Notas para una definición de la modernidad




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Notas para una comprensión del individualismo (ontológico)


Las páginas anteriores nos parecen imprescindibles para apuntar alguna comprensión del efecto que el comercio y la industria moderna han tenido sobre el tejido antropológico que define, constituye y sostiene la figura tradicional del hombre.

K. Marx expresaba su estupor ante los efectos del comercio de un modo ingenuo, en cuanto que completamente envuelto por una perspectiva estrechamente económica que sólo puede ver en el comercio el simple o mero intercambio de “bienes individuales”.

“Cómo llega a suceder que el comercio, que no es más que intercambio de productos individuales de diferentes individuos y países […] gobierne el mundo entero, una relación que […], como el antiguo destino, pende sobre la tierra y con mano invisible […] dirige reinos y los vuelve ruinas, hace surgir pueblos y los hace desaparecer”

Ahora bien, a la luz de las páginas previas podrá entenderse que el comercio y la revolución industrial que promueve – como repetiremos aquí – es mucho más que el intercambio de productos individuales (alodiales) y hay que entender esa dimensión meta-económica del comercio – ese “mucho más” que el comercio es – para alcanzar a comprender su capacidad para erigirse en “destino del hombre”.

  1. El proceso de la modernidad: de la Comunidad Universal a la Sociedad Universal.

La modernidad se definiría como un proceso de individualización (libertad de vínculos personales y consiguiente igualdad de todos los individuos liberados que quedan desarticulados y dispuestos en un mismo plano, sobre el cual domina la distante figura del Estado) por efecto de la descomposición de una morfología de poderosa integración comunitaria. El referente remoto de esa potente integración comunitaria es el comúnmente llamado feudo. Se trata de una figura que sufriría una lenta erosión multisecular a partir del fondo de la Edad Media. La modernidad se presenta, en efecto, en la ideología de sus adalides como un movimiento anti-feudal lanzado, en realidad, contra los vestigios que de semejante feudalismo permanecen en el llamado antiguo régimen.

Pero el feudo supone una articulación de territorios subordinados en una jerarquía que apunta al doble foco del Imperio y del Papado. De hecho, el referente del que el proceso de modernización se ha ido separando con lentitud y de cuya negación resulta la sociedad moderna merece mejor, como dijimos, el título de Comunidad Universal. En el contexto de dicha comunidad y, quizás, como resultado de la propia eficacia defensiva de la formación feudal se recupera un espacio urbano – ajeno al feudo – en cuyo seno aparecen individuos liberados de toda sujeción feudal, liberados del yugo que pudiera suponer la adscripción a la tierra.

H. Pirenne defendió, como es sabido, que las invasiones bárbaras germánicas no contradijeron la organización económica y municipal heredada de Roma. Sólo el cierre del Mediterráneo al tráfico comercial a larga distancia, como efecto de la expansión islámica, dio lugar al consiguiente aislamiento del occidente latino respecto de la civilización urbana del imperio oriental, quebrando el vínculo de occidente con la organización comercial de la antigüedad clásica.

El fenómeno subsiguiente es el de un profundo colapso que exige una profunda reorientación antropológica de Occidente, cuyo resultado será la primitiva Cristiandad latina. Un colapso que deriva no sólo de la invasión islámica, sino también de la devastación normanda y oriental. Pese a su virulencia, sin embargo, el embate normando y húngaro acabará siendo, sin duda con graves consecuencias, asimilado e incorporado. El ataque procedente del islam posee otra naturaleza, más allá de su capacidad de devastación, que puede juzgarse incluso menor a la de los pueblos del norte o los orientales14. No en vano ha podido escribirse:
No existe en la historia del mundo un hecho comparable, por la universalidad y la instantaneidad de sus consecuencias, al de la expansión del Islam durante el siglo VII”15
Insistimos en que el sistema feudal que florece bajo el llamado Imperio carolingio, a partir del siglo IX, resulta un referente proporcionado al tipo ideal que hemos bosquejado y pretendemos que nos sirva de contrafigura histórica de la moderna sociedad o sociedad de mercado. Nos atenemos – insistimos – a las viejas pero autorizadas tesis de H. Pirenne16. El efecto de la expansión islámica y de la pérdida de control del mediterráneo puede cifrarse en la constitución de una “economía de consumo” que sustituirá a la “economía de cambio” que todavía sobreviviera al hundimiento del Imperio.
La economía de cambio fue sustituida por una economía de consumo. Cada dominio, en lugar de continuar en relación con el exterior, constituyó desde ahora un pequeño mundo aparte. Vivió de sí mismo y sobre sí mismo, en la inmovilidad tradicional de un régimen patriarcal. El siglo IX es la edad de oro de lo que se ha llamado una economía doméstica sin mercados”17
Cada comunidad local vivirá sobre sí pero, a nuestro juicio, no cerrada sino abierta por continuidad (proximal) al horizonte indefinido de la Cristiandad. Y, sin embargo, por lo que toca al comercio su retracción alcanza una cota límite, constituyéndose una distribución y consumo casi inmediato al área productiva. Si aceptáramos que el predominio del comercio en sentido estricto, es decir el comercio a larga distancia, es un signo característico de modernidad, la morfología comunitaria altomedieval resulta una estructura propiamente antimoderna.
La humanidad tenía el hábito de producir y consumir como parte del mismo proceso, generalmente conducido por la misma gente en el mismo lugar. Algunas veces los bienes eran producidos y consumidos en el mismo gran señorío feudal, en ocasiones hasta en la pequeña granja campesina”18
En suma, como decimos, esta configuración comunitaria y defensiva puede concebirse resultado inmediato del cierre del mediterráneo por el avance islámico. En efecto se ha defendido comúnmente que ha sido la expansión indefinida del propio islamismo primitivo la causa remota de la nueva morfología comunitaria y, de inicio, estrictamente defensiva, que adopta el acosado occidente cristiano19. Acosado fundamentalmente por el islam porque la devastación normanda y húngara-oriental, sin perjuicio de su brutalidad permitirá que estos pueblos sean lentamente incorporados a la tradición cristiana, lo que el islamismo no concede.
Los árabes no respetaron como los germanos el estado de cosas que encontraron entre los vencidos. Ni podía ser de otro modo. En efecto: mientras que los germanos, abandonando su religión por el cristianismo, fraternizaron en seguida con los romanos, los musulmanes aparecían como propagandistas de una nueva fe exclusiva e intolerante, que todos debían acatar. La religión, en todos los sitios que ellos dominaron, fue la base de la sociedad política, o por mejor decir, la organización religiosa y la organización pública son idénticas para ellos; la Iglesia y el Estado forman una sola unidad. Los infieles no pueden practicar su culto más que como simples individuos, privados de toda clase de derechos. Todo fue cambiado a fondo y en conjunto, de acuerdo con los principios del Corán. De la administración, justicia, hacienda y ejército, no quedó nada. Cadíes y emires reemplazaron a los exarcas del lugar. El derecho musulmán substituyó en todas partes al derecho romano y, a su vez, la lengua árabe desalojó a las lenguas griega y latina, ante las cuales habían desaparecido desde hacía tanto tiempo los viejos idiomas nacionales de las costas de Siria, África y España”20
La comunidad defensiva que se constituye ante esta oleada no ofrece, pese a todo, una morfología que podamos llamar política, puesto que el Estado residual, herencia de Roma relativamente conservada bajo dominio germánico, se hundirá junto con el mercado fundado en el control del mar interior. El mismo mar que permitió hasta los umbrales del siglo IX la existencia de un efectivo comercio, es decir, un comercio distante, se verá bloqueado por el avance islámico al punto de resultar suspendida toda actividad comercial regular, esto es, la circulación constante y organizada a manos de una clase de mercaderes profesionales. Con el comercio sucumbe la organización política.

No puede alegarse la subsistencia indudable de pequeños mercados locales, destinados al abastecimiento de la población por la venta al detalle de artículos agrícolas o la existencia de calles de mercaderes cerca de la Corte o en torno a las grandes abadías:
“…estos mercaderes no son en absoluto comerciantes profesionales. Encargados del mantenimiento de la corte o de los monjes, son, como si dijéramos, empleados del abastecimiento señorial, pero no tienen nada de negociantes”21
Insistimos en la idea de una estricta conjugación entre economía y política lo que para el caso supone que con el mercado mediterráneo y el comercio distante se disuelvan asimismo las estructuras residuales del viejo Estado.
El impuesto público, que los merovingios habían conservado a imitación de Roma, deja de existir. Los recursos del soberano se limitan a las rentas de sus dominios o a los tributos de los pueblos vencidos y al botín de guerra. El telonio ya no contribuye a alimentar el tesoro, atestiguando así la decadencia comercial de la época. (…). Los missi dominici, creados para vigilar la administración son impotentes para denunciar los abusos que comprueban, puesto que el Estado, incapaz de pagar a sus agentes, es incapaz también de imponerles su autoridad, viéndose obligado a elegirlos entre la aristocracia (…). Pero, al actuar así, tiene que elegir los instrumentos de su poder, por falta de dinero, entre un grupo de hombres cuyo principal interés es disminuir este poder. (…) Realmente, nada podía resultar más frágil que este Estado cuyo soberano, en teoría todopoderoso, dependía de hecho de la fidelidad de agentes independientes a él. En esta situación contradictoria se halla en germen el sistema feudal”22
Hay que señalar que la emergente comunidad feudal no es producto de la elaboración teórica de filósofo gobernante alguno, sino que resulta de la urgente realidad histórica. Sólo con posterioridad empezará a ser objeto de una concepción ya no propiamente política, sino teológico-política, en correspondencia con su naturaleza metapolítica de raíz antropológica. Entendemos que puede afirmarse que ha sido la Iglesia católica la instancia capaz de promover la doctrina de la comunidad universal y a su vez la instancia efectivamente capaz de hacerla valer en la realidad histórica. Ahora bien, la génesis de esta comunidad universal tiene lugar inicialmente al margen de cualquier proyecto extrínseco y no es resultado de ninguna ingeniería social.
El estudio de la sociedad feudal presenta el vivo interés de ver cómo en ella nacen en forma espontánea, bajo la presión de las circunstancias, unas instituciones muy características. “Ninguna teoría, dice Henri Pirenne en su notable obra póstuma Historia de Europa, ninguna concepción consciente. La propia práctica se pone de acuerdo con la realidad” y de la práctica, nace la institución…”23
Este rasgo de espontaneidad puede estar detrás de cierta inocencia que suele asociarse al círculo cálido de la realidad comunitaria. “El entendimiento de corte comunitario, que se de por descontado (o como diría Martin Heidegger, Zuhanden) no precisa ser buscado, y no digamos laboriosamente construido…”24. Frente a esta realización inmediata o pre-reflexiva, por la fuerza de los hechos, la realización de la sociedad en la modernidad europea, aproximadamente sobre el espacio ocupado por la comunidad universal medieval, ha sido precedida por varios siglos de Crítica y en buena medida promovida y articulada por un sector determinante de la nueva élite burguesa, a saber, los philosophes, los cuales a modo de vanguardia consciente, se dotaron de una Filosofía de la Historia, que involucra un utópico programa de acción política, económica o social bajo el sonoro título de Ilustración. Obra de sujetos lúcidos que han alcanzado su “mayoría de edad”. Efecto, en suma, de los hombres de letras que, mediado el siglo XVIII, se convirtieron en los principales hombres políticos del país, según reza el primer título del Libro III de la última obra de Tocqueville25.

En resumen: la causa externa que supuso el colapso y cierre sobre sí de la Cristiandad del siglo IX se encuentra en la expansión islámica y su consiguiente control del Mediterráneo, unido al sanguinario saqueo oriental y normando. Este bloqueo condujo a la hiperfetación de los vínculos de proximidad o comunitarios en la Europa continental, cierre paradójico porque consolida una estructura defensiva pero indefinidamente abierta, contenida y a la vez universal. La proximidad referida empieza por atenerse a su sentido estrictamente local y concatenado, dado que la convergencia y unión común es el gesto defensivo más inmediato. Se trata de una inmediata aproximación de la población que se avecina y converge sobre un mismo centro.
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