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EL «MOMENTO COSMOPOLITA DE LA SOCIEDAD DEL RIESGO O LA ILUSTRACIÓN FORZOSA


En este capítulo examinaré el horizonte normativo de la sociedad del riesgo mundial así como el marco normativo de la teoría de la sociedad del riesgo mundial.’ Esta normatividad no debe asentarse sobre presupuestos ético-filosóficos, sino desarrollarse a partir de las dinámicas reales de las que resulta la sociedad del riesgo mundial y sus ambivalencias.
Quien analiza el riesgo mundial desde esta perspectiva tiene que entender algo de ironía involuntaria, pues la gran (y pequeña) narración de la historia del aprendizaje del riesgo y sus efectos sociopolíticos está llena de ironías: trata de la comicidad involuntaria y el absurdo optimismo con que las instituciones básicas de la sociedad moderna —ciencia, Estado, economía y ejército— intentan anticipar lo que no puede anticíparse. Ciertos acontecimientos de la segunda mítad del siglo xx nos ayudaron a entender algo mejor a qué se refería Sócrates con su enigmática frase «Sólo sé que no sé nada». El constante perfeccionamiento de la sociedad científico-técnica nos ha hecho el irónico regalo de una evidencia funesta: no sabemos que no sabemos. Precisamente de ahí brotan los peligros que amenazan a la humanidad. El ejemplo perfecto de ello es el debate sobre los gases HCFC [hidroclorofluorocarbonos] (Bóschen y otros, 2004). En el año 1974, aproximadamente cuarenta y cinco años después de su descubrimiento, los químicos Rowland y Molina formularon la hipótesis de que los HCFC deterioraban la capa de ozono de la estratosfera y provocaban una mayor exposición de la Tíerra a las radiaciones ultravioletas, lo que, por un encadenamiento de efectos indirectos imprevisibles, provocaría un incremento dramático del riesgo de cáncer. Cuando tales sustancias fueron descubiertas nadie podía saber o sospechar siquiera que aquel «material milagroso» pudiera tener consecuencias tan desastrosas.
1. Max Weber resume estos dos significados de normatividad en el concepto de la «relación de valor». En lo que sigue, pues, nos referiremos al momento cosmopolita de la sociedad del riesgo mundial como una relación de valor cultural y social.

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dente que el ser humano tiene el don admirable y misterioso de hacer milagros». Es decir, puede actuar, tener iniciativas, marcar un nuevo comienzo. «El milagro de la libertad yace en este poder comenzar de nuevo que a su vez resulta de unfactum: todo ser humano, al nacer y venir a un mundo que ya estaba ahí antes que él y seguirá estándolo después, es de por sí un nuevo comienzo» (Arendt, 1993, pág. 34).
La idea republicana de un nuevo comienzo liberador la vio Arendt realizada en muy pocos momentos históricos: en la polis ateniense, en los fundadores de Estados Unidos y también en las secuelas del Holocausto.
Yo voy un paso más allá al destacar el momento cosmopolita de la sociedad del riesgo mundial. Paradójicamente la sociología, criatura de la primera modernidad, no comparte esta autocerteza escéptica del poder comenzar de nuevo que en un horizonte de riesgos catastróficos posibffita la reinvención de las instituciones básicas de la sociedad nacional moderna (Beck, 1993). Al contrario, en los cimientos del pensamiento sociológico europeo hay una cierta nostalgia, nunca extinguida del todo, que quizá la teoría de la sociedad del riesgo mundial pueda superar. Mi objetivo es una nueva teoría crítica no nostálgica que, partiendo del futuro amenazado, repiense también el pasado de la modernidad (capítulo XI). Los términos «utopismo» o «pesimismo» no caracterizan acertadamente dicha teoría, sólo los conceptos «ironía» y «ambivalencia» son apropiados para ella. En vez de un «o esto o lo otro», busco un nuevo «tanto esto como lo otro», un camino para equilibrar dos posturas contradictorias: autodestrucción y capacidad de un nuevo comienzo. Quisiera desarrollar lo que acabo de proponer en dos pasos: 1) la diferencia entre viejos peligros y nuevos riesgos, y 2) el «momento cosmopolita» o la astucia de la historia: ¿hasta qué punto los riesgos globales son en la historia universal presente y futura una fuerza que nadie puede controlar y al mismo tiempo una puerta a nuevas posibilidades de acción para Estados, ONG, etc.?



La sociedad moderna se ha convertido en una sociedad de riesgo, ya que cada vez debate más vivamente sobre los riesgos que ella misma engendra con el fin de dominarlos y evitarlos. A esta afirmación podría objetarse que la situación actual es resultado de la histeria y de las políticas del miedo que los medios de comunicación de masas inflaman y atizan cons E

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tantemente. ¿Un observador externo de las sociedades europeas no tendría que llegar a la conclusión de que estos riesgos que tanto nos alarman son sólo riesgos de lujo?, podría proseguir la objeción. Al fin y al cabo nuestra parte del mundo parece mucho más segura que, por ejemplo, las regiones de Africa, Oriente Próximo, Afganistán o Irak, asoladas por las guerras. ¿No se caracterizan las sociedades modernas por haber logrado adueñarse de contingencias e incertidumbres tales como accidentes, violencia y enfermedades de todo tipo? El año 2005, el año del tsunami, el huracán Katrina sobre Nueva Orleans o la devastación de amplias regiones de Sudamérica y Pakistán, nos recordó sin embargo lo reducidas que son las fronteras de nuestras pretensiones de control cuando la naturaleza se desata. Pero incluso los peligros naturales resultan menos imprevisibles que antes. Aunque la intervención humana no pueda impedir terremotos o erupciones volcánicas, éstos pueden predecirse con bastante exactitud. Los anticipamos para adoptar medidas de seguridad estructurales.
¿Por qué no debería ser posible «gestionar» también las inseguridades fabricadas de la segunda modernidad?
De la gestión de inseguridades fabricadas
En efecto, en la sociedad del riesgo mundial urge anticipar las catástrofes autoprovocadas y evitar tener que tratar con inseguridades fabricadas. Tal necesidad crea por supuesto mercados en expansión para toda clase de tecnologías, expertos, contraexpertos y productos: ¡la sociedad del riesgo mundial es big business! Los estudios tradicionales sobre la incertidumbre, sea en la economía, el sector financiero o las ciencias sociales, se guían en general por la llamada «curva de Gauss». La curva traza una forma de campana y cae marcadamente en sus extremos. Tomemos por ejemplo la distribución de los coeficientes de inteligencia: la mayoría de las personas se encuentran más o menos en el medio, cerca del punto en que la curva alcanza su valor más alto. Pocos son los que se acercan a los puntos extremos. La curva de la campana o modelo gaussiano, que el matemático Carl Friedrich Gauss aplicó con éxito en el siglo xix para describir las desviaciones de las mediciones astronómicas, ha impregnado nuestra cultura científica y en general la economía y la imagen que la sociedad moderna tiene de sí misma. Es más que una técnica descriptiva: determina nuestro pensamiento, de manera que pensamos en distribuciones normales. El problema, sin embargo, es que las mediciones de la inseguridad me-

a) Espacial: los nuevos riesgos (por ejemplo, el cambio climático) se extienden más allá de las fronteras del Estado nacional e incluso de los continentes.
b) Temporal: los nuevos riesgos tienen un largo periodo de latencia (por ejemplo, los residuos nucleares), de manera que sus consecuencias futuras no pueden determinarse y limitarse de manera fidedigna. Por otra parte, el saber y el no-saber cambian, de manera que la pregunta de quién es el afectado queda abierta en el tiempo y es siempre materia de discusión.
c) Social: puesto que los nuevos riesgos resultan de procesos complejos y desencadenan efectos de largo alcance, sus causas y consecuencias no se pueden determinar con suficiente precisión (por ejemplo, las crisis financieras).
La incaiculabilidad del riesgo resulta de la gran importancia del «poder no saber». Simultáneamente, sin embargo, el Estado tiene que renovar, profundizar y ampliar sus pretensiones de saber, control y seguridad. O sea, que, irónicamente, se trata de controlar algo que no se sabe si existe. Pues bien, ¿por qué debería una ciencia o una disciplina ocuparse de algo que no conoce? Una respuesta sociológica clave al respecto es: porque la seguridad es el primado de la sociedad moderna, un primado que el no-saber, lejos de suprimir, activa y domina (como hemos aprendido especialmente del riesgo terrorista). A la vista de las inseguridades fabricadas, la sociedad necesita más seguridad y control que nunca. En especial la mezcla de conocimiento y desconocimiento de los riesgos globales hace que los sistemas nacionales e internacionales de «relaciones de definición» establecidos se tambaleen (véase capítulo II). Suena irónico, pero son precisamente los desconocidos desconocidos los que desencadenan (con el objetivo de evitar lo peor) conflictos de largo alcance sobre la definición y la construcción de reglas y responsabilidades políticas.
En la actualidad, el último y más pertinente ejemplo es la segunda guerra de Irak, que —o al menos también— se hizo para impedir lo que no podemos saber, o sea, si y en qué proporciones hay armas químicas y nucleares de destrucción masiva en manos de terroristas.
Como muestra este ejemplo, la sociedad del riesgo mundial se encuentra frente a la ingrata misión de tener que decidir sobre la vida y la muerte, sobre la guerra y la paz (y aquí ya no cabe hablar de ironía), basándose de manera más o menos confesa en el no-saber. El dilema se manifiesta especialmente en el hecho de que la opción que confía en que no existe ningún peligro en un territorio se basa igualmente en el no-saber y está en la mis-

ma alta medida expuesta al riesgo, ya que los terroristas podrían hacerse realmente con armas de destrucción masiva precisamente porque creemos que podemos no saber y por lo tanto no hacer nada. Aquí es donde la ironía de la no-compensabiidad alcanza de manera trágica su punto álgido.
Si las catástrofes cuyo potencial destructivo amenaza a todo el mundo se anticipan, toda calculación del riesgo que se apoye en la experiencia y la racionalidad se derrumba, pues hay que considerar todos los escenarios posibles, más probables o menos. Al saber que extraemos de la experiencia y de las ciencias se anteponen la imaginación, la sospecha, la ficción y el temor.
François Ewald escribe:
[...1 el principio de la previsión exige un ejercicio activo de la duda en el sentido en que Descartes la canonizó en sus Meditaciones. Antes de cualquier acción tengo que preguntarme no sólo qué tengo que saber o controlar sino también qué no sé, qué temo o supongo. Tengo que plantearme precavidamente la posibilidad más mala. Esta es la consecuencia de que un daimon infinitamente mentiroso y malvado pueda haberse deslizado en una empresa aparentemente inocente (Ewald, 2002, pág. 285).
En particular los políticos, dado que tienen encomendada la misión de alejar peligros, pueden verse fácilmente obligados a proclamar el logro y mantenimiento del estándar de seguridad aunque tal garantía sea imposible. Lo hacen porque los costes políticos de la omisión son mucho más altos que los costes de una sobrerreacción. En el futuro, pues, dado el contexto de las promesas de seguridad del Estado y de la avidez de catástrofes de los medios de comunicación, no será sencillo impedir el diabólico juego de poder con la histeria del no-saber. No me atrevo siquiera a pensar en los intentos deliberados de instrumentalizar dicha situación.
Defideicomisarias a sospechosas
Los riesgos globales son la expresión de una nueva forma de interdependencia global, a la cual ni la política nacional ni las formas de cooperación internacional conocidas rinden debida cuenta. Todos los intentos prácticos pasados y presentes de habérselas con la incertidumbre pueden reclamar el mismo derecho a hacerlo, pero precisamente por eso no han sido ninguna solución para los problemas resultantes. Es más: instituciones modernas básicas como la ciencia, la economía y la política, que deberían garantizar la racionalidad y la seguridad, se encuentran ante situa

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tencia ante el fracaso de ios gobiernos y posibilidad de formas de gobierno alternativas en un mundo globalizado.2

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