Paper (II) Animal Spirits: “Historias” de ayer… y de hoy. ¿Aprendemos algo de las crisis? ¿Estamos mal, pero vamos mejor? La farsa continúa




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28/5/10)

(Por Lex Column)

Al igual que las polillas con una llama, las empresas energéticas no pueden evitar sentirse atraídas, en ocasiones de forma fatídica, hacia situaciones con las que ya han sufrido graves daños en el pasado.

Es el caso de petroestados como Nigeria, nacionalizadores en serie de recursos como Venezuela, y sucederá sin lugar a dudas con las perforaciones marítimas, no importa el coste que las autoridades estadounidenses impongan a la industria tras la catástrofe del Golfo de México.

Los defensores del consumidor como la Agencia Internacional de la Energía están nerviosos por las nuevas y estrictas regulaciones, y hacen hincapié en que hay que seguir buscando las escasas reservas mundiales de petróleo, ya sea en las profundidades marítimas o en las inexploradas aguas del Ártico.

Sin embargo, el temor a una caída en picado en la producción submarina parece exagerado, ya que estos proyectos resultan de por sí tan caros que sería un “error” pagar el coste de instalar los últimos equipos, asegura un veterano de la industria. Es mucho más significativo el riesgo que representa equivocarse en los cálculos geológicos.

Tomemos, por ejemplo, otro importante proyecto de BP en el Golfo de México, Thunder Horse, cuyo desarrollo costó miles de millones de dólares y que se esperaba que produjera 250.000 barriles diarios (mil millones de barriles a lo largo de su vida). Ha alcanzado su techo cerca de un tercio por debajo de las expectativas. Si esto se extrapola a la vida del proyecto, ese déficit, unido a la menor producción de gas, podría resultar más costoso que los cálculos más cuantiosos de daños derivados del reciente accidente.

Si el coste de la regulación estadounidense resulta demasiado alto, la actividad podría desaparecer en Norteamérica. Pero esto elevaría el atractivo de los yacimientos de la costa occidental de África, Brasil y el Mar de Barents. Y, pese a que pueda parecer cruel teniendo en cuenta que el petróleo sigue contaminando el Golfo, seguir permitiendo la viabilidad de las perforaciones marítimas en EEUU podría suponer menos riesgos medioambientales que otras opciones. Del extranjero llegaría un mayor número de barriles con más probabilidades sufrir vertidos, o de arenas bituminosas perjudiciales para el medio ambiente, una fuente marginal en la actualidad.

La atracción económica de las perforaciones marítimas es demasiado persuasiva para la industria como para que ni si quiera una debacle como la de BP la disuada de seguir con el negocio. Los magnates del petróleo acudirán allí donde haya crudo, por mucho que duelan las quemaduras.

(The Financial Times Limited 2010. All Rights Reserved)

- Deepwater Horizon: un desastre para el cual nadie parecía estar preparado (The Wall Street Journal - 31/5/10)

(Por Douglas Blackmon, Vanessa O'Connell, Alexandra Berzon y Ana Campoy)

El 20 de abril, en los minutos posteriores a que una cadena de explosiones de gas la debilitara seriamente, reinaba la confusión en Deepwater Horizon, la plataforma de la petrolera británica BP PLC. Las llamas se propagaron con rapidez, se cortó la energía eléctrica y trabajadores aterrados se lanzaban al mar oscuro y cubierto de petróleo.

El capitán Curt Kuchta estaba reunido con un grupo de 10 ejecutivos y miembros de la tripulación.

Andrea Fleytas, una empleada de 23 años que ayudaba a operar la sofisticada maquinaria de navegación, se percató de improviso de un grave descuido: nadie había enviado una señal de socorro, recuerda en una entrevista. Fleytas se apoderó de la radio y empezó a llamar en una señal que utilizan la Guardia Costera de Estados Unidos y otras embarcaciones. “Auxilio, auxilio. Esta es Deepwater Horizon. Tenemos un incendio fuera de control”.

Cuando el capitán Kuchta se dio cuenta de lo que había hecho la reprendió. “No le di autorización para hacer eso”, le dijo, según el testimonio de Fleytas.

Un análisis realizado por The Wall Street Journal sobre lo ocurrido a bordo de la Deepwater Horizon justo antes y después de las explosiones sugiere que la plataforma petrolífera no estaba preparada para la clase de desastre que se produjo y se vio sobrepasada una vez que sucedió. Los acontecimientos del puente plantean interrogantes sobre si los supervisores de la plataforma estaban preparados para manejar una emergencia tan súbita y evacuar la plataforma y si, en un contexto más amplio, EEUU cuenta con las suficientes normas de seguridad en todas las complejas operaciones de perforación en aguas muy profundas.

Falta de preparación

El siguiente recuento de lo sucedido sobre la plataforma en el momento de las explosiones, que mataron a 11 personas, se basa en entrevistas con sobrevivientes, sus relatos por escrito, testimonios ante la Guardia Costera y documentos internos del operador de plataformas petroleras Transocean Ltd. y la propia BP.

En respuestas escritas a las preguntas de The Wall Street Journal, Transocean afirmó que el tiempo transcurrido entre la primera señal de peligro y la explosión catastrófica fue demasiado breve como para que la tripulación hubiera podido hacer algo para prevenir o minimizar el desastre. La empresa resaltó que la cadena de mando de la plataforma estaba funcionando y “no dificultó el tiempo o las actividades de respuesta”.

Durante una audiencia ante la Guardia Costera el jueves, Jimmy Wayne Harrell, el ejecutivo de mayor rango de Transocean en la plataforma, reconoció que una rotura en la cadena de mando en la plataforma generó “confusión”. En la misma audiencia, el capitán Kuchta señaló que las comunicaciones no habían sido un problema. BP optó por no referirse a ningún evento ocurrido el 20 de abril.

En los minutos previos a la explosión de la Deepwater Horizon, casi nadie a bordo se dio cuenta de que se estaban gestando problemas serios, salvo unos pocos hombres sobre el piso de perforación, el más alto de los tres niveles en la gigantesca estructura. El mar estaba calmado y una brisa fresca soplaba desde el norte. El capitán Kuchta recibía la visita de dos ejecutivos de BP para celebrar siete años sin accidentes serios en la plataforma.

Casi 20 hombres operaban la maquinaria de perforación, que ya había horadado unos 4.000 metros de rocas a unos 1.500 metros de profundidad en el Golfo de México.

Alrededor de las 21.47, trabajadores en toda la plataforma escucharon un repentino silbido de gas metano. El metano suele estar presente en la tierra adyacente a los depósitos de crudo y controlar su amenaza es una parte habitual de la perforación. Cuando se detecta el metano, como había sucedido en las semanas previas en Deepwater Horizon, un fluido denso de perforación llamado “lodo” se bombea al pozo para que actúe como contrapeso e impida que el gas ascienda a la superficie.

En un lapso de dos minutos, la presión causada por el gas en el ducto del pozo había aumentado de forma drástica, indican los documentos de perforación. Un torrente de gas metano azotó la plataforma. La energía eléctrica se cortó en toda la embarcación. “Todo empezó a saltar y a estremecerse”, recuerda en una entrevista Kevin Senegal, un limpiador de tanques de 45 años.

Fleytas, una de las tres mujeres que laboraban en Deepwater Horizon, se encontraba en el puente supervisando la ubicación y la estabilidad exactas de la plataforma. Por unos instantes, todos los equipos dejaron de funcionar. Posteriormente, una batería de repuesto entró en acción. Fleytas y sus colegas revisaban sus monitores, que indicaban que ningún motor funcionaba. Sonaban múltiples alarmas de gas. Uno de los seis enormes motores que estabilizaban la plataforma flotante estaba fuera de control.

No se había detectado metano en la Deepwater Horizon antes de la enorme explosión de gas. Por eso, no se había declarado la emergencia de gas “Nivel 1”, que se activa cuando se detectan niveles “peligrosos” de gas en el pozo, según miembros de la tripulación. Eso significa que la tripulación no había recibido ninguna alerta general para prepararse para los problemas y ninguna orden de cerrar cualquier cosa que pudiera prender el gas.

Las regulaciones del pozo establecen que ante una emergencia de este tipo, los dos ejecutivos de mayor jerarquía en la plataforma, que el 20 de abril eran Donald Vidrine, de BP, y el director de instalación de Transocean, Jimmy Wayne Harrell, debían dirigirse al piso de perforación y evaluar la situación de forma conjunta. Pero como no se declaró emergencia alguna, ninguno de los dos lo hizo, según numerosos empleados de la plataforma.

Transocean afirma que se siguieron la cadena de mando de la plataforma y los estándares de seguridad y que, asimismo, se trabajó de forma efectiva bajo las circunstancias. Harrell no devolvió llamados en busca de comentarios. BP manifestó que Vidrine no estaba disponible para referirse al tema.

No había nadie a cargo

En los momentos previos a la explosión, se hicieron cuatro llamadas de emergencia desde el piso de perforación a altos miembros de la tripulación, según un documento de BP revisado por The Wall Street Journal. Una fue dirigida a Vidrine, según notas sobre una declaración que realizó ante la Guardia Costera a la que tuvo acceso The Wall Street Journal. Vidrine se apresuró a dirigirse al piso de perforación, pero ya había “lodo por todos lados”, le dijo a la Guardia Costera.

Alrededor de las 21.50, Stephen Curtis, un ayudante de perforación, llamó al encargado de herramientas de más jerarquía, Randy Ezell, quien se encontraba descansando en su camarote, según una declaración de Ezell ante la Guardia Costera revisada por The Wall Street Journal. Curtis indicó que el metano ingresaba al pozo y los trabajadores estaban a punto de perder el control.

Dos empleados de la plataforma que luego hablaron sobre el tema con Ezell afirmaron que este último les dijo que Anderson iba a poner en marcha el dispositivo para prevenir una explosión, un aparato de 45 toneladas diseñado para cortar el oleoducto de perforación en el fondo del océano y sellar el pozo en menos de un minuto. Si se hubiera activado a tiempo, podría haber sido suficiente para impedir las explosiones o, por lo menos, limitar la magnitud del desastre, según algunos expertos de perforación. Ezell se preparó para dirigirse al piso de perforación, según su declaración.

Segundos más tarde, el metano, que es más pesado que el aire, se prendió, posiblemente debido a los movimientos del motor fuera de control. Así se inició la catastrófica explosión que voló importantes secciones de Deepwater Horizon, cortó por lo menos un motor, incendió grandes partes de la plataforma y permitió que el petróleo comenzara a derramarse al mar.

Curtis, un ex militar al que le gustaba cazar pavos, y Anderson, el padre de dos hijos que pretendía dejar de trabajar en la plataforma cuando terminara su turno de 21 días, casi sin dudas murieron de forma instantánea, según otros trabajadores. Lo mismo ocurrió con el veterano Dewey Revette. Seis hombres que trabajaban cerca también fallecieron. Clark, el perforador asistente que se había dirigido a las escaleras a ayudar, también perdió la vida. Dale Burkeen, quien operaba la grúa de gran altura de la plataforma, también falleció luego de ser expulsado de una pasarela y caer más de 9 metros.

A continuación se produjo una serie de detonaciones. Miembros de la tripulación estaban esparcidos por las habitaciones, con múltiples roturas de huesos y quemaduras graves.

Desde el puente, el contramaestre David Young corrió para investigar las explosiones y prepararse para combatir el fuego. Luego de encontrar sólo un miembro de la tripulación en su puesto, regresó al puente. Los miembros de la tripulación afirman que no se realizaron esfuerzos significativos para combatir el incendio. “No teníamos bombas de fuego. No se podía hacer otra cosa más que abandonar la nave”, afirmó el capitán Kuchta, en su testimonio ante la Guardia Costera a fines de mayo.

“La escena era muy caótica”, indicó el trabajador Carlos Ramos en una entrevista. Los empleados heridos estaban tirados en la cubierta. “No había cadena de mando. Nadie estaba a cargo”, afirmó Ramos. Los trabajadores aterrados comenzaron a lanzarse al mar, un salto de más de 20 metros hacia la oscuridad. Un empleado avisó por radio al puente que los trabajadores estaban saltando por la borda.

Un vocero de Transocean afirmó que la empresa aún no ha podido determinar exactamente lo que sucedió en la zona de abordaje de los botes salvavidas o cuántos operadores de botes salvavidas estaban disponibles.

El capitán Kuchta y alrededor de otros 10 ejecutivos y miembros de la tripulación, incluida Fleytas, estaban reunidos en el puente, que aún no había sido amenazado por el fuego. Cuando llegó al puente la noticia de que los trabajadores estaban saltando, el supervisor de Fleytas emitió una llamada de “hombre al agua”. El Bankston, un buque cercano, puso un pequeño bote en el agua y comenzó la operación de rescate.

Vidrine y Harrell, los dos ejecutivos de mayor rango, aparecieron en el puente. Vidrine luego le dijo a la Guardia Costera que un instrumento en el puente mostraba que la tripulación de perforación, que en ese momento ya había muerto, había cerrado “la bolsa”, como se conocía a la gruesa membrana de goma alrededor de una sección de perforación llamada anular. Pero la medida de emergencia, que habría sellado el pozo, no se había activado. El botón se apretó a las 21:56, pero ya no surtió ningún efecto, según un documento interno de BP.

Según las regulaciones de Transocean, la decisión de evaluar debía ser tomada por el capitán, Kuchta y por Harrell, el director de instalaciones. Alarmada por la situación, Fleytas se dirigió al sistema de altoparlantes y anunció: “Estamos abandonando el barco”, según recuerda.

Más de 24 horas más tarde, la plataforma Deepwater Horizon se hundió a 1.500 metros de profundidad.



(Las consecuencias de un capitalismo de manos libres: ¿Quién controla al mercado?)

- Lecciones del vertido de BP (El País - 13/6/10)

(Por Kenneth Rogoff)

Mientras el pozo de petróleo dañado sigue soltando a borbotones millones de galones de crudo desde las profundidades del golfo de México, el problema inmediato es cómo mitigar una catástrofe medioambiental que aumenta por momentos. Sólo podemos abrigar la esperanza de que se contenga el vertido pronto y no se materialicen las hipótesis peores. Sin embargo, el desastre plantea una amenaza aún más profunda a la forma como las sociedades modernas regulan las tecnologías complejas. La acelerada velocidad de la innovación parece estar superando la capacidad de los reguladores estatales para afrontar los riesgos, y más aún para prevenirlos.

Los paralelismos entre el vertido de petróleo y la reciente crisis financiera son demasiado dolorosos: la promesa de innovación, la complejidad insondable y la falta de transparencia (los científicos calculan que sólo conocemos una pequeña fracción de lo que ocurre en las profundidades del océano). Grupos de presión adinerados y políticamente poderosos ejercen presiones enormes sobre las estructuras de gobierno más sólidas. Constituye un enorme apuro para el presidente de EEUU, Barack Obama, que propusiera -presionado por la oposición republicana, cierto es- aumentar en gran medida las perforaciones en busca de petróleo en el mar justo antes de que se produjera la catástrofe de BP.

La historia de la tecnología del petróleo, como la de los instrumentos financieros exóticos, era muy convincente y seductora. Los ejecutivos de las empresas petroleras se jactaron de que podían perforar hasta una profundidad de dos kilómetros y después un kilómetro en sentido horizontal y acertar en el blanco con un margen de error de unos metros. De repente, en lugar de un mundo en el que se hubiera llegado a la tasa máxima de extracción de petróleo y con recursos cada vez más escasos, la tecnología ofrecía la promesa de aumentar el abastecimiento para otra generación. Los funcionarios occidentales se dejaron influir también por la preocupación por la estabilidad del abastecimiento en Oriente Próximo, que representa una gran proporción de las reservas mundiales. Algunos países en desarrollo -y muy en particular Brasil- han descubierto posibles yacimientos enormes frente a sus costas.

Ahora todo está en el aire. En EEUU, las perforaciones marinas parece que seguirán el mismo camino que la energía nuclear, pues se dejarán durante decenios los nuevos proyectos en un cajón y, como ocurre con frecuencia, una crisis en un país puede llegar a ser mundial si muchos otros países reducen drásticamente los proyectos de perforaciones marinas ilimitadas. ¿Pondrá de verdad en peligro Brasil su espectacular costa por el petróleo, ahora que lo sucedido ha recordado a todo el mundo lo que puede ocurrir? ¿Y Nigeria, donde otros riesgos resultan intensificados por las luchas intestinas?

Los expertos en petróleo sostienen que las perforaciones marinas nunca tuvieron posibilidades de representar más que una pequeña proporción del abastecimiento mundial, pero ahora va a haber más preocupación por las perforaciones profundas en cualquier medio delicado, y el problema no se limita al petróleo. El problema básico de la combinación de complejidad, tecnología y regulación se da también en muchos otros sectores de la vida moderna. La nanotecnología y la innovación en materia de creación de organismos artificiales ofrecen una posible bendición para la humanidad, al prometer la creación de nuevos materiales, medicinas y técnicas de tratamiento. Aun así, con todas esas tecnologías apasionantes, resulta extraordinariamente difícil lograr un equilibrio entre el riesgo muy pequeño de un desastre muy grande y el apoyo a la innovación.

Las crisis financieras son casi consoladoras en comparación. Las burbujas especulativas y las crisis bancarias han sido una característica periódica del paisaje económico durante siglos. Pese a ser espantosas, las sociedades les sobreviven.

Cierto es que quienes pensaban “esta vez es diferente” antes de la reciente gran recesión, resultaron estar equivocados, pero, aun cuando no estemos mejorando en nada a la hora de afrontar las crisis financieras, tampoco ha empeorado necesariamente la situación.

Tal vez los dirigentes de los Estados que componen el G-20 no hayan hecho un trabajo tan brillante como afirman al tapar el agujero existente en el sistema financiero. Los pavorosos problemas de la deuda soberana en la Europa continental y los que están fraguándose en EEUU, Japón y otros países lo demuestran más que de sobra, pero, comparados con los esfuerzos de British Petroleum para tapar su agujero de petróleo en las profundidades marinas, los dirigentes del G-20 parecen omnipotentes.

Si alguna vez ha habido una llamada para despertar a la sociedad occidental a fin de que se replantee su dependencia de una innovación tecnológica cada vez más acelerada para aumentar sin cesar el consumo de combustibles, no cabe duda de que lo ha sido el vertido de BP. Incluso China, con su estrategia de “aprovechemos el auge ahora y ya abordaremos más adelante la cuestión del medio ambiente”, debe observar detenidamente el golfo de México.

La economía nos enseña que, cuando hay una enorme incertidumbre en materia de riesgos catastróficos, es peligroso confiar demasiado en el mecanismo de los precios para acertar con los incentivos. Lamentablemente, los economistas saben mucho menos sobre cómo adaptar la regulación a lo largo del tiempo a los sistemas complejos con riesgos en constante transformación y mucho menos aún cómo concebir instituciones reguladoras sólidas. Hasta que se entiendan mejor esos problemas, podemos estar condenados a convivir con un mundo de la regulación con objetivos constantemente desproporcionados, ya sea por exceso o por defecto.

El sector financiero ya está avisando de que la nueva regulación puede ser desproporcionada, es decir, tener el efecto no deseado de dificultar profundamente el crecimiento. Ahora bien, pronto podríamos afrontar las mismas preocupaciones en materia de política energética, y no sólo en relación con el petróleo.

Dadas las dimensiones de lo que está en juego financieramente, lograr un consenso mundial será difícil, como lo demostró el fracaso de la conferencia de Copenhague sobre el cambio climático. Los países avanzados, que son los que mejor pueden permitirse una limitación del crecimiento a largo plazo, deben dar ejemplo. El equilibrio entre la tecnología, la complejidad y la regulación es, sin lugar a dudas, uno de los mayores imperativos que el mundo debe adoptar en el siglo XXI. No podemos permitirnos el lujo de seguir equivocándonos.

(Kenneth Rogoff, ex economista jefe del FMI, es profesor de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard. © Project Syndicate, 2010)

(Un choque di-vertido: los “piratas” Morgan (Obama) y Drake (Cameron) enfrentados)

- El vertido de BP tiñe de negro las relaciones entre Reino Unido y EEUU (El Confidencial -
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