Siempre me quedó presente aquel comentario de mi padre, cuando tenía yo unos cuántos años menos que ahora, ya en el medio siglo de vida. Y era su deseo de que




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VOLVER A LAS BASES.
Cómo empezó todo.

Siempre me quedó presente aquel comentario de mi padre, cuando tenía yo unos cuántos años menos que ahora, ya en el medio siglo de vida. Y era su deseo de que llegara a ser lo que él llamaba un “librepensador”. Y eso, para explicarlo en pocas palabras, me decía él, consistía, ni más ni menos, que, si había algo delante de mí, que todo el mundo se empeñaba en decir que era negro, pero que yo lo veía de color blanco, entonces no dudara en afirmar que era

blanco, porque eso era lo que percibían mis ojos, fuese lo que fuese lo que otros dijeran.

En ese momento, esa suerte de expresión de deseo, o consejo, como se quisiera, en un primer momento me dejó algo intrigado. Me había tomado de sorpresa, y

estaba tratando de procesar eso que acababa de escuchar.

La segunda reacción, ya transcurrido algún tiempo, fue de desazón, por percibir que no podía alcanzar, ni siquiera aproximarme, a esa categoría o estado de “librepensador”, que me había quedado resonando internamente desde aquella conversación con mi padre.

Pasaron los años, y de a poco, sin que lo esperara, fueron decantando cosas, desfilando ante mí hechos y testimonios de lo vivido. Y así fue que, casi sin quererlo, me di cuenta que estaba empezando a forjar algo parecido a un espíritu

“contracorrentista”, si se puede llamar así. Eso quería decir, desmenuzar cada comentario que escuchaba, cada acontecimiento que transcurría.

Y no lo sigo a modo de gesto de inmodestia. Es más, en algún momento supuse que en realidad, mi primera reacción ante la mayoría de lo que escuchaba era ponerme automáticamente en contrario sensu. Y luego, de a poco, ver si podía, revisión minuciosa de por medio, llegar a aceptar, aunque fuera parcialmente, eso que había escuchado, visto u oídos tiempo atrás.

Un buen día supe de qué se trataba esa vapuleada palabra “ecepticismo”. Y que era mucho más que un atributo de dudosa virtud. Y resultó ser nada menos que una escuela de pensamiento. Cuán grande no sería mi sorpresa cuando supe todo eso, de un momento para otro.

Y eso reafirmó todo aquello que alguna vez, allá lejos y hace tiempo, comencé a escuchar de mi padre, casi por casualidad.
Volvamos al presente.

Y cuando en estos días se instauró en todos los medios, los ámbitos, donde fuera, el famoso de si la soja sí o la soja no, y todos comenzaron a conocer y

opinar del tema, me dije: tengo que plasmar algunas ideas sobre esto, antes que el inexorable tiempo las vaya borrando de mi cerebro !

Y no vale la pena volver sobre la remanida frase de la presidente Cristina Fernández, cuando dijo “aquel yuyo, la soja” y completando con “la pobrísima

generación de empleo que impulsa la soja” . Ya han corrido ríos de tinta desde todos los ámbitos, agronómicos o no, tratando de explicarle de qué se

trata el complejo sojero, los miles de millones de dólares que significa, etc, etc., etc.

Digo esto porque sospecho que la presidente sabía de qué estaba hablando cuando se refería a la soja. Digo, no la subestimemos.

Yo prefiero ir hacia otro lugar. Y a partir de lo que titula este artículo. Y ese volver a las bases significa, en mi caso, volver sobre los conceptos de

base que escuché allá lejos y hace tiempo, hace casi treinta años, siendo estudiante de agronomía.
Un poco de historia.

Cuando recuerdo estudiábamos las rotaciones de agricultura con ganadería, y las rotaciones entre cultivos. Hoy ya la rotación entre ganadería y agricultura pasó a la historia, de la mano de la rentabilidad sin precedentes de la agricultura, movilizado por los altos rendimientos que se obtienen gracias a la ingeniería genética. Y gracias además a los elevados precios de los granos a nivel mundial, algo que tiene una serie de factores explicativos que

no viene al caso ahora analizar.

Pero volviendo al tema de rotaciones, decía que la agricultura continua, es decir sin alternancia con ganadería fue ganando terreno, y en gran medida

favorecida por el avance de la siembra directa, sin remoción del suelo. No era novedad la siembra directa, pero cuando el glifosato valía, otrora, en mis inicios como ingeniero, nada menos que veinte dólares el litro, hacía prohibitivo su uso masivo. Solamente era un herbicida estrella para el control, y con cuenta gotas, en dosis justas y solo por manchones enmalezados que lo justificaran, únicamente cuando se trataba de combatir las malezas más preocupantes (sorgo de alepo y gramón, que, vale aclararlo no eran

autóctonas de nuestro país sino que ambas habían sido importadas décadas atrás, como “excelente cultivos forrajeros” por quienes supusieron estaban haciendo un

gran aporte al país. Fue con la mejor de las intenciones, vale también aclararlo).

Ahora, cuando luego, pasados los años, el glifosato llegó a valer poco más que 2 dólares el litro, o sea casi la décima parte de décadas atrás, entre otros motivos porque habían vencido los derechos de royalty que conservaba en forma exclusiva el laboratorio que lo había patentado (Monsanto), pasó a fabricarse y utilizarse en forma masiva, hasta por las dudas en más de una ocasión si se veía aunque fuera un incipiente enmalezamiento del lote.

El cese del royalty exclusivo del glifosato lo lanzó masivamente mercado, pasaron a sintetizarlo varios laboratorios, y ello hizo que su precio tuviera un

vertiginoso descenso, que, junto con la adopción progresiva de la siembra directa, fue cambiando el panorama de la agricultura.

Y finalmente, para completar este paquete que venía traccionando la agricultura, y gracias a los avances de la biotecnología, fue que asistimos a la

aparición de los materiales genéticos RR, o sea resistentes a glifosato. El glifosato mataba toda vegetación, con la única excepción de ese material

genéticamente modificado, que era inmune al herbicida hora estrella. De ese modo se simplificaba en forma sustantiva el cultivo de la soja. Y luego llegaron los

materiales RR también para maíz. Y seguramente luego aparecerán esos mismos materiales para el girasol y otros cultivos.

Y no hay que sacarle su mérito al clima, que hizo que asistiéramos, a partir de los inicios de la década de los `80 a un cambio en el régimen de lluvias que

permitió hacer agricultura, donde antes hubiera sido impensado.

Paralelamente, se fue ampliando la frontera agrícola. Y tierras antes improductivas, o destinadas exclusivamente a ganadería, pasaron a ser extensos

sojales. Acaso había imaginado, cuando de chico pasaba rumbo a Mendoza a pasar mis vacaciones de verano, que en ese lugar del lejano del lejano oeste llamado San Luis, años más tarde vería, hasta donde se perdía la vista, hectáreas y más hectáreas de soja, maíz, y no en condiciones precarias, sino cultivos que harían la envidia de más de un productor de la zona

núcleo ?

Pero no quiero irme del tema. Vuelvo al tema de origen; las rotaciones. Cuando estudiábamos rotaciones entre cultivos en la facultad de Agronomía

de la UBA, Había conceptos de base que eran palabras casi bíblicas. Tales principios eran tales como: la rotación de cultivos permite cortar el ciclo tanto de insectos, como de plagas y enfermedades. La rotación

era la alternativa a seguir, enfrentando al monocultivo, que había traído tantos problemas en lugares y cultivos. Recuerdo el caso emblemático del monocultivo del algodón en el Chaco, un tema que no dejaba de mencionar nuestro profesor de cultivos industriales por aquellos años.

Los años pasaron, todo fue cambiando. Fue retrocediendo la ganadería frente al vertiginoso avance de la agricultura, fruto de su mayor rentabilidad, de ser una actividad que en un plazo de solamente seis meses aporta el retorno del capital

invertido. Un plazo muy distinto al de la ganadería, que requiere, tomando los ciclos biológicos, de un plazo no menor a cinco años (en el mejo de los casos)

desde que nació una ternera, hasta que se vendió su hijo-novillo a mercado. Y dentro del avance de la agricultura, fue la soja el cultivo que fue ocupando

cada vez mayor proporción. Porque, glifosato barato de por medio , la posibilidad de volver a utilizar la semilla cosechada el año anterior (cosa que no ocurre con el maíz y el girasol por tratarse de semillas híbridas), y su fácil adaptación a la siembra directa por tratarse de un cultivo de semilla grandes, a diferencia por ejemplo, del girasol. Todo eso lo convirtió en un cultivo de bajo costo de implantación.

Y cuando además los precios internacionales empezaron a fortalecerse progresivamente, ese aumento del ingreso dio otro espaldarazo al cultivo.

Y comenzó a ser el cultivo estrella, tanto para los productores como para quienes alquilaban el campo para sembrar. Y para completar, con la posibilidad de sembrarla en su dos modalidades: como único cultivo anual (llamado soja de primera por su siembra más temprana), y también como cultivo de segunda, es decir de fecha más tardía, inmediatamente luego de haber cosechado el trigo, sobre finales de año o mejor aún, luego de haber cosechado en noviembre otro cultivo invernal, la cebada, con años de buenos precios gracias a la demanda de las malterías para la fabricación de cerveza. Ello permitía entonces hacer

un doble cultivo en un solo ciclo agrícola, nada menos = doble margen bruto en un año !

Haciendo un poco de memoria, recordaba mis épocas de practicante junior, aún no recibido en un gran estancia del oeste de la provincia de Buenos Aires. La

agricultura se limitaba a algo de trigo, y hablando de cosecha gruesa, era habar de sorgo granífero y girasol. Ni siquiera se discutía la remota posibilidad

de sembrar maíz en esos suelos marginales. Ese maíz estaría destinado al fracaso inexorable. Y la soja directamente no figuraba en ningún lado.

Y siguieron pasando los años nuevamente. Y fruto de esa combinación de ingeniería genética aplicada a la semilla, el abaratamiento del glifosato, la

aparición de la siembra directa, al viento en popa del clima, llegué a ver, sin que hubieran pasado demasiados años de por medio, maíces de 10.000 kilos

por hectárea donde, apenas, poco más de diez años antes no existía el maíz. Y llegué a ver sojas de 4000 kilos por hectárea en lugares en los que, apenas unos

ocho años antes, había fracasado, con un magro rendimiento de 400 kilos por hectárea. Y estoy hablando del lejano oeste bonaerense.

Esto era un cambio verdaderamente vertiginoso, y podía dar testimonio personal de él.
Los temidos pooles.

Otro tema recurrente por estos días son los pooles de siembra. Y como poco nos cuesta a los argentinos. Ya sea demonizar o santificar personajes o figuras, en este caso tocó demonizar. Retrocedamos un poco en el tiempo entonces. Los pooles de siembras no son demonios sueltos tratando de despojar a sus pobres e indefensas víctimas, los productores, especialmente los más pequeños. Son fondos de inversión, que manejan capitales que aportan los inversores, sean particulares, sociedades o bancos. Y lo hacen porque ven en esta actividad la posibilidad de un buen retorno económico, y en un lazo relativamente corto. Y esta inclinación de los inversores se vio acentuada por dos componentes: la mayor rentabilidad que ofrecía el negocio agrícola con la suba internacional de los granos, y reforzado además por la falta de otras oportunidades, dada la menor rentabilidad y la desconfianza subyacente en el sistema financiero argentino, luego del episodio del corralito-corralón. Y no era nueva esta figura de los pooles de siembra. Habían alquilado y sembrado miles de hectáreas años antes, en la década de los 90’ habían tenido como cultivo estrella, indiscutible, al girasol, su caballito de batalla, y con buenos precios internacionales. Adaptado a zonas de suelos arenosos, en la parte oeste de la región pampeana. Hasta el ’98 cuando el ciclo de altos precios mundiales de estos commodities llegó a su fin.

Los pooles se fueron retirando del mercado agrícola. Sólo quedaron operando unos pocos. Y entonces algunos productores retomaron entonces las explotaciones de sus campos. Y, en otros casos, fueron los contratistas, con su modalidad de sembrar a porcentaje, es decir compartiendo riesgos con el campo, y repartiendo los respectivos porcentajes al momento de cosecha, quienes volvieron a ganar el terreno que había perdido en la década de los ’90 por el avance de los arrendatarios de campos.

Pasaron nuevamente los años, y, por multiplicidad de factores, otra “onda alcista” de ciertos commodities se hizo sentir a nivel internacional. En este caso, el interés fue cada vez más creciente por la soja. Se había abaratado el cultivo, se había difundido la siembra directa en forma importante.
Y llegó al soja….para quedarse….con sus pros y sus contras…

Y llegamos a lo que todos conocemos, y hemos asistido en los últimos años. El furor creciente por la bendita soja. Sea de primera, sea de segunda.

Y como siempre, hablaron sus defensores y sus detractores. No es fácil poder tener un discurso objetivo cuando hay tantas opiniones encontradas de por medio. Y sus defensores no eran primitivos chacareros. Eran quienes, a veces al frente de grandes grupos inversores llamados pooles, promovían el negocio. Y en otros casos, de la mano de profesionales asesores.

Luego de escuchar muchas declaraciones pro y contra la soja, me dije: tengo que volver a las bases.

A los inicios, a lo que habíamos aprendido en la facultad décadas atrás. Porque hay conocimiento inmanentes, que van más allá de lo contingente que va

cambiando y mutando gracias a la tecnología y los rápidos cambios a los que asistimos.

La soja, como aclaró por estos días el ingeniero Leguizamón, que preside la Asociación de la Cadena de la soja, no es una maleza. Eso queda claro y no admite discusiones.

Ahora bien, cuando la soja se vuelve un cultivo repetido enésimas veces, porque el propietario del campo considera que es la mejor opción por el margen

bruto, o porque el pool en cuestión prefiere sembrarla, ya que se trata de hacer el mejor negocio, sobre todo cuando, habiendo desembolsado un alquiler importante por esas hectáreas por una sola cosecha, no puede permitirse experimentos o ensayos, el tema comienza a preocupar. Se está entrando en el

monocultivo. Y ahí apareció entonces la segunda discusión, un interrogante: cuántos años se pueden hacer de soja sobre soja sin sufrir las consecuencias

del monocultivo ?. Y la consecuencia, inmediata y evidente es la caída de rendimientos, termómetro implacable de la agricultura, que en cuestión de

solamente seis meses marca el resultado de la campaña.

Entonces comenzaron las discusiones: que si tres años, que si cinco, y con toda una serie de fundamentos agronómicos a cargo de distintas voces

opinantes.

Ahora bien, y de nuevo me remito a las bases. El término monocultivo alude a la repetición de un mismo cultivo. Desde ese punto de vista, repetir el cultivo

de soja es aproximarse a un monocultivo, que durará tanto como años se cultiven soja sucesivamente. Por los antecedentes no lejanos del fenómeno de la soja,

probablemente aún no hay experiencias de ver qué sucede cuando se hace enésimos años de una rotación que en términos técnicos se conoce como soja-soja.

La rotación de cultivos, tal como fue concebida, supone intercalar otros cultivos. Que para el caso de la región pampeana se refiere a: girasol, maíz y sorgo granífero entre los de veranos, es decir los que coinciden con el ciclo de la soja. Y también referido a los llamados cultivo de invierno, mencionando como

principales al trigo y la cebada. Dentro de esos cultivos, las llamadas gramíneas (trigo, cebada y maíz) son muy importantes ya que el rastrojo (o

remanente post cosecha) que dejan, hacen un importante aporte al suelo, por el volumen y por la composición de dicho rastrojo. De esa manera, se favorece la

fertilidad física del suelo por el aporte de materia orgánica. La soja ha tenido grandes avances en su genética, lo cual le ha permitido adaptarse

favorablemente a diversos ambientes, gracias a la aparición de variedades de ciclos más cortos. Y el progreso genético aún nos tiene reservadas más sorpresas, tales como el desarrollo de cultivos resistentes a sequías, lo cual será un nuevo hito para la frontera agropecuaria.

La soja es un cultivo que, como durante algún tiempo se pudo suponer, no aporta nitrógeno al suelo (uno de los principales responsables de la fertilidad química

del suelo). Lo que hace es, mediante las bacterias que se desarrollan en sus raíces, fijar el nitrógeno atmosférico, con lo cual en parte de autoabastece del

nitrógeno que necesita durante su ciclo.

Y algo que tampoco ha modificado a la fecha la ingeniería genética, es que el rastrojo de soja realiza un pobre aporte de materia orgánica al suelo.

Por lo que hay que pensar que un ciclo prolongado de rotación soja sobre soja no pasa desapercibida para el suelo. Se me dirá que los fertilizantes que han venido en franco crecimiento en su uso con el correr de los años, compensan, y aseguran que el suelo no se empobrezca. No lo niego. Pero veamos que no hay UNA

SOLA forma de hacer soja, única e infalible.

En repetidas ocasiones, recorriendo campos a lo largo y a lo ancho de la región pampeana, me ha tocado ver este sistema: apenas cosechada la soja, y para

aprovechar a fondo todo lo que brinda el cultivo, se confeccionan en muchos casos rollos con ese rastrojo remanente. Rollos que no son de alta calidad pero que, en años de inclemencia climáticas, sean sequías o inundaciones, permiten a quien los confecciona alimentar por lo menos con niveles de mantenimiento a

su hacienda. Y que incluso se pueden vender luego a buen precio en el mercado. Si tomamos un rendimiento, por ejemplo, de 4 rollos/hectárea, y a un valor de 80

$/rollo, ello significa un ingreso bruto de 320 $/Ha. Si a ese importe le restamos el costo de confección de esos 4 rollos/hectárea, que ronda los 40 $/rollo, hace que tengamos un ingreso neto de 160 $/Ha., o sea unos 50 dólares/Ha que se agregan al margen que aporta la soja cosechada. Pero es preocupante ver cómo queda ese suelo, con muy poca cobertura, y considerando que

volverá a otro ciclo de agricultura. Con soja quizás nuevamente ?. Y destinado luego a confeccionar rollos con el rastrojo ?.

Esto es: no hay UNA forma de hacer soja, infalible y segura. Hay formas y formas, y por lo tantos hay sojas y sojas. Y por lo tanto hay situaciones y situaciones cuando nos referimos a los efectos sobre el suelo de hacer soja sobre soja. Lamentablemente, no hay recetas infalibles, y depende en qué condiciones se haga para poder opinar sobre las bondades o no de esa

alternativa productiva.

Y ante la conveniencia de rotar los cultivos, desde el punto de vista del suelo, sería lo ideal que tanto el maíz como el trigo y eventualmente el sorgo,

estuvieran presentes en dicha rotación. Claro que no son cultivos que puedan alcanzar la rentabilidad de la soja (ni siquiera es fácil que lo pueda lograr el

girasol, aunque exhibe un precio nunca antes alcanzado, pero que carga en su contra el mayor costo de implantación que supone y a los rendimientos más limitados referidos a kilos por hectárea obtenibles). Si miramos un sistema a corto plazo, con un horizonte de una campaña, que lo que en muchos casos dura el

alquiler del campo, la balanza se inclina inexorablemente hacia la soja. Pero, si concebimos un sistema no por su máxima rentabilidad inmediata, sino por la permanencia de rentabilidad en el tiempo, es decir como un sistema sostenible en el tiempo, la cosa cambia. Y la rotación con otros cultivos se vuelve un

factor no menor.
Y la fertilidad de los suelos…?

Y el otro tema no menor es en qué estado están nuestros suelos. Lo que es una realidad evidente, es que, si bien la preocupante erosión tanto hídrica como

eólica, que durante décadas consumió grandes extensiones de la pradera pampeana, diezmando una de las zonas de mayor fertilidad del mundo, ello tuvo un freno con la progresiva difusión de la siembra directa.

Pero ojo, no pensemos que la siembra directa tiene efectos mágicos e instantáneos sobre el suelo erosionado. La pérdida de sólo unos centímetros de

perfil, que se llevaron el viento o el agua, le demanda décadas a la naturaleza regenerarlos.

Y con el agregado que, con el paso de los años, al contenido del fósforo en la pradera pampeana ha descendido a niveles muy bajos, fruto de una agricultura y ganadería de tipo “minero”, es decir de pura extracción, y muy poca reposición. En zonas donde nunca había faltado fósforo los niveles cayeron a valores impensados, según los relevamientos llevados a cabo por el INTA. Ni siquiera nos hemos planteado llegar a tener un Servicio de Conservación del Suelo, tal como existe desde hace décadas en Estados Unidos.
El gran desafío.

Para ello, la aplicación de la fertilización fosforada ha comenzado a remontar dichos niveles. Pero cabe aclarar que no es una técnica de uso masivo. Y que, si bien en los últimos años se fue difundiendo progresivamente, cuando se está vislumbrando la campaña 2007/08, estos fertilizantes fosforados han tenido un crecimiento muy importante, pasando de 300 dólares a casi 1000 dólares por tonelada. Ello sin duda da un resultado insumo/producto que va en aumento, lo cual es preocupante. Es decir, que cada vez hacen falta más kilos de granos, cualquiera sea el considerado, para comprar, por ejemplo 1 tonelada de fertilizante fosforado.

Lo que está en juego es: por un lado, devolver la fertilidad perdida a nuestros suelos pampeanos; y, de la mano de ello definir sistemas de producción sustentables en el tiempo.

Y consolidar y asegurar entonces el crecimiento que nos ha permitido duplicar la producción de granos en solamente diez años. Pero parece ser más importante discutir si la soja es o no un yuyo.

Quizás sea hora de volver sobre los temas de fondo, en presente y a futuro, y no quedarnos en la discusión estéril si la soja es o no un yuyo…

Esto me trae a la memoria aquella frase de Ortega y Gasset, que permanece sin perder vigencia, cuando decía: Argentinos...a los hechos.
Félix Fares

Abril 2008

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