Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Medidas liberticidas

Lo prueba el alud de medidas liberticidas adoptadas por el gobierno estadounidense, que, al día siguiente de los atentados, implantaba en el país una justicia de excepción. El ministro del ramo, John Ashcroft, hacía aprobar una ley antiterrorista, motejada de «ley patriótica», que permite a las autoridades detener a sospechosos extranjeros por tiempo casi indefinido, deportarlos, encerrarlos en celdas de aislamiento, vigilar su correo, sus conversaciones telefónicas y sus comunicaciones vía Internet, y registrar su domicilio sin autorización judicial.

En aplicación de la mencionada ley, se detuvo en secreto a no menos de mil doscientos extranjeros, de los que más de seiscientos seguían en prisión a finales de diciembre de 2001, en muchos casos sin haber comparecido ante un juez ni recibido la asistencia de un abogado.25 El gobierno de Estados Unidos expresaba además su intención de hacer interrogar a unos cinco mil hombres de edades comprendidas entre los dieciséis y los cuarenta y cinco años, llegados al país con visados de turista y sospechosos por el simple hecho de ser originarios de Oriente Próximo.26

En mayo de 2002, el gobierno norteamericano concedió poderes ilimitados al Federal Bureau of Investigations (FBI), que podrá ahora espiar a los estadounidenses, inmiscuirse en sus reuniones aunque tengan lugar en una iglesia, una sinagoga o una mezquita, asistir a sus mitines políticos y husmear sus correos electrónicos y chats bajo el pretexto de buscar terroristas. El nuevo FBI se convierte así en una especie de CIA interior, una agencia interna de seguridad y espionaje con poderes ilimitados para llamar a la puerta de cualquier persona que levante sospechas, aunque no haya nadie ni nada que la relacione con una trama terrorista.27

En esa misma línea, el 6 de junio de 2002, después de las revelaciones sobre los errores cometidos por el FBI y la CÍA antes del 11 de septiembre que impidieron evitar los trágicos atentados, el presidente Bush anunció la reforma más importante del sistema de seguridad norteamericano desde 1947, cuando el presidente Harry Truman creó el Pentágono, la CÍA y el Consejo Nacional de Seguridad. «Sabemos que miles de asesinos profesionales están conspirando contra nosotros para atacarnos —ha declarado George W. Bush— y esa tremenda constatación nos obliga a actuar de modo diferente. Estados Unidos, como líder del mundo civilizado, debe proseguir y hacer más eficaz su lucha titánica contra el terrorismo».28

Por consiguiente, el presidente ha decidido crear un superministerio contra el terrorismo, un nuevo departamento que reagrupará veintidós agencias y servicios, dispondrá de ciento setenta mil funcionarios y de un presupuesto de más de treinta y siete mil millones de euros...

Aunque los tribunales ordinarios de Estados Unidos son perfectamente competentes para juzgar a los extranjeros acusados de terrorismo,29 el 13 de noviembre de 2001 el presidente George W. Bush ya había creado tribunales militares con procedimientos especiales. Estos procesos secretos podrán celebrarse en navíos de guerra y bases militares;30 la sentencia será pronunciada por una comisión constituida por oficiales del ejército; no será necesaria la unanimidad para condenar a muerte al acusado; el veredicto será inapelable; las conversaciones del acusado con su abogado podrán ser escuchadas clandestinamente; el procedimiento judicial se mantendrá en secreto y los detalles del proceso no se harán públicos en décadas...

¿Recurrir a la tortura?

Responsables del Federal Bureau of Investigations (FBI) han llegado a proponer que se extradite a determinados acusados a países amigos con regímenes dictatoriales para que la policía autóctona pueda interrogarlos utilizando métodos «violentos, expeditivos y eficaces». El recurso a la violencia y a la tortura se ha reclamado abiertamente en las columnas de las grandes revistas.31 En la cadena CNN, el comentarista republicano Tucker Carlson fue muy explícito: «La tortura no está bien. Pero el terrorismo es peor. De modo que, en determinadas circunstancias, la tortura es un mal menor». Por su parte, Steve Chapman recordaba en el Chicago Tribune que un Estado democrático como Israel no duda en aplicar la tortura, «presiones físicas moderadas», al 85 % de los detenidos palestinos.32

En el programa estrella del canal CBS Sixty minutes, consagrado, el domingo 20 de enero de 2002, al tema «¿Está o no justificada la tortura a los talibanes detenidos?», se ofreció el testimonio del general francés Paul Aussaresses, que ha admitido haber utilizado la tortura contra los patriotas argelinos durante la guerra de Argelia (1954-1962), condenado por la justicia de su país por «complicidad en la apología de crímenes de guerra». CBS se justificó diciendo lo siguiente: «El general Aussaresses defiende un método [la tortura] para evitar la muerte de inocentes a manos de terroristas».

¡Matadlos a todos!

Tras revocar una decisión de 1974 que prohibía a la CIA asesinar a dirigentes extranjeros, el presidente Bush dio carta blanca a la agencia para llevar a cabo todas las operaciones secretas necesarias para la eliminación física de los jefes de al-Qaida. Olvidando las recomendaciones de las convenciones de Ginebra, la guerra de Afganistán se desarrolló con ese mismo espíritu: ejecutar a los miembros de al-Qaida incluso si se rendían. El secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, se mostró inflexible y rechazó toda posibilidad de solución negociada y rendición. «No queremos que se escape ningún terrorista de al-Qaida —declaró Rumsfeld—. Queremos impedir que se reconstituya la red en otro lugar del mundo. Limpiaremos las grutas de Tora Bora una por una si es necesario.» A continuación, hizo un claro llamamiento al asesinato de todos los prisioneros árabes y no afganos que luchaban al lado de los talibanes.33

Más de cuatrocientos de estos combatientes fueron exterminados a raíz del alzamiento de la fortaleza de Qalae-Jhangi y un número sin duda más elevado tras la toma de Tora Bora.

Todo indica que los norteamericanos sencillamente no quisieron dejar con vida a ninguno de los miembros de la secta terrorista al-Qaida. Ni siquiera cuando se rendían y se constituían prisioneros. En varias ocasiones, en Kandahar y en Tora Bora por ejemplo, los oficiales norteamericanos presentes sobre el terreno se mostraron inflexibles y se negaron a aceptar los pactos y acuerdos de rendición establecidos entre los miembros de al-Qaida y las fuerzas antitalibán aliadas. Exigieron que se prosiguiesen los combates hasta la liquidación total de los supervivientes. «¡Hay que matar a todos los combatientes de al-Qaida, y hay que matarlos ahora! Nada de aceptar que depongan las armas», exigieron miembros de la CÍA a los combatientes de la Alianza en el frente de Tora Bora.

Otro crimen también lo constituyó el uso indiscriminado, y prohibido por la Convención de Ottawa, de las bombas de fragmentación. Muy controvertidas, estas bombas (cluster bombs) son como muñecas rusas que contienen otras más pequeñas en su interior. Cada B-52 suelta una treintena de gruesas bombas (CBU-87), cada una de éstas desparrama más de doscientas pequeñas bombas (LU-97),y cada una de ellas, a su vez, libera trescientas granadas de color amarillo y grandes como una lata de cerveza. Por consiguiente, cada bomba de fragmentación disemina más de sesenta mil ingenios explosivos, y un único avión B-52 puede soltar, de una sola vez, ¡más de un millón ochocientas mil bombas! Y pensemos que estos aviones estuvieron bombardeando, en algunas zonas, sin descanso durante semanas enteras.

Cada bomba CBU-87 lo destruye todo, personas y material, en una superficie equivalente a una docena de campos de fútbol. Una media del 10% de las pequeñas bombas amarillas no estallan al tocar tierra. De manera que, disimuladas en la arena o en los matorrales, funcionan como minas antipersonal o antivehículo, y siguen sembrando la muerte entre los campesinos inocentes mucho después de haber sido lanzadas.

Para impedir el enjuiciamiento de militares estadounidenses por operaciones realizadas en el extranjero, Washington se niega a la ratificación del acuerdo que instituiría el Tribunal Penal Internacional (CPI). A tal efecto, el Senado ha aprobado, en primera lectura, la ley ASPA (American Servicemembers Protection Act), que permite a Estados Unidos tomar medidas extremas —que pueden llegar hasta la invasión militar de un país— para recuperar a cualquier ciudadano estadounidense amenazado con ser citado ante el futuro CPI.

Aprovechando la «guerra mundial contra el terrorismo», otros países —el Reino Unido, Alemania, Italia, España, Francia...— han reforzado igualmente sus legislaciones represivas.

Así pues, los defensores de los derechos públicos tienen motivos de sobra para inquietarse: el movimiento general de nuestras sociedades, que tendía hacia un respeto cada vez mayor por el individuo y sus libertades, se ha visto brutalmente atajado. Y todo indica que ha empezado la deriva hacia un Estado crecientemente policial...

En su informe anual sobre el estado de los derechos humanos en el mundo, presentado el 28 de mayo de 2002, Amnistía Internacional confirma esta deriva y denuncia que varios gobiernos aprovecharon ese horror y la ola de indignación que provocó para subirse al tren del «antiterrorismo» y utilizaron el brutal momento para «incrementar la represión, socavar la protección a los derechos humanos y reprimir la disidencia política».34
Un cambio geopolítico radical

Desde ese punto de vista, asistimos a un profundo cambio geopolítico que va a afectar a nuestras vidas irremediablemente. Todo empieza ese fatídico martes 11 de septiembre de 2001 con el descubrimiento de una nueva arma: un avión comercial, cargado de carburante y transformado en misil de destrucción y gigantesca bomba incendiaria. Ignorada hasta entonces, esta monstruosa arma nueva estalla por sorpresa ese día en Estados Unidos repetidas veces y en un breve lapso. La violencia del impacto es tal que consigue sacudir el mundo entero de forma efectiva.

Lo que cambia, para empezar, es la percepción misma del terrorismo. De inmediato, se habla de «hiperterrorismo»35 para subrayar que no volverá a ser como antes. Se ha rebasado un límite impensable, inconcebible. La desmesura de la agresión la convierte en un hecho sin precedentes. Hasta el punto de que nadie sabe cómo llamarla. ¿Atentado? ¿Ataque? ¿Acto de guerra? Los límites de la violencia extrema parecen haberse ampliado.Y ya no se puede dar marcha atrás. Todos sabemos que los crímenes del 11 de septiembre —inaugurales— se reproducirán.36 Quizá en otro sitio, y sin duda en circunstancias diferentes, pero se repetirán. La historia de los conflictos enseña que, cuando aparece un arma nueva, por horribles que sean sus efectos, siempre vuelve a utilizarse. Lo confirma el empleo de gases de combate después de 1918, o la destrucción de ciudades mediante bombardeos aéreos después de Guer-nica, en 1937. En definitiva, ése es el miedo que perpetúa, cincuenta años después de Hiroshima, la amenaza nuclear...
Golpear las conciencias

Al tiempo que una crueldad insólita, la agresión del 11 de septiembre revela en sus autores un altísimo nivel de complejidad. Querían golpear con fuerza, golpear en lo más vivo, pero sobre todo golpear las conciencias. Y pretendían producir al menos tres tipos de efectos: enormes daños materiales, un impacto simbólico y una gran conmoción mediática.

Los resultados son de sobra conocidos: destrucción de unas tres mil vidas humanas, de las dos torres del World Trade Center, de un ala del Pentágono y, si el cuarto avión no se hubiera estrellado en Pensilvania, probablemente también destrucción de la Casa Blanca. Pero es evidente que estos estragos no constituían el objetivo principal. De otro modo, los aviones se habrían lanzado, por ejemplo, contra presas, embalses o centrales nucleares y habrían provocado desastres apocalípticos y decenas de miles de muertos...37 El segundo objetivo pretendía impresionar la imaginación colectiva desacreditando, ofendiendo y humillando los signos fundamentales de la grandeza de Estados Unidos, los símbolos de su hegemonía imperial en materia económica (el World Trade Center), militar (el Pentágono) y política (la Casa Blanca).

El tercer objetivo, menos evidente que los dos anteriores, era de orden mediático. Mediante una especie de golpe de Estado televisivo, Osama Bin Laden, presunto cerebro de la agresión, pretendía ocupar las pantallas, imponerles —como un realizador diabólico— sus imágenes, las escenas de su obra de destrucción. De ese modo, y con grave perjuicio para la administración norteamericana,38 se hizo con el control de todas las pantallas de televisión de Estados Unidos (y, más allá, del mundo entero). Ello le permitió develar, demostrar, evidenciar la insólita vulnerabilidad de la primera hiperpotencia, exhibir en el interior de los hogares norteamericanos su propio poder maléfico y poner personalmente en escena la coreografía de su crimen.

Mesianismo mediático

Una muestra de narcisismo que completa la otra imagen dominante del comienzo de esta crisis: la del propio Bin Laden. Sobre fondo de una cueva afgana, el autorretrato de un hombre de mirada extrañamente dulce... De la noche a la mañana, esta imagen convirtió a un hombre prácticamente desconocido la víspera del 11 de septiembre en la persona más famosa del mundo.39

Desde que un dispositivo técnico global permite difundir imágenes en directo a la totalidad del planeta, se sabía que el mundo estaba maduro para la aparición de un «mesianismo mediático». El caso Diana [de Gales], en particular, demostró que los medios de comunicación, mucho más numerosos que antes, están más unificados y uniformizados que nunca.Y que este estado de cosas sería aprovechado tarde o temprano por alguna especie de profeta electrónico.40

Osama Bin Laden es el primero. La agresión del 11 de septiembre le permitió acceder a todas las pantallas del mundo y transmitir su mensaje planetario. Genio del mal o moderno doctor Ma-buse para muchos, pudo aparecer a los ojos de millones de personas, especialmente en el mundo árabe-musulmán, como un héroe. Y, más aún que como un héroe, como un mesías, «aquel que, elegido y enviado por Dios, viene a librar del mal a la humanidad»...
Y que, con ese fin y por paradójico que pueda parecer, no duda en inventar un terrorismo de un nuevo tipo. Resulta obvio que en adelante tendremos que hacer frente a un terrorismo global. Global en su organización, pero también en su alcance y sus objetivos. Y que no plantea reivindicaciones muy precisas. Ni la independencia de un territorio, ni concesiones políticas concretas, ni la instauración de un tipo particular de régimen. Esta nueva forma de terror se manifiesta como una especie de castigo o escarmiento contra un «comportamiento general», sin más precisiones, de Estados Unidos y, más ampliamente, de los países occidentales.

Tanto el presidente George W. Bush —que habló de «cruzada», para retractarse después— como Osama Bin Laden han descrito este enfrentamiento en términos de choque de civilizaciones, incluso de guerra de religión: «El mundo se ha escindido en dos campos —ha afirmado Bin Laden—, uno bajo la bandera de la cruz, como lo afirma el jefe de los infieles, Bush, y el otro bajo la bandera del islam».41

Atacado por primera vez dentro de sus fronteras,42 en el corazón de su propia metrópoli y de un modo particularmente cruento, Estados Unidos decidió reaccionar rompiendo la baraja de la política internacional. Temiendo, en un primer momento, una respuesta precipitada e impulsiva, el mundo contuvo el aliento. No obstante, bajo la influencia del secretario de Estado Colin Powell, que ha demostrado ser la personalidad más lúcida de la administración norteamericana,43 Estados Unidos consiguió mantener su sangre fría. Y supo sacar partido de la emoción internacional y la solidaridad expresada por casi todas las cancillerías (con la única excepción de Irak) para reforzar su hegemonía planetaria.
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