Elogios a La Reconexión




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Agradecimientos


Quiero dar las gracias a:

Sonny y Lois Pearl, mis padres, por su apoyo en todos los sentidos.

Debbie Lucien, una estrella brillante en mi vida, cuya confianza, paciencia y absoluta fortaleza hicieron que este libro existiera. Me invitó a su vida y tuvo la gracia de hacer que pareciera como si yo estuviera rindiéndole a ella un homenaje.

Chad Edwards, cuya integridad, incesante energía, y su inquebrantable compromiso con la verdad salvaron este libro.

Hobie Dodd, cuyo extraordinario amor, lealtad, amistad y confianza -así como su habilidad para cuidar de mi vida personal y de negocios-hizo que fuera capaz de sacar tiempo para sentarme y escribir este libro.

Jill Kramer, cuya edición encontró la esencia en mi libro, y se aseguró de que otros fueran capaces de encontrarla también.

Robin Pearl- Smith, mi hermana, por mantener mi página de internet, editando incesantemente este libro (junto con mis padres, Hobie, y Chad que lo hicieron antes de que Jill lo tomara), y ayudar a la comprensión de La Reconexión en el mundo.

John Edward, por todo su apoyo en la sombra.

Lorane, Harry y Cameron Gordon, que me abrieron sus corazones y me ofrecieron una familia y una casa, ayudándome a ser todo lo que podía ser.

Lee y Patti Carroll, cuya amistad y opinión me ayudaron a seguir adelante durante el proceso de escribir este libro.

John Altschul, quien educadamente intentó ignorar esto hasta que tuvo su propia sanación.

Aaron y Salomón, por su entendimiento mundial.

Fred Ponzlov, por su entrega desinteresada de él mismo y de su tiempo.

Mary Kay Adams, por su decidido apoyo y aliento.

Gary Schwartz y Linda Russek, por su tiempo y energía invertidos en la investigación y documentación de la Sanacion Reconectiva, y por su precioso Prefacio para este libro.

Reid Tracy, por su ayuda en este libro y por tratarme con amabilidad y respeto.

Todo el equipo de Hay House, incluidas Tonya, Jacqui, Jenny, Summer, y Christie, por estar ahí y por su bella disposición para con este libro donde quiera que se las necesitara.

Susan Shoemaker, quien preparó innumerables tazas de té mientras leía este libro entero en voz alta para mí, ¡dos veces!

Joel Carpenter, que me permitió meterme en su casa y siempre se aseguraba de que dejaba de escribir el suficiente tiempo para comer.

Steven Wolfe, por ser un elemento que me conecta a la tierra y estabiliza mi vida.

Craig Pearl, mi hermano, por no reírse.

Belén Cabal, Luis Díaz, Beatriz «Bee» Jimpson y Beatriz Schriber, mi súper especial equipo de traducción español, que ha invertido su valioso tiempo personal y esfuerzo para conseguir una traducción que exprese el verdadero espíritu de la Sanacion Reconectiva.

Alessandro Di Masi, Gemma Sellares y Alejandro Ariza por sus leales esfuerzos para encontrar un editor y ayudar a ofrecer el mensaje de la Sanacion Reconectiva al público de lengua española.

Mi Peradejordi, Giovanna Cuccia y Anna M.a Mañas por su suprema paciencia al permitir que la publicación del libro se retrasara hasta conseguir que la traducción fuese lo más perfecta posible.

Ya Dios, el Único en este libro al que no le preocupa si le llamo El o Ella.

Parte I


El regalo Capítulo Uno

Primeros pasos

Sólo hay dos maneras de vivir tu vida. Una es como si nada fuera un milagro, ha otra es como si todo fuera un milagro. Albert Einstein

El milagro de Gary


¿Cómo pudo esta persona subir las escaleras?, pensé, mirando a través del ventanal junto a la entrada de mi oficina. Mi nuevo paciente acababa de subir la escalera. Se movía en una serie de pasos y pausas, durante las cuales miraba al siguiente escalón, preparándose para el esfuerzo. Una vez más me pregunté si poner un consultorio quiropráctico en el segundo piso de un edificio sin ascensor había sido la mejor idea. ¿No sería como poner una tienda de reparación de frenos al pie de una colina empinada?

No tenía muchas opciones cuando abrí el consultorio en 1981 y, como se podía ver, ahora tenía incluso menos... aunque las razones habían cambiado. Durante los 12 años que llevaba aquí, mi consultorio quiropráctico había llegado a ser uno de las más grandes de la ciudad de Los Ángeles. ¿Cómo podía cerrarlo y trasladarme?

Decidí no salir a ayudar a ese hombre en el último par de escalones. No quería disminuir su inminente sensación de éxito. Podía ver en su cara la absoluta determinación de un montañero escalando la última pendiente del Monte Everest. Cuando se tambaleó por última vez en el descansillo no podía ayudarle, pero me recordó el valor que tenía el Jorobado de Notre Dame para alcanzar la torre de la campana.

Una mirada al informe del paciente reveló que su nombre era Gary. Vino a mí por su dolor de espalda de toda la vida. No era sorprendente. Aunque joven y saludable, tenía una postura torturadora que se hacía evidente desde que su cuerpo se hacía visible. Su pierna derecha era varios centímetros más corta que la izquierda, y su cadera derecha estaba bastante más alta. Debido a su deformidad, caminaba con una cojera exagerada, balanceando la parte exterior de su cadera derecha con cada paso, después empujaba su cuerpo hacia delante para alcanzarla. Su pie derecho se giraba hacia dentro y se quedaba encima del izquierdo para que sus dos piernas actuaran como una sola gran pierna, equilibrando el peso de su cuerpo. Para mantenerse sin caer, su espalda se arqueaba hacia delante en un ángulo aproximado de 30 grados, dándole la apariencia de estar preparándose para tirarse a una piscina. Su postura y su manera de andar daban como resultado sus intensos problemas de espalda, desde la infancia hasta ahora.

Pronto, Gary me fue metiendo en su historia. Resultó que, de alguna manera, él había estado luchando contra una escalera desde el momento de su nacimiento. El doctor cortó su cordón umbilical demasiado pronto, interrumpiendo el suministro de oxígeno en su cerebro infantil. Cuando sus pulmones comenzaron a reaccionar, el mal estaba hecho: su cerebro se vio afectado de tal manera que el lado derecho de su cuerpo no se desarrolló simétricamente.

A los 14 años, explicó Gary, había visitado a más de 20 doctores en un intento de remediar su condición. Se le practicó cirugía para ayudar a su postura y forma de andar alargando el tendón de Aquiles de su pierna derecha. No funcionó. Le pusieron zapatos y aparatos ortopédicos. Ningún resultado. Cuando los espasmos que afligían sus piernas comenzaron a ser más y más violentos, a Gary se le prescribieron potentes medicinas antiespasmódicas. Los espasmos parecían aumentar con la medicación, que por otro lado le embotaba y desorientaba.

Finalmente, Gary acudió al consultorio de un famoso y reconocido especialista. Si alguien podía ayudarle, Gary estaba seguro de que sería este hombre.

Después de un exhaustivo examen, el doctor se sentó, le miró a los ojos, y le dijo que no había nada que él pudiera hacer. Gary tendría siempre sus problemas de espalda, dijo, además de que sus problemas aumentarían con la edad, su esqueleto continuaría deteriorándose, e incluso podría acabar su vida en una silla de ruedas. Gary miró fijamente al doctor.

Gary había puesto todas sus esperanzas y expectativas en este médico profesional, pero dejó el consultorio sintiéndose más abatido que nunca. Fue el día, según dijo Gary, que él «rompió mentalmente con el sistema médico».

Habían pasado trece años. Mientras entrenaba con una conocida, Gary le comentó que había tenido un inusual y fuerte dolor de espalda. Aunque parezca mentira, ella había sido paciente mía dos años antes, después de un accidente de moto. Le habló a Gary de mi consultorio.

Así que aquí estaba él.

Absorto en su historia, levanté la mirada de mi cuaderno de notas y le pregunté: «¿Sabes lo que pasa aquí?».

Gary me miró, en cierto modo perplejo por la pregunta. «¿Eres quiropráctico, no?»

Dije que con la cabeza, conscientemente decidido a no decir nada más. Se respiraba un sentimiento expectante. ¿Era yo el único que lo sentía?

Llevé a Gary a otra habitación, le coloqué sobre una camilla y ajusté su cuello. Le dije que volviera en 48 horas para revisión y le informé de que había acabado la primera visita.

Dos días después, Gary volvió.

Como la vez anterior, le acosté en la camilla. El ajuste llevó sólo unos segundos. Esta vez le pedí que se relajara y cerrara los ojos... y que no los abriera hasta que yo se lo pidiera. Puse mis manos en el aire, con la palma hacia abajo, a unos treinta centímetros de su torso, sintiendo suavemente sensaciones variadas e inusuales mientras llevaba mis manos hacia su cabeza. Giré mis manos hacia dentro y continué moviéndolas hasta que estuvieron una frente a otra sobre sus sienes. Mientras las tenía allí, miré los ojos de Gary moviéndose de un lado a otro, rápidamente y con fuerza, de lado a lado, con una intensidad que indicaba que no estaba dormido en absoluto.

Me sentí atraído instintivamente a llevar mis manos hacia la zona de los pies de Gary. Puse suavemente mis palmas sobre las plantas de sus pies. Sentía mis manos como si estuvieran suspendidas por una invisible estructura de apoyo. Debido a la deformidad de nacimiento de Gary, su pierna derecha permanecía en su posición rotada hacia dentro incluso cuando estaba echado sobre su espalda. Como yo sólo veía sus calcetines, no tenía ni idea de lo que estaba a punto de presenciar. Fue como si sus pies volvieran a la vida. No sólo que estuvieran vivos como lo están nuestros pies, sino como si se convirtieran en dos entidades vivientes, distintas una de otra, y claramente no las de Gary. Con una embelesada fascinación, observé los movimientos de sus pies. Una conciencia independiente casi parecía presente en cada uno.

De repente, el pie derecho de Gary comenzó un movimiento semejante a un ligero «bombeo» de un pedal de gas. Mientras continuaba este «bombeo», se añadió un segundo movimiento, un movimiento de rotación hacia fuera que llevó su pie derecho desde su posición original de descansar sobre el izquierdo, a una posición con los dedos hacia arriba, que le llevó a que sus dedos miraran hacia el techo igual que lo hacían los de su pie izquierdo. Sin preocuparme de si yo seguía respirando, miré fijamente en silencio mientras los ojos de Gary continuaban moviéndose como un veloz metrónomo de un piano de cola. Entonces su pie, aún bombeando, se volvió a rotar y se colocó en su posición original. La situación se volvió a repetir. Fuera. Dentro. Fuera. Dentro. Entonces pareció parar. Esperé. Y esperé. Y esperé. Parecía que no iba a pasar nada más.

Caminé a lo largo de la camilla hasta colocarme en el lado derecho de Gary. Aunque no era mi forma de tocar el cuerpo de una persona cuando hago esto, me sentí impulsado a poner muy suavemente mis manos sobre su cadera derecha, mi mano derecha sobre mi izquierda, aunque no directamente una sobre la otra. Miré hacia los pies de Gary. De nuevo, el pie derecho comenzó a moverse, primero de manera bombeante, después reanudando su rotación. Hacia fuera. Hacia dentro. Hacia fuera. Hacia dentro. Hacia fuera.

Esperé. Y esperé. Parecía que no iba a pasar nada más.

Quité las manos de la cadera de Gary, y suavemente, con dos dedos, toqué a Gary sobre el pecho. «¿Gary? Creo que hemos terminado.»

Los ojos de Gary continuaban moviéndose, aunque podía ver que estaba tratando de abrirlos. Unos 30 segundos después, cuando los abrió, Gary parecía un poco aturdido. «Mi pie se estuvo moviendo», me dijo, como si yo no lo hubiera visto. «Pude sentirlo, pero no podía pararlo. Sentí mucho calor por todas partes, entonces sentí un tipo de energía creciendo en mi pantorrilla derecha. Entonces... creerás que esto es un poco loco, pero sentí como si unas manos invisibles estuvieran girando mi pie, aunque no las sentía como si fueran manos en absoluto.»

«Puedes levantarte ya», dije, haciendo lo posible para que no se notara mi perplejidad, tratando aún de asimilarlo. Gary se levantó -por primera vez en 26 años- 1,80 metros de alto, con dos piernas independientes.

Yo miraba con asombrosa gratitud mientras Gary estaba de pie: su columna estaba derecha, y sus caderas niveladas y equilibradas. Su expresión comenzó a reflejar su propio entendimiento de lo que acababa de suceder. Cuando dio un par de pasos, le dije que aún quedaba un poco de cojera, pero nada que ver con su tambaleante giro de pierna de antes. Bastante lejos de eso.

Gary dejó mi consultorio con una enorme sonrisa en su cara, y le miré bajar con elegancia las escaleras.

Señales


Aquel día, la energía había subido claramente un nuevo nivel. ¿Por qué? No lo puedo decir. Simplemente subía a niveles nuevos, a veces cada semana, a veces pasando unos cuantos días, a veces varias veces en un mismo día. Incluso así, sabía que aunque la energía pasaba a través de mí, ni la creaba ni la dirigía. Alguien lo hacía, alguien más poderoso que yo. Aunque había estado leyendo mucho recientemente, lo que me estaba sucediendo a mí no tenía nada que ver con la «energía de sanación» de la que había leído en esos libros. Era más que simple «energía». Llevaba consigo vida e inteligencia más allá de las «técnicas» que llenan las páginas de las revistas de la Nueva Era. Era diferente. Era algo muy real.

Lo que ocurrió esa tarde con Gary no sólo cambió su vida, sino que cambió la mía también. Gary no fue el único paciente con el que trabajé de esa manera, pasando mis manos sobre su cuerpo. Eso había sucedido durante más de un año. No fue el único paciente que recibió una considerable sanación durante la experiencia. Sin embargo, él representa el caso más extremo, el paciente que había comenzado con mayor discapacidad y que había salido de mi consultorio con los resultados más llamativos y obvios. Casi dos docenas de los mejores médicos del país habían sido incapaces de corregir -e incluso mejorar- la forma de caminar de Gary, su postura, o la rotación de su cadera y pierna, pero esta anomalía, y su dolor asociado, habían desaparecido prácticamente. En cuestión de minutos. Se fueron.

Me pregunté una vez más porqué esta energía había elegido aparecer a través de mí. Quiero decir que, si yo estuviera sentado en una nube rastreando el planeta para elegir la persona correcta a la que otorgar uno de los más extraños y jamás vistos regalos del universo, no sé si a través del éter hubiera podido localizar, apuntar con mi dedo entre las multitudes, y decir: «¡Él! Ése es. Dáselo a él».

Quizá no sucediera de esa forma, pero así es como lo sentí.

Claramente, yo no he pasado mi vida sentado en la cima del Tíbet, contemplando mi ombligo y comiendo tierra en tazones, con palillos. Había pasado 12 años trabajando en mi consultorio, tenía tres casas, un Mercedes, dos perros y dos gatos. Era un hombre que de vez en cuando se mimaba en exceso, miraba más televisión que un aficionado de fútbol en temporada, y creía que había hecho todo lo que se «suponía» que tenía que hacer. Claro, también tenía mis problemas -de hecho, crecieron mucho justo antes de que todos estos acontecimientos extraños comenzaran a suceder- pero, en general, mi vida se desarrollaba de acuerdo con lo planeado.

Pero, ¿el plan de quién? Ésa era la cuestión que tenía que plantearme a mí mismo. Porque cuando miraba hacia atrás, podía ver que había ciertas señales a lo largo del camino de mi vida -sucesos extraños, coincidencias, y acontecimientos- que, aunque no importaban mucho individualmente, colectivamente, y con la ventaja de la retrospección, insinuaban que no debería haber caminado nunca por el camino que creía que había elegido.

¿Dónde estaba la primera señal? ¿Hace cuánto que sucedió la primera evidencia? Si le preguntas a mi madre, sucedió desde el día en que salí de su vientre. Mi nacimiento fue, en sus propias palabras, «raro». Por supuesto, muchas madres recuerdan su primera experiencia de dar a luz como especial y única. Pero no se trata de eso. Algunas mujeres pasan días de trabajo duro para parir. Otras paren en el bosque o en el asiento trasero de un taxi. ¿Mi madre? Ella murió en la camilla del quirófano mientras me daba a luz.

Pero lo que le preocupaba no era morir. Lo que le preocupaba era tener que volver a la vida.
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