Elogios a La Reconexión




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Capítulo Tres

COSAS INFANTILES


Los niños dicen las cosas más rocambolescas.

Art Linkletter

Me han contado que, cuando era niño, aprendía muy rápido pero que me aburría fácilmente. Era imaginativo y caprichoso, pensativo e imprudente, cariñoso y egoísta. Como la mayoría de los niños, estaba convencido de que el universo giraba en torno a mí y a mis necesidades. ¿Y por qué no? Había un límite muy pequeño en mi mente entre lo que deseaba y lo que esperaba conseguir. Creía que todo estaba a mi alcance. Todo.

Incluidos los planes de la familia.

Mi madre tuvo las primeras sensaciones de que llevaba una nueva vida en su vientre cuando yo tenía dos años. La sensación fue como si tuviera dos «revoloteos» distintos, así que estaba convencida de que llevaba gemelos. Un equipo de ginecólogos insistía en que ella estaba equivocada, incluso cuando su barriga comenzó a crecer... y crecer... y crecer. Era una mujer alta y delgada. Por detrás, sólo veías su alta y esbelta silueta, pero cuando se ponía de lado, aparecía un perfil tan extremo que podías poner cómodamente una bandeja sobre su barriga.

Me gustaba escuchar los ruidos sordos dentro del vientre de mi madre. Cuando ponía mi oreja contra ella, las cosas se volvían muy activas dentro. Esto me fascinaba.

Unos cuantos meses después, mi madre estaba de vuelta en el quirófano, pero esta vez le dieron analgésicos. No escuchó motores ni odiseas.

«Expulse con fuerza», le dijeron los doctores en una neblina casi real, y ella lo hizo, y entonces cayó dormida. Un ratito después, la despertaron. «Felicidades, ha tenido una preciosa niña.» Satisfecha (y drogada), asintió con la cabeza y se volvió a dormir. Unos minutos después la despertaron de nuevo. «Expulse con fuerza.»

Bueno, pensó, sabía que esto iba a pasar. Una vez más lo hizo. Lo siguiente que recuerda oír fue: «Felicidades, ha tenido un precioso niño». Sabiendo que había terminado, se permitió deslizarse en un profundo sueño.

Pronto la estaban despertando de nuevo. «Expulse con fuerza.»

«¡Otro más no!»

Ellos se rieron. «No, no, es para la placenta.»

Cuando los gemelos llegaron finalmente a casa, estaba sorprendida de que su primer hijo, yo, parecía menos satisfecho.

«¿Qué pasa?», preguntó.

«No los quería», dije.

«Dijiste que los querías», respondió cariñosamente.

«No, no lo dije.»

«Dijiste que querías un hermano y una hermana.»

Con las piernas abiertas y el puño firmemente plantado en mi cadera, miré a mi madre a los ojos. «Dije que quería un hermano o una hermana. Oooooo una hermana. Devuelve uno.»

Poco sabía yo las dificultades que me encontraría para ajustarme a compartir con mis hermanos un espacio que hasta ahora había sido sólo mío. Éste sería el mayor reto (está bien, lección de crecimiento) durante los próximos años.

Abrir la puerta


La cuestión sobre la conducta precoz es: a veces es simpática y otras no. Desde una edad muy temprana, tuve un problema relacionado con la autoridad, y un problema aún mayor relacionado con el aburrimiento. Era una combinación volátil. Si había una pequeña grieta que sabía que no debía explorar, ahí estaría yo. Si había algo que no debía hacer, muy probablemente lo hacía. En palabras de mi madre, para mantenerme ocupado, yo me hice ingenioso con «trampas» y explicaciones. Rendirse al sueño es una forma de rejuvenecer. E incluso entonces, tenía miedo de que mientras dormía me perdiera algo.

Un ejemplo de una de mis trampas implicaba a mi abuela materna, «Nana». Un día, no mucho después de la llegada de mi hermano y mi hermana, Nana vino a casa para ayudar. Esto le permitía a mi madre un descanso muy necesario. Mi hermano y mi hermana estaban en sus cunas, y yo estaba temporalmente ocupado con la tele. Tres grandes ollas de aluminio, una llena de pañales, y las otras con biberones, estaban hirviendo en la cocina, y una tanda de ropa acababa de secarse en el sótano. Nana bajó a buscar la ropa. Trabajando duro, rápido y de forma práctica, Nana intentaba darse prisa porque sabía que no era una buena idea dejarme solo mucho rato. Con los brazos cargados de ropa limpia, perfumada y doblada en un cuidadoso montón, comenzó a subir las escaleras. Mirando por encima, de repente vio que la puerta del sótano se cerraba. Trató de correr, pero la puerta se cerró antes de que pudiera llegar. Sonó el cerrojo.

Inclinándose sobre la puerta sujetando el montón de ropa, Nana liberó una mano y comprobó el picaporte. No giraba. «Abre la puerta, Eric», dijo con una dulce y controlada voz.

Con una voz más suave aún, dije: «Oh-oh».

«Vamos, venga, abre la puerta.»

«Oh-oh.»

Nana sabía que conmigo no funcionaba ponerse firme. Pero no se iba a dejar ganar por un niño pequeño, aunque precoz, especialmente con tres ollas de agua hirviendo en una habitación y dos bebés durmiendo en otra. Así que intentó una nueva estrategia. «Te apuesto a que no puedes llegar al picaporte de la puerta», dijo, jugando con mi rebeldía.

«Sí, sí que puedo.»

«Apuesto a que no.»

Hubo un silencio.

Nana comenzó a sudar. Ella casi podía oír el sonido de mi cerebro runruneando, calibrando la situación. Pero finalmente, como ella esperaba, tuve que probarme a mí mismo. Empujé el picaporte un poco. Ella escuchó el suave ruido.

«Apuesto a que no puedes abrirla», dijo.

«Sí, sí que puedo.»

Una vez más llegó el desafío dulcemente disfrazado: «Apuesto a que no».

Hubo otra larga pausa. La ropa se estaba volviendo más pesada en sus brazos. El mecanismo de cierre consistía en un pequeño picaporte que empujabas y girabas. Sonaba un pequeño che si lo abrías, y Nana esperaba el sonido. Tenía que moverse rápido. No quería hacerme daño al abrir la puerta rápidamente, pero esa parecía ser su única posibilidad.

No me pude resistir.

Clic.

Nana empujó rápidamente la puerta, y se abrió más rápido de lo que ella esperaba. La ropa aún caliente, perfumada y doblada cayó por el suelo. Yo me caí antes de poder salir corriendo. Conmocionado, me quedé allí sentado llorando.

Nana corrió a apagar el agua hirviendo y volvió a consolarme. Yo sólo tenía dos años y medio, y ya entonces, Nana sabía que su carrera como niñera se había terminado.

En las nubes


Nana era la madre de mi madre, y «Bubba» era la de mi padre. Bubba era cálida, fuerte, una abuela al estilo antiguo que podía dar esos enormes y succionadores besos europeos, de esos que dejan marca. Estaba llena de vida, con una energía inagotable y un sentido del humor subidito de tono, que a menudo sonrojaba a alguno de los parientes más «conservadores». Se sentaba cerca de mí en las cenas festivas; y cuando me quedaba por las noches en su casa, me llevaba a su jardín por la mañana a buscar fresas y otras frutas, y después preparaba un gran desayuno. Más tarde, me levantaba en brazos como si fuera una pluma mientras ella limpiaba, quitaba el polvo, aspiraba, y hablaba por teléfono. Me encantaba tanto ese movimiento, que sentía como si estuviera navegando por el espacio sin usar mis pies. Más y más rápido, eso era lo que yo quería. Caramba, cuánto la quería.

Un día de enero, Bubba entró en el hospital y nunca salió.

Por lo visto, mientras yacía en su cama del hospital, sintió un dolor en el pecho, alcanzó el botón para llamar a la enfermera, pero no lo apretó.

Ahora mis padres tenían que ocuparse de la repentina desaparición de Bubba de mi vida.

«Se ha ido a dormir», me dijeron, «y no se despertará nunca más.» Lo pensé un rato, luego lo descarté. «Yo puedo despertarla», dije. «Apuesto a que si ponemos tres aspirinas en su boca y saltamos en su barriga, se despertará.» Lo de saltar sobre su barriga fue mi estrategia adicional, algo que ayudaría en caso de que el sabor de las aspirinas disolviéndose en su lengua no fuera suficiente estímulo para que ella abriera los ojos y volviera a la vida.

Ésa fue una de las pocas veces que recuerdo ver a mi padre llorando.

El funeral se celebró poco después. No se me permitió asistir. Mis padres creían que, con cinco años, podría ser demasiado traumático para mí ver el cuerpo de mi abuela sin vida. Bubba se fue, y todos pudieron decirle adiós menos yo.

Por la noche me acostaba en la cama y pensaba en ella. A veces lloraba sin que se me oyera. La echaba de menos, y aunque no comprendía el concepto en aquella época, no tenía la sensación de cierre.

Mientras tanto, sabía que aunque no había podido darle mi adiós a Bubba, ella no me había olvidado. Sabía exactamente dónde estaba y sabía que ella me cuidaba como siempre lo había hecho. Lo sabía porque ella me ayudaba cuando lo «necesitaba», como cuando estaba jugando fuera de la casa con mis amigos y comenzaba a llover. Todo el mundo se iría a casa y el juego terminaría, entonces yo les decía a todos: «Que no se vaya nadie; volveré enseguida». Mientras todos se acurrucaban bajo mi porche cubierto, me iba corriendo a un lado de la casa donde no pudiera verme nadie. Entonces, miraba hacia el cielo y decía: «Bubba, ¿podrías hacer que dejara de llover?».

Y la mayoría de las veces, dejaba de llover. Parecía que mi Bubba no me había dejado después de todo.

Conflictos con el colegio


Pronto llegó el momento de ir a la escuela infantil. Desde el momento en que crucé la puerta, el colegio me aburrió como una ostra. La mayoría del tiempo lo pasaba soñando despierto, pero no las típicas fantasías de un niño: jugar al balón, ser un héroe, luchar con monstruos. (Bueno, algunas veces luché contra un enorme tornado o dos... ¿pero no lo hemos hecho todos?) Con cierta frecuencia yo imaginaba que era el Oráculo de Delfos. Yo no sabía quién o qué era el Oráculo de Delfos, pero de alguna manera yo me veía sentado en una cueva lejana atendiendo a multitud de personas que recorrían largas distancias para pedirme consejo.

También pensaba cosas que sólo yo sabía que podía realizar, como pasar mis manos a través de las paredes. Estaba seguro de que si pudiera encerrarme en mi habitación durante tres días, podría adivinar cómo hacerlo. Lo curioso era que nadie parecía estar dispuesto a dejarme probar. Probablemente ellos intentaron hacerlo cuando eran niños y decidieron que era una pérdida de tiempo.

Si los profesores no estaban de acuerdo con mis ensoñaciones, probablemente les gustaba menos aún mi falta de atención. Era bastante revoltoso: me portaba mal y dirigía la atención hacia mí, o los ignoraba y me perdía en mi propio mundo. Antes de que acabara mi primer año, había tenido problemas tantas veces que mi madre al final rompía a llorar delante del director.

«¿Cuándo se va a acabar esto?», sollozaba, repitiendo inadvertidamente las palabras que utilizó cuando nací.

«Cuando consiga interesarse por algo», dijo el director.

«¿Cuándo ocurrirá eso?»

«Puede pasar en cualquier momento.» El director hizo una pausa y después sonrió. «A mi hijo, no le sucedió hasta el instituto.»

No era que yo no tuviera intereses; sólo era que ellos no se manifestaban en el colegio. Cuando mi abuelo me dio una caja de relojes viejos y rotos, me fascinó. Era cuando los relojes eran complejos misterios de pequeñas piezas relacionadas (antes de la revolución digital). Cada vez que se rompía uno de sus relojes, si el relojero no podía arreglarlo, él lo metía en una vieja caja de puros con otros de similar destino. Un día me trajo este «cofre del tesoro» de relojes rotos. Ninguno de los que había en la caja funcionaba, y por supuesto todos eran demasiado grandes para que yo los llevara, pero no me importaba. Yo quería jugar con ellos a todas horas. Y eso hacía. Soplé uno y empezó a hacer tic-tac. Soplé otro, y también lo hizo, después se paró. Aun tercero que no lo podía soplar, lo agité un poco. Sujeté con fuerza el que había empezado a funcionar y luego se había parado durante unos minutos. Comenzó de nuevo y siguió. Sujeté al que había agitado, y empezó a funcionar. Pronto estaba «arreglando» los relojes viejos de mis amigos. Supongo que es una forma de ir en contra de algún principio lo que hace que los relojes se rompan cuando algunas personas los llevan puestos.

Pero para algunas personas, la habilidad para reparar relojes sin abrirlos no era tan importante como la habilidad de colorear con rotuladores y recitar bien Dicky Jane. Mis defectos académicos eran considerados con tanta severidad que cuando llegué a segundo o tercer grado, una trabajadora social vino a casa a comprobar el ambiente y ver por qué no alcanzaba los objetivos escolares. Poco después de que llegara, le pregunté si podía explicarme el «infinito». Nerviosa, se puso de pie y salió corriendo de la casa.

«Tendré que hablar con el director sobre esto», gritó por encima de su hombro.

Si lo hizo, nunca me contó lo que había aprendido.

Ahora, el cierre


Había una buena razón para contemplar las cosas de una infinita naturaleza, porque en esa misma época, estaba a punto de sufrir otra pérdida: mi perra. Seda, un Doberman Pinscher, ya tenía dos años cuando yo nací, aunque soportaba graciosamente mi comportamiento infantil, incluido el hábito de utilizar su labio inferior como un asidero en el que agarrarme para ponerme de pie cuando estaba aprendiendo a caminar. Se había quejado con dolor pero nunca me mordió ni me gruñó. De alguna manera sabía que yo era un niño y que necesitaba amor y protección.

Adoraba tocar las cosas que estaban frías al tacto, incluyendo las orejas de Seda. Cuando se dormía cerca de mi cama, ponía mi brazo sobre su costado y agarraba su oreja fría suavemente entre dos dedos. Al tocarla, su oreja se volvía tibia (lo que yo no quería), así que cambiaba a su otra oreja, y luego al revés cuando ésa se había calentado. Cuando ambas orejas se habían calentado demasiado como para ser interesantes, dejaba que Seda se fuera para que se enfriaran otra vez. Unos diez minutos después, sonaba un ladrido en la puerta principal -su señal- y yo sabía que estaba lista para entrar y hacerlo otra vez. Después de dos ciclos completos de este ritual, me quedaba completamente dormido.

En la época en que yo tenía 10 años, Seda tenía 12 (que es 84 en años de perro) y problemas de salud. Mi madre y mi padre habían llegado al acuerdo de que, en el momento en que no se pudiera hacer nada más por ella, no dejarían que sufriera; la dormirían.

Éste había sido el año más difícil de Seda. Había veces que, aunque lo intentaba, esta perra que me ayudó a aprender a caminar no podía ni ponerse en pie. Era tremendo para un adulto ver esto, más aún para un niño. Removió todo mi mundo. Era el momento de llevarla al veterinario, y estábamos bastante seguros de que ésta iba a ser la visita.

Era casi Acción de Gracias. Decidimos esperar uno o dos días después de la fiesta. El Día de Acción de Gracias, mi madre le dio a Seda una fuente grande de pavo relleno con salsa y puré de patatas.

Seda, cuya dieta consistía poco en comida de «personas», dudó. Parecía algo confusa, nos miró buscando aprobación, y decidió no cuestionarla y comió su última comida.

El día siguiente, la llevamos al veterinario. Mi madre se quedó en casa esta vez. Al recordar cómo me había sentido al no poder despedirme de Bubba, insistí en ir con mi padre. Sentado en la sala de espera con los olores medicinales y las pinturas al estilo de Norman Rockwell de perros que juegan a las cartas, parecía todo muy frío. Mi padre salió y me contó lo que pasaría: iban a dormir a Seda. ¿Quería estar ahí? Seguí a mi padre y al veterinario mientras llevaban a Seda por los viejos pasillos y salían por una puerta trasera a un jardín. Le dije adiós y vi cómo el veterinario le ponía la aguja. Después de unos segundos, se desplomó suavemente en el suelo. Levantaron a Seda y la metieron en un crematorio.

Esa noche y muchas otras posteriores, lloré de nuevo por un ser querido. Esta vez, sin embargo, hubo cierre. El infinito no parecía estar muy lejos, ni la eternidad.

Naturaleza / Nutrición


Cuando pasé de la escuela infantil a la escuela primaria, mi sentido de individualidad creció de alguna manera. Todavía me aburría fácilmente y pasaba mucho tiempo con mis ensoñaciones, pero en una extraña ocasión cuando se me asignó un profesor motivador y que hacía pensar, destaqué por encima de todas las expectativas. Desgraciadamente, igual que ahora, tales profesores eran la excepción, no la regla.

La atmósfera en casa permitió que yo me desarrollara más de lo normal a mi edad. Mis padres me trataban como a un adulto: no me hacían callar, sino que me incluían en las conversaciones y decisiones, reconociéndome como una persona cuyas opiniones importaban.

No podía esperar a volver a casa de la escuela todos los días. Me parecía que siempre había personas fascinantes por conocer. Mis padres invitaban a una gran variedad de amigos con grandes conocimientos: antropólogos, psicólogos, artistas, doctores, abogados, etcétera. (Y para hacer las cosas incluso más estupendas, este diverso grupo inspiraba una selección de cocina deliciosa acompañada de sabores y olores maravillosos.)

Y dado que mi casa era de mentalidad tan abierta, y me daba la posibilidad de descubrir personas tan diversas, era sencillamente natural que continuara teniendo un desafío con una autoridad dictatorial y desigual (o debería decir, que una autoridad dictatorial y desigual continuara teniendo un desafío conmigo).

La dirección de la escuela secundaria era estricta respecto a la puntualidad de los estudiantes. Aunque vivía a un paseo del instituto, casi siempre llegaba tarde por la mañana. Un minuto aquí, un minuto allí, no era importante, excepto para la dirección. Si los estudiantes llegaban a la escuela después de que la campana sonara, debían pedir un permiso de retraso.

El problema era que la escuela no daba un permiso de retraso a los estudiantes a menos que trajeran una nota de casa. Hacía las cosas con tan poco tiempo que nunca sabía cuándo iba a llegar tarde, y no podía conseguir una nota de casa sin volver allí para pedírsela a mi madre. Por lo tanto, me perdía continuamente la primera media hora de clase. ¿Por qué me resultaba tan difícil salir de casa 15 minutos antes? No tenía sentido, pero tampoco cambiaba. Simplemente parecía que yo no funcionaba con el mismo concepto de tiempo que el resto; pensé que si salía de casa todas las mañanas a las 8:01 a.m. y caminaba suficientemente rápido, podía llegar a la escuela antes de las 7:50.

Al final, le pregunté a mi madre si le importaría que yo me escribiera mis propias notas de retraso para aquellas mañanas y las firmara con su nombre si fuera necesario. Considerando la alternativa de perderme una asignatura completa por ir y volver cada mañana, aceptó de mala gana.

Un día el jefe de estudios de la escuela me vio escribir mi propia nota de retraso. Era un tipo peculiar y ex militar cuyo hijo podía haber sido el típico niño con problemas conductuales (te hace pensar, ¿verdad?). Señalando la nota que yo estaba escribiendo, gruñó dándose una importancia indignante: «¿Qué está haciendo usted?».

«Me estoy escribiendo una nota de retraso», fue mi tranquila respuesta.

«Usted tendrá que ir a la sala de arresto por falsificar la firma de su madre.»

«No. No iré. La falsificación es sin conocimiento o consentimiento. Y tengo ambos.»

Respuestas como ésa no me hacían ganar la simpatía de mis profesores. «¿Cuál es su nombre?», preguntó el jefe de estudios.

«Eric Pearl.» Me puse de pie, guardé mis cosas, y miré al hombre a los ojos. «P-E-A-R-L.» Después me di la vuelta y fui hacia mi clase.

Así que, entre estos acontecimientos -estas lecciones- mi joven vida continuó. Mi padre era copropietario y operador de una compañía de máquinas expendedoras junto con su hermano y su padre. También era policía voluntario. Mamá se quedaba en casa criándonos a los tres. También hacía de modelo de vez en cuando y presentaba desfiles de moda. Papá salía de casa antes de las 7:00 a.m., mientras mamá nos metía el desayuno en la garganta como una mamá pájaro alimentando a sus polluelos. No salías de casa hasta que tomaras un buen desayuno y te prepararas un almuerzo para llevar, con «los cuatro grupos de comida» (algo en lo que los padres de aquella época aún creían). A los 13 años, tuve mi bar-mitzvah. Los domingos, a veces asistía a la iglesia con amigos.

Escuela infantil, escuela primaria, secundaria, instituto: nuevos amigos, exámenes, entrega de diplomas, permiso de conducir, selectividad, y por fin, graduación y universidad...

Seguir adelante


Pronto descubrí que la graduación de la escuela secundaria no significaba «libertad»; mis padres estaban decididos a vigilarme de cerca. Pero como de costumbre, yo tenía ideas diferentes. ¿Por qué quedarme en Nueva Jersey? Quería ir a la universidad de California. Parecía que había dicho «al Polo Norte».

«Está muy lejos», insistieron mis padres. Una discusión razonable se convirtió en una bronca creciente.

Al final, se alcanzó un compromiso: podría ir a la universidad a Miami, Florida. Mis padres pensaban que este plan era seguro, no sólo porque Miami estaba dos veces más cerca de mi casa que California, sino también mi abuelo paterno, Zeida-el que me había regalado la caja de relojes cuando era pequeño- se había mudado allí poco después de la muerte de Bubba. La idea era que Zeida podría vigilar al hijo pródigo. Yo era, después de todo, el primer hijo de su primer hijo.

Así fue como mis padres me perdieron durante todo un año.

Me apunté a la universidad de Miami.

Mis padres siempre me habían dicho que yo podía ser cualquier cosa que quisiera ser, que podría hacer cualquier cosa que me propusiera. Esto es un concepto fortificante con el que crecer, pero para mí, esta falta de dirección se convertía cada vez más en un problema según me iba haciendo mayor y comenzaba a pensar en buscar una carrera. Ser cualquier cosa y hacer cualquier cosa no me ofrecía precisamente una clara orientación. La cuestión era que nada me interesaba, así que no había nada que «me propusiera».

Inmediatamente me dediqué a... unos estudios completamente incoherentes. En el espacio de un año, consideré no menos de tres carreras: psicología, derecho y danza moderna. No tenía ni idea de lo que quería hacer. Y, como siempre, nada conseguía mantener mi interés.

Zeida lo observaba al vivir por mi cuenta en Miami; yo estaba evolucionando y él quería ver la continuación de este proceso. Sin pedir permiso a mis padres, abrió la puerta a la posibilidad de pasar mi segundo año de estudios en el Mediterráneo. Ésta era una propuesta muy atractiva. Mientras las visiones de Roma y Atenas flotaban en mi mente, Zeida «definió» Mediterráneo. Él tenía un nombre cariñoso para ello. Lo llamaba Israel. Yendo un paso más allá de la situación, como era habitual, Zeida compuso un plan de estudios de un año en Jerusalén, un programa para estudiantes americanos. Entonces se ofreció a subvencionar la aventura. ¿Cómo podrían decir que no mis padres?

Más que leche y miel


La mayoría de los estudiantes que viajan a Israel esperan que Dios descienda de los cielos, y que la leche y la miel fluyan en abundancia por las calles. Estaban desilusionados. Sin embargo, yo fui allí esperando poco más que un año fuera de Estados Unidos, así que sin expectativas irreales para mi estancia, acabé enamorándome de todo. Hasta entonces, ese viaje a Tierra Santa era el año más potente de toda mi vida. Incluso hoy en día, me despierto de sueños en los que aún me veo entre la gente, los antiguos templos, y las asombrosas vistas del Monte Sinaí.

A mi regreso a Estados Unidos, volví a la misma vida que había dejado atrás. Todo lo que había encontrado en Tierra Santa no había revelado mi verdadero propósito, o si lo había hecho, no lo reconocí. Ahora volvía a encontrarme con mi dilema: elegir una carrera.

Se me había ocurrido una idea el año anterior a mi viaje. Durante mi año en Miami, había tenido una experiencia con el Rolfing, un tipo de masaje de los tejidos profundos diseñado para liberar la musculatura del cuerpo. Algunos de mis amigos se había hecho las 10 sesiones de Rolfing recomendadas, y yo había visto los cambios físicos que habían tenido. Sus fotografías de antes y después eran todo lo que yo necesitaba para decidir ser «Rolfeado» también.

Las sesiones acabaron cambiando la manera en que yo me manejaba y me abrieron a una forma más expansiva de ver el mundo. Basado en el concepto de un lazo de retroalimentación mente-cuerpo, la teoría del Rolfing es que libera tus músculos individuales, y en el proceso, libera el dolor almacenado (físico y emocional, viejo y nuevo). A menudo, según vas pasando por las sesiones, alivias experiencias pasadas mientras la molestia te abandona a ti. Como resultado, tanto tu cuerpo físico como tus emociones se transforman. Ésta nueva existencia, libre de muchos de tus antiguos dolores, te permite moverte, estar, y soportarte de manera diferente. Y cuando te soportas de forma diferente -es decir, cuando ocupas un espacio físico distinto™ ocupas también un espacio emocional distinto.

Impresionado por los conceptos y los resultados, pensé en hacerme terapeuta de Rolfing. Pero mis padres pensaban que el Rolfing podía ser pasajero, dejar de estar de moda, y dejarme profesionalmente encallado. Quizá, sugirieron, podría considerar entrar en el campo del cuidado de la salud que contaba con más aprobación: la quiropráctica. Como mínimo tendría un título como recurso.

Acepté viajar a Brooklyn para hablar con un quiropráctico que me había presentado un amigo de la familia. El doctor me contó la filosofía básica que hay detrás del arte y la ciencia de la quiropráctica. Me explicó que hay una inteligencia universal que mantiene la organización y el equilibrio del universo; y que gran parte de esta inteligencia, llamada inteligencia innata, está dentro de cada uno de nosotros y nos mantiene vivos, sanos y en equilibrio. Esta inteligencia innata, o fuerza de vida, se comunica con el resto de nuestro ser físico en gran parte a través de nuestro cerebro, nuestra columna vertebral, y el resto de nuestro sistema nervioso (el sistema controlador de nuestro cuerpo). Mientras la comunicación entre nuestro cerebro y nuestro cuerpo está abierta y fluye libremente, permanecemos con nuestro estado de salud potencial en condiciones óptimas.

Cuando una de las vértebras se gira o se sale de su posición, puede dar como resultado la presión de nuestros nervios, imposibilitando o cortando la comunicación entre la zona alimentada por estos nervios específicos y nuestro cerebro. Como resultado de esta interferencia, nuestras células pueden empezar a romperse y nuestra resistencia se puede ver debilitada, permitiendo el malestar, predecesor de la enfermedad. Lo que hace un quiropráctico es, pues, quitar la interferencia causada por estas desalineaciones (llamadas subluxaciones) de nuestra columna, y permitir a nuestra fuerza de vida restablecerse de nuevo, devolviéndonos a un estado de salud y equilibrio. En otras palabras, salud a través de quitar la causa, no tapándola o tratando el síntoma.

Cuando me di cuenta de repente de que los dolores de cabeza de la gente no eran el resultado de las deficiencias congénitas de aspirina en la sangre -como nos hacen creer los anuncios de televisión- y que había algo que yo podía hacer para ayudarles, me propuse ser quiropráctico. No me paré a considerar la enormidad de este paso, ni sospeché el papel que finalmente tendría en mi vida. La sincronicidad no era un concepto a tener en cuenta conscientemente.

De pronto, algo hizo «clic». Me inundé de recuerdos de fantasías infantiles -¿o fueron visiones?- de ayudar a gente como el Oráculo de Delfos. Quizá ésta era la forma en que realmente podía hacer algo de ese tipo. Todo lo que sabía en ese momento era que algo de lo que el doctor había dicho me tocó la fibra. Algo de todo esto parecía perfecto, y era suficiente para mí. Estaba a punto de dar mi primer paso en una nueva dirección, una que finalmente me acercaría a mi destino.
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