Del sufrimiento a la paz




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DEL SUFRIMIENTO A LA PAZ

Hacia una liberación interior


IGNACIO LARRAÑAGA

OBRAS DEL AUTOR

Muéstrame tu rostro

Escrito en el año 1974 (97 ediciones)

El silencio de María

Escrito en el año 1976 (92 ediciones)

Sube conmigo

Escrito en el año 1978 (67 ediciones)

El Hermano de Asís

Escrito en al año 1980 (45 ediciones)

Del sufrimiento a la paz

Escrito en el año 1984 (54 ediciones)

Encuentro. Manual de Oración

Escrito en el año 1984 (68 ediciones)

Salmos para la vida

Escrito en el año 1985 (20 ediciones)

El Pobre de Nazaret

Escrito en el año 1989 (26 ediciones)
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E-mail: impresos@san-pablo.cl

Santiago de Chile

Agosto de 2001

Impreso en Chile - Printed in Chile

INDICE

Pág.
Aclaración 5
Capítulo 1: Pórtico
1. Comenzando por la casa 6

2. La maldición de la mente 7

3. Unos amigos para el camino 8

3.1. Salvarse a si mismo 9

3.2. Despertar 10

3.3. Paciencia 11

3.4. Poder mental 13

Capítulo II: Las fuentes
1. Los disgustos 15

2. El fracaso 15

3. Los focos luminosos 16

4. Los imposibles, dejarlos 18

4.1. El tiempo pasado 18

4.2. Las piedras del camino 20

4.3. La hermana enfermedad 21

4.4. La hermana muerte 21

4.5. Dispersión y desasosiego 22

4.6. Un enemigo invisible: la rutina 23

5. Las obsesiones 25

5.1. Ejemplos 25

5.2. Causas y remedios 27

6. Impotencias y limitaciones 28

6.1. Constitución genética y personalidad 29

6.2. Podemos muy poco 32

7. La angustia 34

7.1. Angustia y ansiedad 34

7.2. Angustia vital 34

7.3. Angustia reactiva 35

7.4. Las fuentes del mal 36

7.5. Vías de liberación 37

8. La depresión 37

8.1. De la angustia a la depresión 37

8.2. Precisiones 38

8.3. Depresión reactiva 39

8.4. Depresión endógena 39

8.5. Depresión maníaca 40

8.6. Una visión general 41

8.7. Síntomas 41

8.8. Algunos testimonios 42

8.9. La entraña del mal 43

8.10. Hacia la esperanza 44

9. El otro 45

9.1. Los secretos resortes 45

9.2. Las razones de la envidia 46

9.3. Caricaturas y otras espinas 46

9.4. El deporte de amar 47
Capitulo III: Salvarse
1. Salvarse de la ilusión del “yo” 49

1.1. Vacío mental 49

1.2. Fuego fatuo 49

1.3. Apagar el fuego 50

1.4. De la pobreza a la sabiduría 51

1.5. De la sabiduría a la pureza 52

1.6. De la muerte al amor 52

2. Ejercicios 53

2.1. La marcha hacia la libertad 53

2.2. Relajación 54

2.3. Concentración o autocontrol 57

2.4. Técnicas de olvido 58

2.5. Respiración 59

3. Relativizar 60

3.1. Pasa la comedia del mundo 60

3.2. La tiranía de la imagen 61

3.3. Por qué se agranda el sufrimiento 61

3.4. Impermanencia y transitoriedad 62

4. Desasirse 63

4.1. Los mecanismos de apropiación 63

4.2. Sólo los “pobres” pueden amar 64

4.3. Todo es bueno 65

Capítulo IV: Asumir
1. Suplo lo que falta 66

2. Quejas y preguntas 67

3. El Siervo doliente 68

3.1. Luchador político 69

3.2. En lugar de otros 70
4. Cristo sufriente 71

4.1. Un himno a la alegría 71

4.2. Varón de dolores 73

5. Sufrir y redimir 75

5.1. Morir con Cristo 75

5.2. Redimir con Cristo 76

5.3. El dolor, una pedagogía 78

5.4. Sufrir con los que sufren 79

5.5. En tus manos 80

Dijo el amigo al amigo, sobre el puente:

mira qué alegres están los peces en el río.
El otro replicó:

¿cómo tú, no-pez,

conoces la alegría de los peces en el río?
Y respondió el primero:

por mi alegría sobre el puente
Apólogo chino

Aclaración
En el camino de la vida he visto levantarse, en cada encrucijada, la silueta negra y pertinaz del sufrimiento. Es el pan que nunca falta en la mesa humana.
También he podido comprobar, por el trato con la gente, que la fe es el lenitivo más eficaz para amorti­guar o eliminar el dolor, siempre y cuando sea llama viva en el corazón.
Pero, por desgracia, no siempre es así. Al contra­río, en la mayoría de las personas, la fe es una llama tan pálida y mortecina que no ofrece ninguna eficacia para transformar el sufrimiento. Incluso muchos la dejaron extinguirse por completo, y para otros, ni si­quiera existió nunca.
La intención del presente libro es entregar al lector medios prácticos para que pueda, por sí mismo, neu­tralizar o al menos, atenuar todo y cualquier sufri­miento.
Por eso, Del sufrimiento a la paz dedica los tres primeros capítulos a quienes no tienen fe, o la tienen débil. Y el cuarto, a quienes la tienen fuerte y fecunda.
Por una parte, nos moveremos en una perspectiva simplemente humana, prescindiendo de los presupues­tos de la fe. Y por otra, ofreceremos una reflexión desde una perspectiva cristiana.

EL AUTOR
Santiago de Chile, 17 de noviembre de 1984.

CAPITULO 1

Pórtico
Con las piedras que encuentres

en el camino

sé delicado, y llévatelas.

Y si no las puedes cargar a hombros

como hermanas,

al menos, déjalas atrás

como amigas”.
Anónimo
El hombre es desgraciado

porque no sabe que es feliz.

¡Eso es todo!

Si cualquiera llega a descubrirlo,

será feliz de inmediato, en ese mismo minuto.

Todo es bueno”.
Dostoyewski

Al caminar por los viejos senderos del hombre, he quedado sorprendido, más aún, asombrado, al compro­bar cómo sufren las gentes día y noche, jóvenes y adul­tos, ricos y pobres.

Me duele el corazón. Llevo años buscando y ense­ñando (¿cómo llamarlo, terapias?) para sacar a hom­bres y mujeres de los pozos profundos en los que están sumergidos. He recorrido tiempo y distancias buscan­do recetas para enseñar al hombre a enjugar lágrimas, extraer espinas, ahuyentar sombras, liberarse de las agonías y, en fin, llevar a cada puerta un vaso de ale­gría. ¿Cabe oficio más urgente sobre el planeta?

¡Sufrir a manos llenas, he aquí el misterio de la exis­tencia humana! Sufrimiento que, por cierto, nadie ha deseado, ni invocado, ni convocado, pero que está ahí, como una sombra maldita, a nuestro lado. ¿Cuándo se ausentará? Cuando el hombre mismo se ausente; sólo entonces.

¿Qué hacer con él entre tanto? ¿ Cómo eliminarlo o, al menos, mitigarlo? ¿Cómo sublimarlo? ¿Cómo transformarlo en amigo, o, al menos, en hermano? He aquí el problema fundamental de la Humanidad.
1. Comenzando por la casa
Se dice: mientras haya a mi lado quien sufra, yo no tengo derecho a pensar en mi felicidad.

Estas palabras suenan muy bien, pero son falaces. Tienen una apariencia de verdad; pero, en el fondo, son erróneas. A la primera observación del misterio huma­no, saltarán a nuestros ojos una serie de evidencias como éstas: los amados aman. Sólo los amados aman. Los amados no pueden dejar de amar.

Sólo los libres liberan, y los libres liberan siempre. Un pedagogo modelo de madurez y estabilidad hace de sus discípulos seres estables y maduros, y esto sin necesidad de muchas palabras. Lo mismo sucede con los padres respecto de sus hijos. Y, por el contrario, un pedagogo inseguro e inhibido, aunque tenga todos los pergaminos doctorales, acaba envolviendo a sus discí­pulos en un halo de inseguridad.

Los que sufren hacen sufrir. Los fracasados necesi­tan molestar y lanzar sus dardos contra los que triun­fan. Los resentidos inundan de resentimiento su entor­no vital. Sólo se sienten felices cuando pueden constatar que todo anda mal, que todos fracasaron. El fracaso de los demás es un alivio para sus propios fracasos; y se compensan de sus frustraciones alegrándose de los fra­casos ajenos y esparciendo a los cuatro vientos noticias negativas, muchas veces tergiversadas y siempre mag­nificadas. Una persona frustrada es verdaderamente temible.

Los sembradores de conflictos, en la familia o en el trabajo, siendo perpetuamente espina y fuego para los demás, lo son porque están en eterno conflicto consigo mismos. No aceptan a nadie porque no se aceptan a sí mismos. Siembran divisiones y odio a su alrededor porque se odian a si mismos.
Es tiempo perdido y pura utopía el preocuparse por hacer felices a los demás si nosotros mismos no lo somos; si nuestra trastienda está llena de escombros, lla­mas y agonía. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.

Sólo haremos felices a los demás en la medida en que nosotros lo seamos. La única manera de amar realmente al prójimo es reconciliándonos con nosotros mismos, aceptándonos y amándonos serenamente. No debe olvidarse que el ideal bíblico se sintetiza en “amar al prójimo como a sí mismo”. La medida es, pues, uno mismo; y cronológicamente es uno mismo antes que el prójimo. Ya constituye un altísimo ideal el llegar a preocuparse por el otro tanto como uno se preocupa por si mismo. Hay que comenzar, pues, por uno mismo.

Al respecto, no faltarán quienes arguyan alegremen­te: eso es egoísmo. Afirmar esto, sin mayores matizaciones, no deja de ser una superficialidad. Evidente­mente, no estamos propiciando un hedonismo egocén­trico y cerrado. Si así fuera, estaríamos frente a un enorme equívoco, que podría resultarnos una trampa mortal.

Efectivamente, buscarse a sí mismo, sin otro objetivo que el de ser feliz, equivaldría a encerrarse en el estrecho círculo de un seno materno. Si alguien busca ex­clusiva y desordenadamente su propia felicidad, haciendo de ella la finalidad última de su existencia, está fatalmente destinado a la muerte, como Narciso; y muerte significa soledad, esterilidad, vacío, tristeza. En sus últimas instancias, el egoísmo avanza siempre acompañado e iluminado por resplandores trágicos; egoísmo es igual a muerte, es decir, el egoísmo acaba siempre en vacío y desolación.
* * *
Estamos hablando, pues, de otra cosa. En este libro nos proponemos dejar al hombre en tales condiciones que sea verdaderamente capaz de amar; y sólo lo será —volvemos a repetirlo— en la medida en que él mismo sea feliz.

Y ser feliz quiere decir, concretamente, sufrir me­nos. En la medida en que se secan las fuentes de sufri­miento, el corazón comienza a llenarse de gozo y liber­tad. Y sentirse vivo ya constituye, sin más, una pequeña embriaguez; pero el sufrimiento acaba bloqueando esa embriaguez.

Después de todo, no queda otra disyuntiva sino ésta:

agonizar o vivir. El sufrimiento hace agonizar al hom­bre. Eliminando el sufrimiento, el ser humano, automáticamente, recomienza a vivir, a gozar de aquella di­cha que llamamos vida. En la medida en que el hombre consigue arrancar las raíces de las penas y do­lores, sube el termómetro de la embriaguez y del gozo vital. Vivir, sin más, ya es ser feliz.

Si conseguimos que la gente viva, la fuerza expansi­va de ese gozo vital lanzará al hombre hacia sus seme­jantes con esplendores de primavera y compromisos concretos.

Vámonos, pues, lenta pero firmemente tras esa an­torcha. En el camino salvaremos los escollos uno por uno, y caerán las escamas. Y, desde la noche, irá emer­giendo palmo a palmo una figura hecha de claridad y alegría: el hombre nuevo que buscamos, reconciliado con el sufrimiento, hermanado con el dolor, peregrino hacia la libertad y el amor.
2. La maldición de la mente
Para entender el misterio doloroso del hombre nece­sitamos remontar las corrientes zoológicas y navegar contra corriente hasta las remotísimas y dilatadas lati­tudes prehumanas desde donde venimos.

Luego de esta zambullida en los profundos mares prehumanos, y arribados a los ancestrales más primige­nios del hombre, nos encontramos con que los seres anteriores al hombre en la escala general de la vida, los animales, no se hacen problemas para vivir; al contra­rio, todos sus problemas los encuentran resueltos. Es­tos seres prehumanos están dotados de mecanismos instintivos mediante los cuales solucionan automática­mente —casi mecánicamente— sus necesidades ele­mentales. Por eso no sufren de preocupación ni de ansiedad.

Un halcón, un reptil, un antílope o un crustáceo vi­ven sumergidos, como en un mar, en el seno gozoso y armonioso de la creación universal. Este seno sin con­tornos es un inmenso hogar en el que los seres prehumanos viven “cálida” y deleitosamente, y en plena ar­monía, generada por ese haz de energías instintivas que, como un misterioso entresijo, recorre y unifica a todos y cada uno de los seres de la escala zoológica.

Viven, pues, en una especie de unidad vital con to­dos los demás seres. No saben de aburrimiento ni de insatisfacción. No tienen problemas, repetimos. No pueden ser más felices de lo que son. Se sienten plenamente realizados. Esta “felicidad” la viven sensorialmente, aunque, como es obvio, no conscientemente.

Así vivía también el hombre en las primeras etapas de su evolución.

Pero en una de esas etapas aquella criatura que hoy llamamos hombre tomó conciencia de sí mismo: supo que sabía, supo quién era. Esta emergencia de la con­ciencia resultó para el hombre una contingencia de asombrosas, por no decir infinitas, posibilidades; cero, al mismo tiempo, una desventura con características casi de catástrofe.

Sintió que se le rompían las ataduras instintivas que lo ligaban al “paraíso” de aquel hogar feliz. Comenzó a experimentar la típica soledad de un exiliado, de alguien que ha sido expulsado de una venturosa “patria”. Se sintió solitario, porque comenzó a percibir que ahora era él mismo, diferente de los demás y separado de todos; que ya no estaba integrado unitariamente en el inmenso panteón de la creación, y que ya no era parte de aquella entraña tejida con todos los demás se­res, sino que estaba aparte. Y, por primera vez, sintió tristeza y soledad.

Despertó de la larga y dulce noche prehumana; y, al despertar y tomar conciencia de sí mismo, la vida mis­ma se le tomó en un enorme y aplastante problema: tenía que aprender a vivir.

Antes la vida se le daba hecha, espontánea y delicio­samente; ahora tendría que aprender a dar los prime­ros pasos con trabajo y fatiga. Antes el vivir era un hecho consumado; ahora un arte. Antes, una delicia; ahora, un desafío: todo lo tendría que improvisar, con sus correspondientes riesgos. De ahora en adelante, el interrogante será su pan y la incertidumbre su at­mósfera.

Esté despertar de la conciencia fue equivalente, en exacto paralelismo, al drama de un nacimiento: en el seno materno, la criatura todo lo tenía asegurado: res­piraba y se alimentaba de la madre a través del cordón umbilical, sin esfuerzo alguno. Vivía en unidad perfec­ta con la madre, en una simbiosis plenamente gozosa, sin riesgos ni problemas. Sale a la luz, y todo son pro­blemas: tiene que comenzar a respirar, a alimentarse trabajosamente; y, a lo largo de los años y hasta la muerte, su existencia será un incesante aprender a vivir.

Esto mismo sucedió con el “nacimiento” del hombre en el proceso evolutivo.
* * *
Al tomar conciencia de sí mismo, el hombre midió con precisión sus posibilidades y también sus impotencias. Y estas limitaciones se le transformaron en unos como muros estrechos de una cárcel, dentro de la que se sintió, y se sigue sintiendo, encerrado, sin posi­bilidad de evasión. ¿Cómo y en qué dirección salir? Y, por primera vez, el hombre se sintió desvalido e impotente.

Sin que se le pidiera autorización, y sin desearlo, se vio empujado al mundo; y, de pronto, se encontró con un ser desconocido, él mismo, en un lugar y tiempo que no había escogido, con una existencia no solicitada y una personalidad no cincelada por él mismo; con miste­riosas dicotomías, que, como cuñas, lo dividen y desintegran, sin saber si es amasijo de piel, carne, huesos, nervios y músculos, o si, más allá de todo eso, su existencia tiene algún sentido.

El hombre se miró y se encontró extraño a sí mismo, como si tuviera dos personalidades al mismo tiempo, un ser incomprendido e incomprensible para sí mismo. Un desconcierto, poblado de interrogantes, cubrió sus horizontes como una densa niebla. ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Y sobre todo, ¿qué hacer conmigo mismo?

Levantó sus ojos, y allá, a lo lejos, distinguió oscura­mente la roja puerta de la muerte. Se analizó a sí mis­mo y concluyó que era un ser nacido para morir. Cer­cado por sus cuatro costados, sitiado como una ciudad indefensa, asediado a diestra y siniestra por las fieras, ¿ cómo escapar? Y la angustia levantó su sombría cabe­za, cerrándole el paso; una angustia que fue atenazando sus huesos y sus entrañas. ¿En qué dirección huir? No podía regresar al paraíso de la etapa prehumana; esa retirada estaba clausurada. Y viendo cerradas todas las salidas de la ciudad, el hombre pensó y deseé por pri­mera vez la falsa salida de la muerte.
* * *
La razón lo obliga a caminar por los páramos infini­tos hacia metas inaccesibles. Se propone alcanzar una cumbre, y, arribado a la cima, divisa desde allí otra montaña más alta que lo reclama. Alcanzada esta se­gunda cumbre, distingue desde ella otra altura más eminente que, como una luz fatal, lo seduce irresisti­blemente. Alcanza también esta altura..., y así sucesi­vamente, su vida es un proyecto escalonado de cum­bres cada vez más elevadas y cada vez más lejanas, lo que acaba dejándolo perpetuamente desazonado e in­quieto.

Condenado a caminar siempre, siempre más adelan­te, el hombre no puede detenerse, porque está someti­do a un imperativo categórico que no lo deja en paz, sino que lo impulsa hacia una odisea que nunca acaba­rá, en dirección de una Tierra Prometida a la que nun­ca llegará. El hombre es un arco en tensión destinado a alcanzar estrellas imposibles.

Seducido por lo desconocido, irrumpe en las regio­nes ignotas para descifrar enigmas y llenar de respues­tas los espacios vacíos. Vive atormentado por anhelos anteriores que ni él mismo entiende y que, por otra parte, es incapaz de sosegar; que lo arrastran hacia lo infinito y lo absoluto, y le obligan a darse a sí mismo la razón de su existencia y a encontrar respuesta a todas las preguntas.

Viene de un mundo unitario. Esta impronta original lo obliga a buscar unidad consigo mismo y con los de­más; pero, al mismo tiempo, se siente disociado por urgencias interiores y desafíos exteriores.
* * *

La razón le dicta una cosa, y la emoción otra. Desea mucho, y puede muy poco. Lucha por agradar a todos, y no lo consigue. Busca la armonía consigo mismo y con los demás, y, sin embargo, siempre está en tensión. Experimenta sensaciones desabridas, como la ansiedad, la depresión, la dispersión..., y no dispone de armas para ahuyentarlas.
Su mente es, con frecuencia, una prisión en la que se siente atrapado; y no puede prescindir de ella aunque quisiera, ni salir de esa prisión. Y así, a veces, una nube de obsesiones le obliga a dar vueltas y más vuel­tas, como una mariposa, en torno a una alucinación obsesiva, sin conseguir evadirse.

En suma, concluiremos con E. Fromm, que “la mente humana es la bendición y la maldición del hom­bre”. Es verdad que la Historia está lanzando sin cesar desafíos al hombre: cómo acabar con las guerras, supe­rar el hambre, la enfermedad, la pobreza... Pero, por encima de todas las altas tareas que la Historia pueda encomendar al hombre, su quehacer fundamental y transhistórico es y será siempre: qué hacer y cómo ha­cer para llegar a ser dueño de su propia mente, de sí mismo. Dicho de otra manera: qué hacer para que la mente sólo sea fuente de toda bendición.
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