Notas para una definición de la modernidad




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Una vez en tierra, las bandas sarracenas o normandas, así como las hordas húngaras, eran muy difíciles de detener. Sólo pueden existir condiciones de seguridad allí donde los hombres viven unos próximos a los otros”26
Proximidad indefinidamente transitiva y construida sobre una concepción del compromiso personal que trasciende y perfecciona los vínculos biológicos del parentesco. Estos vínculos comunitarios sólo se relajan muy lentamente, alcanzado un notable punto de equilibrio, a partir del siglo XII a la vez como efecto y causa del nuevo crecimiento económico. No hará falta insistir en que la comunidad defensiva no deja de contener elementos de asociación y, por su parte la sociedad universal conoce fuerzas comunitarias todavía persistentes.

Por lo que toca a esta comunidad universal, inicialmente defensiva, la pérdida de identidad individual y un hondo inmovilismo tradicional podrían presentarse como “patologías sociales” en cuanto rebasan, a causa de fenómenos extrínsecos como la invasión, cierta tasa marginal de suyo siempre presente en “sociedades sin mercado”, orientadas hacia la conservación de lo heredado y la integración comunitaria. Patologías diríamos de un respeto al pasado que deviene veneración inmediata, y de la armonía común que deviene absoluta negación de la individualidad.

Invertiríamos así la concepción durkheimiana, referida a las sociedades modernas, según la cual el egoísmo y la anomia aparecen como patologías cuando, debido siempre a causas externas o accidentales, superan cierta tasa marginal que es esencial a la sociedad moderna de mercado, orientada por el individualismo y el progreso. La comunidad genera tradición y armonía como la sociedad individualidad y cambio, ambas conocen – diríamos que como accidente que puede coyunturalmente afectar a su naturaleza – patologías contrarias: por un parte veneración formal y abnegación, por otra parte anomia y egoísmo27. El tipo ideal de semejante comunidad no se ofrece, pues, como objetivo de acción política alguna, aunque sólo fuera porque al alcance de nuestra acción queda únicamente una organización imperfecta en inestable equilibrio.

El núcleo defensivo de la comunidad altomedieval conocerá los efectos de un renacimiento económico – comercial y productivo – que se propaga por Europa a partir de finales del siglo XI, sólo parcialmente merced a la reapertura del Mediterráneo debida al nuevo contacto con el oriente bizantino que traban Venecia y las ciudades del sur de Italia. Éstas lograrán pronto importantes avances sobre el frente musulmán en las islas del mediterráneo28.

A menudo pareció plausible señalar a Venecia como agente de la primera reactivación comercial del interior continental de Europa (tradición antigua, perfección de los sistemas de crédito, amplia extensión de la escritura entre la población, tratados con los emperadores carolingios…) tanto más cuanto que su posición media favorece la pujanza comercial: cerca de Lombardía pero con acceso seguro a la metrópoli bizantina y, a su través, con la organización comercial de la Antigüedad. Y, sin embargo, la comunidad universal en curso de formación tendrá un carácter radicalmente terrestre: campesino y territorial. Su forma de comercio desconocerá la apertura a los grandes espacios marítimos. De todos modos la propia Venecia está anclada comercialmente a la tierra, aunque la república cristiana, cuya génesis deseamos recorrer, lo estará en un grado mucho mayor. En referencia a esta comunidad feudal cobra pleno sentido el parágrafo 247 de los Principios de la filosofía del derecho de Hegel, que tanto interesara a Carl Schmitt:
Así como la tierra, el suelo firme, es la condición para el principio de la vida familiar, así el mar es la condición para la industria, el elemento vivificante que la impulsa hacia el exterior. Al exponerse al peligro, la búsqueda de ganancia se eleva por encima de sí y pasa de su fijación a la gleba y del círculo limitado de la vida civil, de sus goces y deseos, al elemento de la fluidez, el riesgo y el posible naufragio”29
El crecimiento comercial en el occidente continental procederá a lo largo del Medievo de un comercio terrestre que impone condiciones muy diversas a las que hubiera inducido Venecia y el oriente bizantino. Incluso cuando tampoco en ese caso habría sido el mar el elemento determinante. La Cristiandad como un notable efecto de su gravedad y pesada lentitud, está arraigada al espacio continental a cuyo través, sin embargo, el comercio abrirá rutas de tránsito a larga distancia.

La Cristiandad verá nacer una nueva clase de comerciantes profesionales, no derivados del comercio marítimo veneciano, ni mediterráneo. En principio pudiera haber procedido de un excedente de población que resulta de, y a la vez posibilita, el propio incremento comercial y productivo. Se trata de un creciente número de individuos alejados de la servidumbre y de la labor campesina que impone el feudo, pero que son el fruto de la propia eficacia defensiva de la comunidad feudal. Desarraigados del feudo y acogidos a los muros de la ciudad iniciaran un lento proceso de suspensión y creciente movilidad.
Entre esta masa de desarraigados y aventureros hay que buscar, sin duda alguna, los primeros adeptos al comercio. Su género de vida les impulsaba naturalmente hacia los lugares en los que la afluencia de hombres permitía esperar algún beneficio o un encuentro afortunado”30
Es cierto que, como en el bien documentado caso del inglés Goderico de Finchale, tras una exitosa vida de buhonero trashumante persiguiendo el beneficio – en un sentido del término que se aleja del beneficio feudal – estos hombres alcanzaban a morir como eremitas. Aunque lo cierto es que semejante desenlace no era, desde luego, común, como sí lo era un espíritu calculador – spiritus capitalisticus – muy anterior al Renacimiento.
“No temo emplear una expresión demasiado moderna al decir que los beneficios que obtiene son empleados a medida que van llegando para aumentar su capital circulante. Es igualmente sorprendente observar cómo la conciencia de ese futuro monje está completamente libre de cualquier escrúpulo religioso. Su preocupación por buscar para cada producto el mercado que le producirá el máximo de beneficios está en flagrante oposición con la doctrina de la Iglesia que castiga todo tipo de especulación y con la doctrina económica del precio justo”31

A nuestro juicio el incipiente brote de una nueva forma de relación, ésa que nombrará el término sociedad, procede de este elemento nacido en el seno de las viejas ciudades altomedievales. Continuamos la tesis de K. Polanyi quien encuentra entre los factores promotores de la moderna sociedad de mercado, precisamente, la penetración en los mercados locales de un comercio exterior a larga distancia.
“…la simple infiltración del comercio en la vida diaria no ha creado por sí misma una economía (en su sentido nuevo y específico) sino sólo un buen número de desarrollos institucionales posteriores. El primero de ellos fue la penetración del comercio exterior en los mercados, transformándolos gradualmente, de mercados locales estrictamente controlados, en mercados formadores de precios con una fluctuación de precios más o menos libre. En el curso del tiempo, esto fue seguido por la revolucionaria innovación de mercados con precios fluctuantes para los factores de producción, trabajo y tierras.”32
La extensión de este comercio exterior a larga distancia avanzará a lo largo de varios siglos hasta cobrar conciencia de sí en la hegemónica burguesía del XVII, volcada al mar y a la gran distancia y dotada ya de una Filosofía de la Historia que pretende fundamentar el lugar universal que a la sociedad civil-burguesa correspondería en el curso del mundo o, dicho en sus propios términos: en la historia del género humano33.

Indudablemente apenas puede anticiparse ese final desde estos incipientes núcleos que durante largos siglos adoptaron una forma estrechamente comunitaria. Pero los vínculos irán muy lentamente cediendo a unas fórmulas de relación contractual que serán durante largo tiempo muy limitadas. Pese a todo sólo atendiendo a esas raíces altomedievales, aún contando con su estrecha limitación o contención durante siglos, puede alcanzarse una apropiada comprensión del misterio34que pudiera esconder la Gran Transformación que, sufrida primero por Europa, será después desencadenada sobre el mundo todo. No nos parece, en resumen, descabellado contemplar el crisol defensivo del primer milenio como el elemento generador, indudablemente remoto, desde el que entender esa gran revolución moderna.

Aún cabe observar la ciudad medieval, que fuera el escenario de un multisecular proceso de avance del mercado con la consiguiente realización de la sociedad, como capaz de envolver y ahormar, tras un período histórico de larga duración, toda dimensión antropológica. Allí se encuentra – indudablemente – el primer indicio de la asociación.
“…la iniciativa privada no podía obtener éxito si no era mediante la asociación. (…). En sociedad podía comprar mercancías en una cantidad que, estando reducido a sus propios recursos, no hubiese sido capaz de adquirir. Su crédito personal aumentaba en función del crédito de la colectividad de la que formaba parte y, gracias a ello, podía hacer frente a la competencia de sus rivales. El biógrafo de Goderico nos relata en términos precisos cómo, desde el día en que su héroe se asoció a un grupo de mercaderes viajeros, sus negocios empezaron a prosperar (…). Para ellos la seguridad está garantizada por la fuerza y la fuerza es consecuencia de la unión”35
Semejantes agrupaciones comerciales prosperan, llegando a resultar tan comunes como las instituciones feudales. Ubicuas gildes y hanses en el norte germánico, que se conocen como hermandades, caridades o compañías36 en los países de lengua románica. Esconden en su morfología analogías germinales y en escala reducida (micropolítica) con formas sociales y políticas posteriores. De suerte que el desarrollo de estos elementos genéticos acabarán dando de sí la sociedad tendencialmente perfecta de nuestro tiempo. Podrá verse en estas asociaciones comerciales un anuncio de la soberanía política fundada en un contrato legitimador de la violencia soberana. Se trata, en efecto, de uniones acordadas o instituidas por un contrato que responde al beneficio que cada individuo espera lograr del trato.

Pero no es preciso anticipar en estas agrupaciones las morfologías que sólo un despliegue de larga duración permite vislumbrar y una vez que nos situamos en la sociedad en que históricamente han desembocado. Las agrupaciones comerciales, corazón activo de la nueva ciudad, están todavía muy lejos de las sociedades cuya acabada figura sólo alcanzan tras un desarrollo multisecular. Su dialéctica alcanzará el límite de su metábasis cuando, al ser abolidas las corporaciones – en el caso francés entre el 4 de agosto de 1789 y el 1 de abril de 1791 – sean realizadas las nuevas sociedades político-económicas.

Pero no puede caber duda de que las agrupaciones medievales todavía responden, de un modo muy adecuado en esa fase inicial, a la idea de comunidad. En efecto se nombran comunidades, comunas, corporaciones (communio). Y las grave persistencia del poderoso tejido comunitario alienta todavía siglos después, de suerte que al sans-culotte revolucionario o al radical inglés del siglo XVIII procedentes del trabajo artesanal – por oposición a los moderados contrarrevolucionarios – les costará un notable esfuerzo contemplarse como miembros homogéneos de una clase social: la clase obrera.

En efecto, incluso hasta bien entrado el siglo XIX los herederos del extinguido corporativismo urbano – menestrales, oficiales, aprendices dolorosamente emancipados – han poseído una concepción de sí y del lugar del trabajo y la propiedad que está más cerca de una concepción comunitarista que societaria37. Sólo la destrucción – notablemente posterior a la abolición formal – de las corporaciones de oficios irá dando lugar a la irrupción de una crecientemente indiferenciada clase obrera. Un proceso que resultaría doloroso para la sans-culotterie parisina que no entiende, y asume mal, la nueva idea de propiedad privada absoluta promovida por la Asamblea y que no admite la concepción del trabajo manual (que les distingue y enorgullece) como estricta mercancía y propiedad absoluta del obrero, disponible para su venta.

Pese a todo, el proceso conducirá finalmente a la constitución de la idea de nación como cuerpo de asociados, en expresión de Sieyès38. Una concepción que armoniza plenamente con la auto-posición del Tercer Estado como substancia de la nación en cuanto sujeto pretendidamente exclusivo del trabajo
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