Nuevos miedos, nuevas amenazas




descargar 0.66 Mb.
títuloNuevos miedos, nuevas amenazas
página8/19
fecha de publicación07.03.2016
tamaño0.66 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   19

Discriminaciones y represalias

Documentos escalofriantes han revelado la realidad de las matanzas cometidas en 1948 por soldados israelíes con el fin de aterrorizar a los palestinos y hacerlos huir. Los que se quedaron en Israel son hoy más de un millón (del que un 15% profesa el cristianismo), es decir, la sexta parte de la población del país. Menos sometidos a la discriminación que antaño (permanecieron sujetos a la autoridad militar hasta 1966), siguen siendo ciudadanos de segunda categoría, a pesar de lo prometido por la declaración de independencia, leída por David Ben Gurión el 14 de mayo de 1948: «El Estado de Israel garantizará la igualdad social y política más completa a todos sus habitantes, sin distinción de credo religioso, raza o sexo».

Este compromiso no se ha llevado a la práctica jamás. Y los derechos de los ciudadanos árabes israelíes no se han respetado nunca, como demostraron trágicamente las represalias racistas de Galilea a comienzos de octubre de 2000. Por haber protestado contra la represión en Cisjordania y Gaza, los árabes israelíes fueron víctimas, en Nazaret y otros lugares, tanto de los disparos con balas reales de los militares, que causaron trece muertes, como de auténticos pogromos organizados por esbirros del Likud y de los partidos de extrema derecha.

Sin embargo, la noche de su elección triunfal en mayo de 1999, el primer ministro laborista Ehud Barak había prometido retomar el sendero de la paz. ¿No se había atrevido a declarar, en abril de 1998, para gran escándalo de la derecha: «Si yo fuera un joven palestino, también elegiría la violencia»?

Retirada del Sur del Líbano

Y, efectivamente, Barak tomó la decisión de poner fin a la ocupación militar del sur del Líbano. En esa franja territorial, la precipitada retirada del ejército israelí y el poco glorioso abandono de la milicia del Ejército del Sur del Líbano (ESL) fueron interpretadas por Hizbullah (la milicia islamista shií apoyada por Irán) y por parte de la opinión pública árabe como una gran victoria militar sobre Israel, la primera en medio siglo de enfrentamientos israelo-árabes.

Por un instante, pareció incluso que la esperanza de ver el fin de las negociaciones de paz se alejaba.Y que la región se disponía a entrar en un nuevo ciclo de inestabilidad y tensiones. Las cosas, como siempre en esa zona, podían empeorar.

Pero las apariencias eran engañosas. Oriente Próximo estaba ávido de paz. En Israel, la opinión pública la exigía en voz alta y clara.Y en la mayor parte de los países árabes el realismo se imponía, al tiempo que sonaba la hora del relevo de los jefes. En Jordania y en Siria una nueva generación ha tomado las riendas del Estado. En Arabia Saudí, en Egipto y en el seno de la Autoridad Palestina, la cuestión sucesoria sigue siendo crucial. Y ningún viejo dirigente quiere dejarle la guerra en herencia a su delfín.


Reformas en Irán

Por su parte, en Irán, país protector del Hizbullah libanes, los partidarios de las reformas no han dejado de ganar terreno. Si la solidaridad hacia los palestinos sigue siendo una «causa nacional», la forma que, según los reformistas, puede tomar esa solidaridad no pasa necesariamente por el apoyo exclusivo a la lucha armada y al terrorismo contra Israel.

En efecto, un viento de libertad sopla sobre Irán desde la aplastante victoria del Frente de la Participación en las elecciones legislativas del 8 de febrero de 2000. La mayoría de los escaños del Parlamento fue a parar a manos de los amigos reformistas del presidente Mohammed Jatamí. Tras los triunfos en las elecciones presidenciales (mayo de 1997) y municipales (marzo de 1999), este maremoto confirmó la intensidad de la demanda de cambios expresada por la sociedad iraní, veintitrés años después de la revolución islámica.

Los acontecimientos que se suceden en ese país, tres veces mayor que España y poblado por sesenta y seis millones de personas, tienen una importancia planetaria y conciernen directamente al conjunto del mundo musulmán, esa inmensa media luna que va de Marruecos a Indonesia y de Kosovo a Nigeria, y engloba a más de mil millones de seres humanos.

Islamismo político

Alimentadas de igualitarismo, tercermundismo, antisionismo y antiamericanismo, las ideas del islam iraní se extendieron por todo el mundo musulmán a partir de 1979. En todos los países, y particularmente en los medios más desfavorecidos, Teherán intentó establecer redes para favorecer la conquista del poder por los integristas islámicos. Irán aspiraba así a convertirse en jefe de fila de un islam político combativo, opuesto al tradicionalismo de Arabia Saudí. El proyecto salió fallido. Y hoy, en el plano interior, el régimen revolucionario se halla inmerso en plena confusión. Vilipendiado por la corrupción generalizada, denigrado'por las dimensiones del desastre económico, desgarrado por graves enfrentamientos internos, desacreditado por sus excesos en la represión y censurado por su conformismo reaccionario en materia de costumbres. Sus tres grandes éxitos son de orden social (la revolución benefició a los desheredados), educacional (campañas de alfabetización, generalización de la enseñanza gratuita, más de dos millones de estudiantes —en su mayoría, mujeres— en la enseñanza superior) y democrático (las elecciones de mayo de 1997, marzo de 1999 y febrero de 2000 se desarrollaron con total transparencia).

Paradójicamente, estos tres logros agravan el descrédito del régimen. Profundamente transformadas, educadas y politizadas, las generaciones jóvenes son las primeras en expresar sus frustraciones. Una vez más, se confirma el célebre axioma de Alexis de Tocqueville: «Las grandes revoluciones que triunfan hacen desaparecer las causas que las produjeron, y en consecuencia su mismo éxito las vuelve incomprensibles para las nuevas generaciones».59

Las mujeres, los jóvenes, los intelectuales, el campo reformista en su totalidad exige una revolución dentro de la revolución. A su manera, el presidente Mohammed Jatamí recuerda al Mijail Gorbachov que, a la cabeza de la Unión Soviética, reclamaba para el régimen surgido de la Revolución de 1917 transparencia (glasnost) y reestructuración (perestroika).

No obstante, los partidarios de Jatamí no reniegan de los acontecimientos de 1979, ni mucho menos sueñan con la restauración. Si dicen «no» al régimen de los mullahs, es porque se oponen al secuestro de la revolución por un clero shií incapaz de dar un nuevo impulso al país.

El fin de una teocracia

El replanteamiento del carácter teocrático de la república islámica constituye el eje del debate entre conservadores y reformistas.60 E interesa al conjunto del mundo musulmán. Los segundos sostienen que la institución del velayat faguih (literalmente, «el magisterio del guía religioso»), que establece la autoridad de un «guía supremo» no elegido (actualmente el ayatollah Ali Jamenei) por encima de la del presidente de la república designado por las urnas, no tiene legitimidad divina. Es la posición no sólo de los laicos, sino también de numerosas personalidades religiosas de primer orden que, conscientes de que las mezquitas se vacían y el clero se desprestigia por momentos, temen ver sufrir al propio islam las consecuencias de la impopularidad del régimen.

En consecuencia, los reformistas hacen campaña por el fin del poder omnímodo del dogma religioso, el establecimiento de un Estado de derecho, el multipartidismo, la libertad de opinión, el derecho de los intelectuales y los creadores a la crítica y la ampliación del acceso de las mujeres a puestos de responsabilidad. Pueden expresarse, no sin riesgos, en los centenares de nuevos periódicos y revistas que dan fe de una efervescencia intelectual y una creatividad formidables. En materia económica, los proyectos son más vagos, por más que la situación resulta alarmante, con un 20% de paro, más del 50% de la población por debajo del umbral de la pobreza y una deuda exterior que supera los veintidós mil millones de dólares. Si hay partidarios de preservar un sector público fuerte, en particular en los hidrocarburos, otros propugnan la privatización de todas las empresas nacionalizadas e incluso la liquidación de los monopolios del Estado en los transportes, las telecomunicaciones, la energía... El campo reformista, unido contra los conservadores, se muestra dividido ante cuestiones esenciales.

Así pues, las espadas siguen en alto. Los conservadores, con el guía supremo Ali Jamenei a la cabeza, siguen controlando el poder judicial, los grandes medios de comunicación (radio y televisión), el poder económico y la policía, las fuerzas armadas y las milicias paramilitares.

No puede excluirse que se produzca un enfrentamiento entre ambos campos. Jatamí y sus amigos modernizadores deberán recordar esto: la experiencia enseña que el momento más peligroso para un gobierno que sale de un largo período de conservadurismo suele ser aquel precisamente en que empieza a realizar reformas.

Por otra parte, los atentados del 11 de septiembre y la guerra de Afganistán facilitaron la reinserción de la diplomacia de Teherán en el concierto internacional. Contrario, desde siempre, al régimen de los talibanes y protector de la minoría hazara (shií) de Afganistán, Irán es, de hecho, uno de los beneficiarios de la nueva situación creada tras el derrocamiento de los talibanes, lo que, objetivamente, favoreció cierto acercamiento de Teherán y Washington. Acercamiento que se vio brutalmente interrumpido el 29 de enero de 2002, cuando, en su discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente Bush señaló de manera sorprendente a Irán, junto con Irak y Corea del Norte, como uno de los países miembros del «eje del Mal».

Este contexto transformado, si bien no implica una rebaja del compromiso iraní a favor de la creación de un Estado palestino, debería conducir a Teherán a privilegiar, en la persecución de tal fin, la acción diplomática en detrimento del apoyo exclusivo a Hizbullah y otras organizaciones partidarias de la violencia y el terrorismo contra Israel.

Negociar con Siria

¿Por qué, tras pensárselo durante veintidós años, el gobierno de Israel decidió de pronto aplicar la resolución 425 de las Naciones Unidas, que lo exhortaba a retirar sus tropas del sur del Líbano? Primero, porque, tras su triunfal elección en mayo de 1999, el primer ministro Ehud Barak había prometido poner fin a una ocupación muy impopular en Israel. Después, porque, desde un punto de vista estrictamente militar, dicha ocupación no garantizaba en absoluto la seguridad de Israel y de su población. Por último y sobre todo, porque la retirada de tropas permitiría relanzar las negociaciones con Siria.

Éstas constituían la prioridad de Ehud Barak tras su elección. Estaba dispuesto a devolver a Damasco lo fundamental de los altos del Golán, oferta formulada ya por sus antecesores que confirmaba su deseo de avanzar hacia un acuerdo con Siria. Pero, como es bien sabido, el compromiso se estrelló contra la voluntad del antiguo presidente Hafez al-Assad de obtener —por lo demás, de acuerdo con la resolución 242 del Consejo de Seguridad— el regreso a las líneas de alto el fuego del 4 de junio de 1967 y, en consecuencia, el acceso de Siria a la ribera oriental del lago Tiberíades.

Al retirarse del sur del Líbano sin haber llegado a un acuerdo con Damasco, Barak perseguía tres objetivos. Daba otra prueba de su deseo de paz a la comunidad internacional. Privaba a Damasco del prestigioso papel político de protector de Hizbullah, aliado de Irán, cuyos golpes a las tropas de Israel eran celebrados en todo el mundo árabe musulmán. Y, por último, ponía en evidencia la «otra ocupación» del país del Cedro, la de Siria, que mantiene treinta y cinco mil soldados en el Líbano. De golpe, obligaba a los sirios a reflexionar: si permitían que Hizbullah actuara en el interior de Israel, se exponían a sufrir las consecuencias.

Sin embargo, Damasco difícilmente podía permitírselo. El estado de deterioro del país era considerable. Cualquier crisis importante habría podido perturbar gravemente el proyecto fundamental del presidente Assad: transmitir el poder a su hijo.

En contrapartida, un acuerdo con Israel habría tenido numerosas ventajas para Siria, que habría recuperado los altos del Golán, preservado sus intereses estratégicos en el Líbano y accedido a créditos occidentales. Así pues, de uno y otro lado, todo empujaba a un compromiso.


La ocasión perdida

En cuanto a las relaciones Israel-Palestina, a pesar de los sangrientos enfrentamientos de mayo de 2000, diversos signos indicaban que, siete años después de los acuerdos de Oslo, estábamos en vísperas de un compromiso histórico. Y, además, sobre los tres contenciosos fundamentales: territorios, Jerusalén y refugiados.

Las negociaciones secretas celebradas en Estocolmo desde principios de mayo entre Shlomo Ben Ami, por aquel entonces ministro israelí de la Seguridad Interior, y Ahmed Qorei (Abu Allah), presidente del Consejo legislativo palestino, reservaban considerables sorpresas a ambas partes. Israel habría cedido entre el 90 y el 92% de Cisjordania (y no entre el 60 y el 75%, como se presumía), excluida la región de Jerusalén. Así pues, los palestinos debían abandonar los territorios donde residía aproximadamente el 80 % de los colonos judíos.

En lo referente a Jerusalén, los palestinos habrían podido instalar su capital en Abu Dis, un barrio de la ciudad santa recientemente devuelto por Israel que habría pasado a denominarse al-Quds, nombre árabe de la ciudad, y se mantendría comunicado con los lugares santos musulmanes por un pasillo bajo control palestino. Jerusalén Este, donde viven doscientos mil palestinos, habría permanecido bajo soberanía israelí, pero bajo administración municipal palestina.

Por último, en lo relativo al delicado problema de los refugiados (cerca de cuatro millones de palestinos), Israel habría permitido el regreso simbólico de unas decenas de personas e indemnizado al resto. Fue este punto, y especialmente la apelación de los palestinos al principio del «derecho al regreso» propugnado por la resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 11 de diciembre de 1948, el que acabó convirtiéndose en el principal escollo. Y se planteó la posibilidad de «remitir» el asunto a futuras negociaciones entre el Estado palestino y el Estado de Israel.

La paz al alcance de la mano

Tras su valiente decisión de poner fin a la ocupación del sur del Líbano y su intención, no menos valiente, de devolver el Golán a Siria a cambio de la paz, Ehud Barak parecía resuelto a terminar con las injusticias cometidas con los palestinos. Todo hacía pensar que la paz estaba al alcance de la mano y que el compromiso en torno a los principales asuntos en litigio —restitución de territorios, Jerusalén Este y refugiados— no tardaría en alcanzarse.61

Éste implicaba forzosamente — para ambas partes, pero sobre todo para los palestinos— una serie de concesiones, que los extremistas de uno y otro campo se apresuraron a calificar de «inaceptables», cuando no de «sacrílegas». Con todo, y a pesar de sus imperfecciones, el proyecto de acuerdo parecía lo bastante sólido como para relanzar al fin, siete años después de Oslo, una auténtica dinámica de paz. Erradicando la violencia de la región, esta dinámica garantizaría la legítima aspiración israelí a la seguridad, reconocería el derecho no menos legítimo de los palestinos a vivir en un Estado soberano y permitiría así a Oriente Próximo en su totalidad consagrarse a lo esencial: el desarrollo democrático, económico y social.

Después de haber estado tan cerca de la paz, ¿cómo es posible que, a comienzos de este siglo xxi, israelíes y palestinos se hallen inmersos en esta guerra infernal? Nuevas revelaciones sobre las negociaciones secretas celebradas en julio de 2000 en Camp David (Estados Unidos) nos han permitido constatar que los palestinos, indignados por las constantes violaciones perpetradas por las autoridades israelíes, no estaban dispuestos a hacer sustanciales concesiones suplementarias. Es cierto que, al reconocer a Israel el 15 de noviembre de 1988, su Consejo Nacional había aceptado que el Estado judío ocupara el 78% de la Palestina mandataria, contentándose con el 22% restante para el Estado palestino. En tales condiciones, ¿cómo conceder además el 10% de Cisjordania, porcentaje que al parecer no incluía ni la región de Jerusalén ni el valle del Jordán, sobre los que Barak pretendía mantener la soberanía israelí?

Con el agravante de que, según el mapa esbozado por la delegación israelí, los «bloques de colonias» anexionados por Israel habrían seccionado la orilla occidental del Jordán en tres zonas discontinuas. Sin embargo, la resolución 242 de las Naciones Unidas, adoptada por el Consejo de Seguridad en 1967, ¿no exige la retirada de Israel de los territorios ocupados? Y el acuerdo de Oslo, ¿no está fundado sobre la entrega de tierras a cambio de paz?

Pero los palestinos tampoco estaban dispuestos a ceder en lo relativo a Jerusalén Este, que tenían intención de convertir en su capital. Consideraban que el derecho internacional estaba de su parte, puesto que la resolución 242 de las Naciones Unidas intima a Israel a retirarse a sus fronteras anteriores a la guerra de 1967. No obstante, como muestra de buena voluntad, aceptaron ceder a Israel la plena soberanía sobre el Muro de las Lamentaciones, así como —concesión fundamental— sobre los barrios judíos de la ciudad vieja.

Sintiéndose depositario de los deseos de una parte de su pueblo, para la que Jerusalén reunificado debe seguir siendo la «capital eterna» de Israel, Ehud Barak no podía plegarse a reconocer la soberanía palestina sobre la parte oriental de la ciudad. Considerándose a su vez investido por el conjunto de los fieles y de los estados musulmanes del deber de mantener los lugares santos del islam bajo salvaguarda árabe, Yasser Arafat tampoco podía dar su brazo a torcer.

Este doble impasse, sobre una cuestión ciertamente política, pero con un fuerte componente religioso, estaba destinado a frustrar las negociaciones. Las últimas propuestas de Barak, que a finales de septiembre de 2000 ofreció aceptar que, bajo el nombre de al-Quds, la capital palestina se instalara a menos de dos kilómetros de la Explanada de las Mezquitas, que continuaría bajo tutela (pero no bajo soberanía) palestina, no bastaron para detener el engranaje de la violencia, que la llegada al poder del general Ariel Sharon no hizo más que agravar.
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   19

similar:

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconPreguntas y respuestas. Fuente wikipedia
«progenitores». Los «individuos» permanentemente se fusionan y regulan su reproducción. Generan nuevas poblaciones que se convierten...

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconHistoria de una necesidad
«El verdadero descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en poseer nuevos ojos»

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconGraves amenazas sobre la biodiversidad latinoamericana

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconEntre muchas amenazas posibles y reales que acechan al ser humano del siglo XXI, alarma

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconResumen La vulnerabilidad a las amenazas socionaturales en Venezuela...

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconI. problemas medio ambientales: riesgos naturales y amenazas del...

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconNuevos codices compatia, A. C

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconNuevos Sorgos gentos

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconRecursos Nuevos tipos de luces

Nuevos miedos, nuevas amenazas iconNuevos retos en vih/sida




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com