Política, democracia y crisis




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Hipótesis interpretativa sobre la política

Antes de terminar el plan de trabajo, debemos hacer conocer nuestras interpretaciones sobre la política, respondiendo a la pregunta inicial: ¿Qué es la política?

A propósito quisiéramos colocarnos en el momento de ruptura epistemológica, que suponemos que se da con los escritos de Maquiavelo, principalmente El príncipe y Los Discorsi. ¿Por qué ruptura epistemológica? Porque hay un cambio de problemática y de comprensión del problema, un horizonte de visibilidad y de decibilidad distinto. Partimos del estudio de Claude Lefort, quien nos dice, en su monumental obra sobre Maquiavelo, que el escritor florentino se coloca en un punto de desplazamiento, de quiebre, de inflexión, entre dos grandes comprensiones de lo político, la tradicional, que se debe a los clásicos griegos, y la moderna, la que se va construir precisamente a partir del desplazamiento teórico que produce Mauiqvelo5. Con este apego o punto de partida, nos separamos de la interpretación de Michel Foucault, quien considera a Maquiavelo todavía un escritor atrapado en las concepciones tradicionales de la política, profusas en su época, que Maquiavelo no puede considerarse un teórico del Estado, como son los autores que van a trabajar la razón de Estado. Creemos que esta interpretación, esta lectura, fuertemente vinculada a las teorías del poder que el propio Foucault desarrolla, se concentra mucho en los diagramas de poder que encuentra, de alguna manera correspondientes a las grandes teorías sobre el Estado y la gubernamentalidad, la monarquía patrimonial, la monarquía absoluta, obsesionadas por la territorialidad; la República, preocupada por la seguridad; y el bio-poder, que se corresponde con las teorías neoliberales, que tiene como referente a la población, las políticas de población6. Ciertamente si evaluamos desde la perspectiva de la genealogía del Estado y de las formas de gubernamentalidad, es complicado situar a Maquiavelo como teórico del Estado. Pero, si entendemos que los ámbitos de lo político abarcan mucho más que la cuestión estatal y la cuestión gubernamental, que llevan más allá las propias relaciones de poder, que le dan precisamente una plasticidad y flexibilidad asombrosa, podemos comprender bien que lo que se produce en Maquiavelo es precisamente una ruptura con las concepciones filosóficas, morales y éticas sobre la política, que formaban parte de una tradición, alimentada durante lo que se llama el medioevo. Que es precisamente esta concepción nueva, moderna de la política, la que va liberar una reflexión y análisis más propio sobre el Estado. Entonces vemos meridianamente la razón por la que el escritor florentino causa un torbellino de pasiones durante siete siglos. Nuestro punto de partida se resume a lo siguiente: Maquiavelo inaugura la comprensión moderna de la política.

¿En qué consiste esta comprensión moderna de la política? La política ya no puede ser deducida de la justicia, tampoco de la ética y de la moral. La política no está vinculada al bien común. Si bien la política no se reduce a un juego de fuerzas, la correlación de fuerzas termina siendo una condición de posibilidad del desenlace político. La política no se reduce al juego de fuerzas porque también juega un papel importante la astucia; es decir, un cierto saber, un cierto conocimiento, de la gente, de los entornos, de las armas, del territorio, de los pueblos, de la relación con los otros estados. De lo que se trata es de comprender los métodos y procedimientos desplegados por los que tienen el mando, pero también de comprender las coyunturas de su utilidad y alcance. No hay recetas, sino complejidades, también singularidades, que terminan incidiendo de una determinada manera sobre las fuerzas, pero también sobre el territorio y sobre todo el pueblo. De lo que se trata es de contar con la experiencia de la política y elevarla a comprensión práctica para la acción. En este sentido El príncipe es un manifiesto político, según la interpretación de Luis Althusser7. Empero, los escritos de Maquivelo no pueden reducirse sólo al valor candente de un manifiesto, pues comprenden varias dimensiones, varios tejidos entrelazados. No se renuncia a la interpretación teórica; al contrario se busca comprender las situaciones concretas donde las articulaciones de la acción derivan en desenlaces de alcance, como por ejemplo la conservación del poder. Althusser decía que Maquiavelo, antes que Antonio Gramsci, es un pensador de la relación concomitante entre coerción y hegemonía, de su combinación dialéctica. Pues vemos en los últimos capítulos de El príncipe una evidente preocupación de Maquiavelo de la relación entre el príncipe y el pueblo, apostando por la legitimidad del nuevo príncipe, no sólo sobre las armas y las fuerzas, sino sobre una composición potenciada del pueblo con las armas, convirtiéndose en la más importante de las fuerzas de defensa. Entonces la política no se reduce a las fuerzas, sino que define un campo de acciones y de saberes, de prácticas y de conocimientos, íntimamente vinculadas a la participación del pueblo, a su relación con el príncipe en la fundación del Estado. Lo que hoy podríamos decir lucha de clases.

Desde esta perspectiva la política no es la teoría del Estado sino la lucha que funda el Estado, es la acción que compromete la expresión de la voluntad popular y pueblo en acción. Algunos intérpretes de Maquiavelo han encontrado en esta vinculación el llamado a la nación, sobre todo cuando Maquiavelo llama a luchar contra los “barbaros” extranjeros que dominan y subyugan Italia. La nación aparece como el reconocimiento dramático del nosotros frente al invasor. La política entonces es asumida como espacio-tiempo de acciones y prácticas que ponen en juego saberes y conocimientos en la perspectiva de una fundación. Antonio Gramsci interpretaba esta característica de los escritos del escritor florentino convirtiéndolo en un teórico de la praxis. No vamos a discutir esta interpretación como de un marxismo antelado de Maquiavelo, sin embargo, queda claro que el escritor florentino elabora una teoría práctica de la política en tanto teoría de la acción. Esta característica no deja de ser ilustrativa de uno de los rasgos sobresalientes del escritor florentino, entre múltiples rasgos develados por sus intérpretes. Esto nos lleva comprender que estamos ante una textura literaria de varias capas entrelazadas, nos lleva ante un autor que tiene múltiples propósitos en sus escritos principales, propósitos que vienen dados desde la minuciosa detallada critica que realiza frente a los prejuicios de su tiempo sobre el poder y la política. Por lo tanto asume una posición crítica a las concepciones, ideologías y teorías en boga. El procedimiento de esta crítica puede ser sumamente sinuoso por los contradictorios ejemplos que utiliza a lo largo de los primeros capítulos de El príncipe. Según Claude Lefort es el método que emplea para mostrar lo insostenible de las creencias y prejuicios de su tiempo sobre el poder, para descartar tesis asumidas en su tiempo, incluso comportamientos cristalizados, casi reiterativos en los gobernantes. Se trata de un método pedagógico que ha confundido a muchas generaciones de intérpretes, analistas y detractores. El asombro de los siglos de interpretaciones de los escritos en cuestión se evidencia en las dicotómicas caracterizaciones del escritor florentino por parte de generaciones de intérpretes; se ha calificado a Maquiavelo de todo, desde la encarnación del demonio hasta de continuador de la corriente filosófica cínica. Esta interpretación exacerbada y apresurada ha sido la que ha derivado en esa reducción pragmática y utilitarista de que la política se restringe lograr el fin por cualquier medio posible. El fin justifica los medios. Tesis que ciertamente no se encuentra en el escrito florentino sino en esa corriente detractora, reduccionista y utilitarista del maquiavelismo, que puede entenderse como un uso perverso de la fama y no de los escritos de Maquiavelo. A propósito de este equívoco, hay que decirlo de una buena vez, el maquiavelismo no pertenece a la órbita de Maquiavelo.

Hablando del tejido de los escritos de Maquiavelo, de las capas entrelazadas, podemos encontrar en una lectura deconstructiva varias dimensiones posibles. Haciendo una recapitulación, podemos decir que entonces hay una dimensión pedagógica en los escritos; es esta sedimentación la que sostiene el desplazamiento, la ruptura, con el horizonte de comprensión tradicional. Hay una dimensión descriptiva de todo lo que hace a la política; no solamente los métodos, los instrumentos, los procedimientos empleados, sino los contextos, los escenarios, los entornos involucrados, los problemas que se enfrenta, las formas cómo se logra el poder, las formas de conservarlo, las formas de perderlo. También los tipos de principado, los tipos de Estado; los que se fundan en la violencia, los que se fundan en la ley, los que se fundan en la fe, los que se apoyan en el pueblo, los que se apoyan en las armas. Los perfiles individuales de los príncipes, inclinados a la virtu o a la fortuna. La flexibilidad o dureza de adecuación de los príncipes a las nuevas circunstancias. Las remembranzas históricas, las innovaciones. También las relaciones con los estados extranjeros, las relaciones con los mercenarios, con los Condonttieri, la relación con el pueblo armado. Cómo se puede ver el ámbito de la política no se reduce a un plano, el que se pueda escoger o privilegiar según la perspectiva, sino que la política comprende una pluralidad de planos condicionantes en el momento de la acción.

Hay una dimensión teórica de la política, cuando Maquiavelo lanza sus propias interpretaciones y tesis sobre la política, como comprensión práctica de las relaciones de poder, de dominación, pero también de emancipación, de fundación de lo nuevo. Esta dimensión se encuentra un poco dispersa en los escritos, pero aparecen como conclusiones ilustrativas de arduas exposiciones. Son importantes retomarlas pues ayudan a comprender el alcance de la irrupción de Maquiavelo en la concepción moderna de la política.

También hay una dimensión referida a la acción innovadora, a la acción transformadora, a la convocatoria, una dimensión donde se manifiesta el proyecto político convocando al nuevo príncipe, a la nación y al nuevo Estado. Podríamos llamar a esta dimensión propiamente política, en el sentido pleno del desplazamiento de las acciones transformadoras, lo que el propio Lefort, también más tarde Rancière, llama lucha de clases.

Esta apertura de la teoría política moderna se caracteriza por develar los rasgos dinámicos de la política, problemáticos, cambiantes, las características explosivas de la política, distanciándose de la comprensión tradicional de la política como equilibrio. Que algunas corrientes características de la ciencia política hayan reducido la teórica política a la ciencia del Estado y busquen recetas de equilibrio, postulando el equilibrio, es precisamente un retorno a los prejuicios clásicos de la comprensión de la política, empero buscando mas bien satisfacer un interés denostado, la conservación de las instituciones. Se trata de una posición conservadora, mas bien “policial” que política, como dice Jacques Rancière8. De todas maneras el desplazamiento teórico producido por Maquiavelo también comprende estas comprensiones y conocimientos de las dinámicas institucionales. Lo que importa es visualizar el alcance de la apertura política y la comprensión de la política moderna.

Se ha dicho desde el enfoque weberiano que la modernidad produce no sólo la desacralización y el desencanto, sino también la autonomización de la política y la autonomización de la economía. Habría que discutir estas tesis, pues lo que se ve también es una politización de ámbitos sociales y económicos, ahora culturales, territoriales y ecológicos, así como también una irradiación de la economía a los distintos ámbitos del desenvolvimiento social, político, cultural, territorial y ecológico. No es posible separar estos mapas, así como lo han pretendido las ciencias clásicas de la modernidad, pues se encuentran intersectados y entrelazados. Por lo tanto, podemos decir que, la política es una perspectiva transversal de la modernidad, así como la economía es otra perspectiva transversal de la modernidad.

La experiencia social de la política y la experiencia social de la economía ha constituido memorias contradictorias, que en todo nos muestra el recorrido convulso de la política y el recorrido no menos problemático de la economía; es decir, hablamos de la marcha despiadada a la acumulación y a concentración. La mundialización capitalista habla de ello, también las convulsas vivencias políticas de las sociedades modernas. La historia de las luchas sociales, de las luchas económicas y de las luchas políticas nos muestra la imbricación profunda de estas experiencias. Hay una gran conquista de la modernidad que resume estas imbricaciones, la conquista democrática, basada en el pre-juicio de la igualdad, en la pre-comprensión de la igualdad, que se convierte en juicio y en comprensión de la igualdad, en conquista de derechos y en transformaciones políticas. La democracia y la profundización de la democracia es producto de las luchas y conquistas sociales. La democracia tiene que ser leída políticamente, económicamente y socialmente. Claro que se expresa en sus logros jurídicos como derechos y garantías constitucionales, pero indudablemente se trata de un acontecimiento político y social.

No pude confundirse la democracia con el liberalismo, el liberalismo comprende teorías liberales, pero sobre todo un posicionamiento institucional, una forma gubernamental de administrar el Estado y liberar el mercado, basándose en los derechos fundamentales del individuo. Claro que el liberalismo supone la democracia, pero se trata de una manera de reducir la democracia al equilibrio institucional y a la garantía de los derechos individuales. El liberalismo se convierte en una contención institucional, jurídica y gubernamental de la democracia, de las posibilidades y potencialidades de la democracia. El liberalismo es una forma de atomizar el pueblo.

Volviendo a la pregunta ¿qué es la política? Debemos resolver un problema planteado por Rancière. Él diferencia política de policía; la política es asimilada a la democracia, que ponen en suspenso los mecanismos de dominación, y por lo tanto tiene que ver con lucha de clases; la policía es la represión de la política, es la apuesta institucional del orden, la tarea de la policía es mantener y conservar el orden. El estudio de Claude Lefort sobre Maquiavelo nos muestra que la comprensión política que abre el escritor florentino es incluir ambos espacios de acciones y practicas, de procedimientos y normas, al campo político. La política contendría una contradicción y dualidad inherentes, la política supone tanto las actitudes y acciones encaminadas a conservar el poder, así como también comprende las actitudes, las acciones y prácticas encaminadas a desmontar el poder, construir un nuevo Estado, incluso conformar un contrapoder y trascender las relaciones de poder. La política comprende los pequeños detalles, las decisiones coyunturales, los acuerdo, incluso secretos, los convenios formales e informales, las movidas de pasillo y las firmar públicas, los perfiles de los gobernantes, los entornos, los movimientos y los posicionamientos milimétricos. La política comprende el poder y el contra poder, la hegemonía y la contra-hegemonía, el espacio de acciones conservadoras, así como el espacio de acciones revolucionarias. La política es una experiencia y vivencia intensa de las sociedades modernas, de las masas, de las clases y de las comunidades. La experiencia política también ha mostrado contrastes y paradojas; cuando los que se situaban en el espacio de acciones interpeladoras y revolucionarias toman el poder se ven impelidos al pragmatismo o el realismo politico ante la tarea de conservar el poder, de defender su gobierno y terminan ingresando al espacio conservador. Estos temas son sobresalientes por las contradicciones inherentes y por los dilemas que plantea: transformar o conservar, cambiar o dilatar, institucionalizar o abrirse a la participación. La política entonces supone ambas disposiciones, ambos agenciamientos. La política plantea de fondo la cuestión del poder, concebida como mapas de relaciones de fuerza, tanto desde la perspectiva de las dominaciones, como desde la perspectiva de las resistencias y emancipaciones. La política se mueve en esa contradicción que la desgarra, la cuestión que sitúa a los pueblos, las comunidades, las clases, las multitudes ante dilemas que comprenden contrastes profundos, selecciones y elecciones diferentes, conservar o cambiar. Los mismos sujetos sociales están constituidos por ambas inclinaciones, son conservadores y son revolucionarios, están atravesados por imaginarios contradictorios. Pueden comportarse de una determinada manera en un escenario y pueden comportarse de otra manera en otro escenario. Esto nos lleva a la comprensión de sujetos múltiples, de distintos posicionamientos del sujeto; una cosa es el sujeto de la movilización, otra cosa es el sujeto de la organización, otra cosa es el sujeto individual, por ejemplo, los dirigentes. La política comprende tanto la reproducción del poder así como la transformación del poder, incluyendo la utopía de liberarse de las relaciones de poder como dominación.

Desde Maquiavelo varios teóricos coincidieron en el juego político y la combinación específica y singular de la coerción y el consenso; Gramsci y Althusser recogen este aporte del escritor florentino. No parece reducirse la política a esta composición contradictoria, parece más bien que hay una matriz más compleja que sostiene ese juego de la coerción y el consenso, es la matriz contradictoria y convulsa de la dominación y la emancipación. El ser humano moderno parece desgarrado por esa contradicción constitutiva de su subjetividad, deseo de dominar y deseo de emanciparse; pulsiones, si podemos hablar así, que tienen que ver también con otras, deseo del amo y deseo de ser libre. ¿Cómo se resuelve esta convulsión? Si revisamos la historia de las crisis políticas, sociales y económicas, esta contradicción parece no resolverse. En los momentos más intensos las crisis empujan a las masas, las multitudes, las clases explotadas, los pueblos colonizados a emanciparse de sus cadenas; empero, este mismo flujo magmático arrastra composiciones que cuando cristalizan reproducen la pulsión de dominación. Esto se ve más claramente cuando el proceso conduce a la toma del poder, cuando los revolucionarios se transforman en funcionarios y se ven ante la tarea imperiosa de defenderse. Incluso cuando el gobierno revolucionario despliega su programa de transformaciones se encuentra como obligado a recurrir a la violencia para imponer su programa de transformaciones. El recurso a la violencia, aunque esta sea revolucionaria es complicada pues arrastra rápidamente hacia la necesidad de dominación. Lo paradójico de todo esto es que la violencia no solamente se aplica a los enemigos de la revolución, a las viejas clase dominantes, sino también y sobre todo a los estratos más comprometidos con el proceso y el programa revolucionario, que reclaman consecuencia y transformaciones radicales. Entonces el gobierno revolucionario se ve obligado a reprimir a los sectores de avanzada porque exigen la continuidad, la permanencia, el carácter interrumpido de la revolución. Este es uno de los síntomas característicos en todos los procesos revolucionarios, que podemos seguirlos, sobre todo los que son más ilustrativos desde la Revolución Francesa hasta los procesos contemporáneos, pasando por las llamadas revoluciones socialistas. Ocurre como cuando después de la explosión volcánica el magma tiende a solidificarse.

¿Se puede salir de este círculo? ¿Se puede escapar de estos avances y retornos? ¿De estas transgresiones y después restauraciones? Es algo que no se puede responder sino auscultando la matriz misma de la política a partir de una mirada acuciosa de las experiencias políticas más intensas vividas. Es indispensable un saber y conocimiento, una comprensión de esta convulsión intima del ser humano moderno, de su constitución subjetiva íntima. Pero también es indispensable un saber y un conocimiento, una comprensión descriptiva de las dinámicas de las relaciones de poder especificas que entran en juego en coyunturas y contextos determinados. No se puede seguir caminando a ciegas respecto a estos problemas, embarcándose en procesos, atrapados por los ritmos indetenibles de los mismos, arrastrados por condicionamientos y estructuras incontrolables. Sorprendiéndose después de los desenlaces de los resultados paradójicos producidos.

La política entonces es una de las experiencias primordiales constitutivas del ser humano moderno cuyas condiciones y causas profundas desconocemos. Ante los desafíos del presente, ante la magnitud de la crisis civilizatoria, de la modernidad, del capitalismo, ante la envergadura de la crisis ecológica, estamos obligados a escapar de esta aparente condena de dejar la suerte de los procesos al juego del azar y de la necesidad. No se trata de ninguna manera de controlar el azar sino de comprender la determinación de ciertas condiciones subjetivas y la dinámica molecular de las relaciones de poder. Esta comprensión, cocimiento y saber puede ayudar a incidir en el curso mismo de los procesos.
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