Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Islam Wahabí

Con el ascenso de las mafias se produjo también un rebrote del sentimiento nacionalista y un resurgimiento del islam sunní, latentes en un país que se había resistido al expansionismo colonial moscovita durante más de un siglo, para convertirse en 1859 en el último bastión del Cáucaso en rendirse a los rusos.

Los desheredados se mostraron particularmente sensibles al discurso de los misioneros wahabíes, llegados de Arabia Saudí con abundantes medios financieros para predicar un islam integrista que ya había seducido a una parte de los resistentes afganos vencedores de los soviéticos en los años ochenta. A esta corriente islámica pertenecían los principales combatientes independentistas de comienzos de los años noventa, incluido el célebre Shamil Basaev. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, los medios de comunicación se apresuraron a vincular Chechenia con Afganistán y señalaron insistentemente que numerosos chechenos, protegidos por los talibanes, se entrenaban en los campamentos de al-Qaida bajo la dirección de Osama Bin Laden.

Tras la insólita victoria militar de 1996 sobre Moscú, la sagrada unión de los chechenos se debilitó. Sometido al bloqueo territorial de las fuerzas rusas, el gobierno de Asian Maskhadov se vio sin medios para reconstruir el país. Por su parte, los wahabíes constituyeron feudos islamistas en los que impusieron la ley coránica (sharia) contra la voluntad de numerosas familias. Aprovechando el caos, proliferaron las mafias y el bandidaje. El país presenció el desarrollo de una auténtica economía de la rapiña y el desmán: pillaje de granjas aisladas, contrabando de todo tipo de productos y, sobre todo, secuestros por dinero de centenares de personas, extranjeros en muchos casos.

Chechenia se convirtió poco a poco, y en gran medida por causas externas, en una entidad caótica e ingobernable, temida por sus vecinos y de la que sus propios habitantes empezaban a huir. En este contexto de podredumbre, cuatro hechos determinantes desencadenaron el conflicto actual.
Atentados terroristas

Para empezar, en mayo de 1999 la reapertura, con la aquiescencia occidental, del oleoducto que unía Bakú (Azerbayán) con Supsa (Georgia), a orillas del mar Negro, produjo un profundo malestar en Rusia.

Y, lo que es más grave, meses más tarde Turquía, Azerbayán y Georgia firmaron un acuerdo para la construcción de otro oleoducto entre Bakú y el puerto turco de Ceyhan, en el Mediterráneo, que evitaría definitivamente el territorio ruso. Moscú lo interpretó como una humillación geopolítica que podía anunciar una grave pérdida de influencia en el Cáucaso, tanto más cuanto los nuevos oleoductos quedaban automáticamente bajo la protección del sistema de seguridad de la OTAN.

A continuación, en agosto de 1999, la incursión en Daguestán del jefe islamista checheno Basaev confirmó a los ojos de los rusos el peligro de contagio que entrañaba el ejemplo de la posible independencia de Chechenia. Rápidamente circunscrita y sofocada, esta incursión produjo innegable inquietud en Moscú, que veía multiplicarse las amenazas contra su control sobre una región tan estratégica como el Cáucaso del Norte.

Por último, a comienzos del otoño de 1999, una serie de espantosos atentados con explosivos contra edificios de viviendas causó alrededor de trescientos muertos entre la población civil de varias ciudades rusas. Aunque carecía de pruebas concluyentes, a Moscú le faltó tiempo para adjudicar la autoría a los «bandidos chechenos», lo que acabó de soliviantar a una opinión pública sumida en la catástrofe social desde hacía una década.

Que Vladimir Putin aprovechó la situación para declarar una «guerra sin piedad contra el terrorismo» e imponerse como el hombre fuerte que esperaban los rusos es una evidencia. Pero esta dimensión política es inseparable de los aspectos estratégicos de la guerra: para Moscú, se trataba de preservar el control férreo sobre Chechenia y, al mismo tiempo, restablecer a Rusia como potencia dominante en todo el Cáucaso, lo que no deja de ser una simple ambición regional para una antigua superpotencia mundial.


Nuevo orden global

Por el contrario, la guerra que enfrentó a la OTAN con la República Federal de Yugoslavia durante la primavera de 1999 abrió una nueva etapa en la historia de las relaciones internacionales y anunció el despuntar de un nuevo orden mundial. El 24 de marzo de 1999, fecha de los primeros bombardeos contra el régimen de Belgrado, señaló el comienzo de una nueva era.

Sabíamos que la guerra fría había terminado en noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín y que la desaparición de la Unión Soviética había puesto fin a la posguerra en diciembre de 1991. Hoy sabemos que la crisis de Kosovo cerró un decenio (1991-1999) de incertidumbres, desórdenes y tanteos en materia de política internacional y trazó un marco nuevo para el siglo xxi.

La globalización económica —que constituye de lejos la dinámica más poderosa de nuestro tiempo— necesitaba el complemento de un proyecto estratégico global en materia de seguridad. El conflicto de Kosovo proporcionó la ocasión de dibujar sus rasgos esenciales. Desde ese punto de vista, esta primera guerra de la OTAN tuvo, efectivamente, mucho de inaugural. Para la comunidad mundial, representa un auténtico salto hacia lo desconocido,la incursión en un territorio inexplorado que sin duda reserva muchas sorpresas agradables, pero también más de una emboscada y más de un peligro.

Pretextando las atrocidades cometidas en Kosovo por el régimen de Belgrado, la OTAN justificó el conflicto con argumentos de orden humanitario, moral e incluso «civilizador»: era «una lucha por la civilización», llegó a declarar el entonces primer ministro francés Lionel Jospin.117 De la noche a la mañana, la historia, la cultura y la política, causas de todos los conflictos desde las guerras púnicas,118 se convirtieron en referencias obsoletas. Lo que constituye una revolución, no sólo de orden militar, sino también, y fundamentalmente, de orden mental.

Al emprender la guerra de Kosovo en nombre de la acción humanitaria, considerada moralmente superior a todo desde entonces, la OTAN no dudó en transgredir dos de los máximos tabúes de la política internacional: la soberanía de los estados y los estatutos de la Organización de las Naciones Unidas.

El principio de soberanía

Bajo el Antiguo Régimen, la soberanía residía en la persona del rey, «por la gracia de Dios». Bajo la influencia de los filósofos de la Ilustración, las revoluciones estadounidense (1776) y francesa (1789) y todas las democracias posteriores la hacen residir en el pueblo («El principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación», dice el artículo 3 de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de agosto de 1789).

Este principio de soberanía autoriza a los gobiernos a resolver sus conflictos internos de acuerdo con sus propias leyes, elaboradas por su Parlamento, sede de los representantes de la nación, y sin que nadie pueda inmiscuirse en los asuntos interiores del Estado en cuestión. Pues bien, fue precisamente este principio, que tiene dos siglos de antigüedad, lo que saltó por los aires el 24 de marzo de 1999, fecha de los primeros bombardeos de la OTAN contra Serbia.

Hay quien dice, y no sin razón: tanto mejor, porque, al amparo de ese principio, que impide a los otros países acudir en auxilio de las víctimas, más de un Estado tiránico ha cometido todo tipo de abusos contra sus propios ciudadanos. Y, en el caso de Yugoslavia, son muchos los que consideran que, si bien Slobodan Milosevic había sido formalmente elegido por vía democrática, no dejaba de ser un déspota y el inspirador de una odiosa política de limpieza étnica. Pero la legitimidad de un déspota, un tirano o un dictador no procede del pueblo, de modo que la soberanía de su Estado no es otra cosa que un artificio legal que les permite practicar la arbitrariedad. Semejante soberanía no merece el menor respeto, especialmente si el déspota es culpable de violaciones de los derechos humanos o crímenes contra la humanidad.

Recientemente hemos podido ver que las decisiones soberanas (tomadas por el conjunto de las principales fuerzas políticas de derecha e izquierda) de un país democrático como Chile, en lo tocante a su antiguo dictador el general Augusto Pinochet, lejos de ser respetadas, no han podido evitar la detención del susodicho en Londres y la petición de extradición de España para juzgarlo por crímenes contra la humanidad.119

Por lo demás, el proyecto de creación de un Tribunal Penal Internacional (a cuya ratificación se opone Estados Unidos) tiene como objetivo juzgar a los autores de crímenes contra la humanidad (imprescriptibles) independientemente de cualquier decisión legal adoptada por un Estado soberano.

¿Dónde reside hoy la soberanía de un país? ¿Caminamos hacia la instauración, a escala planetaria y bajo la égida de Occidente, de «soberanías limitadas», como las que Leonid Breznev y la URSS intentaron imponer a los estados del bloque socialista en los años setenta? ¿Cabe juzgar a esa luz la resurrección de la vieja figura colonial del «protectorado», prevista ya en 1991 para Somalia y practicada de hecho en Albania y, bajo los auspicios de la ONU, en Kosovo, o en Afganistán desde diciembre de 2001, so capa de fuerza multinacional?120

A finales del siglo XVIII, la soberanía pasó de Dios a la nación. ¿Residirá de ahora en adelante en el individuo? Tras el Estado-nación, ¿asistiremos a la aparición del «Estado-individuo»? ¿Pasarán a los individuos concretos los atributos y prerrogativas que hasta hoy tenían los estados? Indiscutiblemente, la mundialización y su ideología no sólo tolerarían, sino que animarían tal transformación, posibilitada por las tecnologías de la comunicación y la información, como en cierto modo han demostrado Osama Bin Laden y su secta-red al-Qaida (véase el capítulo primero, consagrado a los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001).
¿Hacia el Estado Individuo?

Por añadidura, la mundialización, que elimina fronteras, homogeneiza las culturas y reduce las diferencias, se aviene mal con la identidad y la soberanía de los estados. Como afirma Alain Joxe: «La constitución de un imperio universal (estadounidense) mediante la generalización de la economía de mercado provoca balcanizaciones-libanizaciones, al eliminar las prerrogativas reguladoras de los estados tradicionales».121
La ONU fuera de juego

La OTAN decidió emprender la guerra de Kosovo sin contar con la autorización explícita de ninguna resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Por primera vez en un asunto tan grave, asistimos al ninguneo de la ONU, única plataforma internacional para la resolución de los conflictos y el mantenimiento de la paz. Desde comienzos de los años noventa, numerosos indicios hacían pensar que Estados Unidos deseaba que la ONU dejara de desempeñar su papel: no renovación del mandato de Butros Butros-Ghali, reemplazado como secretario general por Kofi Annan, presuntamente más dócil a las tesis de Washington; firma de los acuerdos de Dayton sobre Bosnia bajo la égida, no de las Naciones Unidas, sino de Estados Unidos; lo mismo en lo relativo a los acuerdos palestino-israelíes de Wye River; decisión unilateral de bombardear Irak sin la autorización de la ONU, etc.

De hecho, todo apunta a que Estados Unidos no se aviene con la ONU ni acepta, en su actual situación hegemónica, verse frenado por los procedimientos legalistas de las Naciones Unidas. Resulta así evidente que la existencia de éstas a lo largo de todo el siglo xx (en un principio, bajo la forma de la Sociedad de Naciones) no se debía, como creíamos, a un logro de la civilización, sino tan sólo a la existencia simultánea de potencias de envergadura comparable que, al menos militarmente, no podían imponerse a las otras.

La desaparición de la Unión Soviética dio al traste con ese equilibrio y, por primera vez en dos siglos, un país —una «hiper-potencia», como lo calificó el ex ministro francés de Asuntos Exteriores Hubert Védrine— domina el mundo de manera aplastante. Estados Unidos no ve motivos para compartir o limitar su hegemonía cuando puede ejercerla plenamente sin que nadie (ni siquiera la ONU) pueda contradecirlo.

Ejecutadas en nombre del humanitarismo, estas dos transgresiones —de la soberanía nacional y del magisterio de las Naciones Unidas— plantean más de un problema. Por ejemplo: ¿cómo conciliar la preocupación humanitaria con el uso de la fuerza? ¿Puede haber «bombardeos éticos», sobre todo cuando numerosos errores de tiro causan centenares de víctimas inocentes entre la población civil? ¿Puede hablarse de «guerra justa» cuando la desproporción militar y tecnológica entre los adversarios es abismal?

¿En nombre de qué moral cabe equiparar la legítima protección de los kosovares con la destrucción de los serbios?


Guerra y ecología

Estas preguntas desazonan a la mayoría de los actuales dirigentes socialdemócratas (antiguos sesentayochistas, antiguos troskistas, antiguos maoístas, antiguos comunistas, antiguos pacifistas...), que pertenecieron a la Love Generation y el Flower Power, gritaron «Make love, not war», entonaron canciones antimilitaristas (véase Donovan, Universal Soldier) y en su momento se opusieron ferozmente a la guerra de Vietnam (una «causa justa», según los criterios actuales...).

Algunos dirigentes ecologistas europeos, en particular los Verdes alemanes, se las vieron y se las desearon para conciliar una actitud rabiosamente guerrera con su tradicional discurso sobre la protección del medio ambiente. Acabaron constatando que la guerra de Kosovo, como cualquier guerra, era de por sí una catástrofe ecológica: destrucción de refinerías de petróleo con las correspondientes emanaciones de nubes tóxicas; bombardeo de empresas químicas que contaminaron los ríos y aniquilaron la fauna; utilización de bombas de grafito que liberaron polvos cancerígenos; o de bombas radioactivas de uranio empobrecido; lanzamiento de bombas de fragmentación que siembran millares de artilugios similares a las minas antipersonal (Estados Unidos se negó a firmar el tratado de Ottawa que prohibía su uso); caída de bombas activadas en el Adriático que constituyen una amenaza para los pescadores, etc.

Otros se preguntan por qué no ha intervenido la OTAN, alegando razones humanitarias, en otros países que mantienen sojuzgada a la población. Por ejemplo: en el sur de Sudán, en Sierra Leona, en Liberia, en el Congo, en Angola, en Nueva Guinea occidental, en el Tíbet, etc. Otros constatan que en ocasiones el hu-manitarismo no se salva del principio del «doble rasero», como en el caso de Irak, que Estados Unidos y el Reino Unido siguieron bombardeando a diario durante todo el año 1999, sin el respaldo de un mandato internacional.122 Por último, en lo referente al derecho de intervención humanitaria, hay quien apunta que no debería ser solamente un derecho del más fuerte. Pero, ¿cómo iban a poder utilizar tal derecho los débiles? ¿Cabe imaginar, por ejemplo, que un país africano invoque ese derecho a la intervención humanitaria en determinado país americano para proteger a los negros que son víctima de violaciones de los derechos humanos? ¿O que un país del norte de África intervenga en un Estado europeo en el que los inmigrantes magrebíes son objeto de discriminaciones sistemáticas?

¿Y por qué no pedir, como piden algunos, el derecho de intervención social? ¿No es escandaloso que en el seno de la Unión Europea haya cincuenta millones de pobres? ¿No es una monstruosa violación de los derechos humanos? ¿Puede aceptarse que, a escala mundial, uno de cada dos seres humanos tenga que vivir con menos de dos euros al día? ¿Que mil millones de personas vivan en la pobreza más absoluta, con menos de un euro al día? A ese precio, lo que gastó diariamente la OTAN bombardeando Yugoslavia, es decir, sesenta millones de euros, habría permitido alimentar diariamente a sesenta millones de personas...

El ecosistema en peligro. Nuevos miedos, nuevas amenazas

«En la historia de las colectividades —afirma el historiador Jean Delumeau—, los miedos cambian, pero el miedo persiste.»123 Hasta el siglo xx, los grandes males de la humanidad tenían su origen en la naturaleza, el frío, los rigores del clima, las inundaciones, las devastaciones, los incendios, el hambre y azotes como la peste, el cólera, la tuberculosis y la sífilis. Antaño, el ser humano vivía bajo la constante amenaza del entorno. La desgracia lo acechaba cotidianamente.

La primera mitad del siglo xx estuvo marcada por los horrores de las grandes guerras mundiales de 1914-1918 y 1939-1945. La muerte a escala industrial, los éxodos, las destrucciones masivas, las persecuciones, los campos de deportación y exterminio. Tras la Segunda Guerra Mundial y la destrucción atómica de Hiroshima y Nagasaki en 1945, el mundo vivió bajo la amenaza del holocausto nuclear. Un miedo que fue apaciguándose poco a poco hacia el final de la guerra fría y tras la firma de tratados internacionales que prohibían la proliferación nuclear.
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