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FORMACIÓN DE PÚBLICOS Y ESPACIOS CULTURALES1
Ana Rosas Mantecón

Departamento de Antropología

UAM-Iztapalapa


28 de abril de 2003
I. PUNTOS DE PARTIDA

  1. Los públicos no nacen, se crean y recrean permanentemente.

  2. Los públicos como consumidores y como productores de cultura

  3. Agentes que forman a los públicos

* EJERCICIO DE ANÁLISIS

Encuesta sobre consumo cultural y medios del periódico Reforma (ciudad de México, Monterrey y Guadalajara) y su comparación con la realidad de Veracruz.

II. LA OFERTA CULTURAL Y SUS PÚBLICOS/ NO PÚBLICOS


1) Oferta cultural

2) Barreras/puertas entre la oferta cultural y los públicos/ públicos potenciales y no públicos

III. LA FORMACIÓN DE PÚBLICOS


  1. ¿En qué consiste y por qué es importante asumir la formación de públicos?

  2. Relevancia de conocer lo que efectivamente ocurre y sus implicaciones económicas, sociales, políticas y culturales.

  3. Posibilidades de reconocer lo que puede transformarse y cómo lograrlo




  • Lo que puede transformarse:

    1. Creación de audiencias (ampliación de públicos/ fomento de la capacidad de goce artístico y estético)

    2. Desarrollo cultural (de los públicos, de los creadores y de las instituciones)

    3. Combate a la desigualdad y la exclusión social




  • Cómo lograrlo:

  1. Conocimiento de los públicos, públicos potenciales y no públicos (la investigación y sus fuentes). Retos y dificultades de los estudios de consumo cultural.

  2. Adecuación permanente de la oferta (espacios / productos): del monólogo institucional al diálogo con los públicos objetivo. Estudio de caso del museo del Templo Mayor / Teatro de la Calle

  3. Diseño de políticas de formación de públicos

SEGUNDO EJERCICIO DE ANÁLISIS


Identificación de la evolución de los procesos de formación de públicos en diversas áreas en el estado de Yucatán / Diseño de propuestas de políticas de formación de públicos específicas.


La noción de consumo, como lugar de análisis, ha implicado quedarse en la descripción del consumo de los bienes, en la interacción misma, y no explicar cuáles han sido las condiciones de vida de sus agentes, su ubicación en el mundo y su forma de percibirlo y actuar sobre él, o sea, lo que hace posible esa interacción.

Desarrollar el planteamiento de que el monólogo que guía el trabajo de las instituciones culturales debe dar pie a un diálogo en el que el punto de partida sea el conocimiento de ambos interlocutores, impulsado por dichas instituciones.
I. PUNTOS DE PARTIDA
1.Los públicos no nacen, se crean y recrean permanentemente, moviéndose de una categoría a otra.

      • Públicos actuales

      • Públicos potenciales

      • No públicos


El ser espectador, público, no es un don que se recibe al nacer, sino un rol que asumimos de manera consciente o no tanto, cumpliendo con los rituales de nuestra cultura. Con demasiada frecuencia se piensa que las ofertas culturales atraen de manera natural. Ser espectador nos identifica como gente de un cierto nivel económico y sobre todo cultural. En el caso del teatro, por ejemplo, para fortalecer la construcción de los espectadores de teatro se construyeron majestuosos edificios en el siglo XIX , con paredes que marcaban claramente el afuera y adentro. Un adentro protegido para las experiencias del buen gusto, en donde el silencio permite sobre todo el disfrute y la oscuridad nos abstrae de la realidad para facilitar la creación de los mundos imaginarios. Están afuera los que no pueden estar en otra parte, los rechazados o los que ni siquiera se atrevieron a intentar entrar en los sagrados recintos del teatro (Bruno Bert, “De calles y públicos”).
Acceden a la oferta cultural los que tienen el capital cultural y/o pueden pagar por su disfrute como espectadores y, en el mejor de los casos, los que se sienten convidados; quedan excluidos todos aquellos que no saben, los que no han oído -en la escuela o en los medios- que el disfrute de los bienes y los servicios culturales es necesidad impostergable para lograr una calidad de vida que nos permita imaginarnos a todos parte de lo que llamamos nación. Todos ellos no tienen en su horizonte de expectativas la realización de estas prácticas. Constituyen los no-públicos de la cultura.
Por otra parte, el encuentro entre el texto -sea éste literario, televisivo, fílmico, etc.- y su lector no se hace en el vacío, jamás es inaugural. El encuentro con el texto aparece predefinido por la naturaleza del público con el que ese texto es compartido y por las evaluaciones y las caracterizaciones de las que ha sido objeto. Cualquier actividad de consumo cultural no se da de manera aislada: encuentra o deja de encontrar su lugar en un conjunto de actividades dotadas de sentido (Petit:108); se realiza dentro de una constelación de otras prácticas y actividades dentro de las cuales tiene sentido, se origina y transforma en el tiempo (González y Chávez:14).
El encuentro entre la oferta y los públicos está dominado por estructuras de poder: existe en nuestro país una grave falta de equidad en el acceso a la cultura, la cual se manifiesta tanto en la concentración de los circuitos de distribución de la oferta cultural y los principales equipamientos, como en la desigualdad en cuanto a la formación artística y cultural que hace que la oferta cultural “tenga poco o nulo atractivo para muchos millones de personas que ignoran el beneficio que pueden obtener de su consumo y se conformen con la imposición de los medios y lo que éstos proponen para la utilización del tiempo libre”2,; “su formación básica ha sembrado la idea de que la cultura, y en gran medida, el arte, son bienes de los que sólo se puede disfrutar cuando se ha accedido a un estatus económico superior”.3
Hay, además, un público implícito en toda oferta cultural, la cual crea sus propias audiencias (convoca a los elegidos) de diversas maneras. Todo texto contiene implicaciones, presuposiciones, intenciones y estrategias integradas en él mismo y en la manera en la que se despliega. Cada texto contiene ya a un lector, que no es un lector real, sino un constructo que influye en el modo de lectura y en el efecto del texto en los lectores. Se trata de una oferta de comunicación que busca su recepción adecuada, ideal. Wolfgang Iser lo llamó "lector implícito" y Umberto Eco, "Lector modelo".


  1. Los públicos como consumidores y como productores de cultura

  • ¿Sólo consumimos cultura?

  • ¿Qué cultura producimos?

  • ¿Qué ocurre en el consumo cultural?


Lo que caracteriza a la "naturaleza humana" es justamente el grado de ausencia de orientaciones intrínsecas, genéticamente programadas, en el modelaje del comportamiento. Despojada de estas orientaciones, toda acción humana y la propia supervivencia de la especie quedan supeditadas a la constitución de orientaciones extrínsecas construídas socialmente a través de símbolos. La dimensión simbólica constitutiva de la acción humana puede estar verbalizada en el discurso, cristalizada en los objetos, los gestos, la postura corporal; y siempre está presente en cualquier práctica social. A través de la producción e intercambio de formas simbólicas –expresiones lingüísticas, gestos, acciones, obras de arte y demás- nos comunicamos e interactuamos socialmente. Todos, en este sentido, producimos y consumimos cultura. Con el advenimiento de las sociedades modernas, impulsado por el desarrollo del capitalismo en la Europa moderna temprana, la naturaleza y el alcance de la circulación de las formas simbólicas adquirió una apariencia cualitativamente diferente. Se desarrollaron recursos técnicos que, en conjunción con las instituciones orientadas hacia la acumulación del capital, permitieron la producción, reproducción y circulación de las formas simbólicas en una escala hasta entonces sin precedentes a través de la comunicación mediatizada.

Nuestra concepción de la cultura como ese mundo separado de la vida cotidiana, ese conjunto de saberes (buen gusto, hábitos, modelos de comportamiento, etc.) y productos (patrimonio artístico, capital cultural, instituciones culturales, etc.) que hacen referencia a estados objetivos y subjetivos de la cultura, tiene su origen en la consumación del proceso de autonomización de la cultura, que se dio en el curso del siglo XVIII: la cultura se constituye en un campo especializado y autónomo, valorado en sí mismo y por sí mismo, independientemente de toda función práctica o social.
Como ha mostrado Gilberto Giménez, la constitución del campo cultural como campo especializado y autónomo puede explicarse como un efecto más de la división social del trabajo inducida por la revolución industrial. En las sociedades preindustriales las actividades que hoy llamamos culturales se desarrollaban en estrecha continuidad con la vida cotidiana y festiva, de modo que resultaba imposible disociar la cultura de sus funciones práctico-sociales (utilitarias, religiosas, ceremoniales, etc.). Según la concepción moderna, por el contrario, la cualidad cultural se adquiere cuando la función desaparece. El industrialismo introdujo la división tajante entre tiempo libre (el de las actividades culturales por antonomasia) y tiempo de trabajo (el de la fabrilidad). Surge de este modo la noción de cultura-patrimonio. La producción de los valores que lo integran se atribuye invariablemente a "creadores" excepcionales. Los antropólogos fueron los primeros en romper con la concepción eurocéntrica, elitista y restrictiva de la cultura, sustituyéndola por una "concepción total" basada en el doble postulado de: a) la relatividad y de b) la universalidad de la cultura (todos los pueblos son portadores de cultura/ no existen culturas inferiores -Tylor, 1871-).
¿Qué es el consumo cultural? Bajo esta perspectiva antropológica de la cultura, dejamos de concebir al consumo cultural como aquella actividad suntuaria o superflua vinculada exclusivamente al espacio del ocio o al uso del tiempo libre. La apropiación de cualquier bien –artístico o no- es un acto que distingue simbólicamente, integra y comunica, objetiva los deseos y ritualiza su satisfacción. Como ha señalado Néstor García Canclini, al consumir también se piensa, se elige y reelabora el sentido social. Consumir es participar en un escenario de disputas por aquello que la sociedad produce y por las maneras de usarlo. Pero si los miembros de una sociedad no compartieran los sentidos de los bienes y de las prácticas de apropiación, si sólo fueran comprensibles para la élite que los usa, los comportamientos de consumo no servirían como instrumentos de diferenciación. Debemos admitir que en el consumo se construye parte de la racionalidad integrativa y comunicativa de una sociedad. Por eso, además de ser útiles para expandir el mercado y la fuerza de trabajo, para distinguirnos de los demás y comunicarnos con ellos, como afirman Douglas e Isherwood, el consumo "sirve para pensar". Pero además sirve para ordenar políticamente cada sociedad: es un proceso en el cual los deseos se convierten en demandas y en actos socialmente regulados a través de diversos ritos e instituciones sociales (Néstor García Canclini: 1993).



  1. Agentes que forman a los públicos

    1. medios de comunicación

    2. familia

    3. escuela

    4. comunidad circundante

    5. instituciones culturales


El peso de los diversos agentes en la formación de públicos ha variado históricamente. Es posible pensar que cuando las políticas culturales realizaron sus mayores inversiones durante la primera mitad del siglo veinte, construyendo museos, teatros y cines, y alentando las artes para el fortalecimiento de la identidad nacional, muchos públicos culturales se formaran entonces. En la ciudad de México, por ejemplo, los grandes momentos de desarrollo de la infraestructura cultural ocurren entre los años veinte y los sesenta. En el primer periodo se produce la institucionalización de una política cultural nacionalista, que origina gran cantidad de instalaciones educativas y culturales. A partir de los años ochenta la reducción de los presupuestos públicos limitó la expansión de la infraestructura,
El freno en el crecimiento de la infraestructura cultural en la ciudad de México y en general en la República Mexicana fue consecuencia del ajuste neoliberal de los presupuestos estatales para educación y cultura. El efecto principal se observó en la caída de los salarios de los trabajadores y consumidores de estos campos culturales, así como el empobrecimiento de las instituciones especializadas. Fue notable, y lo es hasta la fecha, la carencia de consumibles básicos en escuelas, bibliotecas y centros de cultura, dejando a los usuarios la tarea de proveer los instrumentos mínimos para operar.
A la reducción presupuestal se sumó la presión para que las instituciones culturales y educativas alcanzaran niveles de eficiencia similares a los de empresas privadas. Los fondos para el fomento de áreas culturales como artesanías, danza popular mexicanas, distribución de libros fueron contraídos al mínimo con la intención de que se adoptaran nuevos modos de gestión de esas actividades. Importantes instituciones culturales como el Fondo de Cultura Económica o los institutos nacionales de Bellas Artes, de Antropología e Historia se vieron en la necesidad de imponer prácticas eficientistas que compensaran la merma en sus presupuestos.
El resultado de estas políticas fue doble. En primer lugar, el Estado aminoró su presencia en el campo de la cultura, notoriamente la cinematográfica y la televisión pública, que sufrieron recortes presupuestarios de importancia. En segundo término, se fomentaron modos de gestión empresariales, con la participación de empresas privadas. La iniciativa empresarial comenzó a competir con el Estado en la producción de bienes culturales, convirtiéndose en un mediador y organizador de las relaciones culturales y políticas entre diversos grupos sociales. Esto reforzó las exigencias de neutralidad mercantil y propició nuevos modelos de desarrollo de la creatividad y la difusión de la cultura.
¿Cómo cambió la vida cultural entonces? ¿Qué fue lo que se redistribuyó en el espacio urbano en los últimos veinte años? Ante todo, las redes comunicacionales (prensa, radio, TV, video, informática). También las bibliotecas, los centros comerciales - algunos incluyen ofertas culturales - y últimamente las multisalas de cine. Los circuitos mediáticos adquieren más peso que los tradicionales lugares en la transmisión de informaciones e imaginarios sobre la vida urbana, y en algunos casos ofrecen nuevas modalidades de encuentro y reconocimiento, desde la comunicación a través de la radio y televisión, en programas “participativos” o de teléfono abierto, hasta la reunión en centros comerciales que reemplazan parcialmente a los espacios anteriores de cita y paseo.
La fuerza adquirida por las industrias culturales y la comunicación masiva de la cultura a domicilio reduce comparativamente el peso del patrimonio histórico: mientras los museos más visitados oscilan entre medio millón y un millón y medio de visitantes por año, estas cifras son superadas diariamente por las audiencias de radio y televisión: más del 80% de la población del Distrito Federal escucha regularmente la radio durante los días laborales –de acuerdo a IBOPE/AGB- y el 66% encuentra en el ver televisión la principal actividad de su tiempo libre, según nos reportan las encuestas elaboradas por el diario Reforma.

* EJERCICIO DE ANÁLISIS

Encuestas sobre consumo cultural y medios y su comparación con la realidad de Veracruz.





  • INTERNET Al formular preguntas y encontrar respuestas en la página electrónica (internet) muchos no lectores comprendieron vivencialmente que la lectura les da un nuevo poder para habitar en el mundo. Ese poder nunca lo percibieron al frecuentar la página impresa. Entre otras razones porque la enseñanza tradicional separa radicalmente lectura y escritura. Los estudiantes identifican a los libros con peldaños para alcanzar un diploma, no con herramientas de uso cotidiano.


Proyecto “La formación de las ofertas culturales y sus públicos en México, siglo XX (genealogías, cartografías y prácticas culturales)” (FOCYP), el cual forma parte del Sistema Nacional de Información Cultural, que comenzó a operar desde 1990 dentro del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes a iniciativa de Guillermo Bonfil y del Seminario de Estudios de la Cultura.
Carencia de una cultura de la información: uno de los mayores obstáculos no sólo está en el derecho y acceso a ella, sino que reside en la desigual distribución de las habilidades, los recursos y los conocimientos para poder generarla y aprovecharla cabalmente.
Esta encuesta sobre la relación entre los públicos urbanos y las ofertas culturales fue aplicada en 34 ciudades mayores de 100 mil habitantes en México entre noviembre y diciembre de 1993. La selección de la muestra se realizó controlando seis diferentes regiones culturales: noroeste, noreste, occidente, centro, ciudad de México y golfo/sur en 3,331 hogares.
Las regiones culturales comprenden aproximadamente los siguientes estados: noroeste (Baja California Norte y Sur, Sonora y Sinaloa), noreste (Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, Durango, Zacatecas y San Luis Potosí), occidente (Nayarit, Aguascalientes, Jalisco, Michoacán, Guanajuato y parte de San Luis Potosí), centro (Guerrero, estado de México, Hidalgo, Puebla, parte norte de Veracruz y parte sur de Querétaro) , ciudad de México y golfo/sur (Veracruz, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo).

Equipamiento tecnológico en el hogar según nivel socioeconómico (1993)




Total

Alto

Medio

Bajo

Tv blanco y negro

54.3%

47.9%

54.3%

55.4%

Tv a color

87.1%

95.8%

91.1%

82.7%

Videocasetera

64.2%

83.4%

70.6%

56.4%

Video-juegos

27%

44.4%

31.3%

21%

Cámara de video

11.4%

33.9%

12.7%

6.7%

Cámara instantánea

34.6%

58.8%

40.1%

26.7%

Cámara fotográfica

63.3%

84%

72.6%

53.2%

Antena parabólica

3.4%

12.1%

3.2%

2.1%

Radio-grabadora

58.1%

77%

64.2%

50.6%

Modular o Estéreo

68.2%

85.5%

76.3%

59.5%

Reproductor de discos compactos

30.8%

60.6%

34.7%

23.1%

Computadora

7.7%

29.5%

8.5%

3.6%

Fax

2.2%

10.2%

2.2%

0.8%

Teléfono

51.3%

90.4%

62.6%

36.8%

Fuente: FOCYP.
La inmensa mayoría de los mexicanos son extranjeros indocumentados en la república de los libros. Poco más de la quinta parte de los mexicanos no tiene ningún libro en casa. Cuando vinculamos este dato con la escolaridad, mientras 41.3% de los que tienen grado de primaria o menos no tiene libros, sólo 4.1% de los que cuentan con licenciatura no tienen. De los hogares con libros, 8 de cada 10 tiene diccionarios, Biblias y enciclopedias. 6 de cada 10 hogares mexicanos no compró ningún libro en los últimos doce meses (p. 31).
El “gran” público en México tiene perfiles más bien restringidos: un poco más de la mitad de la población mayor de 15 años nunca ha estado en un museo, el 60% nunca ha visitado una biblioteca. Las casas de cultura y los auditorios rondan el 30% del público y las salas de conciertos, las galerías y los cines de arte no son visitadas por, al menos, ocho de cada diez habitantes (p. 45).


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