Teología moral fundamental y bioética




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LOS PRINCIPIOS DE DOBLE EFECTO Y DE TOTALIDAD


La presentación de la tradición católica en relación con la vida humana tiene que incluir una referencia a estos dos principios que, junto con los conceptos de los medios ordinarios y extraordinarios, han jugado un papel muy importante en la búsqueda por la Moral católica de una ética objetiva y no meramente dependiente de la libertad o del subjeti­vismo de las personas.

El principio de doble efecto ha tenido repercusiones muy impor­tantes en la Moral de la vida y en otros temas, aunque, lógicamente, no está contenido en la revelación. Toma como punto de partida el hecho de que las acciones humanas tienen, con frecuencia y simultáneamen­te, varios efectos y con mucha frecuencia no son todos positivos. El principio pretende dar una objetividad al dilema ético planteado por esa confluencia de efectos buenos y malos, como consecuencia de una misma acción.

El principio de doble efecto comenzó a utilizarse en el siglo XVI y se le ha incluido en torno al voluntario directo e indirecto (o del voluntario positivo o negativo). Esta denominación se debe a que, en el primer caso, la voluntad busca directamente el efecto en sí mismo como fin o como medio, mientras que en el caso del "indirecto", la voluntad no busca el efecto malo, sino que sólo lo permite o tolera, al querer direc­tamente un efecto bueno con el que el efecto malo está ligado.

Según la formulación tradicional del principio, se puede éticamen­te realizar una acción, que comporta un efecto positivo y otro negati­vo, si se dan conjuntamente las condiciones siguientes:

  • La acción puesta es en sí misma positiva o indiferente;

  • El agente moral pretende el efecto bueno y se opone al malo, aunque pueda preverlo y lo permita o tolere;

  • Existe razón suficiente para permitir el efecto negativo, por su gravedad, proximidad o dependencia de la acción puesta. Expre­sado de otra manera, existe proporción entre el efecto positivo y el negativo y éste es equiparable o de menor valor que el efecto positivo.

  • Que el efecto bueno no se produzca a través del malo. Por ello, el efecto negativo debe ser, en el orden causal y ontológico (no en el tiempo o lugar) tan inmediato como el positivo; es decir, el efecto malo no sirve como medio para conseguir el bueno, ya que el fin no justifica los medios.


Si falta alguna de estas cuatro condiciones no puede ponerse una acción que conlleve un efecto positivo y otro negativo.

La teología moral ha aplicado este principio a un número importante de casos: por ejemplo, es legítimo el aborto en caso de un embarazo, en que simultá­neamente se desarrolla un cáncer uterino que pone en peligro la vida de madre; o la administración de calmantes a un enfermo, aunque se pue­da abreviar también su existencia. Igualmente se admite el uso de anovulatorios para controlar las irregularidades en el ciclo de la mujer, aunque de ello se siga la esterilidad de la misma.
No puede negarse, sin embargo, que este principio está sometido a una serie de objeciones:

  • Se le ha criticado de fisicismo (a la hora de calificar la acción como buena, indiferente o mala); de dar excesiva importancia a la conexión entre la causa y el efecto; de minimalismo...

  • También existe una importante dificultad para distinguir una acción y sus efectos: lo que para unos es efecto, para otros es acción. Las acciones humanas son complejas y no es fácil distin­guir en ellas qué es lo primero en el orden causal.

Ciertamente el recurso a este principio ha servido para dar objeti­vidad a la moral, pero no se pueden negar sus limitaciones. No es váli­do para explicar la legítima defensa ni la misma pena de muerte. Fue en tiempos de Pío XII cuando ese principio alcanzó su culmen, pero, al mismo tiempo y ante sus limitaciones, el mismo Papa Pacelli tuvo que enunciar el principio de totalidad, del que enseguida hablaremos.

Por eso, hay autores que prefieren hacer una comparación de los valores implicados. Esta figura del conflicto de valores fue ya señalada por Hurley al hablar del "principio del derecho prevalente", ponien­do en primer lugar los valores personales implicados y teniendo en cuenta las características de la acción puesta, pero sin dar la primacía a este factor sobre las implicaciones personales presentes. Como afir­ma Elizari, "desde este enfoque de la jerarquía de valores se facilita una moral de caracteres menos absolutos y que concede un margen más amplio a la iniciativa responsable de las personas".

El segundo principio es el de totalidad, que ha sido formulado de la siguiente forma: "La parte existe para el todo y, por consiguiente, el bien de la parte queda subordinado al bien del todo: El todo es deter­minante para la parte y puede disponer de ella en interés suyo". Este principio tiene una gran relevancia en el pensamiento de Pío XII.
Es indiscutible que la parte está al servicio del todo. Pero lo difícil es su aplicación concreta, ya que se dan diversas formas en esa rela­ción. No se discute su aplicación dentro del organismo físico del ser humano: el miembro gangrenado está al servicio del bien del cuerpo y puede ser legítimamente amputado, ya que los órganos y las funciones físicas del cuerpo están subordinadas al bien del organismo. El mismo Pío XII acepta la aplicación del principio de totalidad poniendo las funciones somáticas al servicio del bien personal: la subordinación del orden somático al orden psíquico para el bien superior de la persona en orden a "la finalidad espiritual de la persona misma". Este plante­amiento sirvió para superar las dificul­tades iniciales de algunos moralistas católicos en relación con los trasplantes de órganos procedentes de un donante vivo, por la mutilación previa que debería realizarse.

Otro campo de debate es la aplicación del principio de totalidad al cuerpo social: ¿Se da en él la relación entre la parte y el todo, de tal for­ma que se pueda sacrificar a la persona en beneficio de la sociedad? Santo Tomás tiene varios textos que parecen indicar esta relación. Pero, como afirma N. Zalba, "el verdadero bien del todo social consis­te precisamente en la defensa y en la promoción de los individuos que integran la comunidad". Éste es el punto de vista de Pío XII y que ha sido después reafirmado por la Iglesia.


  1. CARACTERÍSTICAS DE LA BIOÉTICA3




    1. ÉTICA CIVIL


Una ética civil o secular, no directamente religiosa. Lo contrario es hoy imposible, aunque sólo sea porque los países occidentales han perdido la uniformidad de creencias religiosas. En las sociedades avanzadas conviven creyentes, agnósticos y ateos, y dentro de cada uno de esos grupos coexisten códigos morales muy distintos.

Por otro lado, estas sociedades avanzadas, han elevado a categoría de derecho humano fundamental el respeto a las creencias morales de todos (derecho de libertad de conciencia). Esto no significa que no sea posible un acuerdo moral sobre los mínimos aceptables por todos y exigibles a todos, que constituya el núcleo de la ética civil de la colectividad. Pero si que ese acuerdo debe ser racional y no directamente creencial. Aún teniendo todas las personas derecho al escrupuloso respeto a su libertad de conciencia, las instituciones sociales están obligadas a establecer unos mínimos morales exigibles a todos. Estos ya no podrán fijarse de acuerdo con los mandatos de las morales religiosas, sino desde criterios estrictamente seculares, civiles o racionales. La bioética ha de ser una moral civil o secular.



    1. ÉTICA PLURALISTA



Debe aceptar la diversidad de enfoques y posturas e intentar conjugarlos en una unidad superior. Este procedimiento que en el orden político ha dado lugar a los usos democráticos y parlamentarios, tiene su propia especificidad en el ámbito de la ética. Por principio cabe decir que una acción es inmoral cuando no resulta universalizable al conjunto de todos los hombres, es decir, cuando el beneficio de algunos se consigue mediante el perjuicio de otros. Esto siempre se debe a que la decisión no ha sido suficientemente pluralista o universal. Si al tomar una decisión moral tuviéramos en cuenta los intereses de la humanidad entera, no hay duda de que los intereses particulares de las personas concretas se anularían entre sí, y quedaría sólo el interés común, es decir, el bien común. De ahí que el pluralismo no tenga por qué ser un obstáculo para la construcción de una ética, sino más bien su condición de posibilidad. Sólo el pluralismo universal puede dar lugar a una ética verdaderamente humana.


    1. ÉTICA AUTÓNOMA


Son heterónomos los sistemas morales en los que las normas le vienen impuestas al individuo desde fuera. Las éticas heterónomas son de muy diversos tipos: naturalistas, sociológicas, teológicas, etc. Sin embargo las éticas autónomas consideran que el criterio de moralidad no puede ser otro que el propio ser humano. Es las razón humana la que se constituye en norma de moralidad, y por ello mismo en tribunal inapelable: eso es lo que se denomina conciencia y voz de la conciencia.


    1. ÉTICA RACIONAL


Racional no es sinónimo de racionalista. El racionalismo ha sido una interpretación de la racionalidad que ha pervivido durante muchos siglos en la cultura occidental, pero que hoy resulta por completo inaceptable. La tesis del racionalismo es que la razón puede conocer a priori el todo de la realidad, y que por tanto es posible construir un sistema de principios éticos desde el que se deduzcan con precisión matemática todas las consecuencias posibles. Sin embargo hoy sabemos que ni la propia razón matemática tiene capacidad de establecer sistemas completos y autosuficientes, lo cual demuestra que la racionalidad humana tiene siempre un carácter abierto y progrediente, con un momento a priori o principalista y otro a posteriori o consecuencialista. La razón ética no hace excepción a esta regla, y por tanto ha de desarrollarse siempre a ese doble nivel.


    1. MÁS ALLÁ DEL CONVENCIONALISMO


La moderna bioética aspira a ser universal, y por tanto a ir más allá de los puros convencionalismos morales. Una cosa es que la razón humana no sea absoluta, y otra que no pueda establecer citerior universales, quedándose en el puro convencionalismo. La razón ética, como la razón científica, aspira al establecimiento de leyes universales, aunque siempre abiertas, en un proceso de continua revisión.


  1. PRINCIPIOS DE LA BIOÉTICA




    1. Defensa de la vida física (valor fundamental, no absoluto)

    2. Libertad, responsabilidad (fuente del acto ético)

    3. Totalidad o principio terapéutico

    4. Principio de socialidad (Subsidiariedad y bien común)

    5. Respeto por la autonomía (consentimiento informado)

    6. Beneficencia

    7. No maleficencia (mal físico y mal moral)

    8. Justicia



  1. EL PROCEDIMIENTO EN BIOÉTICA4


Sería ingenuo pensar que con un sistema de principios, sea este el que fuere, se pueden solucionar a priori todos los problemas morales. Los principios han de ser por definición generales, y los conflictos éticos, son concretos, particulares. Esto hace que siempre se haya considerado necesario establecer en el proceso de razonamiento ético un segundo momento, distinto del de los puros principios. Si este es racional y a priori, el momento de particularidad se caracteriza por ser experiencial a posteriori. Siempre ha habido que admitir ese segundo momento, que Aristóteles denominó phónesis, prudencia, y que siempre se ha caracterizado por tener en cuenta las consecuencias del acto o de la decisión. Por esto cabe decir que el razonamiento moral consta siempre de dos pasos, uno principalista, deontológico y a priori; y otro consecuencialista, teleológico y a posteriori. El primero sirve para establecer las “normas”, y el segundo las “excepciones” a la norma.

El segundo momento tiene una enorme importancia en bioética, ya que esta es una disciplina nacida para resolver situaciones particulares, y por tanto con vocación de convertirse en un procedimiento de toma de decisiones. Este procedimiento debe constar de varios pasos, que esquemáticamente pueden representarse así:

I) EL SISTEMA DE REFERENCIA MORAL

    • Premisa ontológica: el hombre es persona y en tanto que tal tiene dignidad y no precio

    • Premisa ética: en tanto que personas, todos los hombres son iguales y merecen igual consideración y respeto

II) EL MOMENTO DEONTOLÓGICO DEL JUICIO MORAL

    • Nivel 1: No maleficiencia y justicia

    • Nivel 2: Autonomía y beneficiencia

III) EL MOMENTO TELEOLÓGICO DEL JUICIO MORAL

    • Evaluación de las consecuencias objetivas o de nivel 1

    • Evaluación de las consecuencias subjetivas o de nivel 2

IV) EL JUICIO MORAL

    • Contraste del caso con la regla, tal como se encuentra expresada en el punto II

    • Evaluación de las consecuencias del acto, para ver si es necesario hacer una excepción a la regla de acuerdo con el paso III

    • Contraste de la decisión tomada con el sistema de referencia (paso I)

    • Toma de decisión final


  1. CATEGORIAS VÁLIDAS DE LA MORAL FUNDAMENTAL




    1. Hacer el bien y evitar el mal

    2. Relevancia de la naturaleza: No biologicismo ni falacia naturalista

    3. Integridad de las fuentes de la moralidad

    4. Principios de responsabilidad y profesionalidad

    5. Principio de cooperación al mal

    6. Principio del doble efecto – Conflicto de valores

    7. Principio de totalidad

    8. Principios sociales: solidaridad, subsidiariedad y justicia




  1. ¿QUÉ FORMACIÓN PARA LA BIOÉTICA?




    1. Formación moral personal

Cuidado de la propia capacidad de libre responsabilidad. Itinerario complejo y nunca concluido (Ningún comportamiento y ninguna decisión sobre la realidad existente es éticamente neutra: de manera directa o indirecta, siempre estará en cuestión la responsabilidad de la libre y consciente acogida de la presencia de los otros.


    1. Ámbito biomédico

- Seriedad de los problemas y demanda de eticidad

- Ética y ciencia

- Complementariedad de las diversas competencias

- Moralidad, profesionalidad, formación moral


  1. ALGUNOS SUBRAYADOS


¿Qué es lo específico de la moral católica en el tema de la vida humana y, especialmente y en con­creto, de una Bioética basada en principios cristianos? ¿Qué puede aportar esta Bioética en toda la candente discusión de nuestros días en torno a los problemas suscitados por las ciencias biomédicas?

Como dijimos anteriormente, en el campo católico sigue vigente la posición que considera que lo específico de la moral cristiana no consiste en que ésta presente normas o valores nuevos distintos de los de una ética humana. En efecto, la especificidad del quehacer ético cristiano no estriba en normas nuevas, sino en la intencionalidad que orienta y fun­damenta el comportamiento moral. La constelación de valores religiosos cristianos es la que marca el fundamento y el porqué del actuar de acuer­do con la propia fe. Esta fe no sustituye a la razón, sino que la ilumina. Como afirmaba el Vaticano II: "En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mis­mo... cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal; haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente". Y "la fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello, orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas".

La razón informada por la fe: ésta ha sido la formulación y la plasma­ción clásica de la forma como se relacionan razón y fe en los diversos ámbitos de la reflexión teológica y, también, en el campo de la moral. La fe no suprime la racionalidad, sino que la debe tomar como punto de partida fundamental y como método de aproximación al tratamiento de los temas morales. El discurso racional ético es fundamental en una bioética "católica". La moral católica no puede ser fundamentalista, basada en textos bíblicos tomados literalmente, o en valores religiosos esotéricos, inaccesibles para el que no participa de esa fe; debe utilizar también las mismas herramientas del discurso racional ético.

Sin embargo, como bien afirma McCormick, las exigencias éticas humanas están profundamente condicionadas culturalmente y nunca se dan en estado puro. Los juicios morales particulares están afectados por el contexto cultural, que puede ensombrecer la percepción de los auténticos valores éticos. Las culturas pueden pervivir a través del poder de instituciones que influyen en nuestra conducta con "razones" que se arraigan profundamente en nuestro ser. Nuestras decisiones éti­cas no se basan, sólo ni principalmente, en normas, códigos, regulacio­nes y filosofías éticas, sino en "razones" que subyacen a esa superficie. Nuestra forma de percibir los valores humanos básicos y de relacio­narnos con ellos está configurada por nuestra cultura y nuestra forma de ver el mundo. Esta forma de percibir el mundo puede distorsionar los valores humanos básicos y afectar consecuentemente a nuestras opciones éticas".

Es en este punto donde se puede inscribir el significado de la bioé­tica cristiana. La fe cristiana ilumina al creyente para hacerle sensible a los genuinos valores humanos. La tradición cristiana ilumina esos valores, los apoya y les proporciona un contexto para saber leerlos en las circunstancias concretas de la vida; sirve para subrayar los verda­deros valores humanos contra todos los intentos culturales de distor­sionarlos. De esta forma influye en nuestros juicios y decisiones éticas en la situación concreta. Estos sirven para enfocar, "colorear" y enfati­zar determinados valores humanos, que pueden estar amenazados por las "razones" de nuestra cultura, que impregna osmóticamente nues­tra visión del hombre y del mundo.

Varias de las razones por las que el creyente en Jesucristo se enfrenta con el quehacer ético de su vida, podrían encontrar una traducción "secular" al campo de la Bioética que nos podría llevar a las siguientes formulaciones:

  • El valor y la intrínseca dignidad de todo ser humano por enci­ma de sus circunstancias externas y personales. El ser humano tiene un valor básico, de tal forma que nunca se puede convertir en mero medio, sino que debe ser siempre tratado como un fin en sí mismo.
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