Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Geografía del sida

El sida figura actualmente entre las diez causas principales de mortandad en el mundo. Y en vista del crecimiento de los índices de infección por el VIH, podría llegar a situarse entre las cinco primeras causas de fallecimientos a escala planetaria.

En el mundo hay actualmente cerca de treinta y seis millones de portadores del virus del sida, VIH, de los que más de veinticuatro millones viven en África. La mayor parte morirá en los próximos diez años y deberá sumarse a los catorce millones de africanos que ha matado hasta hoy la enfermedad. A finales de 2001, alrededor de dieciocho millones de personas (adultos y niños) habían muerto de sida desde la aparición de la enfermedad. Sólo en 2001 fallecieron dos millones y medio.

Cerca del 95% de las nuevas infecciones se producen en el Tercer Mundo, entre personas que no disponen de ningún medio para atajar el desarrollo de la enfermedad, lo que hace presagiar que el número de muertes aumente en los próximos años. Se calcula que sólo en 2001 hubo cinco millones seiscientos mil nuevos infectados, de los que quinientos setenta mil eran niños menores de quince años, africanos en un 90%; lo que equivale a unas quince mil infecciones diarias.

En África oriental y austral, el 90% de las personas infectadas ignoran que lo están. En todo el mundo, alrededor de once millones y medio de niños son huérfanos del sida. El 80% de ellos vive en África. El 55% de los adultos infectados en el África subsahariana son mujeres, y la probabilidad de que una joven africana de entre quince y diecinueve años sea seropositiva es de cinco a seis veces mayor que para los chicos de la misma edad.

La curva más acentuada de infección por VIH obtenida en todo el mundo corresponde a los nuevos estados independientes de la ex Unión Soviética, que entre 1997 y 2000 vieron duplicarse su población seropositiva. En Europa del Este, el número de infectados ha aumentado en más de un tercio y ronda ya las trescientas sesenta mil personas.

En Asia, a finales de 2001, cerca de siete millones de personas eran portadoras del virus, es decir, cinco veces más que el número de fallecidos de sida en el continente hasta esas fechas. Se calcula que en China, aunque las autoridades lo ocultan, hay ya varios millones de infectados, y se ha constatado un aumento del consumo de drogas por vía intravenosa utilizando jeringuillas compartidas, lo que hace temer una explosión del número de infectados. En contrapartida, los programas de prevención desarrollados en la India, Tailandia y Filipinas han favorecido una disminución o una frágil estabilización del número de personas portadoras del virus.


Azote planetario

El azote del sida progresa día tras día desde hace dos décadas, arruinando poco a poco las esperanzas de quienes confiaban en atajar la enfermedad tras el descubrimiento del virus asesino, el VIH.

En 1993, los expertos del Banco Mundial calculaban que el número de infectados en todo el mundo ascendería a veintiséis millones de personas en 2000; para entonces, el virus acabaría anualmente con cerca de un millón ochocientos mil enfermos. Esta previsión fue tachada de pesimista. Sin embargo, leyendo los informes de la OMS puede constatarse que, por desgracia, los expertos del Banco Mundial se quedaron cortos y que la epidemia del sida se ha extendido más rápidamente y ha causado más víctimas de lo previsto.

Todos los investigadores confirman que los países del Sur concentran la inmensa mayoría —alrededor del 95 %— de las personas infectadas por el VIH. Y no cabe duda de que esta proporción aumentará, en la medida en que aumente el índice de infección en los países en los que la pobreza y la insuficiencia de los sistemas sanitarios y de los recursos destinados a la previsión y la atención favorecen la propagación del virus.

El África subsahariana y los países asiáticos en vías de desarrollo, que en conjunto representan menos del 10% del PNB, albergan al 89% de las personas seropositivas. Sólo los países del África negra concentran el 70% del total de casos o, lo que es lo mismo, veinticuatro millones de infectados.

La esperanza media de vida en el África subsahariana ha disminuido siete años a causa del sida. En los nueve países más afectados (aquellos en los que más del 10% de la población adulta es seropositiva), la esperanza de vida ha descendido diez años. El sida ya ha acabado con más vidas que todos los conflictos y todas las guerras de los últimos diez años juntos.

La mayoría de las personas infectadas de los países del Sur morirán en los próximos diez años. Dejarán tras sí familias destrozadas. Pero, más allá de los dramas individuales y familiares, no cabe duda de que la epidemia acabará provocando profundas desestabilizaciones socioeconómicas y, también, políticas. A fecha de hoy, las perspectivas de desarrollo de ciertos países son nulas.

En algunos países de África meridional (Uganda, Zimbabue, Zambia, Botswana, Malawi...), una de cada cinco personas de entre quince y cuarenta y nueve años es portadora del VIH. En el conjunto del continente, la población afectada por la epidemia —contando los hijos y los padres a cargo de personas infectadas— sobrepasa los ciento ochenta millones.

A medida que se extiende, el sida acapara recursos públicos y privados, desestabiliza la producción económica, agota el ahorro, agrava la pobreza y propaga la miseria. Se calcula que en Kenia, por ejemplo, la producción económica habrá descendido un 14,5% a causa de los efectos de la epidemia en 2005. Ese mismo año, Etiopía deberá dedicar el 33 % de su presupuesto al tratamiento y la atención de sus enfermos de sida. Kenia, casi el 50%. Y Zimbabue, ¡más del 60%!


La peste de los pobres

Ante semejante panorama, la solidaridad internacional resulta irrisoria de puro insuficiente. En la práctica, no se da ningún paso decisivo para organizar una lucha común. Una lucha en la que el dinero y los adelantos en materia de diagnóstico y terapéutica de los países industrializados acudan en auxilio de los enfermos más desposeídos del planeta. El sueño de una globalización de la lucha contra el sida no tiene visos de convertirse en realidad. ¿Quién se movilizará en los países desarrollados para atajar una peste que afecta esencialmente a los habitantes pobres de los países del Sur?

La suma dedicada en todo el mundo a la lucha contra el sida entre 1990 y 1997 sólo aumentó de ciento sesenta y cinco a doscientos setenta y tres millones de euros, mientras que el número de infectados se multiplicó por más de tres en el mismo período, pasando de nueve millones ochocientas mil personas a treinta millones trescientas mil. Según el Programa Común de las Naciones Unidas sobre el VIH-sida (Onusida), las cantidades desbloqueadas por los organismos de ayuda al desarrollo de los países del Norte por persona infectada entre 1988 y 1997 descendieron más de un 50% en valor absoluto.

El coste de la prevención contra la extensión del sida en los países del Sur oscila entre un euro y treinta céntimos y tres euros y medio por persona y año, mientras que el tratamiento básico cuesta más de siete euros por persona y año. Y, por supuesto, el coste del tratamiento efectivo de un paciente infectado de sida es astronómicamente superior.

Según el Banco Mundial, la suma total necesaria para la prevención del sida en África fluctúa entre los mil y los dos mil millones trescientos mil euros. Sin embargo, África sólo recibe en la actualidad ciento sesenta millones de euros de ayuda oficial para la lucha contra el sida.

La acción internacional contra esta enfermedad representa menos del 1 % de los presupuestos anuales de ayuda pública al desarrollo de los países ricos. El sida simboliza de forma espectacular el abismo existente entre países ricos y países pobres en el acceso a los tratamientos. Para estos últimos, el problema es triple: coste prohibitivo de cortos tratamientos; fluctuaciones en el aprovisionamiento de medicinas, e insuficiencia de la investigación de enfermedades que sólo afectan a los países más pobres.

El coste de los tratamientos los hace inaccesibles a la inmensa mayoría de los enfermos. En Tailandia, por ejemplo, el coste mensual de una triterapia es de seiscientos setenta y cinco euros, cuando un trabajador del sector terciario gana una media de ciento veinte euros mensuales. En Kenia, el coste de las dos primeras semanas de tratamiento de una meningitis asociada al virus del sida es de ochocientos euros, mientras que el salario medio no sobrepasa los ciento treinta euros.

Porque, en la era de la globalización liberal, no todos los individuos son iguales frente al sida, como no lo son para lo demás. Los ricos y los pobres no tienen acceso a las mismas atenciones sanitarias. En su mayoría, los segundos continúan muriendo, mientras los primeros se benefician de un respiro salvador. Aunque las perspectivas de descubrir una vacuna preventiva parecen cada vez más lejanas, el contexto ha cambiado desde 1996. En algunos países del Norte, el empleo de nuevas moléculas inhibidoras de la proteasa del virus, asociadas a los inhibidores de la transcriptasa inversa, ha hecho descender la mortandad un 60% en cuatro años.

En efecto, el descubrimiento de la triterapia y la eficacia de las nuevas combinaciones de tratamientos antirretrovirales, sumados a las medidas de prevención, han permitido atajar la extensión de la enfermedad en los países desarrollados. En Europa occidental,por ejemplo, el número de nuevos casos anuales de sida aumentó de forma regular hasta 1994, año en que alcanzó los veinticinco mil; a partir de entonces, gracias a la eficacia de los nuevos tratamientos, ha ido disminuyendo progresivamente hasta situarse por debajo de los quince mil en 1997. Y el número de fallecimientos causados por el sida cayó un 80 % en cuatro años gracias a la introducción de la politerapia.

En Estados Unidos, el retroceso no ha sido menos espectacular: las estadísticas sitúan la reducción del número de muertes por sida entre el primer semestre de 1996 y el de 1997 en un 40%. Todos los indicadores epidemiológicos muestran que en los países industrializados el sida lleva camino de convertirse en una enfermedad viral crónica pero raramente mortal.


Guerras y sida

Mientras el sida inicia un movimiento de reflujo en los países ricos, la marea epidémica sigue sumergiendo a los países en vías de desarrollo. Los índices de infección y de mortalidad continúan aumentando rápidamente en la mayoría de los países de Europa Oriental, Asia, y África central y austral, así como en algunos de América Latina (Perú,Venezuela, Colombia, Argentina y Chile).

Ni los países del Norte ni las empresas farmacéuticas hacen gran cosa para paliar semejante desequilibrio. «La industria farmacéutica tiene una deuda con los enfermos del sida, y debería pagarla —declara un responsable de una organización de lucha contra el sida—. Durante quince años, los laboratorios han obtenido enormes beneficios sobre nuestras vidas; hoy, cuando la epidemia se transforma en los países del Norte y explota en los del Sur, se niegan a modificar sus estrategias y se resisten a distribuir las nuevas moléculas, que son la última esperanza de los pacientes con los que han fracasado todos los tratamientos.»147

Kofi Annan, secretario general de la ONU, exhorta al Consejo de Seguridad, precisamente porque es el órgano encargado de mantener la paz, a convertir la lucha internacional contra el sida en una «prioridad inmediata». Para Peter Piot, director del Onusida: «Los conflictos y el VIH están tan unidos como gemelos diabólicos». Según James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial: «Con el sida, nos enfrentamos a una guerra que debilita más que la guerra misma. Y, si toda guerra exige un fondo de guerra, el que aporta la comunidad internacional es nulo».

Todas estas declaraciones alertan sobre las consecuencias del laisser-faíre actual. Allí donde prevalece, el sida desestabiliza las economías, engendra pobreza y favorece la guerra; y la guerra, a su vez, con sus atropellos, sus violaciones y sus desórdenes, facilita la propagación de la epidemia.


Otro mundo es posible

Desposeídos de voz y alternativas durante demasiado tiempo, cada vez son más los ciudadanos que exclaman de un extremo al otro del planeta: «¡Basta!». Basta de aceptar la globalización liberal como una fatalidad. Basta de permitir que el mercado suplante a los representantes democráticamente elegidos. Basta de ver el mundo transformado en mercancía. Basta de aguantar, de resignarse, de someterse.

Un embrión de sociedad civil internacional, que reúne a decenas de ONG, colectivos de asociaciones, sindicatos y redes de numerosos países, ha empezado a tomar cuerpo.

A lo largo de los años noventa, el fenómeno de la globalización y el laxismo de los dirigentes políticos provocaron una profunda mutación del poder. Los auténticos dueños del mundo ya no son quienes ostentan la apariencia del poder político, sino quienes controlan los mercados financieros, los grupos mediáticos planetarios, las autopistas de la información, las industrias informáticas y las tecnologías genéticas.

Bajo la supervisión de este consejo de vigilancia planetaria se ha establecido una especie de directorio mundial o gobierno real del mundo, cuyos cuatro actores principales son el FMI, el Banco Mundial, la OCDE y la OMC.

Siguiendo el ejemplo de los estados hiperindustrializados de antaño, como la Unión Soviética, grandes grupos privados explotan hoy el medio ambiente con medios desmesurados y esquilman las riquezas de la naturaleza, que son el patrimonio común de la humanidad. Y lo hacen sin escrúpulos ni freno. Exacerbando aquí y allí la crisis ecológica: multiplicando la contaminación de fuerte intensidad, acelerando el efecto invernadero, extendiendo la desertización, provocando «mareas negras», propagando nuevas pandemias (sida, virus Ebola, enfermedad de Creutzfeldt-Jakob...), etc.

Indiferentes al debate democrático e inmunes al sufragio universal, estos poderes oficiosos gobiernan de hecho el planeta y deciden soberanamente el destino de sus habitantes sin que ningún contrapoder permita corregir, enmendar o rechazar sus decisiones. Pues los contrapoderes tradicionales —parlamentos, partidos, medios de comunicación...— son o muy locales o muy cómplices. Así las cosas, quien más quien menos siente confusamente la necesidad de un contrapoder cívico mundial que actúe como contrapeso de este ejecutivo planetario.

Al retomar la bandera de la contestación internacional, los insumisos de hoy —que se han expresado en Seattle, Washington, Praga, Davos, Quebec, Genova, Barcelona y Porto Alegre— han empezado a construirlo. En cierto modo, intentan poner la primera piedra de un nuevo espacio de representación mundial, cuyo puesto central debería corresponder a la sociedad civil internacional.

Porque la mercantilización generalizada de las palabras y las cosas, de los cuerpos y las mentes, de la naturaleza y la cultura, provoca un agravamiento de las desigualdades.

Aunque la producción mundial de alimentos básicos equivale a más del 110% de las necesidades de la población del planeta, treinta millones de personas siguen muriendo de hambre anualmente y más de ochocientos millones padecen malnutrición. En 1960, el 20% de la población más rica del mundo disponía de unas rentas treinta veces superiores a las del 20% de los más pobres. Hoy, la renta de los ricos es ochenta y dos veces mayor. De los seis mil millones de habitantes del planeta, apenas quinientos millones viven con desahogo, mientras que cinco mil quinientos millones pasan necesidad. Para vestirse, alojarse, trasladarse, cuidarse y alimentarse, más de mil doscientos millones de personas, es decir, un quinto de la humanidad, disponen de menos de un euro diario.

¿Es de extrañar que la exigencia de justicia e igualdad —que atraviesa como un mar de fondo la larga historia de la humanidad— haya resurgido con fuerza en nuestra época? Tanto más cuanto que no dejan de aparecer nuevos peligros. Porque, si bien la concentración de capital y poder ya se había acelerado formidablemente durante los últimos veinte años a causa de la revolución de las tecnologías de la información, lo cierto es que las nuevas técnicas genéticas de manipulación de la vida hacen presagiar un nuevo salto adelante en este inicio de milenio.

En particular, tras anunciarse en Washington, el 26 de junio de 2000, el desciframiento casi total del genoma humano o, lo que es lo mismo, de los tres mil millones de bases, o eslabones elementales de nuestro patrimonio genético. Los investigadores se aplican ahora al estudio de las decenas de miles de genes contenidos en el ADN, que constituyen tanto la memoria biológica de nuestra especie como el fundamento de la medicina del futuro. «Cuando conozcamos sus funciones, podremos obtener nuevos medicamentos y nuevas formas de terapias génicas y celulares. Esta perspectiva revoluciona las estrategias de la industria farmacéutica y suscita polémicas éticas y comerciales. Nuevo Eldorado para los inversores "posgenónicos", nuestros propios genes representan hoy una fuente potencial de sustanciosos beneficios para quienes los han descifrado.»148

La explotación con fines comerciales del genoma humano y la generalización del patentado de la vida abren nuevas perspectivas de expansión al capitalismo. Ante estas nuevas amenázaseos ciudadanos, tras haber obtenido los derechos políticos y después los sociales, reclaman una nueva generación de derechos, esta vez colectivos: el derecho a una naturaleza preservada, el derecho a un entorno no contaminado, el derecho a la ciudad, el derecho a la paz, el derecho a la información, el derecho a la infancia, el derecho al desarrollo de los pueblos...

En la actualidad resulta inconcebible que la incipiente sociedad civil no esté mejor representada en las próximas grandes negociaciones internacionales en las que se discutan problemas relacionados con el medio ambiente, la salud, la prepotencia financiera, el humanitarismo, la diversidad cultural, la manipulación genética, etc.

Porque si queremos cambiar el mundo hay que empezar a pensar en construir un futuro diferente.Ya no podemos contentarnos con un planeta en el que mil millones de personas viven en la prosperidad mientras los otros cinco mil millones sobreviven en una miseria atroz.

Esos cinco mil millones de ciudadanos están representados, cada año, en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, que es sencillamente la asamblea de las gentes del planeta. De las gentes, de los pueblos, de las sociedades civiles. Es la primera vez que, representadas por miles de asociaciones y de ONG, las gentes deciden reunirse en un lugar —Porto Alegre— para expresar públicamente cómo están sufriendo por culpa de la globalización liberal. Es la reunión de la gente que está humillada, que no tiene alojamiento, ni medicamentos, ni trabajo, ni agua potable, y que tampoco tiene el respeto de sus propios gobernantes.

En Porto Alegre se reúnen los marginados, los excluidos del planeta, los condenados de la globalización. Es un acontecimiento absolutamente innovador. Y esos marginados y excluidos están descubriendo que se pueden reunir, descubren la alegría de estar juntos, y descubren también que su reunión asombra e impresiona al mundo.Y atemoriza a los amos del mundo, a los que presentan una lista de reivindicaciones indispensables para salir del horror económico.

Pues ha llegado el momento de fundar una nueva economía, más solidaria, basada en el principio del desarrollo sostenible y que tenga al ser humano como preocupación central. Y el primer paso para conseguirlo es desarmar al poder financiero.

Durante los dos últimos decenios, el ultraliberalismo económico no ha dejado de achicar el territorio de lo político y reducir de manera preocupante el perímetro de la democracia. El desmantelamiento del poder financiero exige un gravamen significativo de las rentas del capital y, muy especialmente, de las transacciones especulativas sobre los mercados de cambio (tasa Tobin).149 Se impone igualmente boicotear, asfixiar y suprimir los paraísos fiscales, zonas en las que impera el secreto bancario y que sirven para disimular las malversaciones y demás delitos de la criminalidad financiera.

También hay que idear una nueva distribución del trabajo y de las rentas, dentro de una economía plural en la que el mercado sólo ocupará parte del espacio, con un sector solidario y un tiempo de ocio cada vez mayor.

Establecer un sueldo base incondicional y universal, concedido a cada individuo desde que nace, independientemente de su estatuto familiar o profesional y obedeciendo al principio —revolucionario— de que todo ser humano tiene derecho a ese sueldo vital por el simple hecho de vivir, y no para vivir. La implantación de este sueldo se basa en la idea de que la capacidad productiva de una sociedad es el resultado de todo el saber científico y técnico acumulado por las generaciones precedentes. El sueldo base incondicional sería la herencia de ese acervo común y podría extenderse a toda la humanidad, puesto que hoy por hoy el producto mundial equitativamente repartido bastaría para garantizar una vida digna al conjunto de los habitantes del planeta.

Con tal fin, es necesario devolver a los países del Sur al lugar que les corresponde, poniendo fin a las políticas de ajuste estructural; anulando la mayor parte de su deuda pública; aumentando la ayuda al desarrollo y aceptando que éste no adopte el modelo del Norte, ecológicamente insostenible; promoviendo economías basadas en los propios recursos del país; fomentando el comercio justo; invirtiendo masivamente en educación, vivienda y salud; exigiendo la protección de las minorías indígenas; facilitando el acceso al agua potable de los mil quinientos millones de personas que carecen de ella; estableciendo, especialmente en el Norte, cláusulas de protección social y medioambiental sobre los productos importados que garanticen condiciones de trabajo dignas a los asalariados del Sur, así como la protección del medio natural...

A este programa para cambiar el mundo habría que añadir otras urgencias: el Tribunal Penal Internacional; la emancipación de la mujer a escala planetaria; la creación de una autoridad internacional que garantice a los ciudadanos la no contaminación con mentiras de los medios de comunicación de masas; establecer el principio de precaución en materia medioambiental y contra toda manipulación genética, etc. Utopías hasta ayer, convertidas en objetivos políticos concretos para este siglo xxi que comienza...
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