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OPINIÓN PÚBLICA MUNDIAL Y SUBPOLÍTICA
GLOBAL O ¿CUÁN REAL ES LA CATÁSTROFE CLIMÁTICA?


Hagamos un resumen parcial: sociedad del riesgo quiere decir —llevada hasta el final— sociedad del riesgo mundial, pues su principio fundamental es que hay peligros fabricados y anticipados por el ser humano que no se dejan encerrar en fronteras espaciales, temporales o sociales, de manera que las condiciones e instituciones básicas de la primera modernidad industrial (enfrentamiento de clases, Estado nacional, convicción en un progreso técnico-económico lineal) quedan superadas.
En este capítulo trataremos un aspecto clave —si bien hay otros— de la dinámica de la sociedad del riesgo mundial: las crisis ecológicas, en particular el cambio climático y sus múltiples consecuencias. Sin embargo, no se hablará tanto de «naturaleza» o de «destrucción de la naturaleza» o de «ecología» o «destrucción del medio ambiente» como de «sociedad del riesgo mundial». Esta opción terminológica tiene una intención sistemática, pues en este capítulo deseo proponer un concepto para el análisis sociocientífico de las cuestiones ecológicas que no las interprete como problemas pertenecientes al enromo de la sociedad, esto es, al medio ambiente, sino que las ancle en el interior de la sociedad (como problemas del medio interior). Sustituyo los términos clave, y aparentemente obvios, «naturaleza», «ecología» y «medio ambiente», que acentúan la diferencia entre lo natural ylo social, por un conjunto de conceptos que superan la oposición entre naturaleza y sociedad y se centran en la inseguridad fabricada por el ser humano: riesgo, catástrofe, consecuencias indirectas, asegurabffidad, individualización y globalización.
Oímos con frecuencia que el concepto «sociedad del riesgo mundial» favorece una especie de neospenglerismo y bloquea la actuación política. Es justamente al contrario: en tanto que sociedad del riesgo mundial, la sociedad se hace reflexiva’ en un triple sentido: primero, se convierte en tema
1. Respecto a la «modernización reflexiva», véase las diversas posiciones de Beck, Lash y Giddens en Beck y otros, 1996, así como los resultados de las investigaciones que en el ámbito específico de la modernización reflexiva se realizan en Múnich y que aparecen resumidos en Beck/Boná (2001) y Beck!Lau (2004).

nunca. La naturaleza se redescubre, se mima en un momento en el que ya no existe. El movimiento ecologista reacciona al estado del globo con una mezcla contradictoria de naturaleza y sociedad que diluye ambos conceptos en un entrecruzamiento de vínculos y agresiones, de modo que ya no podemos ni imaginarios, por no hablar de hacernos un concepto de los mismos. En el debate ecológico, que intenta combatir la destrucción de la naturaleza partiendo de una pauta previa de la misma, subyace un malentendido naturalista, pues la naturaleza a la que se apela ya no existe (Beck, 1986, 1988; Oechsle, 1988). Lo que hay y lo que provoca ruido político son distintas formas de socialización de la naturaleza (o de su destrucción), conceptos culturales de la naturaleza, maneras de. entenderla (con sus respectivas tradiciones [nacional] culturales) contrapuestas, que bajo la superficie de controversias entre expertos, fórmulas técnicas y peligros determinan los conflictos ecológicos en todo el mundo.3
Pero si la naturaleza «en sí» no puede ser el fundamento de la crisis ecológica y de la crítica al sistema industrial, ¿qué puede serlo? A esta pregunta hay varias respuestas posibles, la más usual de las cuales es: la ciencia, que ofrecería fórmulas técnicas —niveles de toxicidad del aire, el agua y los alimentos, los modelos climatológicos o los bucles de retroalimentación pensados cibernéticamente de la ciencia del ecosistema— para decidir la tolerabilidad de trastornos y daños. Pero esta respuesta tiene al menos tres pegas: primera, es el camino directo a la ecocracia, que se diferencia de la tecnocracia sólo en la potenciación de la gestión global y en llevarse la medalla de la buena conciencia. Segunda, el significado de las percepciones culturales y de los conflictos y diálogos interculturales se infravalora y excluye. Tercero, por lo que respecta a las cuestiones ecológicas los modelos de las ciencias naturales contienen a su vez,
3. Así llega aso fin un largo periodo de la historia de la sociología en el que ésta, en el marco estricto de su división del trabajo con las ciencias naturales, pudo hacer abstracción de la «naturaleza» como lo otro, el entorno, lo preexistente. Esta omisión de la naturaleza comportaba una determinada relación con ella. Comte lo expresa sin ambages:
en la naciente sociedad industrial y burguesa quiere explícitamente sustituir la conquista entre pueblos por la conquista de la naturaleza, a fin de aplacar los conflictos sociales internos (propuesta que hasta hoy no ha perdido nada de su significado). Hacer abstracción de la naturaleza presupone tener dominio sobre ella. De esta manera se pudo llevar adelante el «proceso de agotamiento» de la naturaleza, tal como Marx concebía el proceso de trabajo y producción. Que hoy se hable de ecological citzzenshrp, o sea, de derechos fundamentales de animales, plantas, etc., es expresión de que dicha relación de abstracción- sumisión ha basculado hasta su extremo opuesto.

aunque sea implícitamente, conceptos culturales de la naturaleza (por ejemplo, la ciencia de sistemas y los primeros movimientos de protección de la naturaleza la entienden de una manera muy distinta).
El pensamiento científico natural es requisito para percibir el mundo corno ecológicamente amenazado. La conciencia ecológica, por lo tanto, es lo más opuesto a una actitud «natural»; más bien parte de una visión del mundo altamente cientifizada en la que, por ejemplo, los modelos abstractos de los climatólogos condicionan la vida cotidiana. Y la pregunta por la clase de escenificación, de «visualización» que sería necesaria y posible para superar tal abstracción y hacer «visible» el cambio climático y sus consecuencias apocalípticas (véase pág. 108 y sig.) se impone con particular fuerza.
Pero ni todo el arte de los expertos podrá nunca contestar la pregunta ¿cómo queremos vivir? Qué están dispuestas a tolerar las personas y qué no, es algo que no puede deducirse de ninguna valoración técnica o ecológica de los riesgos, que tiene más bien que ser objeto de un diálogo global entre culturas. Ésta es la aspiración de una segunda perspectiva, cultural, que dice: las proporciones y la urgencia de la crisis ecológica varían con la percepcicn y la valoración intra e intercultural. ¿Qué clase de verdad es ésta, podríamos preguntar con Montaigne, que es válida en Europa y mentira y figuraciones en Estados Unidos? Desde esta perspectiva, los peligros no son nada «en sí» que exista independientemente de nuestras percepciones. Más bien al contrario: hasta que no se adquiere conciencia general de ellos, no se convierten en política. Son resultado de escenificaciones sociales que, con la utilización estratégica de material científico, se definen, velan, dramatizan ante la opinión pública. No es ninguna casualidad que ya en 1982 dos socioantropólogos anglosajones
—Mary Douglas y Aaron Wildavsky en su libro Risk and Cultures— representaran esta postura. Los autores sostienen (como afrenta consciente a la emergente conciencia medioambiental) que no hay ninguna diferencia sustancial entre los peligros de los tiempos primitivos y los de la civilización avanzada (excepto en la percepción cultural de ios riesgos y en la articulación social de la misma).
Por atinada e importante que sea, esta visión es insatisfactoria. Primero, pone de relieve (los errores de) la sociología que lo reduce todo a la dimensión social e ignora el característico «tanto lo uno corno lo otro» de la inmaterialidad (la escenificación social) y la materialidad del riesgo (alteración y destrucción física). Segundo, es sabido que a los hombres de la Edad de Piedra aún no les era posible la autoaniquilación atómica y una situación nueva que refuerza la importancia de la cooperación y las instituciones internacionales. A los peligros globales corresponden, por lo tanto, «al modo de ver realista», modelos de percepción globales, foros de opinión y acción públicos y, finalmente, si su supuesta objetividad da suficiente impulso a la acción, actores e instituciones transnacionales.
La fuerza del realismo radica en poseer un modelo claro de proceso histórico, según el cual la sociedad industrial pasa por dos fases de desarrollo. En una primera fase domina la cuestión de clase, la cuestión social; en una segunda, la cuestión ecológica. Pero sería una simplificación burda creer que la cuestión ecológica elimina la de clase. Es evidente que las crisis (ecológicas, del mercado de trabajo, económicas) se imbrican y pueden reforzarse recíprocamente. En cambio, dicho modelo de proceso por fases gana en poder de convicción cuando se plantea la globalidad de la cuestión ecológica como la continuación de la cuestión de la pobreza y las clases sociales en el periodo del capitalismo industrial en el marco del Estado nacional. Este realismo, a menudo sospechoso por su ingenuidad, representa (o incluso provoca) el impulso nada desdeñable de intentar imponer una política que contrarreste las catastróficas consecuencias del calentamiento del planeta.
Pero sólo una mirada superficial a tales fundamentaciones realistas de la sociedad del riesgo mundial ya las revela insostenibles: primero, la visión realista no reflexionada olvida u omite que el «realismo» no es sino conciencia colectiva sedimentada, fragmentada y mediada por los medios de comunicación. Evidentemente, el saber de la opinión pública respecto a riesgos no suele ser un saber de expertos sino de legos y se le niega el reconocimiento social, como Brian Wynne ha demostrado.5 Pero tampoco las imágenes y símbolos de la ecología tienen «de por sí» asegurado ni mucho menos el aval científico de saber: son percibidos, construidos y difundidos cultural y mediáticamente, forman parte del «tejido» social del saber, con todas sus contradicciones y conflictos. Las consecuencias catastróficas del cambio climático, como hemos visto, tienen que hacerse visibles, esto es, esceníficarse de manera que causen impacto e insten a la ac 5 «En ios años setenta del siglo pasado, la gente que vivía cerca de la planta de reciclaje de Sellafield afirmaba que una cantidad desproporcionada de niños de las inmediaciones padecía leucemia, E...] Algunos reporteros de la televisión se dedicaron al asunto y al final, en 1983, se emitió un documental para todo el país». De la desproporcionada acumulación de enfermedades de cáncer en ios alrededores de Sellafield, sin embargo, se dijo «que la había descubierto casi rutinariamente el black cornrnatee» (Wynne, 1996a, pág. 49).

ción. La fuerza explicativa del realismo reside en excluir todas aquellas reflexiones que fundamentan la superioridad interpretativa de las miradas constructivistas. Por ejemplo, ¿cómo se fabrica la evidencia prestada de los peligros «realistas»? ¿Qué actores, instituciones, estrategias y recursos son decisivos en su fabricación? Estas preguntas sólo pueden plantearse con sentido desde una óptica constructivista.
Para la perspectiva socioconstructivista, la sociedad del riesgo mundial no resulta de la globalidad de ios problemas (diagnosticados por las ciencias naturales) sino de «coaliciones discursivas transnacionales» (Hajer), que sitúan en la agenda pública la amenaza medioambiental global. Dichas coaliciones empezaron a forjarse y hacerse poderosas en las décadas de 1970 y 1980; en la década de 1990 (especialmente desde la cumbre mundial de Río de Janeiro), empezaron a introducir en el paisaje temático los problemas globales del planeta; y ahora, a principios del siglo xxi, viven un nuevo apogeo con el giro verde del nuevo laborismo, la Unión Europea y quizás Estados Unidos. Para ello son requisito irrenunciable la institucionalización del movimiento medioambiental y el establecimiento de redes y actores transnacionales (como IUCN, WWF, Greenpeace), así como la creación de Ministerios del medio ambiente, la aprobación de leyes y pactos nacionales e internacionales, el auge de las industrias medio- ambientales y la aplicación de la big science a la gestión global de problemas mundiales. Pero, además de existir, tienen que tener éxito en su actuación e imponerse a poderosas coaliciones de signo contrario.
Así, el diagnóstico de una sociedad del riesgo mundial se encuentra con tres clases de contraargumentos:
Primero, se acentúa que el saber (de legos o de expertos) sobre riesgos globales dista mucho de ser unívoco, ya que se refiere a acontecimientos futuros y sus enunciados no pueden hoy por hoy verificarse ni refutarse. De ahí que los críticos destaquen repetidamente las discrepancias entre el saber efectivo y la dramaturgia pública de peligros y crisis.
En segundo lugar, la definición global de problemas medioambientales recibe la crítica —especialmente por parte de actores y gobiernos del llamado Tercer Mundo— de ser una especie de neoimperialismo ecológico de los Estados occidentales. Estos, dicen, estarían asegurándose la ventaja en saber y desarrollo sobre los países pobres y al mismo tiempo ocultando su papel de causantes principales de las amenazas globales que sufre la civffización.
Por eso, para conceptualizar la dinámica de desigualdad de la sociedad del riesgo mundial es oportuno distinguir entre autoamenaza y amenaza no está sóio la fe en la existencia efectiva de una naturaleza y una realidad sino también la fe en un constructivismo puro, absolutamente constructivista. Mientras se persista en este nivel, pasarán desapercibidos tanto el caudal explicativo de un realismo reflexivo como su consiguiente papel potencial en las estrategias de poder. Pues este realismo reflexionado indica cuál es el origen de que la «realidad construida» se convierta en la «realidad», investiga cómo se fabrica la evidencia, se eluden las preguntas, se encierra en black boxes las interpretaciones alternativas, etc.
Si se desconfía de las oposiciones simples, o sea, del constructivismo «ingenuo», se le puede oponer o confrontar el realismo «reflexivo». El constructivismo ingenuo malinterpreta el juego del realismo constructivista y por eso insiste en un, por así decirlo, automalentendido realista de su sólo-constructivismo. No sabe ver que las escenificaciones de la realidad, para ser consistentes y capaces de guiar nuestros actos, tienen que revocar su carácter de constructo, porque, si no, se construyen como constructor de la realidad y no como la realidad. Además, el constructivismo ingenuo infravalora la materialidad o la capacidad de imponerse de los peligros globales «naturales» dictaminados por las ciencias naturaies, imposición que no tiene nada que envidiar a la materialidad de las imposiciones económicas. Los análisis constructivistas ciegos a la diferencia entre la destrucción como acontecimiento y el discurso sobre este acontecimiento pueden llegar a minimizar cognoscitivamente los peligros.
En cambio, en un «constructivismo realista» el contenido esencialista del discurso sobre la «naturaleza» y la «destrucción de la naturaleza» se sustituye por el saber de expertos y contraexpertos (así Brian Wynne y Maarten Hajer). Hajer, en plena polémica con la teoría del discurso y de la cultura (muy desarrollada en el espacio lingüístico anglosajón) ha radicalizado política y analíticamente esta dimensión del saber, de modo que
—y la paradoja sólo es aparente— el contenido naturalista-esencialista del discurso sobre la «destrucción de la naturaleza» muda en una teoría de actores e instituciones orientada a la acción cuyo núcleo son las «coaliciones de discurso», que abarcan las anteriores clases, Estados nacionales y sistemas, y desarrollan una arquitectura de paisajes discursiva: crean, configuran y transforman «estructuras cognoscitivas», «modelos narrativos», «tabús». La realidad se convierte en proyecto y producto de la acción. A este respecto es importante notar una ambigüedad hasta ahora apenas advertida en el concepto «fabricación» de la realidad. Por un lado, se lo puede considerar un concepto primordialmente cognoscitivo, o sea, destinado sólo a la construcción de saber; por otro, se le puede atribuir

un contenido de acción (decisión, trabajo, producción), o sea, capaz de producir cambios materiales, de configurar realidades. Si bien es difícil distinguir ambos significados, los dos remiten a maneras diferentes de «crear realidad», de «configurar el mundo». De manera que ya no se trata sólo de cómo se construyen realidades en la sociedad del riesgo mundial (por ejemplo a través de las noticias de ‘os medios), sino también de cómo el «en sí» de la realidad se (re)produce mediante políticas y coaliciones discursivas en los contextos institucionales referidos a la decisión, la acción y el trabajo.
Se puede por tanto distinguir entre «realidades construidas» según posean más o menos «realidad»: cuanto más cerca están de las instituciones o incluso dentro de ellas (entendiendo por tales la institucionalización de prácticas sociales), más poderosas son y más cercanas a la decisión y a la acción están (y más «reales» resultan o parecen). El esencialismo, una vez examinado y analizado sociológicamente, se transforma en una especie de institucionalismo estratégico orientado al poder y la acción. En la dinámica de la sociedad del riesgo mundial, que todo lo descompone en decisiones, el «en sí» de la realidad resulta de estructuras de acción y rutinas de decisión y trabajo muy arraigadas que «convierten en realidad» o reconfiguran los patrones de percepción. La manera en que se sigue hablando cotidianamente de «naturaleza» y «destrucción de la naturaleza» quizá remita a la paradójica estrategia de construcción y de- construcción. Así, de modo (más o menos) reflexionado y eficaz se destruye la apariencia de constructo y se fabrica la apariencia del «en sí».
Constructivismo institucional
El trasfondo a que acabamos de aludir permite concretar la teoría de la sociedad del riesgo mundial, que comparte el adiós al dualismo entre sociedad y naturaleza culminado con excelencia intelectual por Bruno Latour (1995, 2001), Donna Haraway (1991) y Barbara Adam (200,).6 Ahora bien, ¿cómo tratar a la naturaleza después de su fin? La teoría de la sociedad del riesgo mundial responde esta pregunta en el sentido de un constructivismo institucional: en la naturaleza que hemos interiorizado, la
6. Nunca hemos sido modernas, de Latour (1995), es de los textos más sobresalientes y provocadores de la sociología de la t&nica de los últimos ahos. Y aún más importante es quizá su libro Das Parlameni der Dinge (2002), que ha revolucionado la ecología política.

de la sociedad del riesgo mundial aparece su crucial importancia política y cultural, que nos hace prestar atención a la necesidad de una auto y re- determinación reflexiva del modelo de modernidad occidental.
Llegado el discurso a la fase de la sociedad del riesgo mundial, ya se entrevé que los peligros desencadenados por el desarrollo técnico-industrial son incalculables e incontrolables cuando se miden con las pautas institucionalizadas. El mejor ejemplo es el cambio climático. Se necesita una gran ignorancia o una percepción condenadamente selectiva para no ver, a pesar de la inseguridad que provoca, la relación entre el ascenso de la curva de temperatura y el aumento del efecto invernadero. Mientras tanto, ya es una trivialidad decir que las instituciones del Estado nacional predominantes tampoco tienen respuesta al respecto. Todo lo cual obliga a la autorreflexión sobre los fundamentos del modelo estatal y económico de la primera modernidad y a la revisión de las instituciones competentes (cómo externalizan las consecuencias la economía, el derecho, la ciencia, etc.) y sus fundamentos de racionalidad, históricamente desacreditados. Es éste un desafío realmente global del que pueden resultar nuevos focos de conflicto de extensión mundial e incluso guerras, pero también instituciones supranacionales de cooperación, regulación de conflictos y búsqueda de consenso.
También en lo tocante a la economía la situación ha cambiado radicalmente. Hubo un tiempo —el paraíso empresarial del primer capitalismo— en que la industria podía producir sin someterse a especiales controles. Entonces llegó el periodo de las regulaciones estatales, en el que la actividad económica tuvo que sujetarse al derecho del trabajo, las ordenanzas de seguridad, la negociación salarial, etc. En la sociedad del riesgo mundial se puede rendir cuentas a todas estas instancias y normas sin garan tizar por ello la seguridad, de modo que una actuación que cumpla con las normas puede ser denunciada de repente ante la opinión pública mundial y tachada de «cochinada medioambiental». La inseguridad fabricada se hace notar sobre todo en las zonas fundamentales de actividad y gestión económico-racional. Las reacciones normales de la industria y la política son relajar las exigencias de cambios significativos y tildar de «irracionales» e «histéricas» las protestas que se abren paso a pesar de los amortiguadores oficiales. He aquí el comienzo de una serie de errores: en la orgullosa sensación de representar la superioridad de la razón en un mar de irracionalismo, se cae en la trampa de los encendidos conffictos en que prende el riesgo (véase Lau, 1989; Nelkin, 1992; Hildebrandt y otros, 1994; Holzer/Sørensen, 2003; Voss/Bauknecht/Kemp, 2006).

Opinión pública mundial y subpolírica global E...] 137
En la sociedad del riesgo mundial, que las empresas tomen medidas es una demandapolítica en el sentido de que las inversiones elevadas presuponen un consenso duradero que, sin embargo, las viejas rutinas de la simple modernización ya no garantizan e incluso amenazan. Lo que hasta ahora podía ejecutarse a modo de «imperativos objetivos» tras puertas cerradas —por ejemplo, la eliminación de residuos, pero también los modos de producción o los planes productivos— está ahora potencialmente expuesto al fuego cruzado de la crítica pública.
La consecuencia más importante de ello es la politización de implícitos e instituciones que hasta ahora pasaban por evidentes. ¿Quién tiene algo que «probar» en un contexto de inseguridad fabricada? ¿Qué debe considerarse prueba suficiente? ¿Quién tiene que decidir sobre compensaciones? El ordenamiento legal ya no funda la paz social porque universaliza y legitima las amenazas a la vida (y al mismo tiempo las amenazas a la política [véase pág. 56 y sigs.]).
2. SEÑALES, CONDICIONES DE APARICIÓN Y FORMAS DE EXPRESIÓN

DE UNA SUBPOLÍTICA GLOBAL

Sobre el concepto de la subpolítica global

Quien hable de sociedad del riesgo mundial, tiene que hablar de cómo las amenazas globales se convierten en fundadoras de acción. Al respecto, cabe diferenciar dos arenas o actores: por una parte, globalización desde arriba (por ejemplo, mediante pactos e instituciones internacionales) y, por otra, globalización desde abajo (por ejemplo, mediante actores transnacionales más allá del sistema político-parlamentario, que ponen en cuestión las organizaciones y grupos de intereses establecidos). Algunos hechos de peso corroboran la existencia y el funcionamiento de ambas arenas. Así, la mayoría de los acuerdos medioambientales internacionales se han cerrado en un periodo de tiempo extremadamente corto, a saber, en las últimas tres décadas.
Richard Falk enumera algunas de las arenas en las que la globalización se impulsa desde arriba:
La reacción a las amenazas a las reservas estratégicas de petróleo en Oriente Próximo, los esfuerzos por extender las estructuras del GATT, la imposición forzosa de los pactos de no proliferación de armas atómicas, el

y a veces también participación individual en decisiones políticas al margen de las instituciones representativas encargadas de la formación de la voluntad (partidos políticos, parlamentos) y a menudo sin seguridad legal o rompiendo premeditadamente con toda legalidad. Subpolítica significa, dicho de otra manera, configuración de la sociedad, transformación de la sociedad desde abajo, independientemente de los objetivos políticos propuestos. Por su causa el Estado, la economía, la ciencia, el derecho, el ejércíto, la vida profesional, cotidiana, privada —las instituciones básicas de la primera modernidad— caen en la tempestad de los enfrentamientos políticos a nivel mundial. Lo interesente de esta diferenciación de política estatal y subpolítica es que no conduce automáticamente o exclusivamente a una despolitización, como se ha sospechado repetidamente. Más bien posibilita forjar nuevas alianzas por encima de las fronteras para ímponer los objetivos, de sobra legitimados, de la sociedad civil, y abre nuevas oportunidades de acción para la política interior de los gobiernos frente a la oposición, la economía, los medios de comunicación y los electores. Así pues, en una futura «teoría del gobierno cosmopolita» debería ocupar un amplio espacio el entrelazamiento de política interior y exterior, especialmente la ampliación de los espacios estatales interiores de acción, vinculándolos a temas exteriores globales (politica climática). Tales alianzas no obedecen, sin embargo, al tradicional espectro de los enfrentamientos partidarios. De ahí que la subpolítica social mundial pueda expresarse plenamente en «coaliciones de opuestos» puntuales (partidos políticos, naciones, regiones, religiones, gobiernos, grandes empresas y movimientos de la sociedad civil) (véase pág. 93 y sig.). Lo decisivo es que de una manera u otra la subpolítica, modificando las reglas y las fronteras de lo político, desate la política estatal, de manera que el espacio político mundial sea más abierto y más accesible a nuevos objetivos, temas e interdependencias. A continuación lo explicaremos con los ejemplos, primero, del boicot masivo escenificado simbólicamente; segundo, de la subpolitica del cambio climático, y tercero y final, comn contraste, de la subpolítica del terrorismo.
Subpolítica desde abajo: boicots masivos escenzficados simbólicamente; estudio de casos de subpolítica global
En el verano de 1995 el héroe moderno de las buenas causas, Greenpeace, instó a Shell a que desmantelara en tierra una plataforma petrolífe r

que la multinacional quería hundir en el Atlántico. Posteriormente, este mismo grupo ecologista multinacional intentó impedir la reintroducción de los ensayos nucleares franceses y acusó públicamente al presidente Chirac de romper los tratados internacionales. Muchos preguntaron entonces si el hecho de que un actor no autorizado como Greenpeace practicara su propía política interior mundial sin atender a soberanías nacionales o normas diplomáticas no suponía el fin de ciertas reglas fundamentales de la política (exterior). Mañana quizá sería la secta Moon y pasado una organización prívada cualquiera las que querrían la felicidad general.
Tales sarcasmos pasaban por alto que no había sido Greenpeace quien había doblegado a la petrolera multinacional sino el boicot masivo de los ciudadanos, movilizados en todo el mundo por la difusión televisiva de la denuncia ecologista. Más que sacudir el sistema político, lo que Greenpeace hizo fue poner en evidencia el vacío de legitimación y de poder del mismo.
Continuamente surgen coaliciones de subpolítica o de política directa de este tipo: alianzas impensables entre fuerzas totalmente alejadas. Así, el entonces cancifier federal, Helmut Kohl, se sumó a la protesta como un ciudadano cualquiera que además era jefe de gobierno, y prestó apoyo a la acción de Greenpeace contra el entonces primer ministro británico, John Major. De pronto, la cotidianidad descubrió y se implicó en la politica (por ejemplo, al poner gasolina) Los automovilistas se unieron contra la industria petrolera (esto hay que saborearlo por de pronto en toda su intensidad). Al final, el poder de Estado se alió con la acción ilegítima y sus organizadores y legitimó una infracción deliberada y extraparlamentaria de las reglas, mientras ios protagonistas de dicha política directa intentaban precisamente sustraerse (en una especie de «ecológico tomarse la justicia por su mano») al estrecho marco de las instancias y regulaciones indirectas del Estado de derecho. Lo que la alianza anti-Shell significó, en definitiva, fue un cambio de escena entre la política de la primera modernidad y la de la segunda: los gobiernos de los Estados nacionales se sentaron en las filas de butacas mientras actores no autorizados de la segunda modernidad marcaban el ritmo de los acontecimientos.
En el caso del movimiento mundial contra los ensayos atómicos que el presidente francés, Jacques Chirac, decidió retomar, la alianza global entre gobiernos, activistas de Greenpeace y grupos de protesta de lo más variopinto surgió espontáneamente. Que los franceses cometieron un error de apreciación de la situación lo evidencian dos hechos: a) la decisión del ensayo de la isla de Mururoa coincidió con la conmemoración

proletariado ni sus organizaciones ni ios sindicatos: las funciones de éstos las asume la escenifrcación mea’iática de símbolos culturales en los que poder descargar la mala conciencia de ios actores y consumidores de la sociedad industrial. Esta tesis puede contemplarse desde tres perspectivas.
Primera, en la abstracta omnipresencia de peligros la destrucción y la protesta están mediadas simbólicamente. Segunda, al actuar contra la destrucción ecológica todos somos también nuestros propios enemigos. Tercera, la crisis ecológica cultiva una conciencia cultural de Cruz Roja: quien se implica es ascendido al estatus de nobleza ecológica y recompensado con un cheque en blanco de confianza casi ilimitada (cuya ventaja es que en caso de duda se otorga más crédito a sus informaciones que a las de los actores de la industria).
He aquí una limitación crucial de la política directa: el ser humano es un niño desorientado en los «bosques de símbolos» (Baudelaire). Dicho de otro modo: necesita la política simbólica de los medios precisamente por la abstracción y omnipresencia de la destrucción en la sociedad del riesgo mundial. Los símbolos llamativos, simplificadores, capaces de conmover y alarmar el tejido nervioso cultural adquieren un significado político clave. Estos símbolos tienen que ser fabricados, forjados. Y además en la forja de la provocación de conflictos, esto es, ante ios ojos televisivos de la opinión pública, cautivos y horrorizados a la vez. La pregunta decisiva es: ¿quien encuentra (o inventa) y cómo ios símbolos que por un lado revelan el carácter estructural de los problemas y por otro incitan a la acción? (Y esto último con tanto más éxito cuanto más simple y fácil de entender es el símbolo escenificado, menos costes acarrean las acciones públicas de protesta a los individuos y más les facilita descargar su mala conciencia.) Por eso hasta ios errores de información, como los cometidos por Greenpeace en la campaña anti-Shell, quedan disimulados.
Simplicidad significa muchas cosas. Primero, transmisibilidad. Todos somos pecadores medioambientales. Igual que Shell quería hundir en el océano su plataforma petrolífera, «a todos» nos da de vez en cuando por tirar latas de cola por la ventanilla del coche. Es este todos el que hace (mediante el correspondiente constructo social) tan «transparente» el caso Shell. Con la esencial diferencia de que, evidentemente, con la magnitud del pecado, crece la probabilidad de la absolución oficial. Segundo, protesta moral. «Los de arriba» pueden, con la bendición del gobierno y sus expertos, hundir una plataforma petrolífera rebosante de basura tóxica en el Atlántico mientras que «nosotros, los de aquí abajo» —sobre todo en Alemania— para salvar el mundo tenemos que reciclar hasta una

bolsita de té y separar el papel, el hilo y las hojas prensadas. Tercero, opciones de acción fáciles. Para perjudicar a Shell uno podía y tenía que llenar el depósito con la gasolina más «moralmente limpia» de la competencia. Cuarto, comercio ecológico de indulgencias. El boicot gana relevancia con la mala conciencia de los originarios habitantes de la sociedad industrial porque viene a ser una especie de ego te absolvo gratuito para los que participan en él.
Los peligros ecológicos globales, lejos de crear un generalizado vacío de sentido en la modernidad, abren un horizonte de sentido con palabras como evitación, preservación, ayuda; un clima moral proporcional a la magnitud de peligro, en el que los papeles del héroe y el canalla adquieren un nuevo significado político. La percepción del mundo en las coordenadas de la autoamenaza ecológico-industrial hace que la moral, la religión, el fundamentalismo, la desesperación, la tragedia y la tragicomedia —entrelazadas siempre con sus polos opuestos: salvación, ayuda, liberación— se conviertan en un drama universal. En esta tragedia mundial, la economía tiene las puertas abiertas a hacer el papel de envenenador o a meterse en el del héroe y auxiliador. Este es exactamente el trasfondo de que Greenpeace, con la triquiñuela de la impotencia, haya conseguido aparecer en escena. Greenpeace persigue una especie de política-judo, cuyo objetivo es aprovechar la prepotencia de los pecadores medioambientales en contra de sí mismos.
La gente de Greenpeace son profesionales mediáticos multinacionales. Saben presentar de tal manera la contradicción entre promulgación de normas de seguridad y control e infracción de las mismas que los grandes (grupos empresariales, gobiernos), cegados por su poder, caen en la trampa y, para deleite de la opinión pública mundial, muerden el anzuelo televisivo. Henry David Thoreau y Mahatma Gandhi se alegrarían mucho, pues Greenpeace escenifica la resistencia civil masiva a nivel mundial con los medios de la era mediática. Y al mismo tiempo es una fragua política de símbolos:
con el artificio del blanco-negro a la hora de enfocar los conflictos produce pecados y símbolos de pecados culturales que cimientan las protestas y le permiten convertirse en pararrayos de la mala conciencia colectiva. Así pueden construirse en las democracias de Europa (sin enemigos tras el fin del conflicto Este-Oeste) nuevas certezas y nuevas válvulas de escape para la ira (lo que es y sigue siendo parte de la feria mundial de la política simbólica).
¿No es todo esto una manera absurda de distraerse de los principales desafíos de la sociedad del riesgo mundial?
Con todo, si se atiende a la nueva constelación política en vez de a temas particulares, se observa cuán alentador es experimentar el éxito: la so- que podrían ascender en el futuro al 20 % —anual— del producto de la economía mundial. Lo racional, pues, es: lo que el mundo invierta hoy en la protección del clima, lo recuperará con intereses. De modo que al adversario su propio argumento económico se le vuelve en contra: ya no hay excusas.
Para que la «racionalidad» reescenificada se convierta en una fuerza histórica se necesita de todas maneras algo más que probar que no hay mejor alternativa económica que la protección del clima. Además, hay que forjar una alianza con los actores de la economía mundial con vistas sobre todo a juramentar a las naciones y gobiernos, tan celosos de su soberanía, en un nuevo modelo de cooperación multiestatal. Es necesario, pues, dada la incertidumbre remanente en el argumento, blindarlo ante críticas internas. Empecemos por esto último.
Las relaciones de definición son relaciones de dominio que legitiman colectivamente y confieren fuerza vinculante a las escenificaciones del riesgo (véase pág. 6 y sigs.). En el Estado nacional de la primera modernidad dichas relaciones se guiaban por el «progreso», es decir, en el reparto del peso de la prueba el laisser-faire —algo es seguro mientras no se demuestre que es peligroso— prevaleció sobre el principio de previsión:
nada es seguro mientras no se demuestre que es inofensivo. El Informe Stern hizo que el beneficio del peso de la prueba se desplazara del laisserfaire al principio de previsión (y no por haberse divulgado y debatido públicamente o haber recibido la aprobación de los científicos, sino gracias al poder que la escenificación pública otorga a los argumentos). Las relaciones de definición se «revolucionaron» cuando el principio vigente hasta entonces («en la duda, por la duda») se sustituyó por el principio opuesto («en la duda, contra la duda»), debido a la inseguridad fabricada y a la amenaza planetaria. Ante la humanidad amenazada por catástrofes posibles, la incertidumbre irremediable de todo pronóstico se escribe, por así decirlo, en minúscula, mientras que la trinchera de la exigencia de una prueba inaportable se hunde.
El dilema de la anticipación de la autoamenaza de nuestra civilización consiste en, o bien desaparecer porque desgraciadamente la tan temida desaparición no puede probarse o bien no desaparecer pero al precio de exponernos a carcajadas centenarias por nuestro pánico mundial (escenificado científicamente).
Stern, por su parte, escenifica el hechizo de ios grandes números. Los economistas, porque son economistas, pondrán escrupulosamente en duda sus calculaciones, pero la metodología de la inseguridad —o sea,

presentar un abanico de escenarios posibles en vez de pronósticos absolutos— recibe entretanto la aprobación de colegas de renombre.8
Las dudas metódicas del gremio podrían perder contrapoder escenificador si (como es cada vez más el caso) la misma economía mundial vislumbrara nuevos mercados y oportunidades de crecimiento en un giro político decisivo contra el cambio climático. Los que antaño estaban en las antípodas —la multinacional petrolera Shell, las grandes corporaciones energéticas, etc.— hace tiempo que se han envuelto en un fino manto verde y buscan caminos para salir de la economía del dióxido de carbono. No es que se hayan convertido en buenas personas y lo hagan por interés humanitario. La economía sigue persiguiendo objetivos a corto plazo, «al precio» (debe decirse?) de causar daños a largo plazo a las personas y el entorno. Pero el consenso global, ahora ya palpable, en pro de la protección del clima abre nuevos mercados, «mercados forzosos», que podrían surgir, por ejemplo, del reconocimiento de riesgos globales. El atractivo económico consiste en que los principios de seguridad y previsión que ordena el Estado fuerzan (en último término mundialmente) el «consumo» de tecnologías que no emitan dióxido de carbono y ahorren energía. En un «capitalismo verde» de mercados forzosa y transnacionalmente ecológicos la ecología ya no es un obstáculo para la economía. Más bien a la inversa: la ecología y la protección del clima podrían muy pronto ser la mejor fuente de obtención de beneficios.
Finalmente la política estatal, girando activamente hacia una alianza con grupos de la sociedad civil, puede refundarse. Por de pronto, el atributo «global» y las nobles palabras «protección del clima» prometen un estatus elevado y una gran responsabilidad y seducen a los jefes de gobierno, agobiados por las fatigas de la política interior, con conferirles la grandeza del hombre del Estado. Es lo que ocurre en el caso de Gran Bretaña: las palabras «protección global del clima» despiertan (en versión humanista) agradables reminiscencias del pasado esplendor del «imperio británico».
El Estado cosmopolita interioriza institucionalmente la mirada cosmopolita cuando abandona el conjuro de la mirada nacional y se abre, contactando con otros Estados y movimientos de la sociedad civil, al espacio de acción creado por una economía y una cultura sin fronteras
8. Por ejemplo, dice el presidente de la Royal Society: «Esto debería marcar un punto de inflexión en el debate que los intereses económicos a corto plazo han mantenido hasta ahora con los costes para el medio ambiente, la sociedad y la economía a largo plazo» (The Guardian, 31 de octubre de 2006, pág. 7).

pre es preferible porque evita el hecho enloquecido, la coerción a la atención preactiva crece en proporción a la locura del atentado terrorista anticipado. Cuanto mayor es —o se hace que sea— la amenaza, más fácilmente se suscitan mayorías en las democracias para recortar las libertades. Por lo visto, ante la alternativa libertad o seguridad, la mayoría de la población aboga por la seguridad. El Estado preventivo no necesita publicitarse. O, mejor dicho, los atentados terroristas, cuya expectativa está cotidianamente presente en todas partes, son la mejor publicidad para el Estado de la prevención y la seguridad, que amenaza los fundamentos del Estado de derecho.
Priorizar la prevención significa que mediante la anticipación del terror la sociedad entera es puesta en tiempo condicional. ¿Qué podría pasar? Esta transformación de la sociedad significa a su vez que la desconfianza frente a los «extranjeros» y la condena de antemano crecen, no sólo en la percepción de la población sino también en las prácticas legales e institucionalizadas de la policía, el servicio secreto y las sentencias judiciales. En Gran Bretaña, desde la aprobación de las nuevas leyes antiterroristas, las fuerzas de seguridad disponen del arsenal de poder de un Estado policial. Pueden intervenir los teléfonos de «presuntos» terroristas e instalar micrófonos en sus casas sin autorización judicial. La policía puede asimismo detener a «presuntos» terroristas durante cuatro semanas sin imputarles ningún delito concreto.
Ante el riesgo terrorista, para la sociedad sólo hay terroristas muertos o presuntos terroristas. Los primeros prueban su crimen con su muerte, mientras que los segundos son difíciles de detectar. Racial profiling se denomina a poner bajo sospecha general a un grupo de personas por su raza o su religión. Hasta ahora las sociedades democráticas desaprobaban tal comportamiento y, si no se tenía ninguna prueba, había que aportar sospechas concretas para poner en marcha una investigación. En la sociedad del «podría ser», el menor indicio de una fuente de peligro se convierte en una búsqueda sin respiro, incluso sin sospechosos. Cualquiera tiene que resignarse a ser eventual víctima de vigilancia no sólo en el ámbito público sino también en la esfera privada, con todas las injerencias que acarrea. Esta tendencia crece cuando el perfil del criminal no coincide con el estereotipo del extranjero, como los conspiradores procedentes de los campamentos de refugiados palestinos o de familias pakistaníes paupérrimas. Se trata más bien de «chicos normales del vecindario» que ya han nacido en el país y crecido en familias inmigradas bien integradas y de clase media. Lo más llamativo de ellos es que no son nada

llamativos, cosa que a su vez desencadena una inquietud general, pues significa que cualquiera puede llamar la atención.
En la «sociedad del podría» crece la necesidad de pruebas. Y puesto que ambas cosas, la necesidad de pruebas y el peligro, crecen, cada vez es más probable que la revalorización de las pruebas suponga la relajación de las normas para obtenerlas (Hudson, 2003). Como hemos dicho, los órganos instructores se encuentran ante el dilema de que, cuando los terroristas ya se han autoinculpado con su propia muerte, es demasiado tarde para hacer nada, mientras que, al revés, cuanto antes intervienen para evitar un atentado, más dificil resulta con las normas vigentes inculpar a potenciales presuntos terroristas. Al final, en la «sociedad del podría», en la que la lógica de la posibilidad socava la lógica de la realidad, quizá se tendrá solamente que probar la posibilidad del hecho (signifique eso lo que signifique) para justificar una condena. También aquí, la consecuencia es que el riesgo terrorista generalizado amenaza con dar la vuelta a la presunción de inocencia (esto es, que todos somos inocentes mientras no se demuestre nuestra culpabilidad), de modo que en caso de duda sea el supuesto terrorista (o sea todos) el que tenga que probar su inocencia. Esperemos que el jefe del ultraderechista British National Party se quede solo en su exigencia de prohibir votar a los musulmanes varones de entre 15 y 30 años. Pero la objeción de los defensores de los derechos civiles de que el racial profrhing afecta mayoritariamente a los musulmanes y resulta por lo tanto discriminador, hace cada vez menos efecto. También los terroristas suicidas —es el sarcástico contra-argumento-— se reclutan mayoritariamente entre los musulmanes. La anticipación de catástrofes premeditadas desencadena una oleada de imputaciones excesivas. Ser diferente y ser peligroso supone nuevas-viejas conexiones. Por todas partes quieren clasificar a la gente enseguida: peligrosa o no peligrosa, de acuerdo con los estereotipos habituales del nosotros y los otros.
Así se generan efectos de vaivén: a la tendencia a expulsar el riesgo le corresponde la tendencia a la autoestigmatización. Uno se estiliza más y más exactamente como el musulmán o la musulmana que ven y prejuzgan los islamófobos: cada vez más mujeres con el pañuelo en la cabeza, cada vez más signos externos de ser de lbs otros. Uno se aísla. La globalización mediática, Internet y la televisión por satélite facilitan a los inmigrantes no estar donde viven sino en el presente virtual de sus países de origen. La vieja y terrible palabra «identidad» despliega nuevamente sus efectos:
no podemos entender a los otros porque somos diferentes. Y en esta situación gana atractivo la ideología de la resistencia contra la «globaliza

Capítulo VI
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