Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Caos generalizado

El área del caos generalizado se amplía de forma constante, englobando y atrayendo a un número creciente de estados cuyo sistema económico se halla definitivamente estancado, y sumiendo a un número creciente de países en la violencia endémica. Desde 1989, año que vio el fin de la guerra fría, se han producido más de sesenta conflictos armados, con un saldo de centenares de miles de muertos y más de diecisiete millones de refugiados. En la actualidad, en muchos lugares del planeta la vida cotidiana es sencillamente infernal. No es de extrañar que un número creciente de personas, en especial los más jóvenes, quiera huir del caos y la violencia e intente emigrar a toda costa hacia zonas desarrolladas y pacificadas de Europa occidental y América del Norte.

En muchos países pobres del Sur, el Estado ha fracasado, ha sido incapaz de garantizar la paz, el desarrollo y la seguridad a sus ciudadanos. Y éstos se han visto obligados a emigrar masivamente. Cerca de ciento veinte mil marroquíes, por ejemplo, emigran cada año, la mayoría de ellos clandestinamente. Seis millones de marroquíes, de los treinta que tiene Marruecos, viven ya en el extranjero, es decir, un habitante de cada cinco... Es una proporción muy superior a la que conocieron, en los siglos XIX y XX, los grandes países de emigración europeos, como Irlanda, Italia, Polonia, Portugal y España. Se ha dado el hecho de que los habitantes de determinados países del Sur renieguen de la lucha de sus mayores por la independencia y reclamen el retorno de la potencia colonial (en las Islas Comores), o incluso la pura y simple absorción por la metrópolis dominante (en Puerto Rico). En tanto que entidad política, el Tercer Mundo ha dejado de existir.

Son otros tantos síntomas de la crisis del Estado-nación y de la política, en un momento en que la segunda revolución capitalista, la globalización de la economía y las mutaciones tecnológicas están transformando el panorama geopolítico. En un momento en el que, por añadidura, el número de macroempresas cuyo peso supera a menudo al de los estados se multiplica a golpe de fusiones y de concentraciones. El volumen de negocio de General Motors es superior al PIB de Dinamarca; el de Exxon Mobil excede al PIB de Austria. Cada una de las cien empresas globales más importantes del mundo vende más de lo que exporta cualquiera de los ciento veinte países más pobres. Estas macroempresas globales controlan el 70 % del comercio mundial.

Sus dirigentes, como los de los grandes grupos financieros y mediáticos, ocupan la realidad del poder y, por el intermedio de sus poderosos lobbies, influyen con todo su peso sobre las decisiones políticas de los gobiernos legítimos y los parlamentos elegidos. En definitiva, secuestran la democracia en su provecho.

Necesidad de contrapoderes

Los contrapoderes tradicionales (partidos, sindicatos, prensa libre), más necesarios que nunca, parecen poco operantes. Y los ciudadanos se preguntan qué audaces iniciativas restablecerán el contrato social frente al contrato privado en este siglo XXI. Recuerdan que, en octubre de 1917, a la revolución bolchevique le bastaron diez días para «convulsionar el mundo». Y que, por primera vez, la apisonadora del capitalismo tuvo que detenerse prolongadamente.

El ímpetu del capitalismo se había beneficiado del impulso de las aportaciones de grandes teóricos (Adam Smith, David Ricardo), de decisivos avances tecnológicos (máquina de vapor, ferrocarril) y de importantes transformaciones geopolíticas (consolidación del Imperio británico, unificación de Alemania, emergencia de Estados Unidos). La conjunción de todos estos factores produjo la primera revolución capitalista. Pero, al mismo tiempo, esta expansión aplastaba a los mismos trabajadores cuyo esfuerzo creaba la riqueza en las nuevas fábricas, como atestiguaron, en novelas estremecedoras, Charles Dickens, Émile Zola o Jack London.

¿Cómo obtener provecho colectivo de la formidable riqueza producida por la industrialización, evitando al mismo tiempo la aniquilación social de los humildes? Esta es la pregunta a la que respondería Karl Marx en su obra fundamental, El capital (1867). Y habrá que esperar otros cincuenta años para que un genial estratega político llamado Lenin consiga conquistar el poder en Rusia a la cabeza de los bolcheviques y funde la Unión Soviética con la esperanza mesiánica de liberar a los «proletarios de todo el mundo».

Segunda revolución capitalista

Ochenta años después, la Unión Soviética se ha ido a pique y el mundo experimenta otra gran mutación, que he dado en llamar la «segunda revolución capitalista». Como la primera, es el resultado de la convergencia de un haz de transformaciones sobrevenidas en tres campos.

En primer lugar, en el ámbito tecnológico. La informatización de todos los sectores de actividades y la revolución digital (sonidos, textos e imágenes transmitidos a la velocidad de la luz mediante un código único) han permitido la realización de las autopistas de la información y llevan aparejados cambios revolucionarios en el trabajo, la economía, las comunicaciones, la educación, la creación, el ocio, etc.

En segundo lugar, en el ámbito económico. Las nuevas tecnologías favorecen la expansión de la esfera financiera y estimulan las actividades que poseen cuatro cualidades fundamentales: globalidad, permanencia, inmediatez e inmaterialidad. El big bang de las bolsas y la desreglamentación, impulsados en los años ochenta por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, han favorecido la globalización de la economía, que constituye la dinámica fundamental de este inicio de siglo y a cuya influencia ningún país puede sustraerse.

En tercer lugar, en el ámbito sociológico. Las dos transformaciones antedichas hacen tabla rasa de las prerrogativas tradicionales del Estado-nación e invalidan cierta concepción de la representación política y del poder. Éste, antaño jerárquico, vertical y autoritario, tiende hoy a adoptar una estructura reticular, horizontal y —gracias a la manipulación de las conciencias que facilitan los grandes medios de masas— consensual.

Desorientadas, las sociedades se lanzan a una búsqueda desesperada de sentido y de modelos, pues estos tres grandes cambios se producen simultáneamente, lo que acentúa el efecto de choque.
Comunicación y mercado

Al mismo tiempo, dos de los pilares sobre los que descansaban las democracias modernas —el progreso y la cohesión social— son reemplazados por otros dos —la comunicación y el mercado— que desvirtúan su naturaleza.

La comunicación, convertida en la primera superstición del tiempo presente, se nos ofrece como un medio capaz de regularlo todo, incluidos los conflictos interpersonales, tanto en el seno de la familia como en el de la escuela, la empresa, la fábrica o el Estado. Es la pacificadora universal. Sin embargo, cabe temer que su misma abundancia origine una nueva forma de alienación y que sus excesos, en lugar de liberar las conciencias, acaben aprisionándolas.5

En la actualidad, el mercado tiende a gestionar, a reglamentar todas las actividades humanas. Antaño, ciertos ámbitos —la cultura, el deporte, la religión— se mantenían fuera de su alcance. Ahora, son absorbidos por la esfera del mercado. Los gobiernos le ceden terreno de forma gradual y le abandonan actividades del sector público (electricidad, ferrocarriles, correos, enseñanza, etc.) mediante las privatizaciones. Sin embargo, el mercado sigue siendo el principal enemigo de la cohesión social (y de la cohesión mundial), pues su lógica sólo concibe una sociedad dividida en dos grupos: los solventes y los insolventes. Estos últimos, que ni producen ni consumen, no le interesan en absoluto; están, por decirlo así, fuera de juego. Por naturaleza, el mercado es un productor de desigualdades, lo que no le impide exhibir una arrogancia pasmosa.

Basta como muestra la siguiente anécdota: hace algún tiempo, un mismo anuncio empapelaba los pasillos de decenas de aeropuertos de toda Europa; imitando el estilo gráfico de las imágenes de la revolución cultural china, representaba una fila de manifestantes que avanzaban sonrientes a la cabeza de una marcha, enarbolando estandartes multicolores agitados por el viento y gritando: «¡Capitalistas de todo el mundo, unios!».

Se trataba de un anuncio publicitario de Forbes, la revista estadounidense de los millonarios. Parodiar el celebérrimo eslogan comunista («¡Proletarios de todo el mundo, unios!») era para esta revista una forma irónica de celebrar los ciento cincuenta años de la aparición del Manifiesto del partido comunista de Karl Marx y Frie-drich Engels (dos jóvenes: Marx tenía treinta años y Engels, veintiocho), así como el de la revolución de 1848 (que impuso el sufragio universal masculino y la abolición de la esclavitud) y la revuelta de mayo del 68...

Era también una forma de afirmar, sin temor a recibir un mentís (los carteles no estaban ni rasgados ni emborronados), dos cosas: el comunismo ya no inspira miedo; el capitalismo ha pasado a la ofensiva. ¿Cómo explicar esta nueva arrogancia del capital?


Una ilusión destruida

Empezó tras la caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, en un contexto de estupor político que manifestaba el duelo por la destrucción de una ilusión. Las súbitas revelaciones de todas las consecuencias de decenios de estatalización en el Este habían conmocionado y sacudido las conciencias. El sistema sin libertades ni economía de mercado mostró toda su trágica absurdidad y su corolario de injusticias. En cierto modo, el pensamiento socialista se derrumbó entonces de forma duradera. Lo mismo que el paradigma del progreso como ideología que aspiraba a la planificación absoluta del futuro y a la programación matemática de la felicidad.

En el seno de la izquierda tomaron cuerpo cuatro convicciones nuevas que condicionaban la esperanza de transformar radicalmente la sociedad: ningún país puede desarrollarse seriamente sin economía de mercado; la estatalización sistemática de los medios de producción y de intercambio provoca despilfarros y penuria; la austeridad al servicio de la igualdad no constituye en sí misma un programa de gobierno; la libertad de pensamiento y de expresión tiene como condición necesaria cierto grado de libertad económica.

El fracaso del comunismo y el repliegue del socialismo han provocado, de rebote, el desmantelamiento ideológico de la derecha tradicional (cuya única base doctrinal, como ha podido verse, era el anticomunismo) y han consagrado como gran vencedor del enfrentamiento Este-Oeste al neoliberalismo. Éste, que había visto frenada su dinámica a principios del siglo XX, ha asistido a la desaparición de sus principales adversarios y se despliega hoy a escala planetaria con duplicada energía. Sueña con imponer su visión del mundo, su propia utopía, en tanto que pensamiento único, a la Tierra entera.

Esta empresa de conquista se llama «globalización». Es el resultado de la interdependencia cada vez más estrecha de las economías de todos los países, ligada a la libertad absoluta de circulación de capitales, a la supresión de las barreras arancelarias y las reglamentaciones y a la intensificación del comercio y del libre cambio, propugnada por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) y la OMC.

Entre la economía financiera y la economía real se ha establecido una desconexión. Del casi billón y medio de euros que representan las transacciones financieras diarias a escala mundial, sólo un 1 % se dedica a la creación de nuevas riquezas. El resto es de naturaleza especulativa.

Este espectacular auge del neoliberalismo trae consigo, incluso en los países más desarrollados, una significativa reducción del papel de los actores públicos, empezando por los parlamentos, la depredación ecológica, la acentuación de las desigualdades y un sensible repunte de la pobreza y el paro, así como de sus consecuencias sociales: la explosión de la violencia, la delincuencia y la inseguridad. Todo ello representa la negación del Estado moderno y de la ciudadanía.

Tecnociencias y sociedad

Asistimos igualmente a una desvinculación radical entre la evolución de las nuevas tecnologías, por un lado, y la noción de progreso de la sociedad por el otro. Los avances experimentados por la biología molecular desde comienzos de los años sesenta, combinados con la potencia de cálculo que proporciona actualmente la informática, han hecho añicos la estabilidad general del sistema técnico, cuyo control plantea dificultades cada vez mayores a los poderes públicos. Resultado: los responsables políticos se muestran incapaces de calibrar las amenazas que esta aceleración de las tecno-ciencias entraña para el porvenir de la humanidad.6 Una vez más, las decisiones capitales han sido tomadas por expertos no elegidos, que no han consultado a los ciudadanos y que, desde la sombra, han dictado las decisiones gubernamentales.

El porvenir de la humanidad

Visto de lejos, el planeta Tierra seduce por su hermoso color azul, salpicado por el blanco algodonoso de las nubes, y por la impresión de riqueza y opulencia que desprende. Una vegetación lujuriante, una flora exuberante y una fauna abundante. Durante milenios, esta naturaleza generosa, paradisíaca, ubérrima, ha prevalecido como dueña y señora. Desde su aparición sobre el planeta, el hombre se ha nutrido en el seno de la madre Naturaleza, con la que ha vivido en simbiosis durante siglos.

Pero desde la segunda mitad del siglo XIX y la revolución industrial, en nombre del progreso y el desarrollo, el hombre parece empeñado en la destrucción sistemática del medio natural. Las tierras, las aguas y la atmósfera del planeta han sido y son víctimas de devastaciones y pillajes de toda especie. Urbanización galopante, deforestación tropical, contaminación de mares y ríos, calentamiento del clima, empobrecimiento de la capa de ozono, lluvias ácidas... Hoy en día, la contaminación produce efectos que ponen en peligro el futuro de nuestro planeta.

Por añadidura, el ser humano posee en la actualidad el poder de modificarse genéticamente. La aventura científica se acelera y permite entrever el momento en que la clonación de la especie humana será una opción razonable para algunos. Y eso cuando aún no se han fijado, ni a escala internacional ni a escala nacional, los límites que no deben franquearse. En la primavera de 1997, el caso de Dolly, la oveja clonada, que ya ha alcanzado la edad adulta, proporcionó la prueba definitiva a quienes aún lo dudaban.

Por otra parte, la llegada al mercado europeo de productos como el maíz o la soja genéticamente manipulados plantea numerosos interrogantes sobre posibles riesgos: ¿por quién han sido desarrollados los organismos genéticamente modificados (OGM), y con qué fin? ¿Era realmente necesario? ¿Era sensato?

En el año 2003, la mitad de la población mundial podría enfrentarse a una grave escasez de agua potable. En 2010, la capa forestal del globo habrá disminuido más de un 40% respecto a 1990. En 2025, la población mundial podría oscilar entre los siete mil quinientos y los nueve mil quinientos millones de habitantes frente a los seis mil millones actuales. En 2040, la acumulación de gases que producen el efecto invernadero podría haber ocasionado un aumento de entre uno y dos grados centígrados de la temperatura media del planeta y una elevación del nivel de los océanos de entre 0,2 y 1,5 metros.

Tanto los países industrializados —cuya prosperidad se basa en buena medida en el productivismo excesivo y la sobreexplotación del entorno—, como los países en vías de desarrollo, deben apresurarse a dar respuesta a las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas.

Desastres ecológicos

¿Cuáles son los principales retos a los que se enfrenta la humanidad en estos comienzos del sigloXXI? Evitar las derivas de una ciencia convertida en gran medida en tecnociencia y cada vez más próxima al mercado; reducir la contaminación y luchar contra el cambio climático global; proteger la biodiversidad y frenar el agotamiento de los recursos; atajar la erosión de los suelos y la desertización; hallar el modo de alimentar de ocho a diez mil millones de seres humanos.

El productivismo a ultranza es el primer responsable del actual saqueo de los recursos naturales. La proliferación de los desastres ecológicos y los problemas que ocasionan preocupan cada vez más a todos los ciudadanos del mundo. La desaparición de numerosas especies de la fauna y la flora crea inquietantes desequilibrios. Proteger la biodiversidad, preservar la variedad de la vida mediante un desarrollo sostenible, se ha convertido en un imperativo. El problema de la protección del medio ambiente plantea la cuestión de la supervivencia de la especie humana.

La degradación del entorno tiene consecuencias a largo plazo y sus efectos pueden ser irreversibles. Un ejemplo: habrán de pasar siglos, si no milenios, para que determinados residuos nucleares pierdan su radioactividad. El planeta se desmorona bajo los desechos. A escala mundial, cada año se generan más de dos mil millones de toneladas de residuos industriales sólidos y cerca de trescientos cincuenta millones de toneladas de detritos peligrosos, a los que hay que añadir las siete mil toneladas de productos nucleares con las que seguimos sin saber qué hacer. Los países de la OCDE, o sea los más ricos del mundo, son responsables del 90% de la producción de estos peligrosos residuos.

La preocupación por la salvaguarda de la naturaleza se remonta a tiempos muy lejanos: a los escritos de los agrónomos latinos sobre la preservación de los suelos y a las primeras reglamentaciones —del siglo XIX d. C.— destinadas a prevenir la despoblación forestal a causa de la expansión demográfica. Pero hubo que esperar hasta comienzos del siglo xx para que el pensamiento ecológico tomara cuerpo.

En 1910, el químico sueco Svante Arrhenius formula por primera vez la hipótesis de un calentamiento climático planetario ligado a la acumulación progresiva de gases industriales en la atmósfera. Precursores como el biólogo Vladimir Vernadsky, en 1926, y más tarde, en los años 1950, el economista Kenneth Boulding, se interesan por el impacto de las actividades humanas sobre el medio ambiente.

A partir de 1970, la opinión pública empezó a preocuparse por las consecuencias que podría acarrear a largo plazo una rápida expansión económica y demográfica. Obras como Sólo tenemos una tierra (B.Ward, 1964) y el informe del Club de Roma Alto al crecimiento, de 1972, alimentaron el temor a una catástrofe ecológica de grandes proporciones causada por la superpoblación, la contaminación y el agotamiento de los recursos naturales.

La conferencia de Estocolmo de 1972 y, más tarde, la World Conservation Strategy (UICN, 1980) intentaron definir las características de una modalidad de desarrollo sostenible y respetuoso con el medio ambiente. Tras un relativo eclipse durante los años de la crisis, el tema del «desarrollo sostenible» o «ecodesarrollo» volvió al primer plano de la actualidad en 1987 con la publicación del informe de la ONU Our Common Future («Nuestro futuro común»).
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