Preliminares




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Predicación del Evangelio en las Indias

José de Acosta



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Preliminares


Dedicatoria

Al M. R. P. Everardo Mercuriano, Prepósito General de la Compañía de Jesús: Salud en el Señor.

El opúsculo De Procuranda Indorum Salute, que el año pasado escribí comenzaba a trabajar, lo tengo ya terminado, y con la oportunidad que ofrece la ida del Procurador de esta Provincia no quiero diferir por más tiempo el enviártelo, Padre, cualquiera que sea su valor.

La causa principal que me movió a componerlo fue ver que muchos tenían varias y opuestas opiniones sobre las cosas de Indias y que los más desconfiaban de la salvación de los indios, además de que ocurrían muchas cosas nuevas y difíciles, y contrarias a la verdad del evangelio, o que al menos lo parecían. Lo cual me hizo retraerme a pensar con gran diligencia en toda esta materia, e investigar ardientemente lo que hubiese de verdad, quitada toda parcialidad y afición a ninguno de los dos bandos.

Nunca pude venir conmigo en persuadirme que todas estas gentes innumerables de las Indias hubiesen sido en vano llamadas al evangelio, y que de balde hubiesen sido enviados a esta empresa otros muchos siervos de Dios, y ahora los de la Compañía, revolviendo en mi pensamiento la grandeza de la caridad divina, y las promesas de las sagradas Escrituras, y advirtiendo en mi, debo confesarlo, una singular confianza de su salvación, concebida muy de antiguo y superior a todas las dificultades, que nunca me abandonaba. Al fin llegué a la persuasión firme y cierta, de que nosotros por nuestra parte debíamos con todo esfuerzo, procurar la salvación de los indios, y que Dios no faltaría por la suya en llevar adelante y cumplir la obra comenzada.

Queriendo, pues, confiar a las letras esta mi opinión, he repartido toda la materia en seis libros que declaran el modo completo y universal de ayudar al bien espiritual de los indios. El Libro I explica de modo común y general la esperanza que hay de la salvación de los indios, las dificultades de ella y cómo hay que superarlas, y cuán grande sea el fruto del trabajo apostólico. Luego en el Libro II se trata de la entrada del evangelio a los bárbaros, y aquí del derecho o injusticia de la guerra, y del oficio del predicador evangélico. Una vez que los bárbaros han cedido al evangelio, se sigue que los Gobernadores, así temporales como espirituales, conserven y promuevan su salvación y bien espiritual. Por lo cual el Libro III contiene lo que se refiere a la administración civil, qué derechos tienen sobre los indios los príncipes cristianos y los magistrados, qué pueden exigirles en cuanto a tributos y otros trabajos y servicios, y al contrario, qué deben prestarles respecto a la tutela y defensa, y al arreglo de su vida y costumbres. El Libro IV trata en especial de los ministros y superiores espirituales, quiénes deban ser y cuáles, y de qué maneras puedan y tengan obligación de mirar por la salvación de los indios. Y exponiendo aquí todo lo demás, se reservan dos auxilios principales, la doctrina y los sacramentos, para los dos últimos libros. El Libro V se ocupa del catecismo y modo de la catequesis. El Libro VI, de la administración de los sacramentos a los indios conforme a la disciplina eclesiástica, dejando aparte la costumbre poco conforme a ella, introducida en algunas partes del Nuevo Mundo.

Este es el orden manera con que de claro mi propósito. No sé sí será de alguna utilidad para los otros, sobre todo los de la Compañía. Para mí, ciertamente, no ha sido inútil, porque despertó y espoleó mi atención y estudio a meditar las divinas Escrituras, y los dichos de los Santos Padres, aplicándolos con especial cuidado a las cosas de este Nuevo Mundo, y habiendo tenido que recorrer esta región peruana en su mayor parte, por mandato de la obediencia, lo mismo que otras diversas tierras, me hizo consultar en varios lugares a varones muy doctos y experimentados en cosas de Indias, y leer ávidamente algunos escritos compuestos por ellos sobre esta materia con toda diligencia. Con estas ayudas, y con invocar frecuentemente el auxilio y luz de la divina sabiduría, veo haberse aumentado en mí de modo no común el conocimiento del asunto de las Indias, y juntamente la confianza como de cosa ya experimentada. Y doy gracias a la suavísima providencia de Dios, que con los mismos sucesos ha declarado copiosamente ser por su misericordia muy inferiores a la realidad, mis esperanzas acerca de la salvación de los indios. Porque ha acontecido tan grande mudanza de las cosas en estos dos años, y los indios peruanos se han comenzado a entregar tan a porfía al evangelio, favoreciendo Dios el trabajo de la Compañía, que hasta los mismos que antes miraban con malos ojos la causa de los indios, ahora le son grandemente favorables, y admiran el fervor de su fe, y no se recatan de proclamar en público que son superiores a nosotros en la piedad. A mí, en verdad, se me vienen a los labios aquellas palabras: «Mirad los que menospreciáis y admiraos, porque he aquí que yo hago en vuestros días una obra, que no la creeréis si alguno os la cuenta». Sea la gloria para siempre al que obra sobreabundantemente más de lo que pedimos ni entendemos. Amén.

Aquí tienes, reverendo Padre, lo que he pretendido en este libro, A ti toca ahora enmendar lo que hallares dicho con menos esmero, y encomendarnos a nosotros, siervos inútiles, al Padre celestial en tus sacrificios y oraciones, y en los de la Compañía, que creo le son tan agradables.

Lima, 24 de febrero de 1577.

De tu Paternidad reverenda, hijo y siervo indigno,

JOSÉ DE ACOSTA.
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