Nuevos miedos, nuevas amenazas




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La escasez de agua potable

En el siglo XVI había cuatrocientos cincuenta millones de individuos sobre la Tierra. En 1900, mil quinientos millones, y mil millones más en 1950. Hoy, la población mundial crece a un ritmo sin precedentes. Nuestro planeta alberga seis mil trescientos millones de individuos. No obstante, cabe prever que esta cifra se estabilice en torno a los diez mil millones hacia 2050. En 2002, el 95 % de los recién llegados al planeta nacían en los países menos desarrollados.

Si todos los habitantes de la Tierra gozáramos del nivel de vida de los suizos, el planeta apenas podría subvenir a las necesidades de seiscientos millones de personas. Si, por el contrario, aceptáramos vivir como los campesinos bengalies, los recursos disponibles serían suficientes para entre dieciocho y veinte mil millones de seres humanos. En el último decenio, cien millones de personas carecían de leña para cocinar dos comidas diarias, y en la actualidad mil quinientos millones de seres humanos viven bajo la inminente amenaza de la falta de leña para cocinar y calentarse. Se calcula que ochocientos millones de personas sufren de malnutrición.

La escasez de agua en el planeta resulta igual de inquietante. Irremediablemente, el agua será motivo de tensiones sociales y económicas que podrían llegar a convertirse en gravísimas y probablemente en guerras. África del Norte y Oriente Próximo son las regiones más afectadas. Según las proyecciones de los expertos, la disponibilidad de agua per cápita habrá disminuido un 80 % en un período equivalente a la duración de una vida humana. Entre 1960 y 2025, habrá pasado de 3.450 metros cúbicos por persona a 667.

Las amenazas que pesan sobre las aguas dulces son múltiples. En primer lugar, el desvío de los ríos para la irrigación provoca la desecación de las regiones situadas en la parte inferior del cauce. Ésa es la razón de que, en los confines de Kazajistán y Uzbekistán, el mar de Aral, cuya superficie disminuyó un 40% entre 1960 y 1989, se transforme progresivamente en un desierto salado. En segundo lugar, la construcción de presas y embalses, sea para la irrigación o la producción hidroeléctrica, anega regiones enteras, perturba las migraciones de los peces y puede provocar inundaciones río abajo. A su vez, éstas son causadas por la deforestación, que llena los ríos de tierra y troncos de madera. Debido a todos estos problemas, el control de los ríos se ha convertido en motivo de frecuentes conflictos entre los pueblos. Otro importante motivo de preocupación: los vertidos relacionados con la agricultura y la industria, así como con la falta de tratamiento de las aguas residuales. El Danubio, por poner un solo ejemplo, es víctima de numerosos atentados ecológicos, especialmente en Alemania, donde tiene su origen.

No carecemos de indicios para pensar que el agua lleva camino de convertirse en una riqueza escasa o un bien raro. Sin duda, las tensiones que suscita aquí y allí no son más que signos tempranos de conflictos más graves. El agua dulce constituye uno de los retos más evidentes del siglo XXI, a menos que en el próximo decenio se descubra un procedimiento poco costoso para desalinizar el agua del mar... Pero, aunque en un grado mucho menor, mares y océanos no tardarán en convertirse en retos del mismo orden. El agotamiento de la riqueza piscícola ya es fuente de múltiples fricciones, como las que se han producido recientemente entre España y Marruecos. En el futuro, la contaminación de determinados mares, entre los que no puede olvidarse el Mediterráneo, podría acabar enfrentando a los países ribereños.

La Cumbre de la Tierra celebrada en Rio de Janeiro en 1992 y la conferencia mundial sobre el clima celebrada en Berlín en abril de 1995 ratificaron la idea de que el mercado no está en condiciones de responder a las amenazas globales que pesan sobre el medio ambiente. Y el Protocolo de Kioto, firmado en noviembre de 1997, así como la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible celebrada en Johannesburgo, del 26 de agosto al 4 de septiembre de 2002, mostraron que el efecto invernadero podría tener consecuencias catastróficas a largo plazo. No es una certeza, pero, si esperamos a tener certezas científicas (o cuasi certezas), será demasiado tarde para actuar. Para entonces, puede que la elevación del nivel de los océanos ya haya causado daños irreparables y que la desertización de regiones enteras se haya consumado.

A causa de la desertización, todos los años desaparecen seis millones de hectáreas de tierras cultivables. En todo el mundo, la erosión, la sobreexplotación y el pastoreo excesivo merman la superficie de tierras fértiles a un ritmo acelerado. Como resultado, las zonas áridas y semiáridas se transforman en desiertos. La tierra no puede seguir alimentando a los habitantes de esas regiones. La fauna y la flora se empobrecen.


La muerte de los bosques

La principal causa de la destrucción de la biodiversidad y la gran amenaza para la humanidad es la deforestación. En los últimos diez años, catorce millones de kilómetros cuadrados de bosques (treinta veces la superficie de España) se han transformado en desiertos y más de treinta millones de kilómetros cuadrados corren idéntico riesgo. El fenómeno podría frenarse poniendo fin a la tala indiscriminada, al cultivo de terrenos frágiles y al pastoreo excesivo.

Sobre los equilibrios ecológicos del planeta pesa, fundamentalmente, la amenaza de la contaminación industrial de los países del Norte, pero también, a nivel regional, la pobreza de los países del Sur. Esto no quiere decir que hayamos alcanzado los límites físicos de la producción y del número de habitantes del planeta. Tan sólo significa que una serie de condiciones sociales, económicas y políticas absurdas permiten que muchos seres humanos sigan muriendo de hambre.

Según otras fuentes, cada año desaparecen entre diez y diecisiete millones de hectáreas de bosques. Cuatro veces la extensión de Suiza. Cada año, unas seis mil especies animales son borradas para siempre de la faz del planeta. La pérdida de la biodiversidad conoce un ritmo aterrador: están actualmente amenazadas el 34 % de las especies de peces, el 25 % de los mamíferos, otro 25 % de los anfibios, el 20% de los reptiles, el 11 % de las aves y el 12,5% de todas las plantas.

Paralelamente, la disminución de la capa vegetal acelera la erosión de millones de hectáreas de terreno. Los incendios forestales envían grandes cantidades de gas carbónico (CO2 ) a la atmósfera. Los árboles que podrían absorber los excedentes de CO2 han desaparecido. Conclusión: la deforestación es una de las causas fundamentales del efecto invernadero.

Los bosques más afectados son los tropicales, que pierden de un 1,5 a un 2% de su superficie por año. Así, en Indonesia, ha desaparecido casi el 80 % de la selva húmeda de la isla de Sumatra desde los años setenta. Y en Borneo el número de árboles abatidos casi se ha quintuplicado en los últimos dieciséis años. Esta devastación se debe principalmente al rápido crecimiento de la población, que utiliza la madera como combustible para cocinar y dedica las tierras a la agricultura. La explotación forestal con destino a los países ricos representa un 20 % de las talas efectuadas en el Tercer Mundo. La deforestación destruye un patrimonio biológico único: las selvas tropicales húmedas albergan el 70% de las especies censadas en nuestro planeta. Ciertamente, el comercio internacional acelera la degradación de los suelos y la deforestación.

La noción de «desarrollo sostenible» sigue haciendo progresos. La idea general es sencilla: el desarrollo es sostenible si las generaciones futuras heredan un entorno de una calidad al menos igual al que han recibido las generaciones precedentes. No obstante, cabe preguntarse si la actual lógica de desarrollo, basada fundamentalmente en el mercado, es realmente compatible con la sostenibilidad.

A este respecto, el ejemplo de la agricultura en Europa Occidental resulta aleccionador. En nombre del productivismo, muchos campesinos se han convertido en una especie de industriales sin la menor relación directa con la naturaleza, puesto que actualmente la ganadería y la agricultura pueden prescindir de la tierra. Esta ruptura de un vínculo ancestral ha abierto el camino a todo tipo de transgresiones, en particular a la «cosificación» del animal, a la transformación de los herbívoros en carnívoros, consumidores obligados de los restos de sus propios congéneres, tanto sanos como contaminados. Esta perversión de la cadena alimentaria natural, en nombre de la desreglamentación y de los dogmas liberales, y agravada por el laxismo de los controles sanitarios de las autoridades, ha permitido la aparición de la llamada «enfermedad de las vacas locas», que extiende por el Viejo Continente y más allá un nuevo «gran pavor».

Con toda probabilidad, en los próximos diez años, dos dinámicas contrarias desempeñarán un papel determinante sobre el planeta. De un lado, los intereses de las grandes empresas mundiales, que se rigen por criterios puramente financieros y se sirven de la tecnociencia con el exclusivo fin de obtener beneficios. Del otro, una aspiración a la ética, a la responsabilidad y a un desarrollo más equitativo que sepa imponerse restricciones en favor del medio ambiente, sin duda vitales para el porvenir de la humanidad.

Lo conocido pierde el norte, se acumulan las incertidumbres, el mundo se vuelve opaco y la historia rehuye cualquier interpretación. Los ciudadanos se ven atrapados en el corazón de la crisis, en el sentido que Antonio Gramsci daba a ese término: «Cuando lo viejo ha muerto y lo nuevo no termina de nacer». O, como diría Tocqueville, «cuando el pasado deja de iluminar el futuro y el espíritu avanza entre tinieblas».

Hipertecnología

A todo esto debe añadirse la revolución informática, que ha desestructurado la sociedad contemporánea, desquiciado la circulación de los bienes y favorecido la expansión de la economía informacional y la mundialización. Ésta aún no ha hecho bascular a todos los países del mundo hacia una sociedad única, pero los empuja hacia la convergencia en un único e idéntico modelo económico mediante la puesta en red de todo el planeta. Crea una especie de vínculo social liberal enteramente constituido por redes que dividen la humanidad en individuos aislados entre sí en un universo hipertecnológico.

Consecuencia: la lógica de la competitividad se ha visto elevada al rango de imperativo natural de la sociedad, cuando lo cierto es que conduce a la pérdida del sentido del «vivir juntos», del «bien común». Dado que los beneficios de la productividad se redistribuyen en favor del capital y en detrimento del trabajo, las desigualdades se ahondan. En Estados Unidos, por ejemplo, el 1% de la población posee el 39% de la riqueza del país. El coste de la solidaridad se considera insoportable, y se procede a demoler el edificio del Estado de bienestar.7

Neofascismos

En este contexto económico y sobre este humus social, hecho de miedos y confusión, los partidos surgidos de la corriente fascista experimentan un auge considerable. «De los trescientos ochenta millones de personas con que cuenta aproximadamente la Unión Europea —si añadimos a los quince estados miembros, por toda una serie de buenas razones, a Suiza y Noruega—, el 8,5 % han votado por alguna variedad de la extrema derecha. Aunque no es muy elevada, esta cifra esconde enormes variaciones a nivel nacional... Así, Suiza, Italia y Austria han registrado el mismo porcentaje de votos a favor de la extrema derecha: en torno al 25%. Les siguen Noruega, Francia y Flandes, con un 15% de votos aproximadamente.»8

En Dinamarca, durante las elecciones legislativas del 20 de noviembre de 2001, el Partido del Pueblo Danés (DPF, extrema derecha, xenófobo) obtuvo el 12% de los votos y veintidós diputados.

En Holanda, la Lista Pim Fortuyn obtuvo el 34 % de los votos en las elecciones municipales de Rotterdam en marzo de 2002, y triunfó en las legislativas del 15 de mayo, después del asesinato de su líder el 6 de mayo.

En Francia, tanto el Frente Nacional (FN) de Jean-Marie Le Pen como el Movimiento Nacional Republicano (MNR) de Bruno Mégret proponen el culto a la sangre y el suelo, la restauración de la nación (en el sentido étnico del término), el establecimiento de un régimen autoritario so pretexto de luchar contra la inseguridad, la drástica reducción del impuesto sobre la renta, el retorno al proteccionismo económico, la reclusión de la mujer en el hogar y la expulsión de tres millones de extranjeros para liberar puestos de trabajo destinados a los franceses. Según una encuesta, «más de uno de cada cuatro franceses está de acuerdo con las ideas del Frente -Nacional».9

Herederos de Pétain y del colaboracionismo, alimentados por el resentimiento de los nostálgicos de la Argelia francesa, estos dos partidos (sin raíces en la Resistencia) no han dejado de exhibir su racismo, su xenofobia y su antisemitismo, a pesar de algunas precauciones de fachada. Encarnan la negación misma de los valores de la República. Pero, a diferencia de la mayoría del resto de las formaciones políticas, son partidos interclasistas, en cuyas filas se codean burgueses y proletarios, pequeños empresarios y parados.10 Están presentes en numerosos barrios problemáticos, donde ofrecen calor y solidaridad a personas necesitadas, y sus militantes dan frecuentes pruebas del celo y la abnegación que solían caracterizar a los comunistas de antaño.11 Eso, entre otras consideraciones, explica que sus candidatos obtengan un importante porcentaje de votos populares en todas las elecciones, y que en algunas regiones (Provenza-Alpes-Costa Azul o Alsacia) su influencia no deje de crecer.

En diciembre de 2001, a pesar de la discreta precampaña de su partido, los sondeos adjudicaban ya a Jean-Marie Le Pen un 11 % de la intención de voto para las elecciones presidenciales de mayo de 2002, convirtiéndolo así en el tercer mejor candidato. En cuanto a Bruno Mégret, las encuestas de opinión le otorgaban entre el 1 y el 3 % de las intenciones de voto. En total, las previsiones de voto a los candidatos neofascistas arrojaban el muy impresionante resultado del 15% (¡casi uno de cada seis votantes!), equivalente al que habían conseguido unos meses antes, con ocasión de las elecciones cantonales.12

El seísmo de Le Pen

Pero el resultado sobrepasó cuanto se temía. Mas de cinco millones y medio de franceses (¡casi el 20 % de los electores!) votaron el 21 de abril de 2002 por la extrema derecha, provocando un seísmo político que sobrecogió a toda Europa. Sobre todo porque, en esa primera vuelta de la elección presidencial en Francia, Jean-Marie Le Pen obtuvo más votos que el primer ministro y candidato socialista, Lionel Jospin, y eliminó a éste de la carrera a la presidencia.

Este seísmo hay que relacionarlo con la subida del nacional-populismo en Italia, Austria, Suiza, Portugal, Bélgica, Dinamarca, Noruega y Holanda. Es un fenómeno que se basa esencialmente en el hecho de que nuestras sociedades han conocido en los últimos diez años toda una serie de traumatismos y convulsiones que las han modificado radicalmente sin que todos los ciudadanos se hayan beneficiado de ellos y sin que siquiera hayan comprendido exactamente la naturaleza de estos cambios.

Es decir, el fin de la guerra fría, de la era industrial, la irrupción de las nuevas tecnologías, la globalización liberal, la hiperhegemonía estadounidense, la aparición de un superpoder económico que determina el poder político, la integración europea, la desaparición de la moneda nacional, la supresión de las fronteras, la pérdida de soberanía de los estados, la destrucción del Estado de bienestar, las privatizaciones masivas, la llegada masiva de inmigrantes pertenecientes a culturas lejanas, etc. Todo esto se ha producido en apenas diez años y ha hecho que el entorno político, económico, social y cultural se haya transformando radicalmente.

A causa de la globalización, en muchos países europeos, la incertidumbre es hoy el parámetro dominante, así como la inseguridad económica y social, y la inseguridad frente al ascenso de la delincuencia y de la violencia. Muchas personas relacionan esto con la instalación reciente, en el seno de nuestras sociedades, de inmigrantes con culturas muy diferentes... Todo ello ha creado un entorno literalmente terrorífico para muchos ciudadanos que han visto derrumbarse el mundo al que estaban acostumbrados. Muchos tienen miedo, sienten nuevos temores y amenazas. Además, tras el 11 de septiembre de 2001, se ha extendido la idea de que los musulmanes, y por consiguiente los inmigrantes magrebies, son terroristas y que el islam es una amenaza para los países europeos. De tal manera que, a los miedos que ya había, se han añadido nuevos pavores.

Además, muchos electores consideran que los gobernantes no dominan la situación. Gobernantes, por otra parte, acusados constantemente por los medios de comunicación de ser unos podridos, unos corruptos, unos ladrones, unos mentirosos. Por consiguiente, cuando mucha gente tiene la sensación de que el mundo se está hundiendo, los dirigentes políticos no parecen aptos para responder al desafío de los nuevos tiempos. Y estas personas son, en general, las más vulnerables de nuestras sociedades, es decir, los parados, obreros, jóvenes, pobres, jubilados, ancianos, etc. Todas ellas piensan que la extrema derecha, que propone autoridad, severidad, mano dura, identidad, patriotismo, puede ser la solución... De hecho, este nacional populismo propone soluciones sencillas para problemas complicados de nuestras sociedades, soluciones militares o policiales para problemas políticos y problemas de inseguridad y delincuencia. Estas personas que votan por la extrema derecha no son militantes de extrema derecha, sólo son electores. Aterrorizados por lo que les ocurre, estos electores, al votar por la extrema derecha, quieren aterrorizar a su vez un sistema político en su conjunto. Lo que meten en la urna es literalmente una bomba con la que piensan hacer estallar un sistema político que, según ellos, no les defiende.

En Italia, como ha ocurrido en otros períodos de la historia contemporánea, tienen cierto adelanto en estos temas. En este país, la extrema derecha en su versión renovada y con Silvio Berlusconi a su cabeza llegó por primera vez al poder en 1994 y lo volvió a conquistar, con mayoría absoluta, el año pasado. Muchos comentaristas europeos habían ironizado sobre este fenómeno, achacándolo prácticamente al carácter folclórico de una Italia de pandereta y carnaval. Se olvidaron que ya en los años 1920 este país había servido de laboratorio social y político para la creación del fascismo que luego, bajo formas ligeramente diferentes como el nazismo o el falangismo, se extendió por Europa y acabaría provocando la tragedia de la Segunda Guerra Mundial.
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