Resumen Este trabajo analizará los datos censales uruguayos en relación a tres grupos de personas: los descendientes de indígenas, los afrodescendientes y los extranjeros.




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Uruguay: un país más diverso que su imaginación.

Una interpretación a partir del censo de 2011.
Resumen

Este trabajo analizará los datos censales uruguayos en relación a tres grupos de personas: los descendientes de indígenas, los afrodescendientes y los extranjeros. Casi todos los países en América del Sur reformaron sus Constituciones en los años ochenta y noventa. Estas reformas acompañaron la redemocratización que siguió a las dictaduras generalizadas que previamente laceraron el continente. Una de las novedades en estas Constituciones fue la inclusión de los derechos de los grupos etnoculturales discriminados históricamente como los indígenas y los afrodescendientes. En sintonía con estos nuevos derechos los países sudamericanos planificaron preguntas dentro de los censos para conocer la realidad demográfica, económica y social de estos grupos. El Uruguay, aunque más tardíamente, no ha sido ajeno a este movimiento, y en 2011 se llevó a cabo el primer censo nacional que incluyó preguntas sobre etnicidad.
Abstract

This chapter will analyze the census results in relation to three groups of people: indigenous descendants, Afro descendants and immigrants. Almost all South American countries reformed their constitutions in the 1980s and 1990s. An innovation of these new charts was the inclusion of the rights of historically discriminated ethno cultural groups as indigenous peoples and Afros. In tune with these rights the countries planned censuses to learn about the demographic, economic and social reality of these groups. Although a little later, Uruguay followed and in 2011 developed the first census that included ethnicity questions.
Introducción

En 2011 se realizó el último censo en Uruguay luego de quince años desde el anterior en 1996.1 Una de las principales novedades fue la inclusión por primera vez de dos preguntas sobre la condición étnica de la población.2 Desde el siglo XIX no había existido interés o preocupación por conocer el tamaño de la población afrodescendiente o el número de descendientes de indígenas a nivel censal. No es que hubiera algún impedimento para hacerlo, como en Francia, donde las estadísticas oficiales sobre etnicidad están prohibidas; simplemente el tema no figuraba en la agenda pública en los censos anteriores. Entonces predominaba la idea de que en el país no había indígenas o descendientes de indígenas, y que la población negra estaba integrada y asimilada al conjunto de ciudadanos y no tenía relevancia estudiarla en sí misma. Tampoco se pensaba en políticas focalizadas para estos grupos, porque, como para todos los uruguayos, las políticas universales debían ser los instrumentos para generar la igualdad de oportunidades entre los menos favorecidos. Recién en la Encuesta de Hogares del año 1996 se incluye por primera vez una pregunta sobre la autoidentifación según la raza3. En 2006 vuelve a repetirse en la Encuesta de Hogares Ampliada con una muestra de decenas de miles de entrevistados una pregunta formulada de manera diferente a la de 19964. Finalmente en el último censo del 2011 se repite la pregunta de 2006 y se justificó su inclusión con el siguiente argumento: “La inclusión de preguntas sobre características étnico-raciales en el cuestionario censal representa otro paso fundamental para el reconocimiento de las poblaciones minoritarias como sujetos de derechos, posibilitando con ello la construcción de sociedades más justas e inclusivas”5. En las especificaciones metodológicas del censo no se define qué es una categoría étnico-racial ni por qué se utiliza este concepto. No obstante, la fuente más directa en el país que argumenta la utilización conjunta de estas dos categorías es el trabajo Población afrodescendiente y desigualdades étnico-raciales en Uruguay. Allí se establece que “se partió de concebir a los afrodescendientes en el Uruguay según el concepto de etnia…como identificación o sentimiento de pertenencia a un colectivo con el que se comparten cuestiones históricas, culturales, cosmovisiones, lenguaje, etcétera... Sin embargo, el lenguaje popular en el Uruguay no incorporó esta expresión, y el término ‘raza’ sigue siendo el más utilizado, incluso, y con especiales acentos, por la población afrodescendiente…Por este motivo, en algunos textos se ha optado por usar la expresión ‘etnia/raza’, para aludir al concepto de etnia, expresado con la palabra ‘raza’”. 6 Si bien esta argumentación fue referida a la población afrodescendiente, se extiende a los descendientes de indígenas.

Las dos preguntas incluidas en el censo de 2011 fueron las mismas que se utilizaron en las mediciones anteriores de la Encuestas de Hogares (2006). La decisión se adoptó para capitalizar sobre la experiencia acumulada que había funcionado razonablemente bien, con una modificación que fue incluir una segunda pregunta para detectar la ascendencia principal del censado. No faltaron dificultades al formular estas preguntas, porque generaron cierta confusión en la población que no está acostumbrada a pensar en estos términos y porque cuando lo hace a veces confunde ascendencia con nacionalidad. El propio INE constató estas dificultades: “Las preguntas utilizadas para relevar la autoidentificación étnico-racial de la población –aplicadas ininterrumpidamente en los cuestionarios de la Encuesta Continua de Hogares desde el año 2006– fueron de las más criticadas por los observadores internacionales. Específicamente, los observadores mencionaron que en varios casos el concepto de ascendencia resultaba difícil de comprender por parte de la población, generaba confusión en varios informantes y, en varios casos, se confundía con nacionalidad (obteniendo respuestas del tipo “italiano”, “español” o “uruguayo”). Asimismo, constataron cierto grado de sorpresa en los censados al momento de formularle la pregunta, dando claras muestras de que la población uruguaya no está habituada a pensarse a sí misma en función de categorías étnico-raciales. Por último, en casos de personas con ascendencias múltiples, la indagatoria sobre la ascendencia principal no siempre fue bienvenida y en algunas situaciones los informantes se negaron a responderla, aduciendo que todas sus ascendencias tenían la misma importancia”.7 A pesar de estas dificultades, los resultados censales de la población uruguaya según su autoidentificación étnico racial se alinean muy ajustadamente con las mediciones anteriores y las previsiones: Blanca 91%, Afro o negra 8%, Indígena 5%, Amarilla o Asiática 0,5%, No sabe 0,8% (los porcentajes suman más de 100 porque el censado podía responder dos ascendencias).
Preguntas sobre ascendencia étnico- racial del censo 2011, Uruguay

Para todas las personas:

¿Cree tener ascendencia...

Sí No

Afro o Negra?................................

Asiática o Amarilla?.......................

Blanca?..........................................

Indígena?.......................................

Otra?..............................................

(especificar)

(Si responde SÍ en una sola ascendencia pasa a pregunta siguiente).

¿Cuál considera la principal?)

Afro o Negra....................................

Asiática o Amarilla...........................

Blanca..............................................

Indígena...........................................

Otra..................................................

Ninguna (no hay una principal)........



Descendientes indígenas, afrodescendientes e inmigrantes

Durante los últimos cien años de vida independiente del Uruguay la idea predominante fue la de un país sin negros, sin indios, formado por los “descendientes de los barcos”, fundamentalmente españoles e italianos. Estas características habrían moldeado uno de los países más homogéneos del mundo y de la región sudamericana. La trilogía antes soñada (y hoy caduca) de un Estado nacional con una cultura occidentalizada, una nación mayoritaria dominante blanca y católica y un lenguaje común, el español, parecía bastante lograda en este pequeño país cuando se comparaba con otros sudamericanos. Bajo la ideología de la necesaria homogeneidad cultural y demográfica del Estado, primero se eliminaron los indios, después se invisibilizaron los negros y finalmente se intentó asimilar los inmigrantes de muy diversas procedencias.

Este intento de blanqueamiento no fue exclusivo de Uruguay, también se repitió en casi todos los países latinoamericanos, desde Brasil a México, con Estados-nación dominados por las elites blancas y europeizadas empecinadas en desconocer las poblaciones indígenas, los afrodescendientes y los inmigrantes que no fueran europeos8. “El proceso de blanqueamiento fue consecuencia del orgullo nacional herido, asaltado por sus dudas con respecto a la capacidad económica, industrial y civilizatoria”, “fue ante todo una manera de racionalizar el sentimiento de inferioridad racial y cultural instaurado por el racismo científico y el determinismo geográfico del siglo XIX”, sostiene Antônio Guimarães.9

Luego de la llamada tercera ola de democratización de los años 1980 y la celebración de los 500 años de la conquista de América, se fortalecieron a lo largo de la región movimientos tanto de indígenas como de afrodescendientes contra este racismo histórico del Estado-Nación de los países latinoamericanos. Las consecuencias han sido muy significativas, entre ellas el diseño de nuevas Constituciones en casi todos los países en las que explícitamente se hace referencia a la multiplicidad de naciones, pueblos, o culturas que conforman los Estados. En este sentido Fernando Vizcaíno afirma, creo que con razón, que “entre los dos grandes cambios recientes de las ciencias sociales…el primero consiste en el surgimiento de un pensamiento que asume el carácter multinacional del Estado en oposición al paradigma predominante del Estado-Nación.”10 Precisamente la incorporación en los censos de instrumentos para medir y hacer visibles estas minorías (en muchos casos mayorías como es el caso de indígenas en Bolivia o Guatemala) y poder diagnosticar mejor su situación.

¿Por qué incluir en un mismo artículo a estos tres grupos tan diversos entre sí, con historias tan disímiles y situaciones económicas variadas? La pregunta es importante y su respuesta se debe a que estos tres grupos de personas, que se autodefinen fundamentalmente por su etnicidad y su cultura, son los que mayores desafíos representaron para la cultura dominante de ayer y de hoy. En ellos se confrontaron a veces lenguajes diferentes, religiones distintas y costumbres difíciles de entender; es decir, algunos de los principales desafíos de la multiculturalidad. Son bastante frecuentes estudios que analizan juntas las historias del impacto colonizador sobre indígenas y negros.11 Contra afros e indígenas se respondió con esclavismo, exterminio, servidumbre y explotación; contra algunos inmigrantes, por ejemplo de procedencia asiática, judíos o gitanos, con buenas dosis de racismo. Efectivamente, el filósofo canadiense Will Kymlicka ha desarrollado su reflexión sobre multiculturalismo entendiéndolo como “un conjunto de políticas adoptadas o demandadas por muchos grupos etnoculturales distintos, incluyendo a inmigrantes, minorías, grupos nacionales y población indígena…Políticas que deben ir más allá de la protección de los derechos civiles y políticos básicos garantizados para todos los ciudadanos en un Estado liberal democrático, para incluir niveles de reconocimiento público y apoyo hacia aquellas minorías etnoculturales de modo que puedan expresar sus diferentes identidades y prácticas”. 12

El último censo uruguayo muestra resultados sorprendentes que cuestionan la imagen histórica del Uruguay, orgullo de las delegaciones diplomáticas que presentaban el país sudamericano menos latinoamericano (la Suiza de América, la Atenas del Plata) porque no tenía ni negros ni indios y los cientos de miles de inmigrantes se habían integrado asimilándose13. Vueltas de la historia, hoy los extranjeros son apenas el 2%, los descendientes de indígenas el 5% y los afrodescendientes el 8%. ¿Qué ha ocurrido?




Fuente: Elaboración propia a partir de datos publicados del Censo 2011.

Las cifras expresan los totales y los porcentajes.

Descendientes indígenas.

Al año siguiente de creado el Estado Oriental del Uruguay, se orquestó en abril de 1831 la principal matanza de indígenas charrúas y la disolución de su modo de vida en la acción llamada Salsipuedes, nombre sórdido del paraje entre dos ríos donde fue ejecutada. Cuando Fructuoso Rivera asumió el 6 de noviembre de 1831 como primer presidente oriental se le planteó la necesidad imperiosa de consolidar el naciente territorio independiente. Unánime era en ese momento que la zona del norte del Río Negro14 estaba sumida en la anarquía absoluta, asolada por delincuentes, forajidos y gente que vivía del saqueo de estancias, robo de ganados y asesinato de hacendados y empleados rurales. Esta población al margen de la ley se aprovechó de la ausencia de autoridad y del vacío de poder del período revolucionario y eran inagotables las quejas de la época acerca de la inseguridad y el miedo que generaban en quienes pretendían vivir en paz.15 Casi todos los delincuentes se guarecían en las tolderías charrúas que no solamente los acogían, sino que participaban activamente en los ataques.

La situación de inseguridad y miedo pasó a ser percibida, correctamente, como el principal problema que debía resolver el novel Estado oriental. Toda la clase política de la época, los hacendados y sus empleados, la sociedad urbana y rural en su conjunto eran una sola voz exigiendo la solución al problema. Rivera asumió el desafío partiendo a los pocos meses de haber tomado posesión a pacificar la campaña. El objetivo era claro como el agua: “que se procure con toda eficacia limpiar la Campaña de bandidos y ladrones, que la están infestando con perjuicio del orden público, y de la seguridad de las personas y la propiedad; que se contengan los salvajes y se les reduzca al verdadero estado en que deben conservarse”.16

La disolución de las tribus de charrúas-minuanes por un lado y la asimilación de los guaraníes por la Iglesia católica por el otro, dejaron un país naciente sin territorios indígenas y con indígenas que rápidamente fueron obligados a mezclarse con la población blanca y perdieron todo rasgo de identidad. El “problema indígena” estaba “resuelto” y el país neonato se ufanaba de que aquí ya no existían.

En los comienzos del siglo XXI, sin embargo, luego de casi dos siglos, emerge la cuestión indígena nuevamente. Hay actualmente cerca de diez grupos organizados de descendientes de indígenas charrúas que buscan rescatar el legado charrúa a través de su idioma, la música, el estilo de vida, y su ayuda en la revolución independentista; participan además en foros oficiales internacionales y son reconocidos por el propio Estado. Algunos de estos grupos son: Integrador Nacional de Descendientes Indígenas Americanos-INDIA, ADENCH-Asociación de Descendientes de la Nación Charrúa, Basquadé Inchalá y Grupo Sepé, los cuatro situados en Montevideo; Guyunusa en Tacuarembó, Grupo Berá en Paso de los Toros, y el Grupo Pirí en Tarariras. Además está el CONACHA-Consejo de la Nación Charrúa, una asociación que incluye a todos los grupos anteriores menos a INDIA. La última reivindicación de estos grupos es que Uruguay firme la Convención 169 de la OIT, para, inmediatamente, plantear la disputa por tierras. Uruguay es uno de los dos países que no había firmado este tratado que se convierte en ley en los países signatarios. En este sentido Enrique Auyanet, integrante del CONACHA, expresó: “Sin lugar a dudas, considero que la ratificación del convenio 169 de OIT será para nuestro país un logro más en la profundización de los Derechos Humanos y para la Nación Charrúa la posibilidad efectiva de acceso a la justicia”. Y Mónica Michelena, delegada uruguaya ante el Consejo Consultivo del Fondo Indígena dio las razones por las cuales Uruguay debe ratificar dicho convenio y destacó que “es una deuda histórica colectiva no sólo del Estado uruguayo sino de todo su pueblo, y a una deuda colectiva se la debe saldar colectivamente. Nos intentaron exterminar a través de un genocidio, nos sacaron nuestros territorios, nos quitaron nuestra cultura, nos robaron nuestra identidad y hoy nos siguen negando a pesar de nuestra lucha por visibilizarnos”.17

Se ha llamado “neoindigenismo” a esta primera vez en que los uruguayos comienzan a darse cuenta de que el legado indígena y la descendencia de indígenas es mucho mayor de lo que se suponía. El resultado de todo este proceso se vio reforzado con la novela muy exitosa del escritor Tomás de Mattos ¡Bernabé, Bernabé!,18 representada incluso como obra de teatro. En la contratapa de esa novela se explicita: “Desde la publicación de su primera version en 1988, ¡Bernabé, Bernabé! ha contribuido para que reaflore en la conciencia nacional la terrible cicatriz del genocidio de la nación charrúa, perpetrado por el primer gobierno patrio”. Se repatriaron también en 2002 los restos del cacique charrúa Vaimaca Peru, apresado en Salsipuedes y enviado a Francia junto a otros tres de sus compañeros como una muestra de los salvajes exóticos a ser expuestos en el Museo del Hombre.

La movilización de estos colectivos, sumada a varios estudios académicos publicados por la antropóloga Mónica Sans en el marco del Departamento de Antropología de la Universidad de la República, que sostienen que entre la quinta y la tercera parte de la población uruguaya tiene sangre indígena según la prueba del ADN mitocondrial que se transmite por vía materna.19 Esta acumulación de hechos (la aparición de grupos de descendientes, el impacto de libros sobre el genocidio charrúa, la realización de estudios académicos sobre la presencia de sangre indígena en la población, encuestas sobre ascendencia) han ido cambiando la manera en que parte de la población se autopercibe y han transformado la forma en que desde el Estado se entiende este tema. En el año 2009 se aprueba la Ley 18.589 “Día de la nación charrúa y la identidad indígena”, en la que se lee: “Declárase a nivel nacional el día once de abril de cada año Día de la Resistencia de la Nación Charrúa y de la Identidad Indígena” y se establece “El reconocimiento del aporte y la presencia indígena en el proceso de nuestra conformación nacional”.

El censo en particular registra un 5% de población nacional que dice tener “ascendencia indígena”, con algunas zonas del interior del país como los departamentos de Tacuarembó y Salto donde los porcentajes suben al 8 y 6% respectivamente.20

No es éste el momento de analizar más en profundidad el resurgimiento de grupos que se autoidentifican como descendientes de indígenas, o la discusión de quién es indígena en el país. No obstante, se hace necesario hacer una breve referencia a este respecto. Las asociaciones de descendientes de indígenas en Uruguay han adoptado como criterio suficiente la autoidentificación de la persona como descendiente. Apenas con la comunión con la causa indígena y el sentimiento de pertenencia a un pasado común cualquiera puede pasar a formar parte de alguna asociación de descendientes de indígenas. No se exige, por lo tanto, demostrar cierta continuidad en el tiempo con una comunidad existente, ni tener filiación con antepasados indígenas, ni presentar rasgos fenotípicos indígenas. En algunos casos puntuales pueden darse estas tres características juntas, como en Bernardino García, bisnieto del cacique charrúa Sepé, pero esto en Uruguay es extraordinario. El censo de 2011 siguió esta norma y la pregunta por ascendencia es un paralelo de la autoidentificación. Contrasta pues la definición de quién es indígena en Uruguay con la manera de responder esta cuestión, por ejemplo, en Bolivia. El censo boliviano del año 2001 utilizó tres criterios para esto: la autoidentificación, la alfabetización en lengua indígena y el conocimiento de una lengua indígena en el momento de ser censado. Puesto que en Uruguay no hay comunidades indígenas viviendo en territorios demarcados, ni tampoco existe para el caso de los charrúas un idioma conocido21, el único criterio posible es la ascendencia. No serán pocas las dificultades para determinar quién es indígena en el Uruguay del siglo XXI si es que se llega a ratificar el Convenio 169 de la OIT. Hasta ahora la autoidentificación según ascendencia no ha tenido consecuencias prácticas o legales, más allá de la creciente visibilidad de la cuestión indígena. Pero, ¿qué pasará si se llega al punto de exigir el otorgamiento de tierras a quienes se autodefinen como tales, derecho garantizado por la Convención 169? ¿Cómo se determinará quiénes son los sujetos de ese derecho y de sus beneficios económicos? Si basta apenas con la autoidentificación ¿no se convertirán muchos en descendientes indígenas de la noche a la mañana para lograr algún beneficio?

Es cierto que para el caso de los afrodescendientes se sigue el mismo camino de la autoidentificación, pero una diferencia sustancial entre ambos grupos es que en Uruguay sí hay una continuidad de la población negra, en muchos casos incluso viviendo durante décadas en comunidades muy definidas, como por ejemplo el barrio Sur de Montevideo, o el conventillo Mediomundo, y además perduraron las celebraciones de su cultura, la más notoria la Fiesta de las Llamadas en febrero. Efectivamente “la minoría de ascendencia indígena tiene contornos más difíciles de definir que la población afro y, por su peculiaridad, parece necesario investigar con profundidad qué generaciones y sectores sociales tienen mayor propensión a declarar esta ascendencia. Dado que en Uruguay no existen grupos indígenas como categorías étnicas, es probable que la población que se autopercibe indígena reúna un conjunto heterogéneo de personas. Entre otras posibles: aquellas que reconocen que sus antepasados remotos eran indígenas, los que saben que hubo un ascendiente indígena en línea directa en una generación más o menos próxima a la suya, y los que suponen que por su aspecto físico actual sus ascendientes fueron indígenas. Si ello fuera así, es factible suponer que la población indígena promedia los perfiles y los desempeños de individuos que reconocen tener ascendientes indígenas, pero su fenotipo es básicamente blanco, con los de personas que tienen trazas físicas definidas de ascendencia indígena”.22

Repetimos que en el país no hay comunidades indígenas que se hayan mantenido viviendo en un territorio definido; los charrúas hombres fueron exterminados y las mujeres y niños restantes mezcladas con la población urbana de Montevideo a comienzos del siglo XIX; los guaraníes, grupo numéricamente bastante mayor que los anteriores, fueron asimilados por la Iglesia Católica y rápidamente también se fusionaron con la población mayoritaria desapareciendo como grupo con identidad propia. El presente pues, es confuso, puesto que no hay agrupaciones de descendientes de guaraníes y sí de quienes se autoperciben como descendientes de charrúas, y son éstos los que han logrado la mayor movilización política, los que han sido reconocidos formalmente por el Estado y tuvieron éxito en que se haya aprobado la ley mencionada 18.589.

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