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El retorno de la responsabilidad estatal o por qué fracasa el Estado neoliberal



¿Quién tiene propiamente la misión de detener el cambio climático? Durante un tiempo pareció que era un desafío ante el que todos tendríamos que arrimar el hombro, todos en cuanto individuos, de manera que la guerra contra el cambio climático se transformaría en un modelo de estilo de vida verde (bicicleta en vez de coche, hacer las vacaciones en casa en vez de coger aviones). Pero, cuidado, el cambio climático es un problema demasiado grande para poder dominarlo con la sola suma de esfuerzos particulares al grito de «bus en vez de coche» (Jonathan Freedland). Se requiere la intervención de los gobiernos. Pero incluso éstos, «individualizados», están bastante indefensos.
Entretanto, es ya una trivialidad decir que el dióxido de carbono no conoce fronteras y que cualquier intento que no se apoye en una plataforma transnacional, o sea, local y global al mismo tiempo, fracasará por fuerza. Pero puesto que probablemente aún falta tiempo para que la humanidad aúne a la humanidad con semejante fin, se necesita una solución interina de alcance a medio plazo. Incluso los euroescépticos más empedernidos tienen que admitirlo: la Unión Europea es el actor ideal para una política contra el cambio climático. Con el presupuesto euromillonario de la Unión Europea se pueden financiar las innovaciones pertinentes, desde las energías alternativas hasta tecnologías que ahorren energía.
En esta línea y en un contexto cosmopolita van por ejemplo los pactos de cooperación con China (sobre tecnologías, regiones y mercados libres de dióxido de carbono), de los que ambas partes se benefician. La escenificación de riesgos globales propone la posibilidad de crear mercados en los que tengan que consumirse «a la fuerza» (y por tanto también producirse y comprarse) productos beneficiosos para la humanidad. Los europeos, decimos, podríamos diseñar una nevera ultraeficiente y respetuosa con el medio ambiente y los chinos podrían producirla barato y venderla mediante su red de mercados globales y estrategias comerciales por todo el mundo en beneficio de todos (el único que saldría perdiendo sería el cambio climático). Forjar a nivel global semejante alianza entre Estados y empresas podría legitimarlos nuevamente a ambos.
Pero llegado a este punto, si no antes, a uno le asalta una idea herética: semejante alianza no podrá ser porque los gobiernos hace tiempo que no controlan las decisiones económicas.

Uno puede desde luego confiar en la fuerza mágica del mercado, pero incluso en el caso de mayor éxito imaginable, todo va muy lento y el tiempo es condenadamente escaso. No son los gobiernos sino la naturaleza la que pone —como dice esa palabra inglesa tan bonita— la deadline [literalmente línea mortal o fecha tope].
Es verdad que no hay vuelta posible a la economía planificada de Estado, pero eso no resta peso a la evidencia de que, si alguna vez la «soberanía del mercado» ha representado una amenaza mortal, es ahora, ante la amenaza del colapso climático y los costes inimaginables que originará.
Por eso los riesgos globales, visto el fracaso de los Estados nacionales en el mundo globalizado, son una señal de alarma. Hay un sorprendente paralelismo entre, por una parte, la catástrofe del reactor de Chernóbil de 1986 y la crisis financiera asiática de 1991 y, por otra, el 11 de septiembre de 2001 y las consecuencias que el huracán Katrina de 2005 tuvo para la imagen que los norteamericanos tenían de sí mismos y la reactivación del debate sobre el cambio climático. Cada uno de estos casos dio o da pie a un debate mundial sobre si hay que considerar la dinámica de la sociedad del riesgo mundial una refutación histórica del Estado mínimo neoliberal. Así, por ejemplo, a causa del shock que provocó la visión de la oculta cara tercermundista de Estados Unidos, la pregunta por el papel que debe desempeñar el gobierno se hizo mucho más evidente pese a la actitud escéptica de muchos americanos respecto al Estado.
De esta manera, la vieja oposición entre izquierda y derecha encuentra nuevas formas de expresión. Por un lado se acentúa que es cometido del gobierno federal americano minimizar las amenazas y riesgos a los que se ven expuestos los individuos; por otro, se desecha esta concepción del Estado por falsa y desencaminada. Hay una excepción interesante: la seguridad militar. Mientras se espera de los individuos que se costeen su seguridad social y tomen sus propias medidas para el caso de una catástrofe, se dramatiza la relevancia de la seguridad exterior y con ella la necesidad de ampliar el aparato militar. ¿Un contrato social? ¿Un bien público? En el mejor de los casos una opción, de ninguna manera un deber. El responsable de la campaña electoral del presidente Bush argumentaba:
la mejor manera de describir la reacción adecuada al huracán Katrina sería «gastos descomunales en prestaciones sociales» que exigirían «despilfarrar el dinero y diseñar programas más propios de organizaciones como el Ejército de Salvación». Barack Obama, que es afroamericano y se postula con muy buenas perspectivas para la candidatura demócrata a las próximas elecciones presidenciales, contestó:

100 La sociedad del riesgo mundial
guerras. Como dijo escuetamente el ministro alemán de Exteriores Walter Steinmeier: «La seguridad energética condicionará decisivamente la agenda global de la seguridad del siglo XXI». Aquí se perfila un modelo político que podría sustituir al obsoleto de la política exterior nacional: la política interior mundial, fruto de la modernidad avanzada, posnacional, multilateral, acronímica, economicista y sumamente pacífica en todos los aspectos; una política que predicaría interdependencias multidireccionales, buscaría amigos en todas partes y no calificaría a nadie de enemigo, excepto a los estereotipados, cuya imagen habría que desmontar. En este mundo retórico los «intereses nacionales» quedan discretamente ocultos, como las piernas bonitas, bajo pesadas telas en las que se tejen las palabras que ahora tienen sentido: «protección del clima», «cosmopolitismo», «derechos humanos» y «humanidad».
Dos son las premisas para ello. En primer lugar, la sociedad del riesgo mundial potencia una lógica históricamente nueva: ninguna nación puede habérselas sola con estos problemas. En segundo lugar, en la era de la globalización es posible una alternativa política realista que contrarreste la pérdida del mando de la politica estatal a manos del capital globalizado. La condición para ello es que la globalización no se interprete como un destino económico sino más bien como un juego estratégico por el poder mundial (Beck, 2002).
La nueva política interior mundial, que ya es eficaz ahora y aquí más allá de la separación de lo nacional y lo internacional, se ha convertido en un metajuego de poder cuyo resultado está completamente abierto. Un juego en el que las fronteras y las diferencias fundamentales se tratan de manera completamente nueva, no sólo las que hay entre la esfera nacional y la esfera internacional sino también las que hay entre la economía global y el Estado, los movimientos civiles transnacionales, las organizaciones supranacionales y los gobiernos y sociedades nacionales. Ningún jugador en particular puede ganar solo, como tampoco su adversario:
todo depende de alianzas. Ésta es la manera en que el difuso juego de poder de la política interior global manifiesta sus enfrentamientos inmanentes. La alternativa predominante hoy día otorga al capital global una posición preferente. El objetivo de las estrategias del capital es, dicho de una manera simple, fundir el capital con el Estado para abrir nuevas fuentes de legitimidad en forma de un Estado neoliberal. Su ortodoxia dice: sólo hay un poder revolucionario que reescribe las reglas del poder global, y ése es el capital (mientras que los otros actores —el Estado nacional y los movimientos de la sociedad civil— permanecen atrapados en

El «momento cosmopolita» de la sociedad del riesgo o la Ilustración forzosa 101
las limitadas opciones de poder y acción del orden nacional e internacional). Esta coalición del capital con un Estado nacional mínimo no sólo no está en situación de hacer frente a los desafíos de la sociedad del riesgo mundial, sino que no es plausible en el espacio de experiencia de los riesgos globales.
Las estrategias de acción que el riesgo global inspira echan por tierra el orden establecido por la coalición liberal de capital y Estado: los riesgos globales apoderan a Estados y movimientos de la sociedad civil porque les brindan nuevas fuentes de legitimación y opciones de acción; desapoderan, en cambio, al capital globalizado porque las consecuencias de las decisiones inversoras generan riesgos globales, desestabilizan mercados y activan el poder del consumidor, ese gigante dormido. Y a la inversa, el objetivo de una sociedad civil global y de sus actores es la unión entre la sociedad civil y el Estado, que significa el nacimiento de lo que yo llamo una forma cosmopolita de estatalidad. La forma de las alianzas que el Estado neoliberal ha emprendido instrumentaliza el Estado (y la teoría del Estado) para optimizar y legitimar los intereses del capital en todo el mundo. Y a la inversa, la idea de un Estado cosmopolita al modo de la sociedad civil aspira a proyectar y realizar una pluralidad capaz de oponer resistencia y un orden posnacional. La agenda neoliberal se rodea de un aire de autorregulación y autolegitimación. La agenda de la sociedad civil se rodea en cambio del aura de los derechos humanos, la justicia global y la lucha por una gran narración de la globalización radicalmente democrática.
No es mero voluntarismo. Al contrario, es expresión de una Realpolitik cosmopolita. En una era de crisis y riesgos globales es necesaria una política de «esposas de oro» —la creación de una tupida red de dependencias recíprocas— para recobrar la autonomía nacional (especialmente ante la gran movilidad de la economía mundial). Hay que sustituir las máximas de una Realpolitik anclada en lo nacional —según la cual hay que perseguir los intereses nacionales necesariamente por medios nacionales— por las máximas de una Realpolitik cosmopolita: cuanto más cosmopolitas son las estructuras y la actividad política, mayor es el peso de la estructura nacional en la era global. Naturalmente, es importante considerar las consecuencias indirectas indeseadas e imprevistas de esta viSión cosmopolita: la apelación a la justicia y al respeto de los derechos humanos se usa para legitimar la invasión de otros países. ¿Cómo se puede estar por una legitimación cosmopolita cuando conduce a crisis, guerras y sangrientas refutaciones de su misma idea? ¿Quién pondrá riendas a las riencia efectiva, escenificada y globalizada de la catástrofe misma. ¿Cómo? Raras veces una imagen ha plasmado con tanta precisión un momento capaz de cambiar el mundo, el traumático nacimiento de un peligro global:
una de las estructuras más impresionantes construidas por el hombre estalla en carorce segundos en un descomunal remolino de polvo; un gigante de cientos de pisos queda reducido a una columna de humo blanco alzándose al cielo. El final del World Trade Center permitió a los americanos hacerse una idea de qué significa despertar de súbito en la extrañeza de la sociedad del riesgo mundial. El día fatal, dos aviones, destinados de entrada a un uso civil, fueron «reconvertidos» en armas de destrucción (en parte masiva, en parte simbólica).
«Escenificación» —la deliberada fabricación de la posibilidad real del peligro terrorista global— comprende, abarca esta destrucción de- constructiva-reconstructiva, real y simbólica a la vez. La fuerza destructiva que abatió las Torres Gemelas iba dirigida a un objeto material en sentido literal, pero al mismo tiempo a una instancia de gran carga social y simbólica: el World Trade Center. La bola de fuego lo destruyó todo, incluidas míles de vidas humanas, y lo hizo affi y en todas partes, en las televisiones de las casas de todo el mundo, matando simultáneamente evidencias culturales profundamente enraizadas. Las imágenes de televisión que mostraban la gigantesca nube de polvo provocada por la caída de las catedrales gemelas del capitalismo global recortándose sobre un cielo sereno resultaban fascinantes por su traumática obscenidad: la fe de la mayor potencia militar del mundo en su invulnerabilidad era ejecutada en directo y la zona, convertida en un negro agujero que engullía la vida, la dignidad, la compasión y la seguridad militar.
Estas explosiones material-simbólicas originaron algo independiente, separado en el espacio y el tiempo, de ellas: la expectativa del terrorismo. Hicieron surgir la fe en esta evidencia: contra toda probabilidad, una cosa así es realmente posible, o sea, puede repetirse en cualquier momento y en cualquier lugar. Y puesto que el medio y el fin de la escenificación es la expectativa, la frontera entre preocupación justificada e histeria se difumina. El futuro de posibles atentados se hace presente en el presente y despliega, en virtud de la traumática experiencia, su «nunca más».
Enfrentado a lo inimaginable, el presidente Bush declaró que los terroristas eran «los herederos de todas las ideologías asesinas del siglo xx», «pues sacrifican vidas humanas en aras de sus visiones radicales y, al renunciar a todos los valores excepto el de la voluntad de poder, siguen el camino del fascismo, el nazismo y el totalitarismo». Bush se equivoca: los «comba tientes

de Al Qaeda no son nazis ni comunistas soviéticos. Al Qaeda no controla ningún Estado, no envía a combatir a ningún ejército regular. Sus miembros se han consagrado a una táctica de guerrilla, una especie de terrorismo espectacular y altamente simbólico que les lleva a un grado de brutalidad apocalíptica desconocida en el mundo. La muerte en masa es el resultado pero no el fin prioritario, pues la «gracia» de tal terrorismo consiste
—y lo consigue con bastante éxito— en matar la confianza de la modernidad en sí misma gracias a la anticzación global —capaz de movilizar y (de)construir símbolos— del atentado terrorista. Los terroristas entienden exactamente el significado de la inseguridad civil, de la conciencia colectiva del peligro y la vulnerabilidad así como su consiguiente efecto simbólico. Por otra parte, resultado de las acciones armadas de los norteamericanos y sus aliados, Al Qaeda es ahora al qaedismo: una organización de conspiradores relativamente pequeña se ha convertido en un movimiento político de extensión mundial con miles de partidarios que sólo esperan adoptar sus mismos métodos. Llamémoslo «el virus Al Qaeda», ya propagado a partidarios fuertemente motivados de la generación siguiente, que aprenderán el oficio terrorista gracias al campo de entrenamiento virtual de Internet.
¿Qué constituye, pues, el código simbólico del «ll-S» (y otros nombres de países y lugares víctimas de atentados similares, como Túnez, Bali, Estambul, Madrid, Beslán o Londres) o el del tsunami, el huracán Katrina o la gripe aviar, por nombrar sólo las últimas y más conocidas catástrofes? ¿Por qué y en qué sentido el becoming real, el hacerse real del riesgo de terrorismo (etc.), puede y tiene que interpretarse como un «acontecimiento cosmopolita» (Michael Schillmeyer)? ¿Qué momentos hay que distinguir en él?
El acaecer mediático de la catástrofe. ¿Cómo se puede abrir brecha en la indiferencia, eliminar la lejanía? El número de muertos no es suficiente, tiene que aparecer la muerte masiva en tiempo real y a escala global con la partic4i,ación activa y la audiencia de toda la humanidad. Es el shock de esta traumática experiencia, la rotura del tabú, el real thriller en el interior de todas las casas, lo que derrumba los muros de la indiferencia nacional y supera las grandes distancias geográficas. La humanidad asiste al suceso, es testigo ocular en Londres, Nueva York, Beslán, Madrid, etc. El tsunami, o el tsunami de imágenes del tsunami (ya no puede distinguirse una cosa de la otra), impide quedarse al margen.
Las cintas de los videoaficionados que registraron la espantosa ola nos muestran cómo ésta devora implacable las tumbonas de la playa, la piscina

contrario: los conflictos que el riesgo genera en virtud de su explosiva unión de incertidumbre y amenaza adquieren el carácter de radicales guerras de fe, terrenales guerras de religión. Podría descartarse easi going esta oposición con la usual observación de que se trata de las célebres «dos caras de la misma moneda». Pero eso sería demasiado sencillo.
Los enfrentamientos en torno a las consecuencias de los riesgos globales pueden aclararse con relativa facilidad: no hay catástrofes en sí, como tampoco hay peligros en sí. La experiencia de la «realidad» de la catástrofe no tiene por qué llevar forzosamente a una unidad de todos, ya que la «brutal realidad del peligro» es una experiencia fabricada, interpretada —un «acontecimiento cosmopolita ampliamente difundido por los medios y sumamente selectivo, lábil, simbólico, local-global» (véase más arriba)— que, si divide y polariza tan radicalmente, es porque incide en los enfrentamientos culturales, religiosos, nacionales, étnicos y económicos del mundo.
En cualquier caso, cuándo y en qué medida esta «experiencia de realidad» une o separa, depende también del tipo de escenificación de los riesgos globales. Así, los peligros y consecuencias anticipadas de la catástrofe climática (a diferencia de las del peligro terrorista) son de una abstracción difícil de superar, pues se trata de un riesgo global basado en modelos y cálculos científicos difidilmente demostrables o refutables en la experiencia cotidiana. Aunque se convirtiera en algo normal que los habitantes de Nueva York fueran en bikini por Navidad o que en Baviera tuviesen inviernos mediterráneos que acabasen con el negocio del esquí, la explicación de los climatólogos, decepcionante para la intrínseca exigencia humana de buscar simples relaciones de causa-efecto, seguiría siendo la misma: los fenómenos meteorológicos extremos aislados no son prueba del cambio climático, dicen los expertos, sino como máximo un indicio. Por eso, cuando la gente experimenta cotidianamente tales fenómenos y empieza a abrir ios ojos a la catástrofe climática, los climatólogos tienen que mitigar la sensación de catástrofe con objetividad matemática. Que la mayor frecuencia estadística de tormentas, mareas y sequías no sea atribuible a un cambio del clima es un argumento científicamente correcto pero desconectado de la experiencia cotidiana. La creencia en el riesgo terrorista en cambio, inculcada colectivamente como acontecimiento mediático global, es cada vez más fuerte. Pero éste no es el caso del cambio climático, O sea, hay una escandalosa desproporción entre la destrucción material provocada por el cambio climático —que cambiará irreversiblemente las condiciones de vida del planeta— y la incapacidad de

esceníficarla mediáticarnente. Mientras la «realidad» del riesgo terrorista resulta de la autoevangelización mediática masiva y de la omnipresencia de imágenes obscenas de violencia (sin que haya en juego irreversibilidades materiales), la «realidad» de la catástrofe climática es más bien el resultado de una «escenificación de arriba abajo» que hay que agradecer al poder y la habilidad de una alianza de científicos, políticos y movimientos sociales (como últimamente hemos comprobado con la película del ex vicepresidente Al Gore sobre las consecuencias del cambio climático). No son las catástrofes locales ni su globalización mediátíca las que generan la «experienciabilidad» y «realidad» de este riesgo global, sino, sobre todo, el éxito de la evangelización de la gente para que asuma determinados juicios de los expertos (de todos modos, siempre caracterizados por la incertidumbre). Pues sólo quien tiene la catástrofe climática «en la cabeza» «ve» que ciertas alteraciones en la naturaleza —por ejemplo frecuentes desbordamientos históricos, deshielo de glaciares, temperaturas veraniegas en los inviernos europeos— «son» concreciones del cambio climático. Para aquellas partes de la población mundial que no comparten esta creencia o no pueden permitírsela, la catástrofe climática no es nada, un absurdo, una histeria o una nueva estrategia del imperialismo occidental. Y, como en cualquier religión, también en el riesgo climático global hay herejes, agnósticos, místicos, incrédulos, ignorantes y también seculares radicales que no quieren tener nada que ver con esta clase de fe (yo salvo el mundo!).
Finalmente, en medio de la confusión e interacción cultural de la sociedad del riesgo mundial, surge una competencia, apenas advertida hasta ahora, entre la fe secular en los riesgos mundiales y la fe religiosa en Dios. El riesgo aparece en los escenarios mundiales cuando Dios se ha despedido de ellos. Cuando Nietzsche anuncia «Dios ha muerto», la
—irónica— consecuencia es que en adelante los seres humanos tendrán que encontrar sus propias explicaciones y justificaciones a las catástrofes que les amenazan. Quien cree en un Dios personal puede intentar, a base de oraciones y buenas obras, ganarse su benevolencia y absolución y contribuir así a la salvación propia y a la de su familia y su comunidad. Si se cree en Dios el riesgo no es riesgo, pues no (sólo) se atribuye a los actos humanos sino también o esencialmente a Dios (o al diablo), que es trascendente. En cambio, hay una estrecha conexión entre secularización y riesgo. Los riesgos presuponen decisiones humanas, son en parte positivos y en parte negativos, consecuencias bifrontes de las acciones e intervenciones humanas y, por lo tanto, poderes no trascendentes. Cosa que no ex- Unidos, en tanto que ateo fundamentalista en la cuestión del riesgo de los alimentos transgénicos, desarrolló un plan magistral para imponerlos al mundo. Con el fin de penetrar en nuevos y lucrativos mercados, en 2004 llevó a Europa ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) a causa de la prohibición europea a dichos alimentos.
En febrero de 2006 tres jueces del tribunal de la OMC, después de dos años de deliberaciones secretas, aparecieron ante la opinión pública y anunciaron que Europa había vetado de facto la importación de alimentos transgénicos y vulnerado las reglas de la organización. El tribunal declaró asimismo que Alemania, Austria, Francia, Grecia, Italia y Luxemburgo no se basaban en ningún fundamento jurídico para prohibir unilateralmente las importaciones. «Europa declarada culpable!», adamó triunfalmente la prensa norteamericana.
En realidad, Estados Unidos se ganó una buena cantidad de nuevos enemigos. Europa cree más bien en el principio de previsión: nada es seguro mientras no se demuestre que es inofensivo. El rechazo a los alimentos transgénicos más bien parece haber aumentado desde el conflicto judicial con la OMC. Europa, sus Estados miembros y sus consumidores han rechazado a una las normativas al respecto, lo que parece confirmar la sospecha de que la OMC ha perdido el contacto con la gente y por lo tanto la competencia para tomar decisiones vinculantes en ámbitos como el medio ambiente, la salud o el consumo.
La Comisión Europea, que había intentado forzar la introducción en Europa de plantas transgénicas contra la voluntad de los Estados miembros, afirma que la sentencia de la OMC es «irrelevante» porque en el ínterin las leyes de la Unión Europea han cambiado. Mientras tanto, diversos países declararon que no les gustaba que la UE o la OMC les prescribieran lo que debían comer o cultivar y que se opondrían a todos los intentos de obligarlos a aceptar alimentos transgénicos.
Así, Hungría ha notificado que permanecer libre de GMO* favorece sus intereses económicos, y Grecia y Austria han anunciado su total oposición a dichos alimentos. Italia ha calificado las normativas de la OMC de «desproporcionadas» y el primer ministro polaco ha abogado por mantener su país libre de GMO.
La OMC, la UE o Estados Unidos poco pueden hacer ante esta coalición de díscolos. Si Estados Unidos pretende de nuevo imponer sus pro-
* Genetic Modifíed Organisms, en sus siglas inglesas, habitualmente denominados «transgénicos» en España. (N. de la t.)

ductos transgénicos a Europa —como hicieron en la década de 1990— les saldrá el tiro por la culata. La industria biotécnica europea puede intentar ahora forzar a la Unión Europea a hacer cumplir la sentencia de la OMC para que los seis países que prohíben la importación cambien sus leyes, pero esta medida tropezará con una resistencia aún más dura y decidida.
En realidad, Washington y las empresas norteamericanas no tienen por qué preocuparse demasiado por la predecible reacción de Europa. Esta no ha desaparecido del mapa de los GMO en el mundo. Las empresas y supermercados saben que hay poca o ninguna demanda de vegetales transgénicos y los campesinos subvencionados por Europa son reticentes a cultivarlos por el temor a distanciarse aún más de la opinión pública.
Por eso, mirando todo el asunto retrospectivamente, resulta obvio que el verdadero motivo de Estados Unidos para llevar a Europa ante el tribunal de la OMC era facilitar a sus empresas la eliminación de las restricciones comerciales de China, India, sudeste asiático, América Latina y Africa (aquellas regiones a las que va una gran parte de las exportaciones norteamericanas). Allí es adonde van los millones de toneladas de alimentos de ayuda de Estados Unidos, allí es donde intentan las empresas americanas de GMO abrirse paso a toda costa adquiriendo empresas a cambio de semillas y sobornando a presidentes y jefes de gobierno.
Más de dos tercios de las exportaciones de maíz de Estados Unidos que antes iban a Europa van ahora a Asia y África. Como dijo un miembro de la empresa norteamericana Monsanto sobre la decisión de la OMC:
«Tenemos la impresión de que para los países que no pertenecen a la UE es importante que su marco legal esté científicamente fundado».
Igual que la industria tabaquera, las empresas de GMO se concentran en los países en vías de desarrollo. Pero también en ellos encuentran la resistencia de sindicatos poderosos y asociaciones de agricultores. Brasil ha capitulado, pero Bolivia podría ser pronto el primer país latinoamericano que rechazara completamente ios GMO. Algunos Estados federales indios están en principio contra dichos alimentos y ha habido grandes manifestaciones en Filipinas, Corea, Indonesia y otros países.
Estados Unidos afirma haber conseguido con la ayuda de la OMC una gran victoria para el libre comercio y haber puesto un hito «para hacer que se acepten vegetales transgénicos en todo el mundo». Puede ser, pero la batalla no está ni mucho menos ganada, de modo que, entretanto, todos ios que estén contra los transgénicos serán tildados de enemigos de Estados Unidos y dejados de lado.

los mismos. Con lo que se hace difícil aplicar los instrumentos establecidos del ejército, la policía y el derecho nacionales. En este sentido de su «inconcebibilidad» (para las respuestas institucionalizadas) el Estado de excepción lo es por fuerza. Así pues, es la inadecuación de las respuestas de los Estados particulares la que sella la impotencia, incluso en el caso de la máxima potencia mundial, del Estado de excepción (cosa que no excluye, desde luego, que probablemente ios gobiernos lo aprovechen para hacer una política activa del mismo, pues posibilita el autoritarismo del Estado).
Espacialmente el estado de excepción se deslimita porque afecta y abarca todas las naciones y continentes y refunde la sistemática y la jerarquía de las relaciones internacionales.
La deslimitación temporal, finalmente, se evidencia en la imposibilidad de ver un fin a la denominada «guerra contra el terrorismo», ya que no se puede nombrar ningún sujeto identificable del terrorismo con el que entablar posibles negociaciones de paz (anonimato organizado en el que precisamente se basa el poder global de las redes terroristas). Éstas son, por así decirlo, «sociedades de desaseguración», que sin embargo tienen un punto en común con sus contrincantes, las sociedades de aseguración: se aprovechan del aumento de la conciencia del peligro a pesar de la relativa escasez de catástrofes. Saben cómo hacer «negocio con la inseguridad». Si se actúa de manera especialmente arbitraria, ciega y bárbara se puede conseguir sumir a poblaciones enteras (continentes incluso) en el miedo y el espanto. Las redes terroristas saben cómo activar la demanda de mayor seguridad y cómo provocar una escalada de exigencias de seguridad para, de tal manera, alcanzar lo que sus actos jamás lograrían:
la estrangulación de la libertad y la democracia.
Podría creerse que Carl Schmitt ya había pensado en el potencial político del Estado de excepción inducido por los riesgos globales (véase Edgar Grande, 2004). Sin embargo, en su doctrina de la soberanía, Schmitt vincula el Estado de excepción exclusivamente al Estado nacional. Algo así como un Estado de excepción transnacional o cosmopolita que, precisamente al contrario, allanara la diferencia entre amigo y enemigo, era para Schmitt impensable. «El estado de excepción manifiesta de la forma más nítida la esencia de la autoridad estatal. Aquí la decisión se separa de la norma legal y (para formularlo paradójicamente) la autoridad demuestra que para sentar derecho necesita no tener derecho.» El estado de excepción
—que significa, según Schmitt, «el caso de máxima emergencia: la amenaza a la existencia del Estado»— plasma el poder estatal de defender la

situación de normalidad contra una situación de excepcionalidad (Schrnitt, 1934, págs. 20 y 12). Puesto que el riesgo terrorista globalizado, premeditado, amenaza con hacer jaque mate al principio de estatalidad (garantizar la seguridad de sus ciudadanos), se trata de algo más que lo que Schmitt afirma que es el corazón de la autoridad estatal. «Soberano es quien decide sobre el Estado de excepción» (Ibíd., pág. 11). A diferencia de lo que supone Carl Schmitt, el desapoderamiento del Estado surge precisamente del apoderamiento del riesgo terrorista, en el que los Estados que declaran «enemigos número uno del mundo» a determinados grupos terroristas no tienen el menor interés (véase pág. 28, así como pág. 203 y sigs.).
Como Giorgio Agamben observa, «en todas las democracias occidentales la declaración del Estado de excepción se sustituirá progresivamente por una ampliación sin precedentes del paradigma de seguridad» (2004, pág. 22). Pero esta tesis también sobrevalora la soberanía del Estado y pasa por alto la simultaneidad de limitación y deslimitación de la autoridad del mismo a nivel transnacional y nacional, así como el complejo metajuego de poder de los actores globales, cuyas estrategias, trayectorias, consecuencias, paradojas y contradicciones escapan a la mirada fija en el Estado (Beck, 2002).
4. Los RIESGOS GLOBALES PRODUCEN FAILED STA TES AUTORITARIOS (TAMBIéN EN OCCIDENTE)
Es palmario que el marco relacional que el Estado nacional considera obvio —lo que yo llamo «nacionalismo metodológico»— impide a la sociología analizar la dinámica y los conffictos, ambivalencia e ironías de la sociedad del riesgo mundial. Afirmación extrapolable —al menos en parte— a los dos enfoques teóricos y líneas de investigación empírica del riesgo más importantes: las tradiciones de Mary Douglas y Michel Foucault. Ambas han obtenido sin duda resultados importantes y detallados en lo que respecta a la comprensión de las definiciones y políticas del riesgo, trabajos que nadie puede ignorar y cuya utilidad y poder de convicción estriban en haber interpretado el riesgo como una lucha por redefinir el poder del Estado y la ciencia.
Su error fundamental, no obstante, es considerar el riesgo más o menos
—o incluso exclusivamente— un aliado de los poderosos y no un aliado nada de fiar o incluso potencialmente antagonista, una fuerza enemiga del poder del Estado nacional y el capitalismo global. El error se deriva de las

Capítulo V
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