Nuevos miedos, nuevas amenazas




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Indiscutible supremacía

Desde la desaparición de la Unión Soviética en diciembre de 1991, se sabía que Estados Unidos se había convertido en hiperpotencia única. Pero, aquí y allí, algunos recalcitrantes —Rusia, China, Francia a su manera, etc.— se resistían a admitirlo. Los sucesos del 11 de septiembre barrieron todas las reticencias: Moscú, Pekín, París y muchas otras capitales reconocieron explícitamente la supremacía estadounidense. Numerosos dirigentes —y, el primero de todos, el presidente francés, Jacques Chirac— se apresuraron a presentarse en Washington, oficialmente para ofrecer sus condolencias, en realidad para rendir vasallaje incondicional. Todos comprendieron que había pasado el momento de las evasivas. «Quien no está con nosotros, está con los terroristas», había advertido el presidente Bush, antes de añadir que se acordaría de todos aquellos que en aquel momento particular hubieran permanecido pasivos.

Una vez constatado el acatamiento universal —que incluía los de la ONU, la OTAN y la Unión Europea—, Washington se comportó de manera soberana, es decir, sin tomar en consideración las recomendaciones o deseos de los países adictos. La coalición constituida obedeció a una geometría variable, en la que Washington escogió a su pareja en todo momento, le fijó unilateralmente la misión que debía cumplir y no le dejó ningún margen de maniobra. «La participación de Europa en esta guerra —constata un analista estadounidense— se hace sobre bases unilaterales que suponen la clara aceptación de una sola autoridad: el mando norteamericano.»44

Y no solo en el terreno militar. En el de la información —la «guerra invisible»—, más de cincuenta países pusieron igualmente sus servicios de inteligencia y de contraespionaje a las órdenes de la CÍA y del FBI. Gracias a ello fueron detenidos, en apenas unas semanas, más de trescientos sesenta sospechosos en todo el mundo, acusados de vinculación con la red al-Qaida de Osama Bin Laden.45

La supremacía de Estados Unidos era grande; ahora es aplastante. «A comienzos del año 2002, el mundo se encuentra en una situación sin precedentes en la historia de la humanidad —constata el politólogo estadounidense William Pfaff—. Una sola nación, Estados Unidos, goza de un poder militar y económico sin rival y puede imponerse prácticamente en cualquier sitio. Incluso sin recurrir a las armas nucleares, Estados Unidos podría destruir las fuerzas militares de cualquier otra nación del planeta. Si quisiera, Estados Unidos podría imponer una quiebra social y económica completa a cualquier otro país. Ninguna nación ha tenido nunca un poder semejante, ni una invulnerabilidad comparable.»46

A su lado, las otras potencias occidentales (Francia, Alemania, Japón, Italia, Canadá y el Reino Unido) son figuras liliputienses. La prueba más espectacular del impresionante poder de intimidación que ejerce Estados Unidos se nos ofreció el día siguiente al 11 de septiembre.

La estrategia de Bin Laden

Al hacer asesinar al comandante Massud, jefe militar de la Alianza del Norte afgana, el 9 de septiembre, Osama Bin Laden creyó haber eliminado una de las bazas decisivas de las que podría haberse servido Washington tras los atentados. Estados Unidos, se dijo, no podría seguir apoyándose en la Alianza del Norte. Si persistía en hacerlo para derrocar el régimen de los talibanes, protectores de al-Qaida, se encontraría enfrente a Pakistán, una potencia militar temible, con ciento cincuenta millones de habitantes y en posesión de armamento nuclear. Islamabad no aceptaría jamás, pensaba Bin Laden, el desmantelamiento del régimen de los talibanes, que había permitido a Pakistán hacer realidad una ambición ancestral: controlar al fin Afganistán y reducirlo, de hecho, al rango de protectorado.

Más al norte, Rusia, tensa con Washington debido a su grave desacuerdo con el proyecto de escudo antimisiles acariciado por el presidente Bush, tampoco colaboraría con los estadounidenses, ni les ofrecería ninguna intermediación ante sus estrechos aliados de Asia Central, Uzbekistán y Tayikistán.

Según este razonamiento, de sentido común, después del 11 de septiembre Estados Unidos habría tenido que resignarse a bombardear Afganistán desde muy lejos, con misiles de crucero Tomahawk, como tuvo que hacer William Clinton en 1998 tras los atentados contra las embajadas estadounidenses de Nairobi y Dar-es-Salam. Una respuesta sin duda espectacular pero sin consecuencias reales...

Como ha demostrado el desarrollo de los acontecimientos, Osama Bin Laden se equivocaba. En menos de veinticuatro horas, puestos en la ineludible disyuntiva de ayudar a Estados Unidos o asumir considerables riesgos en ámbitos estratégicos tan prioritarios como Cachemira, la rivalidad con la India y la posesión de armamento nuclear, el alto mando paquistaní y el presidente general Pervez Musharraf no lo dudaron un segundo. Optaron, como es bien sabido, por sacrificar Afganistán.

En cuanto a Rusia, tampoco vaciló un instante. El 11 de septiembre, Vladimir Putin fue el primero en ponerse en contacto con Bush para expresarle su solidaridad. Ésta fue tan lejos en Asia central que la jerarquía del ejército estadounidense no pudo por menos de conmoverse. La recompensa de Washington ha sido doble: silencio norteamericano sobre las atrocidades cometidas por el ejército ruso en su lucha «contra el terrorismo» en Chechenia; y aceptación de que Rusia se integre, de hecho, en la OTAN.47

Aterradora advertencia

La nueva actitud de Moscú significa claramente que ya no hay ninguna posibilidad de que se constituya una coalición militar capaz de actuar como contrapeso al poderío de Estados Unidos. Hoy por hoy su predominio militar es absoluto. Desde ese punto de vista, el «castigo» que infligió a Afganistán desde el 7 de octubre, bombardeándolo día y noche durante varios meses, representa una aterradora advertencia a todos los países del mundo. Quien esté contra Estados Unidos se encontrará solo frente a ellos, sin ningún aliado y expuesto a que lo bombardeen hasta devolverlo a la Edad de Piedra. La lista de próximos «blancos» potenciales se anuncia públicamente en los periódicos norteamericanos: Somalia, Yemen, Sudán, Irak, Irán, Siria, Corea del Norte... Y el presidente Bush, en su discurso sobre el estado de la nación, el 29 de enero de 2002, con la apelación «eje del mal» ha designado explícitamente tres próximas dianas: Corea del Norte, Irán y sobre todo Irak.

Otra lección posterior al 11 de septiembre es que la globalización continúa y se afianza como la principal característica del mundo contemporáneo. No obstante, la crisis actual ha revelado su vulnerabilidad. Por ese motivo, Estados Unidos sostiene que es urgente constituir lo que se podría llamar el aparato de seguridad de la globalización. Con la adhesión de Rusia, la entrada de China en la OMC y el pretexto de la lucha mundial contra el terrorismo, que permite recortar las libertades y el perímetro de la democracia en todas partes,48 en la actualidad parecen darse todas las condiciones para que este dispositivo global de seguridad se ultime. Sea bajo los auspicios de la nueva OTAN o, más probablemente, bajo el control directo de las fuerzas armadas estadounidenses. Que ya están actuando directamente, con el argumento de «combatir el terrorismo», en frentes tan dispersos como Filipinas, Afganistán, Pakistán, Georgia,Yemen, Somalia y Colombia.

Se abre paso la idea de que hemos entrado en un nuevo período de la historia contemporánea en el que, de nuevo, es posible dar soluciones militares a problemas políticos.

A causa de la globalización…

También se escuchan voces que hacen responsable parcial de los hechos del 11 de septiembre a la globalización liberal, porque ha agravado las injusticias, las desigualdades y la pobreza a escala planetaria.49 Y porque, en consecuencia, ha agudizado la desesperación y el rencor de millones de personas dispuestas a rebelarse, de personas decididas, en el mundo árabe-musulmán, a apoyar a los grupos islámicos más radicales, incluido al-Qaida, que apelan a la violencia más extrema.

Debilitando los estados, devaluando la política y desmantelando las principales reglamentaciones, la globalización ha favorecido el desarrollo de organizaciones de estructura flexible, no jerárquica, no vertical, reticular. Tanto las empresas globales como las ONG, por ejemplo, han aprovechado este nuevo statu quo y se han multiplicado.

Pero, en esas mismas condiciones, han proliferado también organizaciones parásitas, aprovechando de forma caótica espacios degradados por la globalización: mafias, organizaciones delictivas, redes criminales de todo tipo, sectas y grupos terroristas.50

Desde este punto de vista, la red-secta al-Qaida es una organización perfectamente adaptada a la era de la globalización, con sus ramificaciones multinacionales, sus redes financieras, sus conexiones mediáticas y comunicacionales, sus recursos económicos, sus fuentes de aprovisionamiento, sus centros de enseñanza y de formación, sus organizaciones humanitarias, sus órganos de propaganda, sus filiales y subfiliales...

A la manera de Bin Laden y de al-Qaida, determinadas empresas globales se apropiarán de un Estado hueco, vacío, desestructurado, presa del desorden endémico y del caos, para utilizarlo a su capricho. También desde este punto de vista Osama Bin Laden habrá sido en cierto modo un terrorífico precursor.

¿Hacia el individuo-estado?

A lo largo de la historia, el mundo ha conocido ciudades-Estado (Atenas, Esparta,Venecia, Hong-Kong, Singapur...), regiones-Estado (en la época feudal, pero también en la contemporánea, con las descentralizaciones, las autonomías y el neofederalismo), partidos-Estado (el partido fascista en la Italia de Mussolini, el nacionalsocialista en la Alemania de Hitler o el comunista en la Unión Soviética de Stalin) y naciones-Estado (en los siglos XIX y XX).

Pero, con la globalización, estamos asistiendo a la aparición de la red-Estado e incluso del individuo-Estado, del que Osama Bin Laden es el primer ejemplo evidente. Aunque, por el momento, este último siga necesitando —como el cangrejo ermitaño necesita una concha vacía— un «Estado vacío» (Somalia, Afganistán) para apropiárselo y ponerlo al servicio total de sus ambiciones.

La mundialización favorece este fenómeno, como probablemente favorecerá mañana la aparición de empresas-Estado.

Oriente Próximo. La nueva guerra de los Cien Años


En septiembre de 2002, un año después de los trágicos atentados del 11 de septiembre del 2001, acabada la aplastante ofensiva de Estados Unidos en Afganistán contra el régimen de los talibanes y contra la red al-Qaida de Osama Bin Laden, la «guerra de los cien años» que enfrenta a israelíes y palestinos sigue haciendo estragos en Oriente Próximo. La guerra entre Israel y Palestina resulta inextricable y, para muchos, es el «agujero negro» de la política internacional.

La «segunda Intifada» y su represión ya habían sobrepasado, en febrero de 2002, la barrera del millar de muertos (más de doscientos sesenta israelíes y alrededor de novecientos quince palestinos). Sin contar la decena de millares de heridos en ambos campos, inválidos de por vida en muchos casos.

En circunstancias dramáticas y mientras siguen corriendo ríos de sangre, ¿cómo no recordar las palabras pronunciadas por Isaac Rabin, antes de caer a su vez bajo las balas de un judío fanático: «Nosotros, los soldados que hemos vuelto del combate manchados de sangre, nosotros, que hemos luchado contra vosotros, palestinos, os decimos hoy con voz fuerte y clara: "Basta de sangre y basta de lágrimas. ¡Basta!"»?

Sin embargo, en los siete años transcurridos, ¡cuánta sangre y cuántas lágrimas se han seguido vertiendo sobre las martirizadas tierras de Israel y Palestina! La provocación del general Ariel Sharon al presentarse el 28 de septiembre de 2000, protegido por decenas de policías, en la Explanada de las Mezquitas (el monte del Templo para los judíos) puso en marcha un nuevo engranaje trágico: protestas de civiles palestinos, brutalidad desproporcionada de la represión,51 niños y adolescentes palestinos abatidos por las balas, horrible linchamiento de dos militares israelíes, represalias contra los árabes israelíes, atentados suicidas en las calles de las ciudades israelíes, reocupación militar de las ciudades autónomas palestinas, provocaciones de colonos extremistas, nuevos y odiosos atentados contra civiles israelíes, etc. La espiral de violencia parecía no tener fin.

El choque planetario del 11 de septiembre de 2001 no interrumpió el ciclo de venganzas y represalias. Antes bien, parece haberlo relanzado e intensificado, sobre todo después de la operación «Muro de contención» lanzada en marzo y abril de 2002 por el ejército israelí, después de unos atentados palestinos especialmente crueles, y que se caracterizó, en particular, por la destrucción de una parte de la ciudad cisjordana de Yenin.52

Barbarie cotidiana. Regresión política hacia un conflicto étnico-religioso como los de Bosnia, Kosovo o Chechenia. Con llamadas, entre los fanáticos de ambos campos, a la «limpieza étnica» o a la «segregación de las poblaciones».53 Retorno a la desesperación de los civiles palestinos, cuyas condiciones de vida se han vuelto infernales debido a los sucesivos bloqueos de las ciudades.54 Y retorno de la inquietud y el miedo en el seno de la sociedad israelí, que, traumatizada y martirizada, sigue siendo no obstante mayoritariamente partidaria de un acuerdo de paz.55

¡Qué trágica decepción para quienes creyeron ver el fin de un siglo de enfrentamientos en los acuerdos de Oslo de 1993!

Reveses

El asesinato de Isaac Rabin fue el primer revés importante al proyecto de paz. Después, en 1996, la apretada elección de Benjamín Netanyahu por una población en estado de shock tras una serie de incalificables atentados islamistas, supuso su ruina definitiva. Como primer ministro, Netanyahu bloqueó las negociaciones, saboteó los acuerdos de Oslo, violó las resoluciones de la ONU y, mediante una política de bloqueos y fomento de la colonización, agravó la situación material de los palestinos hasta límites insoportables y, en no pocos casos, los empujó a los brazos de organizaciones armadas, hostiles a su vez a los acuerdos de Oslo y partidarias del terrorismo.

En Gaza, por ejemplo, un millón de palestinos viven hacinados en condiciones de miseria indescriptibles, mientras que unos seis mil colonos judíos extremistas, protegidos por soldados armados hasta los dientes, ocupan un tercio del territorio, constituido por las tierras mejor regadas... En la Jerusalén árabe, despreciando el derecho internacional, Netanyahu promovió la implantación de poblaciones judías venidas en muchos casos de ultramar. En lo tocante a los palestinos, practicó una política de humillación y represión, y no vaciló en recurrir a la tortura, lo que le valió la condena de la ONU y la denuncia de la organización israelí de defensa de los derechos humanos Betselem. El periódico Haaretz no dudó entonces en presentar a Israel como «el único Estado del mundo en legitimar jurídicamente la tortura, de forma completamente oficial».56


Israel, un proyecto moral

Huelga decir que esta actitud colonial y represiva de las autoridades repugna a numerosos ciudadanos israelí es. Porque este singular Estado no se parece a ningún otro. Ciertamente, es el fruto de las tesis sionistas formuladas en 1896 por Theodor Herlz. No obstante, según el historiador israelí Zeev Sternhell, en el fondo el sionismo no sería otra cosa que «una variante clásica de ese nacionalismo cerrado que apareció en Europa en las postrimerías del siglo ... No tiene el menor inconveniente en negar a otros los mismos derechos elementales que exige para sí con absoluto aplomo».

El Estado de Israel surge también, indiscutiblemente, del antisemitismo europeo, de los pogromos rusos y del genocidio nazi. Constituye el puerto y el refugio al que se han acogido millones de perseguidos y discriminados en busca de un espacio de paz y libertad.57 Así pues, para todos ellos, y en particular para los supervivientes de los campos de exterminio, Israel no es solamente un proyecto nacional, sino también un proyecto moral.

Un proyecto moral traicionado, como deben admitir incluso quienes se obstinan en cerrar los ojos ante los terribles abusos de las autoridades israelí es. Los llamados «nuevos historiadores» israelíes supieron, pruebas irrefutables en mano, poner en tela de juicio la leyenda de la inocencia de su Estado.58
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