Elogios a La Reconexión




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Capítulo Cuatro

UN NUEVO CAMINO DE DESCUBRIMIENTO


Por supuesto que eres médico; sólo que aún no te has dado cuenta.

Mi amiga Debbie Lucían

De vuelta al colegio


El quiropráctico de Brooklyn con el que había hablado me recomendó la Universidad Quiropráctica Cleveland en Los Ángeles. Pedí plaza allí y me aceptaron.

Y así fue como mis padres perdieron un hijo después de todo, y lo perdieron en California, donde él había querido ir mucho tiempo atrás. Por otro lado, también ganaron un doctor, así que supongo que todo está equilibrado.

Siempre recordaré mi primer día en la universidad. Había muchos novatos, más de 80 estudiantes. Había que romper una pared provisional para que pudiéramos pasar a otra habitación. El tutor nos pidió a cada uno un breve resumen de las razones para querer ser quiroprácticos. Comenzó con el estudiante que se sentaba en el extremo izquierdo de la primera fila, quien, por supuesto, resultaba estar lo más lejano posible de donde yo estaba sentado, en la esquina derecha del fondo de la sala. Desde allí, la narración zigzagueó entre las filas de estudiantes. Estaba sentado escuchando una historia tras otra de cómo un estudiante estaba paralítico antes de visitar un quiropráctico; el cáncer de otro estudiante desapareció; otra más había recuperado la vista; aquella otra había conseguido eliminar sus migrañas de toda la vida... otro y otro más, una letanía sinfín de sanaciones permanentes más allá del dominio de lo que cualquier no quiropráctico solía oír. Especialmente yo. Zeida incluso llamaba a los quiroprácticos «rompehuesos».

Finalmente, me llegó el turno para hablar. Ochenta y tres cabezas se volvieron para escuchar mi historia, la última del día. ¿Sería realmente mi epopeya culminante la que haría salir de clase a los otros estudiantes e iluminar sus nuevos caminos de vida? Creo que no. Fui la única persona de la clase que nunca había visitado un quiropráctico. Por eso, aún no sabía lo que era realmente un quiropráctico. Sólo recordaba datos y retazos de lo que me había contado aquel doctor durante los 20 minutos que estuvimos juntos, algo sobre quitar las interferencias y permitir al cuerpo sanarse por sí mismo. La premisa había tenido un sentido tan perfecto cuando me la habían explicado a mí que nunca me preocupé de comprobarla, examinarla, o hablar de ella a otros. Me levanté, miré a la multitud, y me escuché a mí mismo decir: «Bueno... sonaba bien».

Si no puedes encontrarlo, estás poniendo demasiado empeño


Así que aquí estaba yo, de vuelta al estudio, pero las cosas eran un poco distintas esta vez. Por primera vez, ésta era una escuela y una carrera quejo había elegido. Eso marcaba una enorme diferencia.

No era un ratón de biblioteca, me gustaba socializar, ir de fiesta, y explorar mi nueva ciudad. Encontré un trabajo de media jornada en una tienda de zapatos porque, aunque mis padres me enviaban dinero para cubrir mis gastos educativos, yo quería ganar algunos dólares extra para hacer las cosas que yo quería. Un día, un cliente -un investigador de un laboratorio sismológico- vino a comprar zapatos. Durante la venta, mencionó que, en el laboratorio, habían anticipado un terremoto en el sur de California en las próximas 24 horas.

«¿Se lo ha dicho a los otros empleados?», pregunté.

«No.»

«Bien. No lo diga.» Sonreí. Él me devolvió la sonrisa, entendiéndome, después pagó sus zapatos y se marchó.

Unos minutos después de que abandonara la tienda, hice como si yo tuviera una premonición y anuncié a mis compañeros que tenía un presentimiento de que iba a haber un terremoto en los próximos tres días.

Como «predije», sucedió. Todos lo sintieron y salió en las noticias. Mis compañeros estaban muy impresionados.

Unos días después, y sin la intervención del sismólogo, tuve el presentimiento de que sucedería otro temblor. Con valor, me aventuré y anuncié éste otro también.

Lo creas o no, tuvimos otro.

Fue como si algo se hubiera disparado en mí. Durante los siguientes dos o tres años, predije con precisión 21 de los 24 temblores.

Una tarde, mi compañero de piso llegó a casa y vio una nota que yo le había dejado: «la tierra se va a sacudir». Más tarde me contó que el temblor sucedió mientras él estaba leyendo la nota. Su novia estaba a su lado en ese momento... gritando.

Otro día, mientras comía solo en un restaurante, sentí el comienzo de otro terremoto, del tipo que hace un movimiento «rodante». Según iba aumentando su intensidad, eché un vistazo a la sala. Nadie más estaba reaccionando. Ningún vaso de agua se agitaba; las lámparas colgaban inmóviles sobre nuestras cabezas. Justo en ese momento, yo pude ver las lámparas balancearse. Fue real para mí. Me levanté y salí corriendo a la calle. No podía entender por qué nadie más lo había sentido, por qué todo lo que rodeaba mi vida seguía con la monótona normalidad de Mayberry.

Parecía imposible. La tierra aún estaba temblando; yo pude sentirlo. Fue el temblor rodante más largo que había sentido; aunque la combinación de sus movimientos surrealistas y el hecho de que nadie más parecía haberlo sentido me hacían pensar que no debía de estar sucediendo después de todo. Tímidamente volví al restaurante. Estaba contento de haber comido solo; explicar mi brusca salida a la calle hubiera sido un poco... difícil.

Pero si eso no había sido un temblor real, entonces debía haber sido otra premonición. No había otra explicación.

De camino del restaurante a casa, me paré en la lavandería para buscar mi ropa y comenté con los dueños que la tierra iba a temblar por la noche. Todos se rieron.

Esa misma noche, tembló. Su epicentro estaba en Culver City, justo donde vivían los dueños de la lavandería.

Unas semanas después, cuando había acumulado suficiente ropa sucia como para llenar media docena de fundas de almohada de cama matrimonial, volví a la lavandería. Luchando por ver por encima del primer lote de los tres que llevaba en mis brazos, palpé en busca de la puerta con mi pie. Mientras la abría suavemente, yo estaba concentrado en intentar localizar el mostrador con los dedos de mi pie. De repente, una voz sonó tan fuerte que me sorprendió no haber lanzado por los aires las tres bolsas de ropa que llevaba.

«¡Es él! ¡Es él!» gritó la mujer que estaba detrás del mostrador con un fuerte acento ruso-judío. «Ésta es mi dirección», dijo mientras ponía en mi mano un trozo de papel atropelladamente garabateado. «¡Quiero que me llame antes de que llegue el próximo!»

Desde entonces, cada vez que iba a esa tienda, se me pedía que predijera el próximo temblor. Y yo también quería, pero parecía que no funcionaba de esa manera. No podía forzarlo; las predicciones sólo aparecían cuando pensaba en mis propios asuntos.

Sin darme cuenta, aprendí una profunda verdad: Si no puedes encontrarlo, estás poniendo demasiado empeño.

Resurrección


De vez en cuando juntaba a duras penas el dinero suficiente de mi presupuesto de estudiante para asistir a una sesión doble en el cine que estaba a la vuelta de la esquina de mi apartamento. Una tarde llegué justo a tiempo para la segunda película, o «B», Resurrección, interpretada por Ellen Burstyn. Por supuesto, era una película «B» sólo en la posición, porque la señora Burstyn iba a ser nominada para los premios de la Academia como mejor actriz por su papel en la película.

Resurrección está basada en la historia de una mujer llamada Edna Mae, quien, después de un accidente de automóvil, muere en la sala de operaciones... sólo para volver a la vida. Algo después, ella descubre que tiene poderes para sanar, algo así como «imposición de manos». Con sólo tocar a la gente y entrando a la vez en un estado de amor, recuperaban la salud. A veces ella podía contraer la enfermedad o dolencia -tras habérsela quitado a la otra persona- y después aliviaba los síntomas de su propio cuerpo. Otras veces, las sanaciones parecían ocurrir como una bendición, sin que ella tuviera que contraer nada.

Estaba tan fascinado por esta película que después de sentarme para ver la primera sesión -cualquiera que fuera- me quedaba a ver Resurrección de nuevo. Después llevé a mis amigos a verla. Más tarde llevé a más amigos. No tenía ni idea de por qué me veía tan obligado a ver esta película una y otra vez. Aunque el aspecto de la sanación de la película era interesante, lo que realmente me atraía era la similitud entre la descripción de la experiencia cercana a la muerte de Edna Mae y lo que mi madre había pasado el día que yo nací. Nunca había visto o leído nada sobre este tema pero esta película describía con mucha precisión la experiencia de mi madre. Cada vez que la veía, sentía como si yo tuviera una visión de algo que me era muy familiar. Era como si yo pudiera casi ver algo, casi recordar algo. Algo...

Otras indirectas


Durante mi época de exploración, también descubrí lo que se llama «psicometría», la habilidad o arte de reunir información sobre la gente al tocar o sostener algún objeto que le perteneciera, normalmente una pieza de joyería que hubiera llevado puesta. Después de ver a alguien haciéndolo, lo intenté yo mismo y encontré que me abría a recibir algunas destacables revelaciones precisas sobre las personas, algunas de las cuales no las había conocido nunca. Durante mi breve incursión en este proceso, descubrí dos «secretos» sobre esto: cuanto más insistentemente moviera mis dedos sobre la joya, más concentrado estaría; y cuanto más rápido hablara, más precisa sería la información. La insistente exploración de un objeto con mis dedos parecía calmar mi mente, de manera similar en que, a muchos de nosotros, la mente se nos relaja y serena cuando conducimos.

Un discurso rápido parecía no darme tiempo para dudar de mí mismo una segunda vez. En la calma de mi mente llegaban las revelaciones; en la rapidez de mi comentario llegaba el valor de pronunciarlo.

Menciono estos puntos no sólo porque fueran extraños para mí, sino porque aludían a «otras» influencias en mi vida, incluso en aquellos tempranos años.

Aparte de estos peculiares acontecimientos, mi principal actividad en esta época era lo que realmente mis profesores de primaria y secundaria jamás hubieran creído: asistir a clase y estudiar. Bueno, mi versión de «asistir a clase» a menudo consistía en sentarme en la parte de atrás de la sala y levantar mi brazo lo suficiente para decir: «Presente». Aún así, como en los cursos de mi primera escuela, conseguí tener buenas notas... y finalmente graduarme con un título de quiropráctico.

Había acreditado involuntariamente la razón del director de mi escuela infantil. Había encontrado algo que me interesaba e iba a hacer algo con mi vida, después de todo.

Fiebres y visitas


Un día en 1983, no mucho después de licenciarme, me di cuenta de que me sentía un poco indispuesto: enfermo, con dolor de cabeza y febril. No era muy partidario de tomar aspirinas para bajar la fiebre, ya que sabía que la fiebre tiene su propósito y quería permitirle seguir su curso. Por consiguiente, me metí en la cama, abrigado, bebiendo mucho líquido y viendo la tele (televisión sin culpabilidad: el punto más positivo de estar en casa metido en la cama, enfermo). Pero después de unos cuantos días, decidí que era hora de hacer algo más activo para cortar la fiebre. Así que cada noche añadía la colcha y las mantas, sudaba, y cambiaba las sábanas y los pijamas al menos dos veces.

Por la mañana no me levantaba mejor que el día anterior. Finalmente, llamé al médico. Me prescribió Tylenol con codeína. Éstas debían ser las Tylenol con codeína número cuatro -las más grandes de todas- porque llevaban tal cantidad de codeína como para dejarme atontado durante un maratón de Love Lucy. Pero déjame decirte que, después de tomarme esas pastillas, todo el día fue una nube de pelo rojo y acentos cubanos.

Mi temperatura subió hasta 40,5°, 41°, 41,5°. Finalmente, después de otra noche de cambiar sábanas y pijamas (estaba seguro de que si continuaba haciéndolo, la fiebre se cortaría), abrí los ojos y por un brevísimo momento, vi que tenía «compañía». Ahí, a los pies de mi cama, estaba un grupo de «gente». Parecían ser unos siete, variando de forma y tamaño: algunos altos, otros bajos, y uno casi como un enano. Permanecieron allí el tiempo suficiente para que yo les viera y para ver que yo les veía.

Después se fueron.

Antes de que mi mente pudiera procesar lo que acababa de ocurrir, respiré. Esa respiración fue tan parecida a la primera inhalación de un recién nacido que parecía como si fuera mi primera respiración del día: desde el momento en que abrí los ojos hasta que mis «visitantes» se fueron, no había respirado. Cuando comencé a respirar, sentí -y oí- un pequeño ruido en mi pecho. De repente lo comprendí: Me estaba muriendo.

Llamé a mi médico y le dije que iba para allá, después llamé a un servicio de taxis y pedí que me enviaran un coche con aire acondicionado porque estábamos en una ola de calor veraniego, y con mi fiebre, tenía mi propia ola de calor.

Me mantenía en pie a duras penas, pero conseguí llegar hasta la puerta y salir a la calle. Llegó el taxi... sin aire acondicionado, por supuesto. Delirante, subí de todas formas.

En su oficina, el médico examinó mis pulmones con rayos x y me dijo que fuera directamente al hospital. «No te pares en ningún sitio», dijo. Parecía que tenía neumonía. Pensando que no iba a ser una breve visita lo que me esperaba, tomé un taxi a mi casa para buscar mi pijama, el cepillo de dientes y demás.

No tenía seguro médico en esa época, así que tuve que esperar un buen rato en el hospital provincial antes de ser admitido. A la mañana siguiente, me llevaron a una habitación en la que permanecí diez días intubado, con oxígeno... y comida digna de una aerolínea doméstica. Cuando por fin me liberé, había bajado de peso hasta los 62,5 kilos (y medía 182 cm). Mi médico me confesó después que pensó que no saldría de allí con vida.

No recuerdo mucho de mi estancia en el hospital, pero sé que perdí mi excelente memoria a corto plazo, probablemente como resultado de mi alta temperatura.

(Hablando de cerebros sobrecalentados, ¿te has dado cuenta de lo similares que son las palabras transpiración y aparición? Ambas tienen dos íes, dos aes, cinco vocales, cuatro sílabas... y una puede sacarse de las letras de la otra.) Entonces, ¿quiénes eran aquellas personas que vi a los pies de mi cama en mi casa? ¿Eran guías? ¿Espíritus? ¿Ángeles guardianes? ¿Eran un grupo interdimensional de observadores? ¿Fueron apariciones causadas por mi fiebre, en otras palabras, una falsa ilusión? O, ¿eran apariciones que realmente existieron pero que sólo mi fiebre me permitió ver, es decir, seres que habitan en un plano de esos 11 (hasta ahora) planos de existencia teóricos (según las tesis actuales de pensamiento cuántico)?

No lo sé. Pero una cosa está clara: si no hubiera visto a aquellos visitantes el día que mi pecho hizo un ruido, podría haber continuado mi régimen de beber zumos y aguantar, y casi seguramente podría estar muerto.

Sin embargo, era algo que no estaba preparado para hacer. Tenía otros planes. Y quizá, sólo quizá, algo o alguien también tenía planes para mí.

Resurrección - Una vez más


Como parte del proceso profesional que había elegido, por fin me convertí en un «médico externo»; es decir, un «médico en prácticas» en el consultorio de un quiropráctico licenciado. Aunque gratificante en muchos sentidos, esta fase de la carrera como nuevo quiropráctico no fue exactamente lo que se podría llamar lucrativa. Como la mayoría de la gente, supuse que todos los médicos sabían cómo administrar un consultorio. Estaba equivocado. En las prácticas a las que yo me adscribí, había un montón de cosas que no me enseñaron. Las relaciones con el paciente estaban al principio de la lista. Nuestro acuerdo era que yo les pagaría el 50 por ciento de lo que cobraba a mis pacientes. Ya que ellos trataban a sus propios pacientes, podríamos decir, magníficamente, no sorprendía entonces que trataran a los míos sólo la mitad también. Y, dada la forma en que trataban a mis pacientes, muchos de ellos no volvían nunca.

Con una ganancia de sólo el 50 por ciento de lo que ingresaba y una base de pacientes impredecible, apenas podía pagar el alquiler de mi consultorio y de mi apartamento. Cuanto más trabajaba como médico externo, más dinero debía. Cuanto más dinero debía, menos podía permitirme abandonar -hasta después de tres años, tuve que abandonar- o renunciar a mi carrera completamente.

Así que lo dejé.

Sin embargo, coseché un par de beneficios extras de esa experiencia. Uno de mis pacientes había estado relacionado con la película Resurrección, que, como ya mencioné, se convirtió en una de mis favoritas. Otro paciente resultó ser un miembro de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, y me llevó a los Premios de la Academia de ese año. Así que estuve sentado en el primer piso viendo los acontecimientos. Cuando me di la vuelta, vi que Ellen Burstyn, una nominada que había estado sentada en la platea, había subido y se había sentado justo detrás de mí. Qué extraño, pensé. No me había percatado de que ese asiento se hubiera ocupado durante la velada.

Después de un rato, se levantó y se fue. Nunca la volví a ver en persona, ni pensé mucho en ese encuentro cercano, ni en los extraños sucesos que marcaron mi vida: los «seres» a los pies de mi cama, las predicciones de terremotos, la psicometría, los relojes «arreglados» por sí mismos...

Al menos, no pensé mucho sobre ellos hasta 13 años más tarde, cuando comenzaron las sanaciones.

El fantasma de Melrose Place


Como ex médico externo, sin mucho tiempo ni dinero, tomé el primer sitio que se ajustaba a mi presupuesto: el apartamento superior de una sola vivienda convertida en dos en Melrose Place que compartía con dos psicólogos. Melrose Place -los tres conjuntos de edificios- estaba considerada por muchos como una de las calles más interesantes y lujosas de Los Ángeles, pero obviamente, la gente que hacía tales afirmaciones nunca había visto mi consultorio. Hacer que mis pacientes tuvieran que subir arrastrándose al piso de arriba no era el único problema. Como todo el mundo sabe, nadie va a ningún lado en Los Ángeles si no es en coche, y el aparcamiento en Melrose Place era casi inexistente, lo que me llevó a hacer tratos de estacionamientos con algunos de los propietarios de tiendas de antigüedades y de arte que había en la manzana. Y de esa manera mis pacientes de más clase podían alardear de que su quiropráctico tenía un aparcacoches.

Pero todo eso llegó más tarde. Al principio, mi gran problema fue resolver cómo transformar un solo dormitorio en un consultorio quiropráctico que fuera útil. Diseñé una serie de cubículos de tratamiento de extrañas formas, hice tres habitaciones de un dormitorio, convirtiendo la zona de desayuno en un área de recepción y metí como pude un escritorio y una recepcionista en la cocina más pequeña que puedas imaginar. Después busqué contratistas que me hicieran el trabajo.

Como cualquiera que haya tratado con la construcción sabe, el trabajo puede alargarse indefinidamente, sobrepasando el presupuesto y el plazo. Con el tiempo, me quedé sin dinero y no podía pedir al banco que me prestara más.

Cada mañana iba a mi semiacabado consultorio para ver pacientes y hacer un par de cosas más: llamar al banco para intentar hablar con ellos para que me prestaran más dinero, y apretar los tornillos de mi nuevo riel de luz. Un riel de luz con cuatro lámparas por 27 dólares, la idea de hacer una roza para la luz se había ido por la ventana junto con los costos estimados por el contratista y su plazo de finalización.

Por alguna razón, cada mañana, los tornillos del riel de luz se «desatornillaban» y se descolgaban unos 7 milímetros de su posición correcta. Estaba en la esquina de una calle muy transitada; por lo tanto, las vibraciones del tráfico podían haber sido lo que los hacía aflojarse. Siempre lo mismo, cada mañana, yo volvía a apretar los tornillos. Era un ciclo: el banco me apretaba los tornillos a mí y yo apretaba los tornillos de mi riel de luz.

Una noche, después de que mi «equipo» (una mujer que pasaba tanto tiempo limando sus uñas que me sorprendía no encontrar sangre en cada cosa que ella tocaba) cerrara y se fuera a su casa, me quedé para ajustar a un paciente que había llegado tarde. Mi ojo captó un movimiento, y vi a un hombre vagar por el recibidor que había pasando la puerta de la sala de trabajo. Sabía que la puerta principal del apartamento estaba cerrada, así que no había nadie que hubiera podido entrar. Hasta que vi a ese hombre claramente: medía aproximadamente 1,75 m, con cara redonda y un pelo ondulado casi rapado. Llevaba un abrigo gris moteado, y parecía tener unos veinte-y-muchos o treinta-y-pocos años.

Supe sin duda que era un fantasma.

A la mañana siguiente cuando se lo conté a los psicólogos con los que compartía la vivienda, me sorprendió que ellos ya supieran del visitante. No me lo habían mencionado porque necesitaban una tercera persona para compartir el alquiler y tenían miedo de que la perspectiva de un fantasma me asustara.

La verdad era que no me importaba realmente el fantasma, pero parecía que yo a él sí. «Mucho tráfico andante», dijo un médium que pensó que podía hacer que el fantasma se fuera. «A él no le importa una persona por hora de los psicólogos, pero tú traes demasiada gente extraña a su casa.»

Observé a esa persona caminar por mi apartamento (mi consultorio), buscar el sitio donde sentía que el fantasma pasaba la mayoría del tiempo, e informar muy educadamente al fantasma de que estaba muerto. Después de eso, él le dijo: «Ve hacia la luz», o algo así. Duró unos 30 segundos.

Fue un domingo por la noche. A la mañana siguiente, entré y vi que las luces estaban sujetas: estaban bien atornilladas y así se quedaron hasta que las quité cinco años después con motivo de una ampliación del consultorio.

El teléfono sonó. Era mi banco. Me habían concedido el préstamo.
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