Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Terror nuclear

Pero la existencia de esos tratados no eliminó todos los peligros. El 26 de abril de 1986, la explosión de la central nuclear de Chernobil provocó un recrudecimiento del terror nuclear. Más recientemente, el 1 de octubre de 1999, se produjo un accidente en la planta de la localidad japonesa de Tokaimura. Estupefacta, la opinión pública internacional descubrió que, incluso en un país como Japón, reputado por su rigor técnico, se transgreden principios elementales de seguridad y se arriesgan la salud y la vida de centenares de millones de personas.

A renglón seguido, el 13 de octubre de 1999, supimos que el Senado de Estados Unidos había tomado la increíble decisión de rechazar la ratificación del Tratado para la Prohibición Total de los Ensayos Nucleares (CTBT), contra los deseos del presidente William Clinton. Este rechazo, basado en mezquinas razones políticas, reviste una gravedad excepcional y constituye un auténtico desastre para la seguridad del planeta, tanto más cuanto que puede interpretarse como una autorización tácita para la reanudación general de las pruebas nucleares. Atenta contra el principio de no proliferación nuclear124 y deslegitima cualquier futura presión de Washington para detener las pruebas atómicas.

El mismo Washington que, a finales de 2001 y a pesar del desacuerdo de Moscú, denunció el tratado de 1972 para la limitación del despliegue de misiles antimisiles (ABM), con el fin de precaverse contra el progreso en materia balística de determinados países (entre los que figuran Pakistán, Irán y Corea del Norte). Tras este rechazo del Senado de Estados Unidos, Rusia y China, que aún no han ratificado el tratado de prohibición total de las pruebas nucleares, tienen un buen pretexto para realizar nuevas pruebas con vistas a miniaturizar sus arsenales, como hizo Francia en 1995.

Por su parte, el ex primer ministro francés Lionel Jospin, «teniendo en cuenta las armas balísticas y de destrucción masiva de las que se están dotando determinadas potencias», se declaró dispuesto a considerar la «modernización» y «modificación» del arsenal nuclear francés, con el fin de «prevenir la manifestación de una amenaza contra nuestros intereses vitales, sean cuales sean su origen —cercano o lejano—, naturaleza o forma».125 Entre otros países, Jospin pensaba sin duda en Pakistán, reciente potencia nuclear, cuyas autoridades civiles, democráticamente elegidas, habían sido derrocadas el 12 de octubre de 1999 por el ejército y el general Pervez Musharraf.


Amenazas contra la identidad

En Europa occidental, la segunda mitad del siglo xx se caracterizó por el progresivo apaciguamiento de los conflictos armados y el aumento de una prosperidad casi general. Las condiciones de vida mejoraron sensiblemente y la esperanza de vida alcanzó cotas sin precedentes.

El día en que los historiadores de las mentalidades se pregunten por los miedos de comienzos del siglo xxi, descubrirán que, a excepción del terrorismo, que obsesiona a las sociedades occidentales desde el 11 de septiembre de 2001, los nuevos temores son menos de orden político o militar (conflictos, persecuciones, guerras...) que de carácter económico y social (desastres bursátiles, hiperinflación, quiebras empresariales, despidos masivos, precariedad, recrudecimiento de la pobreza...), así como industrial (accidentes tan graves como los de Minamata, Seveso, Bhopal o Toulouse) y ecológico (trastorno de la naturaleza, deterioro del medio ambiente, calidad sanitaria de la alimentación, contaminación de todo tipo...). Afectan tanto a lo colectivo como a lo íntimo (salud, alimentación...) y a la identidad (procreación artificial, ingeniería genética...).

Este último aspecto en particular preocupa cada vez más, en vista de que la capacidad de manipulación del patrimonio genético no deja de aumentar. Y la producción de animales transgénicos, la clonación, la secuenciación del genoma humano, la terapia genética, el patentado de la vida, la detección genética de las enfermedades hereditarias y la utilización de tests genéticos producen una inquietud sorda.126

Recordemos que en Estados Unidos, durante los años sesenta y setenta, investigadores como el doctor José Delgado, uno de los más firmes partidarios del control de la mente en aras de una sociedad «psicocivilizada», afirmaban que la pregunta filosófica esencial ya no era «¿Qué es el hombre?», sino «¿Qué tipo de hombre debemos fabricar?».

El profesor Marvin Minsky, uno de los padres del ordenador, pronostica lo siguiente: «En 2035, gracias a la nanotecnología, el equivalente electrónico del cerebro podría ser más pequeño que la yema de su dedo. Eso significa que usted podrá tener en el interior de su cráneo todo el espacio que desee para implantar sistemas y memorias adicionales. De ese modo, poco a poco, podrá aprender más cosas cada año, añadir nuevos tipos de percepciones, nuevas formas de razonamiento, nuevas maneras de pensar e imaginar».127

Por su parte, el ensayista estadounidense Francis Fukuyama sostiene que «durante las dos próximas generaciones, las herramientas que nos proporcionarán las biotecnologías nos permitirán conseguir lo que no han conseguido los especialistas en ingeniería social. Llegados a ese punto, habremos terminado definitivamente con la historia humana, porque habremos abolido los seres humanos en tanto que tales. A partir de ese momento empezará una nueva historia, más allá de lo humano».128
Ciencia y ficción

Desde la clonación de la oveja Dolly en febrero de 1997, se sabe que la del hombre está al caer. La ciencia ha superado a la ficción, en la medida en que ha dejado chiquito el «procedimiento Bokanovsky» imaginado por Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz. Dolly no es el resultado de una fecundación: su embrión fue creado mediante la simple fusión del núcleo de una célula adulta con el óvulo nucleado de una oveja portadora. Desde entonces, se han clonado ratones en Hawai, ovejas en Nueva Zelanda y Japón, cabras en Estados Unidos, etc. En 1998, la revista científica británica The Lancet opinaba que, a pesar de las advertencias morales expresadas en todo el mundo, la creación de seres humanos por clonación era «inevitable», y hacía un llamamiento a la comunidad médica para que lo «admitiera de una vez por todas».

Con idéntico espíritu, los medios de comunicación anunciaron el nacimiento de una nueva era el 26 de junio de 2000, fecha del desciframiento de los tres mil millones de pares de bases encadenadas a lo largo de los veintitrés cromosomas que componen nuestro patrimonio hereditario. Este descubrimiento permitirá secuenciar los genes implicados en las enfermedades. Potencialmente, los beneficios para la humanidad son enormes, puesto que la identificación de un gen responsable de una enfermedad hereditaria abre la vía al hallazgo de un posible tratamiento y a su curación.

Pero estamos muy lejos de conocer el alcance exacto de este descubrimiento, que puede alentar peligrosas veleidades. En adelante la genética ofrece al hombre la posibilidad de lanzarse a una «apropiación salvaje del mundo, una versión moderna del esclavis-mo o de la explotación incontrolada de los recursos naturales, como demostraron las potencias coloniales».129 Porque patentar los genes es tanto como privatizar un patrimonio común de la humanidad. Y vender la información a la industria farmacéutica —que la reservaría a algunos privilegiados— podría transformar este revolucionario descubrimiento científico en un nuevo instrumento de discriminación.130


¿Hacia un nuevo eugenismo?

Por si fuera poco, la ingeniería genética prefigura un nuevo eugenismo orientado hacia una especie de transhumanidad. ¿No cabe interpretarlo como el resurgir del fantasma del «niño perfecto», seleccionado en función de la excelencia de su código genético? Nuestras sociedades apenas se atreven a confesárselo. Un miedo indecible empieza a tomar cuerpo: ¿caminamos hacia una serialización en toda regla de la especie humana? ¿Hacia el recurso masivo a las biotecnologías duras? ¿Para fabricar una especie de «Pokemon»131 humanos o transhumanos? ¿Se avecina la invasión de los HGM, los humanos genéticamente modificados?

Liberalismo y ecología

Las manipulaciones genéticas en curso no son lo único que inquieta a los ciudadanos. Las advertencias de carácter ecológico expresadas durante la Cumbre de la Tierra, en Rio de Janeiro en 1992, y más recientemente en la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, celebrada en Johannesburgo en agosto y septiembre de 2002, los han alertado igualmente sobre los riesgos inherentes al actual saqueo del planeta.

Con la esperanza de apaciguar esos temores y el objetivo de debatir la medidas ante el calentamiento de la Tierra a causa del aumento de las emisiones de gas con efecto invernadero, los representantes de ciento cincuenta países se reunieron en la ciudad japonesa de Kioto en diciembre de 1997.

Recordemos que esta conferencia crucial se celebró en una época en que Asia estaba inmersa en una sucesión de desastres financieros y ecológicos.

Presentados durante mucho tiempo por las grandes instancias económicas —Banco Mundial, FMI, OCDE y OMC— y los turiferarios del ultraliberalismo como el contraejemplo del «fracaso del Tercer Mundo» y el modelo a imitar, los viejos «dragones» (Hong Kong, Singapur, Taiwan y Corea del Sur) y los nuevos (Malasia, Indonesia, Tailandia y Filipinas) sufrieron una serie de gravísimos desórdenes bursátiles en otoño de 1997.

Tras el hundimiento de la bolsa de Hong Kong, los mercados financieros de los cinco continentes, empezando por Wall Street, se sumieron en la tormenta y dejaron planear sobre el mundo el espectro de un crack del sistema monetario internacional.

El modelo de crecimiento basado en una mano de obra barata, una moneda sobredevaluada, la exportación a ultranza y la elevación de los tipos de interés para atraer a los inversores-especuladores internacionales, dentro del marco de un régimen político autoritario, demostró ser, tras el desastre asiático de 1997, más que ejemplar, peligroso.

Para colmo de males, algunos de los países más afectados por los tifones bursátiles —Indonesia y Malasia— sufrieron desastres ecológicos de excepcional amplitud. Escapando a todo control, miles de gigantescos incendios devastaron más de ochocientas mil hectáreas de bosque en las islas de Sumatra, Borneo, Java y Sulawesi. Inmensas nubes de humos tóxicos, del tamaño de medio continente, cubrieron de hollín ciudades como Kuala Lumpur, que quedaron sumidas en la semioscuridad, y provocaron graves accidentes (siniestro de un Airbus: doscientos treinta y cuatro muertos; colisión marítima: veintinueve muertos).


Deforestaciones masivas

Ni que decir tiene que estas dos catástrofes —bursátil y medioambiental— están íntimamente ligadas. Si es cierto que los incendios se debieron en parte a la sequía causada por un fenómeno climático cíclico conocido como El Niño, la principal razón del desastre radica en la política de deforestación masiva practicada durante décadas sobre la base de un modelo especulativo e hiperproductivista suicida, centrado únicamente en las exportaciones.

En nombre de una confusión interesada entre crecimiento y desarrollo, los estados del Norte y del Sur persisten en la destrucción sistemática del medio natural. Los atentados contra los suelos, las aguas y la atmósfera se suceden sin solución de continuidad.

Urbanización galopante, deforestación tropical, contaminación de las capas freáticas, los mares y los ríos, calentamiento del clima, empobrecimiento de la capa de ozono, lluvias ácidas: desastres ecológicos que ponen en peligro el porvenir de la humanidad. Cada año desaparecen seis millones de hectáreas de tierras cultivables debido a la desertización. En todo el mundo, la erosión y la sobreexplotación merman la superficie cultivable a un ritmo acelerado. La contaminación industrial de los países del Norte y la pobreza de los países del Sur (deforestación, abandono del barbecho, etc.) desestabilizan los equilibrios ecológicos. Lógicas económicas y políticas absurdas permiten que millones de seres humanos sigan muriendo de hambre.


Proteger la biodiversidad

En 2010, la capa forestal del globo habrá disminuido más de un 40% respecto a 1990. En 2040, la acumulación de gases con efecto invernadero podría provocar un ascenso de la temperatura media del planeta de entre uno y dos grados centígrados, y una elevación del nivel de los océanos de entre 0,2 y 1,5 metros. No es una certeza, pero si esperamos a tener certezas científicas será demasiado tarde para actuar. La elevación del nivel de los océanos habrá causado daños irreparables.

Cada año desaparecen entre diez y diecisiete millones de hectáreas. La deforestación destruye un patrimonio biológico irreemplazable: las junglas tropicales húmedas albergan el 70% de las especies animales, seis mil de las cuales son borradas de la faz del planeta anualmente. Según la UICN, en diez años habrá desaparecido el 20 % de las especies existentes.

La conferencia sobre el clima de Berlín, celebrada en abril de 1995, ratificó la idea de que el mercado no está en condiciones de hacer frente a las amenazas globales que pesan sobre el medio ambiente. Proteger la biodiversidad, la variedad de la vida, mediante el desarrollo sostenible se ha convertido en un imperativo: el desarrollo se considera sostenible si permite que las generaciones futuras hereden un entorno de una calidad al menos igual al que recibieron las generaciones precedentes.

Los países occidentales —y especialmente Estados Unidos, responsable de la mitad de las emisiones de gases carbónicos de los países industrializados— deben respetar los compromisos suscritos en la Cumbre de la Tierra celebrada en Rio de Janeiro en 1992. Por el momento, no lo hacen. Si la Unión Europea prevé una reducción del 15% de los gases para el horizonte del año 2010, la administración estadounidense se propone retroceder a los niveles de 1990 nada menos que en 2012 y establecer a partir de 2008 «permisos de contaminación» negociables. El presidente George W. Bush ha sido aún más negativo, puesto que una de las primeras medidas adoptadas por su administración, con gran escándalo de las cancillerías internacionales, fue la denuncia del tratado de Kioto.

Por su parte, numerosos gobiernos del Sur se niegan a aceptar que la degradación de los ecosistemas tiene consecuencias trágicas para toda la humanidad. Sin embargo, es evidente que no conseguiremos aliviar al planeta sin un esfuerzo colectivo. Tanto en el Norte como en el Sur, ha sonado la hora de abandonar el modelo de desarrollo que hemos seguido durante siglos, para enorme desgracia de la Tierra y de sus habitantes.

Catástrofes de una amplitud desconocida

Esta actitud es característica de los egoísmos actuales, que estimula la globalización. Porque la globalización es también el saqueo ecológico de la Tierra. Una destrucción que provoca consecuencias en cadena. De Mozambique a Venezuela, de China a Turquía, de México a la India: catástrofes y cataclismos, inundaciones y temblores de tierra se han sucedido en los últimos años con una amplitud nunca vista.

Miles de muertos, miles de millones de euros en daños y desastres ecológicos inimaginables: bosques devastados, faunas diezmadas, cosechas perdidas, aguas contaminadas, tierras cultivables arruinadas... En los países desarrollados —mejor protegidos contra las calamidades «naturales» por regla general—,los trastornos climáticos también se han dejado sentir dramáticamente. Basta con pensar en la Europa del Este, azotada en diciembre de 1999 por dos auténticos huracanes que causaron centenares de muertos y daños colosales e inauditos, y dejaron conmocionada a la población de determinadas regiones.

Esos mismos países desarrollados, que se creían a cubierto de los desastres del Sur, han padecido igualmente una interminable sucesión de nuevos desórdenes ecológicos que empiezan a sembrar el pánico. Sin ir más lejos, recordemos lo ocurrido en Europa en el curso de los dos últimos años.

«Annus horribilis »

Para empezar, la espeluznante marea negra que se extendió por la costa atlántica francesa en diciembre de 1999. Causada por el naufragio del petrolero Erika, fletado por la compañía Total, provocó la muerte de miles de aves, puso en peligro centenares de empresas, arruinó varias de las regiones más hermosas del país y causó la contaminación cancerígena de todos los voluntarios que participaron en la limpieza de las playas.

Otras catástrofes: las sucesivas inundaciones del Somme, en el norte de Francia, y los innumerables problemas relacionados con la contaminación alimentaria: descubrimiento del empleo de excrementos humanos para la elaboración de harinas animales destinadas a la alimentación de animales para el consumo humano y peces de criadero; nuevos casos de «vacas locas»; pollos con dioxinas; contaminación de latas de Coca-Cola; proliferación de los OGM; botellas de agua mineral contaminadas; multiplicación de casos mortales por consumo de quesos o embutidos con listeria, etc.

En nombre de una concepción errónea del desarrollo, la mayoría de los estados del Norte siguen practicando una política frenéticamente productivista que abusa de los pesticidas y los contaminantes, en detrimento de la agricultura tradicional y biológica. Entre tanto, numerosos estados del Sur, inconscientes o impotentes, continúan tolerando la destrucción sistemática del medio natural.

En todo el mundo se suceden todo tipo de desmanes y atentados cometidos contra los suelos, las aguas, la atmósfera y la salud de los seres humanos. Urbanización galopante, deforestación tropical, contaminación de mares y ríos, calentamiento del clima, empobrecimiento de la capa de ozono, lluvias acidas, etc. Por su misma desmesura, los desastres ecológicos constituyen actualmente un peligro para el futuro de la humanidad.

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