosquilleo dentro de mí.

—A mí me parece que se ha puesto caliente.

—Cállate, Otto—advirtió Laisson.

Alguien interrumpió con una observación de gran ayuda.

—Tú no te pondrías caliente ni caminando sobre brasas, Otto.

—Ha venido solo—dijo Rachel, más que nada para detener los comentarios. Ésa era su primera misión con miembros de equipo de tantos grupos diferentes, y todos los rumores que había oído sobre las fuerzas especiales interinstitucionales eran ciertos. Parecía ser que pasaban más tiempo intentando demostrar quién tenía la mayor, bueno, la mayor abreviatura en la espalda de la chaqueta que en trabajar.

Escudriñó el museo en busca de otros posibles candidatos. No encontró ninguno. O no quería encontrarlo. No podía explicarlo, ni siquiera a sí misma, y mucho menos a sus compañeros temporales, pero había algo en don «llego tarde a otro compromiso»...

Repasó los datos mentalmente y en voz alta.

—Ha estado solo toda la velada. Por lo que dijo, viajaba mucho. Y se puso bastante nervioso cuando le pregunté cosas. No quiso decirme su nombre.

—Nathan Cross—dijo Otto, repasando su ficha—. Nacido en Chicago en 1970. Actualmente, tiene la residencia también allí. Profesor de historia en la Universidad de Chicago.

—Me tomas el pelo—dijo Rachel—. ¿Ese tío es profesor?

No se parecía a ningún profesor de los que había tenido, con esos ojos oscuros y ese cabello negro azabache que casi le llegaba a los hombros, por no mencionar la manera en que sus anchos hombros nada típicos de un estudioso llenaban el elegante esmoquin que vestía.

De repente, una idea terminó con la lista de cualidades físicas. De tantas cualidades físicas.

—¿Cómo puede permitirse un profesor de arte un esmoquin tan caro y este tipo de vida?—Las entradas costaban cinco mil dólares por cabeza.

—¿Proviene de una familia rica?—preguntó Otto. Luego, siguió tecleando—. No. Aquí está. Parece ser que el profesor Cross mantiene ese nivel de vida vendiendo una obra de arte cada tres o cuatro años.

—Un ladrón—dijo Rachel—. Sabía que no era trigo limpio.

—Espera. No se sabe dónde consigue las obras—dijo Otto—, pero no se ha denunciado el robo de ninguna de ellas. Parece ser que es muy bueno encontrando tesoros perdidos.

—Sí, apuesto a que es muy bueno...

Cárter la interrumpió, apagando su entusiasmo.

—A ver, gente, esto no es una investigación sobre propiedades culturales. Estamos aquí para pillar a un asesino, ¿recordáis?

—Oye, un malo es un malo—gruñó Rachel. Pero el jefe tenía razón. La época en la que perseguía a traficantes de arte y ladrones de arte internacionales para la Interpol, la policía internacional, había acabado. La habían ascendido a lo más alto: antiterrorismo. Todo porque había reconocido a un hombre que parecía plantear inocentes preguntas en el consulado francés sobre la exposición, y luego había realizado un repentino viaje a Chicago, como un conocido intermediario para uno de los principales peces gordos que estudiaba el terreno para que luego su jefe pudiera cometer un asesinato.

Francia había enviado más de un puñado de viejos tapices mohosos a Estados Unidos con la exposición medieval. Habían mandado al secretario general Frederique DuBois para realizar el discurso de inauguración, un secretario que había sido un objetivo terrorista desde que había pasado información sobre Al Qaeda a Estados Unidos.

Su trabajo al atar cabos desde Al Qaeda y pasando por el intermediario y por el asesino hasta llegar a DuBois le había granjeado un trabajo de campo para la Interpol, la agencia en la que incluso los más veteranos se limitaban a seguir rastros de papel desde la oficina central.

También ayudaba que fuera una mujer muy atractiva con ese traje de noche, pensó. O que supiera moverse por los museos. El equipo dedicado a proteger a DuBois necesitaba a alguien que pudiera mezclarse con la gente del mundo del arte. Que supiera moverse entre ellos. Que hablara su idioma. Y esa persona era ella.

Rachel se sentía contenta de poder ayudar a salvar la vida de un diplomático y ayudar a mantener así la paz mundial, pero también tenía sus razones personales para querer esa misión. Aunque se creía que el asesino encargado de acabar con el secretario DuBois estaba implicado en siete asesinatos políticos, nadie sabía qué aspecto tenía. No existía ni una sola fotografía de él en ningún archivo policial. Ningún testigo había estado lo bastante cerca de él como para poder describirlo con una mínima precisión. Los rumores decían que escapar de la policía no era la única razón para que William Bishop, alias «el loco», no dejara ver su cara. Se suponía que era deforme. Algunos le llamaban monstruo.

Y Rachel llevaba mucho tiempo interesada en los monstruos.

Un mechón de cabello negro, unos ojos oscuros y brillantes y unos rasgos marcados aparecieron en su mente con una asombrosa claridad y sin previo aviso. La imagen era tan clara que era casi como si él estuviera allí, dentro de ella. Tocando su mente. Tenía la extraña sensación de que él estaba pensando en ella.

Se le calentó la sangre al momento y sintió un dolor en el bajo vientre. ¿Qué eres, Nathan Cross?

Sin duda, no parecía un monstruo.

Pero, a veces, las apariencias engañan.



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