Nuevos miedos, nuevas amenazas




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¿Derecho al retorno?

Otra cuestión candente: el destino de los refugiados de 1948 —cuyo éxodo forzoso reconstruyeron los «nuevos historiadores» israelíes— y 1967. El derecho internacional asistía a los palestinos también a este respecto: el 11 de diciembre de 1948, la resolución 194 de la Asamblea General de las Naciones Unidas establecía su derecho al retorno, que reconoció el propio Estado de Israel. En efecto, el 12 de mayo de 1949, en el marco de la conferencia de Lausana, Israel firmó con sus vecinos árabes un protocolo que asumía tanto el plan de reparto de 1947 como la resolución 194. Pero ese mismo 12 de mayo de 1949, la entrada en la ONU del Estado judío convertía en papel mojado lo acordado en Lausana. Walter Eytan, codirector general del ministerio israelí de Asuntos Exteriores, reconocerá lo siguiente: «Mi principal objetivo era empezar a socavar el protocolo del 12 de mayo, que nos habíamos visto obligados a firmar en el marco de nuestra lucha para ser admitidos en las Naciones Unidas».62

Cincuenta y dos años después, el Estado de Israel ha «olvidado» este episodio: a sus ojos, el retorno de los refugiados constituye una amenaza para su carácter judío, incluso para su misma existencia. En consecuencia, no cabía esperar que, en Camp David, el primer ministro Ehud Barak diera algún paso en dirección a Yasser Arafat.

No obstante, la honestidad intelectual obliga a reconocer que, en este contencioso como en los demás, la Autoridad Palestina tiene su parte de responsabilidad. No supo exponer claramente ni sus propuestas ni sus objeciones a las de la delegación israelí ni antes ni durante, ni después de la cumbre de Camp David. Ciertamente, los dirigentes y los medios de comunicación israelies instrumentalizaron el derecho al retorno.

Incluso un gran escritor israelí y veterano del «campo de la paz» como Amos Oz ha llegado a escribir que el reconocimiento de ese derecho «equivale a abolir el derecho a la autodeterminación del pueblo judío. Convertirá al pueblo judío en una minoría étnica a merced de los árabes, en una "minoría protegida", como querrían los integristas musulmanes. El reconocimiento del "derecho al retorno" lleva aparejada la aniquilación de Israel ... En lugar de "dos estados para dos naciones", lo que a fin de cuentas habrá sobre esta tierra será dos estados árabes».63 Pero ¿habría sido igual de eficaz este espantajo si, siguiendo el ejemplo de Leila Shahid, delegada general de Palestina en Francia, el líder palestino hubiera dicho públicamente —como sus negociadores a puerta cerrada—: «Es evidente que nadie desea modificar el carácter judío del Estado israelí ... Es evidente que el derecho al retorno no podrá aplicarse a todos los refugiados. En consecuencia, habrá que negociar su aplicación; pero no es menos evidente que el derecho debe ser reconocido»?64
El compromiso de Taba

No obstante, estos desaciertos no bastan para justificar el juicio de diversos observadores, para los que en Camp David Ehud Barak habría hecho una «oferta generosa» que Yasser Arafat se habría obstinado en rechazar. Indiscutiblemente, el primer ministro israelí fue más lejos que cualquiera de sus predecesores. Pero no lo bastante para satisfacer las exigencias del derecho internacional y crear las condiciones sitie qua non para el establecimiento de un Estado palestino independiente y viable. «Era imposible», responden esos mismos observadores. A este respecto, basta con remitirse a la historia. Tras la publicación de las sugerencias del presidente estadounidense William Clinton en diciembre de 2000, el gobierno israelí y la Autoridad Palestina acabaron aviniéndose a reanudar sobre estas nuevas bases las negociaciones iniciadas en Estados Unidos en la ciudad egipcia de Taba. Y hoy sabemos que dicha negociación sirvió para trazar las grandes líneas de un posible acuerdo sobre la totalidad de los puntos en litigio, incluido el derecho al retorno, cuyo principio reconoció Israel por primera vez, a cambio de una «aplicación flexible».65

Entre tanto, la dimisión del primer ministro israelí, Ehud Barak, había motivado la convocatoria de elecciones anticipadas, que debían celebrarse el 6 de febrero de 2001. Ante la previsible victoria de Ariel Sharon, a los ojos de Barak la entente israelo-palestina dejó de ser el instrumento de una posible reelección para convertirse en un pesado lastre. En consecuencia, retiró a sus negociadores. ¿Y si, en vez de arrojar la toalla, Barak se hubiera concedido unos meses y, una vez pulido y rubricado el acuerdo, lo hubiera defendido ante la opinión pública de su país? Los datos disponibles inducen a pensar que una clara mayoría de israelies lo habría ratificado, a condición de que ofreciera una perspectiva de paz en la seguridad y el respeto al derecho de ambos países a decidir libremente su destino. Por desgracia, se trata de una mera conjetura. La elección de Ariel Sharon, presidente del Likud, condujo el enfrentamiento, ya sangrante, al dramático impasse en que se halla inmersa la región desde finales de 2001.

Responsabilidad de Estados Unidos

Estados Unidos tiene una gran responsabilidad en la evolución de este proceso: en lugar de desempeñar el papel de mediador, ha dado constantes pruebas de parcialidad a favor de Israel. Y no ha dejado de amenazar con actuar militarmente contra varios países árabes (Yemen, Sudán y sobre todo Irak), acusados por Washington, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, de acoger, proteger y ayudar a organizaciones islámicas terroristas.

A finales de 2001, en plena ofensiva militar contra Afganistán y durante varias semanas, los medios de comunicación estadounidenses hicieron circular el rumor de que el Pentágono estaba a punto de lanzar un ataque contra Irak, acusado (injustamente) de ser el causante de la ola de pánico al ántrax que se extendió por todo el país durante los días posteriores al 11 de septiembre. Daba la impresión de que Estados Unidos pretendía aprovechar la situación de crisis internacional para zanjar un problema pendiente de solución desde el final de la guerra del Golfo.

Muchos amigos incondicionales de Israel incitaron a la administración estadounidense a tomar ese camino. Sabían que, en nuestro mundo unipolar, Estados Unidos es el país más poderoso del concierto internacional y puede ejercer su hegemonía de forma autoritaria.

En efecto, Estados Unidos subyuga al mundo como no lo ha hecho ningún otro imperio en toda la historia de la humanidad. Tras su victoria en la guerra del Golfo, en 1991, ¿no propuso Washington edificar un «nuevo orden mundial» diseñado a su imagen? Con acentos proféticos, el presidente George Bush (padre) declaró entonces: «Estados Unidos está llamado a sacar al mundo de las tinieblas y del caos de la dictadura y conducirlo hacia la promesa de días mejores». Esta voluntad de ejercer de hecho el liderazgo mundial, de intervenir en las crisis e inclinar la balanza del lado más favorable a sus intereses no hizo más que confirmarse de 1994 a 2001, durante el mandato del presidente William Clinton. «Estados Unidos se considera investido de una misión que se ha dado a sí mismo, por su peso en el tablero mundial —constataba Hubert Védrine, el entonces ministro francés de Asuntos Exteriores—. Estamos ante un fenómeno de hiperpotencia.»66

Y la antigua secretaria de Estado Madeleine Allbright ya había recordado, a raíz de la confrontación con Irak en febrero de 1998, que representaba a «una América totalmente convencida de tener responsabilidades globales, lo que significa que, cuando podamos cambiar las cosas, debemos hacerlo».67 Sin pasar por la ONU, a la que Washington, al rechazar la elección de Butros Ghali en 1996, impuso que el nuevo secretario general no fuera un político: «El secretario general de la ONU —decretó la señora Allbright— debe ser sólo un administrador. Es posible que tenga un papel más político en una etapa histórica futura, pero no en los cinco próximos años».68 La ironía de la historia ha querido que este «administrador» sea Kofi Annan, que ha demostrado, con su actuación ante diversas crisis, la necesidad de la política... y de las Naciones Unidas.

Ninguna estrategia para Oriente Próximo

Pero, aparte del constante apoyo a Israel, Estados Unidos no dispone de ninguna estrategia global para Oriente Próximo. Washington no ha hecho nada decisivo para redinamizar las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos, ni siquiera tras los atentados del 11 de septiembre (el envío como mediador del general Anthony Zinni fue una medida diplomática menor).

Sin embargo, la situación actual en el mundo árabe difiere de la existente en 1991, durante la guerra del Golfo. La brutalidad del embargo impuesto a Bagdad (desde hace once años, un niño iraquí muere cada seis minutos...) y los sucesivos bombardeos estadounidenses de 1992, 1993, 1996 y 1998 dan la impresión de un encarnizamiento antiiraquí cuyas principales víctimas son los civiles.

En contraste, la actitud de Estados Unidos es excepcionalmente indulgente en lo relativo a las autoridades de Israel, país que sigue ocupando, con grave desprecio a las leyes internacionales, una parte de Siria (el Golán) y los territorios de Gaza y Cisjordania, además de Jerusalén Este. Un país en el que el gobierno de Ariel Sharon, haciendo oídos sordos a las protestas, decidió poner fin a las negociaciones de paz con los palestinos e intesificar la colonización y la represión. Un país, en fin, que posee todo tipo de armas de destrucción masiva (químicas, biológicas y atómicas) y que viola desde hace treinta años todas las resoluciones de la ONU que le afectan. Sin haber sido sancionado jamás. Antes al contrario, Washington continúa concediéndole año tras año ayudas por valor de tres mil millones de dólares.

Estos hechos son percibidos como una profunda injusticia por la opinión pública árabe, que, en contrapartida, expresa con creciente fuerza su simpatía hacia la población iraquí. Sin olvidar que el régimen de Bagdad es una dictadura basada en el terror y la represión, los intelectuales más influyentes del mundo árabe se han puesto a la cabeza de una cruzada de solidaridad con la sociedad iraquí. Temerosos de la fuerza de este movimiento (y para protestar contra la intransigencia del gobierno israelí), la mayoría de los dirigentes de la región se negaron a respaldar los planes de bombardeo de Irak tras la victoria estadounidense de enero de 2002 sobre Afganistán. De haberse llevado a cabo, dicha acción habría provocado sin duda masivas manifestaciones antiestadounidenses en casi todas partes. Y, en un mundo árabe en el que no existe ninguna democracia auténtica, y donde algunos dirigentes figuran entre los más veteranos del planeta, los desórdenes podrían haber provocado la desestabilización de más de un régimen, en especial de los más próximos a Washington.
Oriente Próximo denegación de justicia

Estados Unidos no ha sabido mostrarse firme ante la intransigencia de las autoridades israelíes jamás. Ni siquiera cuando, en marzo de 2002, la Cumbre árabe, reunida en Beirut, planteó unánimemente la adopción del plan de paz propuesto por el príncipe heredero de Arabia Saudí, y que consistía esencialmente en trocar paz contra territorios. Toda la paz contra todos los territorios. Aunque Washington apoyó oficialmente ese plan, y el presidente Bush habló de la necesidad de un «Estado palestino», no protestó cuando el primer ministro Sharon, en respuesta a esa proposición, desencadenó su ofensiva «Muro de contención» y lanzó a 75.000 soldados a reocupar Cisjordania provocando decenas de muertos y destrucciones sin número.

Así pues, la partida no es igual. Y todos los que exigen frenéticamente un «equilibrio»69 en el tratamiento mediático de este contencioso no pretenden otra cosa que enmascarar la pura verdad.

Ésta no puede ser más clara: en Cisjordania y Gaza estamos ante una flagrante denegación de justicia respecto a los derechos fundamentales de los palestinos. A nuestro modo de ver, esta denegación de justicia no justifica de ningún modo el recurso al terrorismo ciego ni los atentados indiscriminados contra civiles israelíes inocentes. Los dirigentes palestinos que apuestan por el terrorismo siguen ignorando el carácter democrático de la sociedad israelí que elige libremente a sus gobernantes. Cuanto más aterrorizados se sientan, mayor tendencia tendrán los israelíes a votar en favor de sus dirigentes más «halcones», más duros y más intransigentes.Ya es hora que vaya surgiendo, en el seno de la sociedad palestina, un poderoso movimiento no violento que podría aliarse al movimiento pacifista israelí. Todas las encuestas muestran que hay, en los dos pueblos, una mayoría de ciudadanos que, a pesar de todo lo ocurrido, desean avanzar hacia la paz y la reconciliación.

En cualquier otra región del mundo, una situación de opresión semejante habría provocado la justa indignación de los intelectuales que, en casos parecidos, alzan la voz contra las violaciones de los derechos humanos, reclaman la creación de tribunales internacionales y alertan a la opinión pública, cuando no exigen (como en Kosovo, Chechenia o Timor Oriental) una intervención militar. «Muchos intelectuales —constatan, por ejemplo, Daniel Bensaid, Rony Brauman y Marcel-Francis Kahn, comprometidos en la defensa de los derechos nacionales de bosnios, chechenos y kosovares— permanecen extrañamente callados (en el mejor de los casos) cuando se trata de los refugiados y los campos palestinos.»70

Israel, superpotencia militar arrimada a la hiperpotencia de Estados Unidos, debe probar que sabe ser justo. Una parte de su clase política, escasa a un tiempo de imaginación, audacia y corazón, parece incapaz de afrontar los desafíos del postsionismo. ¿Tendrá el coraje necesario para hacer las concesiones imprescindibles? ¿Desmantelar las colonias enquistadas, como en Hebrón y Gaza, creadas ilegalmente por fanáticos de extrema derecha, racistas y armados hasta los dientes? ¿Abandonar la ilusión de que los palestinos siempre están dispuestos a aceptar lo que sea porque la relación de fuerzas les es desfavorable? ¿Admitir que los palestinos luchan por su libertad y su independencia, y que la ocupación, injusta para ellos, es suicida para el futuro del propio Estado judío?71


Verdad y reconciliación

Por múltiples razones, Oriente Próximo no puede permitirse seguir posponiendo la resolución del conflicto. En Israel como en Palestina, la opinión pública lo exige. La solución, política, pasa por la coexistencia, pacífica e incluso constructiva, de ambos estados, judío el uno y árabe el otro. Pero exige igualmente la reconciliación de los dos pueblos, que deben, entre otras cosas, asumir sus respectivas historias.

En eso radica la importancia, por ejemplo, de la llamada lanzada hace cuatro años por Edward W. Said. El intelectual estadounidense de origen palestino replicaba lo siguiente a los amigos árabes de Roger Garaudy: «La tesis de que el Holocausto no es otra cosa que una superchería de los sionistas circula por diversos medios de manera inaceptable. ¿Cómo podemos esperar que el mundo entero tome conciencia de nuestros sufrimientos en tanto que árabes si no somos capaces de tomar conciencia de la de otros, aunque se trate de nuestros opresores, y si nos mostramos incapaces de aceptar los hechos cuando contradicen la visión simplista de intelectuales "bienpensantes" que se niegan a ver la relación existente entre el Holocausto e Israel? Decir que debemos tomar conciencia de la realidad del Holocausto —sigue diciendo Said— no significa en absoluto aceptar la idea de que el Holocausto excusa al sionismo del mal que ha hecho a los palestinos. Por el contrario, reconocer la historia del Holocausto y la locura del genocidio contra el pueblo judío nos hace creíbles en lo tocante a nuestra propia historia; nos permite pedir a los israelíes y los judíos que establezcan un vínculo entre el Holocausto y las injusticias sionistas impuestas a los palestinos; que establezcan un vínculo y al mismo tiempo lo cuestionen por lo que oculta de hipocresía y desviación moral».

Y el intelectual palestino no duda en añadir: «Abundar en el sentido de Roger Garaudy y sus amigos negacionistas en nombre de la "libertad de expresión" es un ardid idiota que no sirve más que para desacreditarnos a los ojos del mundo. Es una prueba de ignorancia fundamental de la historia del mundo en el que vivimos, un signo de incompetencia y de incapacidad para entablar una batalla digna».72

A esta llamada han respondido en el mundo árabe otros intelectuales que, plantando cara al rebrote antisemita alimentado por la degeneración del conflicto, se han opuesto a quienes niegan el genocidio de los judíos de Europa cometido por los nazis.

Puede verse en ello algo así como una mano tendida por encima del río de sangre que separa actualmente a ambos pueblos, para favorecer la llegada del día en que la verdad disipe al fin los odios e instaure una paz duradera.Y, al hacerlo, salve a ambos pueblos de una destrucción anunciada...

Globalización/antiglobalización.

Guerra social planetaria


Conocida es la frase de Karl Marx: «Dadme el molino de viento y os daré la Edad Media». Parafraseándola, podríamos añadir: «Dadme la máquina de vapor y os daré la era industrial». O, aplicándola a la época contemporánea: «Dadme el ordenador y os daré la globalización».

Aunque tales determinismos son forzosamente excesivos, resumen bastante bien esta idea central: en momentos cruciales de la historia, una invención genial —que no surge jamás del azar— trastoca el orden de las cosas, cambia la trayectoria de una sociedad y desencadena un nuevo movimiento de larga duración. Imperceptiblemente, desde hace un decenio largo, hemos entrado en un movimiento de este tipo.

A finales del siglo XIX, la máquina de vapor, al provocar la revolución industrial, cambió la faz del mundo: desarrollo del capitalismo, aparición de la clase obrera, nacimiento del socialismo, expansión del colonialismo, etc. Sin embargo, esa máquina, en definitiva, sólo reemplazaba a los músculos.

Con su vocación de reemplazar al cerebro, el ordenador lleva camino de provocar, ante nuestros ojos, mutaciones todavía más formidables e inauditas. Cualquiera puede constatar, en efecto, que todo ha empezado a cambiar a nuestro alrededor: el marco geopolítico, el contexto económico, las coordenadas políticas, los parámetros ecológicos, los valores sociales, los criterios culturales y las actitudes individuales.

Las tecnologías de la información y de la comunicación, junto con la revolución digital, nos han hecho entrar, nolens volens, en una nueva era, cuyas características fundamentales son la transmisión instantánea de datos inmateriales y la proliferación de los vínculos y las redes electrónicas. Internet es el corazón, la encrucijada y la síntesis de la gran mutación en curso. Las autopistas de la información son a la era actual lo que fue el ferrocarril a la era industrial: poderosos factores de impulso y de intensificación de los intercambios.
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