Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Nacional populismo

Después del susto Le Pen en Francia y la subida de la extrema derecha xenófoba en Holanda, muchos comentaristas se han dado cuenta de que, una vez más, Italia ha sido precursora de un fenómeno político que se está extendiendo por toda Europa y concierne ya a Noruega, Dinamarca, Austria, Suiza, Bélgica, Irlanda, Portugal y Francia. A veces, por pereza intelectual, se califica a todos estos movimientos de fascistas. Es un error.

Estos nuevos partidos de la derecha dura son más bien nacional-populistas, han abandonado el culto al Estado (una característica capital del fascismo tradicional), aceptan el juego democrático, y son mucho más regionalistas (como la Liga Norte de Umberto Bossi, o el Vlaams Block de Flandes) que nacionalistas, son ultraliberales en economía y a la vez proteccionistas feroces y partidarios de la supresión de los impuestos directos. También son partidarios de la preferencia nacional frente a los extranjeros y, con respecto a éstos, si algunos partidos preconizan su expulsión (como el Front National de Le Pen), otros sólo exigen que se ponga fin a la llegada de clandestinos y apuestan por la integración de los extranjeros ya instalados en el país, aunque se oponen al reagrupamiento familiar, es decir, a la venida del resto de la familia (esposo o esposa e hijos) que se había quedado en el extranjero...

Todos estos movimientos son fervientes partidarios de la restauración de la autoridad, piden mayor severidad con la delincuencia y exigen una justicia rápida que castigue sin miramientos. Todos se oponen también al multiculturalismo, es decir a la coexistencia en el seno de una misma sociedad de culturas diferentes venidas del extranjero. La presencia del islam sobre todo les horripila y todo lo que esta presencia conlleva, construcción de mezquitas, fiestas religiosas, indumentarias tradicionales, etc.

Sus electores pertenecen a dos categorías sociales bien distintas; los más pobres, los más golpeados por la globalización, y por otra parte los más ricos, que temen los programas socialdemócratas de redistribución de riquezas y aumento de los impuestos. Todos tienen una concepción muy tradicional y muy homogénea de sus respectivas sociedades y temen, como un crimen de impureza, toda modificación de la composición étnica y religiosa de su país. Por eso los inmigrantes simbolizan para estos nuevos partidos de extrema derecha la suma de todos los males y de todos los miedos: robo del trabajo, delincuencia, rivalidad sexual, droga, amenaza religiosa, degeneración étnica...

Incluso electores habituales de la izquierda votan por estos partidos neofascistas, y militantes procedentes de la derecha tradicional tampoco dudan en unirse a ellos. Diversos estudios han establecido que sólo el 1% de los cuadros del FN proviene de la extrema derecha, frente a un 40% procedente de los «movimientos gaullistas».13 Determinadas personalidades políticas buscan ya abiertamente el apoyo de los neofascistas, argumentando (nefasto efecto de las tesis de Francois Furet y del Libro negro del comunismo de Stéphane Courtois ) que el partido socialista nunca ha tenido reparos en aliarse con el comunista. «Es más inmoral —ha llegado a afirmar, por ejemplo, Michel Poniatowski— aceptar los votos de los comunistas, que han asesinado a millones de personas en Europa, que los del Frente Nacional.»14

En la Alemania de principios de los años treinta, este tipo de razonamiento condujo a la derecha tradicional a acoger como aliado al partido nacionalsocialista (nazi), que se presentaba con su atuendo más seductor.15 Huelga decir lo que ocurrió con los partidos de derecha. Y con la democracia.

En Italia, Silvio Berlusconi, viejo protegido del partido socialista y amigo de su antiguo jefe, Bettino Craxi, no ha dudado en aliarse con el partido posfascista Alianza Nacional y con la xenófoba Liga del Norte para ganar las elecciones legislativas en dos ocasiones, 1994 y 2001.

En todas partes, sean cuales sean las consultas electorales, la abstención aumenta, así como los votos en blanco y la no inscripción en las listas electorales. En Francia, uno de cada tres jóvenes menores de veinticinco años no estaba inscrito la víspera de las elecciones presidenciales de mayo de 2002; el porcentaje de afiliación a los partidos políticos no sobrepasa el 2% de los electores, y sólo el 8% de los asalariados en activo pertenecen a algún sindicato (estas dos últimas cifras son las más bajas de todo el mundo occidental).

Estancamiento de la izquierda

A la izquierda, el partido comunista ya no tiene identidad política e incluso ha perdido buena parte de su identidad sociológica. En cuanto al partido socialista, prácticamente ya no cuenta con cuadros salidos de las capas populares.

El socialismo, que ha sido uno de los grandes mitos unificadores de la humanidad, también ha sido traicionado por los dirigentes socialdemócratas europeos. La dimisión de Oskar Lafontaine, ministro alemán de economía, el 12 de marzo de 1999, ya había revelado de forma espectacular el estancamiento socialdemócrata y la incapacidad de esta corriente ideológica para proponer una solución de recambio a la hegemonía neoliberal. A sus ojos, hasta el keynesianismo, que en los años treinta permitió al presidente Franklin Roosevelt levantar unos Estados Unidos sumidos en la crisis, estaría hoy demasiado a la izquierda...

Sus propios camaradas socialistas acusaron a Oskar Lafontaine de haber cometido cinco sacrilegios: preconizar una política de resurgimiento europeo; defender una fiscalidad más justa; criticar al Banco Central Europeo, reclamar una reforma del sistema monetario internacional, y haber pedido al Bundesbank, en el pasado, que bajara los tipos de interés para abaratar los créditos, con el fin de incentivar el consumo y combatir el paro.

Otro ejemplo de la dimisión intelectual de la socialdemocracia nos lo proporcionó la guerra de Kosovo, iniciada el 23 de marzo de 1999. No olvidemos que fue Javier Solana, el entonces secretario general de la OTAN, quien anunció la decisión de poner fin a las negociaciones con el régimen de Belgrado y comenzar los bombardeos sobre Serbia.

Javier Solana, como dirigente histórico del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pudo contar para esta guerra de Kosovo con el inestimable apoyo de Gerhard Schroder, Lionel Jospin, Massimo d'Alema y Anthony Blair, los entonces jefes de Gobierno de Alemania, Francia, Italia y Reino Unido respectivamente y todos ellos miembros eminentes de la socialdemocracia europea. Para salir del impasse de las negociaciones de paz de Rambouillet, todos aceptaron la vía militar propuesta por Washington como «única solución», cuando ninguno de ellos ignoraba que el recurso a la OTAN y los bombardeos de Serbia acarrearían la muerte de numerosos civiles inocentes y la destrucción de todo un país, y no evitarían la extensión del conflicto a los Balcanes, como demostró la guerra de Macedonia en 2001.

¿Cómo pudieron los dirigentes socialdemócratas, herederos de Jean Jaurés y de una larga tradición de legalismo internacional, ceder hasta ese punto a las presiones de Washington y embarcarse en la aventura militar de Kosovo en 1999, sin la menor legitimidad internacional? Ninguna resolución de las Naciones Unidas relativa a esa región autorizaba explícitamente al uso de la fuerza y, antes de iniciar los bombardeos, no se consultó al Consejo de Seguridad, órgano supremo del planeta en materia de conflictos, que por tanto no pudo dar el visto bueno al empleo de las armas contra Serbia.

Por último, antes de desenterrar el hacha de guerra, a ninguno de los mencionados dirigentes socialdemócratas se le ocurrió explicarse ante su Parlamento y mucho menos pedirle autorización para comprometer a las fuerzas armadas de la nación en dicho conflicto.

¿Cómo no ver en estos ejemplos signos suplementarios del derrumbe ideológico de la socialdemocracia y su conversión al social liberalismo? Carente de brújula y de asideros teóricos (a no ser que llamemos teoría a esos catálogos de renuncias y palinodias que son La tercera vía, de Anthony Giddens, asesor de Tony Blair, y La buena elección, de Bodo Hombach, inspirador de Gerhard Schroder), la socialdemocracia navega a la deriva, obsesionada por la urgencia y la inmediatez.


La derecha moderna

Para la socialdemocracia, que gobierna en solitario en varios grandes países europeos, la política es la economía; la economía, las finanzas; y las finanzas, los mercados. En consecuencia, se esfuerza en favorecer las privatizaciones, el desmantelamiento del sector público y las concentraciones y fusiones de macroempresas. Por más que, aquí o allí, haga aprobar leyes sociales importantes,16 en el fondo la socialdemocracia ha aceptado convertirse al social liberalismo y ha renunciado a fijarse como objetivos prioritarios el pleno empleo y la erradicación de la miseria, como respuesta a las necesidades de los dieciocho millones de parados y los cincuenta de pobres que viven en la Unión Europea.

La socialdemocracia ganó la batalla intelectual tras la caída del muro de Berlín en 1989. Los partidos conservadores la perdieron, y se aprestan a abandonar la historia como tuvo que hacerlo la aristocracia después de 1789 y el radicalismo después de 1945. En el abanico político, la izquierda está hoy por reinventar, y el testigo del conformismo, del conservadurismo, ha pasado a manos de la socialdemocracia. Es la moderna derecha.17 Por vacuidad teórica y por oportunismo, ha aceptado la misión histórica de aclimatar el neoliberalismo. En nombre del «realismo», ya no quiere cambiar nada. Y menos que nada el orden social.

Una necesidad de utopía

Para numerosos ciudadanos, la tesis ultraliberal de que Occidente está maduro para vivir en condiciones de libertad absoluta es tan utópica —tan dogmática— como la ambición revolucionaria del igualitarismo absoluto. Se preguntan cómo pensar el futuro. Y expresan la necesidad de otra utopía, de una nueva racionalización del mundo. Esperan una especie de profecía política, un proyecto sensato para el futuro, la promesa de una sociedad reconciliada, en plena armonía consigo misma.

Pero, ¿queda hoy en día algún espacio, entre las ruinas del sueño socialista y los escombros de nuestras sociedades desestructuradas por la barbarie neoliberal, para una nueva utopía? A priori, parece poco probable, porque la desconfianza respecto a los grandes proyectos políticos se ha generalizado y, al mismo tiempo, vivimos una grave crisis de la representación política, un enorme descrédito de las élites tecnocráticas e intelectuales y un profundo divorcio entre los medios de masas y su público.

Son muchos los ciudadanos a los que les gustaría añadir una pizca de humanidad a la maquinaria neoliberal. Buscan el modo de implicarse responsablemente, sienten la necesidad de una acción colectiva. Querrían verse las caras con responsables políticos bien definidos, personas de carne y hueso sobre las que descargar sus reproches, sus inquietudes, sus angustias y su desorientación, cuando la verdad es que el poder se ha convertido en algo abstracto, invisible, lejano e impersonal. Les gustaría seguir creyendo que la política tiene respuestas para todo, cuando lo cierto es que se las ve y se las desea para proponer soluciones simples y claras a los complejos problemas de la sociedad.

Con todo, cada cual siente la necesidad de un dique contra la marea neoliberal, de un contraproyecto global, de una contraideología, de un edificio conceptual capaz de oponerse al modelo dominante en la actualidad. Poner en pie un contraproyecto semejante dista de ser fácil, pues partimos de una situación de práctica tabla rasa, puesto que las precedentes utopías de progreso incurrieron con demasiada frecuencia en el autoritarismo, la opresión, la supresión de las libertades y la manipulación de las conciencias.

Una vez más, se palpa en el ambiente la necesidad de soñadores que piensen y pensadores que sueñen, para encontrar, no un proyecto de sociedad al uso, sino un modo de ver y analizar la sociedad que permita reemplazar a tiempo, por medio de una nueva arquitectura de conceptos, la ideología liberal.
Respuestas ciudadanas

Favoreciendo la fragmentación y la parcelación, esta ideología fabrica una sociedad egoísta. En consecuencia, resulta indispensable reintroducir valores colectivos preñados de futuro.18 Y la acción colectiva pasa en la actualidad por las asociaciones y las organizaciones no gubernamentales (ONG) tanto como por los partidos y los sindicatos. Durante los último años, Europa ha asistido a una multiplicación de las asociaciones y las ONG, de Attac a Droit au Logement (DAL, «Derecho a la Vivienda»), de Agir Ensemble Contre le Chómage (AC!, «Actuar juntos contra el paro») a Act Up, pasando por las ramas locales de grandes ONG internacionales como Greenpeace, Amnistía Internacional, Médicos del Mundo, Transparency o Media Watch Global (Observatorio Internacional de los Medios).

Los partidos tienen, entre otras, dos características que los hacen menos creíbles: son generalistas (pretenden solucionar todos los problemas de la sociedad) y locales (su radio de acción acaba en las fronteras del país). Por el contrario, las asociaciones y las ONG poseen dos atributos simétricos e inversos a los mencionados: son temáticas (acometen un solo problema social: el poder financiero, el paro, la vivienda, el medio ambiente, etc.) y transnacionales (su área de intervención se extiende a todo el planeta).19

A lo largo de la pasada década, las dos formas de compromiso (compromiso global y compromiso inmediato respecto a una causa específica) se han dado la espalda en más de una ocasión. En la actualidad, sin embargo, se percibe un movimiento de convergencia, cuya consolidación resulta indispensable. Es una de las ecuaciones por resolver para restaurar la política. Porque, si bien las asociaciones nacen en la base, como testimonio de la riqueza de la sociedad civil, y palian las deficiencias del sindicalismo y los partidos, en ocasiones no son más que simples grupos de presión carentes de la legitimidad democrática de las urnas para llevar a buen término sus reivindicaciones. Tarde o temprano, la acción política toma el relevo. Así pues, es de importancia capital que el vínculo entre asociaciones y partidos se consume.

Las asociaciones de ciudadanos, fundándose en una concepción radical de la democracia, siguen creyendo que otro mundo es posible. Sin lugar a dudas, constituyen los embriones de un renacimiento de la acción política en Europa. Con toda probabilidad, sus militantes creen de nuevo en las utopías positivas tal como las anunciaban las palabras de Victor Hugo («La utopía es la verdad de mañana») y de Lamartine («Las utopías no son más que verdades prematuras»).Y se dan cita cada año, desde 2001, en el Foro Social Mundial de Porto Alegre que es la Asamblea de las gentes. Allí están representadas cinco mil millones de personas de los seis mil millones con que cuenta el planeta. El Foro de Porto Alegre representa a la humanidad. Lo que se reúne allí cada año a finales de enero, por primera vez en la historia, es la humanidad.20

Y lo hace, entre otros objetivos, para reclamar el restablecimiento, en el corazón del dispositivo del derecho internacional, de unas Naciones Unidas capaces de decidir, actuar e imponer un proyecto de paz permanente; para respaldar a los tribunales internacionales demjusticia que juzgarán los crímenes contra la humanidad, contra la democracia y contra el bien común; para condenar las manipulaciones mediáticas de masas; para poner fin a la discriminación de las mujeres; para establecer nuevos derechos de carácter ecológico; para instaurar el principio ael desarrollo sostenible; para proscribir los paraísos fiscales; para estimular una economía solidaria, etc.

«Atrévete a andar por caminos que nadie ha recorrido, atrévete a pensar ideas que nadie ha pensado», podía leerse en los muros del teatro del Odeón en el París de mayo de 1968. Si queremos fundar una ética para el siglo xxi, la situación actual invita a semejantes atrevimientos.

11 de septiembre de 2001. Guerra mundial contra el terrorismo


Era un 11 de septiembre. Desviados de su ruta programada por pilotos decididos a todo, los aviones se precipitan hacia el corazón de la gran ciudad, resueltos a derribar los símbolos del odiado sistema político. Todo ocurre muy deprisa: explosiones, fachadas que saltan en pedazos, el estruendo infernal de los desmoronamientos, el terror de los supervivientes, que huyen cubiertos de polvo... Y los medios de comunicación transmitiendo la tragedia en directo...

¿Nueva York, 2001? No, Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973. Con la complicidad de Estados Unidos, golpe de Estado del general Pinochet contra el socialista Salvador Allende, y bombardeo sistemático del palacio presidencial por las fuerzas aéreas. Decenas de muertos y el comienzo de un régimen de terror de quince años...

Más allá de la legítima compasión por las víctimas de los execrables atentados de Nueva York en septiembre de 2001, ¿cómo no convenir que Estados Unidos no es un país más inocente que los demás? ¿Acaso no ha participado en acciones políticas violentas, ilegales y a menudo clandestinas en América Latina, en África, en Oriente Próximo, en Asia... ? Con el saldo de una trágica muchedumbre de muertos, de «desaparecidos», de torturados, de presos, de exiliados...

La actitud de los dirigentes y de los medios de comunicación occidentales, su fervor proestadounidense a raíz de los criminales atentados del 11 de septiembre, no deben ocultarnos la cruel realidad. En todo el mundo, y en particular en los países del Sur, el sentimiento expresado con más frecuencia por la opinión pública ante esta tragedia fue: «Lo que les ha pasado es muy triste, pero se lo tienen merecido».

En efecto, y paradójicamente, en muchas regiones del planeta estos espantosos atentados no han levantado olas de simpatía hacia Estados Unidos. Todo lo contrario. Tanto es así que el presidente George W. Bush llegó a declarar: «Me impresiona que exista tal desconocimiento respecto a lo que es nuestro país y que haya gente que pueda odiarnos. Soy como la mayoría de los norteamericanos, no puedo creerlo, porque sé que somos buenos».
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