Programa de formación de grado en gestión ambiental




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Deslinde

Como los países desarrollados llegaron a serlo

Los principales hechos históricos con respecto al proceso de desarrollo e industrialización de diversos países con anterioridad a 1920 son aceptados por todos los estudiosos del tema. La industrialización dio un impulso sin precedentes al comercio, al desarrollo tecnológico, a la división del trabajo y significó el cese de la producción en el seno de los hogares, que en su momento se llamó producción a domicilio. Se reemplazaron las formas artesanales por las fábricas como unidades básicas de producción y ellas, al comienzo con la industria textil, encontraron de inmediato un mercado interno conformado por los antiguos productores domésticos convertidos en asalariados quienes habitaban en las incipientes ciudades modernas de Europa Occidental. La industrialización revolucionó la economía mundial y constituyó la base sobre la cual los países desarrollados edificaron su poderío durante el Siglo XIX.

Esa fue la experiencia inicial de Inglaterra, cuna del capitalismo. País que una vez saturado su mercado interno de textiles abrió, recurriendo a la fuerza, mercados adicionales para sus productos, previa destrucción de la producción artesanal de textiles en su colonia, India.

El Estado jugó un papel vital en el desarrollo de la industria inglesa, incluyendo desde un principio la protección, visible en el hecho de que los textiles procedentes de los talleres semifeudales de Calcuta fueron fuertemente gravados para no permitir su entrada a Inglaterra. Entre 1721 y 1846 Inglaterra utilizó ampliamente la protección aduanera y la reducción de tarifas para los insumos destinados a las exportaciones.

Los países que siguieron a Inglaterra en el proceso de desarrollo capitalista tales como Alemania, Francia y Estados Unidos coincidieron en mantener fuertes políticas proteccionistas que significaron concentrar en su mercado la fuente principal de desarrollo industrial. Esto fue así a pesar de que, en especial en Estados Unidos, se ha cultivado una retórica que atribuye su éxito económico al libre mercado y a la supuesta ausencia del Estado en materia económica.

Desde el primer secretario del Tesoro de Estados Unidos, y futuro presidente, Alexander Hamilton quien afirmó que su país no podía competir con Inglaterra en términos de igualdad, y que debería poner en vigor medidas proteccionistas y favorables al desarrollo tecnológico, hasta el presente, el desarrollo industrial de Estados Unidos se ha caracterizado por la protección y el apoyo a la industria. El famoso economista alemán Fredrick List, considerado padre de la moderna teoría del proteccionismo, se basó ante todo en la experiencia norteamericana, la cual conoció en 1820. La posición norteamericana fue magistralmente profetizada por Ulisses Grant, héroe de la Guerra de Secesión y presidente norteamericano de 1868 a 1876, al afirmar: “Durante siglos Inglaterra se apoyó en la protección, la practicó hasta límites extremos, y logró resultados satisfactorios. Luego de dos siglos, consideró mejor adoptar el libre cambio, pues piensa que la protección ya no tiene futuro. Muy bien, señores, el conocimiento que yo tengo de nuestro país me lleva a pensar que, en 200 años, cuando Estados Unidos haya sacado de la protección todo lo que ella puede darle, también adoptará el libre cambio”.i

Actualmente las cuotas de importación, las leyes antidumping y la reciente protección a la industria del acero son muestra de ello.

Todavía hoy, en pleno auge del neoliberalismo, el mercado interno sigue siendo la principal base de crecimiento de los países más avanzados. La prueba de ello es que, por ejemplo, en Estados Unidos el comercio exterior apenas representa entre un 5 y un 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), en Japón, potencia exportadora, el 10 por ciento, en Francia y Gran Bretaña el 20 por ciento y en Alemania el 30 por ciento, con lo cual la inmensa mayoría de la producción y actividad económica de estos países se dirige hacia su mercado interno. Paradójicamente han sido precisamente los países más atrasados los que exportan la mayor parte de su PIB.

Del Japón casi no es necesario hablar porque su historial como país que se desarrolló con un celoso proteccionismo es un hecho sumamente conocido y jamás controvertido, ni siquiera por el más absurdo pensamiento neoliberal. Tampoco ha sido refutado el hecho de que en los periodos claves de la industrialización japonesa estaba prohibida la inversión extranjera y que el gobierno japonés, supremo artífice del desarrollo, diversificaba muy cuidadosamente las fuentes de endeudamiento, importación de tecnología e importación de mano de obra calificada para no depender de una sola fuente. Tampoco los patrones de consumo occidental se impusieron, de forma que “en 1920, es decir 50 años después del despegue industrial, en el Japón sólo el 3% del consumo estaba representado por bienes importados”.ii Entre 1868 y 1914 el Estado japonés creó nuevas empresas, muchas de las cuales operaban con pérdidas, invirtió directamente en varios sectores, importó y adaptó tecnologías a las condiciones locales y contribuyó con el 40% de toda la inversión durante ese período.iii

La experiencia de la Unión Soviética también es ampliamente conocida. Se desarrolló casi de manera aislada, con la máxima dirección estatal, control de precios, planes quinquenales y se convirtió en potencia mundial entre 1920 y 1950iv. Otro tanto ocurrió en China entre 1950 y 1978, la cual en pocos años pasó del semifeudalismo a conformar una nación medianamente industrializada que lleva 50 años creciendo a más del 5% anual y que, a pesar de su éxito exportador, tiene como la fuente más dinámica de su crecimiento su propio mercado interno.

En lo que respecta al desarrollo agrario, la historia es más evidente aun. No existe ninguna potencia exportadora de productos agrícolas que haya abierto totalmente su mercado o que haya renunciado a otorgar millonarios subsidios al agro, como lo demuestra palpablemente el enfrentamiento que han sostenido Estados Unidos y la Unión Europea durante los últimos diez años en el seno de la Organización Mundial del Comercio, OMC. Los países que tienen una alta productividad agrícola llegaron a esta situación por medio de un apoyo financiero del Estado y una protección de sus mercados, hasta el punto de considerar este tema asunto de seguridad nacional.

Los nuevos países industrializados protegieron su economía y fortalecieron el mercado interno

Una serie de países iniciaron el Siglo XX en condiciones coloniales, semicoloniales y de enorme atraso y dependencia económica. Algunos de ellos tuvieron en la segunda mitad del siglo avances espectaculares que permitieron llamarlos Nuevos Países Industrializados (NIC, por sus siglas en inglés). Varios de estos países han sido tomados como modelo de desarrollo para América Latina e incluso algunos en esta región, han gozado, en ciertos periodos, de momentos de relativa expansión industrial y desarrollo económico. Las lecciones de estas experiencias se han usado para ponderar las virtudes de la Inversión Extranjera Directa (IED) y de las exportaciones como motor del crecimiento o del desarrollo.

La mayor parte de la IED a nivel global se concentra en los países industrialmente avanzados. Por ejemplo, en 1991 de US $150 mil millones en IED más de dos terceras partes se invirtieron en los países avanzados y en 2002 de US $534 mil millones que representó la IED a nivel mundial, US $349 mil millones fueron a los países desarrollados.v La IED en países de la periferia ha sido minoritaria durante los últimos 100 años. Cuando ha ocurrido en volúmenes apreciables se ha debido a factores muy específicos, por ejemplo: la necesidad de una transnacional de penetrar un mercado protegido por políticas estatales, como fue el caso de la producción de automóviles en Brasil a partir de los cincuenta. O porque en los países avanzados se presentan obstáculos para incrementar las ganancias por medio de innovaciones tecnológicas en algún sector. O cuando hay oleadas de privatizaciones en el Tercer Mundo, como fue el caso de América Latina en los noventa. O cuando las crisis de los países del centro les obligan a buscar tasas de ganancia extraordinarias en el Tercer Mundo para compensar las pérdidas en sus mercados domésticos.vi

En esta situación encontramos IED desplazándose a varias regiones del Tercer Mundo, principalmente aquellas en las cuales además de mano de obra barata existen sistemas adecuados de comunicaciones, infraestructura apropiada, personal calificado, proximidad a mercados o fuentes abundantes de materias primas estratégicas, como es el caso del petróleo. Varios de estos elementos se encontraban disponibles en ciertos países asiáticos desde los años sesenta en adelante.

De la política de Sustitución de Importaciones puesta en práctica en América Latina durante varias décadas no es necesario en este momento detallar mucho. No hay duda que la idea detrás de esa política era la del desarrollo en base al mercado interno o a mercados subregionales. Muchas multinacionales aprovecharon esta situación para instalar plantas y apoderarse de esos mercados relativamente protegidos, pero a pesar de sus limitaciones y comparada con la política actual, hubo mayor crecimiento económico.

La llamada “estrechez” del mercado interno en América Latina ha sido la punta de lanza de los neoliberales para declarar la inutilidad de dicho modelo. El meollo de la discusión puede reducirse a esto: toda la historia del desarrollo económico se hizo en base a la utilización de un mercado interno protegido. Los neoliberales insisten que hay una experiencia, una excepción, la de algunos países de Asia que es distinta, basándose en la producción para la exportación, y que éste es el modelo a copiar en América Latina. Por tanto, es preciso examinar la realidad histórica del desarrollo de los famosos Dragones Asiáticos.

Tres mitos sobre los Dragones

Los llamados Dragones fueron Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur. Sobre ellos existen unos mitos, propalados a veces por ignorancia y a menudo deliberadamente. Esos mitos son los siguientes: que el éxito económico, industrial y exportador de esos países se debió a una total apertura al comercio internacional, a la ausencia o mínima presencia del Estado, y a la contribución decisiva de una abundante inversión extranjera directa. Estos mitos contradicen la realidad.

Antes que nada es necesario precisar importantes diferencias entre estos países: Hong Kong y Singapur no son precisamente países, sino una forma de ciudades-Estado que carecen casi absolutamente de agricultura, abarcando cada uno apenas mil kilómetros cuadrados de superficie, por lo cual puede resultar peligroso hacer generalizaciones para América Latina basadas en tan excepcionales circunstancias. Los otros dos, Corea del Sur y Taiwán, se asemejan más a los países de América Latina. En 1976, durante el apogeo de su auge industrial y exportador, la proporción del producto bruto generado en su sector agrícola era superior al de México y Brasil: mientras que en Corea representaba 27% y en Taiwán 12%, en Brasil apenas era 8% y en México 10%. Situación explicable, ya que en los años anteriores los “dragones” habían vivido profundas revoluciones agrarias, cuando Japón –que sufría escasez de productos agrícolas– promovió altas tasas de crecimiento en esos países, bajo su dominio colonial. Después de 1945 en ellos se realizaron reformas agrarias que, por ejemplo, prohibían poseer más de 3 hectáreas y en las cuales el Estado tenía el monopolio de compra del arroz y de venta de los abonos para el agro, extrayendo los gobiernos importantes ganancias de estas operaciones y aplicándolas al desarrollo industrial.

Corea del Sur y Taiwán son países relativamente pequeños, Corea 90.000 km. cuadrados y Taiwán 36.000, con una población de 36 y 16 millones de habitantes respectivamente en 1976. Pero, por ejemplo, en 1940 Corea ya tenía 500.000 trabajadores en el sector industrial y cerca de 6.000 ingenieros.

En los años sesenta y setenta todos estos países mostraron un alto crecimiento de su producto bruto, la producción industrial y las exportaciones. En el caso de Corea el producto del sector industrial subió del 5% del producto nacional en 1954 hasta el 32% en 1978. Se puso en marcha una estrategia de industrialización para la exportación, la cual dependió en gran medida de un contenido elevado de importaciones. Se importaban bienes intermedios y de capital, y se exportaban bienes de consumo, pero en todo caso eran exportaciones de alto valor agregado. Por eso hay que tomar notar que en el caso de Corea durante las dos décadas (60 y 70) se presentó una balanza comercial sistemáticamente deficitaria. Esto se ha ocultado en parte por el hecho de que Corea mantenía un superávit con Estados Unidos, no así con Japón y con Europa.

Pero lo más notable era el papel de la demanda interna en el proceso de industrialización. En el caso coreano, entre 1960 y 1973 la expansión de la demanda interna contribuyó con un 73% al crecimiento global del sector industrial.vii

Un segundo hecho notable es que en Taiwán y Corea al principio del proceso de industrialización la distribución del ingreso distaba mucho del que caracteriza a los países de América Latina. Diversos índices de desigualdad destacan el hecho; por ejemplo en Brasil en 1976, el 1% de la población concentraba el 50% de la riqueza. Por el contrario, la desigualdad económica en Corea era similar a la que prevalecía en países avanzados, y en el caso de Taiwán su distribución del ingreso era menos desequilibrada que la de Estados Unidos. En términos prácticos esto significó que desde un principio en esos países existió una sustancial “clase media”, reforzada por los emigrantes de China Popular y Corea del Norte después de sus revoluciones, o sea existía un mercado interno no tan “estrecho” como el de países de América Latina.viii. Esta situación de una clase media con poder adquisitivo no se puede separar del hecho de que ambos países enfrentaban a poca distancia los sistemas socialistas de Corea del Norte y de China, y temían permanentemente el “peligro” que una agudización de la desigualdad social pudiera representar para sus sistemas capitalistas.

Un tercer hecho fue que la inversión extranjera no tuvo el papel tan importante que se le suele atribuir, sólo que su incidencia en el sector electrónico ha sido muy difundida. Como anotó el economista Fernando Fanjzylber: “La gravitación de la presencia de firmas extranjeras en este sector [electrónica] constituye un caso atípico en la estructura industrial de Corea. En efecto, mientras que se estima que en el conjunto de la industria manufacturera las empresas extranjeras contribuirían con el 15% total de las exportaciones, en el caso del sector electrónico se estima que representan (...) un 72% de las exportaciones”.ix

En Corea y Taiwán lo que se puso en marcha fue una política muy detallada de sustitución de importaciones, con un cuidadoso proteccionismo que utilizaba métodos arancelarios y no arancelarios, y que identificaban no solamente sectores sino incluso empresas individuales para promoverlos por medio de una comunicación permanente entre gobierno y empresas.

Tanto en Corea como en Taiwán, ambas antiguas colonias del Japón, se puso en marcha la actividad de un Estado proteccionista de la más rancia tradición japonesa, el país que más plenamente ha utilizado el Estado y la protección comercial para desarrollar sus industrias.

A este respecto, en el caso de Corea existió un hecho de bulto durante ese período: la protección marcó un sesgo favorable a la agricultura, fenómeno que no ocurrió en América Latina. En 1968 el nivel de protección nominal para el sector agrícola coreano era del 17% y para el sector manufacturero 12%. Para 1978 la protección en el sector agrícola se había elevado al 55%, mientras que para el sector manufacturero era 10%. Este es otro reflejo del método “japonés” de utilizar lo que antes se llamaba el criterio de “autosuficiencia alimentaria” en los rubros básicos de consumo interno, y que ahora llamamos “soberanía alimentaria”.

La experiencia de Taiwán es similar a la de Corea en cuanto al papel activo del Estado, un sistema de protección y el desarrollo de un mercado interno. Las diferencias, de grado, son la siguientes: en Corea hubo una menor relevancia de grupos privados nacionales, los cuales fueron reemplazados en esa isla por una combinación de empresas públicas y una proliferación de pequeños y medianos productores. Alice Amsden, estudiosa del proceso de industrialización en Taiwán, afirma lo siguiente: “A nuestro juicio, tanto en el pasado como en el presente, el Estado en Taiwán ha sido un agente clave en el proceso de acumulación de capital, no porque se haya mantenido al margen del proceso, sino porque lo ha controlado en muy extensa medida. El estatismo, la ley y el orden, así como muchas otras cosas, tienen su origen en la ocupación japonesa de Taiwán. La economía impuesta en Taiwán por los japoneses (1895-1945) tuvo éxito gracias a la planificación y a la propiedad gubernamental de los principales recursos productivos, en sociedad con los capitalistas privados japoneses”.x

Durante el período en cuestión también es notorio que la importancia relativa de las empresas nacionales en la producción industrial de Corea y Taiwán era notablemente superior a lo que existía en los países más industrializados de América Latina.

A raíz de la crisis de 1997, que hizo entrar en quiebra a varios dragones, se pusieron de relieve muchos de los “secretos” del éxito coreano y la solución que el Fondo Monetario Internacional dio a la crisis implicó la liberación del sector financiero y ampliar las facilidades para que las empresas coreanas se endeudaran en el extranjero, hasta el punto que la reforma “desafiaba toda la base del éxito de la economía coreana desde 1960”.xi

En su libro www.neoliberalismo.com.co, Jorge Enrique Robledo analiza la extensa investigación de Alice Amsden y muestra como en un ambiente de altísima explotación de la mano de obra y con un tratamiento especial otorgado por Estados Unidos en virtud de la Guerra Fría, el Estado coreano desde los cincuenta utilizó el control sobre la banca y las divisas, el control de precios y el fortalecimiento del mercado interno para promover –por medio de aranceles altos, créditos bajos y una fuerte intervención estatal– una industrialización que, sin mayores “ventajas comparativas”, situó a ese país en un terreno altamente competitivo en áreas tan importantes como la producción de automóviles, acero, productos químicos, electrónica y fabricación de buques.

Participación de empresas extranjeras en la exportación de manufacturas en algunos países

País

% participación de empresas extranjeras

Año

Taiwán

20 (aproximación)

1971

Corea

15 (aproximación)

1971

Brasil

43

1969

Argentina

30

1969

Colombia

30

1970

México

30

1970

Fuente: Deepak Nayyer, “Transnational Corporations and Manufactured

Exports form Poor Countries”, en Economic Journal, marzo 1978,

vol. 88, p 62. Tomado de Fernando Fanjzylber, La industrialización

trunca de América Latina, México: Editorial Nueva Imagen, 1983, p. 106.

La experiencia de estos países asiáticos revela otro hecho importante. Por una parte, si bien existieron grandes flujos de capital extranjero, este capital, a diferencia de América Latina, no fue capital extranjero directo, sino préstamos canalizados a través de un sector público comprometido en promover el desarrollo industrial.

Entre 1961 y 1986, en Brasil el 86% y en México el 87% del flujo de capital extranjero fue capital privado, con algo más del 25% de inversión extranjera directa, con 14% y 13% respectivamente de capital canalizado por el sector público. Mientras que en Taiwán y Corea el capital extranjero que fluía a través del Estado alcanzaba el 36% del total. La inversión extranjera directa se limitó al 7% en Corea y al 19% en Taiwán.xii

Otro dato significativo es que en Corea y Taiwán fueron dos las fuentes de inversión extranjera a través del sector público: Estados Unidos y Japón. En Corea la proporción del capital nipón fue del 44% y el de EEUU 30%; en Taiwán el capital japonés 39% y el estadounidense 51%. Esta situación le permitió a ambos países un margen de negociación del que careció América Latina, dominada por completo por Estados Unidos.

Factores geopolíticos de los Dragones

Este conjunto de países desempeñó un importante papel durante la llamada Guerra Fría; además de bases militares, todos recibieron importantes refuerzos económicos de las potencias. En particular, Taiwán fue recipiente de una enorme cantidad de ayuda económica norteamericana, así como de un trato especial para su exportación de textiles a Estados Unidos. Por su parte, Corea recibió pingues ganancias en virtud de los gastos de las fuerzas norteamericanas que ocupaban su territorio, y como fuente de abastecimiento durante la guerra de Vietnam.

Entre 1946 y 1978, ingresaron a Corea casi $6 mil millones de dólares de ayuda estadounidense, mientras que toda el África recibió 7 mil millones, y toda América Latina 14 mil millones. Entre 1955 y 1978, o sea después de la Guerra de Corea, la ayuda militar al país asiático alcanzó los 9 mil millones de dólares, suma superior a los 3 mil millones recibidos por toda América Latina y Áfricaxiii. Esto le permitió a Corea una enorme ventaja en el manejo de sus importaciones. Casi el 80% del valor de sus importaciones en este período se sufragaron con la ayuda recibida de Estados Unidos.

Entre 1965 y 1970 el Estado coreano controló todo el sistema bancario y subsidió dos terceras partes de los créditos dirigidos a la exportación, reduciendo también en 50% los impuestos a los exportadores.

Con respecto a Hong Kong, Taiwán y Corea, Estados Unidos utilizó varios tipos de tratamiento excepcional para permitir la exportación sin aranceles, o sin cuotas, de productos textiles, calzado, etc. originarios de esos países. El transhipment, o sea la exportación a través de terceros países, se convirtió en práctica común. De esta forma, grandes cantidades de mercaderías se enviaban a Sri Lanka, Indonesia u otros puertos libres, para luego re-embarcarlas a Estados Unidos.

Todo esto cambió. Con la apertura de relaciones entre China y Estados Unidos comenzó a disminuir el apoyo económico y militar a Taiwán, y con la desaparición de la Unión Soviética y el auge del neoliberalismo como doctrina económica ni Taiwán ni Corea pudieron seguir contando con la “condescendencia” norteamericana. Lo que entonces sucedió fue que las élites económicas y políticas de Corea y Taiwán, al no poder contar enteramente con Estados Unidos, decidieron lanzarse a fondo y desarrollar sus propias industrias pesadas y bélicas, lo que conllevó el desarrollo de tecnologías avanzadas: acero, productos químicos, astilleros y motores. El crecimiento de este tipo de producción se benefició de una política de protección estatal y de estímulo a las exportaciones.

En muchos casos las exportaciones de manufacturas coreanas y taiwanesas se hacían con pérdidas, las cuales se resarcían con las ventas en el protegido mercado interno. Este desarrollo sólo fue posible gracias a su previo desarrollo industrial y al continuo crecimiento y disponibilidad de su mercado interno. Sin embargo, los déficit comerciales, aumentados por los incrementos en los precios de combustibles en la década de los setenta, conllevaron el crecimiento de su deuda externa y su secuela: las reestructuraciones impuestas por el FMI y el Banco Mundial, que comenzaron a debilitar el régimen proteccionista, socavar el papel preponderante del Estado como actor económico y finalmente condujeron a la crisis de 1997.

La situación de Corea y Taiwán empeoró en la medida en que entraron en vigor las políticas aperturistas y librecambistas en los años noventa, culminando en la debacle de los últimos años, cuando se precipitó la crisis y se desmoronaron los “milagros” ante el embiste de la liberalización y la competencia de los grandes monopolios internacionales, terminando con la bancarrota de numerosas empresas, el desempleo creciente, la agudización de la desigualdad social y la liquidación y compra de empresas nacionales por los grandes pulpos multinacionales. De esta forma, en el curso de pocos meses la crisis de 1997 demostró que lo que determinó su caída fue precisamente la vulnerabilidad a que se vieron sometidas estas economías como producto de la liberalización de los 90.

En suma, la industrialización en estos países se caracterizó por el papel de las industrias nacionales en la exportación, el crecimiento del mercado interno permitido por la existencia de una fuerte clase media, la protección de la industria, un ambiente “favorable” a comprar sus productos por parte de Estados Unidos, una ayuda militar y económica de Washington debido a la Guerra Fría, la presencia de un Estado activo y dirigente en materia económica, y un papel limitado de la inversión extranjera directa. En el milagro de los Dragones tampoco ocuparon un papel secundario las duras condiciones dictatoriales impuestas durante décadas, el sometimiento y eliminación de los sindicatos, la prohibición de las huelgas, y la existencia de una clase obrera disciplinada que se “entrenó” en los campos de concentración japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Su ruina comenzó cuando cambiaron las políticas nacionales e internacionales, y cuando la apertura y el neoliberalismo se plantearon como el modelo económico a seguir.

¿Se puede condicionar la inversión extranjera?

Las teorías neoliberales hacen una apología de los beneficios de la inversión extranjera en el proceso de desarrollo y llaman a eliminar los condicionamientos que los países hacen a la misma, hasta el punto que identifican el aumento en esta clase inversión con el desarrollo económico. La experiencia internacional no permite demostrar este acerto. Un estudio de Ha-Joon Chang, Director Asistente de Estudios para el Desarrollo de la Universidad de Cambridge, y de Duncan Green, analista de CAFOD, agencia oficial de la Iglesia Católica en Inglaterra y Gales, analiza el tema de la inversión extranjera en varios países del mundo en momentos en los cuales estos países fueron activos receptores de inversión extranjera.xiv

En el caso de Estados Unidos, el principal receptor de inversión extranjera durante el siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial, fue proverbial la exigencia que el capital extranjero fuera administrado por estadounidenses, los inversionistas extranjeros en los principales bancos no tenían derecho al voto y hasta el liberal Andrew Jackson, presidente entre 1929 y 1937, señalaba: “Si debemos tener un banco ... éste deberá ser puramente estadounidense”.xv

Con este espíritu se adoptaron diversas medidas para controlar la inversión extranjera, tales como un impuesto de tonelaje diferencial para barcos nacionales y extranjeros, el monopolio de la navegación para barcos estadounidenses en el comercio costero, y el control y hasta prohibición de inversión extranjera en la compra de tierras, minería y tala de bosques. La industria nacional se protegió con los mayores aranceles mundiales. Estas políticas, que en los diferentes Estados a veces fue aún más radical, no impidió la afluencia de capitales externos pero la supeditó a las metas de desarrollo nacional, de forma tal que hasta 1920 la economía norteamericana fue la que creció más rápido.

Países desarrollados como Francia, el Reino Unido y Alemania sólo fueron receptores importantes de inversión extranjera después de la Segunda Guerra Mundial, pero –aún siendo fuertes economías industrializadas– utilizaron diversos mecanismos de control y canalización de la inversión extranjera para asegurarse que no se afectaran sus intereses nacionales. Tales mecanismos incluyeron la prohibición de esta clase de inversión en sectores sensibles como la defensa y la cultura, el fortalecimiento de sus empresas estatales y la exigencia formal o informal de diversos requisitos de desempeño como la utilización de insumos locales.

Un caso muy interesante en este análisis del papel de la inversión extranjera es Finlandia, ya que en el mundo capitalista fue el país, a excepción de Japón, cuyo producto interno per cápita creció más en el periodo 1900-1987. Este crecimiento se dio en medio de la más drástica restricción a la inversión extranjera, la cual incluyó la prohibición de capital extranjero en ramas como minería, banca y ferrocarriles. Se prohibió la compra de tierras por extranjeros y se exigió a los inversionistas foráneos pagar impuestos por adelantado, prohibiendo hasta 1980 que extranjeros tuvieran más del 20% de cualquier empresa, prologándose esta situación por lo menos hasta 1993.

El “milagro” japonés no fue fruto precisamente de la inversión extranjera. Hasta 1963 este país restringió la inversión extranjera al 49% de la propiedad de las empresas, prohibiéndola en las que consideró de importancia estratégica. Posteriormente a ese año, permitió un mayor porcentaje pero bajo un escrutinio cuidadoso. En 1967 se permitió un máximo de 50% en 33 ramas de la industria pero siempre y cuando hubiera un sólido control japonés y en aquellos sectores en los cuales ya había industrias nacionales solidamente establecidas. Exigían que las industrias en las cuales se permitió 100% de propiedad extranjera fueran ramas en las cuales estuviera muy solidamente asentado el capital nacional y no se permitía la compra de empresas ya establecidas. Todas estas políticas hicieron que en occidente Japón fuera el país menos dependiente de la inversión extranjera.

En el caso de Corea y Taiwán –detallado atrás– solamente cabría resaltar que la inversión extranjera fue aceptada siempre y cuando permitiera la creación de empleo, el desarrollo industrial, contribuyera a la balanza de pagos y el empleo, e hiciera transferencia de tecnología. Por lo cual cada inversión extranjera era examinada cuidadosamente para que cumpliera estos requisitos.

En síntesis, la inversión extranjera puede contribuir al desarrollo de un país siempre y cuando se subordine a las metas nacionales de desarrollo y contribuya efectivamente al progreso tecnológico, exportador y social. Todos los países que usaron la inversión extranjera en su proceso de crecimiento lo hicieron de manera selectiva, progresiva, protegiendo la industrialización propia y asegurándose que contribuyera a las metas nacionales de desarrollo.

América Latina: lecciones no aprendidas

Según lo reseñado, el “desarrollo” económico de los países en los últimos dos siglos ha estado ligado a un papel activo del Estado, una protección del mercado interno, una política de industrialización y un apoyo al sector agropecuario. Aun así, este “desarrollo” es cuestionable como modelo social. La inequidad, el deterioro ambiental, las tremendas desigualdades en la distribución del ingreso, la pobreza, el desempleo, la enfermedad, la corrupción y muchos otros males campean en este mundo “desarrollado”. Sin embargo, en aras de facilitar la discusión, se logró una industrialización, capacidad de producción agraría y desarrollo tecnológico, pero privando de tales ventajas a los millones de habitantes del planeta a quienes hoy se quiere imponer el “libre comercio” como solución a sus problemas.

En los últimos 14 años América Latina ha aplicado una senda que ni siquiera la aproxima a la situación a la cual llegaron esos países, condenándola por el contrario a un proceso de recolonización que representa una tremenda involución histórica y social.

Sería largo detallar los miles de errores y concepciones equivocadas adoptadas por los gobiernos neoliberales autóctonos, pero aun es peor analizar las propuestas que dentro de los esquemas del “libre comercio” se quieren promover.

A partir de la década del 90 en América Latina se aplicaron plenamente las reformas neoliberales. En algunos casos como Chile y Argentina, se iniciaron bastante antes con las dictaduras militares. Ya han pasado largos años y es posible hacer un balance sobre el supuesto beneficio de la inversión extranjera, del endeudamiento externo, de la política exportadora y del cierre del mercado interno.

1. Auge de la inversión sin crecimiento económico

Según los apóstoles de los tratados de libre comercio, una de sus virtudes sería aumentar los flujos de IED, lo cual traería como consecuencia un aumento del crecimiento, el PIB, el PIB per cápita y las exportaciones y, por ende, el desarrollo económico.

En estos años la región vivió un auge de la IED, pasando de 18.308 millones de dólares como promedio anual entre 1990 y 1994, a un tope de 108.030 millones en 1999, y a 56.190 millones en 2002. Esto significa que en los cinco años comprendidos entre 1994 y 1999 se multiplicó por cinco, casi triplicándose entre 1994 y 2002. (Los datos de este apartado fueron tomados de CEPAL: La inversión extranjera en América Latina, 2002, y Balance económico de América Latina, 2002-2003.)

El resultado fue contundente: entre 1995 y 2002 el PIB regional apenas creció un promedio de 2,03% anual y el PIB per cápita creció 0,43% en promedio anual en el mismo periodo. A su vez, el desempleo urbano abierto llegó a 8,9%, completándose diez años en los cuales no hubo ninguna disminución del desempleo y la deuda externa –que en 1994 representaba 35,4%– en 2002 pasó a representar 43,3% del PIB. De esta manera, el enorme incremento de la inversión extranjera no contribuyó al crecimiento económico, violando todas las enseñanzas de la historia universal en esta materia, ya que se aceptó una inversión depredatoria que se apoderó de empresas ya establecidas, no aumentó la capacidad tecnológica local y no generó empleo.

En la Comunidad Andina la IED se concentró en buscar recursos naturales, especialmente petróleo. La CEPAL (entidad reconocida como asesora de las negociaciones del ALCA) resume la experiencia de la Comunidad Andina señalando: “A pesar del ingreso relativamente voluminoso de IED, la competitividad internacional de los países andinos se ha deteriorado; (...) la IED en servicios no ha producido exportaciones significativas. La participación global en el mercado mundial de las exportaciones de la Comunidad Andina bajó de 1,3% a 0,9% entre 1985 y 2000”. Y para desmentir a quienes afirman que la inversión extranjera promueve la exportación de manufacturas, la misma entidad reconoce que “la participación de la Comunidad Andina en la parte más dinámica del comercio internacional –manufacturas no basadas en recursos naturales– apenas se movió, pasando de 0,14% a 0,18%”.

Una parte muy importante de la inversión se dirigió al sector financiero, pasando de controlar el 10% de los activos totales del sector en 1990 al 50% en 2001. Esto se hizo argumentando que se modernizaría el sector y aumentaría la disponibilidad de crédito. El sector financiero estatal se privatizó y desnacionalizó, trayendo como resultado –según la CEPAL– que “esta mayor eficiencia y la mayor presencia de los bancos extranjeros no se han traducido en una reducción del costo de los servicios financieros. Lo que es incluso peor, la presencia de los bancos extranjeros no ha contribuido a aumentar la disponibilidad del crédito o la estabilidad de estos sistemas financieros nacionales”.

2. Las exportaciones no resuelven el crecimiento

América Latina ha presentado reiterados déficit en su balanza comercial con Estados Unidos. Estos déficit en las transacciones de bienes, servicios y capitales se expresaron en uno general en la balanza de cuenta corriente, así:

Año

Déficit balanza

cuenta corriente

(Millones US$)

2000

45.344

2001

51.223

2002

13.445

El aumentó en la inversión extranjera apenas significó el apoderamiento foráneo de activos existentes, sin generar empleos nuevos. También aumentaron las importaciones, teniendo que acudir al endeudamiento para financiar los déficit. Ello explica que la deuda externa total latinoamericana pasara de 570.823 millones de dólares en 1994 a 726.988 millones en 2001.

Esto coincidió con una casi duplicación de las exportaciones, las cuales pasaron de 188,5 mil millones de dólares en 1994 a 346,4 mil millones de dólares en 2002. Entonces el balance es contundente: pobre desempeño económico visible en un crecimiento lánguido del PIB, un crecimiento prácticamente nulo del PIB per cápita y, por el contrario, un aumento enorme del desempleo y del endeudamiento. Empero, la duplicación de las exportaciones y la multiplicación de la IED no evitaron los males que prometieron curar.

Las virtudes del anterior modelo de sustitución de exportaciones con frecuencia han sido sobreestimadas: aunque hubo un crecimiento mayor que el actual y una relativa industrialización, el hecho es que estuvo ligado a un gigantesco endeudamiento externo que desembocó en la crisis de la deuda en los ochenta, la llamada década perdida. Las medicinas aplicadas con el esquema neoliberal de apertura resultaron peor que la enfermedad, conduciendo no sólo a la desnacionalización de la economía sino a un nuevo crecimiento de la deuda pública externa e interna. En los ochenta se disparó la deuda y con ello la crisis; para “resolver” este problema, en los noventa se abrieron las importaciones y se vendieron los activos estatales, mientras la deuda siguió aumentando. El hecho de que en ambos períodos el endeudamiento se agravara permite apreciar que estas economías son rehenes de las entidades de crédito, determinando ellas las políticas económicas prevalecientes.

Para América Latina el resultado de la liberalización fue el ingreso masivo de capitales extranjeros, la multiplicación de las exportaciones y –al mismo tiempo– el aumento en la pobreza y el deterioro en la distribución del ingreso, la desindustrialización y el endeudamiento. En consecuencia, podemos afirmar que se ha actuado en contravía de la experiencia histórica y caminamos hacia el precipicio.

Diversos organismos multilaterales han comenzado a cuestionar las bondades del modelo que se ha impuesto en América Latina. Un ejemplo es el reciente informe de la UNCTAD, en el cual se habla de la desindustrialización prematura de América Latina, de los esfuerzos frustrados por crear sectores de tecnología avanzada, de la competencia basada en salarios bajos y de como “la rápida apertura a la competencia internacional y la IED han desplazado la producción, desde los sectores que tenían más oportunidad de aumentar su productividad y su progreso técnico, como las industrias de maquinaria y equipo, hacia los sectores de extracción o elaboración de recursos naturales”.xvi

Cuando la mayor parte de los gobiernos latinoamericanos están presos de unos esquemas neoliberales que han demostrado su fracaso, los organismos multilaterales como el Banco Mundial están replanteando su política de privatizaciones y, en medio de discrepancias internas, no asumen la responsabilidad de la hecatombe que desataron.

Conclusiones

Todos los países que han logrado un grado apreciable de desarrollo lo han hecho basándose en su mercado interno y protegiendo su estructura industrial y agraria, siendo sus exportaciones efecto y no causa de su progreso. Es evidente que ningún país serio ha renunciado a utilizar al Estado como poderosa palanca para el desarrollo económico y que los receptores exitosos de inversión extranjera siempre han adoptado diversas medidas para impedir su papel depredador que, como en el caso de América Latina, se concentró en la compra de empresas públicas, inversiones en el sector financiero y extracción de recursos naturales. Asimismo, la inversión extranjera no generó empleos nuevos, más bien eliminando muchos de los existentes.

Las falacias que acompañan defender la suscripción de tratados de libre comercio no tienen sustento empírico ni histórico. A lo único que conduce renunciar a tener un proyecto soberano de desarrollo, dejándolo al vaivén de las fuerzas del mercado, es a profundizar la dependencia y el subdesarrollo. El ALCA o el tratado bilateral con Estados Unidos no son más que la imposición de unos parámetros económicos no aplicados por ninguno de los países que hoy muestran un cierto progreso económico.

IV. CUARTO TEMA
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