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1. LA AFECTIVIDAD.

1.1. CARACTERÍSTICAS GENERALES.

La vida psíquica de los individuos incluye numerosas funciones que se distinguen de las puramente intelectuales aunque a veces puedan presentarse asociadas a ellas. De hecho, las últimas investigaciones neurológicas han descubierto vínculos entre ciertas facultades intelectuales y emotivas. El conjunto de funciones psíquicas que el lenguaje coloquial asocia al corazón es el responsable de la llamada vida afectiva. Se expresa con el término genérico de afectividad el conjunto de emociones, sentimientos y pasiones que los sujetos experimentan interiormente ante los sucesos o pensamientos que acaecen durante la vida.

Los afectos se caracterizan por una serie de rasgos generales comunes:

  • Son de naturaleza subjetiva, puesto que se viven personal e intransferiblemente. Por ese motivo resulta difícil comunicarlos a los demás. Todos poseemos la experiencia de lo complicado que resulta, a veces, expresar verbalmente las emociones, siendo más fácil su transmisión gestual (llanto, risa, contactos corporales, etc.).

  • Los afectos oscilan generalmente entre dos polos opuestos. Según su naturaleza, pueden moverse entre la alegría y la pena, la atracción y el rechazo, o el placer y el displacer.

  • Su manifestación externa se plasma en el estado de ánimo de un individuo, que vendría a ser como la estructura general donde se integra la totalidad de los afectos. Así, por ejemplo si en un momento concreto de su vida el afecto dominante en un sujeto es el amor, su estado de ánimo reflejará alegría, optimismo y entusiasmo. Si, al contrario, el amor no es correspondido, mostrará decaimiento, pesimismo y melancolía.

  • Casi todos los sucesos provocan una respuesta afectiva en los seres humanos. A diferencia de otras funciones psíquicas que son vividas menos personalmente, los afectos suelen deja profundas huellas en el psiquismo, puesto que su incidencia sobre la vida cotidiana es determinante. Así se explica que los afectos positivos perduren en la memoria, siendo difícil su olvido. En cambio, los que provocaron frustración en su ori­gen tienden a relegarse al inconsciente o a sufrir grandes modificaciones por la acción de los mecanismos de defensa.


En suma, y en palabras del psiquiatra J. M. Uncal, el afecto determina la actitud general; ya sea de rechazo; de aceptación; de huida; de lucha o de indiferencia ante una persona; un aconteci­miento o una idea. En los seres humanos, pues, los afectos con­dicionan sus relaciones interpersonales, ya que siguiendo su dictado establecemos relaciones de amistad, simpatía, desa­pego u hostilidad con las personas que nos rodean.
1.2. EMOCIONES, SENTIMIENTOS Y PASIONES.

Según Bleuler, hay que distinguir en el acontecer afectivo tres reacciones posibles: emoción, sentimiento y pasión. No resulta fácil establecer las diferencias fundamentales entre ellas, puesto que cada autor usa uno u otro término según variaciones tales como el grado o la intensidad de la reacción, sus vínculos con ciertas alteraciones fisiológicas del organismo o la duración del estado emocional psíquico. En la Psicología anglosajona es frecuente utilizar como sinónimos los términos emoción y sentimiento. Sin embargo, la mayoría de psicólogos distingue, aunque a veces no con una precisión extrema, entre los tres términos.

La palabra emoción proviene del vocablo lati­no emovere; que significa "sacudir" o "agitar". Designa un estado afectivo que se caracteriza por ir acompañado de ciertas alteraciones corporales. Así, la agitación emotiva se sigue de numerosas manifestaciones físicas que comunican a los demás el estado afectivo del sujeto. Por ejemplo, ante la emoción de vergüenza, el organismo reac­ciona con el rubor; ante la desconfianza, frunci­mos el ceño; etc.

El psicólogo gestaltista Kofka señaló cuatro vivencias que corresponderían a las emociones primarias de todos los seres humanos. Cada una de ellas iría acompañada de un movimiento característico con res­pecto al objeto de la emoción:
LOS GESTOS EMOTIVOS. Casi todas las emociones se acompañan de gestos que las delatan: fruncimos la frente cuando nos enfadamos, por ejemplo. Para comprobar si estos gestos obedecían a apren­dizajes sociales, se hicieron pruebas con niños ciegos y sordos. Se comprobó que gesticulaban de manera similar a otros niños con sus sis­temas perceptivos completos. Así mismo, los antropólogos han puesto de relieve que en to­das las culturas se repiten los mismos gestos emotivos, independientemente de sus tradi­ciones y de su desarrollo técnico.
La emoción se distingue del sentimiento en que la primera es una reacción afectiva breve e intensa, mientras que el segundo se caracteriza por perdurar mayormente en el tiempo, con lo cual su intensidad es menor aunque más prolongada. A diferencia de la emoción, el sentimiento no se acompaña de cambios corporales tan acusados. Resulta muy difícil proporcionar una definición de sentimien­to aceptada por todos los autores. Algunos, incluso, han llegado a ­decir que el sentimiento no puede definirse, sino tan sólo experimentarse y, a lo sumo, describirse. En general, el término senti­miento designa una tendencia afectiva hacia objetos o personas del mundo exterior (aunque también existen sentimientos sobre uno mismo, como el amor propio) que oscila entre reacciones de placer ­o displacer.
Lersch distingue tres tipos diferentes de sentimientos:

  1. Vitales: placer, dolor, alegría, tristeza, aburrimiento, admira­ción, etc.

  2. Individuales o del yo: egoísmo, altruismo, supervivenci2... venganza, etc.

  3. Transitivos o sociales: éticos, espirituales, etc.


Wundt elabora también una clasificación tripartita, conside­rando a los sentimientos como estados que se mueven entre tres pares de fuerzas: a) Placer- Displacer. b) Excitación-Tranquilidad. c) Tensión-Relajación.
Otras clasificaciones establecen dos grandes grupos de senti­mientos: los sensuales y los intelectuales. Los primeros estarían relacionados con los deseos y necesidades instintivas u orgánicas mientras que los segundos serían frutos del llamado mundo espiri­tual. Dentro de cada grupo, se establecen numerosas subdivisiones, así, por ejemplo, entre los segundos se pueden distinguir varias cla­ses: religiosos, estéticos, morales, filantrópico s, etc.

LAS PASIONES Y LAS LEYES. Un sujeto apasionado es incapaz de controlar, en numerosas ocasiones, sus propios actos puesto que la pasión nubla su mente, como suele decirse en lenguaje coloquial. Esa im­posibilidad de racionalizar su conducta ante la presencia del objeto que provoca en él la pasión es contemplada en los códigos pena­les. Por ejemplo, si se comete un asesinato con premeditación y a sangre fría, la pena carce­laria será mayor que si es ejecutado bajo los efectos del apasionamiento. Se reconoce así la alteración de la realidad y la incapacidad de control que sufre un indi­viduo cuando se halla bajo los efectos de una pasión intensa.

Las pasiones se diferencian de los dos estados anteriores por su grado de intensidad y la dependencia de la voluntad respecto a ellas. Son tendencias afectivas que se viven desgarradoramente, de tal manera que el individuo se siente arrastrado por ellas aunque pretenda impedir sus efectos. Por tanto, poseen tan alta intensidad que no pueden ser controladas racionalmente. En cierta medida, el sujeto que sufre una pasión pierde parte de su libertad individual, puesto que la voluntad apenas puede modificar los comportamien­tos apasionados. Así, por ejemplo, un amor o un odio desmedidos terminan por convertirse en pasiones si la voluntad no consigue imponer un cierto control racional sobre esas conductas afectivas.

A veces, producen alteraciones psicológicas importantes, ya que el individuo tiende a percibir la realidad según la pasión que experimenta. De esa forma, se produce una deformación ideológi­ca, ya que todo aquello relacionado con el objeto pasional se sobrevalora, mientras que lo está en contra se vive con rechazo o desin­teresadamente. En casos graves, las pasiones no controladas pue­den originar importantes trastornos de conducta. La literatura y el arte han retratado admirablemente las pasio­nes, tanto aquellas que pueden considerarse nobles como aquellas otras que se viven dramáticamente y que muchas veces conducen al desequilibrio psíquico. Como hemos visto, pues, no resulta sencillo establecer los lími­tes precisos que separan unos estados afectivos de otros. El lengua­je tampoco suele proporcionar una nítida distinción en este terre­no; una misma palabra designa estados emocionales, sentimentales o pasionales según sea su uso y su contexto. Por ejemplo, el voca­blo amor puede estar referido a vivencias apasionadas, emotivas o sentimentales según la intensidad, duración y grado de control racional que sobre ella ejerza nuestro cerebro.
1.3. TRASTORNOS DE LA AFECTIVIDAD.
Todos sabemos por experiencia propia que no resulta fácil el control de las emociones. En nuestra vida cotidiana, la afectividad ocupa un importante lugar por cuanto nuestra relación con el mundo físico y con la sociedad está impregnada de afectividad positiva o negativa. Las causas por las que ciertas personas u obje­tos nos producen atracción o repulsión obedecen a factores tanto genéticos como ambientales. Así, cierto sentimiento de miedo puede ser provocado por una causa innata relacionada con el ins­tinto de supervivencia o, al contrario, por una experiencia personal que nos dejó profunda huella y que condiciona nuestras respuestas temerosas cuando aparece de nuevo el estímulo que las desencade­nó en su origen.
El PSICÓPATA INDIFERENTE. La psiquiatra María Dueñas describe así la in­diferencia emotiva del psicópata: Es el pro­totipo de la personalidad sin afectos y entra dentro del campo de la patología psiquiátri­ca. K. Schneider los define como personas que sufren y que hacen sufrir, aunque hoy se admite más que hacen sufrir sin inmutarse por las consecuencias de su conducta. Pre­sentan una pobreza general de reacciones afectivas; los actos que comenten no les pro­ducen nerviosismo, ansiedad, pena, vergüenza, culpabilidad ni ningún otro tipo de sentimiento que la persona normal experi­mentaría en las mismas circunstancias. Pre­sentan una carencia de emociones, no están ansiosos ni tristes, no lloran ni demuestran alegría ni tampoco sufren los correlatos so­máticos de esas emociones, como la palidez, el rubor, el temblor, el sudor...
Numerosos trastornos conductuales y psíquicos tienen su causa en una inapropiada vivencia de los afectos. Entendemos por esta­bilidad afectiva el equilibrio que muestra un sujeto entre su dis­posición psíquica y su conducta afectiva externa sin que se pro­duzcan disfunciones entre ellas. Una persona emotivamente esta­ble disfruta de un alto nivel de autoconfianza y, por regla general, muestra conductas de socialización, integrándose plenamente en la convivencia grupal. Sin embargo, muchos trastornos conductuales se hallan relacionados con la vida afectiva. Algunos de los más importantes son:

  • Indiferencia emocional: cuando se producen respuestas débiles ante estímulos emotivos. En casos extremos, como en ciertos tipos de psicosis, el sujeto es incapaz de emocionarse ante actos terribles o cargados de afectividad. Este estado se define por una inhibición de los afectos, las personas que lo padecen se muestran distantes y sin sentimientos, no emo­cionándose ni ante los acontecimientos externos ni ante las circunstancias dolorosas o placenteras de las personas que les rodean. Muchos de ellos circunscriben su vida afectiva al ámbito exclusivo del amor propio. En general, muestran acti­tudes de desprecio y rechazo social. Algunos psiquiatras han señalado que la indiferencia emocional puede desembocar en conductas sexuales sádicas.

  • Dependencia afectiva: se produce cuando una persona muestra ansias incontrolables por querer y ser querido. Se dis­tingue del estado normal en que dicha persona lleva hasta el paroxismo ese deseo legítimo y natural. Puesto que se siente insegura, sufre crisis de angustia y miedo irracional ante el temor (muchas veces puramente fantasioso) de perder el afec­to de las personas que la rodean. Los celos o la obsesión por acaparar todos los afectos de la pareja son reacciones típicas de los dependientes afectivos. Este estado puede alcanzar cotas patológicas si escapa a un control racional. Entre los sín­tomas de ciertas neurosis o psicosis se hallan fenómenos rela­cionados con la dependencia afectiva.

  • Trastornos maníaco-depresivos: se caracterizan por una alternancia cíclica entre fases de hiperactividad mental y periodos depresivos. Los individuos que los padecen pasan de un estado afectivo a su contrario en cortos espacios de tiempo.

  • Descontrol emotivo: caracterizado por una desproporción entre la respuesta emotiva del sujeto y el estímulo causante de la misma. Puede manifestarse bajo dos formas: o bien se da una respuesta intensa ante un estímulo insignificante, o, por el contrario, apenas se reacciona afectivamente ante hechos tras­cendentales. En el primer caso, estarían las personas que se emocionan fácilmente, no pudiendo evitar las crisis de llanto o de alegría. Los efectos de algunas drogas (el alcohol, sobre todo), la senilidad o la excesiva sensiblería potencian reaccio­nes de este tipo. En el segundo caso, nos hallaríamos ante per­sonas cercanas a la indiferencia emocional.


LOS IK. A. Montagu, en su libro La naturaleza de la agresividad humana, describe un caso pecu­liar de alteración afectiva: el de la tribu de los ik, en Uganda. Desde tiempos inmemoriales habían sido cazadores, pero el gobierno declaró sus tierras reserva de caza y los obligó a convertirse en agricultores. Ese cambio de vida modificó todas las costumbres ik, pro­vocando de paso una alteración en sus rela­ciones sociales y en sus vínculos afectivos. Se volvieron agresivos, peleándose continua­mente entre ellos; disolvieron las familias comenzando a vivir individualmente; el amor dejó de ser algo apreciable y hasta se rom­pieron los vínculos afectivo s entre las madres y los hijos. Éstos últimos, al igual que los an­cianos, fueron considerados como apéndices inútiles al no poder cuidar de sí mismos

Si conductas de este tipo se suceden cotidianamente, pueden desembocar en graves trastornos de conducta. Si, en cambio, ocu­rren en raras ocasiones, pueden ser debidas a causas puramente cir­cunstanciales.

1.3. TRASTORNOS DE LA AFECTIVIDAD.
En la exteriorización de emociones y sentimientos influyen factores de variada índole. De manera global, los podemos dividir en tres grandes clases: genéticos, educativos y culturales.

Desde el punto de vista hereditario, conviene distinguir entre aquellos que son comunes a la especie humana y aquellos otros que son exclusivos de un individuo. Así, cuando estamos irrita­dos en grado sumo, fruncimos el ceño y apretamos los dientes; cuando sentimos un miedo intenso, se nos eriza el vello, etc. Estas reacciones no son exclusivas de una sola cultura; al contrario, se dan en todos los pueblos de la tierra. Lo mismo sucede con la risa, el llanto, las manifestaciones de euforia, etc. Estos tipos de conducta son, pues, reflejos. Su origen debe buscarse en el desarrollo evolutivo del ser humano.
Ahora bien, las características hereditarias de cada individuo con­creto también influyen en su afectividad. Según sean aquellas, ten­derá cada uno a emocionarse con mayor o menor facilidad y a de can­tarse hacia unos u otros comportamientos afectivos. Sin embargo, la carga genética nada podría sin la influencia del medio ambiente. En ese sentido, la educación recibida juega un importante papel. La his­toria personal de cada uno influye notablemente en el conjunto de nuestras reacciones emotivas. Según se hayan reforzado unas u otras conductas, aumentará o disminuirá su repetición en el futuro. Así, en nuestra sociedad se educa (o se educaba) a los hombres para que no expresasen sus sentimientos. Frases como los hombres no lloran han sido habituales hasta nuestros días. En cambio, la mujer podía explayar libremente sus sentimientos, puesto que esa conducta era consi­derada muy femenina.

Así mismo, la cultura y la historia de cada sociedad condicionan mayoritariamente la expresión de nuestros sentimientos. Resulta tópico, pero también estadísticamente cierto, que los pueblos meri­dionales de Europa viven la emotividad de una manera más inten­sa, mientras que los del norte tienden a ser menos expresivos con sus afectos. En algunas tribus africanas parecen no existir las rela­ciones amorosas, ya que se vive la sexualidad exclusivamente como deseo momentáneo sin que nadie muestre voluntad de pose­sión amorosa. En cambio, en casi todas las sociedades, el amor de la pareja representa la más alta idealización de la vida afectiva.
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