Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Porto Alegre

El siglo xxi empezó en Porto Alegre. En efecto, todos aquellos que, de un modo u otro, se oponen o critican la globalización neoliberal se reunieron del 25 al 30 de enero de 2001 y del 31 de enero al 5 de febrero de 2002 en esta ciudad del sur de Brasil, sede de los dos primeros Foros Sociales Mundiales.92

No para protestar, como en Seattle, Quebec, Genova y otros lugares, contra las injusticias, las desigualdades y los desastres que provocan en todo el mundo los excesos del neoliberalismo. Sino para intentar, esta vez con espíritu positivo y constructivo, proponer un marco teórico y práctico que permita proponer una mun-dialización distinta y afirmar que es posible otro mundo menos inhumano y más solidario.

Esta especie de Internacional rebelde93 se reunió en Porto Alegre en el momento mismo en que, en Davos (Suiza) en 2001 y Nueva York en 2002, se celebraba el Foro Económico Mundial que reúne desde hace décadas a los nuevos dueños del mundo y en particular a quienes dirigen concretamente la mundialización. Éstos, incapaces de seguir ocultando su inquietud, se toman muy en serio las protestas ciudadanas que, de Seattle a Genova, han venido produciéndose sistemáticamente con motivo de cada cumbre de las grandes instituciones que gobiernan el mundo de hecho: la OMC, el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, el G7 e incluso la Unión Europea.

Los acontecimientos de Seattle94 consiguieron impresionar profundamente a los mandatarios reunidos en Davos ya en 1999. «Cada año —señalaba, por ejemplo, un periodista— un tema o una personalidad es la estrella del Foro Económico Mundial. En 2000, la estrella de Davos ha sido indiscutiblemente Seattle. De lo que más se ha hablado ha sido de Seattle.»95 Conscientes del déficit democrático inherente a la globalización, otros defensores del modelo dominante empiezan a reclamar que «se reflexione seriamente para modificar, en un sentido más democrático, las normas y los procesos de funcionamiento de la globalización».96 El propio Alan Greens-pan, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, ha llegado a afirmar: «Las sociedades no pueden prosperar cuando sectores significativos perciben su funcionamiento como injusto».97

Llegados de los cuatro rincones del planeta, estos «sectores significativos» que se oponen a la actual barbarie económica y rechazan el neoliberalismo como «horizonte infranqueable» intentaron poner las bases de un auténtico contrapoder98 en Porto Alegre, con un entusiasmo que cabe calificar de revolucionario.
Soñadores de absolutos

¿Por qué precisamente allí? Porque desde hace algunos años Porto Alegre se ha convertido en una ciudad emblemática. Capital del estado de Rio Grande do Sul, el más meridional de Brasil, cerca de la frontera con Uruguay, Porto Alegre tiene algo de laboratorio social hacia el que los observadores internacionales vuelven los ojos con fascinación.99

Gobernada de manera original desde hace trece años por una coalición de izquierda liderada por el Partido de los Trabajadores (PT), la ciudad ha experimentado un desarrollo espectacular en numerosas áreas: vivienda, transporte público, vialidad, recogida de basuras, dispensarios, hospitales, alcantarillado, medio ambiente, viviendas sociales, alfabetización, escuelas, cultura, seguridad, etc. ¿El secreto de semejante éxito? El presupuesto participativo (ornamento partirípativo), es decir, la posibilidad de los habitantes de los diferentes barrios de definir muy concreta y democráticamente el empleo de los fondos municipales. En definitiva, de decidir qué tipo de infraestructuras quieren crear o mejorar y de seguir paso a paso el progreso de los trabajos y la evolución de los compromisos financieros. De esta forma, las malversaciones de fondos y los abusos son prácticamente imposibles, y las inversiones corresponden exactamente a los deseos mayoritarios de los vecinos de los barrios.

Es necesario subrayar que esta experiencia política se efectúa en una atmósfera de total libertad democrática, a despecho de la fuerte oposición política de la derecha. El PT no controla ni los grandes periódicos locales, ni la radio ni, por supuesto, la televisión, medios en manos de grandes grupos aliados al empresariado local, hostil al Partido de los Trabajadores. Por añadidura, el PT, obligado como está a respetar la Constitución Federal brasileña, dispone de escasos márgenes de autonomía política y, especialmente en materia de fiscalidad, no puede legislar a voluntad. A pesar de ello, la satisfacción de los ciudadanos es tal que, en octubre de 2002, el candidato del PT obtuvo la reelección a la alcaldía con más del 63 % de los votos.

En esta ciudad singular, donde florece una democracia como ninguna otra, en 2001 y 2002 el Foro Social Mundial intentó poner en marcha una globalización que no excluya a los pobres. El capital y el mercado repiten desde hace diez años que, contrariamente a lo que afirmaban las utopías socialistas, son ellos y no la gente quienes escriben la historia y crean el bienestar.

En Porto Alegre, en este siglo xxi que comienza, algunos nuevos soñadores de absoluto nos han recordado que la economía no es lo único que puede ser global; la protección del medio ambiente, la lucha contra las desigualdades sociales y el respeto a los derechos humanos también deben ser empeños mundiales. Y corresponde a los ciudadanos del planeta asumirlos de una vez por todas.

La guerra de Kosovo y el nuevo orden mundial


El 24 de marzo de 1999, por primera vez desde su creación en 1949, la OTAN entró en guerra con un país, la República Federal de Yugoslavia, que no había cometido ninguna agresión fuera de sus fronteras. Era la primera vez desde 1945 que fuerzas europeas bombardeaban otro Estado europeo soberano. Esta decisión fue calificada de «deber moral» por Javier Solana, el entonces secretario general de la OTAN.

Desde el inicio de los bombardeos, las fuerzas de la OTAN dieron prueba de una improvisación tan increíble como estremecedora. La guerra de Kosovo se había emprendido prematuramente y con una falta de preparación, por así decirlo, completa.

¿Cuáles eran los objetivos de guerra perseguidos al comienzo de la crisis? Esencialmente dos: el restablecimiento de una autonomía sustancial para Kosovo (que había sido totalmente desposeído de ella en 1989) y el respeto a las libertades (políticas, culturales, religiosas, lingüísticas, etc.) de los kosovares por parte de Belgrado.

La consecución de estos dos objetivos por la vía pacífica era la aspiración prioritaria de la conferencia de Rambouillet, celebrada de enero a marzo de 1999. Y, por otro lado, las partes implicadas, serbios y kosovares (representados estos por miembros del Ejército de Liberación de Kosovo, UQK), habían alcanzado un acuerdo sobre estos dos puntos fundamentales.

El régimen de Slobodan Milosevic se había avenido, explícitamente, a conceder una amplia autonomía a Kosovo: tras la celebración de elecciones libres, la provincia dispondría de gobierno autónomo, asamblea legislativa, presidente, poder judicial y fuerzas del orden propios.100

Si las dos partes en conflicto habían llegado a un acuerdo sobre lo esencial, ¿a qué se debió el fracaso de la conferencia de Rambouillet? A un solo motivo: la obstinación de las potencias occidentales, y particularmente de Estados Unidos, en imponer la presencia de fuerzas de la OTAN en el territorio de Kosovo y en el conjunto de la República Yugoslava, para supervisar la correcta aplicación de los acuerdos. Presencia a la que se sabía perfectamente que Belgrado se opondría.Y esa oposición, más que previsible, fue considerada un casus belli. No se propuso el envío de otras fuerzas de interposición europeas (del Oeste y del Este) ni, por ejemplo, de los «cascos azules» de las Naciones Unidas. No, era la OTAN o la guerra. Fue la guerra.

Y una guerra, especialmente por los ustashis croatas y los cheniks serbios. Los nacionalistas se esfumaron. Demostrando que la tesis de los «odios ancestrales» era absurda, Tito apostó por la cohesión. «Yugoslavia —decía— tiene seis repúblicas, cinco naciones, cuatro lenguas, tres religiones, dos alfabetos y un solo partido.»

Tras su muerte en 1980, la autoridad del partido comunista, que había sabido plantar cara a la Unión Soviética y construir la «patria de la autogestión obrera», empezó a flaquear. El principio de la presidencia anual rotativa entre las seis repúblicas tuvo como consecuencia el debilitamiento de la Federación. A esto vino a añadirse la crisis de la deuda exterior, que iba a provocar durante una década miles de huelgas y fuertes tensiones entre las regiones ricas (Eslovenia y Croacia) y el resto del país.

Un desmembramiento precipitado

Los pueblos de los Balcanes aún siguen pagando cara la ceguera de la Unión Europea y de Occidente, que en 1991 toleraron el precipitado desmembramiento de la ex Yugoslavia por parte de los nacionalistas. ¿Cómo pudo darse semejante traspié, que alguien ha calificado del «mayor error colectivo de Occidente en materia de seguridad desde los años treinta»?101 Un error que costó más de cien mil muertos y que era evitable. 102

Jefe de la resistencia, después de 1945, Tito reunificó a los pueblos de Yugoslavia a pesar de las atrocidades cometidas durante la segunda guerra mundial.


Instrumentos de odio

Atizadas por los medios de comunicación, estas discordias favorecieron el resurgimiento de los egoísmos nacionalistas. En sus memorias, un antiguo embajador en Belgrado recuerda lo siguiente: «El virus de la televisión propagó el odio interétnico por toda Yugoslavia como una epidemia. Las imágenes de la televisión indujeron a toda una generación de serbios, bosnios y musulmanes a aborrecer a sus vecinos».103 Otro testigo señala: «Después de ver la Radiotelevisión de Belgrado en 1991-1992, puedo comprender que los serbios de Bosnia llegaran a creer que se arriesgaban a ser víctimas de las fuerzas ustashis o de los fundamentalistas islámicos. Era como si toda la televisión estadounidense estuviera controlada por el Ku Klux Klan».104

Cuando en 1989, con motivo del sexto centenario de la derrota serbia ante los turcos y en el escenario mismo de la batalla del Campo de Merles, Slobodan Milosevic pronunció un discurso desaforado ante un millón de personas, los odios nacionalistas prendieron con fuerza... Otros líderes —Franjo Tudjman en Croacia y Alija Izetbegovic en Bosnia— respondieron con arengas no menos exaltadas.

Los países occidentales, obnubilados por la caída del muro de Berlín, la agonía de la Unión Soviética y la victoria militar en la guerra del Golfo, no supieron impedir el desastre. Al apresurarse a reconocer la independencia de Eslovenia y Croacia, Alemania y el Vaticano incluso lo alentaron.

La guerra de Eslovenia estalló el 27 de junio de 1991, seguida por las de Croacia y Bosnia, con sus respectivos cortejos de crímenes. La Unión Europea demostró su inmadurez y su ineptitud para aprovechar aquella ocasión de afirmarse, en su propio continente, como una potencia capaz de imponer, por la fuerza en caso necesario, una solución justa y equitativa para todos. Mediante los acuerdos suscritos en Dayton en 1995, Estados Unidos restableció una paz demasiado precaria, como probaron los acontecimientos subsiguientes.


Una región pobre y superpoblada

Habitado por albaneses (no eslavos y mayoritariamente musulmanes) en un 90 %, Kosovo es pobre: ostenta los mayores índices de subempleo y analfabetismo de Europa. Está superpoblado: dos millones de habitantes en diez mil novecientos kilómetros cuadrados, una tasa de natalidad del 40% y más de la mitad de la población menor de veinte años. En razón de su personalidad cultural diferenciada, Kosovo reclamaba desde tiempo inmemorial un estatuto de república de pleno derecho en el seno de la Federación Yugoslava; la Constitución de 1974 sólo le había concedido el estatuto de provincia de Serbia, si bien con una autonomía bastante amplia, que la convertía en una cuasirrepública con derecho a veto.

Pero la abolición de este estatuto en 1989 trajo consigo, entre otras cosas, la disolución del Parlamento kosovar, la prohibición de la enseñanza en albanés, el despido de más de ciento cincuenta mil albanoparlantes de las administraciones públicas y de las empresas públicas, y la instauración de una auténtica ley marcial que, de hecho, concedía poderes ilimitados a las fuerzas represivas de Belgrado para multiplicar las humillaciones y brutalidades a que sometían a los albaneses de Kosovo desde hacía una década para obligarlos a emigrar. Inevitablemente, todas estas circunstancias los empujaron a la revuelta.

La resistencia, pasiva entre los partidarios de Ibrahim Rugova, fue creciendo en violencia entre los militantes del ULK, que a lo largo de los años 1997 y 1998 multiplicaron los atentados sangrientos contra las fuerzas del orden yugoslavas y la minoría serbia. Espectacularmente hinchadas por los medios de comunicación de Serbia, estas acciones proporcionaron el pretexto que buscaba la propaganda del régimen de Milosevic para inflamar a las muchedumbres serbias tocando la fibra del nacionalismo («Kosovo, cuna de la nación serbia», «territorio sagrado», «solar de nuestros antepasados», «serbios, víctimas», etc.) para atizar el racismo antialbanés.

Con anterioridad a la guerra de 1999, los enfrentamientos de Kosovo habían provocado la muerte de unos dos mil kosovares, la destrucción de trescientos pueblos y la huida de más de doscientos mil refugiados. En octubre de 1998, bajo la amenaza de una intervención de la OTAN, Slobodan Milosevic firmó un acuerdo por el que aceptaba retirar su ejército y autorizaba a la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) a estacionar en la zona a unos mil seiscientos observadores no armados de la Misión de Verificación de Kosovo (MVK).

Para no alentar el fraccionamiento de Europa en microestados y evitar que el conflicto se extendiera a toda la región (el foco más cercano se encontraba en Macedonia, poblada por un 30 % de albaneses), la Unión Europea se abstuvo de apoyar la independencia de Kosovo y propugnó la firma de un acuerdo que concediera la mayor autonomía posible a la provincia.

Consecuencias en cascada

Como se ve, la situación era sumamente compleja, como todas las cuestiones geopolíticas en los Balcanes. La búsqueda de un compromiso era una tarea delicada y ardua. En consecuencia, la conferencia de Rambouillet (enero-marzo de 1999) debería haberse prolongado durante algunas semanas más, habida cuenta de que la presencia de varios miles de observadores de la OSCE en Kosovo limitaba parcialmente la violencia contra los kosovares.

La historia enseña que en esa explosiva región cualquier actuación política intempestiva desencadena consecuencias en cascada, como pudo constatarse trágicamente en 1989, cuando Slobodan Milosevic abolió unilateralmente la autonomía de Kosovo y de Voivodina, o en 1991, cuando Alemania y el Vaticano reconocieron la independencia de Eslovenia con excesiva precipitación. Con la ofensiva aérea de la OTAN, lanzada a finales de marzo de 1999, pudo constatarse una vez más.

Destinados en principio a destruir la maquinaria represiva del régimen de Milosevic, los bombardeos provocaron de inmediato previsibles represalias de las autoridades de Belgrado contra los albaneses de Kosovo. Cuesta entender la miopía de los dirigentes de la OTAN, que con su iniciativa sumieron a los kosovares en una situación de riesgo similar a la que padecieron los armenios de Turquía durante la ofensiva rusa de 1915. Considerados por el poder central turco una «quinta columna potencial», fueron, como es bien sabido, víctimas del primer genocidio del siglo xx.

La OTAN, que no se cansaba de presentar a Milosevic como un «dictador sanguinario», no podía ignorar que existían planes serbios para ejecutar una depuración étnica de gran envergadura en Kosovo, y que los aliados ultranacionalistas de Slobodan Milosevic se morían de ganas de llevarlos a la práctica.

Pero los bombardeos causaron otras víctimas no previstas. Decididos sin la autorización expresa del Consejo de Seguridad de la ONU, agravaron el descrédito de las Naciones Unidas. Decretados, en la mayoría de los países, por el poder ejecutivo, sin consulta ni votación de la representación nacional, desacreditaron igualmente a los parlamentos. Sobre el terreno, nolens volens, los bombardeos golpearon duramente a la población civil serbia (y a veces kosovar), víctima de numerosos errores de tiro, mientras que la destrucción de fábricas e infraestructuras económicas produjo centenares de miles de parados y convirtieron poco a poco en un infierno la vida del ciudadano de a pie.

Contrariamente a lo que, al parecer, se esperaba, los bombardeos no provocaron el aborrecimiento de Slobodan Milosevic por parte de la población. Antes bien, el sentimiento de ser víctimas de un castigo colectivo reforzó la unión nacional de los ciudadanos serbios en torno a su gobierno. En esta atmósfera de exaltación, que proclamaba «la patria en peligro», las «víctimas» de la OTAN obligaron a los demócratas serbios hostiles al régimen a reaccionar como patriotas y poner sordina a las críticas contra Milosevic.

Por si fuera poco, al destruir la embajada china en Belgrado, los ataques acentuaron la hostilidad de Pekín (miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU) hacia la política de la OTAN. En el plano diplomático, humillaron igualmente a Rusia, que desde hace dos siglos es un actor ineludible en la geopolítica de los Bal-canes.
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