Resumen En este trabajo se intenta seguir el paso a las transformaciones del pensamiento latinoamericano, con énfasis en México, acerca de los procesos urbanos, desde la etapa denominada desarrollista hasta nuestros días.




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El rebasamiento cognoscitivo en la investigación urbana latinoamericana

Rafael López Rangel*




Resumen
En este trabajo se intenta seguir el paso a las transformaciones del pensamiento latinoamericano, con énfasis en México, acerca de los procesos urbanos, desde la etapa denominada desarrollista hasta nuestros días. Se parte de la hipótesis de que desde la década de los ochenta se ha estado produciendo un rebasamiento cognoscitivo, originado por la emergencia de problemáticas surgidas de los actuales procesos de globalización y de las políticas neoliberales que están conduciendo a nuestros países a constituirse en verdaderas “sociedades de riesgo” socioambiental, y en las cuales se manifiestan agudas patologías y ambivalencias. El rebasamiento cognoscitivo se da a través de dos hechos:
El surgimiento de nuevos temas, y un tratamiento distinto, con nuevos enfoques epistemológicas. Se hace hincapié en la epistemología constructivista de Piaget y García, así como en los actuales constructores de la Teoría Crítica de la Sociedad, subrayando especialmente los aportes de Jürgen Habermas. Se intentan ubicar los procesos teóricos e investigativos mas representativos, como las tesis dependentistas, de tanta influencia en la década de los setenta, ubicándolas con un lente crítico, se señala su tendencia economicista aunque se reconocen sus aportes, sobre todo su señalamiento de la subordinación de nuestros países con respecto a los “centros de poder” europeos y norteamericanos.
Finalmente, a través de ejemplos representativos, se intenta agrupar la nueva temática y los nuevos planteamientos teóricos latinoamericanos, con hincapié en los mexicanos y en los diversos equipos que están trabajando en nuestro medio.


I
Es ampliamente reconocido que la investigación urbana en América Latina, ha estado teniendo considerables transformaciones a partir de los setenta después de una larga etapa funcionalista y desarrollista (Morse, 1973, Duahu 2000, López Rangel, 2001a B. Rebeca Ramírez, 2003). Estas transformaciones fueron ya advertidas, en la década de los ochenta y principios de los noventa como una manifestación de una verdadera crisis de paradigmas (Duahu, 1992. Pradilla, 1992. L Kowarick, 1992 Coraggio 1992)1. Es más, si nos atenemos a la epistemología genética – constructivista y su teorías de los sistemas complejos, podemos afirmar que nos encontramos con un verdadero rebasamiento cognoscitivo. Asimismo, es significativo y para nosotros fundamental, el reconocimiento de que esos cambios se incluyan en un proceso abarcador de la sociología en su conjunto (Duahu, 1992, 2000). Por lo tanto tomamos este proceso como un gran referente para lograr el objetivo que nos proponemos en este trabajo:
En una primera caracterización general –y por lo tanto riesgosa- el panorama actual de la sociología parece moverse, en primer lugar en un ámbito de pluralidad y a la vez de convergencia , no exento de tensiones, al mismo tiempo que por la emergencia de multitud de “nuevos problemas”, (o como diría, desde el ámbito europeo, Jürgen Habermas “nuevos puntos de conflicto” Manuel Castells, Joashim Hirsh, A. Touraine, U Beck ) y en el campo de los procesos urbanos latinoamericanos, José Luis Coraggio, los nuevos “conflictos esenciales a los procesos de cambio de las sociedades) (Habermas 2002: 554-562) (J.L. Coraggio, 1992: 23).

La mencionada pluralidad-convergencia, fue advertida ya, entre otros, por Gilberto Giménez, en 1992 en un lúcido texto:
“En nuestros días se multiplican las voces que exigen acallar las querellas de escuela y proponer integrar todas las tradiciones polarizantes en una nueva teoría general de la sociedad capaz de dar cuenta, en un generoso movimiento de aufhebung, tanto de la estructura como de la acción social dotada de sentido; tanto de los determinismos como de la libertad de los actores; tanto de lo macro como de lo micro; tanto del orden como del conflicto; tanto de la dimensión normativa como de la dimensión interpretativa: tanto del sistema como del mundo de la vida.” 2 (G.Giménez, 1992: 28)
Esta aseveración cobra vigencia a través de múltiples trabajos y eventos. Por el momento mencionemos tres: la celebración del 2 Congreso de la Red Nacional de Investigación Urbana, celebrado en 1997 y publicados sus trabajos en formato de libros, en 1999, 2000 y 2001, y la realización –en 1999- del Primer Congreso Nacional de Ciencias Sociales. convocado por el Consejo Mexicano de Ciencias Sociales AC., en el cual las ponencias presentadas en la mesa Perspectivas contemporáneas en la teoría social, tuvieron un hilo conductor: búsqueda de una teoría general de la sociedad, y fueron publicadas en Sociológica, en el número de mayo-agosto de ese año. En esa reunión, hizo su aparición la pluralidad, ya que se puso en el foro el pensamiento de connotados representantes de la “nueva lineas de la sociología:” Hans Joas, N. Luhmann, Helmut Dubiel, Anthony Gidenns, Norbert Elias, así como de ilustres antecesores de éstas, como M. Horkheimer y en alguna medida Talcott Parsons. No es casual, y es significativo, que un privilegiado protagonista en esos textos y de las bibliografías fuera Jürgen Habermas, sobre todo por su Teoría de la Acción Comunicativa vinculada a su caracterización de las sociedades modernas.3
Ahora bien, un señalamiento fundamental que se hizo en relación con ese evento, y que nos remite a uno de los grandes temas contemporáneos es que “el compromiso operativo de la sociología está entonces en hacer visible la complejidad de la sociedad moderna”(Torres Nafarrate 1999: 9) Tal aseveración, que tiene que ver con esa visión general de la problemática social incluídos los analisis micro, implica una estrategia epistemológica constructivista, de la cual nos ocuparemos más adelante.
Ciertamente con esa estrategia, se podría viabilizar tanto el planteamiento de Giménez, como su optimismo respecto a la pluralidad de paradigmas:
“1) la pluralidad de paradigmas, lejos de ser un signo de precariedad científica, es connatural a la sociología; 2)dichos paradigmas –que en realidad son teorías parciales- no siempre son contradictorias o excluyentes entre sí, sino frecuentemente complementarios; 3)después de todo resulta saludable para la disciplina la competencia entre paradigmas de la misma escala o nivel: y 4) el enemigo más temible es el monismo metodológico que se pretende imponer a imagen y semejanza de las ciencias nomotéticas” (G.Giménez, 1992: 29).

De acuerdo a nuestras observaciones, uno de los planteamientos mas sugerentes para esclarecer lo que acontece en el ámbito de los procesos urbanos es el que hace –dentro de esa estrategia integradora- Jürgen Habermas, quien caracteriza significativas líneas de pensamientos acerca de las sociedades modernas . Sus reflexiones –complejas ciertamente- las lleva a cabo con la perspectiva epistemológica de su Teoría de la Acción Comunicativa y el objetivo de actualizar la Teoría Crítica de la Sociedad “cuyo núcleo está constituido por el nexo entre el sistema (conformado por el poder y el dinero) y el mundo de la vida” como una característica esencial de esas sociedades.
Habermas distingue “tres principales direcciones de investigación que se ocupan del fenómeno de las sociedades modernas”: 1.-Una línea que está “conectada con Max Weber y la historiografía marxista, de orientación comparativa y de metodología tipológica centrada en hipótesis acerca de la diferenciación estructural de la sociedad en sistemas de acción especificados funcionalmente”; 2.-La Teoría Sistémica de la Sociedad “desarrollada primero por Parsons y proseguida después con toda consecuencia por N. Luhman: 3.-Linea centrada en “los aspectos accesibles de la teoría de la acción” y que parte de la Fenomenología, el Interaccionismo Simbólico y la Hermeneútica (Habermas 2002: 531-535).
Habermas afirma que estas líneas no compiten entre sí “porque apenas guardan relación alguna” y por lo tanto no desembocan en una crítica recíproca ya que todas ellas cortan ese nexo de sistema y mundo de la vida y por lo tanto se vuelven abstracciones unilaterales.
Por lo tanto, la Teoría Crítica de la Sociedad, dice Habermas, no se comporta como un competidor frente a esas líneas de orientación, “pues al partir de la idea de que cada uno de esos planteamientos desarrolla acerca del nacimiento de las sociedades modernas lo que trata es de explicar en que consiste la limitación específica y también el relativo derecho de cada una de ellos. (Habermas 2002:
Ahora bien, el rebasamiento cognoscitivo en el análisis de los procesos urbanos, incluidos la caracterización de la ciudad latinoamericana y los procesos de planeación, tendría que pasar por la diferenciación de las diversas líneas conceptuales acerca de nuestra modernidad urbana,
Para explicarse la emergencia de “nuevos problemas”, si bien tiene interés de por sí, no puede reducirse a un simple enlistado progresivo, -siguiendo el atractivo criterio de Imre Lakatos -sino a transformaciones en el ámbito epistemológico y que revele el acrecentamiento de la complejidad, el juego de los actores, las respuestas de la administración y el estado y del resto de los protagonistas. Y esto no puede realizarse realmente, sin entender la “composición compleja·” de las sociedades modernas, emanada, de acuerdo con Habermas, del desacoplamiento del sistema con el mundo de la vida y la formación y acción de las diversas formas de control sistémico.
Cabe hacer una aclaración importante. Junto a la Teoría de la Acción Comunicativa, la epistemología genética constructivista y la psicología evolutiva J.Piaget, R.García, (1986). Prigogine,(1975) 4 –la cual es colocada por Habermas como una “cuarta línea”, posibilitan tanto al acceso a la complejidad social, el entendimiento del surgimiento e incorporación de ciertos problemas y por qué otros declinan. Pero al mismo tiempo, entender las causas de ese surgimiento, en la aparente maraña de la sociedades modernas y de sus centros de investigación, de que algunos actores sociales privilegian temas que otros despriorizan. o, lo que es más complejo, que tratan de distinta manera .En otras palabras, de como los investigadores van asumiendo, neutralizando e incluso enfrentando –vinculados al “mundo de la vida”- las líneas de los subsistemas sociales y de los numerosos niveles de control sistémico (Habermas, 2002: 527-551).
Pero quizá lo básico es reconocer que esos nuevos conflictos no emanan directamente de la esfera de la producción, sino de las patologías que surgen por al aumento de esa complejidad.
El proceso de transformación del pensamiento urbano latinoamericano. Una necesaria visión diacrónica.
Ciudad y planeación en la etapa del “capitalismo controlado” en América Latina.
La literatura oficial – saturada por la llamada cultura de expertos- de esa etapa también llamada desarrollista, frente a los desfaces observados por el desenvolvimiento de la modernidad, no concebidos como profundos desacoplamientos y patologías, de carácter estructural, no vacilaba en afirmar que la clave del desarrollo consistía en la reorientación de la sociedad y de las ciudades de manera especial a través de la planeación, para garantizar el “control” del capitalismo; esa estrategia, naturalmente tendría que tener el apoyo y aval del modelo a seguir: el capitalismo internacional, fundamentalmente representado por los Estados Unidos (R.Prebish,, 1968, 1986, R.M:Morse , 1973 ).
Ahora bien, ante la indudable –casi abrumadora todavía en ese momento- presencia de la ruralidad – y de culturas antiguas con fuertes lazos de identidad, y ante la formación de una nueva estructura social en las ciudades, se fue formando una idea de las sociedades y las ciudades latinoamericanas, que ciertamente emanaba con algunas manifestaciones autónomas- de las recién creadas instituciones modernizadoras.
Sin lugar a dudas, el desarrollismo latinoamericano se poyaba en dos procesos: el desarrollo económico y la urbanización. Estos fueron considerados “ejes” del conjunto de las transformaciones.que se estaban implementando.

Sin duda, un pionero de esas políticas fue sin duda, Raúl Prebish director de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), fundada en 1948.
Prebisch, como director de la CEPAL (fundada en 1948) asumía, en principio, al “desarrollo” en el sentido de R. Aron, o sea, en los términos del “The Century of Total War” (R. Aron. 1954) . Su estrategia -que reunió en las “Tesis Prebisch” y que se contextualizaba en la reconstrucción posbélica- si bien coadyuvó a construir las concepciones de la especificidad del desarrollo económico latinoamericano, es fuertemente institucional, y, en consecuencia se identifica con el “sistema” y está constituida por programas y prácticas racionales con arreglo a fines, o sea, unir acciones institucionalizadas para constituir en América Latina el denominado capitalismo periférico. Y así, el desarrollo es concebido por el economista argentino como:
“Incremento del producto agregado y por habitante, diversificación productiva, planificación, inflexibilidades en la oferta y variables sociopolíticas conexas”. En esas líneas, Prebisch insistía en la “dinámica del intercambio, industrialización sustitutiva, avance técnico, integración, reformas internas.” (negritas nuestras.)
Como era lógico, la concreción de esas acciones representó un aumento de la complejidad social de los países latinoamericanos, y junto a la conocida transformación de los estamentos sociales, tratada por un buen número de estudiosos, se empieza a dar un “avanzado nivel de diferenciación sistémica con derecho propio” (Habermas 2002: 402-419). A la luz de la actual construcción de las características de las sociedades modernas, se demuestra que llega un momento en que “el crecimiento del complejo monetario burocrático -que en América Latina empieza a darse de manera franca con la aplicación de esas políticas de desarrollo- afecta a otros ámbitos de acción que no pueden asentarse sobre mecanismos de integración sistémica sin que se produzcan efectos laterales patológicos,” (Habermas, 2002: ) Evidentemente esta dinámica no ha sido, salvo fragmentariamente y desde otras perspectivas, estudiada en América Latina, quedando la caracterización de las “contradicciones” de nuestros procesos de modernización. Y, naturalmente, los abundantes trabajos sobre la “historia social” de nuestra modernidad latinoamericana, no han llegado todavía a penetrar hondamente en las complejas causas de las patologías, urbanosociales, producidas a lo largo de este siglo.

La Sociedad Interamericana de Planificación, acogió en sus filas a los más importantes estudiosos del continente de estos procesos que ciertamente se abrían, inéditos ante sus ojos. El investigador Richard Morse fue contratado por ese organismo, y publicó a fines de los sesenta, un análisis de cerca de trescientas investigaciones, para caracterizar el proceso de modernización de las ciudades latinoamericanas y con ello, brindar elementos para la planificación urbano-regional como instrumento para el desarrollo.
Al analizar estos esfuerzos, Morse señala un hecho que ya hemos apuntado: una nueva estructura de estamentos sociales tanto rurales como urbanos, que son ya indicio de un proceso de complejidad., inducido por el capitalismo junto con el aparato estatal-burocrático y sus instituciones. Y afirma: “Si el desarrollo económico diversificó a la élite, también tendió a producir una unión de intereses agro-comerciales y urbano-rurales. En los centros urbanos aparecieron (sic) una serie de categorías socio-ocupacionales (hacendados, comerciantes, mercaderes, dependientes, bodegueros, definidos de manera corporativa y casi legal).” (Morse, 1973.)

El orden anterior y los nuevos temas
Una cuestión importante, al analizar concretamente esas transformaciones en diversas ciudades es la presencia del “orden anterior” y su influencia en la modernización. Se presenta el problema, señalado también por Giddens de los “mecanismos de desenclave”, es decir, de la “liberación” -o no- de la vida social de la dependencia de los preceptos y prácticas establecidos (Giddens, 1991). Estamos frente a la cuestión, ahora tan discutida, acerca del impacto de la globalización en las culturas locales; cuestión que nos lleva a la problemática de la identidad.
Prosigamos con la definición de la especificidad de la ciudad latinoamericana.
En ese sentido Morse afirma:
Lo importante para nosotros es que si la lógica de un orden mas antiguo, sobrevivió como principio organizador en este período de expansión demográfica y económica y de más amplio contacto con el mundo, bien podríamos esperar que sobreviva aún hoy día.” ( Morse, 1973:18) (Negritas nuestras)
¿Como ver entonces a la ciudad latinoamericana moderna.? Se pregunta Morse, y enseguida responde: “Esto nos haría ver a la ciudad latinoamericana moderna no tanto como una sociedad urbana en cambio (es decir, revolución, auto- trascendencia y obliteración del pasado), sino como una sociedad en la cual los pertrechos y los clamores de la civilización industrial occidental, se están acomodando a un orden de vida patrimonial criollo e ibero-católico.” (Morse 1973:18) (Cursivas nuestras) ¿No se está dando aquí, un reconocimiento a la colonización del mundo de la vida en el sentido habermasiano? A propósito, Morse cita un trabajo de la CEPAL, realizado en 1965:“...la ¨estructura tradicional¨ de América Latina, lejos de haber sido rígida e impenetrable, ha tenido la porosidad suficiente para modernizar buena parte de sus elementos sin alcanzar por eso una duradera modernización rápida y radical.” ( Morse 1973: 18 CEPAL, 1963). (Las cursivas son nuestras).
La cuestión de la globalización cobra interés -no sin dudas acerca de considerarla una determinación absoluta o “externa”, o incluso polémica (B. Rebeca Ramírez, 2003) - en los intentos de la caracterización de la ciudad latinoamericana:
El éxodo rural y el crecimiento urbano de América Latina durante el siglo XX. Puede ser considerado como parte de un movimiento que empezó en Europa durante el siglo XIX y que ahora ha alcanzado proporciones globales, o se puede colocar el fenómeno en perspectiva histórico-cultural”(Morse, 1973: 18-19).
El proceso centrífugo urbano de los tiempos coloniales se ha convertido en centrípeto. La ciudad latinoamericana ahora cosecha como una vez sembró. Los patrones de colonización rural que creó hace mucho tiempo ponen ahora su sello en el proceso por el cual millones están moviéndose y reagrupándose por todas partes. (Morse 1973: 19).
Nuestra opinión es que tales opciones no representan un dilema, sino que son parte de una preocupación ante la problemática de la dialéctica tradición-modernidad, tratada por un clásico como Durkheim y puesta en cuestión por los constructores de la actual. Teoría Crítica de la Sociedad. No es extraño, pues que el autocercioramiento necesario de nuestra modernidad, nos lleve a la conciencia de que “el impacto” de la modernidad y la globalización en sociedades como las nuestras, represente, entre otras cosas, como lo señala Habermas en “Identidades Nacionales y post-nacionales”: “una presión que obliga a revitalizar las formas de vida propia y un desafió a tomar en serio los fundamentos de la propia tradición” (Habermas, 1989).Otra interesante observación hecha por Morse, y cita a George Kubler para asumirla, es: “el creciente contacto internacional de las ciudades latinoamericanas después de la Independencia, las hizo más provincianas y no más metropolitanas.” (Morse, 1973, Kubler, 1964). Aparece, en Morse y Kubler, una problemática que en las etapas sucesivas, hasta hoy, sería de gran preocupación: el proceso de metropolización (Duahu, 2000, S. Cruz, 2000, B.Ramírez 2003) Kubler define la metrópoli de manera escueta: “un centro de decisiones obligatorias que afectan una red de centros menores”. Y comenta, “Su aparato físico tiende a ser único. Es caro, complicado y ejemplar, mientras que el de las provincias es imitativo, derivativo y meramente típico.” Es significativo que Kubler, al comparar la situación colonial con la moderna (piensa que en tanto en aquella había ocho centros metropolitanos en ese momento sólo tres de ellos lo eran estrictamente: México, Buenos Aires y Río de Janeiro). Y hace un planteamiento que a nuestro juicio apunta hacia las teorías de la dependencia al afirmar que se ha dado una disminución en la diversidad cultural de la vida latinoamericana y en la variedad de las decisiones libres” ( Morse 1973: 20), (Kubler, 1964: 53-62).
Morse suscribe esa caracterización y apunta que la emancipación política sometió a la América Latina a nuevas influencias “coloniales”: artísticas, intelectuales y otras (Morse, 1973:20). Estas aseveraciones, junto al subrayamiento de los temas de la pobreza y la marginalidad, como característicos de la modernidad latinoamericana y especificamente de los centros urbanos, han llevado a que algunos estudiosos, como el citado José Luis Lezama, piensen que “hacia finales de los años cincuenta empieza a notarse un cambio de perspectiva en los enfoques sociológicos latinoamericanos que, a pesar de ya estar esbozados en parte de una corriente dentro de la CEPAL, son radicalizados por el fracaso del desarrollo latinoamericano y por el triunfo de la Revolución Cubana”, y cita a Jorge Graciarena (1967) y a André Gunder Franck (1973) (J.L.Lezama, 2000) Coincidimos con Lezama cuando afirma que los primeros investigadores que se ocuparon de la marginalidad lo hicieron no para explicarla, sino sólo para mostrarla. Las “explicaciones” se intentaron de manera más eficaz -aunque no suficiente- cuando se abandonan los primeros planteamientos desarrollistas de la sociología funcionalista y las descripciones ecologistas de carácter topológico y se asumen los planteamientos marxistas (Como los de José Nun, 1968, 1969), algunos de los cuales dieron cuerpo a las más influyentes líneas dependentistas. Pero tal hecho se da, abiertamente a fines de los sesenta y durante los años setenta. La marginalidad en América Latina, nos dice Lezama, no era pensada en relación con un contenido analítico sino como la expresión territorial del fenómeno. Y cita a Giusti,1973, a Segal, 1981, a Oliven, 1981) (Lezama, 2000).
Como es ampliamente sabido, “Los primeros esfuerzos desplegados para el estudio de la marginalidad en América Latina intentaban explicar las condiciones de vida de los pobladores de las periferias de las ciudades, asentados en terrenos invadidos y en viviendas deterioradas. Los esfuerzos de la CEPAL, por ejemplo, se referían al surgimiento de una población segregada como uno de los rasgos más típicos del proceso de urbanización latinoamericano” (Lezama 2000.) Marca enseguida el carácter ecológico de estos tratamientos:”Ésta, que era una definición de la marginalidad claramente marcada por su connotación ecológica, provenía de la comprobación visual de los asentamientos pobres realizados al margen de las ciudades” (Lezama, 1993, 2000)..
Naturalmente, ubica los “antecedentes teóricos” de la teoría de la marginalidad latinoamericana, en los integrantes de la “Escuela de Chicago”. Particularmente en los trábajos de Park (“The Urban Community as Spatial Pattern and Moral Order”, de 1925, en unión con Burgess y McKenzie, “The City”, en 1925. también, en 1928, “Human Migration and Marginal Man”), de Burgess (“Urban Community”, 1925, The Growth of the City: an Introduction to a research Project”de 1925.) De E.V. Stonequist (trabajos incluidos en “The Marginal Man: a Study in Personality and Culture Conflict, en 1937). (Lezama, 1993,2000). Este autor señala, que más adelante.. Otros autores como H.F. DickieClark -concretamente en su obra.- “The Marginal Situation”: A Sociological Study of a Coulored Group” de 1966- consideraban a la marginalidad ya no como una situación individual y psicológica, sino que “su rasgo más definitorio es la exclusión de un conjunto de relaciones socialmente constituidas.” Asimismo, se refiere a Parsons (1966) quien “atribuye la situación marginal a la falta de internalización del sistema normativo de una sociedad por parte de algunos individuos. La marginalidad es aquella situación que no reproduce la normalidad y que personifica la disfuncionalidad de los sistemas sociales.” (Lezama 2000).
Los estudiosos de la marginalidad latinoamericana, en esta primera etapa, se limitan a ”registrar” el “fenómeno de la marginalidad” y en sólo en aspectos muy reducidos intentan sentar una explicación.
Volvamos a Morse. Este investigador subraya la presencia en los estudios de nuestro proceso urbano de sobresalientes patologías vinculadas con la marginalidad: la pobreza, y estrechamente vinculada con ésta, la marginalidad y el desfasamiento entre la industrialización y la urbanización. En efecto, al analizar las especificidades, en relación con los países industriales, de la migración rural-urbana latinoamericana, el investigador norteamericano señala:
“1.-El flujo de la población hacia las ciudades grandes es desproporcionado respecto de las nuevas oportunidades de empleo urbano estable, particularmente industrial”. (Negritas nuestras.)
Dentro del carácter descriptivo de este texto, aparecen problemas que mas adelante ocuparían un importante lugar, hasta nuestros días en los estudios urbanos latinoamericanos. Tales son, los procesos de la autoconstrucción y la puesta en escena de algunos de los actores sociales de la construcción de la ciudad. Se perfila así, el problema de la vivienda en las ciudades de América Latina:
“2.- La ciudad tiene recursos físicos insuficientes para absorber su creciente población. Esto no significa solamente que al gobierno le falten recursos para desarrollar inmensos programas de vivienda, sino también que en muchas ciudades la empresa privada no satisface la demanda de alojamiento de tipo tugurio. Por lo tanto, muchos migrantes nuevos, junto con muchos que abandonan o son desalojados de sus tugurios, tienen a la fuerza que construir su propia ciudad. (Morse 1973)
La consideración de la ciudad latinoamericana dentro del ámbito de la “cultura occidental” -que significa también aceptación de la globalización- hace que se resalten aún más las carencias y limitaciones de aquella:
“3.- La ciudad es deficiente en cuanto al régimen de organización impersonal, asociación voluntaria y servicios administrativos, aceptados como parte del ethos urbano occidental”.
Volvamos a la cuestión de la marginalidad, por su centralidad, en ese momento, en la problemática de la ciudad latinoamericana. Es significativo, que se hayan intentado algunas explicaciones en las que se rebasaba lo meramente económico, para incursionar a través de la sociología en procesos políticos. Ejemplar de esto es la vinculación que hicieron un buen número de estudiosos latinoamericanos de la marginalidad con hechos políticos. Y así, Morse dice que en primer lugar se observan
Barrios marginales”. Para muchos observadores, las villas miserias y barriadas son las marcas visibles más espectaculares de la composición social de una ciudad latinoamericana... El jefe de una invasión de usurpadores hasta se está convirtiendo en un nuevo héroe cultural. Un estudio de la CEPAL expone que “dentro de las llamadas ¨clases populares¨, la figura del poblador -posiblemente una mezcla de colono rural y del obrero urbano-ha ido adquiriendo una importancia innegable al lado de las minorías organizadas de los obreros industriales”. Sin duda, muestra una imagen más dominante que la de los obreros de las fábricas, quienes en América Latina muy rara vez han generado un liderazgo de clase desde la base o han desafiado el sistema económico como “proletariado urbano”. El poblador no tiene sitio alguno en el sistema. Debe ser ingenioso, debe formar su propia comunidad, debe desafiar y forzar su propio camino dentro del orden existente”. Cita a Guillermo Briones y José Mejía Vera, por su obra El obrero industrial, Lima, 1964) (Morse 1973.)
En segundo lugar, destaca el tratamiento del populismo:
“A la vez que millones de latinoamericanos “marginales” están esforzándose por lograr acceso a la oportunidad y seguridad urbana, su lealtad está siendo solicitada por un nuevo tipo de líder político “populista”. Populismo es un término difícil. Algunos lo definen como una política para una sociedad de masas: demagógico, paternalista, nacionalista no-ideólogo -una especie de bonapartismo o cesarismo democrático. Pearse, si bien acepta este modelo, latinoamericanizando el término poniendo énfasis en las estructuras de clientela “informales y no institucionalizadas” sobre las cuales la política populista descansa. Esto aclara la distinción entre la “sociedad de masas urbana”. De una nación industrial del norte y la sociedad urbana latinoamericana que resiste “la organización de grupos de interés común o grupos cooperativos”. Populismo es el sustituto para tal organización, llenando el vacío entre la vida urbana y una tradición de dependencia rural.” (Morse, 1973.)
De todas maneras, la confluencia teórica está en la concepción de la marginalidad.
En ese sentido, tenemos que reconocer que si bien es significativo que el problema se haya tratado de manera central, también no nos queda duda de que surge cuando se presenta como un obstáculo a la manera como se pensaba en el desarrollo. Y si la línea del desarrollismo que asume la diferenciación estructural de la sociedad en sistemas de acción, según la cual los procesos de modernización quedan referidos al plano de la diferenciación institucional (Habermas, 2002) no permiten las clarificaciones de las patologías que ocurren en la construcción de la modernidad, tampoco lo hacen las concepciones como la de Talcott Parson, que hemos citado mas arriba. En rigor, no se trata de internalizar a grupos de individuos (los “marginales”) al sistema normativo de una sociedad, ya que no se concibe ahora a la sociedad moderna como una totalidad “armónica “que tiene disfuncionalidades. Jürgen Habermas apunta:
La teoría de la modernidad que Parsons desarrolla en este marco sugiere una imagen armónica en conjunto, porque esa teoría no dispone de medios para una explicación plausible de los patrones de desarrollo patológicos.” (Habermas, 2002).
Ahora parece improcedente justificar una teoría de la marginalidad, de una concepción general de la sociedad moderna. El problema parece residir en distinguir entre los mecanismos de integración social “que se apoya en las orientaciones de acción”, y el mecanismo de “integración sistémica”, para no asentar, como lo hace Parsons, la teoría de la sociedad sobre la teoría de sistemas. Y así, la “explicación” de la “marginalidad” -y que no puede referirse solamente a la urbana, estaría dentro del problema de la integración social.
(Cabe señalar que ahora el término “marginalidad” ya no aparece como una categoría central, lo que prevalecen son estudios sobre la pobreza e investigaciones sobre procesos puntuales –o análisis históricos micro- que exploran las diferencias sociales de las ciudades latinoamericanas, a través de ahondar en el analisis de las interacciones de los actores sociales y sus implicaciones socioeconómicas y culturales. (Ma. Soledad Cruz, 2001, Azuela y F. Tomas, 1997, D. Hiernaux, 1997). Empiezan a darse también estudios acerca de las “condiciones de vida” (J. Boltvinik, 1999, 2002), J. Villavicencio, Ana María Durán, Ma. Teresa Esquivel, Angela Giglia, 2000)

Aparecen entonces aquí las cuestiones de la identidad y la solidaridad:

Mientras que la integración social se presenta como parte de la reproducción simbólica del mundo de la vida, el cual, además de depender de la reproducción de pertenencias a grupos (o solidaridades) depende también de tradiciones culturales y procesos de socialización, la integración funcional equivale a una reproducción material del mundo de la vida que puede ser concebida como conservación de un sistema.” (Habermas, 2002). Mencionemos también al reciente Castells (M. Castells, 1999-2000) Y en el ámbito nuestro, María Dolores París Pombo (1995)
Para finalizar, no podemos dejar de pensar que ante los desacoplamientos de la Modernidad, tenemos que plantearnos la cuestión de la emancipación, tratada también por los actuales constructores de la Teoría Critica de la Sociedad Moderna, ya despojada de paradigmas que se llegaron a considerar inamovibles.
Aquí, por lo pronto, sólo apuntaremos algunas líneas significativas de Giddens:
Unificación frente a fragmentación. El primer dilema es el de unificación frente a fragmentación. La modernidad fragmenta pero también une. Desde el individuo hasta el conjunto de los sistemas planetarios, las tendencias que llevan a la dispersión compiten con las que fomentan la integración......” (A. Giddens, 1990.
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