Paper (II) Animal Spirits: “Historias” de ayer… y de hoy. ¿Aprendemos algo de las crisis? ¿Estamos mal, pero vamos mejor? La farsa continúa




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Nessum Dorma

El modelo global de consumo de los recursos naturales se ha mantenido inalterado tras la Conferencia de Medio Ambiente de Río de Janeiro en 1992. El 20% acomodado reclama para sí el 85% del consumo mundial de madera, el 75% de la siderurgia y el 70% de la energía.

Es posible que el consumo de energía hasta se duplique de aquí al 2020. Los gases que producen el efecto invernadero aumentarán entre un 45 y un 90%.

En todo el mundo los escapes de los automóviles han eludido todo control: 1.000 millones de coches, el doble de los actuales, se dirigirán en el año 2020 hacia el infarto global del tráfico.

Durante los últimos 20 años, el medio ambiente se ha deteriorado en el mundo de una manera espectacular para tan corto período de tiempo geológico. Entre los ejemplos están la destrucción de la capa de ozono y de las selvas tropicales, la universalización de la contaminación de los mares, la aceleración de la contaminación atmosférica y los síntomas de recalentamiento de la superficie de la tierra.

Se estima que el transporte motivado por el comercio internacional consume la octava parte del petróleo utilizado en el mundo.

El aumento del comercio mundial crea residuos y contaminación por el mismo hecho del transporte de mercaderías a distancias más grandes.

La dedicación de países enteros al incremento de las exportaciones de materias primas en el comercio internacional también tiene su impacto medio ambiental en el punto de extracción o de producción, especialmente en los países en vías de desarrollo (la madera tropical es quizás el caso más conocido).

Los efectos medio ambientales de la producción industrial para la exportación comporta el consumo intensivo de energía con su agotamiento de recursos no renovables y sus consecuencias en cuanto al cambio climático, a la contaminación del aire y el agua, a la generación de productos químicos tóxicos y al vertido de residuos.

Cada época tiene su propia teoría de la catástrofe. Cada año se destruyen 17 millones de hectáreas de selva tropical; junto con las emisiones de residuos de combustibles fósiles, es lo que está creando el "efecto invernadero", que afectará gravemente a la producción de alimentos. Las consecuencias del cambio climático se interrelacionan y son potencialmente catastróficas. El nivel de los mares subirá, con lo cual se reducirá a escala planetaria la extensión de tierras cultivables que se hallan a poca altura sobre el mar. Tan sólo un metro de elevación del nivel de la hidrosfera pondrá en peligro de desaparición el 3% de las tierras del mundo. Este porcentaje parece pequeño a primera vista; pero nos daremos cuenta de su trascendencia si sabemos que equivale a la tercera parte de los campos cultivados en todo el mundo y que es el suelo donde viven 1.000 millones de personas.

Desde 1987, han ocurrido al menos 11 temporales acompañados de vientos huracanados cuyos daños totalizan más de 50.000 millones de dólares a las preocupadas compañías de seguros de todo el mundo. Otros sectores serán amenazados por el 20% de incremento previsto de las lluvias o por el 5-10% de disminución de las lluvias de verano. La reiteración de este fenómeno convertiría en un desierto la región cerealista de Estados Unidos. Un aumento de 2 grados centígrados en la temperatura planetaria media podría significar un declive entre el 3 y el 17% en el rendimiento de las cosechas de trigo de Europa y Estados Unidos.

“Decir que hay que salvar el medio ambiente es decir que hay que cambiar radicalmente el modo de vida de la sociedad, renunciar a la carrera desenfrenada por el consumo. No es nada menos que eso. La cuestión política, psíquica, antropológica, filosófica que se plantea, en toda su profundidad, a humanidad contemporánea”, dice C. Castoriadis, en su obra: “El avance de la insignificancia - Eudeba -1997

Cada comunidad paga un precio por la contaminación de su medio ambiente. La contaminación del agua, del aire y del suelo por productos tóxicos y radioactivos junto con el aumento de la radiación ultravioleta, está minando la salud humana y disparando los costes de sanidad. Un estudio de la calidad del aire realizado por la OMS y otros da cuenta de que 625 millones de personas están expuestas a niveles no saludables de dióxido de sulfuro, más de 1.000 millones de personas se hallan potencialmente expuestos a niveles dañinos de contaminación del aire. Un estudio en Estados Unidos estima que la contaminación del aire puede costarle al país hasta 40.000 millones al año en sanidad y pérdidas de productividad.

Los nuevos datos sobre Rusia muestran a la perfección los efectos devastadores de la contaminación por toxinas químicas y orgánicas sobre la salud humana. La Academia Rusa de Ciencias Médicas señala: que el 11% de los niños rusos padecen defectos de nacimiento. La mitad del agua potable y una décima parte de los alimentos, están contaminados, por lo que el 55% de los niños tienen problemas de salud. Es particularmente preocupante el aumento de enfermedades y de muertes prematuras entre las personas de 25 a 40 años.

Otro problema que hará aumentar los futuros costes de la sanidad es la disminución del ozono estratosférico. Tan sólo en Estados Unidos puede significar 200.000 casos más de muerte por cáncer de piel durante las próximas 5 décadas. A escala mundial equivale a millones de muertes. También aumentarían las cataratas y enfermedades infecciosas.

Además del déficit ecológico, el mundo está viendo como se le acumulan unas enormes facturas por la contaminación y recuperación ecológica. Por ejemplo, los costes calculados para la descontaminación de los lugares donde hay residuos peligrosos en Estados Unidos ronda los 750.000 millones de dólares, algo así como tres cuartas partes del presupuesto federal de Estados Unidos para 1990.

La alternativa a estas operaciones de limpieza es ignorarlos y dejar que los residuos tóxicos se filtren hasta las capas freáticas. De una u otra forma, la sociedad tendrá que pagar, ya sea en forma de facturas de descontaminación o en forma de crecientes costes en la sanidad

Los déficits y las deudas ecológicas en que el mundo ha incurrido en las últimas décadas son enormes, empequeñeciendo, muchas veces la deuda estrictamente económica de los países. Quizás lo más importante es una diferencia que se suele pasar por alto entre los déficits económicos y los ecológicos. Una deuda económica es algo que nos debemos entre nosotros. Por cada prestatario hay un prestamista, los recursos sencillamente cambian de mano. Pero las deudas ecológicas, especialmente aquéllas que suponen daños o pérdidas irreversibles de capital natural, muchas veces sólo pueden ser reembolsadas mediante la privación y la enfermedad de las generaciones futuras.

Es evidente que el actual sistema económico está lentamente empezando a autodestruirse a medida que elimina su base ecológica natural.

El reto está en diseñar y construir un sistema económico sostenible desde el punto de vista ecológico.

¿Podemos entrever que aspecto tendría? Sí. ¿Podemos definir una estrategia para ir desde el actual sistema económico al ecológicamente sostenible en el intervalo del tiempo que disponemos? Otra vez la respuesta es sí.

Los componentes básicos de un esfuerzo para construir una economía global ecológicamente sostenible son bastante elementales, a saber, recuperar la estabilidad del clima, proteger la capa de ozono, restaurar la cubierta vegetal de la tierra, estabilizar los suelos, salvaguardar la restante diversidad biológica de la tierra y restaurar el tradicional equilibrio entre nacimientos y muertes.

Salirse del curso de la decadencia y la degradación ecológica requiere un enorme esfuerzo, similar a una movilización para librar una guerra. Para darle vuelta a la situación, debemos empezar por nosotros mismos. Cada uno de nosotros, puede hacer muchas cosas. Podemos reciclar, podemos utilizar el agua y la energía de manera mucho más eficiente y podemos limitar nuestras familias a dos hijos. Estas acciones individuales son necesarias, pero no suficientes, ya que no traen consigo los cambios estructurales básicos que la economía necesita para convertirse en sostenible. Para esto, hay que recurrir a la acción ciudadana y así presionar a los gobernantes para que tomen medidas políticas que deberán transformar la economía.

La necesidad más acuciante es la de una nueva percepción del mundo, una nueva perspectiva que refleje las realidades ecológicas y que redefina la idea de seguridad al reconocer que la primera amenaza a nuestro futuro no es la agresión militar, sino la degradación ecológica del planeta.

La cuestión, por tanto, no es sólo lo que necesitamos hacer, sino también como podemos hacerlo rápidamente, antes de que se nos acabe el tiempo y el mundo entero sea engullido por esa espiral descendente que ya se ha tragado una sexta parte de la humanidad. Entre los principales instrumentos políticos que pueden convertir un sistema ecológicamente sostenible está la política fiscal. Hasta el momento, los gobiernos han confiado en las regulaciones de todo tipo, pero a la vista, de lo conseguido en estas últimas dos décadas, no parece que se trate de una estrategia que vaya a dar buenos resultados. Es obvio que las regulaciones tienen que desempeñar también un papel. Sin embargo, para transformar rápidamente la economía, el instrumento más efectivo con diferencia es la política fiscal, especialmente la sustitución parcial de los impuestos sobre las rentas por impuestos ecológicos. Este cambio impulsaría el empleo y los ahorros y desincentivaría las actividades que destruyen el medio ambiente. En síntesis, impulsaría actividades productivas y desincentivaría las destructivas, guiando tanto las inversiones de las empresas como los gastos de los consumidores.

“Para nuestra generación, el medio ambiente y la pobreza son las grandes cuestiones”, nos dice Lester Brown, en su libro: “La situación en el mundo - Editorial Apóstrofe - 1993.

Los casos que se han expuesto han intentado proporcionar información relevante sobre las compañías, el tipo de accidente que se produjo, su efecto sobre la gente y el medio ambiente, el resultado de los procesos legales (si los hubo), el daño causado y la conclusión en cuanto a la responsabilidad (irresponsabilidad) de la empresa.

Estos casos también explican cómo el comportamiento empresarial irresponsable continúa afectando gravemente tanto al medio ambiente como a la salud de las personas, y cómo las empresas responsables no responden de manera adecuada. Muestran cómo las empresas tampoco suelen indemnizar o ayudar a las comunidades afectadas, cómo eluden su obligación de limpiar la zona o remediar los daños medioambientales y cómo violan los derechos humanos y de la comunidad al fallar en el control de la producción, la elaboración de informes y la publicación de información básica en cuanto a productos y procesos. Tal comportamiento no tiene otro calificativo que el de criminal, y se está haciendo cada vez más difícil, a veces imposible, buscar justicia y hacer que estas empresas se responsabilicen de sus crímenes y paguen por ellos.

Un aspecto importante en muchos casos es la aparente diferencia de comportamiento de las compañías en los países “occidentales” ricos, que tienen normas relativamente estrictas de protección de las personas y el medio ambiente, y su decepcionante comportamiento en los países “pobres” donde las leyes son poco estrictas y difíciles de hacer cumplir. Los casos muestran que el mercado global hace posible a las compañías practicar dobles estándares, haciendo un mal uso de las leyes poco estrictas de los países más pobres para ahorrar costes y maximizar beneficios. Por ejemplo, el amianto se puede comercializar de forma más barata en los países industrializados de Asia sin las normas de protección laboral que existen en EEUU o Europa.

No sólo las multinacionales actúan de forma irresponsable. Las empresas nacionales o incluso las que son propiedad de los empleados actúan de forma inadecuada. En países como la República Checa, Rusia o India, donde los Estados ocupan una posición muy fuerte en los intereses de las compañías, la situación puede ser incluso peor. Se necesita un instrumento de control internacional para tratar estas peculiaridades.

Esta lista de casos no es exhaustiva ni definitiva. Estos casos deberían ser vistos simplemente como un registro preliminar de delitos corporativos con un impacto enorme y de muy larga duración sobre la gente y el medio ambiente, una prueba de la urgente necesidad de emprender acciones internacionales.

Continuará… (Al 16/8/10, sólo puedo agregar: … vaya si ha continuado)

Jornada de reflexión (para finalizar este Apartado)

- El peligro de las plataformas petroleras (BBCMundo - 1/5/10)

El colapso de la plataforma Deepwater Horizon de la empresa British Petroleum (BP) en el Golfo de México, y la amenaza que significa el derrame petrolero para las costas de Luisiana es un duro recordatorio de los peligros de la industria de la perforación a mar abierto.

En julio de 1988, el gas comprimido sobre la plataforma Piper Alpha, ubicada en el Mar del Norte, se incendió y explotó, dando lugar a un incidente que al final provocó la muerte de 167 personas.

Este accidente, conocido hasta ahora como el peor de la industria petrolera en mar adentro, hizo necesaria que se reevaluaran las normas de seguridad en plataformas de todo el mundo.

Pero si bien los encargados de seguridad de la industria petrolera han establecido mecanismos para minimizar los peligros, la amenaza para los trabajadores y para el medio ambiente sigue presente.

Menor peligro

Los datos estadísticos señalan que la seguridad en las perforaciones a mar abierto ha mejorado en los últimos años, pero aún así esta industria continua siendo una de las más peligrosas.

En las compañías perforadoras bajo la supervisión del ente británico de seguridad, el porcentaje de heridos graves y de muertes ha disminuido considerablemente desde 1997.

“La seguridad ha sido tomada con bastante seriedad”, dijo en un correo electrónico Simon Marquis, uno de los trabajadores de esta industria de explotación petrolera. “En general, yo diría que ahora todo es muchísimo mejor”, asegura.

Pero de acuerdo a la agencia a cargo del manejo de minerales de Estados Unidos, un total de 858 incendios y explosiones ha ocurrido en plataformas que operan en el Golfo de México desde 2001.

Entre los principales peligros se encuentra el manejo de maquinaria pesada, la existencia de sustancias inflamables a una presión muy intensa, los frecuentes viajes en helicóptero para trasladarse entre las instalaciones y tierra firme, y en general, los riesgos que representa trabajar en un ambiente marítimo.

“Lamentablemente los hidrocarburos son inflamables, es algo inevitable”, explica Robert Paterson, director de seguridad del grupo industrial Oil and Gas UK.

“Lo que se necesita es manejar esos peligros y reducir el riesgo al mínimo posible. Pero después de todo el trabajo que ha hecho la industria, la sensación que tenemos es que la probabilidad de que ocurran estos accidentes se ha reducido considerablemente”, añade Paterson.

Señalamientos

BP es la compañía con mayor presencia en las perforaciones que se hacen en el Golfo de México y posee numerosas plantas en Estados Unidos y el resto de América Latina.

En su historial figuran varios antecedentes en materia de seguridad industrial.

A finales del año pasado un jurado en Estados Unidos ordenó a la compañía el pago de US$ 100 millones en daños a diez trabajadores que alegaban que el escape de una sustancia tóxica en una refinería de petróleo les había provocado daños en la salud.

En ese entonces las agencias ambientales dijeron que no había evidencia de que la sustancia proviniese de la refinería y como informó el corresponsal de la BBC en Estados Unidos, Charles Scanlon, la fuente del escape tóxico nunca fue identificada.

En el caso de la plataforma Deepwater Horizon, BP ha tenido que asumir los costos de limpieza, pero las culpas y responsabilidades podrían ir más allá.

Transocean es el principal contratista en materia de perforación en aguas profundas. Además de ser el dueño de la plataforma, es el encargado de su manejo para BP.

Otra que podría ser señalada es la compañía Cameron International, fabricante del mecanismo para contener el derrame en caso de un accidente y que no funcionó correctamente.

- ¿Cómo se limpia un derrame? (BBCMundo - 3/5/10)

(Por Laura Plitt)

La inmensa mancha de crudo provocada por el hundimiento de la plataforma petrolera Deepwater Horizon en el Golfo de México se dirige peligrosamente hacia las costas. Por un lado, los esfuerzos están dirigidos a evitar que el petróleo continúe manando y contaminando las aguas. Por otro, lo que se está tratando de hacer es minimizar el impacto ambiental de un desastre de esta magnitud.

¿Pero cómo se combate un derrame? ¿Qué se hace para que el medio ambiente resulte lo menos damnificado posible?

En opinión de Ricardo Aguilar, Director de Investigación de Oceana Europa, la primera medida -y la más inocua- es retirar la mayor cantidad de vertido posible, “con barreras de contención para acumular el crudo y sacarlo luego con unas chuponas, o por medio de una suerte de raspado”.

También pueden emplearse técnicas como el quemado o la dispersión química. “Pero estos métodos no resuelven un problema sino que lo traspasan a otro medio. Si quemamos el crudo pasamos la contaminación a la atmósfera y si añadimos químicos no eliminamos las manchas sino que las descomponemos en otras más pequeñas”.

Si bien el científico considera que estas aproximaciones no son muy recomendables -siempre teniendo en cuenta la situación de cada caso en particular- dice que muchos se ven tentados de utilizarlas por una razón estética: “Como hace desaparecer la mancha, pareciera que el problema queda resuelto, pero eso no es así”.

Aunque en apariencia son varios los métodos para eliminar la presencia de crudo en el agua, Aguilar señala que ninguna medida es muy eficaz.

Sara del Río, Responsable de la Campaña de Contaminación de Greenpeace, coincide con el experto de Oceana: “Por eso lo que se debería hacer, más que nada, es adoptar una política que no promueva las estaciones petrolíferas y que busque un modelo energético basado en las energías renovables y no en el petróleo”.

Infierno en la costa

Una vez que el petróleo llega a la costa la situación se torna aún mucho más compleja.

“Cuando la contaminación toca la costa es muy difícil de extraer. A veces conviene retirar una capa, sabiendo igual que vas a generar un impacto negativo. Pero en algunos casos, como sucedió con el Exxon Valdez, donde se limpió casi cada piedra con chorros de agua caliente y a veces con detergente, la limpieza causa más daño que el derrame”, explica Aguilar.

“Porque no sólo retiras el vertido, sino también arena y organismos fundamentales para el ecosistema. Dejas el terreno como un desierto”, añade.

Por esta razón, Aguilar cree que -en ciertos casos- es mejor dejar actuar a la madre naturaleza, dejar que el medio ambiente lo asimile, que disperse y diluya las concentraciones del crudo, que las bacterias naturales consuman el petróleo y que las especies que puedan salvarse sirvan para dar impulso a la regeneración del ecosistema.

“Además, con el tiempo, los hidrocarburos se oxidan y van perdiendo su potencial tóxico y de contaminación”, dice el experto.

Del Río no comparte este punto de vista. “Aunque es cierto que las técnicas de limpieza suelen ser muy agresivas, no limpiar el vertido sería una catástrofe. Hay que retirarlo de la manera que tenga menos impacto para el medio ambiente y evitar en lo posible el uso de sustancias químicas”.

El 20% se va, el resto permanece

Desastres como el del Golfo de México se vienen repitiendo a lo largo de la historia. Sin embargo, los métodos para lidiar con sus consecuencias no parecen haber avanzado demasiado.

Quizás una de las lecciones que nos han dejado los accidentes anteriores es que “éste es un problema muy difícil de combatir y que la tecnología no tiene la respuesta para todos los problemas”, afirma Aguilar.

Además, destacó el experto, no sólo el daño perdura en el ecosistema por muchos años, “hasta cerca de un siglo”, sino que por regla general “la cantidad de crudo que se puede retirar (del agua y de la costa) nunca supera el 10% o el 20%”.

“El resto”, concluye Aguilar, “se va a quedar”.

- La agonía de la vida (El Confidencial - 22/6/10)

(Por José M. de la Viña)

La biodiversidad es el coro indispensable para que el tenor principal del milagro de la vida, nosotros, sobreviva. La pérdida de biodiversidad es una tragedia más en ciernes. Silenciosa y a menudo ignorada. Sus víctimas no tienen dónde reclamar, de momento. Que necesita algo más que unos parches o primeros auxilios para evitar que nos devuelvan algún día, con creces, los males ocasionados.

Nos referimos a la riqueza y diversidad de la vida no humana en la Tierra, cada vez más reducida. Al respeto y conservación de las otras especies, animales y vegetales, que no tienen nuestra capacidad destructiva y depredadora. Ni manera de defenderse de nosotros, los seres inteligentes, por ahora. Especies que nos mantienen con vida y nos permiten su disfrute. Hasta que acabemos con tamaña riqueza o la empobrezcamos hasta conseguir que la humanidad se resienta.

Bienvenidos a la Sexta Gran Extinción. La anterior, la quinta, provocó la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años. Tomen asiento. Disfruten del espectáculo:

Poblaciones de especies y riesgo de extinción

Entre los años 1970 y 2006, las poblaciones de especies silvestres de vertebrados se redujeron un 31% en nuestro planeta; la disminución fue especialmente acusada en los trópicos (59%) y en los ecosistemas de agua dulce (41%).

El 23% de las especies vegetales están amenazadas. De ciertos grupos seleccionados de vertebrados, invertebrados y plantas, entre el 12% y el 55% de las especies está, en la actualidad, en peligro de extinción.

Los anfibios son el grupo que corre más peligro. Los corales constructores de arrecifes de aguas cálidas muestran un deterioro de su estado más acelerado. Respecto a las aves y los mamíferos, el riesgo de extinción es mayor en las especies utilizadas en la alimentación y en medicina que en aquellas otras que no se usan para tales fines.

Ecosistemas terrestres

Una cuarta parte de los suelos del planeta se están degradando. El abandono de las prácticas agrícolas tradicionales está provocando la pérdida de paisajes culturales y de la biodiversidad vinculada a ellos. Para agravarlo, los hábitats terrestres se han vuelto muy fragmentados, lo cual amenaza la viabilidad de las especies que allí viven y su capacidad para adaptarse al cambio climático.

Continúan desapareciendo bosques tropicales a un ritmo acelerado. Como dato positivo, en algunos países el ritmo de deforestación está comenzando a ralentizarse. Sin embargo, la superficie de las sabanas y praderas también ha experimentado una grave disminución.

Muchas de las zonas más críticas para la biodiversidad se encuentran fuera de las superficies protegidas. A pesar de que en la actualidad más del 12% de las tierras están consideradas áreas protegidas, de un 44% de las ecorregiones terrestres, menos del 10% lo está.

Ecosistemas de aguas continentales

Se han perdido, y siguen desapareciendo en todo el mundo, humedales a un ritmo acelerado. Aumenta la preocupación de los gobiernos, especialmente, acerca de la situación ecológica de los grandes humedales.

Los ecosistemas de aguas continentales han sufrido alteraciones drásticas en los últimos decenios. La grave contaminación de las aguas en muchas zonas de gran densidad de población contrarresta la mejora de algunas regiones y cuencas fluviales. La calidad del agua presenta tendencias variables a lo largo del planeta, preocupantes en muchos casos.

De 292 grandes sistemas fluviales, dos tercios de ellos han experimentado una fragmentación moderada o alta a causa de la existencia de presas y embalses.

Ecosistemas marinos y costeros

Un 80% de las poblaciones mundiales de peces marinos de los que se tienen datos están totalmente explotados o sobreexplotados. El agotamiento de los recursos pesqueros es, pues, evidente y preocupante.

Desde la década de 1970, los arrecifes de coral tropicales han perdido de manera significativa biodiversidad a nivel mundial. Aunque a grandes rasgos se ha mantenido estable desde los años ochenta del siglo pasado, la extensión general de la cubierta de corales vivos no ha vuelto a sus niveles previos. Incluso en las zonas donde se ha verificado una recuperación local, hay indicios de que las nuevas estructuras de los arrecifes son más uniformes y menos diversas que aquellas que las habitaban anteriormente.

Por otro lado, siguen reduciéndose los hábitats costeros, como los manglares, lechos de algas marinas, marismas y arrecifes de mariscos. Estos hechos ponen en peligro servicios ecosistémicos extremadamente valiosos, como la eliminación de dióxido de carbono de la atmósfera. Sin que ello sirva de consuelo, se ha registrado cierta disminución en el ritmo de pérdida de bosques de manglares, excepto en Asia.

Aunque nuestra ignorancia sobre los fondos marinos es bochornosa e indignante, ello no impide constatar importantes motivos de preocupación acerca de la situación y el deterioro de la biodiversidad en los hábitats de aguas profundas.

Diversidad genética

Al menos una quinta parte de las razas de ganado está en peligro de extinción. Ello podría poner en riesgo la disponibilidad de los recursos genéticos mejor adaptados para prestar apoyo a los medios de subsistencia que dependen del ganado. Por otro lado, los sistemas de ganadería estandarizados y de alto rendimiento han reducido su diversidad genética.

Para terminar con esta enumeración de despropósitos, la diversidad genética se está perdiendo en los ecosistemas naturales y en los sistemas de producción agrícola y ganadera. Afortunadamente, se están logrando importantes avances en la conservación de la diversidad genética de las plantas, gracias sobre todo a la existencia de bancos de semillas ex situ.

Es un extracto de las conclusiones del informe Perspectiva Mundial sobre la Biodiversidad 3, del Convenio sobre la Diversidad Biológica de la ONU.

¡Ah! Se me olvidaba. Este silencioso drama, de consecuencias potencialmente terribles e insospechadas en un futuro, quien sabe cuándo, tiene causas conocidas. Es producto indiscutible de un proceso económico, absurdo e imposible, que antes o después descarrilará. Pura estupidez antropogénica no prevista ni contemplada por ninguna teoría económica dominante. El manido cambio climático, en todo caso, acelerará los fenómenos. Probablemente, ya lo esté haciendo.

¿Nos tocará el turno? ¿Cuándo seguirá el altivo homo sapiens a los dinosaurios en su trágico destino?

- La victoria pírrica del Rey Carbón (Project Syndicate - 4/8/10)

(Por Daniel Gros)

BRUSELAS – A veces la noticia más importante es lo que no está sucediendo. Este verano nos ha dado un ejemplo así: el proyecto de ley sobre el cambio climático, que el Presidente Barack Obama ha impulsado tanto, no será presentado siquiera al Senado de los Estados Unidos, porque no tiene posibilidad alguna de ser aprobado.

Eso significa que los EEUU están a punto de repetir su “experiencia de Kyoto”. Hace veinte años, en 1990, los EEUU participaron (al menos inicialmente) en las primeras negociaciones mundiales encaminadas a lograr un acuerdo mundial para reducir las emisiones de CO2. En aquel momento, la Unión Europea y los EEUU eran, con mucha diferencia, los mayores emisores, por lo que parecía apropiado eximir de compromiso alguno a las economías en ascenso del mundo. Con el tiempo, resultó claro que los EEUU no iban a cumplir con su compromiso, por la oposición, como ahora, del Senado. Entonces la UE siguió adelante sola, al introducir su innovador sistema de compraventa de emisiones con la esperanza de que Europa guiara mediante el ejemplo.

Sin el plan legislativo americano sobre el cambio climático, las promesas hechas por el gobierno de los EEUU hace tan sólo siete meses en la cumbre de Copenhague han pasado a ser inútiles. La estrategia europea está hecha jirones... y no sólo en el frente transatlántico.

El compromiso de China de aumentar la eficiencia en materia de CO2 de su economía en un 3 por ciento al año no sirve de ayuda, porque las tasas de crecimiento anual de casi 10 por ciento del PIB significan que las emisiones del país van a dispararse durante este decenio. De hecho, en 2020 las emisiones chinas podrían ser más del triple de las de Europa e incluso superar las de los EEUU y Europa combinadas. Eximir a los mercados en ascenso de compromiso alguno, como intentaba hacer el protocolo de Kyoto, carece ya de sentido.

¿Por qué han fracasado todos los intentos de fijar precios para las emisiones de carbono? Podemos encontrar la respuesta en una palabra: “carbón”... o, mejor dicho, el hecho de que el carbón sea barato y abundante.

La quema de hidrocarburos (gas natural y petróleo) produce agua y CO2. En cambio, la quema de carbón produce sólo CO2. Además, en comparación con el gas natural y el crudo de petróleo, el carbón es mucho más barato por tonelada de CO2 emitida, por lo que cualquier impuesto sobre el carbono tiene repercusiones mucho mayor en el carbón que en el crudo de petróleo (o el gas). Por esa razón, los propietarios de minas de carbón y sus clientes se oponen rotundamente a cualquier impuesto al carbono. Constituyen un grupo pequeño, pero bien organizado, que ejerce una inmensa capacidad de cabildeo para bloquear los intentos de limitar las emisiones de CO2 poniéndoles un precio, como habría hecho el previsto sistema de límites máximos y comercio de los EE.UU.

En Europa, la producción de carbón autóctono ya no desempeña un papel económico importante. Así, pues, no es de extrañar que Europa pudiera promulgar un sistema de límites máximos y comercio que imponía un precio del carbón a gran parte de su industria. De hecho, el impuesto parece recaer más que nada sobre los proveedores extranjeros de carbón (y en menor medida sobre los proveedores extranjeros de hidrocarburos en Oriente Medio y Rusia). En cambio, la oposición por parte de los estados de los EEUU cuyas economías dependen en gran medida de la producción de carbón resultó decisiva para la suerte del proyecto de ley sobre el cambio climático de Obama.

La experiencia de los EEUU tiene consecuencias mayores. Si resultara imposible introducir un impuesto moderado al carbono en una economía rica, no cabe la menor duda de que China no ofrecerá compromiso alguno para la próxima generación, por ser un país que sigue siendo mucho más pobre y que depende aún más del carbón autóctono que los EEUU, y, después de China, asoma la India como la siguiente superpotencia industrial en ascenso basada en el carbón.

Sin un compromiso válido de los EEUU, el Acuerdo de Copenhague, tan laboriosamente logrado el año pasado, ha pasado a ser inútil. Todo seguirá igual, tanto desde el punto de vista de la diplomacia en materia de cambio climático con su circo itinerante de grandes reuniones internacionales, como desde el del rápido aumento de las emisiones.

Las reuniones van encaminadas a dar la impresión de que los dirigentes del mundo siguen buscando una solución para el problema, pero el aumento de las emisiones de CO2 constituye lo que de verdad está ocurriendo en el terreno: una base industrial en rápido crecimiento en los mercados en ascenso que va a ir unida a una utilización intensiva del carbón. Así, resultará extraordinariamente difícil invertir la tendencia en el futuro.

Un planeta compuesto de Estados-nación, dominados, a su vez, por grupos de intereses especiales, no parece capacitado para resolver el problema. Lamentablemente, existe demasiado carbón por ahí para propulsar emisiones aún mayores durante al menos otro siglo. Así, pues, el mundo se calentará mucho más. La única incertidumbre es cuánto más lo hará.

La adopción de medidas decididas en el nivel mundial sólo llegará a ser posible cuando el cambio climático ya no sea una predicción científica, sino una realidad que la población sienta, pero, en ese momento, será demasiado tarde para invertir las repercusiones de decenios de emisiones excesivas. Un mundo incapaz de prevenir el cambio climático tendrá que vivir con él.

(Daniel Gros es director del Centro de Estudios Políticos Europeos. Copyright: Project Syndicate, 2010)

- ¿Quién teme al cambio climático? (Project Syndicate - 11/8/10)

(Por Bjørn Lomborg)

Copenhague - Imaginemos que dentro de 70 u 80 años una gigantesca ciudad portuaria -Tokio, pongamos por caso- quedara anegada por niveles del mar de cinco metros o más. Millones de habitantes correrían peligro, junto con billones de dólares de infraestructuras.

Esa clase de perspectiva atroz es exactamente aquella en la que piensan los evangelistas del calentamiento planetario, como Al Gore, cuando advierten que debemos adoptar “medidas preventivas en gran escala para proteger la civilización humana tal como la conocemos”. La retórica puede parecer extremosa, pero, habiendo tanto en juego no cabe duda de que esté justificada. Sin una operación mundial en gran escala y extraordinariamente bien coordinada, ¿cómo podríamos afrontar aumentos del nivel del mar de ese orden de magnitud?

Es que ya lo hemos hecho. En realidad, estamos haciéndolo ahora mismo. Desde 1930, una retirada excesiva de aguas subterráneas ha hecho que Tokio se haya hundido nada menos que cinco metros y en algunos años algunas de las partes más bajas del centro de la ciudad se hunden treinta centímetros anualmente. Un hundimiento similar ocurrió a lo largo del siglo pasado en una gran diversidad de ciudades, incluidas Tianjin, Shanghái, Osaka, Bangkok y Yakarta. En todos los casos, la ciudad ha logrado protegerse de semejantes aumentos del nivel del mar y ha prosperado.

La cuestión no es la de que podamos o debamos pasar por alto el calentamiento planetario, sino la de que debemos desconfiar de las predicciones hiperbólicas. Lo más frecuente es que los que parecen cambios espantosos del clima y la geografía resulten ser en realidad llevaderos... y en algunos casos benignos incluso.

Pensemos, por ejemplo, en las conclusiones de los científicos del clima Robert J. Nicholls, Richard S.J. Tol y Athanasios T. Vafeidis. En una investigación financiada por la Unión Europea, estudiaron cuáles serían las repercusiones en la economía mundial, si el calentamiento planetario originara un desplome de toda la capa de hielo del Antártico Occidental. Un acontecimiento de semejante magnitud probablemente haría que el nivel de los océanos subiera tal vez unos seis metros a lo largo de los cien próximos años: precisamente aquello a lo que se refieren los activistas ecologistas cuando avisan sobre posibles calamidades propias del fin del mundo, pero, ¿de verdad sería tan calamitoso?

Según Nicholls, Tol y Vafeidis, no. Aquí van los datos: un aumento de un poco más de seis metros de los niveles del mar (que, por cierto, representa unas diez veces más que las previsiones del grupo del clima de las Naciones Unidas, en el peor de los casos) inundaría unos 25.000 kilómetros cuadrados de costas, donde actualmente viven más de 400 millones de personas. Se trata de mucha gente, desde luego, pero no de toda la Humanidad. De hecho, equivale a menos del seis por ciento de la población del mundo, es decir, que el 94 por ciento de la población no quedaría inundado y la mayoría de los que viven en las zonas inundadas nunca se mojarían los pies siquiera.

Se debe a que la inmensa mayoría de esos 400 millones de personas residen en ciudades, donde se podría protegerlas con relativa facilidad, como en Tokio. A consecuencia de ello, sólo habría que desplazar a quince millones de personas y, además, a lo largo de un siglo. En total, según Nicholls, Tol y Vafeidis, el costo de afrontar esa “catástrofe” -en caso de que los políticos no vacilaran, sino que aplicasen políticas atinadas y coordinadas- ascendería a unos 600.000 millones de dólares al año, es decir, menos del uno por ciento del PIB mundial.

Esa cifra puede parecer asombrosamente pequeña, pero es sólo porque tantos de nosotros hemos aceptado la opinión generalizada de que carecemos de capacidad para adaptarnos a grandes aumentos de los niveles del mar. No sólo tenemos esa capacidad, sino que, además, lo hemos demostrado muchas veces en el pasado.

Nos guste o no, el calentamiento planetario es real, está producido por el hombre y debemos hacer algo al respecto, pero no afrontamos el fin del mundo.

La ciencia del clima es una disciplina sutil y diabólicamente enrevesada y que raras veces da pronósticos inequívocos ni prescripciones concretas y, después de veinte años de mucho hablar sobre el calentamiento planetario y hacer poquísimo, es de esperar cierto grado de frustración. Existe un comprensible deseo de cortar por entre la palabrería y sacudir a la gente por los hombros.

Lamentablemente, intentar aterrorizar a la gente no sirve de gran ayuda. Sí, una estadística llamativa, combinada con cierta prosa hiperbólica, nos hace prestar atención, pero no tardamos en quedar insensibilizados, por lo que necesitamos hipótesis aún más espantosas para que nos movamos. Al hincharse más las historias alarmistas, ocurre lo mismo con la probabilidad de que queden en evidencia como las exageraciones que son... y el público acabará desinteresándose de todo el asunto.

Ésa puede ser la explicación de los datos de encuestas recientes de opinión, según las cuales la preocupación pública por el calentamiento planetario ha disminuido abruptamente en los tres últimos años. En los Estados Unidos, por ejemplo, el Instituto Pew informó de que el número de americanos que consideraban el calentamiento planetario un problema muy grave había bajado del 44 por ciento en abril de 2008 a sólo el 35 por ciento el pasado mes de octubre. Más recientemente, según las conclusiones de un estudio de la BBC, sólo el 26 por ciento de los británicos creen que “está ocurriendo un cambio climático” debido al hombre, frente al 41 por ciento en noviembre de 2009, y en Alemania la revista Der Spiegel comunicó resultados de una encuesta, según los cuales sólo el 42 por ciento temían el calentamiento planetario, en comparación con el 62 por ciento en 2006.

El miedo puede tener un gran efecto motivador a corto plazo, pero es una base pésima para adoptar decisiones atinadas sobre un problema complicado que requiere el empleo de toda nuestra inteligencia durante un largo período.

(Bjørn Lomborg es autor de The Skeptical Environmentalist (“El ecologista escéptico”) y Cool It (“No os acaloréis”), director del Centro de Consenso de Copenhague y profesor adjunto en la Escuela de Administración de Empresas de Copenhague. Copyright: Project Syndicate, 2010)

- Nuestro verano extremoso (Project Syndicate - 16/8/10)

(Por Stefan Rahmstorf)

Berlín - Éste ha sido un verano climáticamente extremoso en Rusia, el Pakistán, China, Europa, el Ártico... y muchos más sitios, pero, ¿tiene eso algo que ver con el calentamiento planetario? ¿Y son las emisiones humanas las culpables?

Si bien no se puede demostrar científicamente (ni, por la misma razón, demostrar lo contrario) que el calentamiento planetario causara episodio extremoso alguno, podemos decir que es muy probable que el calentamiento planetario haga que muchas clases de tiempo extremoso resulten a un tiempo más frecuentes y más graves.

Durante semanas, la Rusia central ha sido víctima de la peor ola de calor jamás registrada, que ha causado probablemente miles de víctimas mortales. A consecuencia de la sequía y del calor, más de 500 incendios forestales han arreciado sin control, han asfixiado a Moscú con su humo y han amenazado varias instalaciones nucleares. El Gobierno de Rusia ha prohibido la exportación de trigo, con lo que los precios de los cereales se han puesto por las nubes.

Entretanto, el Pakistán está luchando con unas inundaciones sin precedentes que se han cobrado la vida de más de mil personas y han afectado a varios millones más. En China, unas inundaciones torrenciales han causado hasta ahora la muerte de más de mil personas y han destruido más de un millón de hogares. En una escala menor, países europeos como Alemania, Polonia y la República Checa han padecido también graves inundaciones.

Entretanto, las temperaturas mundiales de los últimos años han alcanzado sus niveles más altos en los registros que se remontan a 130 años atrás. La capa de hielo del Ártico alcanzó su nivel más bajo jamás registrado en un mes de junio. En Groenlandia, dos enormes trozos de hielo se desprendieron en julio y agosto.

¿Estarán relacionados esos episodios?

El examen exclusivo de los episodios extremosos particulares no revelará su causa, del mismo modo que la observación de algunas escenas de una película no revela el argumento, pero, si los observamos en un marco más amplio y utilizando la lógica de la física, se pueden entender partes importantes de la trama.

Este decenio se ha caracterizado por varios episodios extremosos espectaculares. En 2003, la más grave ola de calor que se recordaba superó las temperaturas máximas antes registradas por un gran margen y causó 70.000 muertes en Europa. En 2005, la más grave estación de huracanes jamás contemplada en el Atlántico devastó Nueva Orleáns y careció de precedentes en cuanto al número y la intensidad de las tormentas.

En 2007, un número de incendios sin precedentes arrasó Grecia y casi destruyó el antiguo emplazamiento de Olimpia y el paso noroccidental del Ártico quedó libre de hielo por primera vez, cosa que nadie recordaba haber visto. El año pasado, más de cien personas murieron a consecuencia de los incendios de chaparrales en Australia, a consecuencia de una sequía y un calor sin precedentes.

Esa serie de episodios sin precedentes podrían ser simplemente una asombrosa racha de mala suerte, pero eso es extraordinariamente improbable. Un responsable mucho más probable es un calentamiento climático... consecuencia de que este decenio ha sido el más caluroso mundialmente en al menos cien años.

Todo el clima depende de la energía y el Sol es el que la aporta en última instancia, pero el mayor cambio en la energía recibida por la Tierra con mucha diferencia en los cien últimos años se debe a la acumulación en nuestra atmósfera de los gases que provocan el efecto de invernadero y limitan la salida del calor al espacio. A consecuencia de las emisiones de combustibles fósiles, ahora hay una tercera parte más de dióxido de carbono en la atmósfera que en cualquier otro momento a lo largo de al menos un millón de años, como ha revelado la última perforación del hielo de la Antártida.

Los cambios causados por las variaciones solares en la energía recibida por el planeta son al menos diez veces menores en comparación y van en la dirección contraria: en los últimos años, el Sol ha tenido la menor actividad desde que se iniciaron sus medidas en el decenio de 1970. De modo que, cuando se producen episodios climáticos extremosos y sin precedentes, el primer sospechoso es, naturalmente, el cambio atmosférico que ha habido a lo largo de los cien últimos años... causado por emisiones humanas.

El hecho de que las olas de calor, como la de Rusia, se vuelvan más frecuentes y extremas en un mundo más cálido es fácil de entender. Los episodios extremosos de precipitaciones resultarán también más frecuentes e intensos en un clima más cálido, a consecuencia de otro simple fenómeno físico: el aire cálido puede contener más humedad. Por cada grado Celsius de calentamiento, hay un siete por ciento más de agua que puede llover desde las masas de aire saturadas. El riesgo de sequías también aumenta con el calentamiento: aun en las zonas en las que las precipitaciones no disminuyan, el aumento de la evaporación secará los suelos.

El efecto del dióxido de carbono puede cambiar también las tendencias de la circulación atmosférica, lo que puede exacerbar los episodios extremosos de calor, sequía o precipitaciones en algunas regiones y reducirlos en otras. El problema estriba en que una reducción de los episodios extremosos a los que estamos ya bien adaptados aporta sólo benéficos modestos, mientras que los nuevos episodios extremosos a los que no estamos adaptados pueden ser devastadores, como han demostrado los recientes episodios del Pakistán.

Los episodios de este verano muestran lo vulnerables que son nuestras sociedades ante los episodios climáticos extremosos, pero lo que ahora vemos está ocurriendo después de un aumento de la temperatura mundial de sólo 0,8º Celsius. Con la adopción de medidas rápidas y decisivas, aún podemos limitar el calentamiento planetario a un total de 2º Celsius o un poquito menos. Incluso ese grado de calentamiento requeriría un esfuerzo en gran escala para adaptarnos a los episodios climáticos extremosos y al aumento de los niveles del mar, por lo que debe iniciarse ahora.

Con medidas poco decididas, como las prometidas por los gobiernos en Copenhague el pasado mes de diciembre, iremos camino de padecer un calentamiento planetario de entre 3 y 4º Celsius, lo que superará por fuerza la capacidad de muchas sociedades y ecosistemas para adaptarse. Y, si no se adopta medida alguna, el planeta podría calentarse incluso entre 5 y 7 º Celsius al final de este siglo... y más después. Seguir por esa senda a sabiendas sería cosa de dementes.

Hemos de afrontar la realidad: probablemente nuestras emisiones de gases que provocan el efecto de invernadero sean responsables al menos en parte de este verano extremoso. Aferrarse a la esperanza de que todo sea casualidad y de lo más natural parece una ingenuidad. Esperemos que este verano extremoso sea una llamada de atención de última hora para las autoridades, el mundo empresarial y los ciudadanos por igual.

(Stephan Rahmstorf es profesor de Física Oceánica en la Universidad de Potsdam y miembro del Consejo Asesor sobre el Cambio Planetario alemán. Su último libro es The Climate Crisis (“La crisis del clima”), escrito junto con David Archer. Copyright: Project Syndicate, 2010)
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