La estupidez de la dignidad*




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fecha de publicación16.01.2016
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LA ESTUPIDEZ DE LA DIGNIDAD*

Dénix Alberto Rodríguez Torres

Docente Departamento de Humanidades

En un empolvado anaquel de esos con acceso público me encontré hace unos días con un interesante artículo cuyo título por demás sugestivo, llamó poderosamente mi atención: “La Estupidez de la Dignidad”. Escrito por Steven Pinker en mayo de 2008, hace un abordaje cuestionante al tema de la Dignidad Humana en relación con la bioética. Advierto, que en las siguientes líneas pondré a consideración algunos apartes del mencionado artículo, no sin antes invitarle a conocer su versión completa.

En un primer momento Pinker alude al reciente Consejo Presidencial sobre Bioética creado en 2001 por George Bush, quien ha publicado a su vez un informe copioso titulado: “Dignidad Humana y Bioética”, este Consejo constituido por expertos se encargaba de asesorar al presidente y explorar asuntos políticos relacionados con la ética de las innovaciones biomédicas, incluyendo los fármacos para aumentar la cognición, la manipulación genética de animales o humanos, terapias que puedan prolongar la vida, las células madre embrionarias y la llamada “clonación terapéutica”, capaz de proveer reemplazos para órganos y tejidos celulares enfermos. Avances cómo estos, traducidos en tratamientos libremente practicados, podrían hacer que millones de personas se sintieran mejor y nadie se sintiese peor. ¿Qué hay que pueda no gustar?, ¿Cuáles son las preocupaciones éticas que requieren un consejo presidencial?

Ante las preocupaciones e intereses implícitos de tal consejo, ha surgido el libro Dignidad Humana y Bioética, como resultado del esfuerzo del Consejo por situar la dignidad en el centro de la bioética; acota Pinker que el sentimiento general es que, aunque una nueva tecnología sea capaz de mejorar la vida y la salud y disminuir el sufrimiento y el desperdicio, podría ser rechazada, o hasta ilegalizada, si ofende la dignidad humana. Cualquier cosa que eso sea.

Como contra respuesta, a estas posturas la bioeticista Ruth Macklin, cansada sobre las palabras huecas que sobre dignidad se habían dado, y cuya pretensión es impedir la investigación y las terapias, dijo en una editorial en 2003: “La dignidad es un concepto inútil”, Macklin argumentó que la bioética ha bregado francamente bien con el principio de autonomía personal –la idea que dice que ya que todos o seres humanos tienen la misma capacidad mínima para sufrir, prosperar, razonar y escoger, ningún ser humano tiene el derecho de inmiscuirse en la vida, el cuerpo o la libertad de los demás-. Por esto -comenta Pinker- el consentimiento informado sirve como cimiento para la investigación y la práctica ética, y claramente rechaza los abusos que condujeron al nacimiento de la bioética en primer lugar, como sádicos pseudoexperimentos de Mengele en la Alemania Nazi y la negación de tratamiento a pacientes negros indigentes en el infame estudio de sífilis de Tuskegee. Una vez admitido el principio de autonomía, argumentó Macklin, la “dignidad” no aporta nada.

En su controversial artículo Pinker también hace alusión al presidente del Consejo Presidencial sobre Bioética, el señor Leon R. Kass, que junto a su equipo muestran tendencia ultraconservadora y ven de manera crítica la bioética académica moderna y la manera en que se debaten las cuestiones bioéticas en la plaza pública, aferrados “curiosamente en pasajes bíblicos”, que asumen la autoría Divina de la Biblia, que asumen la verdad literal de los milagros narrados en el Génesis (como el concepto de que los patriarcas bíblicos vivieron hasta 900 años) entre otros.

Los desaciertos del señor Kass, son para Pinker la causa de que en los Estados Unidos, primer poder científico mundial, trate los retos éticos de la biomedicina del siglo XXI usando historias de la Biblia; recordemos que el señor Kass –dice Pinker- adquirió fama en los años setenta por su rechazo moralista a la fertilización in vitro, que entonces se conocía como “bebés probeta”. Una vez que el procedimiento mostró ser factible, el país rápidamente se olvidó de Kass, y hoy para la mayoría, esta es una cuestión ética irreprochable. No obstante Kass, siguió manifestándose en cuestiones como por ejemplo: su frustración por la incapacidad de algunos rabinos-con los que había hablado-para reconocer lo terrible que eran las tecnologías para extender la vida, la salud, la fertilidad. “el deseo de prolongar la juventud”, escribió por respuesta, es “una expresión de un deseo juvenil y narcisista, incompatible con la devoción hacia la posteridad”. Los años que se podían agregar a la vida humana, juzgó, no merecían ser vividos; “la mortalidad hace que la vida tenga sentido”, comenta que los dioses griegos vivieron “vidas superficiales y frívolas”-un ejemplo de su desconcertante manía de tratar la ficción como si fuera un hecho real –acota Pinker-.

Lo anterior no hace sino mostrarnos que aún el concepto de Dignidad sigue siendo resbaladizo y ambiguo, de hecho genera contradicciones directas a cada giro. Algunas de esas contradicciones dice el autor se encuentran en expresiones como estas: leemos que la esclavitud y la degradación son moralmente malas porque privan a alguien de su dignidad; pero también leemos que nada de lo que hagas a una persona, incluyendo esclavizarla o degradarla, puede quitarle la dignidad. Leemos que la dignidad refleja la excelencia, esfuerzo y conciencia, así que sólo algunas personas logran tenerla gracias a su esfuerzo y su carácter. También leemos que cada uno, no importa lo vago, malo o minusválido que sea, tiene su dignidad intacta. Varios ensayistas juegan la carta del genocidio y alegan que los horrores del siglo XX son el resultado de no considerar la dignidad como algo sacrosanto. Pero apenas se necesita la noción de dignidad para decir que no está bien gasear a seis millones de judíos o enviar a desidentes rusos al gulag.

Por lo anterior –dice Pinker- a pesar de los esfuerzos de los colaboradores, el concepto de dignidad continúa en el caos. “La razón, pienso, se debe a que la dignidad tiene tres elementos que minan cualquier posibilidad de utilizarla como cimiento para la bioética”:

Primero, La dignidad es relativa: La dignidad varía de manera radical con el tiempo, el lugar y la persona que la percibe. En tiempos antiguos verle un poco de media a una mujer era considerado como algo escandaloso; ahora nos reímos de las fotos de la gente en la época victoriana con collares almid

onados y trajes de lana caminando por los bosques en un día caluroso.

Segundo, La dignidad es fungible: El Consejo Presidencial sobre Bioética y otras Instituciones tratan la dignidad como un valor sagrado, que nunca debe ser comprometido. Muchos renunciamos a la dignidad repetida y voluntariamente: Un examen pélvico o rectal o una colonoscopia es algo indigno. Repetidamente votamos con los pies (y con otras partes del cuerpo) que la dignidad es una valor trivial, que bien merece cambiarse por vida, salud y seguridad.

Tercero, La dignidad puede ser dañina: Cualquier déspota galardonado y amedallado que revisa sus tropas desde su pedestal, busca imponer el respeto con manifestaciones ostentosas de dignidad; las represiones políticas o religiosas suelen racionalizarse como una defensa de la dignidad del Estado, del líder o del credo.

¿La dignidad es un concepto inútil? -se pregunta y se responde Pinker-: Casi. La palabra tiene un sentido identificable, que le otorga una reivindicación, aunque limitada, sobre nuestra consideración moral. La dignidad es un fenómeno de la percepción humana. “La percepción de dignidad a su vez provoca una respuesta en el perceptor. Igual que el olor del pan en el horno provoca deseo de comerlo, y la visión de la cara de un bebé provoca deseo de protegerlo, la apariencia de dignidad provoca el deseo de estimar y respetar a la persona dignificada”.

Aunque en este abordaje al artículo de Pinker no caben todas sus ideas, si nos lanza al debate de las mismas, saque usted sus propias conclusiones.

*Steven Pinker (Montreal, 1954) es profesor de Psicología en Harvard y autor de The Stuff of Thought (La Vida de la Palabras). Este artículo apareció originalmente en The New Republic el 28 de mayo de 2008). Recuperado, Revista malpensante -ISSN: 0122-9273- de octubre de 2008 N. 91 pág. 19-27.

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