Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Nueva economía

Con tal paralelismo en mente, numerosos especuladores recordaron que «las ventajas económicas de un sistema de transporte aumentan en línea quebrada, con saltos repentinos, cuando se establecen determinadas conexiones».Y que, «en la década de 1840,1a construcción de las líneas férreas constituyó por sí sola el motor más importante del crecimiento industrial en Europa occidental».73 En consecuencia, desde mediados de la década de 1990, los neocapitalistas apostaron, en esta fase de despegue, por el crecimiento exponencial de todas las actividades relacionadas con las autopistas de la información, las tecnologías de las redes virtuales e Internet. En 1999 y 2000 se dio en llamar «nueva economía» a esta fiebre especulativa.

Muchos inversores estaban convencidos de que, enfrentadas a una de las mutaciones más rápidas que haya conocido el mundo, las empresas se verían obligadas a adaptarse invirtiendo grandes sumas en equipos informáticos, telefonía digital, telecomunicaciones por satélite, redes, etc. Las perspectivas de crecimiento parecían ilimitadas. En Francia, por ejemplo, la tasa de equipos informáticos en hogares y oficinas se duplicó entre 1997 y 2000. Por otra parte, más de diez millones de personas adquirieron teléfonos portátiles en esos tres años. A 31 de diciembre de 2001, la tasa de penetración de la telefonía móvil había alcanzado el 61,6% y treinta y siete millones de franceses disponían de aparatos portátiles. Por añadidura, se calculaba que el número de usuarios de Internet, estimado en ciento cuarenta y dos millones en 1998, superaría los quinientos millones en 2003.

La gran batalla económica del futuro vería enfrentarse a las empresas estadounidenses, europeas y japonesas por el control de las redes y el dominio del mercado de las imágenes, los datos, el ocio, el sonido, las consolas de juegos y, en definitiva, los contenidos. Pero también, si no especialmente, por la hegemonía en el sector en desarrollo exponencial del comercio electrónico. Internet debía transformarse en una inmensa galería comercial.74 Embrionario en 1998, con unos ocho mil millones de euros en transacciones, el comercio electrónico alcanzó los cuarenta mil millones en 2000 y podría superar los ochenta mil en 2005.

Presa de una acuciante fiebre de opulencia, soñando con el enriquecimiento fácil y espoleados por la mayoría de los medios de comunicación, enjambres de inversores (veteranos y bisoños) se abalanzaron en casi todo el mundo sobre las bolsas durante los dos años del «boom tecnológico» 1999-2000, como antaño los buscadores de oro sobre Eldorado o Klondike. Las cotizaciones de ciertos valores ligados a la galaxia Internet se dispararon. En 1999, una decena de compañías vieron multiplicarse por cien el valor de sus acciones. A otras, como American On Line (AOL), les fue aún mejor: su valor en bolsa se multiplicó por ochocientos respecto a 1992.

Crack del Nasdaq

Un ahorrador que hubiera invertido solamente mil euros en acciones de cada uno de los cinco grandes de Internet (AOL,Yahoo!, Amazon, AtHome y eBay) el día de su entrada en bolsa habría ganado, desde el 9 de abril de 1999, un millón de euros... El índice del Nasdaq (la bolsa donde se negocian la mayoría de los valores de la alta tecnología en Nueva York) anunció unas ganancias del 85,6 % para 1999.

Pero enriquecerse deprisa, sin esfuerzo y sin trabajo suele tener no poco de espejismo. A partir de marzo de 2000, el Nasdaq se vino abajo y arrastró en su caída, en todo el mundo, a la mayoría de los valores tecnológicos y de telecomunicaciones.

Paradójicamente, las desigualdades siguieron ahondándose incluso durante los años del boom tecnológico, hasta alcanzar, a comienzos del crack del Nasdaq de marzo de 2000, niveles insólitos desde la Gran Depresión. La prosperidad de la «nueva economía» se reveló tan frágil que trajo a la mente de muchos el boom económico de los veinte, años, como 1999 y 2000, de inflación débil y producción elevada. Hasta tal punto que, ante el vertiginoso despegue del índice Nasdaq, ciertos analistas no dudaron en predecir un «crack tecnológico» y anunciar un «riesgo de quiebra» que dejaba planear el espectro de 1929.75

En la actualidad, se estima que apenas un 25 % de las empresas de la Net-economía podrán sobrevivir a medio plazo. Autoridades financieras de primer orden habían puesto en guardia a los ahorradores desde fechas muy tempranas. «Seamos prudentes respecto a los títulos de las empresas de Internet», advertía por ejemplo, ya en marzo de 2000, Arnout Wellink, presidente del Banco Central Holandés, que comparaba a los operadores con «caballos locos corriendo unos tras otros a la busca de una mina de oro».76

Suele decirse de las revoluciones políticas que devoran a sus hijos. Otro tanto cabe decir de las económicas.

Globalización/antiglobalización : Argentina, un caso de manual

Así, el ciclón económico que se abatió a finales de diciembre de 2001 sobre Argentina no sólo provocó sangrientas algaradas (treinta muertos) y hundió el país en el caos; también dio cuenta del gobierno y de cinco presidentes en menos de dos semanas.

Esta crisis resulta aleccionadora desde varios puntos de vista.77 Desde 1989, Argentina seguía al pie de la letra las recomendaciones del FMI y de todas las instancias financieras internacionales. Había privatizado el conjunto del patrimonio estatal (petróleo, minas, electricidad, agua, teléfono, autopistas, red ferroviaria, metro, compañías aéreas... ¡Incluso el servicio de correos!), liberalizado totalmente el comercio exterior, suprimido el control cambiario y despedido o recortado sueldos y pensiones a decenas de miles de funcionarios para reducir el déficit público. Incluso había puesto la moneda en paridad (¡incorporada a la Constitución!) con el dólar para impedir que un gobierno futuro pudiera devaluarla.

No obstante, el importe de la venta de todo el patrimonio estatal, que ascendía a decenas de miles de millones de dólares, se evaporó lisa y llanamente debido a una corrupción tremebunda. ¡Y ni siquiera sirvió para pagar la deuda exterior del país! Más insólito si cabe: esta deuda, que era de ocho mil millones de dólares antes de las privatizaciones, tras la venta de los bienes del Estado se multiplicó por dieciséis, alcanzando un total de ciento treinta y dos mil millones de dólares.

Sin embargo, siguió considerándose a Argentina el «mejor alumno» del FMI. Y en marzo de 2000 su ministro de Economía, Domingo Cavallo, artífice de las privatizaciones y de la dolarización, se vio premiado por el New York Times con el título de «héroe liberal del año». Así pues, Argentina era un ejemplo citado por todos los defensores del ultraliberalismo, que no se cansaban de ensalzar el «modelo argentino». El mismo modelo que, tras cuatro años de recesión económica, se derrumbó trágicamente en diciembre de 2001.

Elegido la noche del 1 de enero de 2002, el peronista Eduardo Duhalde abjuró de ese «modelo liberal» en su mismo discurso de investidura. «Mi compromiso a partir de hoy es acabar con ese modelo agotado —aseguró—, que ha hundido en la desesperación a la inmensa mayoría de nuestro pueblo.» Este modelo, precisó Duhalde, «ha llevado a la pobreza a dos millones de compatriotas, destruido la clase media, arruinado nuestras industrias y reducido a la nada el trabajo de los argentinos».78 Pocas veces se habían denunciado tan clara y severamente los males del ultraliberalismo.

El desastre que se encarnizó con Argentina, como el que padecieron varios países del sudeste asiático en 1997, amenaza a otros en todo el mundo, en particular a Turquía, Rusia, Brasil, Sudáfrica y Filipinas. Si bien es cierto que la quiebra argentina había sido anticipada por los mercados, la ralentización de la economía mundial refuerza la aversión de los inversores a correr riesgos y abre un período de aguda incertidumbre económica.

Empresas gigantes, estados enanos

El caso argentino demuestra una vez más que la globalización del capital financiero lleva camino de empujar a los pueblos a un estado de inseguridad generalizada. Elude y rebaja a las naciones y sus estados en tanto que lugares propios del ejercicio de la democracia y garantes del bien común.

Por lo demás, la globalización financiera ha creado su propio Estado. Un Estado supranacional que dispone de aparatos, redes de influencia y medios de acción propios. Se trata de la constelación FMI, Banco Mundial, OCDE y OMC. Estas cuatro instituciones hablan con una sola voz —amplificada por la casi totalidad de los grandes medios de comunicación— para exaltar las «virtudes del mercado».

Este Estado mundial es un poder sin sociedad, que deja ese papel a los mercados financieros y las macroempresas de las que es mandatario, y convierte a las sociedades realmente existentes en sociedades sin poder.79 Es un fenómeno que se agrava por momentos.

Tras suceder al GATT en 1995, la OMC se ha convertido en una institución dotada de poderes supranacionales y exenta del control de la democracia parlamentaria. Una vez consultada, puede declarar las legislaciones nacionales en materia de trabajo, medio ambiente o salud pública «contrarias a la libertad de comercio» y exigir su derogación.80

No pasa semana sin que los medios de comunicación anuncien nuevas fusiones y compras, un nuevo matrimonio entre grandes empresas, un acercamiento colosal, una megaconcentración de la que surge una nueva macroempresa. Recordemos, por ejemplo, la compra del fabricante de automóviles Chrysler por Daimler-Benz (por un total de cuarenta y tres mil millones de euros); del banco Citicorp por Travelers (ochenta y dos mil novecientos); de la compañía telefónica Ameritech por SBC Communications (sesenta mil); de la empresa farmacéutica Ciba por Sandoz (treinta y seis mil trescientos), que dio origen a Novartis, del operador MCI Communication por WorldCom (treinta mil); del Banco de Tokio por el Mitsubishi Bank (treinta y tres mil ochocientos); y de la Société de Banque Suisse por la Union des Banques Suisses (veinticuatro mil trescientos). Así como el acuerdo de fusión de los dos gigantes históricos de la siderurgia alemana, Thyssen y Krupp, cuyo volumen de negocio ascenderá, según sus directivos, a sesenta y tres mil millones de euros. Pero la mayor operación a escala mundial hasta la fecha ha sido la compra del operador de cable AT&T Broadband por el grupo de telecomunicaciones estadounidense Comcast, por un total de setenta y tres mil millones de euros...

Sólo en 1997, por ejemplo, las operaciones de compra y fusión de empresas realizadas en todo el mundo alcanzaron la suma de más un billón seiscientos mil millones de euros. Y en 2001, a pesar de la recesión económica general y del hundimiento de la bolsa de valores tecnológicos, el importe de las fusiones y compras a escala mundial se elevó a un billón novecientos cincuenta y ocho mil millones de euros. Los sectores más sensibles a esta carrera hacia el gigantismo son la banca, la farmacia, la química, los medios de comunicación, las telecomunicaciones, la agricultura y el automóvil.

¿Por qué tanta efervescencia? En el marco de la globalización, los grandes grupos de la Tríada (Estados Unidos-Unión Europea-Japón), aprovechando la desreglamentación de la economía, quieren tener una presencia planetaria. Pretenden convertirse en actores importantes en todos los grandes países y copar partes significativas de sus mercados. Por lo demás, la bajada de los tipos de interés (que implica el trasvase de capital de las obligaciones a las inversiones), las masas de capital retiradas de las bolsas de Asia o América Latina (tras la crisis asiática de 1997 y la argentina de 2001), la colosal capacidad financiera de los principales fondos de pensiones estadounidenses y británicos y una mayor rentabilidad de las empresas (en Europa y Estados Unidos) activaron las bolsas occidentales en 1999 y 2000 y provocaron una fiebre de fusiones.

Éstas se enfrentan a menos tabúes cada día. Así, el automóvil, considerado antaño por la mayoría de los gobiernos como un sector no menos estratégico que la siderurgia y las telecomunicaciones, dejó de serlo en el Reino Unido hace una veintena de años y, tras la compra de Chrysler por la alemana Daimler-Benz, también en Estados Unidos.

Lo prueba igualmente, en Alemania, primera potencia económica de la zona euro, la decisión del gobierno de Gerhard Schroeder de suprimir las tasas sobre las plusvalías obtenidas por las empresas en caso de cesión. En vigor desde el uno de enero de 2002, esta medida tiene como objetivo acelerar la mutación del capitalismo renano hacia el capitalismo anglosajón y favorecer las fusiones de empresas que operan en los mismos sectores estratégicos, como por otra parte mostró durante el verano de 2001 la compra del Dresdner Bank por la sociedad de seguros Allianz, por un importe de diecinueve mil setecientos millones de euros.

«En la actualidad, los patronos carecen de inhibiciones —declara un experto del Boston Consulting Group—. Los cerrojos del capitalismo tradicional han reventado y los pactos mutuos de no agresión son papel mojado. Ya no está prohibido aporrear la puerta de un grupo, por más que su consejo de administración rechace la idea de un acercamiento.»81 En Francia se nos ofreció un ejemplo elocuente en marzo de 1998, con motivo de la fusión-absorción de Havas por la Compañía General de Aguas de Jean-Marie Messier, que dio origen al grupo Vivendi, convertido a su vez, tras la adquisición de la estadounidense Universal, en Vivendi-Universal.
Dimensiones colosales

A los ojos de los depredadores, las fusiones presentan innumerables ventajas. Permiten reducir los efectos de la competencia uniendo a empresas deseosas de dominar su sector de manera casi monopólica.82 Ofrecen la oportunidad de paliar el retraso en materia de investigación y desarrollo absorbiendo compañías tecnológicamente avanzadas. Y, por último, permiten llevar a cabo reducciones masivas de plantilla so pretexto de moderar los gastos (la fusión de las compañías farmacéuticas británicas Glaxo y Wellcome, por ejemplo, se tradujo a lo largo del primer año en la supresión de siete mil quinientos puestos de trabajo o, lo que es lo mismo, del 10% de sus efectivos).

Ciertas empresas han alcanzado dimensiones colosales. En muchos casos, su volumen de negocios es superior al PNB de numerosos países desarrollados: así, el de General Motors supera el PNB de Dinamarca; el de Exxon, el PNB de Noruega, y el de Toyota, el PNB de Portugal.83 El total de los recursos financieros de que disponen esas empresas excede a menudo a los ingresos de los estados, incluidos los más desarrollados, y sobre todo a las reservas de cambio custodiadas por los bancos centrales de la mayoría de los grandes estados.84

Como si de vasos comunicantes se tratara, a medida que las empresas se agigantan por medio de fusiones, los estados van menguando a causa del abandono del patrimonio económico que representan las privatizaciones.

Desde que Margaret Thatcher se lanzara a privatizar a principios de los años ochenta, todo (o casi todo) está en venta. En todas partes. La mayoría de los gobiernos, de derecha o de izquierda, del Norte como del Sur, desmantelan sin vacilar el patrimonio de los estados y los servicios públicos.

Durante la década de los noventa, los estados de todo el mundo se deshicieron, en beneficio de empresas privadas, de una parte de su patrimonio valorada en más de quinientos trece mil millones de euros, de los que doscientos quince mil correspondían a la Unión Europea. Las empresas privatizadas son especialmente atractivas para los inversores, porque se han beneficiado previamente de una reestructuración financiada por el Estado, que, por añadidura, ha enjugado sus deudas. Son apuestas extraordinariamente atractivas. En particular, las empresas de los sectores de primera necesidad (electricidad, gas, agua, transportes, telecomunicaciones, salud, etc.), en las que el Estado ha realizado inversiones previas que de otro modo podrían durar años, garantizan unas ganancias regulares muy rentables y carentes de riesgos.

Así las cosas, asistimos al insólito espectáculo del aumento de poder de empresas planetarias, ante el que los contrapoderes tradicionales (estados, partidos y sindicatos) parecen cada vez más impotentes. El fenómeno fundamental de nuestra época, la globalización liberal, escapa al control de los estados, que siguen perdiendo prerrogativas frente a las macroempresas. Los ciudadanos asisten impotentes a una especie de golpe de Estado planetario de un nuevo tipo. Y constatan simultáneamente que, en el Norte como en el Sur, lacras sociales que creíamos erradicadas, como la explotación de los niños, están en plena recrudescencia.
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