Elogios a La Reconexión




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Capítulo Seis A la búsqueda de explicaciones


Reconoce lo que está a tu vista y lo que está oculto para ti, se volverá evidente.

Biblioteca Nag Hammadi

Suponía que alguien tenía que saber lo que todos esos hechos extraños significaban. Realmente mis experiencias eran únicas. Alguien, en alguna parte, tenía que tener las respuestas.

Comencé, por supuesto, con la mujer de Venice Beach. Cuando ella se enteró de las ampollas y los sangrados, admitió que no tenía ni idea de lo que iba a pasar ni por qué. Agotó las suposiciones y trivialidades de la Nueva Era y dijo que era el momento de que me pusiera en contacto con otra mujer, la persona que «la había enseñado a ella y a otros muchos» a hacer este trabajo. Me dio su nombre y número de teléfono.

Era demasiado tarde para llamar esa noche, así que llamé al día siguiente y le conté toda la historia a esta nueva «profesora»: las luces que se encendían, las puertas que se abrían, la «gente» que yo sentía en mi casa y la que sentían mis pacientes en el consultorio, y las palmas de mis manos con ampollas y sangrando. Era optimista el esperar aprender algo útil de ella. Cuando acabé mi historia, hubo un largo silencio al otro extremo del teléfono. Entonces esta profesora dijo: «No conozco a nadie que haya respondido jamás así. Es fascinante». Eso era todo lo que ella me podía ofrecer.

Aparentemente, «fascinante» era en términos de la Nueva Era como: «Estás solo, Kiddo». Pero yo no estaba preparado para recibirlo. El siguiente mes, por recomendación de un amigo, me puse en contacto con un médium de Los Ángeles mundialmente reconocido. Cuando hice una cita para verle, no mencioné qué me había pasado y ni siquiera le dije mi apellido. Quería ver si había captado algo por sí mismo y quizá tenía alguna idea de lo que me iba a suceder a mí.

El día de la cita, sin aliento, perdido, y 30 minutos tarde, entré en su apartamento, me desplomé sobre una silla, e intenté no notar «el enojo». Ya sabes, ése que muestran los neuróticos de la puntualidad; ése que hace que recuerdes cada charla que has recibido sobre ser puntual, mientras simultáneamente te hace cuestionar tu valor como ser humano. Estaba seguro que en esos días, él estaba solicitando al Congreso traer de vuelta el uso de la palabra impuntual en nuestro sistema de educación pública. Esta interpretación era la acertada, estaba seguro.

El médium esparció sus cartas de una manera muy comercial, con cuidado de no mostrar ni una pizca de calidez o compasión. Miró las cartas, me miró directamente a los ojos con lo que era una expresión ligeramente intrigante, con el ceño fruncido. «¿Qué es eso que haces?» preguntó de manera práctica.

Ahora, no sé tú, pero a 100 dólares la hora, pensé: Tú eres el médium. Dímelo tú. Refrené verbalizar mis pensamientos. «Soy quiropráctico», respondí con voz realista, siendo cuidadoso de no revelar nada que pudiera distorsionar mi lectura.

«Oh, no», dijo, «es mucho más que eso. Algo que pasa a través de tus manos, y la gente recibe curaciones. Saldrás en televisión», continuó, «y la gente vendrá a verte desde todas partes del país».

Eso era lo último que yo esperaba oír de ese hombre, especialmente después de la forma en que había comenzado la sesión. Bueno, casi lo último que esperaba oír, porque la siguiente cosa que me dijo es que estaría escribiendo libros. «Déjame decirte algo», repliqué con una sonrisa de conocimiento. «Si hay una cosa de la que estoy seguro, es que no voy a escribir ningún libro.»

Lo dije en serio. Los libros y yo nunca nos habíamos llevado bien. En aquel momento de mi vida, había leído probablemente dos libros, uno de los cuales aún estaba intentando comprender. Mi pasatiempo favorito tenía mucho que ver con mirar la televisión. Yo era, para ser contundente, un adicto a la tele.

Por extraño que parezca, después de mi visita al médium, me encontré a mí mismo leyendo. Y leyendo. Mi adicción a la televisión se había visto paralizada bruscamente, reemplazada por, me atreveré a decir, los libros. Nada era suficiente: filosofía oriental, vida después de la muerte, información canalizada, incluso experiencias con ovnis. Leía todo, de todos, en todas partes.

Poco a poco, esta nueva energía se fue apoderando de mi vida. Una noche cuando estaba acostado para dormir, mis piernas se pusieron a vibrar.

Parecía que mis manos estaban «encendidas». Los huesos de mi esqueleto también vibraban y mis oídos zumbaban. Después empecé a escuchar tonos, y en algunos momentos, oía algo que sonaba como voces a coro.

«Ya está. Estoy perdiendo la cordura.» Ahora estaba seguro. Todo el mundo sabe que cuando te vuelves loco, escuchas voces. Las mías estaban cantando. A coro. No podía ser un simple canturreo, una voz lánguida, o un pequeño grupo coral. No, yo tenía el Coro del Templo Mormón.

¿Y qué pasaba con mis pacientes? Ellos veían colores: exquisitos azules, verdes, púrpuras, dorados y blancos. Matices de una belleza más allá de lo que fuera familiar. Aunque eran capaces de reconocer esos colores, me decían que nunca antes habían visto una manifestación de ese tipo. Me dijeron algunos pacientes que trabajaban en la industria del cine que no sólo esos colores no existen como los conocemos aquí en la Tierra, sino que tampoco se podían conseguir utilizando ningún recurso o tecnología, era imposible reproducirlos. Al escuchar esto, recordé la experiencia de vida después de la muerte de mi madre cuando hablaba de las «indescriptibles formas y matices» que no existían en el mundo que ella conocía, y cómo la visión de ellos la había llenado de preguntas.

Síntomas manifiestos


Aunque no comprendía la nueva fuente de energía que estaba utilizando, las curaciones seguían produciéndose. Aunque me preguntaba sobre el origen, pocas veces cuestionaba los resultados. Si lo hubiera hecho, probablemente habría gente a la que nunca hubiera intentado conectar con la sanación.

Había hecho planes de atravesar el país en avión a finales de año (1993) y pasar mis vacaciones con Zeida. La noche antes de irme, estaba invitado a una cena. No me apetecía ir, especialmente porque me ponía bastante neurótico antes de un viaje (¿qué meto en la maleta?, ¿qué dejo?, ¿qué me voy a olvidar?). Aún así, decidí ir a la fiesta.

Cuando llegué, el anfitrión mencionó que uno de sus invitados tenía el SIDA bastante avanzado. Lo tuve claro desde el momento en que le vi: su piel tenía la palidez grisácea que aparece a menudo en los últimos estadios de la enfermedad, y llevaba un carrito con un gotero con morfina intravenosa para el dolor y utilizaba el pedestal para no perder el equilibrio. También sufría una complicación llamada cytomegalovirus, o CMV, que afectaba a su ojo derecho, haciendo su visión de ese lado completamente borrosa.

Este hombre había superado el punto de pensar que su dolor jamás podría irse, pero realmente esperaba al menos recuperar su visión. El anfitrión me pidió que trabajara con él, y dije: «Por supuesto, estaré encantado». Le llevé a otra habitación y trabajé con él unos cinco minutos, después de los cuales él dijo que su dolor casi había desaparecido.

Ambos pensamos que era un progreso bastante bueno, y salí de la habitación. Más o menos un minuto después, él salió y anunció que podía ver claramente con sus dos ojos. Fue un momento muy emocionante.

Igualmente vibrante, pero de una forma distinta, fue cuando me levanté a la mañana siguiente y descubrí que mi ojo -el izquierdo- estaba hinchado ¡tres veces su tamaño! Por alguna razón, cuando temporalmente «adquiría» los síntomas de alguien, aparecía en el lado opuesto de mi cuerpo, no sé por qué. Mi ojo estuvo hinchado unas 36 horas.

Ya tenía bastante con las ampollas y sangrados, pero esto ya era demasiado. Comencé a preguntarme: ¿Estoy absorbiendo las enfermedades de los demás cuando hago este trabajo energético? ¿Me voy a quedar con esas enfermedades? ¿Establecerán algún tipo de respuesta en cadena conmigo después de todo? Esos pensamientos me hacían sentir un poco incómodo.

Entonces me golpeó el entendimiento: No necesitaba manifestar físicamente los problemas o síntomas de otras personas para que las curaciones tuvieran lugar, ni necesitaba estas señales para que me sirvieran de evidencia de que algo real y poderoso estaba pasando.

Después de esa revelación, nunca más tuve otra manifestación física.

Pero alguien la tuvo.
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