Notas para una definición de la modernidad




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útil. La nobleza aparecerá entonces – como apuntamos arriba – ajena a dicha nación en razón de su ociosidad. La producción y la circulación comercial (inicialmente en el mercado nacional, pero inmediatamente internacional) serán concebidas como actividad central de la nación, de suerte que será la extravagancia económica de la nobleza el fundamento de su exclusión o de su conversión en un grupo políticamente extranjero.

Desde nuestro enfoque cabe contemplar la abolición revolucionaria de las corporaciones de oficios, como cabo o extremo del curso histórico que recorrieran las comunas urbanas. Abolición que constituye un momento determinante en la constitución de la nación (político-económica). La nación se pretenderá una paradójica corporación exclusiva y única de ciudadanos asociados. Paradójica porque las corporaciones se declinan en plural o suponen pluralidad de cuerpos y, por tanto, de privilegios diferenciales.

Una única corporación constituye finalmente una sociedad. En efecto, la corporación nacional única, la nación, niega dialécticamente el viejo régimen corporativo en su abigarrada diversidad de privilegios interpuestos entre el sujeto individual y el Estado.

Insistimos en señalar que la abolición de estos cuerpos intermedios se ejecutará contra el potente espíritu de corporación contrarrevolucionario que no deja de animar, en pleno siglo XIX, a pequeños maestros y oficiales que sólo a su pesar se verán convertidos en clase obrera. Trabajadores contra cuya lealtad corporativa se dicta la ley Le Chapelier que prohíbe toda asociación, puesto que se teme allí el renacimiento de las corporaciones, conformadas por unos trabajadores empeñados en rechazar su dignidad de ciudadanos, es decir, miembros homogéneos de la gran sociedad nacional.

Este trámite terminal de plena constitución civil o política de los ciudadanos tendrá lugar a lo largo del siglo XIX, pero su punto de partida – minúsculo, incipiente, apenas apuntado – ha de hallarse en los primeros núcleos urbanos todavía estrechamente comunitarios, aunque ya constituidos por individuos libres de servidumbre y orientados a un comercio distante de vocación cosmopolita.
Las fuentes nos permiten hacernos una idea exacta de las agrupaciones comerciales que, a partir del siglo X, son cada vez más numerosas en la Europa occidental. Hay que imaginarlas como bandas armadas cuyos miembros, provistos de armas y espadas, rodean a los caballos y a las carretas cargadas de sacos, fardos y toneles. A la cabeza de la caravana marcha su portaestandarte. Un jefe, el hansgraf o el deán, asume el mando de la compañía, la cual se compone de “hermanos” unidos entre sí por un juramento de fidelidad. Un espíritu de estrecha solidaridad anima a todo el grupo. Las mercancías son, según parece, compradas y vendidas en común y los beneficios repartidos en proporción a la aportación hecha por cada uno a la asociación”39




En cualquier caso tales compañías lograron abrir rutas a distancias enormes, muy lejos del comercio local, superando los defensivos vínculos feudales de proximidad. Del Mediterráneo al Mar del Norte, el comercio terrestre a larga distancia caracteriza el renacimiento económico de la Edad Media.

No en vano semejante distancia es condición de la rentabilidad de la empresa: se trata de captar productos donde abundan, y su precio es bajo, para llevarlos allí donde escasean, multiplicando su precio. Porque es, sin duda, en la atmósfera de la escasez donde el mercader alienta, hasta el punto de alcanzar a enrarecer en el presente un orden de inédita abundancia productiva, pero que es vivido intensamente como crítica escasez.

Así pues, el mercader medieval está siempre en ruta, mereciendo el pintoresco título de pedes pulverosi (pies polvorientos). Indudablemente esta clase de individuos nómadas debieron sorprender a la comunidad campesina de su tiempo:
Suponía la movilidad en medio de unas gentes vinculadas a la tierra, descubría, ante un mundo fiel a la tradición y respetuoso de una jerarquía que determinaba el papel y el rango de cada clase, una mentalidad calculadora y racionalista para la que la fortuna, en vez de medirse por la condición del hombre, sólo dependía de su inteligencia y de su energía. No podemos sorprendernos, pues, si produjo escándalo. La nobleza no tuvo más que desprecio para aquellos advenedizos”40




El elemento fundamental es, sin duda, la distancia y con la distancia el ocaso del cuerpo humano presente cara a cara, del cuerpo que se persona dando la cara ante el prójimo. En efecto, esa comprometedora presencia personal supone proximidad, con todo lo que esto involucra. Pero no ha de desatenderse que el comercio a larga distancia trae a presencia una nueva abundancia de enseres, enteramente desligados de las manos que los elaboran, manos extrañas y lejanas que, sólo mediante los objetos del comercio, se nos acercan.

Sólo una incomprensión completa de la potencia ontológica de los enseres impide reparar en la conmoción que la nueva forma del comercio ha de suponer. En efecto, un costado a menudo oculto de la escalada comercial, consiste en el nuevo orden del movimiento continuamente acelerado o sometido a una velocidad continuamente creciente. Aunque todavía lejos de la que P. Virilio llamó la “ecología gris”, sin embargo nos encontramos en el tramo inicial de la misma larga trayectoria.
“…la ecología gris se interesaba por la contaminación de la distancia, por la polución del tamaño natural de los lugares y de los períodos temporales…”41




Ante el proceso – en cuyo núcleo genético nos situamos – es preciso tener presente de modo constante un principio cuya formulación más precisa se deba acaso a Günther Anders y que reza del siguiente modo:
Cuando lo lejano se acerca demasiado, lo cercano se aleja o desaparece. Cuando el fantasma se hace real, lo real se convierte en fantasma”42.
El naciente comercio que acerca lo distante, no dejará de alejar lo próximo en un constante proceso de abstracción que supone el despliegue de una virtual irrealidad, lo que algo tiene que ver con la moderna exuberancia de nuestra vida psíquica.

En el límite y alcanzada la escala planetaria, la distancia quedará paradójicamente suprimida, dada la velocidad a la que es salvada por la nueva forma de tráfico (flashtrading)43. Esta negación de la distancia por la instantaneidad está detrás de una radical pérdida de realidad que puede juzgarse característica de nuestra ultramodernidad. Instantaneidad y contacto, tráfico sin recorrido, señalan una irrealidad que, bajo el signo de un progreso consistente en la reducción económico-política del mundo antropológico, constituye el horizonte de nuestro tiempo. Horizonte que podría caracterizarse siguiendo el conocido título de Marc Levinson (…the World Smaller and the World Economy Bigger) por una disminución del mundo o de su realidad y un incremento del aparato económico.
La pérdida de realidad es el resultado del progreso, ni más ni menos. El discurso recurrente de los propagandistas del progreso que llaman multiplicación de la realidad a lo que es una pérdida de realidad inducida por el éxito del progreso en materia de velocidad y de la ley del movimiento a la que me refería (…)

No se trata de un destino inevitable. Lo grave sería no preocuparse por ello y seguir sin tener en cuenta la íntima relación de la velocidad con la riqueza.”44




Este oscurecimiento de la realidad – ligado al despliegue universal e integral del comercio y la industria asociada – sólo puede concebirse adecuadamente merced a una comprensión exacta del valor determinante de los enseres que constituyen el tejido de la realidad antropológica. El mundo en que el comercio deviene masivo sólo subsiste como mundo virtual porque el comercio – pese a Marx – es mucho más que el mero “intercambio de productos individuales”45.

Así pues, no fue en vano que durante siglos – volviendo al curso anterior de este proceso – la Iglesia contemplara con enorme suspicacia a esta clase de nuevos ricos, juzgando que la vida comercial pone en riesgo la salvación del alma. Los canonistas vieron siempre en el comercio una forma de usura y asimilaron la búsqueda del beneficio a la avaricia.
En la nueva sociedad que va desarrollándose en Europa, de modo tumultuoso, como afirma Pietro Lombardo en su gran síntesis, durante la segunda mitad del siglo XII, hay profesiones que no pueden ejercerse sin pecado, como – por ejemplo – la de mercader y la milicia…”46
La doctrina cristiana del justo precio pretenderá imponer a la vida económica una renuncia y un ascetismo inconciliable con el desarrollo comercial. Ahora bien, el freno que la Iglesia – dotada de enorme prestigio – puso al desarrollo del comercio y al afán de lucro “… protegió en cierta medida a los pobres frente a los ricos, a los endeudados frente a los acreedores. La plaga de deudas que, en la Antigüedad griega y romana, se abatió tan penosamente sobre el pueblo, se consiguió evitar en la sociedad medieval y se puede creer que la Iglesia tuvo mucho que ver con esta solución feliz”47
Pero los inquietos comerciantes lograrán alcanzar una condición jurídica que les ubique de modo peculiar en la morfología comunitaria, cuya férrea estructura irán quebrando. Extranjeros en todas partes, de origen desconocido, muchos proceden de padres no libres a los que han abandonado para practicar este nuevo género de vida. Sin padre ni madre, su pasado es completa oscuridad, son hombres de futuro. Con una enorme ventaja: la servidumbre no se prejuzga, sino que hay que demostrarla, y el derecho establece que es libre aquel al que no puede asignársele un amo. Estos hijos de siervos serían tratados como hombres libres sólo bajo la condición de desarraigarse de la tierra natal y de su parentesco. ¿No es éste el precio que continuamente pagamos por participar en las excelencias del nuevo mundo? ¿No es el freudismo el último y definitivo medio de liberación radical de esas mismas raigambres vitales?
En medio de una organización social en la que el pueblo estaba vinculado a la tierra y en la que cada miembro dependía de un señor, presentaban el insólito espectáculo de marchar por todas partes sin poder ser reclamados por nadie. No reivindicaban la libertad: les era otorgada desde el momento en que era imposible demostrarles que no disfrutaban de ella48
Estos individuos liberados por el comercio y alejados de la tierra –Luftmenschen– que los sujetara a través de su filiación servil, constituyen el punto de aplicación del vector de modernidad que aquí se abre. Pese a su nueva inclusión en la matriz todavía estrechamente comunitaria del nuevo burgo, anuncian el tiempo futuro y su dolorosa ambigüedad:
El favor de que el mercado no pregunte por el nacimiento lo ha pagado el sujeto del intercambio al precio de dejar modelar sus cualidades, adquiridas desde el nacimiento, por la producción de las mercancías que puede adquirirse en el mercado. A los hombres se les ha dado su sí mismo como suyo propio, distinto de todos los demás, para que con tanta mayor seguridad se convierta en igual.”49
Así como la civilización campesina se vincula a la servidumbre y al parentesco, el comercio condujo a la liberación. El nuevo comerciante quedará sometido a la jurisdicción pública y liberado de la jurisdicción señorial y patrimonial, liberado – en suma – de la estructura parental, patrimonial y comunitaria.

Significa esto que sólo los tribunales que, bajo la multitud de cortes señoriales aún conservaban el viejo orden constitucional del estado o arqueoestado franco, serán competentes para juzgarlos. Su función comercial parece exigir un tratamiento jurídico público, de modo que encontramos en la concreción de su figura nuevamente el vínculo de Estado y Mercado, frente a la raigambre antropológica del parentesco y la tierra.

Ahora bien, la tutela de los poderes públicos habría sido insuficiente para la nueva profesión mercantil de no haber ido acompañada de una flexibilización del derecho, que irá dando lugar a un específico ius mercatorum cuyas primeras huellas se hallan ya en el siglo X. Se trata de una serie de usos surgidos en el ejercicio del comercio y que acabarán fijándose a medida que éste se extiende. Las grandes ferias han estado dotadas de un tribunal especial encargado de una justicia pronta y ágil, según una jurisprudencia fundamentalmente común a los distintos lugares, relativamente homogénea y unificada, más allá de las diferencias de países, lenguas y derechos locales o nacionales. El mercader escapa así al poder patrimonial y señorial, siempre local, que no deja de pesar sobre el campesinado. Este primordial derecho mercantil anuncia, parece evidente, formas jurídicas modernas y evoca desde el fondo de la Edad Media la figura germinal de la posterior sociedad universal. El ius mercatorum resulta así el germen del nuevo derecho ciudadano o civil.

En resumen, la comunidad universal empieza por ser un fenómeno débil y estrictamente defensivo, de respuesta a la devastadora presión islámica, normanda y magiar. Un fenómeno de concentración o retirada (cierre de filas) que sobre la base de un tejido antropológico de compromiso personal y lealtad estricta ha permitido fijar las fuerzas necesarias para la resistencia y posterior expansión. Pero de su mismo éxito procedería dialécticamente la suspensión de su estructura comunitaria de partida. Ésta apenas tiene realidad histórica, porque cien o ciento cincuenta años son históricamente una magnitud mínima. Ahora bien, la raíz de la Europa bajomedieval y moderna se ancla en esa organización defensiva en la que ha encontrado fundamento la posterior fortaleza expansiva de Europa.
Por rico en enseñanzas que sea el estudio de las últimas invasiones, no hay que dejar que sus lecciones nos oculten un hecho más considerable todavía: la detención de las propias invasiones. Hasta entonces, estos estragos, causados por las hordas venidas de fuera y los grandes movimientos de pueblos, dieron su verdadera trama a la historia de occidente, desde entonces quedará exento de los mismos. Mogoles y turcos no harán otra cosa, posteriormente, que rozar sus fronteras. Ciertamente existieron discordias, pero internas”50
Este centro defensivo pero indefinidamente expansivo no es Europa. Es, sin embargo, la raíz de su existencia. En el momento en que la existencia de estos pueblos occidentales resultó puesta en entredicho, su recomposición comunitaria bajo un sistema jerárquico y fraterno, definido y promovido por la Iglesia romana, permitió acrisolar su naturaleza. Este sistema es la horma comunitaria de la figura familiar que aún subsiste en la reducida escala de la contradictoria familia burguesa, también llamada nuclear y urbana.

Esta concentración defensiva pero infinitamente abierta se constituye, en los umbrales del milenio, en medio del terror agónico que lo acompaña:
Ved cómo estalla ante vosotros la cólera del Señor… Todo son ciudades despobladas, monasterios destruidos o incendiados, campos despoblados. Por todas partes el poderoso oprime al débil y los hombres son iguales que los peces del mar que confusamente se devoran entre sí”51
Es natural ante semejante escenario de desolación que la representación teológico-política de esta morfología comunitaria, cuyo éxito se manifiesta en su propia negación, haya fijado como principio determinante el primado de la voluntad52 o la prevalencia de la fe.

Sucede que en el momento inmediato al éxito que logra la afirmación defensiva del nuevo orden, se abre paso una nueva clase de mercaderes o comerciantes a larga distancia capaz de animar la actividad comercial, industrial o económica generando una fisura en el estricto orden comunitario. Es la brecha que no ha dejado de crecer hasta absorber sin resto esa estructura comunitaria en su nueva forma social. El proceso de absorción, cuya culminación define la modernidad, puede concebirse bajo la forma de la dinámica expansiva de la existencia urbana esencialmente ligada al comercio y la manufactura. Este proceso ha estado durante siglos contenido externamente y configurado internamente por la estructura corporativa del naciente orden urbano, pero también ha sido en su seno donde han brotado los principios de un desarrollo que conduce a la negación, tanto del feudo y sus servidumbres, cuanto de las corporaciones ciudadanas y sus limitaciones.

Desde este enfoque sería preciso cobrar conciencia del acentuado perfil del burgués o ciudadano medieval. Toda vida urbana requiere el despliegue del comercio y la industria, medio de producción de las manufacturas que sirvan de contrapartida a la necesaria importación de los productos alimenticios que la ciudad precisa. Se ha podido definir tradicionalmente la ciudad por esta limitación:
Hasta las más grandes de las tradicionales ciudades amuralladas, al ser examinadas confirmaron la definición de ciudad como una agrupación humana cuyos habitantes no pueden producir, dentro de sus límites, todo el alimento que necesitan”
Pues bien, este equilibrio entre la economía rural y la economía urbana ha sido una constante con la que las ciudades medievales, sin embargo, han roto de un modo singularísimo, llevando al extremo la diferencia entre la existencia campesina y la existencia burguesa. Cualquier equilibrio entre la existencia urbana y la existencia campesina quedará roto, dando lugar al imperio de la ciudad.
En ninguna época se ha podido observar un contraste tan acentuado como el que enfrenta la organización social y económica de las ciudades medievales a la organización social y económica del campo. Según parece, jamás hubo en el pasado un tipo de hombre tan específica y claramente urbano como el que compuso la burguesía medieval”53
Esa nota de oposición entre el campo y la ciudad, tan característica del burgués medieval, conducirá a largo plazo a la destrucción del límite amurallado de la ciudad como primer paso en el proceso de construcción de la cosmópolis, raíz de la misma globalización que hoy nos preocupa. La caída de las murallas urbanas es el paso primero para una reconstrucción a otra escala de verdaderas fortalezas pero ahora sobre el radio estrecho de nuestra vida privada. Sin metáfora alguna el alzamiento de fortalezas urbanas y progresivos sistemas de seguridad en el seno de ciudades abiertas en la nueva sociedad del riesgo significa la reconstrucción a otra escala de murallas opacas en torno a individuos aislados pese a su conexión distante y efímera en la nueva cosmópolis.

La oposición ciudad-campo se ven vencería del lado de la ciudad gracias al mismo comercio tentacular que la ciudad establece. Las nuevas fuentes de suministro distante merced al comercio ha permitido tanto su expansión continua como la negación del entorno. Así la oposición campo/ciudad puede leerse, a través del despliegue universal del comercio, como una figura de la oposición estación/circulación, en términos de Virilio. Oposición cuyo desequilibrio conduce a la sociedad dromocrática de nuestros días54.

A la luz de semejante oposición se entiende que la ciudad se sobrepone al campo en cuanto se nutre de lejos. Pero esta nueva distancia comercial que permite la importación de alimentos, lejos de la dependencia del más próximo campesinado, ha servido finalmente a la absorción comercial de la producción agrícola. Arnold Toynbee creía posible afirmar que “ninguna ciudad ha sido nunca, ni nunca podrá ser, económicamente autosuficiente. Todas tienen que estar vinculadas, por medios efectivos de transporte, con el área agrícola productora de alimento en exceso”.
Ahora bien, es preciso reparar en la distancia creciente a la que se sitúa el área o las diversas áreas agrícolas de suministro de la ciudad. Al alcanzar su distancia máxima, contando con el espacio limitado del radio del planeta, el alfoz de la ciudad podrá juzgarse enteramente absorbido por la ciudad misma Hoy podemos constatar, con la desaparición del campesinado, la íntegra extensión de la forma política o ciudadana al conjunto de la población agrícola, de suerte que la naciente cosmópolis – que tolera cada vez menos cualquier resistencia a su difusión – tras haber asimilado sin resto la producción de alimentos, no se somete ya a una definición como la de Toynbee en cuanto consiente todavía en distinguir campo de ciudad.

La producción de alimentos ha quedado sujeta a la morfología social del nuevo orden político y el campesino ha sido substituido por el obrero agrícola industrial, cuyo número puede ser muy reducido contando con las nuevas tecnologías agrícolas y la nueva distribución de la tierra pero, sobre todo, con la enorme potencia comercial. Por lo demás, es preciso reconocer que Toynbee no refería al “campo”, sino con justa precisión al “área agrícola” 55.

En suma, es indudable que el origen y crecimiento de las ciudades está vinculado al renacimiento comercial, tanto como este renacimiento responde al excedente demográfico, a su vez ligado al incremento del rendimiento agrícola en lento pero constante crecimiento desde época carolingia. Las ciudades y villas crecen con la inmigración de los campesinos de las cercanías y, pese a su imbricación con el medio agrario, han visto multiplicarse el número de quiénes dedican su esfuerzo a oficios especializados y ajenos al campo.
“…los archivos de los señoríos urbanos muestran las dificultades de los dueños para reemprender la explotación de las parcelas antiguamente cultivadas de los arrabales; pero abandonadas por la defección de los agricultores”56
Pronto el propio crecimiento de estos núcleos hace imposible su sostén por medio de la producción del entorno, de manera que han debido ampliar su área de aprovisionamiento hasta importar de tierras lejanas los artículos alimenticios imprescindibles. Un solo ejemplo: la Florencia del 1300 sólo puede sostenerse cinco meses merced al producto de sus tierras. Pero el fenómeno es muy anterior y ya los mercaderes de alimentos se multiplican en las ciudades del siglo XI como un silencioso ejército liberador de la sujeción al campo.

En efecto, si inicialmente esta labor de importación/exportación de provisiones queda sujeta por las instituciones señoriales, pronto serán los mercaderes y artesanos los que pongan el señorío a su servicio anunciado la conversión del campesino en agricultor.
Los mercaderes y artesanos trataron muy pronto de utilizar el poder señorial para aprovisionarse y evitar así el trato y regateo con los productores campesinos; para ello arrendaron la percepción de censos y diezmos, se sujetaron, por la concesión de créditos, a campesinos y pequeños señores y fueron de este modo tejiendo poco a poco sobre la comarca circundante una red de contratos, de compromisos y de rentas que les convertían aquí en dueños de la mitad de la cosecha, allí de una parte del rebaño etc.”57
De este modo, las ciudades prosperan en el curso de las rutas comerciales y, pese a la gran diversidad que conocen, es posible – sin embargo – fijar su fisonomía mínima común, germen de homogeneización, dada las necesidades compartidas. En efecto, la organización del comercio medieval pide el establecimiento de viajantes o mercaderes en puntos fijos, auténticas bases de la organización comercial. Su reunión en tales puntos vino determinada por la facilidad de comunicación y la seguridad, de manera que han sido circunstancias naturales (vías fluviales, orografía favorable…) las primeras determinantes del emplazamiento urbano de los comerciantes. Esta disposición primitiva anuncia el constante incremento de velocidad del tráfico por cuanto responden enteramente a la facilidad del movimiento.

Pero el contraste que venimos cifrando está presente del modo más plástico posible en la contradicción entre los viejos burgos y las sobrepuestas nuevas instalaciones urbanas. Los burgos viejos respondían en su primera morfología a la referida función de defensa y protección de la población circundante, según una estructura ajena enteramente a la eficacia comercial. No son ciudades abiertas, sino núcleos encastillados. Su posición responde a los lugares de paso de las oleadas de los invasores.

Es, sin duda, muy significativo que esas mismas rutas de invasión hayan sido reconocidas como óptimas por los polvorientos pies de los mercaderes. La pacífica invasión comercial ha encontrado así su asiento urbano sobre el mismo suelo que las viejas fortalezas defensivas. Al nuevo avance urbano no sirvieron, en efecto, las ferias (fora) instituidas expresamente – frente a los mercados locales – para servir como lugares de reunión periódica de los mercaderes, facilitando el intercambio. No sirvieron porque les faltó siempre el carácter de permanente lugar de paso, de establecimiento de lo inestable (almacén interino y fugaz), necesario para la gestión del negocio. En efecto, numerosas ciudades de importancia jamás fueron sede de feria alguna.

En suma, ha sido la posición geográfica de una ciudad o de un burgo fortificado en el curso de una vía comercial el auténtico determinante de la ubicación característica del establecimiento comercial. El crecimiento de estas sedes se acompasa, indudablemente, al desarrollo demográfico que experimenta la Europa continental entre el siglo X y el XIII. La fugacidad de los nódulos urbanos cuyo centro neurálgico es el área comercial permite verlas como espacios de intercambio.
“…la ciudad no fue prioritariamente percibida como hábitat humano penetrado por una vía de comunicación rápida (río, ruta, litoral, vía férrea…); al parecer se ha olvidado que la calle no es más que una ruta atravesada por una aglomeración… (…) no hay más que una circulación habitable58




Y es poco más lo que conocemos de este primer empuje urbano. Esta ausencia de información relativa al primer asentamiento urbano de los comerciantes, no nos permite responder a la cuestión sobre su posible unión con la población previa o su más estricta yuxtaposición. En los viejos burgos el espacio urbano fortificado es escaso al punto de que, aunque los mercaderes han podido acogerse inicialmente a los muros del burgo, ya desde el siglo X se vieron obligados a situarse extramuros. Esta expansión extramuros ha seguido modos diversos, pero ha modificado siempre la figura de unas ciudades que permanecieron relativamente estáticas desde el período romano.

Insistimos en que los viejos burgos – frente a las ciudades – eran únicamente fortalezas cuyas murallas cerraban un pequeño espacio. Dadas sus dimensiones, muy pronto los mercaderes debieron buscar asiento en el exterior inmediato al burgo, en torno al que a menudo crece un suburbio: forisburgus, suburbium o novus burgus. Éste es ya un espacio muy distinto del burgo feudal o burgo viejo (vetus burgus). Para designar este nuevo burgo se encuentra en Países Bajos e Inglaterra un término que responde perfectamente a su naturaleza, a saber: portus.

El término significó, en el lenguaje administrativo de Roma, un recinto cerrado que servía de almacén interino de mercancías en tránsito. El término pasa idéntico a época merovingia y luego carolingia. Todos los lugares a los que se aplica se encuentran en cursos fluviales y tienen fijado un telonio o un impuesto de paso. Son desembarcaderos donde se acumulan mercancías destinadas a su reenvío ulterior a lugares alejados. Frente a los mercados, donde se reúnen compradores y vendedores, el portus es lugar de paso. Su mismo significante anuncia ya la irrupción de la potencia marítima59.

El término multiplica su presencia a partir del siglo X, en evidente correspondencia con el desarrollo de este nuevo espacio social. Especialmente en textos anglosajones y desde dicha fecha, el término port es utilizado como sinónimo de urbs y de civitas; pero también en antiguo neerlandés poort y poorter han significado ciudad y burgués respectivamente.

Que la palabra que designa un establecimiento comercial haya servido para designar la ciudad y sus atributos indica el íntimo vínculo entre la renacida actividad económica y el despliegue urbano (civil o político) así como la índole transitiva y fugaz del nuevo espacio urbano. Podemos concluir con seguridad que los portus, como los bourgs de Flandes en los siglos X y XI son aglomeraciones de mercaderes y espacio de transición de mercancías.
“…nos encontramos aquí con dos centros de población de origen y naturaleza diversos. Uno, el más antiguo, es una fortaleza, el otro, el más reciente, es una localidad comercial. De la fusión gradual de estos dos elementos, en la que el primero será lentamente absorbido por el segundo, surgirá la ciudad”60
Las ciudades pueden ser definidas, en suma, como puntos de cristalización del tráfico (Trade), de suerte que el faubourg comercial sobrepasará pronto en importancia al bourg feudal en la historia del desarrollo urbano.
Las aglomeraciones comerciales se caracterizan, a partir del siglo X, por su crecimiento ininterrumpido. Por esta misma razón presentan un gran contraste con la inmovilidad en la que persisten las ciudades y los burgos en cuya base se han asentado. Atraen continuamente a nuevos habitantes. Se dilatan con su constante movimiento cubriendo un espacio cada vez mayor de forma que, a comienzos del siglo XII, en un buen número de lugares, rodean ya por todas partes a la primitiva fortaleza en torno a la cual construyen sus casas. Desde el comienzo del siglo XI, se hizo indispensable crear nuevas iglesias y repartir la población en nuevas parroquias. (…). El modelo original es generalmente muy sencillo. Un mercado, situado junto al río que atraviesa la localidad o bien en su centro, es el punto de intersección de sus calles (plateae) que, partiendo desde allí, se dirigen hacia las puertas que dan acceso al campo; porque el suburbio comercial, y es importante destacar este hecho con especial atención, se rodea en seguida de construcciones defensivas61
No cabe imagen más plástica de la substancialización moderna de la economía que la lenta dilatación y posterior rodeo de la fortificación primaria, por parte del burgo nuevo de esencia comercial si cabe usar todavía un término semejante, “esencia”, para indicar una realidad fugaz y en continua mutación. El proceso de superación del recinto cerrado del viejo burgo conocerá un paso al límite cuando en las abiertas sociedades del riesgo se extienda el miedo y la ansiosa búsqueda de protección a escala individual, multiplicándose murallas sobre recintos privados junto a las nuevas tecnologías de la visibilidad exhaustiva. Cada individuo de la ciudad tentacular de nuestros días evoca la imagen del agotado coronel Aureliano Buendía en el cenit de su gloria:
Fue entonces cuando decidió que ningún ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a menos de tres metros. En el centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera que él llegara y en el cual solo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino del mundo”.62




Las murallas vencidas de las ciudades se erigirán, en el campo de espinas del nuevo paisaje urbano, en torno a la vida privada de los individuos substantes63. En efecto, el miedo que el individualismo induce en la nueva sociedad – efecto de la debilidad impotente de los nuevos individuos pretendidamente substantes – genera una nueva arquitectura de la protección y la seguridad – privadas – que ahora envuelven a los sujetos en el espacio desprotegido de la sociedad universal y sus grandes ciudades. El gesto comunitario de protección ante la invasión se ha invertido hoy en las ineficaces murallas privadas, características de las residuales sociedades del bienestar que “…se consideran una fortaleza sitiada por fuerzas enemigas. (…). La xenofobia, la sospecha de que existe un complot internacional y el rencor hacia los extranjeros (principalmente los inmigrantes, esos ejemplos vivientes, sumamente visibles, de que las murallas se pueden agujerear y las fronteras borrarse, así como ciertas fuerzas naturales de carácter mundial, misteriosas e incontenibles, que piden a gritos ser conjuradas) pueden verse como el reflejo perverso de los esfuerzos desesperados para salvar lo que quede de la solidaridad a escala local”64
Pero lejos del extremo contemporáneo registramos la irrupción de un término de importancia histórico-política fundamental procedente del contexto que rastreábamos: nos referimos al término “burgueses” (burguenses), que se aplica a los habitantes del burgo comercial o burgo nuevo, y que aparece, según noticia de Pirenne, primero en Francia en 1007, en Flandes en 1056 y se difunde por el Imperio a través de la región del Mosa, donde se halla citado en Huy en 1066. En cualquier caso, prospera desde el siglo XI como designación de los habitantes del burgo comercial, frente a los que figuran los castellani o castrenses, habitantes del burgo viejo.

Burguenses es palabra que ha coexistido desde entonces con una palabra de antigua tradición: cives65. Por lo demás, como dijimos, en Inglaterra o en Flandes – las dos potencias marítimas que han definido el curso de la modernidad – se encuentran también los términos poortmanni y poorters, en estrecha sinonimia con burguenses.

Por lo demás, la población de las primitivas aglomeraciones comerciales no se reduce, naturalmente, a los mercaderes viajeros. Junto a ellos prosperan numerosos empleados en el desembarco y transporte, en el aparejo y aprovisionamiento, en la fabricación y reparación de vehículos y herramientas… de suerte que desde inicios del XI se contempla una creciente atracción del centro urbano sobre los alrededores. El comercio es el motor mismo de una industria que, instalada inicialmente en el campo, es atraída y luego concentrada en las ciudades como una suerte de ejército logístico.

Allí se presentan tensiones que juzgamos comúnmente modernas. Así, por ejemplo, el conflicto entre el capital y el trabajo ya es un rasgo de la primera expansión urbana. Se conocen bien los conflictos sociales que asolaron Flandes durante los siglos XIII y XIV al compás del desarrollo de su primera industria textil. Así pues, la actividad comercial-industrial de la burguesía es, desde fecha temprana, causa de perturbaciones a las que el viejo burgo hubo de acomodarse. La nueva clase debió acordar su asentamiento con los señores de la tierra y los administradores de justicia. Si no siempre, muy a menudo el área que el portus o el burgo nuevo ocupa es objeto de jurisdicciones diferentes que serán sólo lentamente superadas por los nuevos ocupantes.

Durante largo tiempo la nueva actividad comercial e industrial fue incapaz de sobreponerse a una concepción radical de la tierra y el trabajo. Las tierras sobre las que buscan establecerse los mercaderes estaban muy lejos de resultar mercancías o simples bienes inmuebles. Sujetas unas veces a corveas o censos, lo están otras a prestaciones para el mantenimiento de los caballeros que forman la guarnición del burgo viejo, o a derechos percibidos por el castellano o el obispo… el lento ceremonial y la carga de formalidades y tasas ligadas a cualquier posible transmisión de la tierra bloquea a menudo la posibilidad de comerciar con semejante realidad.

La tierra inmovilizada – “armadura de los derechos adquiridos” – no puede ser comercializada, adquirir valor mercantil alguno o servir de base al crédito. Su carácter inmueble lo es a un extremo hoy desconocido y su mercantilización ha resultado de un proceso que ha requerido siglos. Su primer paso puede encontrarse en la cesión señorial ante la transmisibilidad hereditaria del beneficio o feudo convertido en patrimonio que, posteriormente, podrá ser enajenado parcial (abreviación del feudo) o totalmente, con la consiguiente dificultad para el mantenimiento del servicio. Un conflicto entre la preocupación por el provecho y la preocupación por el servicio66 dada en el terreno mismo del feudo y que será mucho más intenso en el entorno de las ciudades.

Repárese en esta multiplicidad de jurisdicciones porque supone continuos conflictos de competencias y está vinculada a una enorme diversidad en la condición de las personas, en un mundo en que sólo Dios no hace acepción de personas. Si los comerciantes son libres, merced a su desarraigo y a la ignorancia relativa a su anterior condición, no sucede así con numerosos inmigrantes al nuevo burgo que, procedentes del alfoz o del entorno de la ciudad, son conocidos por los paisanos. Estos conservan en la ciudad, incluso en su nueva calidad de artesanos, su condición servil. Basta que sean reclamados por su señor para que, aunque hayan dejado su labor campesina, hayan de retornar al feudo.

Por lo demás, la forma de vida de estas nuevas poblaciones emancipadas escapa a los hábitos e ideas tradicionales, a lo que ha de sumarse su condición de forasteros o extranjeros para comprender que hayan sido contemplados como un cuerpo extraño cuya pujanza económica forzará, sin embargo, continuas concesiones. En un orden en que la existencia arraigada y la posesión de la tierra es determinante, tanto de la organización comunitaria cuanto de la actividad productiva, el comercio supuso una indudable fuente de perturbación. Y es que los propios mercaderes emancipados se topan continuamente con las condiciones de la servidumbre. Así, por ejemplo, si desean casarse y habida cuenta de que su mujer habrá de proceder del orden servil (sólo en contados casos han accedido a una mujer noble a través del pago de las deudas del padre o del hermano) han de contar con el estatuto servil de sus hijos. En efecto, se transmite a la prole la condición materna: partus ventrem sequitur. Así pues, la libertad del mercader estaba limitada a su propia persona y no podía ser transmitida a su descendencia.

Esta situación pedía reformas urgentemente, de suerte que la extensión del comercio ha ido acompañada de un incesante proceso de liberación. Liberación que se produce con éxito creciente puesto que la burguesía prospera en el nuevo medio, la ciudad, en la que la nobleza no tiene modo de medrar desde que la importancia bélica de sus fortalezas va desapareciendo. De este modo, el núcleo defensivo de la Cristiandad germinal va perdiendo su razón de ser como efecto de su propio éxito. En toda Europa se percibe con claridad la retirada al campo de la nobleza guerrera tradicional aunque existen excepciones, como Italia o Provenza, donde la organización municipal romana persiste con mayor solidez. Allí la nobleza ha permanecido siempre en las ciudades, ajena al carácter rural propio de la nobleza feudal del norte de Francia, de Alemania o de Inglaterra.

Muy distinta fue la incidencia de la nueva realidad comercial sobre el clero. Aunque los obispos debieron luchar por mantener sus privilegios jurídicos ante la nueva clase, también hubieron de conceder la edificación en sus tierras y cierta debilitación de su jurisdicción, dado que su régimen patriarcal y señorial hubo de retraerse ante las reivindicaciones de los mercaderes manumitidos. Pero no hay que disminuir el efecto de otras repercusiones de la riqueza comercial sobre la existencia de los eclesiásticos: aflujo de dinero procedente de las ventas de terreno pero, sobre todo, de las imposiciones sobre una población creciente y de mayor renta. El aumento demográfico supuso asimismo la fundación de nuevas parroquias, con el consiguiente aumento del número y los recursos del clero secular.

Ahora bien, la vida urbana vino a contradecir profundamente las exigencias religiosas y si todavía en el siglo XI se fundan abadías en entornos urbanos, en el sentido del viejo burgo, ya la nueva orden del Císter – extendida ampliamente por toda Europa – sólo se asienta en el campo. Será únicamente a partir del siglo XIII cuando la iglesia se acomode a la nueva situación, cuyo desarrollo es irrefrenable. Entonces los monjes retornarán a las ciudades gracias a una profunda reforma de la que resultan las nuevas órdenes mendicantes, no en vano caracterizadas por su movilidad, y, por lo demás, en continuo conflicto con el clero local centrado en la parroquia.

La morfología social que lentamente germina en el entorno urbano, frente a la figura comunitaria, desalienta una religiosidad que entendemos conjugada con la forma del parentesco, siendo así que los ciudadanos se caracterizan por la emancipación de una ascendencia que los sujetaba a la tierra. Pero las nuevas órdenes mendicantes de franciscanos y dominicos se liberan – también ellos – merced al voto de pobreza, de la organización señorial, soporte hasta entonces de toda vida monástica. Pero merced al mismo voto de pobreza se determinan frontalmente contra la nueva forma de enriquecimiento. Estas órdenes constituyen una auténtica adaptación de la comunidad monástica, y del cristianismo en general, a las condiciones de la vida urbana: puesto que sólo ruegan a los burgueses sus limosnas, participan de las miserias y fervores de una muchedumbre silenciosa de artesanos y menestrales, de la que se convertirán en directores espirituales. Su presencia es signo de un superior grado de desarrollo de la vida urbana y su tiempo ha sido – acaso – el del más ajustado equilibrio entre las tendencias sociales y comunitarias.


    1. El Estado o la Gran Ciudad.


No hay novedad alguna en la vieja tesis que concibe el Estado (absoluto) como resultado de la convergencia y homogeneización del espacio urbano e interurbano bajo el poder soberano del monarca absoluto. Monarquía cuya soberanía descansa en su potencia capaz de imponer dicha homogeneización abstracta resultante de la contención de la substancia de la vida pública en el radio estrecho de la privacidad. Con ello queda vaciada la vida pública de los nuevos súbditos – ya no ligados por lazos de fidelidad directos o personales – que limitan su existencia compartida al orden de la actividad cada vez más exclusivamente económica.

Es preciso contemplar este proceso con algún detalle.

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