Resumen ¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo?




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El Experimento de la Intención







Lynne McTaggart


EL experimento de la Intención


Maquetado y formatos sobre pdf anónimo por Maese

Oct. 2011

Resumen




¿Tiene la mente algún poder sobre la materia? ¿Es posible que nuestros pensamientos, nuestros deseos y oraciones puedan producir cambios objetivos en el mundo? ¿Son los pensamientos meros procesos cerebrales que sólo afectan al mundo en la medida en que nos llevan a la acción? ¿O hay algo más?

Con base en los últimos descubrimientos científicos, El Experimento de la intención responde a todas estas fascinantes preguntas y nos muestra que los pensamientos e intenciones son mucho más poderosos de lo que pensábamos, pues poseen una energía que puede cambiar la realidad física. Esto quiere decir que los podemos usar para mejorar nuestras vidas, para curar nuestros cuerpos y para ayudar a pacificar nuestro planeta. Naturalmente, no todos los pensamientos tienen el mismo poder. Por ello, la autora nos explica las técnicas más efectivas para aumentar el poder de nuestros pensamientos e intenciones, para así obtener resultados concretos en nuestras vidas. Además, nos invita a participar en el mayor experimento jamás realizado acerca del dominio que la mente tiene sobre la materia.


«Dios está en marcha, la magia está viva ...la magia nunca ha muerto.»

Leonard Cohen, Dios está vivo} la magia está en marcha.

Para Anja, maestra de la intención

Prólogo


Este libro viene a completar el trabajo que comenzó en 2001 cuando publiqué el libro titulado The Field [El campo]. Al intentar encontrar una explicación científica para la homeopatía y la curación espiritual, descubrí sin querer las bases de una nueva ciencia.

Durante mis investigaciones, conocí a un grupo de científicos de vanguardia que llevaban varios años reexaminando la física cuántica y sus extraordinarias implicaciones. Algunos de ellos habían resucitado ciertas ecuaciones que la física cuántica convencional consideraba superfluas. Estas ecuaciones, que representaban al Campo Punto Cero, estaban relacionadas con la continua fluctuación de energía que existe entre todas las partículas subatómicas. La existencia del Campo impli­ca que toda la materia del universo está conectada en el nivel subató­mico a través de una constante danza de intercambio cuántico de energía.
Otras pruebas demostraron que, en el más básico de los niveles, cada uno de nosotros es también un paquete de energía pulsante en constante interacción con ese inmenso mar de energía.

Pero la prueba más herética de todas se refería al papel de la con­ciencia. Los bien diseñados experimentos realizados por estos científi­cos sugerían que la conciencia es una sustancia que está fuera de los límites de nuestro cuerpo -una energía altamente ordenada con la capacidad de cambiar la materia física-. El hecho de dirigir los pensa­mientos hacia un blanco determinado parecía tener el poder de afec­tar a las máquinas, a las células y, desde luego, a los organismos mul­ticelulares como los seres humanos. Este poder de la mente sobre la materia parecía incluso atravesar el tiempo y el espacio.

En El Campo intenté dar un sentido a todas las ideas que surgie­ron a raíz de estos distintos experimentos y sintetizarlas en una teoría global. El libro nos revela un universo interconectado y nos propor­ciona una explicación científica para muchos de los más profundos misterios de la humanidad, desde la medicina alternativa v la curación espiritual hasta la percepción extrasensorial y el inconsciente colectivo.

Aparentemente, EJ Campo tocó un punto sensible. Recibí cientos de cartas de lectores que me decían que la obra les había cambiado la vida. Una escritora quiso incluirme como personaje en su novela. Dos compositores se inspiraron en el libro para crear obras musicales, una de las cuales fue interpretada en un escenario internacional. Yo misma aparecí en una película, titulada What the Bleep!? Down the R¿ibbit Hole [¿Y tú qué sabes? Dentro de la madriguera] y en el calendario realiza­do por los productores de la película. Citas de El Campo aparecieron en las tarjetas de Navidad.

Por muy gratificante que fuera esta reacción, sentía que mi pro­pio viaje de descubrimientos apenas acababa de comenzar. Las eviden­cias científicas que había reunido para El Campo sugerían algo extra­ordinario e incluso perturbador: el pensamiento dirigido cumplía algún tipo de papel que era central en la creación de la realidad.

El hecho de dirigir tus pensamientos -algo que los científicos lla­man altisonantemente «intencionalidad» o «intención»parecía pro­ducir una energía lo suficientemente poderosa como para cambiar la realidad física. Un simple pensamiento parecía tener el poder de transformar nuestro mundo.

Después de escribir El Campo, reflexioné sobre el alcance de este poder y las numerosas preguntas que planteaba. ¿Cómo, por ejemplo, podía trasladar lo que había sido confirmado en el laboratorio para usarlo en el mundo de cada día? ¿Podría, por ejemplo, ponerme fren­te a un tren en movimiento y, como si fuera Superman, detenerlo con la fuerza de mi pensamiento? ¿Podría usar el pensamiento dirigido para volar hasta el tejado de mi casa y hacer allí unas reparaciones? ¿Y borrar a los médicos y a los curanderos de mi agenda telefónica, dado que ahora soy capaz de curarme mediante el pensamiento? ¿Podría usar el pensamiento para ayudar a mis hijos a aprobar sus exámenes de matemáticas? Si el tiempo lineal y el espacio tridimensional no existen realmente, ¿sería capaz de retroceder en el tiempo y borrar todos esos momentos de mi vida de los cuales me arrepiento profundamente? ¿Y podría mi diminuta contribución mental hacer algo por disminuir la gran cantidad de sufrimiento que existe en nuestro planeta?

Las implicaciones de estas pruebas eran inquietantes. ¿Debería­mos vigilar cada uno de nuestros pensamientos en todo momento? ¿Es probable que la visión del mundo de un pesimista se convierta en una profecía autocumplida? ¿Es posible que todos esos pensamientos nega­tivos -el permanente monólogo interior de juicios y críticasestuvie­sen teniendo un efecto en el mundo exterior?

¿Existirán condiciones que mejoren nuestras posibilidades de obtener un efecto más positivo con nuestros pensamientos? ¿Fun­cionará el pensamiento en cualquier momento o será necesario que tú, tu objetivo y el propio universo os halléis en un cierto estado de ánimo? Si todas las cosas están continuamente afectándose entre sí, ¿no anula esto cualquier efecto real?

¿Qué sucede cuando varias personas conciben el mismo pensa­miento al mismo tiempo? ¿Tiene esto un efecto mayor que los pen­samientos generados individualmente? ¿Existe un número mínimo de personas que habría que reunir para que el pensamiento fuese lo más poderoso posible? ¿Depende la intención del tamaño del grupo -cuan­to mayor el grupo, mayor el efecto-?

Se ha escrito muchísimo sobre el poder del pensamiento, comen­zando por Thinkand Grow Rich [Piensey gágase rico],' de Napoleon Hill, posiblemente el primer gurú de la autoayuda. La intención se ha con­vertido en la palabra de moda del movimiento Nueva Era. Los practi­cantes de la medicina alternativa hablan de usar la «intención» para curar a los pacientes. YJane Fonda escribe que hay que usar la «intención» en la educación de nuestros hijos.

¿Qué demonios quieren decir con «intención»? ¿Y cómo puede uno practicarla de manera eficaz? La mayor parte del material parece haber sido escrito improvisadamente -un poco de filosofía oriental por aquí, unas gotas de Dale Carnegie por allá...— con muy pocas evi­dencias científicas de que funcione.

Para encontrar respuestas a todas estas preguntas, recurrí, una vez más, a la ciencia, y examiné minuciosamente la literatura científica en busca de estudios sobre la curación a distancia y otras formas de psicoquinesis, o del dominio de la mente sobre la materia. Busqué a cien­tíficos internacionales que estudiasen cómo los pensamientos pueden afectar a la materia. Los experimentos descritos en El Campo fueron realizados durante la década de los setenta, así que examiné los descu­brimientos más recientes de la física cuántica en busca de más indicios.

También recurrí a la gente que había conseguido dominar el poder de la intención y que podía realizar proezas extraordinarias -curanderos espirituales, monjes budistas, maestros de Qigong, cha­manes—, para poder comprender las transformaciones que experimen­taban para aumentar el poder de sus pensamientos. Estudié las mil maneras de usar la intención en la vida real —en los deportes, por ejem­plo, y en diferentes tipos de curación como el biofeedback-. Analicé cómo los pueblos indígenas incorporaban el pensamiento dirigido en sus rituales diarios.

Comencé a buscar pruebas de cómo múltiples mentes concentrán­dose en el mismo blanco podían magnificar el efecto producido por un solo individuo. Estas pruebas, reunidas en su mayor parte por la organización de la meditación trascendental, eran prometedoras e indi­caban que un grupo de pensamientos semejantes creaba algún tipo de orden en lo que de otro modo sería un Campo Punto Cero aleatorio.

En ese punto de mi recorrido, el camino dejaba de estar asfalta­do. A partir de ahí, todo lo que se extendía frente a mí, por lo que yo sabía, era terreno inexplorado.

Entonces, una tarde, a mi marido, Bryan, emprendedor nato en la mayoría de las situaciones, se le ocurrió lo que parecía ser un pro­yecto descabellado: «¿Por qué no haces tú misma algunos experimen­tos de grupo?».

No soy físico. Tampoco soy ningún tipo de científico. El último experimento que realicé fue en la escuela secundaria.

Lo que sí tenía, sin embargo, era un recurso del que disponen pocos científicos: una masa potencialmente enorme de sujetos experi­mentales. Los experimentos colectivos de intención son extraordina­riamente difíciles de efectuar en un laboratorio ordinario. Un investi­gador tendría que reclutar a miles de participantes. ¿Cómo iba a encon­trarlos? ¿Dónde iba a ponerlos? ¿Cómo iba a conseguir que todos pen­saran lo mismo al mismo tiempo?

Los lectores de un libro ofrecen un grupo ideal de individuos con ideas afines que podrían estar dispuestos a participar en poner a prue­ba una idea. De hecho, ya tenía mi propio grupo de lectores asiduos con los que me comunicaba a través de Internet y mis otras activida­des derivadas de El Campo.

Primero se me ocurrió llevar a cabo mis propios experimentos con Robert Jahn, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Princeton, y su colega, la psicóloga Brenda Dunne, que dirige el Laboratorio de Investigaciones Anómalas de la Facultad de Ingeniería (Laboratorio PEAR, según sus siglas en inglés). A ambos los había conocido a través de mis investigaciones para El Campo. Jahn y Dunne llevaban nada menos que treinta años reuniendo minuciosamente algunas de las pruebas más convincentes sobre el poder de la intención dirigida para afectar a todo tipo de maquinaria. Son fanáticos del rigor científico, detallistas y van directo al grano. Robert Jahn es una de las pocas personas que conozco que se expresa con frases perfectas y com­pletas. Brenda Dunne es igualmente perfeccionista con sus experimen­tos y su lenguaje. Si aceptaran participar, podría estar segura de que el protocolo seguido en los experimentos sería el correcto.

Ambos tenían una gran variedad de científicos a su disposición. Dirigían el Laboratorio Internacional de Investigaciones sobre la Conciencia, muchos de cuyos miembros se hallan entre los más pres­tigiosos científicos del mundo que realizan investigaciones sobre la conciencia. Dunne también dirige PEARTree, un grupo de jóvenes científicos interesados en las investigaciones sobre la conciencia.

Jahn y Dunne se entusiasmaron inmediatamente con la idea. Nos reunimos varias veces y especulamos sobre algunas posibilidades. Finalmente, propusieron a Fritz-Albert Popp, subdirector del Instituto Internacional de Biofísica (IIB) en Neuss, Alemania, para que realiza­ra los primeros experimentos sobre la intención. Las investigaciones que hice para El campo me habían llevado a conocer a Fritz Popp. Fue el primero en descubrir que todos los seres vivos emiten una pequeña corriente de luz. Dado que era un eminente científico alemán recono­cido internacionalmente por sus descubrimientos, podía estar segura de que Popp también sería muy riguroso en la aplicación del método científico.

Otros científicos, como el psicólogo Gary Schwartz, del Centro Biológico de la Universidad de Arizona; Marilyn Schlitz, vicepresidenta de educación e investigación del Instituto de Ciencias Noéticas; Dean Radin, científico jefe en el mismo instituto, y el psicólogo Roger Nelson, del Proyecto de Conciencia Global, también ofrecieron su colaboración.

No tengo ningún patrocinador oculto para este proyecto. El sitio web y todos nuestros experimentos serán financiados por las ventas de este libro o por donaciones, ahora y en el futuro.

Los científicos que se dedican a la investigación experimental usualmente no pueden aventurarse más allá de los resultados obteni­dos a fin de especular sobre las implicaciones de lo que han descu­bierto. Por lo tanto, al reunir las pruebas que ya existen sobre la inten­ción, he intentado tener en cuenta las implicaciones más importantes de este trabajo y sintetizar estos descubrimientos individuales en una teoría coherente. Para poder describir con palabras conceptos que gene­ralmente son expresados mediante ecuaciones matemáticas, he tenido que recurrir a aproximaciones metafóricas a la verdad. A veces, con la ayuda de los científicos implicados, también me he visto en la obliga­ción de entrar en especulaciones. Es importante reconocer que las con­clusiones a las que he llegado en este libro representan los frutos de la ciencia de vanguardia. Estas ideas son parte de un trabajo en marcha. Indudablemente, aparecerán nuevos datos que amplificarán y refinarán estas conclusiones iniciales.

Investigar el trabajo de la gente que está a la vanguardia de los des­cubrimientos científicos ha sido para mí toda una lección de humil­dad. Dentro de los límites de un laboratorio, estos generalmente anó­nimos hombres y mujeres realizan actividades que están muy cerca de la heroicidad. Buscando a tientas en la oscuridad, se arriesgan a perder subvenciones, puestos académicos y carreras profesionales. La mayoría está siempre persiguiendo las subvenciones o donaciones que les per­mitan continuar con su trabajo.

Todos los avances científicos son un tanto heréticos, ya que cada nuevo descubrimiento importante niega en parte —o totalmentela visión predominante del momento. Para ser un verdadero explorador de la ciencia —para seguir sin prejuicios el camino de la investigación científica purano hay que temer proponer lo impensable ni demos­trar que los amigos, los colegas y los paradigmas científicos estaban equivocados. Ocultos en el lenguaje cauteloso y neutral de los datos experimentales y de las ecuaciones matemáticas se esconden nada menos que los cimientos de un nuevo mundo, un mundo que va tomando forma lentamente, de experimento en experimento.

Lynne McTaggart

Junio del 2006


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