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EL PAPEL DE LA TÉCNICA Y LAS CIENCIAS NATURALES EN LA SOCIEDAD DEL RIESGO



Ante las inseguridades y peligros que nos amenazan, las relaciones de definición dominantes asignan a las tecnociencias y las ciencias naturales (y dentro de ellas a las corrientes dominantes, no a contraexpertos o a científicos alternativos) una posición de monopolio a la hora de decidir, sin la participación de la opinión pública, qué es tolerable y qué no.
Para atajar las consecuencias incalculables, inhumanas de los grandes proyectos técnicos se discute públicamente sobre una nueva ética de la investigación y se crean numerosos consejos asesores nacionales sobre el tema. Pero quien no pase de aquí, no se dará cuenta de hasta qué punto las tecnociencias están envueltas en la producción de peligros. Una renovación ética de las ciencias, incluso si no se enredara en la actual maraña de puntos de vista, sería, ante la independización del desarrollo de la técnica y su coalición con intereses económicos, igual que un freno de bicicleta en un misil intercontinental. (Por lo demás, la búsqueda de una ética de la investigación desconoce tanto la lógica investigadora como la unidad de autores y jueces = peritos de la tecnociencia en la tecnocracia del peligro.)
Es crucial comprender, para empezar, que en cuestión de peligros nadie es experto (tampoco, precisamente, los expertos). Todo pronóstico acerca de riesgos es doblemente impreciso: primero, presupone la aceptación cultural pero no puede crearla. Entre el rechazo y la asunción de daños potenciales no hay ningún puente científico. Los riesgos aceptables son los riesgos aceptados. En segundo lugar, un saber nuevo puede convertir de un día para otro la normalidad en peligro. La energía nuclear y el agujero de la capa de ozono son ejemplos destacados. Por lo tanto, el progreso de la ciencia

contradice las iniciales afirmaciones de seguridad de la misma. Son los éxitos de la ciencia los que siembran dudas acerca de los riesgos que enuncia.
Pero también hay que decir que el peligro inminente sirve el monopolio de su diagnóstico precisamente a sus causantes. En pleno shock catastrófico, todos hablan de becquerels, el agujero en la capa de ozono, la gripe aviar, partículas en suspensión, etc., como si supieran lo que significa. Y tienen que hacerlo para orientarse en el día a día. En este sentido es importante destacar una contradicción: por una parte las tecnociencias impulsan sin querer su refutación al emitir diagnósticos contradictorios sobre posibles riesgos; por otra, siguen administrando firmemente desde los días del imperio el monopolio de la respuesta a una pregunta social de primera calidad política (y que alude directamente a los criterios que aplican): ¿cuán seguro es lo suficientemente seguro?
La posición de poder que las relaciones de definición reconocen a las tecnociencias descansa, pues, sobre la simple decisión de encargarles dicha administración, y así cederles la competencia de decidir —de manera vinculante para derecho y política— según sus criterios de medida qué dicta el «estándar de la técnica». Si se pregunta por ejemplo qué cargas de radiación artificialmente generada tiene que soportar la población, esto es, cuál es el umbral que separa la normalidad de la peligrosidad, la legislación alemana sobre energía atómica da una respuesta general: la prevención exigible tiene que respetar «el estándar de la ciencia y la técnica» (5 7 II Nr. 3 AtG [Atomgesetz, Ley sobre energía atómica]). Quien quiera saber exactamente qué ración de toxicidad se puede exigir soportar a los ciudadanos como normal tiene que echar mano de la «Groñfeuerungsanlagenverordnung», la «Technische Anleitung Luft», etc.,<’ y consultar los detalles «decisivos» (en el más verdadero sentido de la palabra).
Incluso los instrumentos clásicos de control político —ordenamiento legal y disposiciones administrativas— son, cuando se refieren a energía nuclear, vacíos, malabarismos con el ominoso «estándar de la técnica», minando así su propia competencia y elevando la «pericia científico-técnica» al trono de la civilización del peligro. Otro factor que socava el monopolio científico-técnico del diagnóstico de peligros de las ciencias naturales y las tecnociencias cuando se trata de los peligros creados por éstas es la «crisis de realidad». Gracias a Chernóbil una gran mayoría de la opinión pública se dio cuenta de algo que sin embargo venía de mucho an Se trata de regulaciones sobre plantas energéticas de gran combustión y niveles de pureza del aire, respectivamente. (N. de la t.)

cablemente las zonas climáticas y acelerará dramáticamente la extinción de especies. Los más pobres del mundo serán los más afectados, los que peor se adaptarán a las transformaciones medioambientales. Y puesto que quien se ve despojado de las bases de su existencia huye del lugar de la miseria, grandes mígraciones de ecorrefugiados, de asilados climáticos irrumpirán en el próspero Norte y las crisis abiertas en los llamados Tercer y Cuarto Mundo podrán desembocar en guerras.
Facilitaría mucho las cosas que el máximo posible de países en vías de industrialización evitara cometer los errores de los países altamente industrializados. Pero el desarrollo desenfrenado de la sociedad industrial sigue pareciendo la mejor solución para muchos problemas —no sólo la pobreza—, de modo que es la necesidad imperante la que acelera las consecuencias, aparentemente abstractas, de la destrucción.
Las «amenazas a la naturaleza» no sólo son «amenazas a la naturaleza», sino más bien a la propiedad, el capital, los puestos de trabajo, el poder sindical. Privan a actividades, países y regiones del mundo de sus bases económicas y destruyen la estructura de los Estados nacionales y los mercados mundiales. Así pues, además de los «efectos indirectos» que sufre la naturaleza se producen los «efectos indirectos de los efectos indirectos» que sufren las instituciones básicas de la primera modernidad.
Quizás aún pueda hablarse de «medio ambiente» en un contexto económico particular, pero cuando se trata de la actividad económica en su totalidad tal discurso se convierte en una ficción. De hecho, se juega a una especie de «ruleta rusa», pues, por abstractos que sean los peligros, sus concreciones son irreversibles y geográficamente localizables. Aquello que se niega se arroja a determinadas regiones, a «zonas perdedoras» que tienen que pagar con las bases de su existencia económica la cuenta de la destrucción y de la «inimputabiídad» organizada. En esta «expropiación ecológica» aparece el novum histórico de la depreciación del capital y la producción manteniéndose constantes las relaciones de propiedad y a veces incluso sin variar las características del producto, cosa que perjudica en todo el planeta precisamente a aquellas actividades económicas —agricultura, alimentos, industria turística, pesca, sector servicios— que poco o nada tienen que ver con la producción de peligros.
Si el riesgo divide la economía mundial en ganadores y perdedores, esta polarización repercute en la estructura profesional. Primero surgen en el ámbito nacional, sectorial y empresarial enfrentamientos entre ios diversos grupos profesionales y, por tanto, en y entre los intereses de las organizaciones sindicales. Segundo, estos enfrentamientos vienen de re-

bote, derivados de los enfrentamientos entre fracciones del capital que hacen que el «destino del trabajador» se convierta, en un sentido más amplio y esencial, en «el destino». Tercero, la progresiva conciencia de estos conflictos puede llevar en determinados ramos a una unidn de los viejos «enemigos de clase», el capital y el trabajo, que podría desembocar en una confrontación entre bloques mixtos de sindicatos y empresarios (o sea, en un más allá de los enfrentamientos de clase, desbancados por la presión de la «politización ecológica») .
¿Qué figura podría adoptar un movimiento obrero ecológico? La producción y definición de amenazas conciernen al producto, y las decisiones sobre el producto escapan casi totalmente a la influencia de los comités de empresa y los colectivos de empleados: recaen en la alta dirección de las empresas. Sin embargo, son los trabajadores los que, en el peor de los casos, tienen que pagar con la pérdida de su puesto de trabajo.
Por otra parte, la definición latente de la amenaza acierta de pleno en la diana de su orgullo productivo, de su promesa de generar valor de uso. El trabajo y la fuerza de trabajo ya no pueden seguir concibiéndose como fuente de la riqueza, sino también como motor de amenaza y destrucción. La sociedad del trabajo no sólo se queda sin trabajo y por tanto, como formula irónicamente Hannah Arendt, sin su espina dorsal, sin lo único que presta sentido y consistencia a la vida social, sino que también amenaza todo el resto de sentido.
Resumiéndolo a grandes rasgos: la industria contaminante despacha como cosa del «entorno» lo que para las actividades y regiones perdedoras es la base de su subsistencia económica. Cons.ecuencia: los conflictos ecológicos de amplia extensión, que afectan a muchos Estados nacionales, provocan desplazamientos «geopoliticos» que ponen a la estructura intra e interestatal de bloques económicos y militares ante dificultades to 8 «Que existen indicios de la formación de tales bloques se observó en la industria atómica germano-occidental después de Chernóbil: los comités de empresa y los representantes de los empresarios defendieron la política energética de Alemania occidental contra cualquier cambio de rumbo» lSchumann, 1987, pág. 18 y siga.). En la correspondiente investigación H. Heme y R. Mautz —contra los supuestos predominantes— llegaron a esta conclusión: «Con la tendencia a profesionalizar el trabajo productivo en la industria química sus trabajadores podrían constituir en el futuro un potencial creciente de vigilantes productores industriales, capaces de reflexionar críticamente sobre las condiciones y consecuencias ecológicas de su propio trabajo y convertirse así en una fuerza de apoyo para actuaciones políricas de raíz ecológica en el ámbito de la industria» (Heine/Mautz, 1987, pág. 187).

trica, ya que las víctimas, uniformadas o no, no tienen ninguna posibilidad de defenderse. La valentía es tan inútil como la cobardía. El arma más importante de los terroristas es el miedo. No quieren victorias, quieren sembrar el pánico. Inutilizan la gramática nacional del ejército y la guerra al expandir por encima de las fronteras el Estado anti-socíal, antihumano del horror. Quieren transformar ‘os símbolos pacíficos de la sociedad civil en instrumentos del infierno. Por eso hay que concebir la sociedad del riesgo terrorista mundial como una constelación de amenaza antiestatal ante la que el estado de excepción se normaliza. Por eso los estados pierden poder (porque sus medios establecidos resultan ineficaces) y al mismo tiempo lo ganan, porque la apelación a la seguridad perdida lo oscurece y justifica todo (al final a costa de la libertad, la igualdad y la democracia).
Las catástrofes no premeditadas, las «catástrofes-consecuencia indirecta» (por ejemplo, el cambio climático), desmienten las garantías estatales de seguridad, hacen incluso que ios garantes de la seguridad pública parezcan ser quienes la amenazan, minan la autoridad y legitimidad de los Estados. Lo mismo cabe decir, aunque de otra forma, del riesgo terrorista, de las catástrofes premeditadas. Valga como indicio el desamparo con que Estados Unidos y su presidente, Bush, a la vez que encabezan un movimiento por la extensión global de la libertad y los derechos humanos invalidan estos mismos derechos al combatir preventivamente un riesgo terrorista militarmente impronosticable. Algunos intentan despertar la impresión de que el gobierno americano actúa como una horda de verdugos patológicos, dispuestos a cualquier tipo de violencia. Pero esta imagen impide percatarse del desamparo literalmente sin límites de la potencia militar más grande del mundo ante posibles atentados. La denominada «guerra contra el terrorismo» pone ante los ojos de todos nosotros la debilidad de los más fuertes. La fuerza aniquiladora de los ejércitos hace mucho ruido pero es ineficaz. La sociedad del riesgo mundial obliga al Estado nacional a confesar que no puede mantener lo que su propia Constitución se autoimpone por ley: garantizar a sus ciudadanos el que probablemente sea su bien más elevado, a saber, la seguridad.
La única respuesta al terror global —así como a las crisis financieras globales, el cambio climático y el crimen organizado— es la cooperación transnacional. Para ello, los Estados nacionales, desapoderados de lacto, tienen que saltar por encima de su propia sombra, de su ficción de autonomía, para otorgar a su lucha contra los problemas tanto nacionales como globales el valor añadido polftíco de una nueva y coordinada soberanía, una soberanía conjunta.

Los riesgos globales fuerzan una nueva política de la incertidumbre, obligan a distinguir entre incontrolabilidad primordial y no-co ntrol fáctico. Elfatum de la incontrolabílidad primordial no exime a la política nacional e internacional (puede que tampoco a las grandes empresas transnacionales) de la obligación de actuar. En el discurso mundial del riesgo les toca sufrir el tormento de la necesidad de justificación y acción: están condenadas a contra-actuar. Esta expectativa de contraacción presupone la hipótesis contrafáctica de la controlabilidad, incluso cuando todos los modelos de respuesta disponibles fallan. No hacer nada ante los riesgos reconocidos como tales es políticamente imposible (es indiferente si lo que se hace reduce el riesgo, lo incrementa o ninguna de las dos cosas, como parece ser muy especialmente el caso del riesgo terrorista). Hay que romper el anonimato de los riesgos, hay que dar un rostro a ios riesgos globales. La cara de Bm Laden es la cara del riesgo terrorista. La incertidumbre de los riesgos globales reconocidos —la fortuna en la teoría política clásica—, sobre la que no se puede influir políticamente, debería traducirse en virtu, para la que hay que inventar instrumentos e instituciones políticas. Con lo que surge al mismo tiempo una determinada jerarquía de las formas de acción política: la política pro-activa se valora mucho, la política re-activa, en cambio, se valora muy poco.

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