Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Nueva peste

«La peste —escribió Antonin Artaud— es la manifestación de un fondo de crueldad latente que reúne en un individuo o en un pueblo todas las posibilidades perversas del espíritu.»132 Como la peste, la epizootia de la fiebre aftosa que asoló los campos británicos durante la primavera de 2001 revelaba también «un fondo de crueldad latente» y muchas «perversiones del espíritu». Porque las epidemias, como confirman todos los historiadores, son no sólo causa, sino también consecuencia de un momento histórico concreto.

De modo que no es casualidad que, en una Inglaterra que llevaba más de veinte años sirviendo de laboratorio al ultraliberalismo, se multiplicaran los resplandores medievales de las hogueras donde ardían —inútilmente— 133centenares de miles de animales y se elevaran gritos de desesperación y pavor. Para desgracia de los ciudadanos británicos, esta realidad de pesadilla venía a coronar un invierno 2000-2001 pródigo en calamidades: «vacas locas», inundaciones, regiones aisladas por la nieve y sin electricidad, catástrofes ferroviarias, etc. Y ninguna maldición divina, ninguna «conspiración del destino»134 explica semejante desastre.

La decisiones que favorecieron estos dramas fueron tomadas muy conscientemente y obedeciendo dogmas concretos, extraídos del catecismo neoliberal. La fulgurante expansión de la epizootia de fiebre aftosa se debió al ansia de rentabilidad, que empujó a los operadores a reducir los costes y, en consecuencia, la seguridad, para aumentar sus márgenes de beneficio. En nombre de la desreglamentación, a lo largo de los años ochenta los gobiernos de Margaret Thatcher dieron la espalda al principio de prevención y acabaron desmantelando la red nacional veterinaria. Por si fuera poco, en 1991, para ahorrar mil millones de euros y favorecer las exportaciones, se tomó otra decisión nefasta: prohibir la vacunación de los animales.

Estas dos medidas, características de la agricultura productivista, crearon las condiciones de la epizootia. Y obligaron a luchar contra su propagación —puesto que sigue estando prohibido recurrir a los avances de la medicina pasteuriana— con medios arcaicos, inspirados por la máxima de Hipócrates: «Cito, longe, tarde» («de inmediato, lejos, durante mucho tiempo»), aplicada desde la Antigüedad a todas las epidemias. Adoptadas en nombre de una «agricultura sin fronteras», estas medidas instauraron de hecho un riguroso y paradójico proteccionismo. Porque se había olvidado una evidencia: los virus tampoco saben de fronteras. En la era de la globalización, «se desplazan con una fluidez sólo comparable a la de los movimientos de capitales».135


Competitividad culpable

La obsesión de la competitividad, la carrera desenfrenada por obtener ejemplares más gruesos y menos caros están también en el origen de la enfermedad de las «vacas locas». «Todas las investigaciones demuestran que existe un vínculo entre determinadas alteraciones del proceso de fabricación de las harinas animales inglesas y la aparición del prión. En 1981, los fabricantes británicos se saltaron una etapa del proceso de fabricación: redujeron la temperatura (para economizar energía) y suprimieron los disolventes (para economizar materias primas). Estas dos modificaciones impidieron la erradicación del prión y facilitaron su desarrollo.»136

Idéntica lógica indujo a los gobiernos británicos a multiplicar las privatizaciones a partir de 1979. La venta de la red ferroviaria al sector privado se consumó en 1994. Desde entonces, los sucesivos accidentes han causado cincuenta y seis muertos y setecientos treinta heridos. Los medios de comunicación acusan a los nuevos operadores de sacrificar la seguridad para aumentar sus beneficios y complacer a sus accionistas.

¿Cambió algo en 1997, con la llegada al poder de Tony Blair y los laboristas? Nada fundamental. Su «tercera vía» socialdemócrata ha demostrado ser una simple variante. Bajo su mandato, la partida del gasto público dentro del producto interior bruto es la más baja de los últimos cuarenta años. Inglaterra ofrece los contrastes sociales más violentos de Europa. La discreta privatización de la enseñanza pública ha seguido avanzando. Al aumentar las tasas de inscripción en las universidades, Blair introdujo una selección basada en el dinero.

Por lo que respecta a la atención sanitaria, un estudio de la Organización Mundial de la Salud sitúa al Reino Unido a la cola de la Unión Europea. Las desigualdades entre los más ricos y los más pobres han aumentado. Más de cinco millones de británicos viven en una situación de pobreza absoluta. Cerca de la mitad de las mujeres asalariadas trabajan a tiempo parcial. Una cuarta parte de la población infantil vive por debajo del umbral de la pobreza. Gran Bretaña cuenta con el mayor número de niños pobres de todos los países industrializados.137


Promesas incumplidas

Estos nuevos miedos —en particular los relativos a la enfermedad de las vacas locas y los OGM— nacen también de una decepción, del desencanto frente a los adelantos técnicos. La utilidad del progreso científico ha dejado de resultar evidente en la medida en que sus hallazgos han sido absorbidos por el campo económico e ins-trumentalizados por empresas ávidas de sacarles provecho.

La confusión entre el interés público y los intereses industriales se ha saldado a favor de estos últimos en demasiadas ocasiones. En los últimos veinte años, el auge del neoliberalismo, la adoración del mercado, la reaparición de situaciones de gran precariedad y el recrudecimiento de las desigualdades sociales han contribuido a reforzar el sentimiento de que el progreso técnico no ha cumplido su promesa de mejorar la suerte colectiva.

A nadie se le escapa que las instituciones (parlamentos, gobiernos y expertos) que debían garantizar la seguridad han incumplido su misión una y otra vez, y en particular en el caso de las vacas locas, que dejó patente su imprevisión y negligencia. Por añadidura, los poderes públicos han tomado por costumbre comprometer el destino colectivo sin consultar a los interesados, que no son otros que los ciudadanos, en detrimento del pacto democrático.138

Consecuencias: una tenaz suspicacia se ha adueñado de las conciencias, que sienten una creciente renuencia a delegar en estos «responsables» el poder de comprometer la suerte colectiva autorizando prácticas basadas en innovaciones científicas arriesgadas e insuficientemente contrastadas. Los aprendices de brujo del neo-cientifismo han de hacer frente a una desconfianza nueva.

Plagas silenciosas

Revelaciones espectaculares sobre cierto número de «plagas silenciosas» han venido a demostrar a posteriori la trágica incompetencia de las autoridades y los expertos. Nos referimos no sólo al caso de la sangre contaminada, sino también al del amianto, que en Francia causa unas diez mil muertes (de obreros) al año. O al de las infecciones nosocomiales, es decir, las contraídas durante la permanencia en un hospital, que originan otros diez mil fallecimientos por año.139 O al de la contaminación del aire, debida en un 60% al tráfico rodado, que en Francia causa la friolera de diecisiete mil muertes prematuras todos los años.140 O al de la dioxina, producto cancerígeno emitido por los incineradores de basuras domésticas, que provoca entre mil ochocientas y cinco mil doscientas defunciones por año.141

Basta con leer el informe sobre la epizootia de encefalopatía espongiforme bovina (ESB) hecho público en el Reino Unido el 26 de octubre de 2000 para comprender la desconfianza de las sociedades europeas respecto a la carne de vacuno.

Despreciando las leyes de la naturaleza142 y los más elementales principios de precaución, se adoptaron medidas aberrantes respaldadas por «expertos». Luego, cuando se hizo evidente que la enfermedad se extendía y se propagaba a los seres humanos, se sucedieron las mentiras y los subterfugios. Como era de prever, las dilaciones, las evasivas y los desmentidos, junto con la actitud irresponsable de las autoridades, acabaron produciendo en la población británica la sensación de haber sido engañada. Teniendo en cuenta que el comportamiento de los gobiernos del resto de Europa no fue diferente, ¿por qué no iban a manifestar idéntica desconfianza todos los ciudadanos de la Unión? Sobre todo cuando constatan, en Francia sin ir más lejos, que se autoriza la comercialización de variedades de maíz transgénico, por más que se trata de un organismo genéticamente modificado.

Y no es que los ciudadanos, legítimamente inquietos ante la prioridad concedida por los poderes públicos a los grupos económicos y los egoísmos corporativistas en detrimento del bien común y el interés general, acaricien la esperanza de una seguridad absoluta o un riesgo cero. No obstante, definir el riesgo aceptable debería incumbir a todos y no sólo a los «expertos».


El foso de las desigualdades

Sabíamos que el foso de las desigualdades se había ahondado en el curso de los dos decenios ultraliberales (1979-2001); pero, ¿podíamos imaginar hasta qué punto? Porque lo cierto es que las tres personas más ricas del mundo poseen una fortuna superior a la suma de los productos interiores brutos de los cuarenta y ocho países más pobres, es decir, la cuarta parte de la totalidad de los estados del globo. En más de setenta países la renta por habitante es inferior a la de hace veinte años. A escala mundial, casi tres mil millones de personas —la mitad de la humanidad— viven con menos de dos euros al día.

La abundancia de bienes alcanza niveles sin precedentes, pero el número de quienes carecen de techo, trabajo y comida suficiente aumenta sin cesar. Cerca de un tercio de los cuatro mil quinientos millones de habitantes de los países en vías de desarrollo no dispone de agua potable. Una quinta parte de los niños no consume suficientes calorías proteínas. Y unos dos mil millones de individuos —un tercio de la humanidad— padecen anemia.

¿Es una fatalidad? En absoluto. Según las Naciones Unidas, el 4% de la riqueza acumulada por las doscientas veinticinco mayores fortunas del mundo bastaría para cubrir las necesidades básicas (alimentación, agua potable, educación y sanidad) de toda la población del globo. Subvenir a la satisfacción universal de las necesidades sanitarias y nutricionales costaría solamente trece mil millones de euros, poco más de lo que gastan anualmente los ciudadanos de Estados Unidos y la Unión Europea en... perfumes.

La Declaración Universal de los Derechos del Hombre, cuyo cincuenta aniversario celebramos en diciembre de 1998, establece lo siguiente: «Toda persona tiene derecho a un nivel de vida suficiente para garantizar su salud, su bienestar y los de su familia, especialmente en lo relativo a la alimentación, el vestido, la vivienda, la atención sanitaria y los servicios sociales necesarios». Sin embargo, estos derechos son cada vez más inaccesibles para gran parte de la humanidad.


Geopolítica del hambre

Tomemos, por ejemplo, el derecho a la alimentación. No puede decirse que los alimentos escaseen. Los comestibles nunca han sido tan abundantes, y las disponibilidades deberían permitir que cada uno de los seis mil millones de habitantes del planeta dispusiera de al menos dos mil setecientas calorías diarias. Pero no basta con producir alimentos. También es necesario que todos los grupos humanos puedan comprarlos y consumirlos. Y, desde luego, no es el caso. Todos los años mueren de hambre treinta millones de personas. Y ochocientos millones sufren de malnutrición crónica.

Eso taimpoco tiene nada de irremediable. Los estragos ocasionados por el clima suelen ser previsibles. Cuando tienen la posibilidad de intervenir, organizaciones humanitarias como Action contre lefaitn (Acción contra el hambre)143 pueden atajar una carestía incipiente en cuestión de semanas. Sin embargo, el hambre continúa diezmando poblaciones enteras.

¿Por qué? Porque se ha convertido en un arma política. En la actualidad, no hay hambruna fortuita. Dirigentes u organizaciones sin escrúpulos, a los que el final de la guerra fría privó de una fuente de ingresos, practican una auténtica estrategia del hambre. Como escribe Sylvie Brunel: «Ya no son los pueblos enemigos, los pueblos por conquistar, los sometidos al hambre, sino las mismas poblaciones de quienes quieren captar en beneficio propio esa nueva bicoca de los conflictos que son los proyectores mediáticos y su corolario, el desencadenamiento de la compasión internacional, fuente inagotable de dinero, alimentos y tribunas públicas para exponer sus reivindicaciones».144

En Somalia, en Sudán, en Liberia, en Corea del Norte, en Birmania o en Afganistán, responsables gubernamentales o señores de la guerra secuestran a las poblaciones y las matan de hambre para alcanzar objetivos políticos. A veces con una crueldad inaudita, como en Sierra Leona, donde los hombres del Rebel United Front (RUF), del ex cabo Foday Sankoh, desarrollaron durante años una escalofriante campaña de terror, amputando sistemáticamente las manos a los campesinos para impedirles cultivar. En la actualidad, el papel del clima en las grandes hambrunas es marginal: es el hombre el que mata de hambre a sus semejantes.

Conocido por sus trabajos, en los que muestra que las políticas de ciertos gobernantes pueden causar el hambre de la población incluso cuando abundan los alimentos, el profesor Amartya Sen, premio Nobel de Economía en 1998, afirma lo siguiente: «Uno de los hechos más notables de la terrible historia del hambre es que nunca se ha producido una carestía grave en ningún país dotado de una forma democrática de gobierno y de una prensa relativamente libre».145

Contrario a las tesis neoliberales, el profesor Sen opina que el protagonismo en la consecución del bienestar de la sociedad corresponde al Estado, no al mercado. Un Estado que sea sensible a las necesidades de todos sus ciudadanos y al mismo tiempo se sienta responsable, a escala planetaria, del desarrollo de toda la humanidad.


Terror a la enfermedad

Hace cien años, los científicos y los médicos mostraban un gran optimismo ante al radiante porvenir sanitario que auguraban los progresos de la higiene y de la revolución pasteuriana. Indiscutiblemente, el mundo ha progresado en la mejora de la salud colectiva, pero sus avances quedan oscurecidos por la existencia del más indignante de los escándalos: las gravísimas desigualdades de acceso a la atención médica. «Más de mil millones de personas —ha señalado Gro Harlem Brundtland, directora general de la OMS—entrarán en el siglo xxi sin haberse beneficiado de la revolución sanitaria; su vida es breve y está marcada por la enfermedad.»146 Por añadidura, el foso que separa a los países pobres de los ricos no deja de ahondarse por lo que respecta al acceso a los medicamentos disponibles y a la investigación de tratamientos para enfermedades inexistentes o con poca incidencia en los países desarrollados.

Entre las principales amenazas que afectarán a la salud de los seres humanos a lo largo del siglo xxi figuran las enfermedades cardiovasculares, relacionadas en gran medida con los trastornos metabólicos —hipercolesterolemia, obesidad, diabetes, etc.—, que experimentan una expansión debido a la generalización del modo de vida occidental, es decir, alimentación abundante en grasas y falta de ejercicio físico.

Pero las enfermedades infecciosas tendrán una importancia creciente y se cobrarán decenas de millones de vidas todos los años. Sobre todo en el Sur. No obstante, dado que el planeta se ha convertido en una aldea, se producirá un efecto boomerang y el retorno a los países desarrollados de las enfermedades endémicas de los países pobres.

Un tercio de las muertes que se produjeron el año pasado en todo el planeta tuvo como causa enfermedades infecciosas graves como la tuberculosis, el sida, el cólera, los trastornos diarreicos infantiles, el paludismo, etc.

El rápido incremento de la población mundial, y en particular el crecimiento de ciudades gigantescas a cuyo alrededor se ha constituido un universo de marginales, inmigrantes y excluidos, favorece la emergencia y la reemergencia de enfermedades. Por otra parte, la mundialización acelera la propagación de las infecciones.

Hoy en día las enfermedades viajan, lo mismo que las bacterias resistentes. Antaño sólo había riesgo sanitario allí donde surgía, mientras que hoy las enfermedades se propagan con extraordinaria rapidez. Gracias a la globalización, los gérmenes viajan a la velocidad de los aviones. Gérmenes adaptados a las condiciones de vida de una población resistente pueden difundirse en el seno de poblaciones mal preparadas y altamente vulnerables. Los virus, que también circulan a velocidad de chárter y de turista, propagan el cólera, la fiebre amarilla, el dengue, la gripe... Y, desgraciadamente, el sida.

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