Elogios a La Reconexión




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Capítulo Cinco

ABRIR PUERTAS, ENCENDER LA LUZ


Lo que está detrás de nosotros y lo que está delante son diminutas cosas comparadas con lo que está dentro de nosotros.

Ralph Waldo Emerson

La gitana judía de Venice Beach


Habían pasado doce años y para aquel entonces me había apoderado de aproximadamente la mitad del segundo piso del edificio de Melrose Place para mi consultorio. Las cosas estaban prosperando.

El consultorio tenía ocho salas de ajuste y se mantenía con la energía vital de los ayudantes, masajistas, reflexólogos, aparcacoches, y con tantos pacientes como podía tratar. Aún así, emocionalmente, apenas podía mantenerme.

Acababa de terminar con una relación de seis años que realmente había esperado que durara para el resto de mis días. De algún modo andaba a tropezones los días siguientes a la ruptura, prácticamente incapaz de poner un pie delante del otro. La única cosa más difícil que despertarme todas las mañanas para ir al consultorio era mantenerme despierto para los pacientes.

Como si no fuese suficiente lo que sucedía en mi vida privada, ocurrió que al mismo tiempo estaba en proceso de contratar a un personal totalmente nuevo. Una mujer extremadamente competente que había estado dirigiendo mi oficina se trasladó a otra parte del estado para estar con su novio. La fecha de ese cambio coincidía con la salida de otros dos de mutuo acuerdo. Pronto estaba empezando de nuevo. Contraté a dos personas para reemplazar a la gerente que se iba: una para tratar cosas en la sombra, tales como la facturación del seguro, los informes médicos, y la correspondencia; la otra para llevar la relación con los pacientes y el flujo del consultorio. Este puesto se llamaba recepcionista.

Como en una función de Broadway (o, en este caso, una telenovela), el trabajo tenía que continuar, así que empecé a entrevistar a gente para el puesto de recepcionista. Siempre me había gustado la «personalidad» en un recepcionista, ya que una personalidad sociable en la recepción crea un lazo con los pacientes, y una personalidad fuerte me mantiene lejos del aburrimiento.

Nunca se me había dado especialmente bien contratar a gente, así que un amigo mío que hacía ese tipo de cosas de manera profesional vino para ayudarme con las entrevistas. Una o dos personas más también nos ayudaron con el proceso de selección. Cuando empezamos a recibir a los solicitantes, una mujer destacó en mi mente, y en la de todos los demás. Lo creas o no, se parecía, sonaba y se comportaba de la misma manera que el personaje de Fran Drescher, de la serie de televisión La Nanny: alta, morena y atractiva, tenía una actitud inteligente; un acento de Nueva York, estridente y nasal; y una voz que podía destrozar diamantes. Era una ex aspirante a actriz (si tal cosa existe).

Todos dijeron: «No la contrates. No contrates a esa mujer». Pero tenía que hacerlo. Por un lado, algo en sus ojos me recordaba a Bubba. Por otro, no podía creer que tal persona pudiera existir realmente. Intenté una última vez convencerme de no contratarla y escuchar las voces de los expertos que habían venido a ayudarme a seleccionar un personal competente para mi consultorio, pero estaba fascinado por ella. No había manera de razonar el tema con lógica.

Se convirtió en una verdadera relación de amor/odio. Yo la quería. Los pacientes la odiaban.

Un día me dijo que, con todo el estrés al que estaba sometido, me vendría bien un día en la playa. Lo que realmente representaba eso era que ella quería ir a la playa y no quería gastar su propio dinero en gasolina, pero qué más daba. Aquel sábado, nos fuimos a Venice Beach. Pasamos parte del tiempo relajándonos en la arena, después se fue. Cuando volvió, dijo: «Hay una mujer leyendo las cartas. Te vendría bien que te las echara».

No tenía nada en contra de que me leyeran las cartas, pero realmente prefería ir a alguien con una recomendación mejor.

«No quiero que me lea las cartas alguien que está en la playa», respondí.

Si fuera tan estupenda, la gente iría a verla, pensé para mí. No estaría arrastrando una mesa de cartas, un tapete, sillas y otros trastos a la acera de una playa abarrotada intentando que la gente se siente para que le hagan una interpretación de las cartas.

Pero mi recepcionista insistió e insistió igual que la «Nanny». Algo en sus ojos me decía que protestar más sería inútil.

Al final confesó que había conocido a esa mujer en una fiesta y que le había dicho que estaríamos en la playa ese día. «Me sentiría muy avergonzada si no fueras a leértelas», sollozó, arrugando la frente. «Porfa...»

Rindiéndome, seguí a la «Nanny» por la arena caliente de la playa para ver a esa mujer. Allí estaba sentada detrás de una mesa con sus cartas extendidas como lo suelen hacer las gitanas. Después de ser presentado, dijo: «Bubbelah, tenemos tiradas de 10 dólares y tiradas de 20 dólares».

¡Bubbelah! ¿Realmente existía algo así como una gitana judía?

Había ido a la playa con sólo 20 dólares en mi bolsillo. Pensando en lo hambriento que estaba, dije:

«Elegiré la lectura de 10 dólares».

A cambio de mi dinero, recibí una interpretación en vivo muy bonita aunque no realmente memorable. Cuando se acabó, casi como una ocurrencia tardía, la mujer dijo: «Hay un trabajo muy especial que hago. Reconecto los meridianos de tu cuerpo con las líneas de la cuadrícula energética del planeta, las cuales nos conectan con las estrellas y los demás planetas». Me dijo que como sanador, era algo que necesitaba. También me dijo que podía leer acerca de eso en un libro llamado The Book of Knowledge: The Keys of Enoch, de J. J. Hurtak. Parecía muy interesante, así que formulé la pregunta: «¿Cuánto?». Ella dijo: «333 dólares». Yo dije: «No, gracias».

Esto es esa clase de cosas sobre las que uno está prevenido por las noticias de la noche. Puedo escuchar el titular ahora: «Gitana judía de Venice Beach tima 333 dólares a un ingenuo quiropráctico...». Mi fotografía con la palabra «Imbécil» al pie, luce al otro lado de la pantalla: «... convence al médico de que le pague 150 dólares al mes para encender velas para su protección...

Más detalles a las 11:00». Me sentía humillado por haberlo considerado siquiera. Así que, mi recepcionista y yo nos fuimos y nos las ingeniamos para conseguir un almuerzo para dos por 10 dólares.

Estarás pensando que la cosa acabaría ahí, pero la mente trabaja de forma misteriosa. No podía sacar de mi cabeza las palabras de la mujer. Me vi aprovechando los últimos minutos de un descanso para almorzar para ir a la librería Bodhi Tree que está cerca de mi consultorio, para intentar leer rápidamente el capítulo 3.1.7 de The Book of Knowledge: The Keys of Enoch. (Este era el que me recomendaron aquel día en la playa.)

Sin embargo, la lección más grande de aquel día fue que, si existía un libro que no podía leerse rápidamente, era éste. Pero había leído lo suficiente. Esto me iba a obsesionar hasta que me rindiera. Rompí mi cerdito y llamé a la mujer.

El trabajo estaba listo para realizarse dos días después, en dos sesiones. El primer día, le di mi dinero, me tendí sobre su camilla y escuché a mi mente parlotear mientras ella bajaba las luces y ponía música de campanillas de la Nueva Era. Ésta es la cosa más tonta que he hecho jamás, pensé para mis adentros. No puedo creer que yo haya pagado tal cantidad de dinero a una perfecta desconocida para que dibujara líneas en mi cuerpo con las puntas de sus dedos.

Cuando estaba tendido allí pensando en todos los buenos usos en los que podía haber invertido este dinero, me vino una repentina oleada de percepción, y me escuché pensar: Bien, ya le has dado el dinero. También puedes cortar el parloteo negativo y estar abierto a recibir lo que sea que haya que recibir. Así que me quedé tendido allí silenciosamente, listo y abierto. Cuando se terminó, mi mente anunció que no había experimentado nada. Absolutamente nada. Sin embargo, yo era el único de la habitación que parecía saberlo. La mujer me hizo sentarme como si la tierra se hubiese movido, diciéndome que me sujetara a ella mientras me paseaba por su sala.

«Conecta con la tierra», me dijo. «Vuelve a tu cuerpo.» Y entonces escuché decir a esa vocecita inquieta dentro de mi cabeza: Señora, no sé lo que usted creía que iba a pasar, pero yo me lo he perdido.

Había pagado ambas sesiones así que decidí que debía volver también el domingo para la segunda parte. Sin embargo, esa noche ocurrió la cosa más extraña. Una hora después de que me hubiera ido a dormir, la lámpara que está cerca de mi cama -la que tenía desde hacía diez años- se encendió, y desperté con la sensación muy real de que había personas en mi casa. Así que me levanté valientemente -con un cuchillo de trinchar, una lata de spray de pimienta, y mi Doberman Pinscher- y registré la casa. Pero no encontré a nadie. Volví a la cama con la asombrosa sensación de que no estaba solo, que estaba siendo observado.

Mi próxima sesión comenzó casi como la primera. Sin embargo, en seguida se hizo evidente que iba a ser algo más. Mis piernas no dejaban de moverse. Tenían el «síndrome de la pierna inquieta» que le da a algunas personas muy de vez en cuando en medio de la noche. Pronto esa sensación se apoderó del resto de mi cuerpo, intercalada con escalofríos casi insoportables. Era todo lo que podía hacer para estar tendido todavía sobre la camilla. A pesar de que quería saltar arriba y abajo y sacar esta sensación de cada célula de mi cuerpo, no me atreví a moverme. ¿Por qué? Porque había pagado a la mujer más dinero del que yo gastaba en comestibles para una semana, y pensaba sacar el máximo provecho a cada centavo invertido en la experiencia: ése es el porqué.

La sesión por fin terminó. Era un día de agosto agobiantemente caluroso, y estábamos en un apartamento sin aire acondicionado. Todavía estaba helado, casi congelado, y con mis dientes castañeteando cuando esta mujer corrió a envolverme en una manta, donde me quedé durante unos buenos cinco minutos hasta que mi temperatura corporal regresó a la normalidad.

Ahora estaba diferente. No sé lo que ocurrió, ni podría posiblemente explicarlo, pero yo ya no era la misma persona que cuatro días atrás. Llegué de algún modo a mi automóvil, que parecía saber el camino a casa por sí mismo.

No recuerdo nada del resto de ese día. No podría decir con certeza si el resto del día tuvo lugar siquiera. Todo lo que sé es que a la mañana siguiente me encontraba en el trabajo.

Mi odisea había comenzado.

Algo estaba pasando


Mi memoria regresó en el momento en que entré en la recepción de mi consultorio. Era como si una parte de mi cerebro hubiera sido sacada de mi cráneo el día anterior y se me hubiera devuelto justo en ese momento.

Pero ésa no fue la única cosa extraña. También tuve que atender un aluvión de preguntas inesperadas: «¿Qué le pasó el fin de semana? ¡Está usted tan distinto! ¡Parece tan diferente!». Indudablemente yo no iba a responder diciendo: «¡Oh!, pagué 333 dólares a una adivina en la playa para que dibujara líneas sobre mi cuerpo con las puntas de sus dedos; ¿por qué lo pregunta?».

Es mejor dejar algunas preguntas sin respuesta.

«¡Oh!, nada», respondí con toda tranquilidad, preguntándome a mí mismo exactamente qué había pasado durante el fin de semana.

Mi práctica habitual era tener a mis pacientes tendidos sobre la camilla con los ojos cerrados entre 30 y 60 segundos después de sus ajustes. Esto les daba tiempo para relajarse mientras sus ajustes se «establecían». En ese lunes especial, siete de mis pacientes -algunos de los cuales habían estado conmigo durante más de una década, y uno que me visitaba por primera vez- me preguntaron si había estado caminando alrededor de la camilla mientras estaban allí tendidos. Algunos preguntaron si alguien más había entrado en la habitación, porque parecía como si hubiera habido algunas personas de pie o paseando alrededor de la camilla. Tres dijeron que se sentía como si hubiera personas corriendo alrededor de la camilla, y dos me confiaron tímidamente que parecía como si las personas estuvieran volando alrededor de la camilla.

Había sido quiropráctico durante 12 años, y nunca nadie había expresado algo así antes. Ahora, siete personas me habían dicho esto en el mismo día. No hizo falta que me cayera un piano en la cabeza. ¡Algo estaba pasando!

Mis pacientes contaban que podían decir dónde estaban mis manos antes de que tocara su cuerpo. Podían sentir mis manos cuando estaban a varios centímetros de ellos. Se convirtió en un juego comprobar con cuanta precisión localizaban mis manos.

Todavía se hizo más que un juego cuando la gente empezó a recibir curaciones. Al principio, las curaciones eran menos dramáticas: dolores, malestar, y cosas así. Como los pacientes venían para una sesión quiropráctica, yo les ajustaba, después les decía que cerraran sus ojos y continuaran tendidos allí hasta que les dijera que los abrieran otra vez. Mientras sus ojos estaban cerrados, pasaba mis manos por encima de los pacientes un momento. Cuando se levantaban y se daban cuenta de que su dolor había desaparecido, me preguntaban qué había hecho.

«Nada, y ¡no se lo diga a nadie!». Se hizo mi respuesta habitual. Esta directiva era tan eficaz como la estrategia de Nancy Reagan de «Di no» a las drogas.

Pronto, llegaban pacientes de todas partes para estas «curaciones». No tenía ni idea de lo que iba a pasar con todo esto, ya que nadie había creído conveniente dejarme un libro de instrucciones. Por supuesto, consultaba con regularidad con la mujer de Venice Beach; tenía que hablar con alguien, porque también en mi casa estaban pasando cosas extrañas y no podía mencionar estos fenómenos a ningunos de mis amigos «cuerdos».

«Debe haber salido de algo que ya estaba en usted», me dijo. Luego añadió: «Tal vez tiene algo que ver con la experiencia cercana a la muerte de su madre en el momento de su nacimiento. Esto es muy anormal. Nunca había ocurrido nada parecido antes».

Aquel primer día en la playa, había sugerido que empezara a tomar «gotas de esencias florales» y había sugerido las gotas específicas que quería que yo tomara.

En realidad, había sugerido seis, pero me dijo que solamente se podían mezclar cinco a la vez.

Así que hice el proceso de determinar qué cinco tomar y cuál dejar. Este procedimiento de decidir podía ser muy gracioso o muy molesto para alguien que me conociera en ese momento porque... bueno... digamos que no era conocido precisamente por ser decidido.

Finalmente pedí mis gotas, y cuando llegaron, las mezclé en mi cocina con tal cuidado que rayaba en la reverencia. Llené tres cuartos de una botellita de 30 mililitros con gotero con agua de manantial. Añadí siete gotas de cada una de las cinco esencias florales por las que me había decidido en cada una de las botellitas. Guardé una botella junto a mi cama, una en mi maletín, una en mi botiquín, y una en el cajón del escritorio de mi oficina. De manera casi sacramental, ponía siete gotas de mi recién hecha mezcolanza bajo mi lengua cuatro veces al día, y por si eso no fuera suficiente, tomaba un baño (agua clara, el jugo de medio limón, y siete gotas de la mezcla) cada tres días. Durante 20 minutos, debía permanecer en la bañera, mojando cuidadosamente todas las partes de mi cabeza y cuerpo que pudieran comenzar a secarse al aire, como ni nariz (que después me di cuenta que debía estar fuera del agua gran parte del tiempo). Las instrucciones de la mujer eran precisas, y las seguí tal vez incluso más precisamente de lo necesario.

¿Por qué menciono esto? Porque parecía que en estas noches rituales, después de que había pasado mi habitual rutina de comprobar que había cerrado con llave, que había puesto la alarma, y finalmente irme a dormir, me despertaría con la sensación de haber tenido gente en mi casa. Me levantaría, con el corazón martilleando, y recorrería la casa, sintiendo que en cualquier momento encontraría a alguien que no estaba ahí cuando me fui a dormir... sólo para descubrir que una puerta que había cerrado ahora estaba abierta y/o una luz que había apagado antes de acostarme estaba ahora encendida.

Puertas que se abren y luces que se encienden, bonita metáfora. Todavía no lo estaba viendo con la suficiente distancia como para reconocerlo como tal. Sólo sabía que algo fuera de lo común estaba ocurriendo en mi casa y quería respuestas. Mi gitana no las tenía, pero no parecía preocupada por lo que estaba sucediendo, así que yo tampoco.

No sospechaba yo que pronto estaríamos a punto de salir del todo de su área de conocimiento.

Ampollas y sangrados


Todavía llegaban algunos pacientes para hacerse tratamientos quiroprácticos habituales, inconscientes de las «otras cosas» que estaban pasando en mi consultorio. Uno de estos pacientes me había sido remitido por su ortopedista, que no había sido capaz de resolver su dolor de espalda. La mujer estaba al final de sus 40 años y había padecido este dolor durante mucho tiempo. Estaba particularmente mal el día que llegó, pero no sólo en su espalda. Me dijo que había tenido una enfermedad degenerativa de huesos en su rodilla derecha desde que tenía nueve años, y que el dolor de su rodilla era casi insoportable.

La ajusté, le dije que cerrara los ojos y no los abriera hasta que yo se lo pidiera. Mientras sus ojos estaban cerrados, fui hacia su rodilla derecha y coloqué mis manos a unos quince centímetros por encima, moviéndolas en pequeños círculos. Había notado que siempre había alguna sensación en mis manos cuando hacía esto con una persona, y esta vez el sentimiento era de calor. Eso era todo lo que noté: calor, aunque tal vez sólo un poco más de lo habitual.

Al terminar, le pedí que abriera sus ojos. Cuando lo hizo, me dijo que se sentía mejor. Debo admitir, que me estaba acostumbrando a esta clase de respuesta. Por extraño que fuera, parecía estar ocurriendo con mucha regularidad. Lo que ocurrió después es lo que me sorprendió realmente. Caminamos hacia la puerta principal, y cuando nos acercamos a la recepción, mi recepcionista casi se cae de la silla.

«¡Mire!», gritó con su típico tono agudo mientras señalaba con el dedo a mi mano. Miré hacia abajo. Mi palma estaba cubierta de ampollas, diminutas y milimétricas ampollas. Setenta y cinco, cien, tal vez más. En tres o cuatro horas, desaparecieron.

Estas ampollas aparecieron en más de una ocasión. Y en cierto modo, les daba la bienvenida, era una manifestación visible de algo que de otra forma no se hubiera visto. Era algo que podía enseñar a la gente y decir: «¿Ves? ¿Ves?».

Entonces ocurrió. Mi palma sangró. No te engaño. En lugar de formar ampollas, sangró. No chorreaba, como en las viejas películas o en el National Enquirer, pero era como si hubiera clavado un alfiler en mi palma. Igualmente era sangre.

Mientras mi paciente y yo la mirábamos fijamente en silencio, algunos otros pacientes se acercaron.

«Es una iniciación», dijo uno de ellos.

«¿A qué?», pregunté. Nadie podía decirlo.

¿Y, otra vez, cómo lo podían saber? ¿Por qué yo no lo sabía? ¿Quién lo sabe realmente?

Buscar respuestas


Mi búsqueda de explicaciones no sólo continuó, sino que se aceleró. Descubrí los nombres y antecedentes de algunas de las personas renombradas por su experiencia en diversas áreas espirituales y los llamados fenómenos paranormales. Compré sus audiolibros y los escuché en mi coche; me asaltaban preguntas que quería hacerles.

Y de vez en cuando, conseguía hacerlo.

Cuando escuché que el Doctor Brian Weiss, autor de Muchas vidas, muchos maestros9, iba a dar un seminario de un día, enseguida me las arreglé para asistir. El Doctor Weiss es una de las autoridades más importantes del mundo en regresiones a vidas pasadas. Empezó su carrera ejerciendo la psiquiatría convencional y la hipnosis, pero en el curso de tratar a ciertos pacientes, se convenció de la realidad de las vidas pasadas y el efecto que pueden tener sobre la vida actual de uno.

Esperaba que al asistir a su seminario, podría hablar con él durante una pausa para ver si él podía arrojar algo de luz sobre lo que me estaba ocurriendo en mi vida, antes normal.

Bueno, hubo un descanso, pero no como yo lo había previsto.

Aguanté el seminario de un día con aproximadamente otras 600 personas, todas ellas esperando con ganas de hablar con el Doctor Weiss personalmente, con la esperanza de que él no sólo se sintiera atraído por lo que tuvieran que decir, sino que se tomaría el tiempo de hablar con ellas, lo que haría que se sintieran importantes. Aparentemente, pocos se daban cuenta -o se preocupaban- de que 600 personas haciendo preguntas multiplicadas por un minuto por respuesta daba como resultado diez horas, lo que habría sido más largo que el tiempo asignado para el seminario entero.

Por supuesto, yo era una de esas personas. Y como el resto, sentía que mi pregunta tenía que ser hecha. Así que esperé una oportunidad apropiada para levantar la mano: pausas naturales en el curso de una conferencia, los temas relacionados con mi pregunta, etcétera. La segunda alternativa podría haber surgido en muchos momentos, porque, aunque hubiera tenido que preceder mi pregunta con una historia breve de lo que me había estado ocurriendo, los acontecimientos estaban relacionados con casi cada tema de los que el Doctor Weiss había comentado.

Las preguntas no sólo no se estaban formulando, ni siquiera se invitó a que se hicieran. Pronto llegó la pausa de mediodía. El seminario estaba medio terminado, y yo aún no había creado mi oportunidad con éxito.

Después de la pausa, el Doctor Weiss anunció que iba a hacer una regresión a vidas pasadas en el escenario y necesitaba a un voluntario de la audiencia. Quinientas noventa y siete manos se elevaron (las otras tres personas debían estar todavía en el baño). El Doctor Weiss anunció que seleccionaría a cinco personas de la audiencia para que se acercaran y realizar algún tipo de prueba de ojos en cada uno de ellos para determinar quién sería su mejor ejemplo. Los otros cuatro deberían volver a sus asientos.

«Uno, dos, tres, cuatro, cinco...» El Doctor Weiss escogió a sus voluntarios y les hizo subir, colocándose cada uno en los cinco puestos designados. Ninguno de ellos era yo.

Los que no fuimos seleccionados, bajamos las manos y esperamos con ansiedad lo que iba a pasar después... Cuando repentinamente el Doctor Weiss se volvió hacia la audiencia, echándole un vistazo como si hubiera perdido algo. «¡Usted!» Señaló con el dedo a través de la multitud. «¿Usted no tenía su mano levantada?»

Cuando miré para ver a quién estaba señalando con el dedo, me di cuenta de que todos los demás me estaban mirando a mí.

«Sí», espeté, avergonzado y no sabiendo dónde meterme. «Pero usted ya escogió a cinco personas.»

«¿Quiere acercarse?»

Por supuesto quería acercarme. ¿Qué clase de pregunta era esa?

«Sí», repliqué.

«Está bien, entonces acérquese», me dijo.

Decir que en ese momento quería que me tragara la tierra daría un significado completamente nuevo a la palabra eufemismo. De algún modo parecía mucho más fácil pensar en ser uno más en un grupo de cinco que una sola persona tan descaradamente singularizada.

Pero fui, después de recibir algunos codazos amistosos en las costillas y un par de no tan bien disimuladas miradas asesinas. No podía culparles. Todos querían hacerse una regresión con Brian Weiss.

El Doctor Weiss me escogió y describió la «prueba del ojo» que iba a hacer en cada uno de nosotros. Era básicamente una prueba de susceptibilidad a la hipnosis en la que mirábamos para arriba sin cambiar de posición nuestras cabezas, después cerrábamos los ojos despacio para que él pudiera ver el «revoloteo». De esta forma podía determinar quién sería el más propicio para la regresión hipnótica.

Por si aún no lo has adivinado, el suertudo fui yo. Tal vez él ya lo sabía desde antes.

Me hizo sentar en un taburete, cerrar mis ojos, algunas sugerencias y luego preguntó: «¿Qué es lo que usted ve?».

Me di cuenta de que me estaba mirando a mí mismo hacia abajo, aunque mis ojos estaban cerrados. Vi piel bronceada, pero de un tono diferente al mío, era una complexión aceituna y mediterránea. Repentinamente supe que era un niño que vivía en alguna era distante en alguna parte del desierto. También supe por criterios actuales, que parecía más viejo de lo que en realidad era. De hecho, según lo que dije en voz alta al Doctor Weiss y a la audiencia, era «un joven entre 12 y 17 años».

Describí mi entorno: el patio interior de un edificio muy grande con columnas de piedra Una columna estaba en medio del patio, elevándose más alta de lo que mis ojos podían ver. Era enorme, metro y medio de diámetro, suficientemente grande para esconderme detrás, que era lo que estaba haciendo. En ese momento, mi boca dijo a la audiencia: «Vuelvo a Egipto», mientras que en mi mente, estaba pensando: ¡Dios! ¡Egipto! Todos dicen que vuelven a Egipto. ¿Estoy haciendo esto? Continué diciendo: «Estoy viviendo en casa del faraón». Por supuesto que soy yo. ¡Qué poco imaginativo por mi parte! «Soy familia cercana del faraón.» Así que ahora soy de la realeza. «Aunque no tengo sangre del faraón.» Y ahora supongo que soy Moisés. No puedo creer que esté diciendo esto.

Era una historia que se desarrollaba en mi imaginación, sin embargo, cierta o no, no podía parar ahora. Les dije que me estaba escondiendo detrás de la columna, ocultándome detrás para mantenerme lejos de la vista de un guardián. Recuerdo que esto me sonaba como algo extraño porque ésta era, después de todo, mi casa. Aunque sabía que mi objetivo era pasar de manera inadvertida hacia unas escaleras que bajaban a una sala donde los magos del tribunal guardaban las herramientas de su profesión.

No se le permitía bajar a nadie, ni siquiera a mí. Los magos creían que eran los únicos que sabían cómo usar estas herramientas. Yo pensaba distinto. Sabía que yo era la única persona que tenía la habilidad de usarlas; los magos se estaban engañando, o trataban de engañarnos al resto de nosotros.

También sabía que entre los tesoros de la sala subterránea había cetros dorados de varios largos, algunos de más de 1,80 metros. Estaban coronados con gemas enormes, uno en particular engarzado en oro. Éste tenía una inmensa piedra verde oscuro, una esmeralda o una moldavita, algo que más tarde aprendí.

La siguiente cosa que recuerdo, fue al Doctor Weiss diciendo: «Está bien, trasladémonos al final de esta vida».

Me fui un poco más lejos. Repentinamente supe que había muerto y dejado esa época. La conciencia que tenía en ese momento me dijo que el poder no estaba en absoluto en las varas, estaba en mí, y me lo llevé conmigo de vida en vida.

Ése fue el final de mi sesión. Desde ese día hasta hoy, no puedo estar seguro de no haber inventado toda la historia. Mientras estuve en el escenario, claramente sentí la necesidad de tener algo que decir.

Cuando acabó la sesión, muchas personas de la audiencia me dijeron: «Si usted hubiera estado aquí mirando, sabría que no se lo estaba inventando».

El Doctor Weiss me dijo después que mientras estaba en regresión, le di información sobre la que él ya estaba averiguando para su siguiente libro. Era bastante improbable que yo supiera esas cosas antes de subir al escenario, dijo.

Tuve que estar de acuerdo. Y aunque no había nada en el «sentimiento» de esa experiencia que me dijera que era real, nada de lo que yo le había dicho estaba en el trabajo sobre «Egiptología» que yo había escrito en tercer grado.
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