Teología moral fundamental y bioética




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La vida humana constituye un valor fundamental, del que no se puede disponer arbitrariamente. Sin embargo, para el creyente en Jesús, la vida no es el valor supremo y absoluto. La reflexión ética católica ha podido olvidar a veces algo tan marcadamente evangélico como el que "nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos" Jn 15, 13) o "el que pierde su vida la gana­rá" (Lc 17, 33)

  • La ética de Jesús es una ética en la que la libertad constituye un valor básico. "Vuestra vocación es la libertad", dirá S. Pablo (Gál 5, 13), aun con el riesgo de que la libertad se pueda convertir en libertinaje.

  • La ética evangélica está basada en el amor, en el don gratuito, en el dar sin esperar respuesta. Tiene una marcada predilección por el pobre, por el débil, por el marginado.

  • El mensaje de Jesús insiste en la esencial solidaridad humana. No es una ética individualista, que prescinde de las repercusio­nes sociales de nuestro quehacer, en busca de una autoperfección personal. Las relaciones con los otros hombres son el test de la autenticidad de la fe.

  • La ética cristiana supone una superación de la espiral de la vio­lencia; no se vence al mal con el mal sino con el bien.

  • Todos estos valores, genuinamente evangélicos, son respe­tables desde éticas no-creyentes. Permiten un diálogo no sólo interdisciplinar, siempre necesario en los temas de Bioética, sino también entre distintas cosmovisiones y concepciones de la vida.


    ¿Qué sería especialmente necesario revisar en determinados plante­amientos tradicionales de la Iglesia Católica en relación con el valor de la vida humana? Es verdad que las "razones" culturales pueden a veces oscurecer valores humanos, que quedan indebidamente en segundo plano como consecuencia del influ­jo del mundo y la cultura actual; pero también estas "razones" deben llevar a replantear determinadas concepciones de la moral católica, que pueden tender a ser consideradas como irrenunciables y que, sin embar­go, deben ser revisadas. El recuerdo del pasado histórico nos debe hacer conscientes de la falsedad de ciertas "razones" cristianas, que se utilizaron para fundamentar ciertas actitudes poco sensibles al valor de la vida humana. No es sólo la moral cristiana la que tiene que interpelar a la moral secular, sino que también ésta puede y debe interpelar a la moral cristiana. Ha habido también "razones", pretendidamente religiosas, que han oscurecido el mensaje evangélico y ha sido la sociedad y una ética laica las que han ayudado a comprender elementos cristianos que se habían oscurecido.

    En este contexto, nos parece importante subrayar los siguientes puntos:


      1. De las tres excepciones clásicas al principio general de la invio­labilidad de la vida humana, hoy están seriamente cuestionadas las de la guerra y la pena de muerte. Sigue en pie la excepción de la legítima defensa, sobre la que se extiende bastante la Evangelium Vitae: Juan Pablo II afirma que el valor intrínseco de la vida y "el deber de amarse a sí mismo no menos que a los demás son la base de un verdadero derecho a la propia defen­sa". Ello le lleva a afirmar también que "por tanto, nadie podría renun­ciar al derecho a defenderse por amar poco la vida o a sí mismo, sino sólo movido por un amor heroico" que trasforma el amor a uno mis­mo en la radicalidad oblativa que sigue al Señor: "la legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad". Esto puede conllevar la eliminación del agresor, "que se ha expuesto con su acción, incluso en el caso de que no fuese mortalmen­te responsable por falta de uso de razón" (n.° 55).

      2. La moral católica debe aprender a hablar menos del valor "sagra­do o absoluto" de la vida humana. Para el Evangelio la vida humana no es un absoluto y los valores humanos tienen relevancia en sí mis­mos, sin que sea necesario sacralizarlos. En los temas de la vida huma­na la tradición de la Iglesia ha podido a veces olvidar que la vida no es el valor supremo y absoluto; que "nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos". Esto no significa trivializar ni desproteger a la vida humana, sino situarla en su lugar, como un valor fundamental y fundante de todo otro valor.

      3. La fórmula Dios es el único señor de la vida humana y el hombre es su mero administrador también debería ser revisada, ya que puede reflejar una concepción en la que se subraya insuficientemente la autonomía del ser humano y hasta una imagen poco generosa de Dios. Es una fór­mula que -como bien afirma Elizari- ha podido servir en el pasado para proteger la vida humana en épocas históricas en que ese respeto podía estar especialmente amenazado, pero que en la época actual pue­de ser difícilmente asumible y no es la única fórmula que responde a la ética evangélica. De nuevo sale al encuentro la frase de Jesús, "nadie tiene más amor...". La "inspiración divina", que justificaba las acciones de ciertos personajes del AT o de algunos mártires, ¿no puede concebirse, en lugar de como una intervención sobrenatural y extraordinaria de Dios, como decisiones humanas asumidas responsablemente desde la propia fe? Tampoco esto significa trivializar o desproteger la vida humana, sino subrayar la responsabilidad del hombre en las decisiones que afectan a su historia personal creyente.

      4. De la misma forma que no se puede absolutizar el valor de la vida humana, tampoco debe absolutizarse el concepto de cantidad de vida. Hay que encontrar un equilibrio entre el binomio cantidad/cali­dad de vida. En las reflexiones sobre algunos temas de Bioética el con­cepto de calidad de vida es inevitable. La moral actual de la Iglesia lo ha introducido en relación con el tema de la eutanasia. Pero quizá pue­de existir recelo a su utilización en otros temas, probablemente por buscar respuestas seguras y tucioristas. Una vez más hay que repetir que hablar de calidad de vida no tiene por qué significar una despro­tección de la vida humana. Creemos que es compatible el mantener los principios éticos cristianos y, al mismo tiempo, encontrar una concilia­ción entre la cantidad y la calidad de vida.

      5. En la moral católica han jugado un papel muy importante los principios éticos de doble efecto y de totalidad como principios-directrices para dar una respuesta ética en situaciones conflictivas. Evidentemente no se trata de principios revelados, pero hay que reco­nocer que han sido muy importantes en relación con el discurso racio­nal ético. No obstante, el principio de doble efecto tiene sus limitacio­nes y, como dijimos antes, entre bastantes moralistas católicos existe la tendencia a afrontar las situaciones complejas desde la figura del con­flicto de valores o de bienes, que entran en contraposición en toda una serie de circunstancias.

      6. Existe también un importante peligro de esa Bioética "católica": el de que, por una búsqueda lógica de diálogo con otras concepciones de la vida, pueda diluir exageradamente elementos irrenunciables de su mensaje. Todo ello, además, acentuado por las características de la reflexión ética estadounidense, influida por el propio contexto cultural en que se está desarrollando. Además de subrayar esos principios éti­cos básicos y característicos de la reflexión ética estadounidense: el consentimiento informado, el principio de autonomía, la privacidad, la ponderación costes /beneficios..., la reflexión bioética cristiana tiene que seguir subrayando sus propios valores y su propio carisma, cen­trados especialmente en torno al principio de beneficencia: el valor del débil, la importancia de la generosidad y del altruismo, el énfasis en la relación de amistad personal sanitario-enfermo (de la que magistralmente habla Laín Entralgo) y que surgen de una ética que hunde sus raíces en el mensaje evangélico.

    Las "razones" características de la cultura actual, tienen el peligro de llevar a una Bioética muy "correcta y aséptica", muy respetuosa, por ejemplo, con la privacidad y los dere­chos del enfermo, pero carente de cordialidad, de entrega y de genero­sidad, poco sensible hacia determinados individuos poco rentables o productivos. Aquí puede situarse la gran aportación de la moral de la vida y de una bioética de inspiración cristiana, que tiene tras de sí una larga tradición de vocaciones médicas ejemplares y que sigue teniendo una palabra muy importante que aportar al actual discurso ético.


    1. APORTACIONES DE LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA AL MUNDO DE LA BIOÉTICA


    No nos hemos propuesto inventariar los varios y nuevos descubrimientos científicos y sus relativas posibilidades bio – tecnológicas, sino más bien hacer una lectura complexiva desde el punto de vista ético, jurídico y político. El recorrido hasta ahora realizado, quizás resulte ya bastante suficiente como para descifrar la lógica y la dinámica; para valorar la relación entre filosofía y teología; y también para analizar el hecho que, en la cultura contemporánea, el pluralismo ético se resuelve prejuzgando desde el desencuentro o, en cualquier caso, separando las posiciones entre laicos y católicos.
    Tratamos de ofrecer ahora una visión crítica del camino treinta añero de la bioética, del bio-derecho y de la bio-política, evidenciando los aspectos irresueltos, las dificultades y los puntos doctrinales adquiridos; las cuestiones de método que han sido y deberán ser evidenciadas; los límites y las posibilidades encontradas en la investigación y en la actividad bioética.
    No vamos a realizar la crítica anunciada a estos treinta y siete años, recorriendo cronológicamente de una manera exhaustiva todos y cada uno de los momentos, tampoco vamos a analizar cada uno de los frentes de la reflexión y de la investigación, ni repasando los grandes temas de la bioética, ni estudiando cada uno de los autores más destacados. Todo esto nos parece no sólo imposible técnicamente en una formación permanente como esta, sino que además nos parece que sería poco útil, ya que este procedimiento termina convirtiéndose en un brindis por el desencuentro que es precisamente lo que hemos criticado en primer lugar de estos treinta y siete años de camino.
    Nos parece mucho más sensato y oportuno llevar la reflexión crítica al campo de la meta – bioética, realidad que presenta grandes desafíos para la teología moral católica. No podemos olvidar que la teología moral tiene una doble fidelidad: a la fe y a la razón. Razón iluminada por la fe, pero sin renunciar a ser razón y a realizar un discurso razonable. La discusión postmoderna sobre los límites de la razón debiera ser un poco más cauta, el optimismo en la razón del pasado hoy debe ser más humilde, debemos tener en cuenta los límites de la razón que son evidentes.
    Nos parecen exquisitamente destacables como aportación de la reflexión teológica al mundo de la bioética los siguientes subrayados:


      1. La centralidad de la persona. El mismo Engeldhart afirmaba que la comunidad moral tiene un sentido desde los seres personales. La misma realidad de una comunidad moral es un espacio donde es posible alabar y sacrificar, donde existen derechos y deberes, entraña la necesidad de sujetos, de seres autoconscientes, racionales y libres. La comunidad moral existe, porque existen seres capaces de actuar racionalmente y de ser ayudados entre ellos de forma pacífica. La centralidad de la persona es el reconocimiento de un hecho y no una arrogancia: con la libertad y la razón nace una posibilidad nueva. Sólo las personas poseen vida moral. De aquí se deduce lógicamente como primer principio de la moralidad el respeto de la dignidad de la persona, y no como algo atribuido desde fuera, sino como algo intrínseco. Negar la centralidad de la persona no es posible sin incurrir en contradicción. Es un fundamento lógico. Esto es válido tanto para un discurso de ética teológica como de ética secular o laica.

      2. ¿Son todos los seres humanos portadores de la dignidad personal? Fuera de nuestro discurso es imposible garantizar en modo absoluto la dignidad de la persona. Para Engedldhart y Singer no todos los seres humanos son personas (Ej. Embriones, subnormales, etc.) En primer lugar, en nuestra experiencia empírica, al menos hasta hoy, todas las personas que conocemos son seres humanos. Por tanto es razonable afirmar que en caso de duda los seres humanos deben ser tratados como seres personales, de lo contrario socavamos la misma dignidad de la persona colocando límites que siempre serán más o menos arbitrarios. Es necesario ser honestos intelectualmente, porque el desarrollo del discurso trata de encontrar la verdad y no de vencer al otro. Se debe admitir que el carácter personal no es evidente en todos los seres humanos (razón, autonomía, relaciones personales, etc.) ¿Quién tiene el derecho de decidir quién es o no es persona? Separar personalidad y biología es abrir la puerta a la arbitrariedad de los prepotentes. Es razonable concluir que todos los seres humanos son portadores de esta dignidad personal.

      3. La bioética como futuro. El criterio de la valoración moral de las intervenciones sobre la naturaleza humana y cósmica será repensado a la luz de la visión de lo creado (comprendido como un sistema interactivo en continuo proceso) y del ser humano, el único ser capaz de introducirse de forma consciente en ese proceso. El problema moral que se plantea desde la bioética, no es por lo tanto, “si es lícito o no modificar la naturaleza”, sino más bien, “cómo introducirse en este proceso”. En el universo ha aparecido un elemento del todo nuevo, al menos en cuanto a la especie humana se refiere, un elemento de finalidad que se coloca al lado, y en parte se adentra, al principio de la causalidad. El ser humano es llamado a elegir, a decidir, pero ¿según qué criterios? El criterio base de las intervenciones que implican a los seres humanos (a estas intervenciones se refiere comúnmente el término bioética) es el primado, la atención, el amor al otro. Tenemos que concluir necesariamente este subrayado afirmando que, en la discusión bioética, o existe un principio común – el amor al otro – o no puede existir ninguna discusión propiamente ética sobre múltiples problemas (fines a alcanzar, medios a usar o no, recursos a conseguir para todos) En definitiva, no se debe olvidar que la bioética es una disciplina aún joven, y por esto necesita de la investigación común fundada sobre un sincero y apasionado amor por los hombres y la familia humana.

      4. La bioética como cuestión. La bioética en cuanto disciplina, ha tenido un desarrollo imponente. Emergen, todavía, problemas aún no resueltos, de los cuales depende el modo de enfocar la reflexión bioética. En particular necesitamos responder a tres preguntas: ¿La bioética es una disciplina nueva o vieja? ¿Es una disciplina laica, católica o simplemente humana? ¿Cuál es su tipo de argumentación: la prevalente argumentación de tipo teleológico cae en el relativismo ético normativo? Como se puede observar, sólo la primera de las preguntas, es específica de aquello que comúnmente denominamos bioética, mientras que las otras dos preguntas son problemas típicos de la reflexión ética en cuanto tal, que se han introducido en el ámbito de la reflexión bioética en el mismo momento en que se comenzó ha hablar de ella. Aunque, a decir verdad, también la primera de las preguntas, ¿es la bioética una disciplina nueva o vieja?, es consecuencia de una cierta falta de claridad y de conocimiento metodológico en el contexto ético, que se ha agudizado al emerger la bioética como fenómeno y como cuestión. Pero siendo esto así, la tarea fundamental e imprescindible que debemos resolver después de 37 años de reflexión teológica bioética, es la de revisitar la lógica de la reflexión ética, para poderla aplicar en toda su coherencia y desarmante linealidad. Cuando tenemos que vérnoslas con problemas de naturaleza ética, de hecho, no se trata de defender una ideología o una fe religiosa, no se trata de afirmar este o aquel otro punto de vista, no se trata de sostener una verdad cualquiera, sino de evidenciar el punto de vista de la moral, de afirmar el principio de la imparcialidad, de sostener el horizonte de la universalidad: en beneficio de todos los seres vivientes, de hoy y de mañana. Sobre todo en el campo de los problemas normativos afrontados desde la bioética que miran siempre el valor de la vida de los seres humanos y del triple reino presente en la naturaleza.

      5. Lugares críticos de la bioética. Existen puntos irresueltos que implican tanto el nivel de la fundación cuanto el nivel de la determinación de los contenidos. Las cuestiones aportadas por el progreso tecnológico en el campo biomédico, han evidenciado, de hecho, la evidente insuficiencia del modelo ético tradicional y ha solicitado la elaboración de nuevas categorías interpretativas y de nuevos parámetros valorativos. Mientras la rapidez con la que tal progreso ha acaecido (y acaece) ha constreñido (y constriñe) la reflexión moral a continuar constantemente la investigación científica, formulando con tempestividad respuestas a preguntas complejas (y frecuentemente inquietantes) sin la posibilidad de una suficiente ponderación. La incerteza del estatuto epistemológico –los antecedentes que puedan subsistir (pensamos en la moral de la vida física y de la ética médica) aparecen prejuzgados por la referencia a situaciones radicalmente diversas- y la necesidad de expresar juicios inmediatos y puntuales (en tiempo real) sobre problemas de contornos del todo inéditos, para los cuales los paradigmas del pasado resultan en gran medida poco exitosos, alimentan un estado de gran precariedad y aleatoriedad. A complicar ulteriormente el cuadro crítico de la bioética ha contribuido además (y contribuye actualmente), en una medida determinante, un conjunto de conflictos que han caracterizado, en estos tres decenios, el desarrollo de la bioética como disciplina autónoma: de la discordancia de posiciones entre católicos y laicos, a la tradicional disputa entre hermenéuticos y analistas, de la diversidad acerca del modo de concebir las relaciones entre lo privado y lo público, hasta la discusión sobre la definición de los ámbitos de competencia, y por tanto sobre la determinación de las problemáticas concernientes, o sobre la importancia asignada a las diferentes áreas de intereses a las que la bioética hace referencia. Se debe añadir que el fervor inicial –statu nascenti- se ha adentrado, en estos últimos años, en una situación de estancamiento, provocada por la necesidad de un ulterior suplemento de reflexión de frente a la dramaticidad de las cuestiones que están sobre la mesa, y también debido a la constatación de la dificultad de aplicación de los principios a los casos singulares, en razón sobre todo de los conflictos de valores que afloran, y de la heterogeneidad de los fines que van sujetos a indicaciones –baste aquí recordar el deber de decir la verdad al enfermo o de dar curso al consentimiento informado- destinados originariamente a tutelar los intereses del paciente. Más allá de las adquisiciones alcanzadas, que son por otra parte de gran interés, nos parece importante fijar la atención, sobre los nudos críticos que afectan tanto al nivel de la fundación cuanto al de la determinación de los contenidos, individuando orientaciones y prospectivas, que consientan a la bioética adquirir plena dignidad científica y contribuir, de modo decisivo, a la construcción de un proceso de auténtica humanización.

      6. Fraguar el modelo de una ética de la responsabilidad, conciente de tener en la debida consideración el peso de las acciones, verificando frecuentemente la eficacia real, y por lo tanto valorando seriamente la plausibilidad ética. La ética de la responsabilidad, siguiendo la acepción inaugurada por Max Weber, es la vía obligada para la elaboración, sobre todo en el campo de la bioética, de una ética normativa que sepa afrontar los diversos problemas en la perspectiva de la búsqueda del bien proporcionado (o, en algunos casos, el mal menor) Además, la adopción del principio de la responsabilidad obliga a la bioética a desarrollarse sobre todo como ética pública, también de cara a las precisas intervenciones de orden político legislativo.

      7. Aceptar que nos aproximamos a una disciplina indefinida. La bioética ha nacido para responder a una exigencia ampliamente advertida: aquella de individuar criterios y asignar límites a la práctica médica y a la investigación científica. El debate sobre la clonación es emblemático, más allá de las contraposiciones que lo caracterizan, porque muestra, con increíble claridad, como la bioética se está reduciendo (o ya ha sido reducida) a ideología: es decir, a un ejercicio mental, aunque refinado, dirigido no a la búsqueda de la verdad, sino a la justificación a posteriori de intereses bien precisos. Se puede prostituir la pretensión de la bioética por tratarse de una disciplina indefinida. (Rosseau: “Ciudadanos, oídme: hablaré en nombre de todos. Quien no esté de acuerdo conmigo que abandone rápidamente esta asamblea” // Locke: Pensaba que del principio general de tolerancia debían ser excluidos los católicos, como súbditos de un estado extranjero. La identidad católica hoy es evidentemente reconducida no a un poder político extranjero, sino a un modo de pensar de extranjero, que evidentemente pone en crisis, de un modo angustiosamente intolerable, el humanismo fácilmente realizable del pensamiento laico.

      8. Repensar el camino recorrido, partiendo de la memoria, y tratando que se haga conciencia libre, lúcida, desencantada, en última instancia proyecto atrayente, sin asumir una actitud agria y cítrica en el confronte de este reciente pero fructuoso camino. La bioética es confronte entre actitudes y capacidad de argumentar, pero deberá ser cada vez más ocasión para hacer política y extender siempre más los espacios de democracia y ciudadanía, desenmascarar prejuicios y tabúes, afrontar el problema del mercado y de la medicina en un sistema de mercado como desafío al que no podemos sustraernos; Superar la lícita duda de que la bioética pueda reducirse, a veces o frecuentemente, a un rol funcional de una realidad que permanece inmutada e inalterable (tentación de la ineficacia). A la luz de los desafíos y de los proyectos que nos afectan, será esta la bioética a cultivar “para/con” el personal sanitario y las políticas político-administrativas, “para/con” quien conduce la investigación (sea de frontera o de base), “para/con” quien se prepara para se bioeticista y quien ya lo es.

      9. Trabajar permanentemente por lograr una bioética positiva. El debate público de la bioética no es reducible a desencuentro o separación entre laicos y católicos. Existen de hecho diferentes posiciones entre laicos y también entre católicos. La sensación de que prevalezca el desencuentro o la separación es debida a una cierta confusión entre moral y legislación civil, y al hecho de que cuestiones bioéticas son utilizadas frecuentemente como batallas político partidistas. Frecuentemente, la bioética, viene considerada más en su aspecto limitativo que propositivo. Es necesario cultivar y promover una bioética positiva, más que restrictiva, que esté basada más sobre desarrollos que sobre límites. Pluralismo no significa separación, indiferencia, ni obstáculo a la formación de un sentido común que sea rigurosamente respetuoso de las diferencias, y al mismo tiempo, capaz de favorecer las elecciones colectivas que sean necesarias.

      10. Asumir que sólo tenemos certezas relativas, históricas y ligadas a un cierto contexto, lo que no equivale a decir que no tenemos certezas. Asumir sin angustia la dificultad de la bioética para indicar criterios de comportamiento y para establecer límites compartidos al trabajo bio – técnico. Necesidad de mantenernos dentro de las líneas no sólo del respeto, sino de la valoración de la recíproca escucha y aportación.

      11. Concluimos esta aproximación crítica, a la breve historia directa de la bioética, dejando constancia de los claros signos de vitalidad de esta materia en el momento presente. Las manifestaciones de la bioética son múltiples y de diversa índole. Aparece en congresos, en cursos de ética para formación médica, en las discusiones sobre legislación sanitaria, en la investigación médica, en comisiones éticas para asesorar a las autoridades políticas, es impartida en diversas carreras universitarias, es objeto de cátedras y departamentos creados expresamente con esta finalidad. Tres aspectos mensurables de esa vitalidad de la bioética serán: La proliferación de centros y comités de bioética, el número creciente de revistas especializadas, y la prolija bibliografía sobre esta materia.


    Recapitulación: A lo largo de estas exposición he querido, sobre todo, señalar la importancia de recuperar un concepto teleológico de naturaleza y la unidad de la razón práctica, si pretendemos desarrollar una bioética que permanezca fiel a la intuición original de mediar entre “el mundo de los hechos” y “el mundo de los valores”, sin incurrir en los excesos de las éticas evolucionistas y de la deep ecology, en los que finalmente se pierde la diferencia entre el hombre y la naturaleza.
    Con las éticas ecológicas, es preciso recordar que el hombre es un ser natural. Que dañar la naturaleza del hombre es dañar al hombre mismo, de un modo que hoy por hoy no nos es fácil calibrar. Pero, al mismo tiempo conviene no olvidar la herencia cristiana, latente y operante en la filosofía moral moderna, a saber: que el hombre es algo más que un trozo de naturaleza: que no se puede comerciar ni experimentar con él como se experimenta con otros seres, incluso aunque esto último se haga con el cuidado más exquisito.

    La tentación puede ser fuerte, especialmente cuando se presenta bajo apariencias humanitarias, como ocurre en nuestros días. Pero hay que ir más allá de las apariencias. En eso ha consistido siempre la filosofía, y, en particular la filosofía moral: en el esfuerzo por discernir el bien real del bien aparente. Según Aristóteles, el mejor dotado para ello es el hombre bueno. Por eso es inexcusable la virtud, también desde el punto de vista epistemológico. No porque la virtud moral nos vaya a resolver los problemas científicos, sino porque, supuesto el conocimiento científico, sólo quien posee la virtud moral está en condiciones de apreciar de qué manera el bien humano está en juego en cada acto médico, en cada experimentación científica. Por eso, el lugar natural de la bioética dentro de la ética es la ética especial, y más en particular las éticas profesionales.

    En esto último podemos reconocer una indicación acerca de lo urgente que resulta reflexionar sobre la idea de “buen profesional”. Concretamente necesitamos advertir con todas sus implicaciones que el concepto de “profesión” no es en absoluto equivalente al de “técnico”: si en ningún campo el buen ejercicio de la profesión puede reducirse a la eficaz resolución de tareas, esto se aplica especialmente a las profesiones bio-sanitarias, donde el trato con las personas es tan directo. El riesgo de tratar a las personas como números, el riesgo de reducir un problema humano al seguimiento de un protocolo está al alcance de la mano. Ningún código puede prevenir ese riesgo. Ni puede hacerlo tampoco la aplicación más o menos aventurada de una serie de principios que, en última instancia, y enfrentados al problema particular, siempre resultan abstractos. Sólo el personal desarrollo de hábitos intelectuales y morales nos pone en condiciones de tratar los problemas humanos en sus justos términos.

    1 CONGAR, La historia de la Iglesia “lugar teológico”, en Concilum 57 (1970) 89.

    2 Gafo, J., Bioética teológica, Madrid 2003, 119 – 138.

    3 Gracia, D., Planteamiento general de la bioética, en Vidal, m., edd., Conceptos fundamentales de ética teológica, Madrid 1992, 428 – 431.

    4 Gracia, D., Planteamiento general de la bioética, en Vidal, m., edd., Conceptos fundamentales de ética teológica, Madrid 1992, 434 – 436.




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