Tomado de: La salud pública en las Américas. Nuevos conceptos, análisis del desempeño y bases para la acción. Ops. 2002. Isbn: 9275315892




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Prácticas sociales y salud publica

Tomado de: La salud pública en las Américas. Nuevos conceptos, análisis del desempeño y bases para la acción. OPS. 2002. ISBN: 9275315892

  1. Cultura, capital social y prácticas sociales

El concepto de salud pública no hace referencia solamente a la salud de la población, sino a la salud generada por la población. En efecto, la sociedad, entendida como la población organizada, es el principal actor de la salud pública y tiene, en última instancia la responsabilidad de los medios colectivos de protección de la salud de sus miembros, incluidas las actuaciones del Estado, como su principal instrumento institucionalizado. Sin embargo, el papel de las poblaciones en la salud pública no lo llevan a cabo en la sociedad solamente las organizaciones formales. Es también resultado de actuaciones e interacciones sociales, formalmente organizadas o no, que repercuten positiva o negativamente, directa o indirectamente, en la salud. Para su eficacia no exigen una intención o una finalidad definidas con relación a la salud, pero sus efectos positivos son ampliados cuando son ejecutadas, conscientemente, con ese propósito. La salud es así parte de la vida cotidiana de la población, tanto individualmente como en grupo y resultado de sus acciones e interacciones en la sociedad.

Las acciones e interacciones sociales son, habitualmente, expresiones de los valores, costumbres, creencias y normas incorporados en la sociedad o en los grupos sociales, que rigen las actitudes y los comportamientos de sus miembros. Además de orientar y condicionar el comportamiento de los individuos a través del sistema de premios y sanciones explícitos o implícitos, tales valores y normas definen también la estructura de la organización y las relaciones de las sociedad hacia fuera de ella y también dentro de ella misma. En otras palabras, los valores institucionalizados configuran organizaciones sociales y redes de relaciones por medio de las cuales la sociedad funciona y da respuestas a las necesidades de sus miembros; este es también el mecanismo principal de la renovación y creación social que determina la forma, la capacidad de autogeneración y el carácter sostenible de las sociedades. Cuando los valores hegemónicos privilegian la vida y llevan al establecimiento de condiciones, situaciones y comportamientos que favorecen la salud, la salud publicase fortalece y mejora. De ahí que las sociedades más solidarias, con mayor disposición para la sociabilidad y la asociación, con niveles más altos de confianza entre sus miembros y organizaciones, y por tanto con un mayor nivel de cooperación, muestran una tendencia a ampliar los espacios públicos dentro de la actividad social, favorecen el desarrollo del espíritu cívico y de valorización de los recursos humanos, la protección del ambiente mediante el uso racional de los recursos naturales y una mejor utilización del capital artificial, tanto financiero como tecnológico. Son sociedades en las que el desarrollo humano sostenible tiene mayores probabilidades de producirse con más equidad, bienestar y salud de todos.

Al conjunto de esos valores positivos convertidos en instituciones sociales y que se manifiestan en forma de organizaciones sociales activas y en redes de relaciones es a lo que el pensamiento actual sobre el desarrollo ha llamado capital social, de importancia cada vez más reconocida como fundamental para el propio desarrollo. El capital social se construye sobre las bases de la cultura, que consisten en valores o instituciones y otros productos culturales como las creencias, las artes o el idioma que definen la identidad de los pueblos y naciones y sustentan la cohesión, la estabilidad y el cambio deseado de la sociedad, condiciones esenciales para el dinamismo y el sostenimiento del desarrollo integral.

En teoría, el capital social y la cultura definen los procesos sociales de decisión y, por consiguiente, la orientación y las características del desarrollo. Una sociedad bien estructurada, tendrá la cohesión necesaria para definir sus necesidades y las formas de satisfacerlas, para lograr un consenso en forma autónoma y mediante pactos sociales efectivos sobre los proyectos de desarrollo propios y, además, para controlar la distribución y el ejercicio del poder político, incluido especialmente el de su instrumento principal: el Estado. Las políticas públicas generadas en esas circunstancias que serían necesariamente saludables y salugénicas1 se orientaran a la optimización del uso del potencial de desarrollo, en forma sostenible y para e beneficio de todos. La afirmación de los valores básicos de solidaridad y responsabilidad sociales contribuirá a la estabilidad y a la reducción de la incertidumbre, estimulara la creatividad y, entre otros, reducirá los costos de transacción, condiciones esenciales para el incremento de la producción en merados regulados y con alguna responsabilidad social. El equilibrio y la complementación entre sociedad, Estado y mercado se darán con la primicia de la primera, que será la referencia y finalidad de todo proceso.

La democracia, expandida hasta las formas de vida cotidianas y puestas de manifiesto mediante la participación ciudadana permanente y sustentada por un pleno estado de derecho, es el régimen político necesario en esta situación; las representaciones políticas y los gobiernos, legitimados como expresión autentica de la voluntad popular, se mantienen fieles a los mandatos y expectativas de las poblaciones, bajo el control social permanente y efectivo ejercido por mecanismos e instrumentos múltiples y convergentes. La confianza provista por la conciencia de su propia identidad, la solidaridad entre sus miembros y la adquisición de un proyecto de futuro confieren a la sociedad la disposición de los cambios necesarios que la renueven y le den un carácter sostenible.

Esta visión resumida sirve solo para resaltar el posible proceso beneficioso de un fuerte capital social que tiene como base una cultura propia positiva. En la práctica, esta visión utópica es casi imposible en los países periféricos, en los que es mayor la tendencia hacia la heteronomía que hacia la autonomía cultural. El capital social es débil, e incluso, presenta manifestaciones negativas. Los valores básicos de confianza, solidaridad y espíritu cívico están solapados; el cuerpo social se desintegra aumentan la incertidumbre y la inseguridad, al paso que instituciones fundamentales como la familia y la religión se debilitan y las organizaciones sociales y políticas pierden legitimidad y credibilidad. La modernidad actual está comprometiendo así las posibilidades del desarrollo necesario, precisamente por no considerar la importancia del capital social y de cultura.

En la salud pública, la cultura y el capital social son aún más importantes, puesto que además de los efectos de su importancia general y del desarrollo consiguiente, repercuten directamente en la salud, al favorecer el desarrollo de condiciones y comportamientos que reducen los riesgos para la misma, aumentan el potencial de salud de las personas y las poblaciones y la capacidad y eficacia de la respuesta social a las necesidades sanitarias. Promover el desarrollo de esas condiciones favorables y de los comportamientos saludables y salugénicos consiguientes constituye la esencia de la salud pública. Hay suficiente evidencia, experiencias y análisis para demostrar el modo en que algunas comunidades o poblaciones, con relación a las condiciones de la salud en función de sus culturas y, sobre todo, de los valores, creencias, instituciones, organizaciones y procesos sociales específicos. No analizaremos aquí esa evidencia o ejemplos, pues basta con mantener la afirmación de que la salud publica depende fuertemente del capital social, constituido sobre las bases de la cultura. Las intervenciones técnicas, sin duda muy valiosas, ofrecen oportunidades y soluciones específicas, cuyo aprovechamiento y eficacia completos dependen del modo en que la sociedad las utiliza. La integridad y el carácter sostenible de la salud publica solo se alcanzan cuando la población incorpora dentro de sus prácticas habituales las medidas de protección de la salud como componente permanente, incluido el uso adecuado de la atención, mediante intervenciones basadas en la ciencia y la técnica.

La cultura es una amalgama de valores, tradiciones, costumbres, creencias y normas sociales acumulados a lo largo de la historia, que nos permite enfrentarnos a la realidad, interpretarla y actuar sobre ella; se trata de la perspectiva con la que miramos la vida y participamos en ella. La cultura también son los productos permanentes de su aplicación a lo largo de la historia incorporados al acervo con que vivimos el presente y construimos el futuro. El capital social, a su vez, es la capacidad establecida de actuación, construida sobre la base de la cultura; es una estructura hecha de valores capitales, instituciones, organizaciones y relaciones, que configuran la naturaleza y la capacidad de acción de las sociedades. Es esa forma de acción social la que confiere a la cultura y al capital social sentido y finalidad para la población. Es esa acción social, manifestada por medio de las prácticas que caracterizan los procesos sociales, lo que realmente demuestra el dinamismo o la inercia de la cultura y del capital social acumulados. En definitiva, es lo que realmente define la salud pública posible en una sociedad.

En otras palabras, los valores socialmente sancionados en la cultura establecen las pautas para la comprensión y construcción de la realidad y orientan o determinan el comportamiento de los individuos y de los grupos sociales. En esencia, definen la forma en que las sociedades y sus componentes actúan esforzándose por satisfacer las necesidades de todos y cada uno de sus miembros, incluido en lo relativo a la formación de las instituciones, organizaciones y relaciones sociales y a los modos generales de su operación a través del capital social. A este conjunto de hechos y actuaciones socialmente reconocidos y ejecutados por las sociedades, ya sea colectiva o individualmente, pero siempre con significado público, es a lo que hemos venido llamando prácticas sociales. Se trata, pues, en otras palabras, de la manifestación evidente de la cultura y el capital social en acción; comprenden todos los aspectos de la vida en sociedad y sirven a los diferentes fines de su existencia, incluido al de mejorar la salud de las poblaciones.

Como ya lo hemos constatado, la salud pública tiene su realización plena cuando sus propósitos y prácticas son aceptados por la sociedad e incorporados a las prácticas sociales. Como destacamos en el capítulo 3, la conjunción de valores positivos para la salud e institucionalizados por la sociedad y la disponibilidad de conocimientos y tecnologías socialmente eficaces han sido, históricamente, la fuerza motriz del avance en la salud pública. Además, el efecto de esa conjunción viene aumentando por la existencia de poderosos intereses convergentes, circunstancias políticas favorables y liderazgo apropiados.

El capital social, del mismo modo que el capital humano y físico, puede ser producido y acumulado, y es además productivo en el sentido económico. La producción del capital social, sin embargo, es sobre todo indirecta y se expresa, normalmente, en externalidades de uso y en propiedad públicas, tales como la reducción genérica de los costos de producción, el conocimiento compartido, la confianza, el asociacionismo y la cooperación. El capital social se convierte así en un bien público y su producción tiende ser espontanea en el seno de la sociedad, fruto de la interacción social, de la imitación o de la continuidad cultural, por medio de la socialización. Sus plazos de formación son lentos pero su existencia y efectos tienden a ser duraderos.

Desde otra perspectiva, el capital social tiene gran importancia para la gobernabilidad y el desempeño social de los gobiernos, como lo demostró R. Putman2 en su amplio estudio del proceso de regionalización en Italia. En muchos sentidos el capital social se confunde con la noción de la ciudadanía, condición indispensable para conseguir una democracia y un estado de derecho plenos. Se opone, por otro lado, a las corrupciones del poder político –clientelismo, caudillismo, etc.- y a la subordinación del Estado a los intereses privados, mientras que promueven la renovación y legitimación sociales de la representatividad y la responsabilización de organizaciones públicas y autoridades gubernamentales. El capital social, sin embargo, puede ser usado negativamente, como ocurre con el capital humano cuando se emplea para la opresión y la tortura, o con el capital físico cuando se dedica a producir armas o drogas ilícitas. Así mismo, los valores y normas negativos pueden promover el conflicto innecesario, la violencia y la destrucción.

Estas reflexiones teóricas iniciales tienen la finalidad de facilitar la comprensión de las secciones siguientes, en las que se intenta desarrollar la cuestión de las prácticas sociales en relación con la salud y la salud pública.

  1. Las prácticas sociales y la salud.

Dada la naturaleza de la salud, las prácticas sociales que le afectan son múltiples y abarcan el amplio campo de sus factores condicionantes y determinantes y de su atención específica; no son, por tanto, únicamente las practicas específicas de salud las que interesan identificar. Por ello, nos limitamos a establecer una agrupación de las prácticas sociales pertinentes para la salud en campos de acción amplios, definidos en función de los grandes fines generales que expresen los esfuerzos de la sociedad dirigidos a mejorar la salud de las poblaciones.

Así pues, se proponen cuatro grupos de prácticas sociales de acuerdo con sus finalidades principales:

  • Desarrollo y fortalecimiento de una cultura de la vida y de la salud.

  • Atención a las necesidades y demandas de salud.

  • Desarrollo de entornos saludables y control de riesgos y daños a la salud colectiva.

  • Desarrollo de la ciudadanía, y de la capacidad de participación y control sociales.

Los cuatro grupos y los fines que los definen se corresponden también con una posible clasificación de los retos se la salud publica en la actualidad y en el futuro inmediato.

Las diversas prácticas dentro de cada grupo y entre los grupos se complementan y refuerzan continuamente, diluyendo los límites entre sí. Más aun, una misma práctica social puede servir más de una finalidad, aunque se incluirá en el grupo cuya finalidad sea la principal de la práctica correspondiente.

    1. Desarrollo y fortalecimiento de una cultura de la vida y de la salud.

Las prácticas incluidas en este grupo tienen como propósito convertir la vida y la salud en valores fundamentales, en derechos y responsabilidades del ser humano dentro de la sociedad. Una cultura de la vida es garantía del carácter sostenible y del desarrollo de la sociedad que la mantiene. La cultura de la vida contiene los valores esenciales para la convivencia, el respeto mutuo y la cooperación entre los actores sociales; es, además, la fuente de algunos valores relacionados, como la paz, la solidaridad y la participación democrática. Una cultura de la vida no es la negación del yo, pero exige la conciencia del otro, del mismo modo que la proyección del yo en la existencia del otro es necesaria para la protección del desarrollo de la vida dentro de la comunidad. Esto abre el camino al reconocimiento de la unidad de la vida y de la interdependencia de todas las formas de vida, en que la muerte es solo una contingencia de la necesidad biológica o una imposición de la supervivencia, supedita a la manutención de las especies. Con ese entendimiento es con el que se construye la estructura de la convivencia pacífica basada en la colaboración entre todos los miembros de la sociedad.

La cultura de la vida está asociada a la calidad de vida e intenta siempre mejorarla, al igual que el bienestar individual, de los grupos y de toda la población. En este sentido, la cultura de la vida exige un verdadero desarrollo humano que tiene, al final, los mismos objetivos. La calidad de vida y el bienestar determinan, de muchas maneras, la salud, y, al mismo tiempo, están conformados por ella. En efecto, la salud, en la acepción más amplia dada por la OMS, se confunde con el bienestar y es indispensable para la calidad de vida y el desarrollo social.

Una cultura de la vida es necesariamente también una cultura de la salud, que se convierte así en la principal condición para la protección y la calidad de la vida. Así pues, no se trata solamente de sobrevivir, sino de vivir una vida vinculados a la promoción y a la protección de la salud, a su recuperación cuando está perdida o afectada y a la eliminación o disminución de cualquier discapacidad. Una cultura de la salud es, por su parte, fundamento permanente y básico para el desarrollo pleno de la salud pública.

Además de su importancia para la estructura y el funcionamiento de las sociedades y para la salud de las poblaciones, una cultura de vida y de la salud se corresponde con los más altos dictados éticos reconocidos universalmente. El derecho a la protección de la vida y a la salud está incluido entre los derechos humanos fundamentales y universales y es reconocido como el primero de todos los derechos. Desgraciadamente, la realidad sigue lejos de reflejar ese reconocimiento y la vida humana, desde la perspectiva económica y política, tiene valores diferentes según la situación nacional social; asimismo, la vida de mucha gente, a veces de la mayoría, tiene muy poco valor. La actual negación práctica de la cultura de la vida y de la salud no debe ser, sin embargo, impedimento para su defensa y promoción, sino más bien un estímulo.

Una cultura de la vida y de la salud requiere, además de valores y creencias positivas, instituciones, organizaciones y relaciones sociales apropiadas, o sea un capital social adecuado, que se manifestaran por medio de prácticas sociales e individuales saludables y salugénicas. Entre las instituciones que pueden favorecer una cultura de la vida y de la salud destacan, entre otras, particularmente la familia, la religión, la educación en general y otros mecanismos de socialización. Esas organizaciones desempeñan un papel fundamental. En particular, son portadores de los valores que sustentan la vida y la salud como derechos humanos fundamentales y, más aun, le aseguran a la vida humana un carácter trascendental, que está más allá de simples resultados de procesos biológicos y que, por tanto, está por encima del valor de las cosas materiales. La transmisión de este concepto, por una cuestión de fe y de principios éticos o de simple creencias en un destino especial de la humanidad, es esencial para el fortalecimiento de una cultura de la vida y de la salud.

La cultura de la vida es la expresión más esencial de humanismo, es el encuentro de la fe, de las creencias y de la esperanza en el futuro de la humanidad. En este contexto, los agentes de la salud pública no son solamente instrumentos que aportan soluciones técnicas; deben ser, sobre todo, transmisores de valores y de esperanza, co-constructores y hasta quijotes, de proyectos destinados a proteger y mejorar la vida.

Las prácticas sociales de y para una cultura de la vida y de la salud preceden y sirven de origen y base a los otros grupos de prácticas, a la vez que son inspiradoras de las otras prácticas que las complementan y refuerzan.
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