Elogios a La Reconexión




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Capítulo Dos Lecciones de vida después de la muerte


Existe una razón lógica para todo lo que sucede en este mundo y en el más allá, y todo es perfectamente comprensible. Algún día, entenderás el propósito divino del proyecto de Dios. Lois Pearl

El hospital


¿Cuándo nacerá este niño? se atormentaba. En la sala de partos, Lois Pearl, mi madre, había estado haciendo sus ejercicios de respiración y dilatando y dilatando... pero no pasaba nada. No venía el bebé, no dilataba, sólo tenía dolor, y más dolor, y la doctora pasaba a controlarla entre un parto y otro. Intentaba no gritar; estaba decidida a no montar una escena. Después de todo, esto era un hospital. Había personas enfermas.

Pero, la siguiente vez que vino la doctora, mi madre la miró suplicante, y con lágrimas en los ojos, preguntó: «¿Cuándo se acaba esto?».

Preocupada, la doctora colocó con firmeza una mano sobre el abdomen de mi madre para ver si yo había «bajado» lo suficiente como para nacer. La cara de la doctora demostraba que no estaba muy convencida de que fuera así. Pero tomando en consideración el dolor extraordinario que sufría mi madre, la doctora se volvió hacia la enfermera y a regañadientes le dijo: «Pásala dentro».

La pusieron en una camilla y la llevaron a la sala de partos. Mientras la doctora seguía presionando su abdomen, mi madre percibió que la habitación se había llenado de repente con el sonido de alguien gritando muy fuerte. ¡Caramba! pensó, ¡esa mujer sí que está quedando en ridículo! Entonces se dio cuenta de que en esa habitación sólo estaban ella y el personal médico, lo que significaba que los gritos debían ser suyos. Después de todo, sí que estaba montando una escena.

Eso la molestaba de sobremanera. «¿Cuándo va a terminar esto?»

La doctora le ofreció una mirada de consuelo y una ligera ráfaga de éter. Fue como colocar una minúscula venda en un miembro amputado. «La perdemos...»

Mi madre casi no podía oír la voz entre el rugido de los motores, enormes motores, como los que encontrarías en una fábrica, no en un hospital. Al principio no se oían tan fuerte. El sonido, acompañado de un hormigueo, había comenzado por las plantas de sus pies. Luego empezó a subirle por el cuerpo como si los motores fueran avanzando, oyéndose cada vez más fuertes según ascendían, apagando la sensación en una zona antes de pasar a la otra. Tras de sí sólo dejaban entumecimiento.

Por encima del sonido de los motores, los dolores del parto continuaban con una intensidad manifiesta.

Mi madre sabía que recordaría ese dolor por el resto de su vida. Su ginecóloga, una doctora del tipo de las del campo (práctica, no-me-ven-gas-con-cuentos) era partidaria de que las mujeres experimentaran la «expresión total» del nacimiento. Lo que se traducía en «sin anestesia», ni siquiera durante el parto, a excepción de un chorrito de éter en la cúspide de la contracción.

Por extraño que parezca, ninguno de los doctores o enfermeras parecía distraído. Ahí estaba ese ruido atronador, y nadie en la sala de partos parecía escucharlo. Mi madre se preguntó, ¿Cómo es posible?

Así que los motores y el entumecimiento que dejaban tras de sí, tendrían que haber sido un alivio. Pero al pasar retumbando por la pelvis de mi madre hacia su cintura, se percató de que sabía lo que pasaría cuando llegaran a su corazón.

La perdemos...

¡No! La invadió una sensación de resistencia. Con o sin dolor, no quería morir, se imaginaba a sus seres queridos llorándola. Pero a pesar de su lucha, los motores no se detenían. Seguían sin parar hacia arriba, dejándola entumecida milímetro a milímetro, como si borraran su existencia. No tenía poder para pararlos. Y al darse cuenta de esto, algo extraño pasó. Aunque no quería morir, de pronto una paz la invadió.

La perdemos...

Los motores llegaron a su esternón, su rugido llenaba su cabeza.

Y entonces comenzó a elevarse...

El viaje


No era el cuerpo de mi madre el que se elevaba por el aire. Era lo que ella suponía su alma. La estaban ascendiendo, gravitando a propósito hacia algo. No miró hacia atrás. Sin ser consciente de lo que la rodeaba físicamente, sabía que ya había dejado atrás la sala de partos y sus motores. Seguía ascendiendo, moviéndose hacia arriba. Y, aunque no tenía ningún conocimiento consciente de vida después de la muerte, o de ninguna otra cosa «espiritual», ni siquiera importaba. No se requiere un conocimiento espiritual para reconocer cuándo tu esencia fundamental deja tu cuerpo y empieza a ascender. Sólo puede haber una explicación para eso.

La última cosa de la que mi madre se dio cuenta en la mesa de partos fue que, aunque estaba dejando atrás todo aquello que le era familiar, ya no le importaba. Al principio esto le sorprendió. Tan pronto como dejó de luchar y se «dejó ir», empezó su viaje. Lo que sintió primero fue una sensación de paz general, tranquilidad y ausencia de responsabilidades mundanas. Ninguna de las preocupaciones cotidianas la retenía. No había que cumplir horarios, ni que acometer tareas terrenales, no había que cumplir expectaciones, ni que establecer límites. Ni miedos a lo desconocido. Uno a uno se iban derritiendo... y qué alivio se sentía. Qué gran alivio. Mientras esto sucedía, un sentimiento de ligereza se apoderaba de ella, y se dio cuenta de que estaba flotando. Se sentía tan ligera, con la desaparición de las responsabilidades mundanas, que se elevó a un nivel más alto aún. Y así empezó el ascenso de mi madre, y sólo se detenía para absorber un tipo de conocimiento u otro.

Se elevó a través de una sucesión de niveles distintos, no recuerda un «túnel» exactamente, como han relatado otros que han tenido experiencias similares. Lo que sí recuerda es que por el camino encontró a «otros». Eran algo más que «personas». Eran «seres», «espíritus», «almas» cuyo tiempo en la Tierra ya había terminado. Estas «almas» hablaban con ella, aunque hablar no es la palabra más exacta. La comunicación no era verbal, era más bien como una transferencia de pensamiento que no dejaba lugar a dudas de lo que se estaba comunicando. Allí no existía la duda.

Mi madre aprendió que el lenguaje verbal, tal y como lo conocemos, más que una ayuda es una barrera para la comunicación. Es uno de los obstáculos que se nos pone como parte de la experiencia de aprendizaje aquí en la Tierra. También forma parte de lo que nos mantiene en el ámbito limitado de comprensión en el cual debemos funcionar para poder adquirir maestría en nuestras otras lecciones.

Mi madre se dio cuenta de que el alma -el «corazón» de una persona- es la única cosa que sobrevive o importa. Las almas exhiben su naturaleza claramente. No había ni caras, ni cuerpos, ni nada detrás de lo que esconderse, y a pesar de esto reconocía a cada uno por lo que eran exactamente. Su fachada física ya no era parte de ellos. Se quedaba atrás como el recuerdo del papel que una vez jugaron en las vidas de sus seres queridos, para ser preservados en la memoria de su existencia. Este testamento de la verdad de su ser físico anterior es todo lo que queda aquí en la Tierra. Su esencia verdadera había trascendido.

Mi madre aprendió que nuestra apariencia externa y gestos físicos importan muy poco, y lo superficial que resulta nuestro apego a ellos. La lección que aprendió en ese nivel es que no se debe juzgar a la gente por su apariencia ya sea de raza o color, ni por su credo o nivel de educación, sino que debemos descubrir quiénes son en realidad, ver lo que hay dentro, ir más allá del exterior y contemplar su identidad verdadera. Y, aunque ésta era una lección que ella ya sabía, de alguna forma la iluminación que adquirió allí era infinitamente más compleja, infinitamente más amplia.

Resultaba imposible juzgar cuánto tiempo había pasado. Mi madre sabía que llevaba lo suficiente como para subir por todos los niveles. También sabía que cada nivel enseñaba una lección.

El primer nivel era el de las almas que estaban ligadas a la Tierra, aquellas que todavía no están listas para partir. Aquellas que tenían dificultad para separarse de lo familiar. Por lo general son espíritus que sienten que han dejado asignaturas pendientes. Pueden haber dejado seres queridos con minusvalías o enfermos que dependían de ellos (y son reacios a abandonarles), y permanecen en este primer nivel hasta que se sienten capaces para liberarse de sus ataduras terrenales. O, pueden haber tenido una muerte repentina y violenta que no les dio tiempo a percatarse de que habían muerto, así como del proceso que tendrían que seguir para continuar con el camino de la ascensión. De cualquier forma, siguen sintiendo lazos fuertes con los vivos y simplemente todavía no están listos para irse. Hasta que se den cuenta de que ya no pueden funcionar en ese plano, que ya no pertenecen aquí y que ya no están en esta dimensión, permanecerán en el primer nivel, el más cercano a su vida anterior.

Los recuerdos de mi madre del segundo nivel parecen algo vagos, aunque sus recuerdos del tercero todavía son vividos.

Cuando ascendió al tercer nivel, recuerda haber experimentado un sentimiento fuerte. Sintió tristeza cuando se dio cuenta que este era el nivel de los que se habían suicidado. Estas almas ahora estaban en el limbo. Parecían haber sido aisladas, y no se movían ni para arriba ni para abajo. No llevaban dirección alguna.

Su presencia carecía de rumbo. ¿Se les permitiría ascender en algún momento para poder completar su lección y evolucionar en su desarrollo? No podía entender que no pudieran. Quizá sólo les estaba llevando más tiempo, pero esto, sintió, era pura especulación. No fue capaz de traer ninguna respuesta consigo. En cualquier caso, estas almas no tenían descanso, y la experiencia de este nivel fue muy desagradable, no sólo para los que tenían que estar allí, sino también para los que pasaban por ahí. La lección de este tercer nivel era indeleble y clara: Suicidarte interrumpe el proyecto de Dios.

Lecciones adicionales


Había otras lecciones que mi madre pudo traer de vuelta. Se le enseñó la inutilidad de llorar por los que se han muerto. Si hubiera algún pesar que experimentaran los espíritus que han muerto, sería el del dolor que sufren los que se quedan. Desearían que nos regocijáramos por su muerte, que «les acompañáramos con fanfarrias a casa», porque cuando morimos, estamos en donde deseamos estar. Nuestra aflicción es por nuestra pérdida, por el hueco que deja esa persona en nuestras vidas. Su existencia, ya fuera una experiencia agradable o desagradable, fue parte de nuestro proceso de aprendizaje. Cuando mueren, perdemos esa «fuente». Con suerte, habremos aprendido lo que teníamos que aprender, o finalmente deberíamos ser capaces de hacerlo, a través de la reflexión sobre la influencia de su vida en la nuestra. Supo que el paso del tiempo -desde que dejamos el cielo para el transcurso de nuestra vida aquí en la Tierra, hasta nuestro regreso- es tan solo un chasquido de los dedos para nuestra conciencia eterna, y que estaremos juntos «momentáneamente». Es entonces cuando nos damos cuenta de que así es como tenía que ser.

Se le demostró que, a pesar de lo terrible e injustas que sean las cosas que le pasan a la gente en la Tierra, no es culpa de Dios. Cuando se mata niños inocentes, o mueren personas buenas después de una enfermedad prolongada, o se daña o desfigura a alguien, no tiene nada que ver con culpa o falta. Son nuestras lecciones para aprender -las que están en nuestro proyecto divino- y hemos acordado llevarlas a cabo. Son lecciones para nuestra evolución, tanto para los que las infligen como para los que las padecen.

En su totalidad, estas eventualidades están bajo la dirección y control de la persona que las experimenta. La acción, o la forma en que se desarrolle, dependen simplemente de la dirección que elijamos. Al comprender esto, podía ver lo inapropiado que es cuestionar cómo puede Dios permitir que estas cosas pasen, o, basándose en estos sucesos, cuestionar siquiera la existencia de Dios. Mi madre entonces entendió que hay una explicación perfectamente lógica para todo esto. Era tan perfecta que se preguntó por qué no lo había sabido desde el principio. Y, de alguna manera, al ver el panorama en su totalidad, se dio cuenta de que todo -todo- es como debe ser.

Mi madre también aprendió que la guerra es un estado temporal de barbarismo -una forma ignorante e inepta de solucionar las diferencias, y en algún momento, dejará de existir. Estas almas encuentran la adicción de la humanidad a la Guerra no sólo primitiva, sino ridícula: enviar a hombres jóvenes a luchar en batallas de hombres viejos para adquirir tierras. Llegará el día en que la humanidad verá ese viejo concepto del pasado y se preguntará: ¿Por qué? Cuando haya almas lo suficientemente evolucionadas con una gran inteligencia para resolver problemas, se terminarán las guerras para siempre.

Mi madre hasta descubrió por qué la gente que, para todos los pareceres, habían hecho cosas «horribles» en la vida, se les recibía allí sin juicio. Sus acciones se volvieron lecciones de las que tenían que aprender, y que les harían seres más perfectos. Tenían que desarrollarse a partir del nivel de sus elecciones. Por supuesto, tendrían que volver a la Tierra una y otra vez hasta que absorbieran el conocimiento derivado de las consecuencias trascendentales de su comportamiento. Tendrían que ir de un ciclo de nacimiento a otro hasta que consiguieran evolucionar y finalmente regresar a Casa.

Cuando las lecciones estaban completas, mi madre ascendió al nivel más alto. Una vez allí, dejó de subir y empezó a deslizarse sin esfuerzo hacia delante, y hacia delante, atraída firmemente y a propósito por algún tipo de fuerza. Los colores y las formas más hermosas pasaban a cada lado. Eran como paisajes, excepto que... no había tierra. De alguna forma supo que eran flores y árboles, aunque no se parecían a nada de la Tierra. Estos matices y formas indescriptibles que no existían en el mundo que había dejado atrás, la llenaban de asombro.

Poco a poco, mi madre se dio cuenta de que pasaba rozando una especie de camino, un sendero en el que se alineaban a cada lado almas familiares: amigos, parientes y gente que había conocido en otras vidas. Habían venido a recibirla, a guiarla y a hacerle saber que todo estaba bien. Fue un sentimiento indescriptible de paz y felicidad.

En el extremo del camino, mi madre vio una luz. Era como el sol, tan brillante que tenía miedo que quemara sus ojos. Pero su belleza era deslumbrante. No podía apartar la vista. Para su sorpresa, aunque se iba acercando, no le dolían los ojos. El brillo exquisito de la luz parecía familiar, y en cierta forma confortable. Se encontró rodeada por su corona y supo que la luz era mucho más que un simple resplandor: era el núcleo del Ser Supremo. Había alcanzado el nivel de la Luz de todo-conocimiento, todo-tiempo, todo-aceptación y todo-amor. Mi madre supo que estaba en Casa. Éste era su sitio. Éste era su origen.

Entonces, la Luz se comunicó con ella sin palabras. Con uno o dos pensamientos no verbales, transmitió suficiente información para llenar volúmenes. Expuso su vida -esta vida- frente a ella en fotografías. Era maravilloso verlo; casi todo lo que había dicho o hecho se le presentaba ante sus ojos. De hecho podía sentir el dolor o la felicidad que había dado a otros. A través de este proceso, estaba recibiendo sus lecciones, sin ningún juicio. Pero, aunque no había juicio, sabía que era una buena vida.

Después de un rato, se le hizo saber que la iban a enviar de regreso. Pero no quería ir. Qué chistoso, a pesar de toda la lucha que había opuesto a morirse, ahora ya no quería irse de aquí. Estaba muy en paz, instalada en su nuevo ambiente, su nuevo entendimiento, sus viejos amigos. Quería quedarse para la eternidad. ¿Cómo podían esperar que se fuera?

Como respuesta a sus súplicas silenciosas, a mi madre le hicieron entender que no había terminado todavía con su trabajo en la Tierra: tenía que regresar para criar a su hijo. ¡Parte de la razón de que se le hubiera traído aquí era para que adquiriera una percepción especial para hacer precisamente eso!

De repente, mi madre sintió que la sacaban fuera del corazón de la Luz y la devolvían al sendero por el que acababa de viajar. Pero ahora iba en la dirección opuesta, y sabía que estaba regresando a su vida en la Tierra. Dejar las almas familiares, los colores y las formas, y la Luz misma le hacía sentir un anhelo y una tristeza profundos.

Al retirarse de la Luz, la sabiduría de mi madre empezó a evaporarse. Sabía que la habían programado para olvidar; no debía recordar. Trató desesperadamente de aferrarse a lo que quedaba, sabiendo que decididamente esto no era un sueño. Luchó por aferrarse a los recuerdos y las impresiones, muchas de las cuales ya se habían ido, y sintió una pérdida terrible. Sin embargo, sintió una paz interna, ahora inculcada con el conocimiento de que cuando fuera su momento de regresar a Casa, sería recibida con amor. Esto, supo que sí lo recordaría. Ya no tendría miedo a la muerte.

En ese momento, mi madre escuchó el sonido distante de motores. Esta vez comenzaron en su cabeza y continuaron hacia abajo. Por encima del ruido, empezó a oír voces -voces humanas- y luego el latido de su propio corazón.

Se dio cuenta de que la mayor parte del dolor había desaparecido.

Los motores bajaban, bajaban, bajaban... el ruido disminuía. Pronto ya no quedaba nada de los motores más que un cosquilleo en las plantas de los pies. Y luego ni siquiera eso. Ya había acabado. Había vuelto a lo que la gente piensa que es el mundo «real».

Una doctora de aspecto muy aliviado se inclinó hacia ella, sonriendo. «Felicidades, Lois», dijo. «Tienes un precioso hijito.»

El significado de todo


Todavía no me habían enseñado a mi madre. Primero tenían que limpiarme, pesarme y contar mis dedos. Así que la llevaron a la habitación del hospital. Mientras la llevaban por el pasillo, el sentido total de lo que había experimentado y absorbido de repente la sobrecogió. Intuitivamente sabía que casi había olvidado gran parte de las percepciones que, tan sólo hacía unos instantes, eran suyas: por qué el cielo es azul, por qué el césped es verde, por qué el mundo es redondo y cómo se llevó a cabo la creación, la lógica perfecta de todo ello. Pero también sabía con certeza que hay un Ser Supremo. Hay un Dios.

Había también otro conocimiento que trajo consigo, de una claridad inequívoca: «Hemos sido colocados aquí para aprender lecciones que nos hacen almas más completas. Tenemos que vivir este proyecto en este nivel antes de que estemos listos para pasar a otro nivel. Esta es la razón de que algunas personas sean almas viejas, mientras que otras son almas jóvenes».

En la actualidad, puedes encontrar mucha información sobre este tema en libros de metafísica, pero en aquella época no era así. Las librerías no tenían secciones de Nueva Era, y por supuesto, estas lecciones no se nos enseñaban como parte de nuestras tradiciones religiosas básicas. Mi madre no tenía amigos que hablaran de estas cosas, ni entró en el hospital para iluminarse, ¡simplemente quería que ese feto renuente a salir, saliera de su cuerpo antes de que se volviera loca del dolor!

No obstante, no había duda alguna de que había cambiado. Podía sentirlo, y sabía que, irónicamente, parte del cambio era el resultado de tener que dejar atrás el recuerdo de muchas lecciones. Durante toda su vida ella había sido compulsiva, perfeccionista. Ahora, se encontraba a sí misma deseando personificar cada uno de los principios que le habían enseñado, pero descubrió que no podía recordar la mayoría de ellos. ¿Cómo puedes poner en práctica lo que no recuerdas?

Así que mi madre decidió que ya era hora de relajarse consigo misma... y con los demás. Es decir, que tal vez dejaría que hubiera un poco de polvo en casa, y que no llevaría una botella de desinfectante en los viajes de vacaciones para limpiar los baños de los hoteles, y empezaría a aceptar las cosas como son.

Mientras rodaba en la camilla por el pasillo, apareció mi padre caminando a su lado, manteniendo la calma. Le hizo señas de que se inclinara. «Cuando volvamos a la habitación», le susurró, «tengo que decirte algo que me programaron para que olvidara.»

Cuando estuvieron juntos en la habitación, solos a excepción de dos mujeres en sus camas de hospital, mi madre susurró: «No repitas nada de lo que te diga, Sonny. La gente creerá que estoy loca».

«Yo no.»

Comenzó a describirle todo lo que aún recordaba, tratando de aferrarse a los pocos granitos de arena que aún le quedaban entre los dedos. Mi padre escuchaba en silencio, y ella estaba segura de que él no dudaba de una sola de sus palabras. Sabía que ella nunca podría haber inventado una historia tan loca.

Cuando terminó, el cansancio hizo que se quedara dormida. Le suplicó a mi padre que fuera a casa y escribiera todo tan pronto como pudiera. Esta información era demasiado valiosa para perderla. Él estuvo de acuerdo.

Al despertar, se encontró mirando a la mujer de la cama de al lado. Mi madre la reconoció del día anterior. Todavía estaba grogui, y su primer pensamiento fue: ¡Caramba, qué fea es! Y entonces se dijo a sí misma: «Espera un momento, acabas de experimentar el conocimiento de que la apariencia de una persona no importa». La ironía de la situación la hizo reír.

«Estuviste hablando toda la noche cuando volviste de tener el bebé», le dijo la compañera de habitación.

«¿Ah, sí?»

«Recitabas las Escrituras.»

«¿Y qué era lo que decía?»

«No lo sé, hablabas en otras lenguas.»

¿En otras lenguas? Mamá no sabía ninguna lengua extranjera ni antigua; de hecho, no podía recitar más que el salmo 23, y eso sólo en inglés.

Se quedó recostada en la cama. Muchas preguntas. Si tenía alguna duda sobre lo que le había pasado el día antes, ahora ya no. Algo muy extraordinario había sucedido en esa sala de partos. Ella sabía que no era un sueño, aunque sólo sea porque los sueños no te hacen cambiar, no de una manera tan profunda. ¿Cómo si no podrías entrar en un sueño temiendo a la muerte, y salir de él no sólo sin miedo, sino incluso sintiéndote cómoda con ella, y sabiendo que siempre te sentirías así?

Mi madre quería ahondar más en su experiencia. En particular, quería saber exactamente lo que había estado pasando con su cuerpo en la sala de partos mientras su conciencia estaba en comunión con seres de luz pura.

Pronto descubrió que averiguarlo no iba a ser nada fácil.

Cuando mi madre le preguntó a la doctora si había pasado algo extraño en la sala de partos, le contestaron: «No, fue un parto normal». Según la doctora, la única complicación, y fue muy pequeña, fue la necesidad de utilizar fórceps para poner al bebé en la posición adecuada, una práctica bastante común en aquella época.

Código de silencio


¿Un parto normal?

No podía ser cierto. La frase «parto normal» no coincidía con «La estamos perdiendo».

Luego, mi madre interrogó a las enfermeras que estuvieron tanto en la sala de dilatación como en la de parto, pero no consiguió a nadie que reconociera que mi madre había hablado en otras lenguas, ni que admitiera que había habido algún problema.

“Todo salió bien” le dijeron.

Si los doctores y las enfermeras hubieran sido las únicas personas presentes durante el proceso del parto, ése hubiera sido el final de la cuestión. Pero mi madre recordó a una auxiliar que también había estado en la sala durante el parto. Las auxiliares trabajaban en las trincheras. Hacían su trabajo silenciosa y eficientemente, sin aspavientos. A menudo se les ignoraba y casi siempre se les apreciaba poco. Las auxiliares no tenían muchas razones para ocultar la verdad cuando las cosas iban mal.

Así que mi madre abordó a la auxiliar diciendo: «Sé que algo me pasó en la sala de operaciones».

Después de una larga pausa, la enfermera se encogió de hombros. «No puedo hablar de ello, pero todo lo que puedo decirle es que tuvo usted... mucha... suerte.»

¿La perdemos?

¿Tuvo usted suerte?

Esto era suficiente para confirmar lo que mi madre ya sabía: algo especial le había pasado aquel día en la sala de partos, algo más que la felicidad de sacar a mi pequeño ser a este mundo sin el beneficio de la anestesia. Los doctores de hecho, la habían perdido. Había muerto, y regresado. De hecho, llegó a pensar que lo que le pasó no era una experiencia «cercana a la muerte» sino una experiencia de «vida después de la muerte». «Cercana a la muerte» es una idea diluida. Mi madre no había estado cerca de la muerte. Ella murió. Y como otras personas que murieron y volvieron, regresó como una persona distinta. Ahora entendía que cualquier cosa que le pasara en su vida «buena» o «mala», sería exactamente lo que su alma necesitaba en ese momento para poder progresar. «Vas a repetir... hasta que aprendas.» Es parte de la evolución.

Esta lección resultó ser muy oportuna. Acababa de darme a luz y a sus ojos yo estaba fuera del ámbito de lo común desde el momento de mi nacimiento.

¿Era ésta una apreciación típicamente maternal? Probablemente, excepto que mi madre insiste que tuvo claro que yo era distinto la primera vez que posó sus ojos en mí, el día después de mi nacimiento. Yo era el único bebé en la sala de recién nacidos, se acercó a mi cuna con una botella de leche en la mano y se asomó. Estaba boca abajo, despierto. «Hola, pequeño extraño», me saludó. «Estamos solos contra el mundo, tú y yo.»

Al oír su voz me levanté sobre mis antebrazos, e inclinando la cabeza, me volví lentamente hacia la izquierda, luego hacia la derecha, como para estudiar mi nuevo ambiente. Mi madre vio esto asombrada. ¿Cómo era posible? Siempre había sabido que los músculos del cuello de los recién nacidos eran demasiado débiles para hacer una cosa así.

Mi madre iba a dejar el biberón en una mesa cercana, y luego dudó. ¿Quién sabe qué gérmenes podría haber en la superficie de la mesa? Podía verlos subiéndose a la superficie externa del biberón y metiéndose por la tetina, contaminando la leche. Pero, ¿no acababa de aprender que sería mejor ignorar algunas de esas pequeñas obsesiones que la consumían, ya que existía una razón y un equilibrio para todo?

Casi. Mi madre transigió y simplemente colocó un pañuelo entre el biberón y la mesa, mientras me tomaba en brazos. Se enamoró de mí en el instante en que me vio.

Más tarde, cuando la doctora vino a examinarla, Mamá le contó que yo había levantado la cabeza. La doctora dijo con firmeza: «No pueden hacer eso». Luego fue a examinarme a la sala de recién nacidos.

Un instante después, mi mamá oyó la voz de la doctora desde la sala de recién nacidos, en la habitación de al lado. «Caramba», dijo la doctora, y su voz sonaba casi como si me regañara, «se supone que no puedes hacer eso...»

En ese momento, mi madre tuvo la seguridad de que algo extraordinario estaba sucediendo.
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