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REFLEXIVIDAD POLÍTICA: EL CONTRAPODER DEL PELIGRO Y LAS OPORTUNIDADES DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES



El conflicto en torno a los riesgos no es, sin duda, el primero al que se enfrentan las sociedades modernas, pero sí uno de los fundamentales. Los conflictos de clase o las revoluciones modifican las relaciones de poder, sustituyen unas elites por otras, pero se mantienen fieles a los objetivos del progreso técnico-económico y discuten sobre derechos civiles reconocidos en todas partes. La doble cara del «progreso autodestructivo», en cambio, provoca conflictos que pueden llegar a desintegrar la base de racionalidad de la sociedad: ciencia, ejército, policía, derecho, democracia. De ser así, la sociedad se vería obligada a discutir sus fundamentos sin fundamentos y caería en una desestabilización institucional en que todas las decisiones, desde la limitación de la velocidad y la regulación de las plazas de aparcamiento municipales hasta cuestiones fundamentales como el Estado del bienestar o la seguridad

de los críticos de la energía atómica. Bajo el dictado de la necesidad, los seres humanos han hecho una especie de curso acelerado sobre las contradicciones de la gestión de los peligros en la sociedad del riesgo, sobre la arbitrariedad de los valores límite y los métodos de cálculo o sobre lo inabarcable de las consecuencias a largo plazo y la posibilidad de anonimizarlas estadísticamente. Han aprendido más y mejor de lo que la crítica más crítica jamás hubiera podido enseñarles o exigirles.
Los críticos más pertinaces, convincentes y efectivos de la energía atómica, la industria genética, etc., no son ni quienes se manifiestan ante las vallas de protección ni la opinión pública (a pesar de ser ambos ímportantes y necesarios): el adversario más influyente de la industria del peligro es ella misma.
El poder de los movimientos de la sociedad civil —dicho de otra manera— no sólo dimana de éstos, sino también de la calidad y el alcance de las contradicciones en que se enredan las instituciones que producen y administran los peligros. Estas contradicciones, gracias al hostigamiento de los movimientos sociales, se hacen públicas y se convierten en materia de escándalo. Así pues, además de la ocultación mecánica de los peligros, existen también contratendencias que los sacan a la luz (aunque mucho más débiles y siempre necesitadas del coraje civil de individuos particulares y de la alerta de los movimientos sociales).
Sin embargo, el contrapoder que representa el forzado desenmascaramiento de peligros se basa en unas condiciones que pocos países satisfacen: democracia parlamentaria, independencia (relativa) de la prensa y una elevada generación de riqueza que haga posible que para la mayoría de la población el riesgo de cáncer o sida no quede postergado a la inminencia del hambre.
En la interacción de interior y exterior, más allá de las fronteras de los sistemas parciales, hay indicios de una fortaleza casi completamente inadvertida hasta ahora. El fenómeno social más asombroso, sorprendente y probablemente menos comprendido de las últimas décadas —no sólo en Alemania— es la individualización, el inesperado renacimiento de una «enorme subjetividad» dentro y fuera de las instituciones. No es ninguna exageración decir que las redes y movimientos de la sociedad civil han tomado la iniciativa. Son ellos los que, desde la década de 1970 y contra la resistencia de los partidos establecidos, han hecho aparecer en el orden del día los peligros que amenazan al mundo. Los temas que ahora están en boca de todos no han salido

de la amplitud de miras de los gobernantes o de los debates parlamentarios (ni tampoco de las catedrales del poder económico, científico o estatal). Se han convertido en objeto de controversia político-mundial contra la cerrada resistencia de la ignorancia institucionalizada, gracias a ciertos grupos y grupúsculos (por lo demás, hechos un lío, moralizantes, incapaces de ponerse de acuerdo en el camino que seguir, plagados de dudas, dispersos). La subversión democrática ha logrado una victoria temática muy imp roba ble.
La ampliación ecológica de la democracia significa concertar voces y poderes, desplegar la autonomía de la política, el derecho, la opinión pública y la cotidi anidad contra la falsa y peligrosa seguridad de una sociedad «diseñada en los despachos».
Se trata de una propuesta que contiene dos principios estrechamente unidos: la división de poderes y la formación de opinión pública. Sólo un debate público fuerte, competente, «municionado» con argumentos científicos, está en situación de separar la paja del grano científico y reconquistar el juicio propio arrebatándoselo a las instituciones que comandan la técnica: la política y el derecho.
Para ello todas las discusiones y gremios socialmente relevantes tendrían que aunar voces y expertos contrapuestos, múltiples disciplinas y, sobre todo, alternativas diversas (que habría que desarrollar sistemáticamente). La opinión pública, en colaboración con una especie de «ciencia de lo público», tendría que intervenir —a modo de segunda instancia de «comprobación discursiva» de los resultados científicos obtenidos en el laboratorio— en el purgatorio de las opiniones enfrentadas. Bajo su especial responsabilidad estarían las grandes líneas de desarrollo y los consiguientes peligros de la civilización científica, que la ciencia normal ha ignorado crónicamente. Su papel sería el de una especie de «senado público» que, a modo de criterio de evaluación de las pretensiones, consecuencias y peligros de la ciencia, aplicaría la pregunta: «eCómo queremos vivir?».
La premisa es, pues, que la investigación tenga en cuenta las preguntas de la opinión pública y a ella se dirija (y no sólo que en el intercambio económico con la industria multiplique los problemas de todos). Quizá mediante estos dos pasos —apertura desde dentro del ámbito científico y contraste de su especialización reduccionista con valoraciones públicas de su praxis— sería posible afinar los instrumentos de control y dirección (ahora mayoritariamente en punto muerto) de que disponen la política y el derecho.

Capítulo III
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