Nuevos miedos, nuevas amenazas




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El libro negro de la guerra fría

Para comprender esas reacciones hostiles hacia Estados Unidos, que han asombrado a muchos norteamericanos, empezando por su presidente, George W. Bush, tal vez no esté de más recordar que, ya durante la «guerra fría» (1948-1989), Estados Unidos se lanzó a una larga «cruzada», en aquel entonces contra el comunismo. Cruzada que, en determinados casos, alcanzó proporciones de guerra de exterminio: miles de comunistas eliminados en Irán, doscientos mil opositores de izquierda exterminados en Guatemala, más de medio millón de comunistas aniquilados en Indonesia... Las páginas más abominables del libro negro del imperialismo estadounidense se escribieron a lo largo de esos años, marcados igualmente por los horrores de la guerra de Vietnam (1962-1975).

Ya entonces era «el Bien contra el Mal». Pero, en aquella época, según Washington, apoyar a determinados terroristas no era necesariamente inmoral. Por intermedio de la Central Intelligence Agency (CÍA), Estados Unidos organizó atentados en lugares públicos, desapariciones de oponentes, secuestros de aviones, sabotajes y asesinatos. En Cuba contra el régimen de Fidel Castro, en Nicaragua contra los sandinistas o en Afganistán contra los soviéticos. Fue allí, en Afganistán, con el apoyo de dos estados muy poco democráticos, Arabia Saudí y Pakistán, donde Estados Unidos patrocinó, en los años setenta, la creación de brigadas islamistas reclutadas en el mundo árabe musulmán y compuestas por lo que los medios llamaban entonces freedom fighters, ¡luchadores por la libertad! Como es bien sabido, ésas fueron las circunstancias en las que la CIA reclutó y entrenó al hoy célebre Osama Bin Laden.

Hiperpotencia y terror

Desde 1991 Estados Unidos permanece instalado en una posición de hiperpotencia única y ha marginado, de hecho, a las Naciones Unidas. En compensación, prometió instaurar un «orden internacional» más justo. En nombre de ese proyecto, dirigió y ganó, en 1991, la guerra del Golfo contra Irak. Sin embargo, concluido el conflicto, ha seguido manteniendo una escandalosa parcialidad en favor de Israel y en detrimento de los derechos de los palestinos.21 Por si fuera poco, haciendo oídos sordos a las protestas internacionales, ha mantenido contra Irak un embargo implacable, que mata a miles de inocentes y deja indemne al régimen. Este «nuevo orden mundial» no parece mucho más justo a los ojos de miles de habitantes de los países pobres del Sur.Y todo ello ha ultrajado, en particular, los sentimientos del mundo árabe y musulmán y facilitado la creación del caldo de cultivo del que ha surgido el islamismo radical y antinorteamericano.

Como el doctor Frankenstein, el 11 de septiembre de 2001 Estados Unidos vio alzarse en su contra a su antigua creación —Osama Bin Laden— con una violencia demencial. Y decidió combatirlo apoyándose en los dos estados —Arabia Saudí y Pakistán— que más han contribuido en los últimos treinta años a extender por todo el mundo las redes islámicas radicales, con la ayuda de métodos terroristas cuando lo han considerado oportuno.

La amenaza Pakistán

Si existe un país con una tradición política trágica, ése es Pakistán. Ningún jefe del ejecutivo de este Estado de ciento cuarenta millones de habitantes ha abandonado nunca el poder voluntariamente. Nacido en 1947 de la partición del imperio británico de la India, durante la cual millones de musulmanes e hindúes huyeron en condiciones apocalípticas de las regiones en las que eran respectivamente minoritarios, Pakistán, el «país de los puros», es el primer Estado creado, artificialmente, sobre una base confesional: la del islam.

Con el tiempo, este cemento religioso ha demostrado su incapacidad para aglutinar a una nación. En 1971, la secesión del Pakistán Oriental, convertido en Bangladesh, probaba que los criterios étnicos podían tener más fuerza que los religiosos. El otro elemento de cohesión, el odio a la India, mostró igualmente sus límites en las tres guerras libradas por ambos países, en 1947, 1965 y 1971, y saldadas con sendas derrotas de Pakistán.

Antes de las tensiones de la primavera de 2002, el último gran enfrentamiento tuvo lugar en julio de 1999, por el control de los altos de Kargil, en Cachemira. Esta región de mayoría musulmana permanece dividida por una línea de armisticio desde 1948. El sur de Cachemira está bajo la administración de la India, que se enfrenta en esa zona a una fuerte resistencia protagonizada por organizaciones separatistas islámicas (sostenidas clandestinamente por la red al-Qaida de Osama Bin Laden). Instigadas asimismo por los servicios secretos de Pakistán, dichas organizaciones (Lashkar-e-Taiba y Jaish-e-Mohammad) no dudan en recurrir a la violencia más extrema y cometer sangrientos atentados, como el perpetrado contra el Parlamento indio el 13 de diciembre de 2001, que costó la vida a catorce personas y puso a los dos países, una vez más, al borde de la guerra.

Nuevos atentados islamistas, en mayo y junio de 2002, provocaron una nueva y brutal subida de la fiebre bélica. Cada país movilizó, a lo largo de la frontera de Cachemira, mas de un millón de soldados dispuestos a enfrentarse en una guerra total. La población sumada de India y Pakistán alcanza los mil doscientos millones de personas, o sea un quinto de la población mundial... El planeta entero se aterrorizó ante la perspectiva de ese choque, ya que por primera vez en la historia se habrían enfrentado dos países con capacidad nuclear. Un eventual uso, por los dos adversarios, de sus respectivas bombas atómicas provocaría, en los primeros días, unos doce millones de muertos... Los heridos habrían ocupado todas las camas de todos los hospitales de todos los países desde Japón hasta Egipto... Las consecuencias en términos de aumento de la radiactividad general hubiesen sido nefastas para toda la humanidad. Y esa trágica guerra, además, lanzaría hacia los estados vecinos y hacia los países ricos a millones de nuevos emigrantes indios y paquistaníes en fuga del horror nuclear. Todo ello provocaría formidables consecuencias en cascada.

Tanto Islamabad como Nueva Delhi consideran Cachemira una cuestión central, vital, de la que pendería la identidad de ambas naciones.

La derrota militar paquistaní del verano de 1999, seguida de la humillante retirada de las fuerzas de invasión exigida por Washington, viejo aliado de Islamabad, determinó sin duda la caída del primer ministro Nawaz Sharif, derrocado el 12 de octubre de 1999 por el general Pervez Musharraf.

Era la primera vez, desde el final de la guerra fría, que se producía un golpe de Estado militar en un país importante y, lo que es más grave, en un Estado en posesión de armas nucleares. Único país islámico que dispone de la bomba atómica, Pakistán, un Estado en descomposición dirigido por militares, dispone también de misiles capaces de transportar cargas nucleares a una distancia de mil quinientos kilómetros...

Para colmo de males, se trata de una potencia situada en una zona extremadamente peligrosa, que debe hacer frente a la hostilidad de dos de sus vecinos, la India e Irán, y a la creciente desconfianza de un antiguo aliado, China. Antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y de la respuesta estadounidense, Pakistán toleraba el activismo extremista de un Estado amigo, un cuasiprotectorado, Afganistán, que acogía y amparaba a redes islamistas como la de Bin Laden, al-Qaida, directa o indirectamente favorecidas por Arabia Saudí (otro aliado de Islamabad). La influencia de estas redes terroristas se extendía hasta el Asia central ex soviética (Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán) y el norte del Cáucaso (Dagestán y Chechenia, que forman parte de la Federación Rusa).

Al borde de la bancarrota, Pakistán es una de las principales plataformas del fundamentalismo musulmán. En el plano interior, es un polvorín. Está dividido por disensiones religiosas que oponen a sunníes y shiíes (el 20% de la población), enfrentamientos étnicos entre pastunes, baluchis, sindhis y punjabíes, y desigualdades sociales: el 40 % de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, y el número de niños esclavos asciende a unos veinte millones... Por añadidura, es uno de los países más corruptos del mundo, con una economía criminal que, según la ONU, supera, en valor absoluto, a la economía legal.

Todo esto no ha impedido que, después del 11 de septiembre de 2001, la administración norteamericana del presidente Bush, abandonando cualquier escrúpulo, haya hecho de Pakistán su principal aliado en Asia del Sur...
¡Al fin un adversario!

Y es que, veteranos de la guerra fría, los hombres y las mujeres que rodean al presidente George W. Bush no pueden quejarse del giro de los acontecimientos tras el 11 de septiembre. Cabe incluso imaginarlos frotándose las manos. Porque, milagrosamente, los atentados les han restituido un elemento estratégico fundamental del que los había privado durante una década el derrumbamiento de la Unión Soviética en 1991: un adversario. ¡Al fin!

Bajo el nombre de «terrorismo internacional», el adversario elegido es el islamismo radical. Eso justifica todas las medidas autoritarias y todos los excesos. Incluida una versión moderna del macartismo, que tendría como blanco, más allá de las organizaciones terroristas, a todos aquellos que se oponen a la hegemonía estadounidense, e incluso a los adversarios de la mundialización liberal.

Embarcado en el primer conflicto armado del siglo XXI, Estados Unidos se fijó de inmediato varios objetivos militares. El primero fue anunciado el día siguiente al 11 de septiembre: desmantelar la red al-Qaida y capturar, «vivo o muerto», a Osama Bin Laden, responsable de crímenes —unos tres mil muertos— que ninguna causa puede justificar bajo ninguna circunstancia.

Un imperio contra un hombre

Este objetivo, fácil de formular, no era tan sencillo de cumplir. No obstante, a priori la desproporción de fuerzas entre ambos adversarios parecía abismal. A decir verdad, la situación militar no podía ser más insólita, puesto que era la primera vez que un imperio declaraba la guerra no a un Estado sino a un individuo...

Empleando sus aplastantes medios militares, Washington lanzó a la batalla todas sus fuerzas y no podía por menos de ganarla. Al comienzo, sin embargo, muchos dudaban de la victoria estadounidense, pues abundan los ejemplos de grandes potencias incapaces de dar cuenta de adversarios más débiles. La historia militar enseña, en efecto, que en un combate desigual aquel que puede lo más no siempre puede lo menos. «Durante casi treinta años, el poder británico ha sido incapaz de acabar con un ejército como el del IRA —nos recuerda el historiador Eric Hobsbawn— por supuesto, el IRA no ha vencido, pero tampoco ha sido vencido.»22

Como la mayoría de los ejércitos, el de Estados Unidos está organizado para combatir a otros estados y no para enfrentarse a un «enemigo invisible». Pero, en el siglo que comienza, las guerras entre estados llevan camino de convertirse en anacrónicas. La aplastante victoria de 1991 en el conflicto del Golfo no es una buena referencia. Puede incluso resultar engañosa como ejemplo. «Nuestra ofensiva de 1991 en el Golfo resultó victoriosa —explica el antiguo general de los marines Anthony Zinm— porque tuvimos la suerte de dar con el único malo del mundo lo bastante estúpido como para enfrentarse a Estados Unidos en un combate de tú a tú.»23 Otro tanto podría decirse de Slobodan Milosevic con relación a la guerra de Kosovo de 1999.

Este nuevo tipo de conflicto, en el que el fuerte se enfrenta al débil o al loco, es más fácil de empezar que de concluir. Y, por masivo que sea, el empleo de medios militares ultramodernos no garantiza necesariamente que se alcancen los objetivos perseguidos. Basta recordar los fracasos estadounidenses en Vietnam, en 1975, y en Somalia, en 1994.

Al atacar a Afganistán con el convincente pretexto de que el régimen talibán de ese país protegía a Bin Laden, el gobierno estadounidense sabía perfectamente que iniciaba la fase más sencilla del conflicto. Y que la concluiría satisfactoriamente y con un coste mínimo en cuestión de semanas. Pero la victoria contra uno de los regímenes más odiosos del planeta no aseguraba la consecución del primer objetivo de esta guerra: capturar a Bin Laden.
¿Qué es el terrorismo?

El segundo objetivo parece demasiado ambicioso: acabar con el «terrorismo internacional». En primer lugar, porque el término «terrorismo» es impreciso. Desde hace dos siglos, se utiliza para designar indistintamente a todos aquellos que recurren, con razón o sin ella, a la violencia para intentar cambiar el orden político. La experiencia demuestra que, en ciertos casos, dicha violencia era necesaria. «Sic semper tirannis», exclamaba ya Bruto al apuñalar a Julio César, que había derribado la República. «Todos los medios son legítimos para luchar contra los tiranos», decía a su vez el revolucionario francés Gracchus Babeuf en 1792.

Numerosos antiguos «terroristas» se han convertido con el tiempo en respetados hombres de Estado. Por ejemplo, y por no citar a todos los dirigentes franceses surgidos de la Resistencia, calificados de «terroristas» por las autoridades alemanas de la ocupación: Menahem Beguin, antiguo jefe del Irgun, convertido en primer ministro de Israel; Abdelaziz Buteflika, antiguo responsable del FLN argelino, convertido en presidente de Argelia; o Nelson Mandela, antiguo jefe de la ANC, convertido en presidente de Sudáfrica y premio Nobel de la Paz.

La actual «guerra mundial contra el terrorismo» y la propaganda que la acompaña pueden dar la impresión de que no hay más terrorismo que el islamista. Evidentemente, no es así. En el momento mismo en que se desarrolla esta nueva «guerra mundial», diversas organizaciones «terroristas» siguen actuando en casi todos los rincones del mundo no musulmán. ETA en España, las FARC y los paramilitares en Colombia, los Tigres tamiles en Sri Lanka, etc. Y hasta hace bien poco, el IRA y los unionistas en Irlanda del Norte.

Al albur de las circunstancias, casi todas las familias políticas han reivindicado el terrorismo como principio de acción. El primer teórico que propuso una doctrina del terrorismo fue el alemán Karl Heinzen, en su ensayo Der MoraEl asesinato»), de 1848, donde afirma que todos los medios, incluido el atentado suicida, son buenos para acelerar el advenimiento de... ¡la democracia! En tanto que demócrata radical, Heinzen escribe lo siguiente: «Si, para destruir el partido de los bárbaros, hay que hacer saltar por los aires la mitad de un continente y provocar un baño de sangre, no tengáis ningún escrúpulo de conciencia. Quien no esté dispuesto a sacrificar gustosamente su vida por la satisfacción de exterminar a un millón de bárbaros no es un auténtico republicano».24

El absurdo de este ejemplo muestra que ni siquiera los mejores fines justifican todos los medios. Los ciudadanos harán bien en temer lo peor de una República —laica o religiosa— construida sobre un baño de sangre. En la actualidad, se acepta de forma general que el uso de la violencia terrorista en un contexto de auténtica democracia política (como en Irlanda del Norte, el PaísVasco español o Córcega) resulta inadmisible.

Adiós libertades

Cabe temer igualmente que la cacería universal de «terroristas» que anuncia Washington como objetivo último de esta «guerra sin fin» se preste a peligrosos abusos y atentados contra las libertades fundamentales.

Porque, si admitimos que los trágicos sucesos del 11 de septiembre de 2001 han inaugurado un nuevo período de la historia contemporánea, no podemos por menos de preguntarnos qué otro ciclo han cerrado esos mismos hechos y cuáles son las consecuencias.

La época que termina se había iniciado el 9 de noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín y confirmado con la desaparición de la Unión Soviética el 25 de diciembre de 1991. Constantemente celebradas, las características fundamentales de esa etapa —que vio, por otra parte, el despegue de la globalización liberal habrán sido: la exaltación del sistema democrático, la apoteosis del Estado de derecho y la glorificación de los derechos humanos. Tanto en política interior como exterior, esta moderna Trinidad era una especie de imperativo categórico constantemente invocado y, si bien no carecía de ambigüedades (¿realmente pueden conciliarse globalización liberal y democracia planetaria?), contaba con la adhesión de los ciudadanos, que veían en ella una victoria del derecho sobre la barbarie.

A este respecto, el 11 de septiembre de 2001 marca una clara ruptura. En nombre de la «guerra justa» contra el terrorismo, todas esas ideas generosas parecen repentinamente olvidadas. Para empezar, antes de atacar Afganistán, Washington no dudó en establecer alianzas con dirigentes que hasta ayer mismo eran considerados indeseables: el general golpista Pervez Musharraf de Pakistán o el dictador de Uzbekistán, Islam Karimov. Los gritos del legítimo presidente paquistaní, Nawaz Sharif, y de los defensores de las libertades uzbekos no consiguieron traspasar los muros de sus mazmorras... Valores antaño calificados de «fundamentales» abandonan la escena política sin hacer ruido, y estados democráticos se hunden, desde el punto de vista del derecho, en la regresión.
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