El Desarrollo Económico de América Latina desde la independencia”




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A Propósito del libro de L. Bértola y J.A. Ocampo.

El Desarrollo Económico de América Latina desde la independencia”

Ed. F.C.E. 2013.
Historia o Ideología, un transcendental sin sujeto.
Dr. Rodolfo Iván González Molina1

A la memoria de Paulo Scheinvar Akcelrad: Académico, colega y amigo.
I-.INTRODUCCIÓN

Abordamos la lectura de este libro con el entusiasmo de aprender nuevos enfoques o detalles de la historia económica de América Latina, con la necesidad de evaluar tanto la forma de cuantificar y ordenar las estadísticas de la región, como de verificar la información cualitativa del análisis del pasado latinoamericano.

La presentación de esta lectura crítica esta ordenada de la siguiente manera:

En primer lugar, abordamos los conceptos novedosos que proponen Bértola y Ocampo (Globalización, industrialización dirigida por el Estado, modelo mixto, reformas de mercado, la periodización regional y la hipótesis central convergencia truncada y volatilidad, pobreza y distribución del ingreso).

En segundo lugar, en el momento histórico de la formación de la ciudades Estado, valoramos cuatro aspectos: 1.- ¿Cómo son presentados los procesos de independencia en América Latina?, ¿Cómo se resolvió el conflicto interclasista y quien hegemonizó la revolución de independencia?; 2.- Definimos y calificamos nuestra acumulación originaria, pues no es suficiente con mostrar el proceso, también hay que señalar los autores y ejecutores de esta génesis socio económica del capitalismo en la región; 3.- Criticamos la presentación de los datos estadísticos de largo plazo en el siglo XIX y su incongruencia por la inexistencia de repúblicas en la época; y 4.-Incluimos la delimitación geográfica de las naciones Latinoamericanas, en el contexto de la confrontación de los expansionismos anglo europeos y estadounidense.

En tercer lugar, la concepción del “sistema mundo” en la formación de los Estados nación, que corresponde al siglo XX. Analizaremos el cambio del desarrollo hacia afuera a los procesos de industrialización internos; aquí también son cuatro elementos los que cuestionamos: 1.- El nacional populismo, la Industrialización por sustitución de importaciones (ISI) y el modelo mixto; 2.- El fracaso de la segunda ISI y la causa de la década perdida; 3-. La pobreza como concepto único en el tiempo largo, distribución del ingreso y convergencias truncadas; y 4.- Los conflictos de la década de los ochenta, la violencia y el narcotráfico.

Finalmente, en la conformación de los Estados Continente, centramos la atención en el neoliberalismo como política económica hegemónica en América Latina, las integraciones abiertas y las posliberales, la pobreza y las inmigraciones. Terminamos esta reflexión crítica con una conclusión del trabajo de Bértola y Ocampo.
II. DESARROLLO DE UNA LECTURA CRÍTICA

El presente libro recomendado por las mayores instituciones universitarias a nivel internacional tales como la Universidad de Harvard, de Oxford, de Columbia y por el prestigioso Colegio de México, parece intocable e incuestionable. Una obra monumental y apabullante en el manejo estadístico impecable, que naturalmente está respaldado por la CEPAL, dado que José Antonio Ocampo fue su director y naturalmente contó con el apoyo de todo el equipo de economistas e ingenieros a su disposición para realizar estos cálculos. La colaboración del Historiador económico Luis Bértola, consultor de la CEPAL, del BID y otras instituciones internacionales, convierten a este libro en una lectura obligada para cualquier profesor del tema en las universidades latinoamericanas.

Para los autores, cinco capítulos y 312 páginas son suficientes para presentar la historia de doscientos años del desarrollo económico latinoamericano. El primer capítulo muestra inmediatamente las novedades en el tratamiento, primero de los cálculos estadísticos, después en la conceptualización utilizada y en la periodización propuesta. En cuanto al primer aspecto es curioso un cálculo del PIB per cápita desde 1500 a 2008 en dólares internacionales de 1990, (con la fuente en los trabajos de Maddison).

Obviamente, en el año 1500 era muy poco lo que se había conquistado del territorio americano, ya que el descubrimiento de la Nueva España es hasta 1519-1521, el de la Nueva Granada hasta 1538, el del Rio de la Plata hasta 1516-1520, el del Alto Perú 1532-1533 y el de Chile hasta 1541. ¿De dónde salen las cifras de esos primeros años del siglo XVI? Un cálculo que naturalmente no sólo nos dice muy poco por la heterogeneidad del mundo con el que se compara América Latina, sino que además llama la atención la ausencia de una metodología que explique el reparto del ingreso en sociedades en donde se está gestando un proceso colonial que convertirá a los nuevos virreinatos en economías agrícolas y minero exportadoras, sin relaciones sociales salariales, por lo menos hasta el último cuarto del siglo XIX. Además de que el concepto del PIB/ per cápita los mismos autores lo cuestionaran más adelante, citando a A. Sen, para sustituirlo por el índice de desarrollo humano (IDH) (Página 50).

En cuanto a la conceptualización y la periodización, cuando definen la etapas del desarrollo latinoamericano, nos señalan un primer período desde la independencia 1810 hasta lo que llaman primera “globalización”2 en 1870. Cuando la mayoría de los autores han señalado la tercera última década del siglo XIX como el inicio del “liberalismo”3, el “desarrollo hacia afuera”, o la primera inserción a la economía mundial que, naturalmente, son conceptos más precisos por su generalización en la historiografía latinoamericana que los convierten en un lugar común, de fácil comprensión. En cuanto a la utilización del concepto de “globalización”, para esa época, es inapropiado, pues responde a un patrón de acumulación de finales del siglo XX, con la finalización de la “guerra fría”, o lo que definió Fukuyama como el “fin de la historia”, o lo que conocemos como la Tercera Revolución Industrial, la generalización del uso de los satélites, la informática y la fragmentación de las cadenas de valor. Fueron estas condiciones objetivas las que permitieron que la globalización desarrollara, a finales del siglo pasado, un mundo interrelacionado en lo económico, tecnológico, social, cultural y político. La globalización transformara al mundo en lo que, proféticamente, Marshall Mc Luhan llamó: “la aldea global”. A finales del siglo XIX y principios del XX, se está configurando únicamente la economía internacional, en la medida que se está formando una tasa media de ganancia y de interés a nivel mundial, lo mismo está pasando con la formación de precios internacionales. Es la época del “imperialismo clásico” para los llamados países desarrollados, que ni siquiera señalan los autores, porque buena parte de su historia económica regional aparece desvinculada de la historia mundial. Por esa omisión, no es explícita la causa por la que Europa y Estados Unidos empiezan a demandar una mayor cantidad de bienes primarios estratégicos o la mayor inversión en la infraestructura necesaria para extraerlos del llamado posteriormente tercer mundo. No se plantean la configuración de una división internacional del trabajo y mucho menos sus consecuencias en las limitaciones o por lo menos postergaciones del desarrollo industrial.

Los períodos están propuestos por tasas de crecimiento y no por regularidades en la producción4, por eso no se dice nada de lo que conocemos como “acumulación originaria” o la génesis del capitalismo. Se argumenta, acerca del proceso sin calificarlo. Porque se muestra la formación del mercado interno de fuerza de trabajo, o la desaparición de las formas de trabajo compulsivo: encomiendas, mitas, repartimientos, esclavitud, peones acasillados, obrajes y jornaleros, para dar lugar en el último cuarto del siglo XIX a la relación salarial. Volveremos a la “génesis” cuando retomemos la crítica de cada uno de los capítulos.

De los grandes hitos (1810-1910) latinoamericanos sólo se toma en cuenta 1810, como el límite inferior en donde se empiezan a formar los Estados Nación y se lleva hasta 1913, “pero en especial a partir de 1870, se produce un aumento importante de las disparidades entre los países latinoamericanos, expresada en el coeficiente de variación de los niveles de ingreso per cápita” (P. 28). El período de 1810-1913 afirman los autores: “no es posible determinar si se trata de una nueva tendencia que habrá de perdurar o si obedece a una coyuntura histórica particular”. ¿No es más claro definirla como nuestra acumulación originaria y situarla por los años 1810 a 1910, con dos revoluciones que convulsionaron la historia regional y mundial: la independencia y la revolución mexicana?

En la segunda etapa, vuelven a presentar un nuevo concepto: “industrialización dirigida por el Estado”, sustituyendo lo que en la literatura de la historia económica latinoamericana se conoce como “la industrialización por sustitución de importaciones” (ISI). El concepto en realidad, como asegura Bértola, fue introducido por Cárdenas, Ocampo y Thorp en un trabajo del 2003. El argumento central, para justificar el cambio de nombre del concepto, responde a la ampliación significativa de las esferas del Estado en la vida económica y social. Además, para reforzar la idea señalan los autores que, la ISI “no fue el elemento más destacado a lo largo del tiempo ni una característica que compartieron todos los países durante el medio siglo que predominó esta estrategia de desarrollo” (P. 173). Ahora bien, si revisamos las industrializaciones a nivel mundial, en primer lugar el Estado tiene un papel importante, en unos países más que en otros, pero difícilmente se mantiene al margen. La industrialización de Europa Occidental, durante el siglo XIX, estuvo acompañada del Estado y en segundo lugar, tuvo que ser proteccionista para desarrollar una industria textil, ferroviaria, siderúrgica y demás, que ya tenía medio siglo de atraso frente a Inglaterra. Es el caso del Crédit Mobilier y la Haute Banque en Francia, o el papel proteccionista y las reformas económicas de Otto von Bismarck en Alemania. El Estado no sólo interviene legalizando nuevas formas de trabajo, otorgando créditos y financiamientos, o generando aranceles proteccionistas, como lo hizo Inglaterra con su industria textil, durante todo el siglo XIX, con los textiles de la India, sino que también crece su burocracia promoviendo no sólo las nuevas actividades industriales, desarrollando la educación a todos los niveles (pública y privada), participando en la construcción de la infraestructura necesaria con el gasto público, las inversiones privadas nacionales y extranjeras.

Lo mismo ocurrió en América Latina, que ya desde antes de la crisis de 1929 había iniciado procesos de industrialización, trayendo la modernidad, como se decía en la época. El ferrocarril, los telégrafos y la industria textil, fueron impulsados por los Estados (con apoyo de las inversiones extranjeras directas en muchos países), y fue la base fundamental para el desarrollo de la primera ISI, la producción de bienes de consumo (textiles, calzado aceites, jabones, materiales de construcción, industria ferroviaria y siderúrgica, etc.). Que entre otras cosas hay que reiterarlo, ya que los autores no lo dicen, fue eminentemente nacionalista y los Estados que la impulsaron fueron definidos como populistas (el termino para los latinoamericanos, para Europa se le denomino elegantemente como Estados benefactores). El cambio de nombre de la ISI solo confunde y pierde la especificidad de lo que ya conocíamos como la forma particular de nuestro proteccionismo y aunque no todos los países la empezaron simultáneamente, podemos asegurar que los grandes (Argentina, Brasil y México), los medianos (Colombia, Perú, Chile y Venezuela) y hasta algunos pequeños lo hicieron (Costa Rica, Uruguay). Con aranceles altos protegieron sus desarrollos industriales y privilegiaron el mercado interno. Ese fue el caso de Lázaro Cárdenas en México (1934-1940), el de Getulio Vargas en Brasil (1930-1934-1937-1945 y 1951-1954), La Unión Cívica Radical, primero, con Hipólito Yrigoyen (1916-1922 y 1928-1930) y Marcelo T. Alvear (1922-1928) y después con de Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1952 y 1952-1958), de Alfonso López Pumarejo en Colombia (1934-1938 y 1942-1945), de Rómulo Ernesto Betancur Bello en Venezuela (1945-1948 y 1959-1964), de Jorge Luis Batlle Ibáñez en Uruguay (1947-1951), de Carlos del Campo Ibáñez en Chile (1927-1931 y 1952-1958), de Juan Velazco Alvarado en el Perú (1968-1975) y de Rafael Ángel Calderón en Costa Rica (1940-1944). Porque en todo caso, como afirma el profesor de la Universidad de Estocolmo Andrés Rivarola Puntigliano (2012): “La economía no la hacen los números, sino los seres humanos, con sus pasiones, sus ideales y sus frustraciones”. Para no hacer historia trascendentales ausentes de sus líderes, hay que señalar y ubicar sus personajes dándole el lugar que les corresponde.

Bértola y Ocampo terminan la tercera etapa con la segunda ISI, dado que la primera ISI o segunda etapa, abarca desde las primeras décadas del siglo XX hasta 1945-1959 (incluyo el año 1959 para terminar esta etapa con otro hito de la historia regional: la revolución cubana), con lo cual estamos absolutamente de acuerdo5. La segunda ISI cubre entre el final de la guerra y 1980, para los autores. ¿Porque no hacer énfasis en el 11 de septiembre del año de 1973, como un gran ruptura en la historia latinoamericana que fue marcada por el golpe de Estado a Salvador Allende en Chile e inició, con asesoría de los Chicago Boys, la apertura de la primera economía latinoamericana y la entrada del neoliberalismo en la región? ¿O el año de 1982, cuando México se declara en moratoria y es obligado a llevar a cabo los ajustes de primera generación recomendados por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial?

El último concepto novedoso corresponde a las “reformas de mercado”, en lugar del ya conocido y desprestigiado “neoliberalismo”. Los autores afirman: “que no resulta el más apropiado para calificar las “reformas”, ya que éstas mantuvieron grados de intervención estatal que resultan antagónicos con las ideas del pensamiento económico más ortodoxo. A pie de página nos refuerzan la idea de que el concepto de “liberal” (…), “en el lenguaje anglosajón, (…) es más bien sinónimo de intervención del Estado (…) y que por eso algunos prefieren usar el concepto de “neoconservador” para referirse a las “reformas de mercado” (como ellos le llaman).” (P. 261). Sin embrago, en Europa contemporánea a esas reformas le llaman “ultraliberales”, aunque el Estado mantiene una gran participación no sólo en las economías en lo individual, sino en toda la Unión Europea. Los ingleses y los estadounidenses, con las reformas que iniciaron Margaret Thatcher y Ronald Reagan, oficializaron el neoliberalismo con la implementación de las políticas económicas recomendadas por la escuela de Chicago. El término neoliberalismo fue acuñado por el académico alemán Alexander Rüstow en 1938. En el segundo lustro de 1960, el término “neoliberalismo”, fue usado para referirse a políticas defendidas por economistas como Milton Friedman o Robert Lucas. ¿Por qué cambiarle el nombre ahora?, ¿Será que el desprestigio de estas reformas, que han provocado grandes crisis y son la causa del desempleo y la agudización de la pobreza a nivel mundial, con un cambio de nombre podrán ser mejor vistas en América Latina?

La hipótesis central, que caracteriza el desarrollo económico de América Latina para Ocampo y Bértola, se define como: “Convergencias truncadas y volatilidad”, argumentada a lo largo del libro, se introduce en el primer capítulo. Esta hipótesis tiene que ver con los llamados “milagros económicos” de la segunda ISI, en particular en los países grandes Brasil y México, en menor medida en Argentina, Chile, Colombia y Uruguay. No obstante, nos dicen los autores que también se produce una alta volatilidad en dicho crecimiento…” que se debe a los ciclos del comercio internacional, a los ciclos industriales, a los movimientos demográficos y las migraciones internacionales” (P.32). El problema de la volatilidad se debe, según los autores, a la inserción de América Latina en el mercado internacional, principalmente en recursos naturales, los cuales han estado expuestos a cambios bruscos, tanto de oferta como de demanda, y han mostrado una volatilidad de precios muy alta (P. 33). Primero, esta alta concentración del comercio exterior en pocos bienes ha sido la causa de las crisis de balanza de pagos y de deuda. Luego, en los años de la llamada década perdida, se le suma las crisis bancarias y la inflación. Bértola y Ocampo afirman: “Las crisis se producen por fuertes caídas de las exportaciones en medio de coyunturas internacionales críticas (1873, 1890, 1913, 1929, 1973, 1979, 1997, 2008), que generaron fuertes deterioros de los precios de producción básicos y se traducen, a su vez, en saldos negativos de las balanzas comerciales” (P. 37). Más adelante agregan: “En las últimas décadas del siglo XX, a pesar de los procesos de diversificación de las exportaciones, la mayoría de los países continuó dependiendo de las exportaciones de productos básicos y manufacturas basadas en recursos naturales” (P. 38). Sin embargo, reitero que el modelo de desarrollo hacia adentro, se adopta en América Latina como una estrategia de reducir la vulnerabilidad de los choques externos (Bulmer Thomas V., 1998). Aunque no todos los países adoptaron la ISI (o pudieron hacerlo) simultáneamente, es el caso de Perú, Bolivia y Venezuela, que dependieron del incremento de las exportaciones para el ritmo de crecimiento de captación de divisas, van a llevar a cabo un “desarrollo hacia adentro” años más tarde que Argentina, Brasil, México, Colombia, Chile y Uruguay. También, aunque todos los países latinoamericanos hicieron esfuerzos por diversificar sus exportaciones, no fueron éstas las causantes de la crisis del año 1973, 1979, 1997 y mucho menos 2008. Los problemas de balanza de pagos, las presiones inflacionarias y los conflictos laborares tienen otras causas que responden al agotamiento del modelo de la segunda ISI. La ISI “nacionalista” no había exigido grandes inversiones de capital en las fábricas, y la tecnología necesaria era simplemente bienes de capital comprados en el extranjero. En cambio la segunda ISI, que se propuso la producción de bienes de consumo duradero, bienes intermedios y de capital localmente, requirió un monto mayor de capital de inversión y exigió una tecnología que no siempre se podía adquirir en el mercado abierto. Por ese motivo se modificaron las legislaciones sobre las Inversiones Extranjeras Directas (IED) en casi todos los países latinoamericanos, y se recibieron Empresas Multinacionales (EMN), e incluso, dice Bulmer Thomas, favorecieron en algunos aspectos a las Inversiones extranjeras por encima de las nacionales. Lo que atraía la IED fue la ISI y su proteccionismo, que al estar instaladas en América Latina se encontraban protegidas de la competencia foránea…”. A menudo, la IED se encontraba en la producción de bienes de consumo, no en las industrias de bienes de capital, no en las industrias de bienes intermedios que los gobiernos esperaban que se establecieran” (Bulmer Thomas V, 1998)6. Además, las empresas propiedad del Estado(EPE), que ocuparon la producción de energía, transportes, comunicaciones y siderurgia, garantizaban la alta rentabilidad de las Empresas Multinacionales (EMN) que dependían de los insumos provistos por las EPE (que abarcaron también empresas de acero, electricidad y petróleo). Por eso las causas de la crisis de la década de 1970 tienen que ver con los altos costos de los insumos importados, más caros que en el mercado mundial, las profunda distorsión de precios, la falta de competencia en el mercado interno, la formación de estructuras oligopólicas con elevadas barreras a la entrada de posibles competidores, además de un mercado muy pequeño que obligó a las empresas a trabajar por debajo de su capacidad. En el ámbito monetario, la sobrevaluación del tipo de cambio generó un profundo pesimismo en las exportaciones desde la década de 1950 (más allá de la caída de los precios de los bienes primarios de 1974). Muchas filiales de la EMN ingresaron a América Latina, con contratos que prohibían las exportaciones a terceros países, para no competir entre las mismas EMN. Por eso México devaluó en 1948, 1949 y 1954, para cambiar el signo negativo de las exportaciones. Tipo de cambio que después se va a mantener hasta 1976, cuando otra vez esta sobrevaluación de la moneda es la causa del deterioro de la balanza comercial. Igualmente, la sobrevaluación del tipo de cambio provocó la disminución de las exportaciones de bienes primarios en Argentina, Brasil, Colombia, Uruguay y Chile (Bulmer Thomas, V., 1998, P. 330). Por otro lado, las importaciones eran otras, a las de la primera ISI, y aunque la producción nacional tendió a remplazar los bienes importados, la industria en sí era intensiva en bienes importados. La producción nacional remplazó algunos bienes de consumo, pero siguió siendo necesario importar bienes intermedios y de capital. Se requerían divisas, nos confirma Bulmer Thomas V, para el pago de permisos, regalías y transferencias de tecnología, por no mencionar siquiera las remesas de utilidades. Los transportes y las comunicaciones eran intensivos en importaciones. Fueron estas causas y no sólo la caída de los precios de las exportaciones lo que causó los problemas de balanza de pagos en los países que adelantaban la segunda ISI, además de que la expansión monetaria y los déficit presupuestales implicaron una aguda inestabilidad cambiaria y presiones inflacionarias, que por un lado estaban avaladas por la “síntesis neoclásica” y en particular por la “curva de Phillips”, como la única forma de reducir el desempleo con el incremento de la emisión monetaria. Por otro lado, los llamados “cuellos de botella” del lado de la oferta, generó un acalorado debate acerca de las causas de la inflación entre estructuralistas y monetaristas (aspecto que nos parece importante retomar de Bulmer Thomas, V y que no señalan Bértola y Ocampo). La escasez de divisas, la expansión monetaria, la ausencia de una política fiscal (que garantizara el gasto público y contribuyera en la distribución del ingreso), el proteccionismo a las EMN, el alto costo de las importaciones y la caída de las exportaciones, fueron las causas de la crisis de la década de 1970. Los países que adelantaban la segunda ISI vieron como parte de su mercado mundial se reducía de 8% en 1946 a 3.5 en 1960. En cambio, los países que fincaron su desarrollo en las exportaciones, como Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Nicaragua y Venezuela, vieron aumentar su participación en el comercio mundial, en los quince años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Venezuela con el petróleo; Bolivia con el estaño primero y después con el gas natural; Cuba con el azúcar antes y después de la revolución (Domínguez 1989- 23-25, citado por Bulmer, T.V. 1998); los países Centroamericanos, aparte del café, los plátanos y el azúcar, con el algodón y la carne (Williams 1896, citado por Bulmer, T.V. 1998); Ecuador, con la amplitud de su frontera agrícola para el cultivo del plátano, en 1960 controla el 25% de las exportaciones mundiales; Perú se inserta al mercado mundial con nuevos productos primarios, como el plomo, zinc, cobre y hierro, con la participación de EMN, y productos pesqueros, en particular la harina de pescado (Roemer 1970, citado por Bulmer, T.V. 1998); Paraguay aumenta sus exportaciones con nuevos productos como el algodón, el frijol de soya y otras oleaginosas para producir aceites vegetales (Roett y Sacks 1991, citado por Bulmer, T.V. 1998). Finalmente, nos afirma Bulmer Thomas. V. que la ISI llegó a ser importante en las repúblicas más pequeñas. “(…) Sin embargo, la industria fue todavía más intensiva en importaciones que en las naciones grandes, por lo que los ahorros netos de divisas fueron modestos. La pequeñez del mercado interno redujo la oportunidad de explotar “economías de escala” en muchos sectores, aumentando los costos unitarios por encima de los precios mundiales, aun sin tomar en cuenta las distorsiones adicionales causadas por los aranceles” (Bulmer Thomas, V., 1998). En pocas palabras, son estas las condiciones que hacen que en los países pioneros en el segunda ISI, hacia la década de 1960, cundiera la insatisfacción. Los pequeños que inician después la ISI, también sufrirán problemas de balanza de pagos y la vulnerabilidad de las condiciones externas. La integración regional, para ambos grupos, constituyó una solución parcial a sus problemas, porque los primeros pensaban promover sus exportaciones disminuyendo de esta forma la presión de la competencia mundial y, a los segundos, les daba la oportunidad de desarrollar la ISI que habían postergado. Sin embargo, no hubo tal “modelo mixto” (del que nos habla Bértola y Ocampo), porque en los hechos se promovió una integración que era desviadora del comercio, la misma ISI obstaculizaba la seriedad de los compromisos adquiridos y la liberalización del comercio intrabloque. Las tarifas arancelarias mayores al 40%, eran demasiado altas. Como el comercio se centraba en bienes, no se prestaba atención al comercio de servicios, a las compras gubernamentales, a la propiedad intelectual y el tratamiento nacional a la inversión extranjera, aunque se fomentaba las ENM de los países socios. Se discriminaba la inversión extranjera directa mediante limitaciones de la propiedad del capital extranjero y la repatriación de utilidades. Se conformó una integración con una gran burocracia, inexperta, sin la legislación adecuada para la resolución de diferencias (Alejandro Gutiérrez, 2012). Dejamos pendiente la idea del aumento del gasto público, los cambios en la distribución del ingreso y el problema de la pobreza, como elementos complementarios de la hipótesis de las “convergencias truncadas y la volatilidad”, para tratarlo en detalle en el cuestionamiento pormenorizado de cada uno de los capítulos. De la misma manera, volveremos más adelante, al cuestionamiento de la integración regional y su profundo contenido ideológico que adquiere en la presentación de Bértola y Ocampo.
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