Introducción al Funcionamiento Mental Fanático




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Introducción al Funcionamiento Mental Fanático:

desde el Fan hasta el Asesino
Círculo de Bellas Artes, Madrid, 8 de abril 2015

Charles E. Baekeland1

Albert Brie: El fanático es el héroe que, para que triunfen sus prejuicios está dispuesto a hacer el sacrificio de tu vida.
Nietzsche: Todos aquellos que están insatisfechos de si mismos están siempre dispuestos a vengarse, los demás nos convertimos en sus víctimas.

Introducción:
Buenas tardes a todos. Hoy voy a hablarles de los mecanismos mentales que llevan al pensamiento fanático y que están detrás del comportamiento fanático. Antes de empezar quería decir que intentaré evitar la terminología especializada del psicoanálisis en la medida de los posible y, cuando me vea obligado a utilizarla, la explicaré en detalle. Esta conferencia no está dirigida a psicoanalistas sino a personas que se interesen por el tema. No tengo un afán particular por el silencio reverencial, así que si no me explico, no duden en interrumpirme e intentaré ser más claro.
Definición
El fanatismo es una creencia o comportamiento que implica un apasionamiento y celo acríticos, particularmente para causas religiosas, políticas o ideológicas, y que insiste en estándares muy estrictos sin ninguna tolerancia por ideas u opiniones contrarias. El fanático sabe que tiene La Verdad y odia cualquier otro punto de vista. Dicho esto, no debemos olvidar que todos tenemos la necesidad de tener ciertas creencias y convicciones para poder funcionar en el mundo, aunque no sean necesariamente racionales, y que todos podemos volvernos un poco fanáticos cuando nuestras creencias son cuestionadas.
Etimología del término
La palabra fanático procede etimológicamente de la palabra latina “fanum”, el templo romano donde iban los oráculos. En este templo se celebraba el culto de la diosa “Ma Bellone”, una figura de la mitología romana, diosa de la Guerra, que encarnaba más los horrores de la guerra que los aspectos heroicos. Los adivinos que interpretaban los augurios, y los sacerdotes de la diosa, inspirados por el más allá, entraban en un extático delirio religioso donde se contorsionaban furiosamente y a veces llegaban a automutilarse con espadas y hachas, dejando fluir su sangre. A estos adivinos se les llamaba los “fanatici”. “Fanum” tiene la misma raíz que “vates”, el profeta, y el “fanum” es el lugar de la profecía. El culto a “Ma Bellone”, más tarde incorporado al culto de Cibeles, era el culto de la guerra y del suelo de la patria. Devoto a un dios, el “fanaticus” habla en su nombre y con su autoridad.
Debemos notar que al principio la palabra “fanaticus” no era peyorativa, los “fanatici”, frenéticamente agitados y transportados por un furor religioso, eran los medios por los cuales podía ser conocida la voluntad divina y conocerse el destino. Sin embargo, más tarde esta misma excitación y la incoherencia de su discursos inquietaban al cristianismo y fueron poco a poco amalgamados al paganismo, a los mahometanos y a ciertas ramas del cristianismo también.
Dos tipos de fanáticos
Nuestro colega Manuel Martínez les habrá hablado de esto en detalle el mes pasado, así que seré breve. Podemos distinguir entre el fanático originario, fantizante, y el fanático inducido. El primero tiene la autoridad que le permite dar a sus tropas (los fanáticos inducidos) la autorización de vencer las inhibiciones impuestas por su consciencia moral. Un ejemplo claro de esto, entre muchos otros, es el hitlerismo, donde personas que en otras circunstancias no habrían hecho aquello fueron llevados a ello. La estructura mental del fanático original, fanatizante, es más compleja, más torcida, que la de sus seguidores. Los fanáticos inducidos pueden ser conformistas a quienes el fanatizante les permite expresar inquietudes o heridas sin culpa. Buscan la seguridad asociándose a alguien todopoderoso pero esa seguridad terminará por derrumbarse ya que el círculo de enemigos no para de crecer en un sistema paranoide y termina por derrotarles. El fanatizante es una personaje con una enorme personalidad, invasora, con tendencia a volver todo hacia sí mismo, estar obsesionado con el poder, cercanos al delirio. El fanático inducido es más bien alguien que busca fundirse en el grupo, perder su individualidad y ser una rueda más en el mecanismo.
Algunos ejemplos de comportamiento fanático:
Una chica de 16 años asiste a un concierto de Héroes del Silencio; en un rapto musical, ella salta, baila, grita, suda chorros de emoción, y se desvive por los músicos. Los ojos febriles, la camiseta completamente empapada de sudor, se abraza a sus amigas al final del concierto y acuerdan entre todas que ese concierto era lo más grande y que Amaral, por ejemplo, es lo peor.
Se anuncia que la tienda de Apple va a abrir en la Puerta del Sol. Inmediatamente se forma una enorme fila de adoradores que esperan entrar en el sanctum sanctorum de la tecnología. Estos no se abrazan entre sí, están todos mirando a su Smartphone, pero comparten la íntima convicción que participar en el mundo Apple les hará felices y que Nokia, por ejemplo, es una mierda.
Después de un ataque inusitado en el territorio estadounidense en septiembre del 2001, George W. Bush, el mandatario más poderoso de la planeta en ese momento, de quien, justamente por su inmenso poder, esperaríamos la mayor reflexión y ponderación, hace la asombrosa declaración que existe un Eje del Bien y un Eje del Mal y que cualquiera que no esté con él está contra él.
La organización que se autodenomina el Estado Islámico, para desesperación del resto de los musulmanes del mundo, publica un video de un siniestro personaje con la cara cubierta que le corta la cabeza, con un cuchillo para el pan, a Allen Henning, un taxista inglés que había dejado su trabajo para ayudar a los afectados por la guerra en Siria. Henning fue secuestrado por el EI porque encontraban sospechoso que no fuera musulmán.
Desafortunadamente, los ejemplos abundan: el genocidio de millones judíos en la segunda guerra mundial, el genocidio de millones de camboyanos masacrados por los khmer rojos, el suicidio colectivo de novecientos fieles del reverendo Jim Jones en la selva de Guyana, etc.
La gama fanática:
El funcionamiento mental fanático, como hemos visto, cubre todo la gama que va desde la relativamente benigna fascinación adolescente por un ídolo musical o deportivo, lo cual produce lo que comúnmente son llamados fans, hasta la más furiosa convicción violenta e intolerante del iluminado integrista religioso. Salvando algunas distancias que explicaré a continuación, los mecanismos mentales de base de la fan que hemos visto antes y de un Inquisidor del siglo XIII, por ejemplo, son bastante parecidos. Lo que los diferencia es lo siguiente:


  • El momento vital: en la adolescencia las necesidades sexuales, agresivas, y de identificación promueven un cierto funcionamiento fanático que es común a esa edad.

  • El rango de acción de los mecanismos mentales fanáticos en el psiquismo del sujeto va ampliándose y volviéndose más intenso a medida que uno progresa en esa gama. Por decirlo de otra manera, el funcionamiento fanático invade progresivamente más la personalidad.

  • La razón por la intensificación de esos mecanismos mentales es una creciente intolerancia al dolor mental –– hablaremos extensamente de esto más adelante.

  • El grado de sadismo, es decir la agresividad placentera, aumenta a medida que uno progresa en la gama.


Convicción, creencia y fanatismo: la incertidumbre del objeto fanático
Volvamos pues a la definición del fanatismo y el celo y apasionamiento acríticos que lo definen. ¿Cuales es la diferencia entre una convicción, una creencia y el fanatismo? Habrán percibido ustedes inmediatamente que las líneas entre los tres no son claramente definidas y que pertenecen a un continuum. Lo que fundamentalmente les diferencia es cuánto es tomada en cuenta la realidad, el grado de duda permitido y la intolerancia a ser cuestionado. Por que tanto la creencia, como la convicción y el fanatismo comparten el hecho de que el objeto de la creencia, de la convicción y del fanatismo es incierto. Lo que fundamentalmente diferencia el fanático es que “sabe” que su objeto incierto es cierto.
El fanatismo no puede expresarse en cualquier área de la vida. No se puede ser fanático sobre si esto es una mesa o no lo es; el hecho de que esto sea una mesa pertenece a las verdades objetivas consensuadas que no entran en el área de las creencias o convicciones. Solamente se puede dudar de si esto es una mesa desde ciertos discursos filosóficos que cuestionan el ser de las cosas o desde un delirio psicótico. Y observaran ustedes que el ser o no ser una mesa despierta pocas pasiones fanáticas.
Para que pueda darse un funcionamiento fanáticamente es necesario que exista una cierta incertidumbre sobre el objeto del pensamiento fanático (aunque el fanático no lo vivirá así), y que haya un poder en juego. Cuanto más incierto sea un tema, y cuanto más poder haya en juego, más probabilidades hay de funcionar fanáticamente. La religión, la política, la ideología, las ciencias sociales, e incluso el psicoanálisis, son campos fértiles para el fanatismo que encuentra en ellos lugares idóneos para convicciones irracionales y absolutas que no pueden ser refutadas con la lógica.
Sin embargo, recordemos que el campo privilegiado del fanatismo, además de sus orígenes, es la religión y cuando su objeto no es directamente religioso, como por ejemplo con la ideología, siempre podremos observar una sacralización del objeto que se convierte en absoluto e incuestionable. ¿Cómo explicar el fanatismo en pasiones seculares? Como el fanatismo es esencialmente religioso, es una perversión de la fe, no puede secularizarse, no puede convertirse en profano. Aparece fuera de lo tradicionalmente sagrado cuando hay una sacralización de un campo tradicionalmente profano, sea política, economía, ciencias o tecnología.
En estos campos no existe una única verdad objetiva. Alternan entre lo puramente inventado sin ningún fundamento objetivamente observable en el que basarse, como la religión, a campos tan inmensamente complejos, con tantas variables en juego que es imposible abarcarlos sintéticamente en una sola y clara verdad, como la política.
En el fondo de todos estos campos reside la incertidumbre, no sabemos si Dios existe, la muerte y nuestra insignificancia nos aterrorizan, ni conocemos suficientemente todas las variables geopolíticas y sociológicas como para estar seguros de que una política va a funcionar. Nos gusta pensar que lo sabemos porque eso nos tranquiliza, pero no lo sabemos. La mente humana tolera muy mal la incertidumbre y suele ser vivida con ansiedad. Tendemos a intentar resolverla lo antes posible haciendo simplificaciones o bien inventando sistemas de creencias. Por ejemplo, cuando declaramos que solamente votamos a la izquierda o a la derecha, estamos aferrándonos a una inmensa simplificación basada en una creencia para evitar enfrentar el problema tremendamente complejo que nos presenta cual es la mejor manera de gobernar un país en un momento determinado.
Para darles un ejemplo contemporáneo de la intolerancia a la incertidumbre y los resultados de ello, permítenme hablarles de un libro de David Tuckett, un economista y psicoanalista británico, llamado Minding the Markets. Tuckett hizo un estudio del funcionamiento mental de los gestores de los fondos de cobertura (un instrumentos financiero de inversión de alto riesgo) y descubrió que la complejidad de las finanzas actuales es tal que es absolutamente imposible que estos gestores conozcan lo suficiente el sistema para tomar decisiones informadas –– sencillamente existen demasiadas variables para poder ser abarcadas por una persona. Pero, como es altamente anxiógeno sentir que uno no sabe lo que está haciendo, cada uno de los gestores de fondos de cobertura que él estudió (unos 70) se inventaba un sistema de creencias para explicarse los movimientos del mercado y tranquilizarse sobre su actividad.
La tolerancia a la incertidumbre es una rasgo de salud mental y cuando más frágil sea una mente ––y de esto hablaremos más adelante–– más tenderá a querer resolver rápidamente la incertidumbre porque no puede tolerar la ansiedad que le produce. De allí que las grandes y firmísimas convicciones resulten tan atractivas para determinadas personas. Estas convicciones forman parte del carisma de todo líder que nos seduce ya que nos vende que tiene la solución o la respuesta en un campo donde es imposible tenerla. Y cuanto más emocionalmente heridos estemos, más nos lo creemos. Hablaremos de esta herida en un momento. Dicho esto, existen muchas convicciones (maneras culturales de proceder, el sentimiento de identidad, etc.) que no son objetivamente defendibles o comprobables pero que son absolutamente necesarios para estructurarse psíquicamente y a las que nos aferramos.
Antes de llegar a esa herida, es importante saber que reside en todos nosotros, en mayor o menor grado, y dependiendo de nuestras circunstancias, el deseo de regresar a un estado beatífico donde una madre o un padre lo sabe todo y, al seguir lo que dicen, participamos en esa completud y sencillez maravillosas que nos liberan de las importantes frustraciones de tener que pensar por nosotros mismos asuntos que no tienen fácil resolución. En algún lugar todos deseamos regresar a un estado omnipotente infantil que implica el cumplimiento de deseos a pesar de la realidad de las limitaciones humanas.
Estructura mental subyacente del fanatismo: la paranoia
Bien, pues dicho todo esto, vamos con los mecanismos del pensamiento fanático, pues. La estructura mental subyacente del fanatismo es paranoica. En la paranoia todo lo malo está fuera del sujeto. Los fanáticos siempre tienen un enemigo terrible, amenazante, exterior a ellos, y que debe de ser destruido.
¿Qué es la paranoia, pues? La paranoia es un cuadro clínico que se manifiesta por el miedo o convicción irracionales (dependiendo de la gravedad) de ser atacado de alguna manera desde el exterior, y suele ir acompañado, de manera más o menos evidente, de una cierta megalomanía. Esto puede cubrir toda la gama que va desde un sujeto que duda de si alguien en la calle está hablando mal de él, hasta el otro extremo donde otro sujeto tiene la convicción delirante de que un agente secreto de Al-Qaeda ha envenenado su agua.
La paranoia se forma por un uso excesivo de un mecanismo de defensa, la proyección. Antes de entrar en detalle de la proyección, les recuerdo que los mecanismos de defensa son aquellos métodos inconscientes (no solemos saber que lo estamos haciendo) que tenemos todos de protegernos de contenidos mentales dolorosos, angustiosos o deprimentes, y a menudo una mezcla de los tres. Dolorosos porque afectan a nuestra auto-estima, angustiosos porque los vivimos como ataques a nuestra integridad, y deprimentes porque sentimos que perdemos algo. Por lo forma en la que estamos todos hechos y la manera que tiene nuestra mente de desarrollarse, todos tenemos aspectos de nosotros mismos que no deseamos conocer porque nos dolería conocerlos o nos angustiarían o deprimirían. Para no darnos cuenta de estos aspectos, usamos los mecanismos de defensa.
La proyección consiste esencialmente en atribuir hacia fuera todo lo negativo que hay dentro porque es insoportable sentir esas cosas negativas como parte de uno. En la paranoia ––y, por lo tanto, en el fanatismo–– lo que se proyecta hacia fuera, es decir lo que se atribuye a los demás o a una entidad ideológica que se preste a ello, es la hostilidad, la culpa y ciertos aspectos intolerables de la sexualidad propia, especialmente la homosexualidad. Les doy un ejemplo clínico: un hombre que hasta ese momento había tenido una personalidad un tanto suspicaz, pero sin más, de repente le dice a su esposa, furioso, y le cito: “Quiero que me confieses tu deseo insaciable de hombres”. Está claro a quien pertenece el deseo insaciable de hombres y el doloroso conflicto que crea.
O si volvemos a nuestro sujeto que está convencido de que un agente secreto árabe ha envenenado su agua podemos ver que está atribuyéndole al otro su agresividad, su etnocentrismo y sus fantasías de poder. El predicador franciscano que grita contra los pecados de la carne lucha en realidad contra sus propias pasiones que siente como inaceptables, flagela al otro para expulsar lo que siente como insoportable en sí mismo. La economía de esos mecanismos lleva a un círculo vicioso: la insatisfacción agrava las tensiones, las tensiones hacen aún más insoportables las partes proyectadas al exterior, y la agresividad aumenta llevando a una culpabilidad que también hay que eliminar.
La terrible trampa de la proyección es que no funciona, porque desde el momento en el que se echa hacia fuera la agresividad, uno siente que vuelve contra uno mismo. Desde el momento en que atribuimos a otra persona nuestros impulsos hostiles empezamos a sentir que esa persona nos quiere hacer daño, lo cual nos hace sentir agredidos y aún más agresivos. Pero como no podemos soportar sentirnos tan agresivos y toda la culpa y vergüenza que nos crea eso volvemos a proyectarlo hacia fuera –– ya ven ustedes como se crea una espiral infernal.
Un cierto funcionamiento paranoico es común en los políticos y les sirve para atraer a las masas con un mensaje sencillo en el que lo bueno y lo malo están claramente diferenciados y nosotros estamos cómodamente en el campo de los buenos así que podemos estar tranquilos. Un flagrante ejemplo reciente fue Bush con su Eje del Mal y Eje del Bien, tan brillantemente parodiado por Forges en el periódico El País que tenía un dibujo de Bush, Bin Laden y Aznar, los tres en fila. Encima de Bush decía: “Eje del bien”, encima de Bin Laden decía: “Eje del mal”, y encima de Aznar decía: “Asejeré”. Bien entendido, esta ridiculización puede aplicarse a todos los signos políticos.
El sistema dicotómico-paranoide de pensamiento fanático, verdad-falso, blanco-negro, amigo-enemigo, lleva a una radicalización del pensamiento que canaliza la agresividad hacia un enemigo = angustias de persecución + culpa. Lo que distingue el fanático de otras personas que sufren de estas distorsiones del pensamiento es que encuentra consuelo y reaseguramiento en el sistema de creencias fanáticas. Este sistema implica un cambio de valores y le da permiso de desatar sus pulsiones, hostiles y sexuales, porque está seguro de estar en posesión de la verdad. Estas estructuras paranoides son caracterizadas por la externalización y la negación del conflicto intrapsíquico; se encuentran a menudo en personas que acceden a un rol social importante (algunos visionarios con personalidades carismáticas que ejercen una fascinación sobre los otros).
El hombre, si no acepta sus imperfecciones, debe situarlas fuera de sí para no ser roto por su sentimiento de culpabilidad.
Funcionamiento mental fanático detallado
Volviendo a la estructura mental paranoica del fanático, ¿cómo se forma? Bien, pues se constituye en la conjunción de los siguientes tres factores:


  1. amor propio-seguridad dañada (lo que el psicoanálisis llama narcisismo herido)

  2. separación de lo bueno y lo malo en la mente (lo que el psicoanálisis llama escisión) que lleva a la magnificación de lo bueno / lo malo (lo que le psicoanálisis llama idealización-denigración)

  3. agresividad placentera desligada (lo que el psicoanálisis llama sadismo)


Narcisismo herido
La base del fanatismo es un amor propio-seguridad profundamente herido donde la sensación de seguridad y de completud del sujeto están gravemente dañados. Esto puede ocurrir durante el desarrollo del sujeto desde su temprana infancia o puede ser debido a circunstancias altamente traumáticas combinadas con condiciones fanatizantes en la vida adulta.
¿Qué queremos decir con esto? La base del amor propio y del sentimiento de seguridad reside en las acertadas, estables y regulares experiencias de satisfacción desde el inicio de la vida. Desde las primeras experiencias con la figura principal de cuidados, generalmente la madre, el bebé va creando los fundamentos que llevará consigo el resto de su vida. Cuando no ha habido suficiente satisfacción o ha habido una ruptura traumática en esa satisfacción, el daño que eso provoca vuelve la mente extremadamente sensible al dolor e incapaz de tolerar la frustración que procede de la incompletud inherente a todas las cosas en la vida, y el dolor-decepción que produce que todo sea una mezcla de lo bueno y malo. Veamos los pasos en la construcción del amor propio-seguridad en el desarrollo de todo sujeto:
La primera fuente es la más incierta de todas dado que no tenemos los medios para comprobarla empíricamente; no obstante, se hipotetiza esta fase a partir de las fantasías más primitivas observadas en pacientes adultos. Consideramos que en todo bebé pequeño existe una etapa de autosatisfacción y de completud absolutos en la cual el bebé está perfectamente contento de sí mismo y se encuentra sumergido en un bienestar indiferenciado del cual se siente el centro y el creador. Este estado no puede mantenerse, evidentemente, sin la participación muy activa de una figura principal de cuidados que provee el contexto suficientemente satisfactorio para el bebé, pero éste no se da realmente cuenta de ello en ese momento.
Esta figura de cuidados nos lleva a la segunda fuente que es la investidura masiva de amor que los padres normales hacen en su bebé; queriéndole tanto le rellenan las reservas de amor propio y le ofrecen un capital de amor del cual estará bien provisto toda la vida. Es importante notar que este primer amor parental masivo es, para un observador externo, desproporcionado a la realidad del bebé, pero es absolutamente normal y necesario que así sea al principio. Todos tenemos que ser “su majestad el bebé” un cierto tiempo. En realidad esta es una ficción que necesitamos creernos sin ninguna duda, que solos queribles y los somos porque alguien nos ha querido mucho. Saber esto nos permite tolerara muchas otras incertidumbres en la vida.
Poco a poco, a medida que el niño crece, este amor enorme e indiferenciado de los padres de modificará en función del comportamiento del niño. Al enseñar al niño las normas y las aspiraciones de la familia y de su sociedad (adecuadas para su edad), los padres le muestran, delicada y firmemente, el camino para ser amable y aceptable. Este aprendizaje desemboca en la interiorización de las normas y las aspiraciones que se cristalizan formando una consciencia moral. Esta consciencia moral recompensa una buena conducta con una sentimiento interno de orgullo merecido, y castiga una mala conducta con un sentimiento interno de culpabilidad o vergüenza. Este es el fin de la constitución de la tercera fuente, que es esencialmente interna.
La cuarta fuente es la más visible de todas, dada que es principalmente externa, y tiene que ver con el reconocimiento que el individuo adulto recibe de los otros. Al actuar de una manera que es valorada por su entorno, el individuo recibirá el reconocimiento de los demás, que contribuirá a su autoestima. Cuando existen defectos de la autoestima esta cuarta fuente será la más utilizada para intentar colmar la falta.
Cuando se es fanático en grupo el sentimiento de omnipotencia se acompaña de la exaltación narcisista de pertenecer a ese grupo de elegidos. Esta elación podría vendar el dolor de personas heridas por la vida, que no han recibido un aporte suficiente de seguridad. En los fanáticos existe una rebelión contra algo insatisfactorio que existe y la búsqueda de algo perfecto que lo reemplazaría. El fanatismo es una condición megalomaníaca, creyéndose queridos por la Suerte, la desafían y esperan su juicio, potencialmente catastrófico. Este desafío puede parecer valentía pero no es más que la denegación de la realidad, una búsqueda de omnipotencia patológica que esconde sentimientos de impotencia y desesperación, abandono y depresión y herida narcisista, la incapacidad de soportar sus propios límites y someterse a las reglas de la civilización interiorizados.
La mente dañada se queda a falta de, y anhelando, una experiencia pura de bienestar, sea originaria, o sea reparatoria después de un daño sufrido en la vida adulta víctimas de traumas violentos o de situaciones traumáticas estructurales.
Escisión
La necesidad de acceder a esa experiencia in-maculada (les invito a pensar en qué les sugiere esa palabra) de puro bienestar hace que predomine la necesidad de separar lo bueno y lo malo para intentar quedarse sólo con lo bueno. Esto separa las experiencias de sí mismo y del mundo en puramente buenas y puramente malas para poder identificarse con, y tener acceso a, lo puramente bueno y evitar a toda costa lo malo doloroso y frustrante. A esto el psicoanálisis lo llama escisión. Para poder identificarse a la Causa, los fanáticos deben operara una escisión en sus ideales, renunciar a una parte de sí mismos que debe de ser reprimida para mantener su adhesión total al grupo. El fanatismo implica siempre una traición de uno mismo que se manifiesta en los desgarros internos, una profunda culpabilidad de la cual no consigue deshacerse.

Existen dos tipos de escisión:


  1. El primer tipo de escisión separa la experiencia de las cosas y de uno mismo en bueno y malo. Un ejemplo de este tipo de escisión ocurriendo dentro de la persona: un paciente un día se vive como una buena persona, con relaciones y valores admirables y la semana siguiente se considera un ser ruin que no merece el amor de nadie. Un ejemplo de una escisión externa al sujeto: todos los españoles son malos y los catalanes son buenos (o viceversa, no hay ninguna diferencia);

  2. El segundo tipo de escisión separa dos partes de la mente que funcionan de manera completamente distinta sin que haya ningún conflicto entre ellas. Como si fuesen dos mentes funcionando en la misma cabeza a la vez pero sin conocimiento ni sentimiento de contradicción entre la una de la otra. Existen innumerables ejemplos de esto pero hay uno que es extraordinariamente ilustrador. Antes de contárselo, les recuerdo que desde el siglo X ha sido costumbre que los Papas de la Iglesia Católica adopten un nombre papal que ellos eligen. Bien, pues nuestro ejemplo sucedió el miércoles, 15 de mayo, del año 1252. Ese día el papa Inocencio IV promulgó la bula Ad extirpanda que autorizaba a la Inquisición el uso de la tortura. Parémonos un momento aquí y observemos que un hombre que eligió llamarse Inocencio firma una bula autorizando la tortura... Por si no nos quedaran del todo claro las escisiones masivas que pueden darse en el seno de las religiones, 13 años más tarde esa bula sería confirmada por otro Papa, que eligió un nombre no menos llamativo, Clemente IV. Es decir, en una parte de sus mentes eran inocentes y clementes, y en otra parte, muy separada de la primera, eran sádicos e inmisericordes. Al fin y al cabo este no es otra cosa que una variante de una frase usada por muchos fanáticos religiosos: “en el nombre del Dios misericordioso, te mato”.


Desafortunadamente para el sujeto que hace esto, cuando se separan las cosas en puramente buenas y puramente malas, las puramente malas no desaparecen y suelen ser vividas como ataques que vienen desde fuera pero cuya fuente se desconoce. El sujeto fanático se siente tan amenazado por esto que se siente obligado a intentar destruir lo malo, lo cual sólo empeora las cosas. Esto nos lleva al sadismo.
El sadismo
Los formas benignas de apasionamiento acrítico no nos preocupan, la razón por la que estamos aquí y nos interesa y preocupa el fanatismo son sus expresiones sádicas.
La agresividad placentera que tan a menudo se encuentra asociada a estos procesos tiene varias fuentes: la rabia que produce la primera herida narcisista y la no integración de la agresividad constitucional del desarrollo dentro de un funcionamiento mental harmonioso. La civilización se construye a costas de la agresividad de los individuos; el deseo de no estar inhibidos es natural pero ese deseo es esencialmente contrario a la civilización.
La violencia y la rabia vienen parcialmente de la herida provocada por la inaccesibilidad de los ideales megalomaníacos. Lejos del Ideal Rousseauiano que afirma que el hombre es un buen-salvaje, la agresividad constituye una disposición pulsional primitiva y autónoma en el ser humano. Los hombre no somos creaturas amables que sólo buscan ser queridas y sólo se defienden si son atacadas; al contrario el hombre está dotado de potentes pulsiones agresivas que le obliga a gastar mucha energía para controlarlos y salvaguardar la civilización. Es debido a esta hostilidad primaria que las sociedades humanas son constantemente amenazadas de desintegración.
Para canalizar la sexualidad y la agresividad el ser humano debe hacer ciertos sacrificios, el hombre civilizado cambia sus posibilidades de satisfacción pulsional por una mayor seguridad. Todo civilización se basa en la obligación de trabajar y la renunciación de las pulsiones. Por un lado la no satisfacción de las pulsiones crea una frustración y del otro el ideal cultural procura la satisfacción narcisista de haber podido cumplir sus objetivos.




Un modelo de la mente anti-fanático
Juan Francisco Rodríguez, un psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, desarrolló lo que llama el “modelo democrático de la mente” que, a mi parecer, es un excelente ejemplo de un modelo anti-fanático del funcionamiento mental. Plantea que la tarea del psicoanálisis es ayudar al paciente a repatriar los aspectos exiliados de sí mismo, que, por lo conflictivo o doloroso que resultaban, ha tenido que desterrar de su mente, renegando de ellos y proyectándolos fuera. De allí viene la analogía con la democracia: a saber, la democracia consiste en que todos podamos vivir juntos, tolerar nuestras diferencias y resolver nuestros conflictos dentro del seno de nuestra sociedad sin tener que echar/destruir un sector. El objetivo es la integración de todos los sectores de la sociedad, de todos los sectores de la mente, para que puedan convivir.


1 Psicólogo clínico-Psicoanalista, Calle Argensola 2 - 44, 28004 Madrid. +34 915 942 067, cebaekeland@hotmail.com


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