Notas para una definición de la modernidad




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Recapitulación y Conclusión.




La emergencia y expansión de los nuevos núcleos urbanos en la densa atmósfera feudal significó, al mismo tiempo que un principio de reanimación de la actividad productiva y comercial, también un acto de afirmación sobre el terreno de los pueblos europeos que lograron desde el siglo IX contener cualquier invasión. La expansión ciudadana sucede con vigor a partir del siglo XI, traspuesto el milenio.

La burguesía se añade a la nobleza tradicionalmente guerrera y a la servidumbre campesina como un cuarto estamento, si contamos con un clero que trasciende estructuralmente estos órdenes de los que, sin embargo, procede. Los miembros de la Iglesia se ordenan, sin duda, según sus líneas genéticas pero formalmente se conciben como transversales al cuerpo íntegro de la comunidad como se pondría de manifiesto todavía en 1789. Esta composición no variará hasta el final del Antiguo Régimen.

El efecto de la nueva realidad económica se deja sentir pronto sobre el feudo. El comercio anima la roturación de nuevas tierras dando lugar a ciudades de nueva fundación, pero ahora habitadas por campesinos libres, emancipados de las viejas cargas señoriales. Fundadas por los nobles en tierras inicialmente baldías, a ellas se atraen colonos mediante la liberación de la servidumbre. Así la revolución urbana se vierte sobre el campo iniciando un proceso por el que el trabajo libre tiende a sustituir al trabajo servil aunque, en principio, sólo de modo parcial e imperfecto. Hasta el final del Antiguo Régimen se encontrarán hombres sujetos a servidumbre, pero puede decirse que desde el siglo XIII la servidumbre está en retirada. Esta clase de desarraigados y hombres libres rompe un orden asentado en la exclusiva riqueza de la propiedad territorial. Un orden consistente, en esquema, en una división entre poseedores exclusivos de la tierra – nobleza y clero – que viven del trabajo de sus arrendatarios a los que protegen a la vez que dominan.

Pero pronto se deja sentir un proceso que convertirá la “economía” en “destino del hombre”: la burguesía, que rompe la alternativa de poseer tierra o trabajarla como siervo, significa la posibilidad de enriquecerse mediante la venta y el cálculo de valores de cambio. El dinero, simplemente atesorado en las arcas señoriales, fluirá por medio del comercio, recuperando así su carácter de instrumento de cambio. Un dinero que se allegará a las ciudades, centros de comercio.

Sin embargo, la nueva magnitud en la circulación del dinero arrastra un descenso de su valor y el consiguiente aumento de la inflación. La vida encarecida arrastra a la ruina a numerosos propietarios de tierra que se endeudan con los nuevos comerciantes. Entre los nobles, y ya en el siglo XII, también los reyes acuden a los financieros urbanos, verdaderos mercaderes de nuevo cuño y fundamentalmente a los mercaderes de dinero. Se trata de un comercio financiero que nace y crece en íntima convergencia con el gran comercio. Con la influencia económica, derivada del capital mobiliario concentrado en las ciudades, los burgueses acceden a la existencia política.

En las viejas condiciones de ausencia de dinero corriente y de inexistencia de las finanzas, el señor feudal se sostenía de las rentas de su señorío y así también el rey, al que a menudo le resultaba imposible alcanzar sus contribuciones, dada la ausencia de funcionarios a su servicio87. En lugar de tales funcionarios había de contar con vasallos hereditarios, pero sobre éstos su ascendiente alcanzaba hasta donde la fidelidad que le prestaran. Ahora bien, ya el siglo XIII conoce la institución de las bailías, germen de un progreso político que conducirá al rey a establecer una verdadera administración pública, mutando señorío en soberanía. El baile, que cobra una cantidad de dinero y está obligado a rendir cuenta anualmente de su gestión, es ya un funcionario a carta cabal: está enteramente situado fuera de la jerarquía feudal.

Así pues, la difusión de la riqueza mobiliaria y la circulación del dinero son condiciones de las innovaciones políticas que, a su vez, promueven esa difusión. Pero al mismo ritmo en que se construye la nueva estructura política, el monarca se endeuda con comerciantes e industriales, convertidos en banqueros de la corte. De manera que finalmente, para expresarlo en breve “el cetro, utilizado para abrir la puerta del tesoro, se doblará y partirá definitivamente al hacerlo”88. Llegará el día en que se pueda escribir: “casi todos los súbditos son acreedores del señor…, que así resulta esclavo, como todo deudor”.89

Por otra parte, las ciudades crecientemente opulentas pueden armar milicias urbanas de enorme tamaño, frente a las que la vieja función guerrera de la nobleza señorial empieza a resultar obsoleta. Estas milicias civiles, generalmente y en principio de parte del rey frente a la nobleza, se presentarán como defensoras de las libertades urbanas y protectoras de las comunas, en solidaridad con la corona misma.

Un solo dato: los contingentes militares urbanos serán determinantes en la batalla de Bouvines, de 1214, que supuso la definitiva hegemonía de la realeza en el interior de Francia. Nuevamente es singular el caso inglés, donde las milicias urbanas no se opondrán a la nobleza señorial sino que se sitúan a su lado y contra el rey. Preparan así el gobierno parlamentario cuyos orígenes cabe remontar a la Gran Carta de 1212.

Pero volviendo al terreno ideológico, esta burguesía que conoce a su oponente despliega un profundo anticlericalismo, manifiesto de modos muy diversos, por ejemplo, en el distanciamiento burgués del latín enteramente ligado a las universidades y, por consiguiente, a la Iglesia. Ya desde el siglo XIII los burgueses letrados han sido los primeros en utilizar lenguas vernáculas. La pugna de la burguesía contra las universidades, que conocerá su fase determinante a partir del siglo XVI también conoce sus antecedentes medievales. Pero el espíritu laico de los ciudadanos está ligado en principio a su misma función comercial y, sin paradoja, se asocia con un profundo fervor religioso de cariz solipsista, no comunitario: anticlerical y anti-jerárquico. Es una religiosidad que fundamenta, en suma, el anticlericalismo más radical.

Se trata de un fervor heterodoxo, afín a una u otra forma de misticismo subjetivista (egolátrico). Desde el siglo XI las ciudades tomarán partido por los reformadores religiosos, sin duda contrarios a la simonía, el nepotismo, al matrimonio de los sacerdotes, pero que buscan una reforma fundamental – en la cabeza y en los miembros – de la iglesia y desde el XII se acercan al ascetismo místico de beguinos o bogardos. Aparece así un lugar común y recurrente que habla de una reforma de la Iglesia en nombre de la “verdadera religión primitiva” que – de uno u otro modo – se fundará siempre por una parte en la intimidad de la propia conciencia (individual) y, por otra, en la asamblea de los fieles (social) al margen de la jerarquía. Se anuncia así desde las ciudades la ruptura de la unidad religiosa de Europa: una herida cuya sutura no parece estar ya a nuestro alcance.

En suma, hemos querido dibujar muy sucintamente el modo en que el inestable equilibrio que las comunas urbanas conocieran, se descompone dando lugar a una hiperfetación del comercio y la industria consiguiente, de la actividad económica en general, que conduce al orden sin retorno de nuestra modernidad.
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