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¿Qué significa «momento cosmopolita»?


¿En que consiste lo «cosmopolita» del «momento cosmopolita»? ¿Se trata de un concepto normativo o descriptivo? Ya he aclarado que al adquirir conciencia de la dinámica de la sociedad del riesgo mundial todos vivimos en directa vecindad con todos, o sea, en un mundo en el que, queramos o no, queramos darnos cuenta o no, no es posible segregar al otro. Así pues, lo cosmopolita se encuentra por de pronto en esta obligación universal de incluir al culturalmente otro.
Con ello queda dicho de paso que este concepto sociológico de cosmopolitismo (Beck, 2004; Beck/Grande, 2004) se refiere a una forma específica de tratar socialmente la alteridad cultural, contraria, por ejemplo, a la exclusión jerárquica, que encontramos en el pensamiento y actos racistas del pasado y el presente; el universalismo, que afirma la disolución de las diferencias; el nacionalismo, que las unifica y al mismo tiempo separa unas de otras (en enfrentamientos nacionales); o el multiculturalismo, que se entiende y practica como monoculturalismo plural (generalmente en el marco de una nación). El cosmopolitismo se diferencia de estas formas porque, como hemos dicho, hace de la inclusión de los otros una realidad y/o una máxima.
Entre el cosmopolitismo como «realidad» y el cosmopolitismo como «máxima» median, por supuesto, abismos. En el sentido normativo («máximas»), el cosmopolitismo postula el reconocimiento de la alteridad cultural tanto interior como exterior. Las diferencias ni se ordenan jerárquicamente ni se diluyen, sino que se aceptan como tales e incluso se valoran positivamente. Ahora bien, a principios del siglo xxi en ninguna parte del mundo se está cerca de una situación en que tales condiciones se acepten. Entonces, ¿cómo unir a personas de diferente color, religión, nacionalidad, situación, pasado y futuro si no es mediante el reconocimiento? La
2. En lo que sigue, utiizaré dos conceptos de cosmopolitismo: uno en un sentido estricto y otro en un sentido amplio. En sentido amplio hablo de «momento cosmopolita» de la sociedad del riesgo mundial; en sentido estricto, de
respuesta de la teoría de la sociedad del riesgo mundial reza: mediante las traumáticas experiencias de la comunidad forzosa de los riesgos globales que amenazan la existencia de todos. El reconocimiento de la realidad del peligro no incluye, sin embargo, el reconocimiento de la alteridad de los otros.
Así que hay que distinguir netamente entre un mundo en que la pluralidad de ios otros se niega, se ignora o se condena —pero ya no puede expulsarse— y un mundo en que esta pluralidad se reconoce y la comunidad de la diferencia es compartida por todos. El «momento cosmopolita» de la sociedad del riesgo mundial se refiere, primero, a la conditio humana de la imposibilidad irrefutable de segregar a los culturalmente otros. Todos estamos en un espacio de peligro común global (sin salida). Ante esto puede reaccionarse de maneras muy dispares, incluidas renacionalizaciones, xenofobias, etc. Una de ellas, contempla el reconocimiento de los otros como iguales y diversos (el cosmopolitismo normativo).
La sociedad del riesgo mundial fuerza a ver la pluralidad del mundo que la mirada nacional puede ignorar. Los riesgos globales abren un espacio moral y político del que puede brotar una cultura civil de la responsabilidad por encima de fronteras y enfrentamientos. La experiencia traumática de la vulnerabilidad de todos y la consiguiente responsabilidad con respecto a los otros (también por propia supervivencia) son las dos caras de creerse el riesgo mundial.
Así pues, pueden formularse dos tipos de enunciados diametralmente opuestos respecto a los riesgos globales: o bien infunden un espanto paralizador o bien abren nuevos espacios de acción. Ninguno de los dos es verdadero, ninguno de los dos es falso. Esto es lo que quiero decir cuando hablo de la ambivalencia del «momento cosmopolita» de la sociedad del riesgo mundial. Desde esta perspectiva, el «momento cosmopolita» es tanto un concepto descriptivo como un concepto normativo. En primer lugar, se trata de darse cuenta de la realidad, forzada por la dinámica de la sociedad del riesgo mundial, de una pluralidad que no puede segregarse, independientemente de si esta realidad se ignora y demoniza o se saluda y traduce en política mundial activa. Y, después, de disponer de puntos de partida y principios para vislumbrar qué clase de pensamiento y acción cosmopolitas podría y debería ser posible y real.


ficarse a los sin voz sino también a los poderosos que se la niegan. Así, en casi todos los temas, al grito de «peligro inminente», la luz de la opinión pública penetra incluso en los más recónditos y blindados rincones del poder y centros de decisión.
Las audiencias globales del peligro, sin embargo, están estructuradas de manera completamente distinta a la «opinión pública» de que hablaba Habermas. La esfera pública de Habermas presupone la igualdad de oportunidades de participación, así como el compromiso de todos con los principios del discurso racional. La audiencia del peligro es involuntaria, emocional y existencial. Es el horror el que resquebraja la coraza del anonimato y la indiferencia (si bien para la mayoría la imagen del horror es el horror). Aquí no puede hablarse ni de confesión ni de racionalidad. A los potencialmente responsables, escondidos tras los «imperativos del sistema», se les nombra ante los ojos mediáticos del mundo. Despiadadamente, sin el menor respeto por su posición social, las voces de sus oponentes les declaran culpables de contradicción. Las imágenes del horror no ayudan a mantener la cabeza fría: infunden una compasión más allá de las fronteras de la que son parte las falsas alarmas, las malas interpretaciones y las censuras. Estas audiencias del riesgo hierven volcánicamente: son impuras, falsean, seleccionan, conmueven y encrespan; permiten más y al mismo tiempo menos que la opinión pública que presenta Habermas. Se parece más bien a la imagen de la «mediapolis» que Roger Silverstone (2006) retrata con tanto detalle y agudeza, o a la imagen que John Dewey apuntó en La opinión pública y sus problemas (1927). En este texto, Dewey mantiene la tesis de que no son las acciones sino sus consecuencias lo que se convierte en el elemento cardinal de la política. Aunque no pensara en el calentamiento global, las vacas locas o los atentados terroristas, su teoría es perfectamente aplicable a la sociedad del riesgo mundial. Un discurso global público no nace del consenso en las decisiones sino más bien del disenso sobre las consecuencias de las mismas. Este es el origen de las crisis que el riesgo provoca en la modernidad. Aunque haya quien crea tener que evitar una sobrerreacción excesiva al riesgo, los conflictos a que éste da pie tienen una función ilustradora. Desestabilizan el orden existente y pueden ser un paso de importancia vital en la formación de nuevas instituciones. El riesgo global tiene la capacidad de confundir los mecanismos de la irresponsabilidad organizada e incluso abrirlos a la acción política.

El «momento cosmopolita» de la sociedad del riesgo o la flustración forzosa 93 Comunicación forzosa por encima de trincheras
El egoísmo, la autonomía, la autopoiesis, el aislamiento del yo, la improbabilidad de la traducción, todos estos son conceptos clave con ios que tanto la teoría sociológica como los debates públicos y políticos caracterizan a la sociedad moderna. La lógica comunicativa del riesgo global tiene que entenderse según el principio exactamente opuesto. El riesgo mundial es sin querer, inintencionadamente el medio de comunicación obligatorio en un mundo de posiciones encontradas e irreconciliables en el que todos se repliegan sobre sí mismos. Un riesgo que se perciba públicamente como tal fuerza la comunicación de aquellos que de otra manera no querrían tener nada que ver los unos con los otros y exige compromisos y costes a aquellos que la rehúyen (y que suelen tener el derecho vigente de su lado). En otras palabras: el gran riesgo obliga a culturas, lenguas, religiones y sistemas, así como a las agendas políticas nacionales e internacionales, a abandonar su autosuficiencia y a invertir sus prioridades. El gran riesgo crea el contexto necesario para que bandos, partidos y naciones en conflicto, que no quieren saber nada los unos de ios otros e incluso se rechazan o combaten, interactúen.
Por ejemplo, la anticipación de consecuencias indirectas catastróficas comporta que las grandes empresas encuentren una resistencia anticipatoria a sus decisiones cada vez más dura. No se construye central energética sin que los habitantes del lugar protesten, campo petrolífero que no se someta a la supervisión de ONG transnacionales, fármaco que se salude sin una previa enumeración de sus riesgos conocidos y por conocer. En otras palabras: los riesgos globales proveen una democratización involuntaria.
Y también alianzas inesperadas. Así, cuando la industria norteamericana 0pta decididamente por una mayor protección del clima, se alía con grupos ecologistas contra el gobierno del presidente Bush, que siempre ha rechazado los acuerdos internacionales (como el protocolo de Kioto) sobre restricción de emisiones de gases. Los jefes de ios grandes grupos empresariales norteamericanos tienen claro que una política climática activa es ineludible y quieren participar en la dirección de la misma. Esta conversión al ecologismo es el resultado de la intensa colaboración que desde 1999 mantienen grupos de defensa del medio ambiente y el lobby de la industria. Sin olvidar naturalmente que en la apuesta por el capitalismo verde también se trata de decidir cuanto antes en el propio favor la competición global por el colosal negocio de la técnica medioambiental.

El «momento cosmopolita» de la sociedad del riesgo o la Ilustración forzosa 97
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