¿Son los cultivos transgénicos distintos a los convencionales?




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fecha de publicación21.01.2016
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ALIMENTOS TRANSGÉNICOS, RIESGOS Y DERECHOS

DE LOS CONSUMIDORES
¿Son los cultivos transgénicos distintos a los convencionales?
La producción de híbridos se ha realizado desde los inicios de la agricultura, pero la modificación genética es algo totalmente distinto. Los cruces convencionales se realizan en variedades iguales o similares; en cambio, en la ingeniería genética se introduce un gen de un organismo en el ADN de otro, sea éste de la misma especie o de otra completamente distinta, incluso de un reino diferente (genes de animales, bacterias, virus, etcétera) para añadirle un rasgo específico nuevo.
¿La modificación genética aumenta el valor nutritivo de los alimentos?

Podría llegar a eso. Por ejemplo, se está trabajando en un arroz con mayor contenido de hierro y vitaminas. Pero, hasta el momento, esta tecnología ha sido desarrollada principalmente con el fin de bajar los costos de producción para los agricultores y no para producir alimentos más saludables.
¿Pueden los alimentos transgénicos afectar la salud humana?
Actualmente, los únicos riesgos conocidos son las alergias y la resistencia a los antibióticos. Sin embargo, al no existir estudios a largo plazo, nadie puede saber a ciencia cierta qué daños pueden producir estos alimentos. Y son precisamente los efectos paulatinos en la salud lo que más inquietud causan, por lo difícil que es detectarlos.
¿Podrían los cultivos transgénicos afectar la fauna o el ambiente?
Tal como con la salud humana, la ciencia aún no ha logrado determinar cuáles serán las implicancias de la manipulación genética o el impacto que puede tener a largo plazo en el medio ambiente. Los estudios científicos han demostrado que los cultivos transgénicos pueden "contaminar" genéticamente las plantas no transgénicas, y esto podría causar serios daños al equilibrio ecológico y la biodiversidad.

¿Se han realizado pruebas a los alimentos transgénicos? ¿Existen normas para proteger la salud de los consumidores?
Los niveles de control y las normas de protección difieren mucho de un país a otro. Mientras en Europa existen normas relativamente rigurosas, en la mayoría de los países del mundo no existe regulación alguna. En Estados Unidos, el país que más alimentos transgénicos produce, las pruebas previas a la comercialización no son obligatorias.
¿Cómo se puede identificar los alimentos transgénicos?

¿Y cómo evitarlos?

Al no existir etiquetas, es difícil. Según Greenpeace, la soya transgénica está presente en cerca del 60 % de los productos elaborados con soya (por ejemplo, aceites vegetales, harina de soya, lecitina, etcétera). El maíz transgénico está presente en el 50 % de los productos elaborados con maíz (por ejemplo, el almidón, la harina de maíz, etcétera). Más del 90 % de los alimentos procesados no está incluido bajo las normas de etiquetado transgénico de la Unión Europea, que son las más estrictas del mundo. Pruebas de ADN pueden detectar algunos ingredientes transgénicos, pero no en el caso de aceites y cereales altamente refinados. Además, someter a análisis todos estos elementos sería prohibitivamente caro. Por lo tanto, al no contar con métodos adecuados para detectar ingredientes transgénicos, habría que evitar por completo cualquier alimento elaborado con soya o maíz. Algunos grupos activistas han publicado listados de productos transgénicos en sus sitios web. Una de las maneras de no comer alimentos transgénicos es consumiendo sólo alimentos orgánicos.
¿La controversia en torno a los alimentos transgnicos tiene alguna relación con las "vacas locas" o los alimentos contaminados con dioxinas?
No directamente, pero estas alertas afectaron seriamente la confianza de los consumidores en los procedimientos normativos, aumentando sus demandas hacia mayor prudencia.
¿Al estar tan extendidos los productos transgénicos, puede el movimiento de consumidores obtener respuestas a sus demandas?

Ya lo están logrando. Es a través de acciones internacionales y locales que los consumidores pueden hacer prevalecer su derecho a la seguridad y su derecho a tomar decisiones informadas.

¿Ciencia segura o apetito desatado?

Los cultivos transgénicos, obtenidos mediante un procedimiento tecnológico revolucionario, han sido extensamente adoptados por los agricultores de Estados Unidos, Canadá y Argentina, entre otros países. Cerca del 98% de la superficie agrícola mundial ocupada para esos cultivos se encuentra en tales tres países. Hace sólo diez años los alimentos transgénicos no se cultivaban comercialmente ni tampoco eran conocidos en el mercado. Hoy, sin embargo, son utilizados prácticamente en todo el mundo para elaborar, procesar y comercializar alimentos, tanto para consumo humano como animal.
Los dos cultivos transgénicos más importantes en 1998 fueron la soya y el maíz, seguidos por el algodón, la canola y la papa. De los aproximadamente 28 millones de hectáreas de alimentos transgénicos que ese año se cultivó en el mundo, el 52 % correspondió a la soya, seguida por el maíz con un 30 %.
Las compañías transnacionales que han desarrollado, patentado y comercializado las semillas transgénicas han enfocado sus intensas campañas promocionales hacia los agricultores. La promesa de mayor producción con menor cantidad de pesticidas y herbicidas se ha traducido en un crecimiento del 2.000 % en las ventas de semillas transgénicas entre 1995 y 1998, según la Rural Advancement Foundation International. Para los agricultores, el ahorro en los costos de producción es uno de los beneficios a corto plazo, a lo que se puede agregar las ganancias económicas que significan para las transnacionales. Otro beneficio sería la esperanza posiblemente ilusoria de poder alimentar a los hambrientos del mundo sin provocar severos daños a la Tierra.
La mayoría de los gobiernos parecen bien dispuestos ante el boom biotecnológico y la promesa de una solución tecnológica a dos de los mayores problemas que enfrenta el planeta. Las agencias reguladoras, con excepción de las de algunos países europeos, han aceptado las recomendaciones de la industria biotecnológica de no establecer normas y, además, no muestran especial interés en oponerse al poder de esta industria. Los avances científicos han sobrepasado la capacidad que las agencias reguladoras tienen de anticipar los posibles efectos adversos de los alimentos transgénicos sobre la salud y el medio ambiente.
De este modo, los alimentos transgénicos han inundado el mercado a una velocidad desmesurada, sin contar con el conocimiento científico adecuado y a pesar de su inevitable pero impredecible impacto ambiental. Tampoco existen mecanismos apropiados para monitorear su impacto a largo plazo en la salud humana. Asimismo, no se ha hecho un esfuerzo por educar a los consumidores, puesto que estas tecnologías no significan aún beneficios para ellos. A pesar de las diversas legislaciones nacionales que protegen los derechos del consumidor ­como las normas de seguridad para los alimentos en E.U.-, se ha pasado por alto el derecho a poder tomar decisiones informadas en relación a los alimentos transgénicos.
Si bien el impacto a largo plazo de los alimentos transgénicos sigue siendo un misterio, nadie ha demostrado aún que aquéllos actualmente comercializados sean dañinos para la salud humana, o que sus efectos sobre el medio ambiente no sean localizados y manejables. "¿Quién puede asegurar que estos productos no provocarán daños en la fauna, la flora o el medio ambiente?", se pregunta Floyd Norris en el New York Times. "Planteada de ese modo la pregunta, la respuesta es nadie. Pero si nos preguntamos si los riesgos, evidentemente bajos, son compensados por las potenciales ventajas en cuanto a la nutrición y a un menor uso de pesticidas, por ejemplo, la respuesta podría ser diferente".
Preguntarse por los riesgos y beneficios de los alimentos transgénicos es muy legítimo; sin embargo, cuando estos alimentos son tratados como productos convencionales, nadie les pide su opinión a los consumidores. Al negarse a distinguir entre productos transgénicos y aquéllos que no lo son, y al tratar a los consumidores vacilantes como niños mañosos que no saben qué es lo que les conviene, los productores de alimentos han creado un monstruo que se vuelve contra ellos: la comida Frankenstein. Imaginemos a este monstruo acechando en los pasillos de un supermercado, y cualquiera que se preocupe por lo que come lo pensará dos veces antes de cancelar su cuenta en la caja. Sobre todo en Europa, donde no hace mucho las alertas ante el caso de las "vacas locas" y el de los alimentos contaminados con dioxinas, motivaron la destrucción de grandes cantidades de carne de vacuno, pollos y productos lácteos.
Los posibles beneficios

Los cultivos transgénicos resistentes a las plagas y de mayor rendimiento podrían ayudar a cubrir las demandas de alimento de la creciente población mundial. Las plantas podrían ser modificadas con el fin de producir alimentos más nutritivos y saludables. Se podría desarrollar plantas transgénicas capaces de resistir condiciones extremas como sequías. El uso de pesticidas y herbicidas podría disminuir produciendo un ahorro de energía al verse reducida la necesidad de fumigar los cultivos. Los alimentos transgénicos podrían presentar beneficios a la salud, tales como vacunas comestibles. Los alimentos transgénicos podrían ser más económicos, de mejor calidad y más sabrosos.

Los posibles riesgos

No sabemos lo suficiente acerca de los posibles daños que produciría la inserción de genes en los cultivos transgénicos. Éstos, a gran escala podrían afectar la biodiversidad, el equilibrio de la naturaleza, la fauna y el medio ambiente. Los genes de las plantas transgénicas podrían traspasarse a plantas no transgénicas. El uso de genes resistentes a los antibióticos como marcadores en plantas transgénicas podría conllevar una mayor resistencia a los antibióticos. Las toxinas o alergenos podrían propagarse, traspasarse o producirse como consecuencia de la modificación genética.
Las alergias

Las principales causas de preocupación ante los alimentos transgénicos son las reacciónes alérgicas que pueden provocar, la resistencia cada vez mayor a los antibióticos y la posible presencia en los alimentos de nuevas o más virulentas toxinas.
La ingeniería genética puede trasladar algunas alergias desde alimentos de los cuales la gente se cuida, a otros ante los cuales las personas se sentían seguras. Es el caso de la soya modificada con genes de un tipo de nuez: en 1996 tuvieron que ser retirados al descubrirse que podían provocar una respuesta alérgica muy seria, e incluso fatal, en personas susceptibles. Se calcula que el 2 % de los adultos y el 8 % de los niños son alérgicos a ciertos alimentos, y aproximadamente un cuarto de la población ha sufrido alguna vez una reacción alérgica ante determinados alimentos. Como los alimentos transgénicos no llevan una etiqueta informativa, quienes sufren de estas alergias no tienen cómo saber si lo que van a consumir puede implicar algún riesgo o, en caso de sufrir una reacción alérgica, qué ingrediente la provocó.
Resistencia a los antibióticos

La característica dominante de dichos cultivos es su tolerancia a los herbicidas -en el 77 % de los casos- y su tolerancia a las plagas -en el 22 %.

De acuerdo con la British Medical Association, el riesgo que implica para la salud humana la resistencia a los antibióticos que podrían desarrollar los microorganismos, constituye "una de las mayores amenazas para la salud pública que deberá enfrentar el siglo XXI". Aunque los genes antibióticos están siendo substituidos por otros más inocuos, aún se hallan presentes en muchos alimentos transgénicos y pueden incrementar la resistencia a los antibióticos, con lo que resulta más difícil controlar las enfermedades.

Efectos tóxicos

La manipulación genética puede aumentar los niveles de toxinas vegetales naturalmente presentes en los alimentos, o desarrollar, de manera inesperada, toxinas totalmente nuevas. La manipulación genética puede resultar realmente peligrosa. Esto quedó en evidencia cuando se introdujo en el mercado estadounidense un aminoácido llamado L-triptófano, uno de los primeros productos de la ingenería genética. A fines de los años 80, una empresa japonesa utilizó bacterias transgénicas para producir un suplemento alimentario que se vendía sin receta en E.U.; como resultado, 37 personas murieron y al menos 1.500 contrajeron una grave enfermedad de la sangre antes de que el producto fuera retirado. Aunque el productor Showa Denko se negó a cooperar en una investigación con las autoridades estadounidenses, al parecer el origen de la toxina fatal estaba en las bacterias transgénicas.
Otro caso es el de la hormona artificial BST, que se inyecta en las vacas para estimular la producción de leche, y que podría aumentar el riesgo de cáncer en los seres humanos.
Asimismo, el desarrollo de cultivos resistentes a los herbicidas hace temer que no obstante las aseveraciones de la industria biotecnológica el uso de pesticidas se incremente, pues los agricultores los utilizarán en mayor cantidad al saber que no dañan sus cultivos. Consecuentemente, esta mayor exposición a residuos químicos presentes en los alimentos y en el medio podría aumentar el riesgo de contraer cáncer y otras enfermedades.

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